Hoy como ayer uno de los mayores pecados del hombre es el orgullo y la vanidad, creer que tiene el conocimiento de Dios y situarse por encima incluso de la revelación traída por Jesús. En nombre de Dios mataron a Jesucristo aquellos que pensaban tenían el don de interpretar las escrituras, en nombre de Dios, se levantaron muchas herejías a lo largo de la historia de la iglesia, en nombre de Jesucristo y de los mismos apóstoles nos revela San Pablo, que algunos cristianos ya en la Iglesia primitiva enseñaban doctrinas falsas; y en nombre de Dios, igualmente, este mismo apóstol profetiza que habrá quienes asesinen a muchos cristianos; algo que, por cierto, ya está sucediendo. En nombre de Dios, de la investigación y del estudio, algunos, también en nuestro tiempo, siguen tergiversando las escrituras o adulterando, para sorpresa del rebaño de Dios, el mismo mensaje de Jesús: unas veces extrapolando el modo de razonar del hombre al de Dios, y otras, en aras a una concepción de Dios, una ideología religiosa, una teología, una estrategia psicológica, un sentirse identificado con un grupo para no quedar aislado, y en ocasiones, también, como un modo de autoengaño para justificar las propias tendencias de la carne, enseñando medias verdades y ocultando otras al más puro estilo de los políticos de nuestro tiempo. Como vemos, el hombre es un producto de su época y los cristianos con los consagrados a la cabeza, que no deberían ser del mundo tal y como enseña su maestro, quedamos igualmente contaminados de la cultura de nuestro tiempo para no ser menos que la mayoría o, como hemos señalado antes, por otros muy diversos motivos. Esto en el caso de los consagrados y de los que enseñan en el nombre de Dios y de la Iglesia es aún más grave, porque no se representan a sí mismos si no a la Iglesia; no a la iglesia que les gustaría en su ideario imaginario, sino con aquella que confiesan en el credo y que conocían ya antes de que se comprometiesen unos y consagrasen e hiciesen profesión de votos otros. En ocasiones, me temo que ni siquiera esta relación íntima con Dios es suficiente, para que salgan de esa dicotomía, a la que nos están llevando también a la feligresía, entre la revelación dada por Jesucristo y acogida por la Iglesia -que se sitúa en muchas ocasiones más allá de la lógica humana; en el misterio y en lo sobre natural- y la búsqueda insaciable, a veces rayana en el absurdo, por dar una explicación materialista (cientificista) y racional a algo tan inconmensurable como es el mundo espiritual y sus manifestaciones. Búsqueda, por otra parte, frontalmente opuesta a la vida del creyente, con Abrahám a la cabeza, que siempre ha caminado más por fe, que por demostraciones veladas del misterio y de las promesas. Sí hermano, el hombre es, por lo general, el producto de la cultura de su tiempo (a diferencia de la palabra de Dios que es inmutable) y por eso muchos, también en la Iglesia, en mayor o menor grado, nos hemos contaminado con el relativismo, el buenismo y lo correctamente político para no herir sensibilidades y no entrar en conflicto con el mundo y con la propia conciencia. Pero tal renuncia y deriva de la fuente doctrinal y de las escrituras hacia el relativismo moral, no puede salirnos gratuita (del mismo modo que sucede con todo aquello que se aparta de la voluntad de Dios) tras él hemos sido arrojados, al igual que Jean Paul Sartre, a la nada y al vacío más absoluto. Así pasa porque, en el todo vale copiado del mundo, al final lo que no vale es nada: cuando todo se mueve (todos los fundamentos y dogmas del cristianismo son ahora cuestionados) al final sin suelo firme donde apoyarte, o te caes o desiste de andar el Camino, para aferrarte a otros itinerarios más seductores que ofrece el mundo, tal y como puede ser el materialismo o, bien, los totalitarismos con sus afirmaciones inmutables pseudorreligiosas. Para reseñar algunos dogmas cuestionados, sin entrar en todos y sin analizar en detalle, diremos que es el mismo evangelio que enseña Jesús el que se pone en entredicho: el demonio es poco menos que una figura literaria, los ángeles tampoco existen con identidad propia porque son una representación de Dios, el infierno si existe llega a ser menos que el purgatorio ¡vamos, como un tostarse, a pleno sol, dos días de playa!, los demonios que Jesús expulsaba eran locos (locos que reconocían al hijo de Dios, ¿qué extraño no?), el sacramento de la confesión denostado y un paripé para los más incautos, ya que se da la comunión, a sabiendas y consentidamente (no todos), a personas que viven en pecado publicamente; la Gracia un regalo sin propósito que no debe mover la voluntad del hombre a la conversión, ya que de lo contrario no sería regalo (mezclando don, con la percepción que tenemos de regalo humano); en definitiva que Jesús era masoquista y se puso a ocupar el lugar nuestro en una cruz, pagando por nuestros pecados, para que cada uno se quedase como está, el fornicario fornicando, el ladrón robando, el calumniador calumniando, etc, etc. Dirán que soy un exagerado, pero he escuchado una predicación (aunque hay muchos que se identifican con este sentir, no voy a dar nombres) en la que el sacerdote nos decía a los feligreses, en plena cuaresma, que él no venía a hablarnos de conversión -que hasta ahí puede ser razonable siempre que tuviese algo nuevo y provechoso que comunicarnos- para continuar, y esta fue mi sorpresa, diciendo una y otra vez hasta la saciedad, que Dios no nos pide nada (quedémonos pues, si Dios no nos pide nada, contemplando el cielo a ver si nos cae algo de lo alto). No sé como se puede interpretar así la biblia cuando las primeras palabras que el evangelista Marcos pone en boca de Jesús de forma imperativa, ya incluso al comienzo de su Evangelio, son las siguientes: (Marcos 1, 15) «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos (otros traductores sustituyen por: Renuncien a su mal camino) y creed la Buena Noticia. También en Marcos 2, 17 podemos encontrar: Jesús los oyó y les dijo: «No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Es tan obvio que Dios llama a un movimiento de nuestra voluntad, que me apena tener que hacer esta reflexión; sin embargo, estas cosas están sucediendo y hay que darlas a conocer a pesar de que se digan con buena intención, pero ya conocemos lo que dice el refrán a cerca de los bien intencionados. Dios, por tanto, no usa una varita mágica, a especie de Ada Madrina, para cambiar al hombre sin que este ponga de su parte y colabore con la gracia de Dios para que esta produzca su efecto en el caminar diario. ¿Qué sucedería entonces, si no caminasen en fe y obediencia, con todas aquellas personas que no han sido arrebatados de modo espectacular por el Espíritu Santo o no han tenido un encuentro profundo con Dios?

Creo que me he desviado un poco del tema con el que inicié esta reflexión, pero en cualquier caso lo que quería expresar es que no podemos encerrar a Dios en nuestros esquemas mentales y parámetros psicológicos, porque de hacerlo corremos el gran peligro de fabricar un Dios a nuestra medida, un ídolo falso, que a través de la imagen que ha creado de Dios, se de culto a sí mismo. Tal postura dicta mucho de la humildad y obediencia de los santos y del mismo Jesús, que nos revela, entre otras cosas, que ha venido a cumplir la voluntad del Padre la cual, como sabemos, no siempre llegó a coincidir con la suya. Por otro lado, atendiendo a las mismas escrituras deducimos, que el conocimiento de Dios no es alcanzable por el esfuerzo del hombre, aunque este pueda, eso sí, mover la voluntad de Dios; de hecho, hay personas que han leído la biblia o se han puesto a estudiarla y no llegan más allá de ver en esta una obra puramente literaria. Para confirmar lo anterior miremos en (Isaías 55, 8-9) donde se nos revela que el pensamiento del hombre no es el pensamiento de Dios, y (Mt 11, 27) por otra parte, que “nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo”; por lo general a aquellos que se hacen como niños, que aceptan el misterio de Dios, como la Virgen María, escape éste o no de su condicionado y finito entendimiento. Ahora vemos como a través de un espejo decía S. Pablo, y eso ¡ojo! que tuvo revelaciones directas de Dios; y San Juan de la Cruz en su libro “Subida al Monte Carmelo”: “Solo empiezan a tener sabiduría de Dios, quienes dan de mano a su saber, como si fuesen niños ignorantes, y sirven a Dios con amor”. Pues sí hermanitos, hoy se cuestionan muchos dogmas de la Iglesia y enseñanzas bíblicas, mientras que son los ateos, los que ponen un poco de luz, paradójicamente, a lo que perdimos por el camino. Sin más os dejo este enlace para que lo confirméis: La lucida teología del ateo

Pd. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18, 8). Puedo aseverar, que cuando me vino este versiculo al pensamiento anoche y lo agregé al articulo editado y publicado horas antes, aún no sabia que coincidia con el final del evangelio de hoy 17/11/2018. !Las cosas del Espiritu…¡

P. Ch.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quire decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida y para amar incluso los enemigos.

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