La mujer que no miraba al cielo, era una mujer que, poco a poco, fue perdiendo el sentido de trascendencia por la inmensidad del mundo que habitaba. Rodeada, como estaba, de amaneceres con soles anaranjados que sembraban, lenta pero firmemente, de irisados colores a montes, cascadas, trigales y mares de rocíos, suspendidos, sobre valles legendarios.
La mujer que no miraba al cielo, tampoco escudriñaba, en la claridad de la noche, el baile alegre de  estrellas fugaces, ni los caminos que trazaban otras compañeras en galácticas colmenas de nacars. La mujer que no miraba al cielo ya no recordaba los suaves algodonales de nubes,  que surcaban su firmamento, ni los corazones que pintaban cuando dejaban que algún rayo de luz atravesara su aposento. La mujer que no miraba el cielo, había olvidado las figuras que las aves, al planear, formaban sobre el viento.
La mujer que no miraba al cielo no podía preguntarse de donde procedía, tanto esplendor, tanto colorido, tanta vida y tanto regalo para deleitar los sentidos de su alma y de su cuerpo. La mujer que no miraba al cielo, olvido su fundamento. La mujer que no miraba al cielo, contemplaba al hombre y le pareció que le faltaba corazón y le faltaba entendimiento. La mujer que no miraba al cielo empezó a extasiarse con su imagen y olvidó su fundamento. La mujer miró su ombligo y le pareció sol, nube, rocío, estrellas, ave, nácar, galaxia y firmamento. Adornó todo su cuerpo de sedas, perfumes, tintes y un tatuaje en su ombligo que para ella era su centro; y lo fue mostrando a todo el mundo como el tesoro de su firmamento, la mujer se olvidó que no era el ombligo lo que le dio la vida, sino lo que había más adentro: donde residía, por cierto, su fundamento. María, mujer y niña, dijo sí y dio la vida al  Señor del Universo

En Almendralejo a 26-06-2014 Pedro Chaves Rico

Acerca de renaceralaluz

Decidí, hace mucho tiempo, vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos; es decir, intentar, en todo momento, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a la donación y, también, al amor para con los enemigos.

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