CONTINUACIÓN DEL CAPITULO I. Segunda parte

4. COMIENZA EL CALVARIO

En el pueblo fui abriéndome paso a la vida, mientras que la vida, por su parte, se abría paso brutalmente ante mí, sin compasión, mancillando mi inocencia (como si ella no diferenciase a adultos de niños), para robarme años después, la alegría, la espontaneidad y el coraje. El primer acontecimiento lúgubre que retengo en la memoria se produjo a la edad de cinco años. Ese día un joven de mi calle me lanzó la siguiente pregunta: – ¿A ver Joselito, que te gusta más un caballo o una muñeca? A la cual contesté: – una muñeca.
La respuesta no pudo ser otra, ya que hasta ese momento no había visto nunca un caballo; los únicos équidos que pululaban por mi calle y las aledañas, eran mulas y burros. Por otro lado, aunque mi padre tuviese animales de tiro, no era lo suficientemente mayor para acercarme a ellos, y sí lo suficientemente pequeño para haber cogido entre mis manos alguna muñeca de mi hermana la pequeña; con la cual, por cierto, pasaba muchas horas por llevarnos pocos años de diferencia.

Mi respuesta, a la capciosa pregunta del vecino, trajo consigo las risitas de otros jóvenes que, en aquel momento, se encontraban allí presentes. Dicha reacción hizo que mi respuesta no pasase inadvertida para aquel rufián, aunque tampoco para mí, el cual aprovechó el suceso para difundir por el barrio, a toda celeridad, el bulo de que Joselito era maricón.

A esa edad, aún no tenía claro el significado de la expresión maricón, pero por las risas de los impúberes que había a mi alrededor deduje, que se trataba de algo que me afeaba mucho. Aquella infamia, lanzada por mi vecino, al igual que las bolas de nieve, una vez echadas a rodar, empezó engrosar y hacerse presente en mi pensamiento, en la misma proporción en la que yo repelía los insultos de aquellos que se hicieron eco del chisme y comenzaron a acosarme a diario. Pero antes de entrar en detalles y desmenuzar lo que para mí supuso esa agresión continuada en el tiempo, seguiré describiendo, pormenorizadamente, el talante con el cual yo iría asumiendo todos los dictámenes de la cultura de mi tiempo.

5. DE OBSERVADOR A EXPLOR

La vida con sus alegrías y sus tristezas no se detiene nunca y la mía, que seguía su propio itinerario, se despertaba a cada paso con sensaciones y vivencias nuevas. Entre otras descubrí por primera vez, tendría aproximadamente cuatro años, mi sombra; fiel acompañante que cuanto más hacía por alejarme de ella más insistía ésta en permanecer agazapada junto a mí.

Tiempo después vinieron otras sombras, aquellas que se proyectaban con el deambular de los viandantes en la pared del zaguán de mi casa. Esas apariciones súbitas, tenían lugar después del almuerzo, cuando mi padre aprovechaba para hacer la siesta (momento, casi sagrado, durante el cual no se le podía molestar). En el recibidor de la casa observaba sobre una de las paredes -como si de una pantalla de cine se tratase- las figuras que se proyectaban en la misma a través de la luz que se colaba por un resquicio de la puerta. Aquellas imágenes no eran estáticas, sino que pasaban de diminutos tamaños hasta permutar en gigantescas apariciones. El muro encalado se convertiría, de este modo, en una especie de lámpara de Aladino, aunque con un inconveniente; los monstruos que allí se dibujaban, a diferencia del genio que salía de la lámpara, aparecían y desaparecían a conveniencia suya sin detenerse a dialogar conmigo. ¡Una pena para mí, ya que siempre estuve cargado de infinidad de deseos que satisfacer!

Desde el mismo instante que una de esas sombras hacía su aparición en la pared, yo la seguía ensimismado, en su trayectoria, hasta que se desvanecía lentamente a medida que los transeúntes se alejaban de la puerta o se acercaban a la misma en busca de su destino. Me resultaba muy llamativo descubrir, en esas horas soporíferas de caluroso, casi infernal mes de julio, que los transeúntes espectros en movimiento fuesen todos diferentes entre sí. Aquellas singulares apariciones, a cuál más extravagante, despertaba mi curiosidad haciendo que permaneciera atento a cada ruido que se aproximaba en mi dirección desde la calle. Todavía recuerdo sus formas variadas, las había alargadas con aspecto fantasmagórico; otras achaparradas y deformes, como las que proyectaba la caseta de los espejos en la feria de mi pueblo; otras lucían cuerpo de sabueso mutilado, a las cuales unas veces le faltaba la cabeza y otras una de sus patas: la cola, por cierto, siempre se hacía presente.
En el intervalo que se producían entre el paso de un transeúnte y otro, por delante de la puerta, aprovechaba para regresar a mis asuntos; entrando en detalles, para perseguir a las moscas, desconchar la pared, contar baldosas, dar vueltas por encima de la manta, hacer el pino y atrapar arañas. A las arañas, por cierto, las dejaba caer de mi mano, para observar la finísima liana que tejían hasta que lograban aterrizar deslizándose por ella -sin desmelenarse- en el suelo. Todo esto sucedía sin más preocupación de que las horas pasasen a toda velocidad, para salir a jugar a la calle con los amigos, una vez que mi padre despertase de su letargo.

En una de las tareas ya descritas andaba, cuando de sopetón apareció ante mis ojos un canalito que se perfilaba en la intersección del umbral de la puerta con el piso del zaguán. Aquella minúscula y alargada hendidura en el suelo se extendía de un extremo al otro del umbral, por debajo de las dos hojas de la puerta, para desaparecer luego como por encantamiento al llegar a la última de las baldosas. Tan poderosamente captó mi atención aquel conducto, que fui a investigar, allí donde el canalito moría, para desentrañar el misterio que escondía. A modo de aprendí de Sherlock Holmes, hice sonar con los nudillos de mi mano la loseta en donde moría el canal y también las baldosas colindantes. En seguida pude comprobar, por contraste, que la primera emitía mayor resonancia que las adyacentes. Por su sonido hueco deduje, que por debajo de aquella plancha había “gato encerrado” y mi deber era desenmascararlo. El sistema para averiguar lo que se ocultaba en el subsuelo no me llevaría mucho tiempo, tendría que buscar un objeto punzante con el cual levantar la loseta de sonido vano. Así que, de inmediato, me dirigí a la cocina -no sin antes quitarme las sandalias no fuese a despertar a mi padre- para buscar las herramientas necesarias y llevar a término la referida tarea.
Luego de echar un vistazo sobre el múltiple utillaje que había en la cocina, encontré un cuchillo y seguidamente, ya en el patio, vine a dar con una badila: herramienta de hierro macizo, muy resistente, para atizar el brasero de picón, que me serviría para presionar sobre los extremos de la loseta. Me puse en marcha y según llegué a la puerta de la calle me arrodillé en el suelo para descubrir, finalmente, el misterio que escondía el subsuelo del zaguán de mi casa. En esas estaba cuando, de repente, algo pasó por mi testa que me hizo retroceder un paso en la misión emprendida. Pensé: − ¡Y si no guarda un secreto, sino que es una alimaña lo que se oculta ahí debajo! mientras me mantenía en esa conjetura la imaginación me llevó a visualizar, por temor, una gigantesca serpiente, que, saliendo del subterráneo, me engulló entre sus mandíbulas de un solo bocado y sin posibilidad de zafarme de ella. Después de la impresión recibida y de regresar de nuevo a la realidad, hice un segundo intento por quitar el cierre que daba acceso al depósito soterrado, pero de nuevo mi imaginación me jugó otra mala pasada, esta vez era una rata gigante de alcantarilla que, desafiante, mostraba sus dientes para saltar sobre mi cuello cual vampiro sediento después de largos años de oscura sepultura. Al tercer intento, tampoco fue la vencida, ahora la visión me mostró una marabunta de cucarachas que salían a toda velocidad de su zulo dejando tras de sí, allá por donde pasaban, una extensa mancha negra viscosa como de alquitrán. Pero no quedó ahí el ensueño, porque lo más repugnante vino cuando esa mancha comenzó a subir por mi cuerpo, desde los zapatos, ascendiendo por debajo del pernil de mi pantalón: por un instante pensé que desaparecería devorado en el torbellino de aquella plaga de negros vuelos.
Aquella última visión fue interrumpida, felizmente, con el atronador traqueteo de un carruaje que subía por la calle empedrada que venía a morir junto a mí puerta. Así fue como entendí, al cabo de los años, el significado (a causa del despertar brusco por el zarandeo del carruaje) del refrán que describe la esencia de algunas personas; en este caso más bien la ausencia de esencia: llevas más ruido que un carro vacío; el de aquella tarde me sacó providencialmente de mi letargo.

Recuperada mi consciencia, intenté controlar los miedos y los escrúpulos para llegar hasta al final de mi propósito. Para proceder a la tarea hice con el cuchillo una incisión prolongada entre losa y losa en la cual insertar, después, la badila para utilizarla de palanca. A continuación, en posición erguida -por si alguna de las visiones se hiciese realidad y tuviera que escapar a la carrera- abrí la puerta de la calle y procedí, seguidamente, a presionar la loseta con la badila sirviéndome del mi pie derecho, el cual apoyé sobre base de la palanca. La losa con el empuje dio un chasquido sin llegar a quebrarse, con lo cual deduje que se trataba de una simple tapa de madera. A continuación, la levanté unos centímetros (un cuarto de luz aproximadamente) por precaución para ver qué sucedía. Mi sorpresa fue que, después de unos segundos, lo único que se escapaba del subterráneo era un vaho pestilente de aguas estancadas.
Luego de corroborar que ninguno de los malos presagios se cumplía, retiré la tapadera de su lugar, para desplazarme posteriormente de nuevo al patio, en dos zancadas, a por un cubo y un cazo con los cuales proceder al vaciado del contenido de la pequeña cisterna que había aparecido ante mis ojos bajo la falsa baldosa.

Una vez que terminé la tarea y pude sosegarme, deduje que aquel invento había sido ideado para recoger el agua de lluvia que se filtraba entre el umbral de la calle y la parte inferior de la puerta. Por alguna razón uno de los inquilinos que anteriormente había ocupado la casa, pintó la tapadera y nadie supo luego, ni trató de averiguar, que hacía aquel canalito bajo la puerta. Reflexión: en demasiadas ocasiones -tal vez la mayoría- vamos por la vida sin poner atención (¡huy, esta frase me ha recordado la letra de una canción!) oyendo sin escuchar, viendo sin observar, asimilando sin cuestionar y hablando sin medir las consecuencias de las palabras que soltamos.

Un hecho similar al narrado, dicen que ocurrió en un acuartelamiento, hace ya mucho tiempo, cuando un sargento ordenó que se hiciesen guardias junto a un banco recién pintado para impedir que los soldados se sentasen mientras se secaba. Coincidiendo con dicha orden, sucedió que el sargento tuvo que ausentarse, repentinamente, para llevar a cabo una misión de suma importancia en un país lejano. Después de varios meses de ausencia los relevos junto al banco se fueron sucediendo porque el sargento sustituto, sin hacer ninguna pesquisa, prosiguió con la agenda de su antecesor. El despropósito llegó a tal grado que un teniente de otro regimiento que andaba de inspección en el cuartel, fijándose en los soldados y en el banco, pensó -en su vanagloria- que solo podía ser un detalle reservado para su descanso en su periplo por el acuartelamiento. Máxima: muchas veces pasamos por el mundo sin cuestionarnos si lo que nos viene dado de antemano en razón de la cultura, de la familia y de los medios de comunicación (también aquellas propuestas que por esnobismo aceptamos sin más) corresponde ciertamente con la realidad o si, por el contrario, forman parte de errores del pasado o de intereses partidistas y personales de aquel o aquellos que nos quieren llevar a su terreno.

De este modo, la estrategia de los políticos y de los medios de comunicación consiste, en no pocas ocasiones, en elevar a categoría general y verdad absoluta ciertos hechos significativos y relevantes, aunque aislados, presentándolos como cotidianos y generales, para cambiar la mentalidad de toda la sociedad a fuerza de repetirlos y magnificarlos. Táctica que llevan a término en unas ocasiones para asegurar los intereses de los grupos de presión o lobbies que los sustentan en el poder y, otras, para salvaguardar su “buena imagen”.
Tan impresionable, receptiva y, por tanto, vulnerable es nuestra mente a la propaganda, a la publicidad y al reduccionismo, que he dado con muchas personas que defienden posiciones falsas, sin haberlas cuestionado y contrastado (en muchas ocasiones ni tan siquiera experimentado en primera persona) con la misma convicción y radicalidad que se le otorga a una teoría probada científicamente en laboratorio.

Siguiendo con el relato de las vivencias en mi niñez, he de señalar, que en las horas que ocupaban la siesta de mi padre, me entregaba profusamente, además, a fantasear con lo que sería mi vida de adulto. A esa edad tenía gran preocupación por mi futuro, si bien no entiendo ahora a qué se debía, pues era aún demasiado pequeño para pensar en ello. Entre las actividades que solía escoger estaban presentes, por lo general, la de cantante, trapecista, actor, futbolista y abogado; ésta última me atraía especialmente porque me sentía identificado con la causa de los débiles y los pobres, posiblemente por mí misma condición de acosado. Aunque no descarto que pudiese venir, también, de ese tirano, que todos llevamos en nuestro interior, que nos conduce a pensar que estamos en posesión de la verdad y que son siempre los otros los equivocados.
Así, pues, durante mi infancia y juventud (ahora cuando lo recuerdo casi me avergüenzo) siempre tuve una gran seguridad en mis razonamientos y pesquisas: guiado -pensaba en aquellos años- por la clarividencia que acompañaba a mi juicio a la hora de defender las causas nobles y justas de pobres y marginados.

6. ANOTACIONES DEL PAISAJE HUMANO Y CULTURAL DE LOS SESENTA

Pobres, por cierto, había en abundancia para defender en aquellos años de posguerra ya avanzada. Las familias tenían, la que menos, cuatro hijos y sobrevivían a duras penas con un salario de subsistencia. Yo pertenecía a un barrio de familias humildes con lo mejor y lo peor que da la pobreza y la condición humana: lo mejor, en la mayoría de los casos, la solidaridad y lo peor el chismorreo y la incultura. Las familias a pesar de tener menos recursos para vivir que ahora, tenían un talante estoico con el que sobrellevaban toda clase de precariedades. Las frustraciones vienen, en buena medida, por compararnos con otras personas u otros modelos de sociedad. Por aquella época los únicos modelos a imitar eran nuestros mayores, que a decir verdad se conformaban con muy poco.

Acontecía por entonces, por otro lado, que nadie estaba obsesionado de modo enfermizo, como sucede en la actualidad, por el futuro; esto teniendo en consideración que aún no existían los planes de pensiones, ni las pagas estatales por jubilación, ni las subvenciones. La mujer, por su parte, no había accedido al mercado laboral y la economía estaba, mayoritariamente, supeditada a la agricultura; la cual dependía de fenómenos tan aleatorios como la climatología o las plagas.

La solidaridad de la que hablaba antes, debido a los escasos recursos económicos y sociales de los que se disponía, se concretaba en ayuda mutua entre vecinos y en el apoyo intergeneracional en el seno de la propia familia. De este modo de entender la vida resultaba que los abuelos eran atendidos, con respeto y admiración, por todos sus hijos hasta que estos fallecían en su propia vivienda. Los pobres de solemnidad, que no eran tantos, salían a pedir por las casas del vecindario de las cuales siempre recogían su dádiva: aunque ésta fuese un mendrugo de pan, por lo general, ellos nunca se quejaban. Así mismo, las vecinas no tenían ningún problema en prestarse ayuda ante cualquier necesidad; mientras que los hombres, a su vez, se apoyaban entre sí, colaborando, para arreglar las emergencias que surgían en sus viviendas; cada uno según su destreza. Del mismo modo procedían para recoger las cosechas, unos aportando la mano de obra y otros la maquinaria; si había un incendio en una casa, todos los vecinos colaboraban para apagar el fuego y ayudaban económicamente, después, para reponer el mobiliario de la misma. También sucedía que, ante los pequeños accidentes, siempre estaba la vecina que tenía el botiquín repleto y la pericia suficiente para sanar una herida, sacar una pequeña incrustación en la piel, sajar un forúnculo o reubicar un hueso dislocado en su lugar de origen.

Con este talante ante vida, para acomodarse y sobrevivir con los pocos recursos que había, las emociones que se derivaban de cualquier percance sufrido, especialmente por algún miembro del núcleo familiar, no se precipitaban en alarma. De tal modo de proceder, devenía que el médico quedase para las urgencias y poco más. Había en todos los estamentos de la sociedad un ritmo acompasado y natural, en el acontecer diario, con el cual no se temía al futuro porque el presente suponía ya, en sí mismo, una aventura y un riesgo que no daba lugar a pensar en el mañana.

Por otro lado, como se disponía de poca información, no se daba mucha importancia a la enfermedad y a las tragedias; en buena medida, también, porque no pensábamos que todo tuviese un porqué, y si lo tenía era poco menos que insondable. La muerte, en sí misma, era un hecho tan natural y cercano como la vida. De este modo, el anciano si moría, era porque le había llegado su hora, no porque hubiese contraído una enfermedad; la gente se suicidaba, no por depresión, sino porque se había vuelto loca; el cáncer era una enfermedad extrañísima que tocaba a poca gente, si acaso a los más raritos; las muertes por obstrucción del intestino se atribuían a cólicos misereres; y esto porque hasta entonces, el Colon era un señor desconocido que ningún médico había visto en su habitáculo natural.

Para seguir con el inventario de costumbres de la época, he de anotar que no había manjar más exquisito que una buena rebanada de caldillo, un buen plato de migas y un trozo de morcilla o de tocino entreverado en el guiso. Manjares que no estaban proscritos porque el colesterol estaba por descubrir, y las farmacéuticas por forrarse gracias a tan exitoso hallazgo.

Por otra parte, los obesos eran voluminosos desde el vientre de su madre, al igual que los delgados, y si por cualquier motivo alguien adquiría las carnes más tarde, se debía a que estaba predestinado para ello. La liposucción y las dietas no existían, así como los gimnasios para mantener la forma: la figura la modelaba por entonces la carestía, el trabajo manual de la época y los juegos al aire libre.

Pasando al terreno metafísico, debido al adoctrinamiento con ideas foráneas y a la publicidad en televisión, en un corto espacio de tiempo se operaron cambios radicales en la cultura y en las costumbres de nuestro país de las cuales el mundo rural tampoco quedó indemne.

De lo comentado anteriormente habría que sopesar dos hechos al comparar épocas: si bien el progreso nos trajo, por un lado (aun descontando las personas que mueren en la actualidad por cánceres, accidentes de tráfico, suicidios, asesinatos e infartos), mayor esperanza de vida, especialmente para los recién nacidos y los ancianos; nos hizo retroceder, por otro, en solidaridad, alegría, respeto, confianza en las personas y despreocupación ante el futuro: gran paradoja ésta, última, teniendo en consideración que el mañana es siempre impredecible, incluso con la caja fuerte a reventar en el banco más seguro. De otra parte, la abundancia de bienes materiales trae más problemas que alegrías, lo que sucede es, que los potentados lo disimulan con poses y alardes de grandeza para que nadie conozca sus frustraciones. Ya lo decía San Francisco de Asís -aunque con diferentes palabras- que las posesiones roban la paz y nos esclavizan. Y ello porque para poder mantenerlas es necesario que le dediquemos permanentemente toda nuestra atención, tiempo y energías para defenderlas; a veces incluso con armas. De este modo, pues, el progreso nos fue robando la alegría, poco a poco, en la misma medida que se fueron introduciendo los medios de comunicación de masa en los hogares y la gente creyó que todo se podía comprar con dinero; incluso el afecto.

Las nacientes empresas surgidas en torno a la revolución industrial, utilizaron los medios de comunicación, especialmente la televisión y la radio, para publicitar sus productos y aumentar, por consiguiente, la cuenta de resultados: una cuenta que, aun dejando muchas víctimas laborales por el camino, prometía una felicidad a sus clientes que luego en la práctica nos le daba. Aquella ingente multitud de empresas surgidas a raíz de los avances tecnológicos, para vendernos sus productos echaron mano de los psicólogos; los cuales utilizaron, entre otros anzuelos, el miedo y el placer como motores para activar a los futuribles consumidores. Fue así como nos hicieron temer obsesivamente a todos, desde de la década de los setenta, por la obesidad, la vejez y la caída del cabello: a las mujeres, particularmente, por las estrías, las patas de gallos, los glúteos flácidos y los caídos senos. ¡Se me olvidaba! También por las uñas quebradizas, los michelines y, terroríficamente, a las arrugas.


Entre los temores sociales que nos infundieron, arraigaron con gran poderío, el miedo a la enfermedad, a pasar un verano sin vacaciones, y a la muerte. Para garantizarnos la vida ¡ahí es nada…! nos vendieron toda clase de seguros, ya que las empresas (los psicólogos que trabajan para ellas) se dieron cuenta de lo arraigado que está el instinto de supervivencia en el hombre y, se sirvieron del mismo, para hacer proliferar como hongos todo tipo de seguros. Por citar algunos mencionaré, el seguro de defunción, el de vida, el laboral, el médico, el profesional; el seguro de vivienda, los agrarios y los que te rondaré, morena.

Esta abundantísima manipulación mediática de masa nos pilló desprevenidos y sin defensas; por lo cual, una vez que se soltó la bicha (en especial el miedo al futuro y al sufrimiento) y se afianzó en la población, nadie se lo pudo ya sacudir de encima, de alrededor y hasta de los mismísimos tuétanos. ¡En fin…! como el miedo es cobarde (más que libre, que dicen por ahí) acampó entre los mortales para quedarse definitivamente entre nosotros. Para remarcar lo anterior lo haré desde ese plus que siempre me dio la fe en el resucitado; en Jesucristo: todos los seguros ya citados desplazaron al más importante que había entre la gente de buena voluntad de entonces: tener la conciencia tranquila, para vivir en paz con uno mismo y, de camino, afrontar con garantía el día del juicio más allá de la muerte, física, en la vida eterna.

Mucho han cambiado los tiempos, bueno los tiempos no han cambiado tanto, lo que se ha demolido es nuestra cultura y, tras ella, nuestra conducta por la manipulación de los que ejercen el poder político y mediático y, colateralmente, por todos aquellos que tienen capacidad de influir en él. Mis padres, sin ir más lejos, pasaron ambos de los noventa, tan felices, viviendo de modo natural, sin adelantarse al futuro, y sin ningún tipo de seguro: los únicos seguros de plena confianza para ellos eran, por un lado, sus hijos y, por otro, gastar menos de lo que se ingresaba en caja. Lo mismo sucedía en el pueblo ¡huy…! la palabra pueblo me ha recordado algo: por entonces los políticos nos llamaban ¡El Pueblo! ahora han cambiado a Ciudadanía; debe ser que con tanta estrategia psicológica se han vuelto más sofisticados. En la política es muy difícil mantenerse al margen de las tentaciones que lleva consigo el poder; algunos de ellos caen por el camino; otros, en cambio, empezaron ya en ese oficio utilizando palabras en las que ni siquiera creen. Y el resto, para desgracia suya, nacieron ya viejos o, mejor dicho, los hicieron viejos antes de tiempo -esclavos de ideas totalitarias y excluyentes- con mentes de frontón y alma impermeable.

Siguiendo con la anatomía de los sesenta-setenta, tengo que añadir, que con la filosofía de vida que practicaban nuestros ascendientes no les fue nada mal: con ella colmaron prácticamente todas sus expectativas, incluso la de dar un porvenir a sus hijos. En la actualidad, a causa del miedo al futuro con el que han programado nuestro subconsciente, a golpe de spot publicitario, hay casi el mismo número de enfermedades mentales, por depresión y ansiedad, que por enfermedades físicas. A este estado de esquizofrenia colectiva ha contribuido, además de los miedos ya citados, aquel otro que se deriva de no estar a la altura de los demás (mantener la buena imagen), y que exige poseer, por un lado, los últimos bienes de consumo ofertados por los avances tecnológicos y, por otro, alcanzar unos logros profesionales a la altura del círculo en que me circunscribo. Dicho de otro modo, se nos ha inoculado un miedo inconsciente, que genera una ansiedad de fondo, al tratar de no quedar rezagado con respecto al grupo de personas con las que me identifico y, paralelamente, casi por la misma motivación, un miedo a no alcanzar las expectativas de progreso, disfrute e “independencia personal” estándares, que nos marcan los medios de comunicación. Este lavado de cerebro se fue gestando, principalmente, a través de la publicidad como ya mencionara, pero también por medio del cine, las teleseries, la prensa rosa y la telebasura.

Debido a esta cultura del tener y de la apariencia, el círculo para poder ser uno mismo se fue estrechando hasta asfixiar a muchos. Sin embargo, todo esto no fue fortuito, sino que por detrás lo que se estaba moviendo y se sigue moviendo son una serie de intereses, cuyo único objetivo -como siempre ha sucedido en la historia de la humanidad- es el control de una élite, minoritaria (sea cual sea su ideología y procedencia), sobre el resto de la población. Su fin último: salvaguardar sus intereses económicos y sus ansias de poder. Como contrapartida a esta tiranía surgieron otros movimientos que se decían libertarios, pero que, en la práctica, por su concepción ideológica -parcial, cerrada y totalitaria- resultó igual de perniciosa que la anterior, o incluso peor, al excluir y aniquilar a cualquier persona que se opusiera o refutara sus argumentos.

De este modo, al ser las elites conocedoras de los miedos que alberga el ser humano (por su capacidad de acceder a las fuentes del “conocimiento”) y, por ende, de los resortes mentales que mueven o paralizan la conducta humana, han descubierto dos armas poderosísimas para someter al resto de la humanidad; la primera ya la he apuntado aquí, es decir el mismo miedo, y la segunda sería el hedonismo, mediante el cual se trata de doblegar la voluntad de las personas, excitando continuamente sus sentidos, para someterlas en forma de esclavitud a su propia sensualidad. Estas dos armas que utilizan contra el pueblo, son ahora el verdadero opio del pueblo: mientras el hombre esté centrado en sí mismo; en sus miedos y en darse placer, no tendrán tiempo para ocuparse de aquellos que los tienen sometidos.

Anteriormente a la era de la psicología, los valores de las personas se centraban, sobre todo, en su preparación intelectual, en su capacidad analítica y en valores universales emanados de la ley natural, de la ley Divina y de la educación, transmitida esta última, fundamentalmente, en el núcleo familiar de generación en generación. La corriente de pensamiento impuesta desde los gobiernos y los medios de comunicación, por el contrario, que tratan de desplazar a la anterior, se ha centrado exclusivamente en los derechos individuales de la persona, sin debatir con el resto de la sociedad, es decir con los individuos y los estamentos que la conforman, sobre cuáles de esos derechos son verdaderos y cuales son arbitrarios y artificiales. Esa cultura totalitaria, que no admite discusión como el mejor de los tiranos, se le conoce con el nombre de Políticamente Correcto o Pensamiento Único. Sus fundamentos la cultura de la muerte y el relativismo moral.

Como dijo Allen Ginsberg “quien controla los medios, controla la cultura”. Y los medios están controlados por el capital que ha pisoteado los valores tradicionales (liberando al hombre de su conciencia) para vender mejor sus productos y de paso, mantener el clientelismo con respecto a la izquierda que ya los había tirado por tierra décadas atrás. ¡Y pobre de aquel que se salga de lo correctamente político o del pensamiento único! porque será echado a los leones, expuesto en la plaza pública o considerado anatema; eso en el mejor de los casos. En nombre del relativismo, paradójicamente, hoy se han levantado un buen número de dogmas, que nadie puede poner en entredicho, seguramente porque no tengan argumentos para dar credibilidad a sus mismas afirmaciones.

La democracia se ha transmutado en una forma de dictadura más, donde el poder omnímodo del estado, con sus delatores a la cabeza, aplasta no sólo a los más débiles de la sociedad, al nasciturus, a los niños y a los ancianos (quedando todos ellos supeditados al bienestar del adulto); sino a todo a aquel que se aparte del establishment que dictamina y nos imponen los gobiernos de modo unilateral, haciéndonos creer -para que piquemos el anzuelo- que “un mundo feliz” es posible, tal y como nos relata Aldous Huxley en su novela, con tal que las necesidades primarias estén cubiertas; algo que no nos diferenciaría en nada del resto de la fauna animal. Este análisis que pudiese parecer exagerado, no solo lo hacemos personas que pudiésemos parecer enfrentadas con la política, sino que son algunos de esos mismos políticos y expolíticos, los que empiezan a darse cuenta de que la sociedad, en su conjunto, está en plena demolición. Así es, puesto que en pocas décadas se ha pasado de opciones personales enfrentadas con el pasado y que todo el mundo respetaba, a imposiciones gubernamentales que intentan arrasar con toda la cultura anterior. Y para quede constancia de ello dejo, como muestra, el siguiente video de un expolítico de prestigio internacional:
https://www.youtube.com/watch?v=R4_NPIjHzWI

Esta nueva cultura impuesta por los gobernantes, no elegida por el pueblo, en el fondo no deja de ser otra cosa que una bomba a punto de estallar, por antinatural. Así ha de ser porque en ese mundo feliz se enseña que el individuo prima sobre la comunidad, que todo se puede alcanzar sin esfuerzo; y que, siendo positivistas, por otro lado (yo soy Dios, con lo cual recreo la realidad a mi conveniencia), la lógica y la demostración empírica están de sobra. Es más, aunque esa realidad virtual me lleve a mí y a otros a la misma muerte, siempre encontraré una excusa para no admitir que caí en el engaño como un lerdo; con otras palabras, Mark Twain lo dejó por sentado con este aforismo: “Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos que han sido engañados”

Siendo, pues, consciente de todo lo que se mueve entre bastidores, se puede afirmar, con toda rotundidad, que este mundo posmoderno no explotado hasta ahora, debido a que las multinacionales farmacéuticas van un paso por delante de los políticos atiborrando al personal con antidepresivos. Al final resulta que, bajo cuerda, todo es un negocio, en el cual unos cuantos, a costa de la mayoría, intentan asegurar lo efímero y mutable de la vida; es decir, aquello sobre lo que los mortales no tenemos control alguno ¿no te parece absurdo y contradictorio? .

7. POSMODERNIDAD IGUAL A HOMBRE COSIFICADO

De mirar al cielo para observar la dirección de las nubes, pasamos en occidente, en poco tiempo, a mirar en horizontal: ahora el sustento dependía de aprender a utilizar las máquinas más sofisticadas. Muchos cambios se produjeron desde mi infancia hasta mi madurez; los cuales, por cierto, afectaron de lleno a mi generación, ya que la mayoría de ellos se iban concatenando con la misma rapidez que pasan las estaciones y nosotros íbamos amontonando años. En determinados momentos de mi vida, tuve la sensación que los nacidos en la década de los sesenta llevábamos grabado a fuego, como seña de identidad, el tatuaje de la transición permanente. 

De este modo pasamos casi sin darnos cuenta −adaptándonos sobre la marcha− de la dictadura a la de “democracia”; de la agricultura más rudimentaria y primitiva, a los medios mecánicos que sustituirían en el medio rural a multitud de jornaleros y animales de labranza; del analfabetismo de buena parte de la población, a la universidad, pasando antes por la enseñanza obligatoria. De la escritura a mano a la mecanográfica; y de esta, al teclado del ordenador poco tiempo después.

Los electrodomésticos, por otro lado, empezaron a proliferar por todos los rincones de la casa, al mismo ritmo que lo hacían los funcionarios, los abogados y los políticos. De esta guisa se introdujeron entre los más apreciados por las amas de casa la lavadora, el frigorífico y la cocina de gas butano. Aparte de estos ingenios mecánicos, se introdujeron otros que, con gran poder de manipulación en las conciencias de sus usuarios, como ya cité antes, entre ellos la radio y la televisión, cambiarían radicalmente el modo de pensar de la sociedad. De todo ese “progreso” derivó, sin que tuviésemos la más mínima sospecha y, por consiguiente, ningún arma para defendernos (ya que esos medios se nos presentaron como inocuos) que las costumbres y los valores de siglos -algunos de ellos ancestrales- con los cuales las personas estaban en armonía con sigo mismas, con los demás  y con la naturaleza, fueran sustituidos por el estilo de vida, frenético, disoluto y vacío, que los americanos nos mostraban mediante su poderosa industria cinematográfica. 

Este “progreso” trepidante, no solo transformó nuestra mentalidad y el decorado de nuestras casas, sino que cambió también la presentación de los alimentos y el modo de acceder a los mismos. Fue así, como las materias primas del campo se transformaron en productos manipulados y manufacturados. El paisaje exterior, que no podía ser menos −debido a la fabricación masiva de elementos electromecánicos− también mutó de modo considerable: siendo uno de sus máximos exponente el automóvil. Este desarrollo trajo, parejo a él, un desplazamiento de habitantes de las zonas rurales hacia las urbes, pues fue allí donde se asentó primordialmente el peso de la industria. Las consecuencias fueron, como es sabido, que las ciudades se superpoblaron a costa de los pueblos que fueron perdiendo vecinos; algunos de ellos hasta deshabitarse por completo.

Esa vorágine de cambios modificó, por inercia, muchos de nuestros hábitos: las vacaciones de verano dejaron de ser cosa de guiris y potentados para convertirse en disfrute de la clase alta y media. Bicicletas, motos y coches, inundaron las calles por las que anteriormente sólo pasaban rebaños de cabras, burros, mulos, bueyes, carros y transeúntes. Las tascas y tabernas se convirtieron en bares y en pub; los guateques y verbenas (poblados de pantalones de campanas, patillas a lo Curro Jiménez, minifaldas, cinturones como cinchas y botas camperas) en discotecas, conciertos multitudinarios y, posteriormente, en botellones y macrofiestas.

Del mismo modo fue afectada la cultura del ocio: las verbenas populares, los paseos domingueros y las veladas nocturnas entre vecinos, fueron reemplazándose, en primer lugar, por el cine y, después, por la más grandiosa globalización que ha habido y habrá jamás, incluido internet, la televisión. La pequeña pantalla cambió las costumbres y el pensamiento occidental, sobre todo el de los españoles −asentados principalmente en la palabra empeñada, en la ley natural, la familia, las relaciones de vecindad, la nación y en principios trascendentes e inamovibles aportados, principalmente, por el cristianismo− por la cultura de la plusvalía, del utilitarismo, de la muerte, del individualismo, del relativismo y del hedonismo a ultranza. Lo que importaba ahora, según nos hacían creer los gurús del momento, era poseer el último bien de consumo salido al mercado, aunque fuese el mismo producto de tres meses antes con un diseño diferente. Posteriormente esta cultura de usar y tirar se trasladaría, por mimetismo, a las personas, con la consiguiente deshumanización que esta práctica conlleva. Y lo hizo afectando a todos los círculos donde el hombre se desenvuelve: a la vida familiar, a la laboral y a las relaciones sociales. De este modo, sin un modelo trascendente que reconozca el valor inmutable que la persona tiene desde el momento de su concepción hasta la última hora de su muerte; es decir intrínsecamente por ser imagen y creación de Dios ( y, por lo tanto, supeditados a Él y no a nuestro libre albedrío) independientemente de la cultura de cada época; la humanidad quedó expuesta a la sinrazón de sus cortos y limitados puntos de mira o, lo que es igual, a la ley del más fuerte y de la conveniencia del político de turno: parecido al Oeste Americano, aunque con más educación y menos tiros.   Puesto que anteriormente mencioné la publicidad y la propaganda, un eslogan propicio para este hombre cosificado de la posmodernidad podría rezar de este modo: me vales en tanto seas útil a mis intereses. Luego, si puedes, sálvate a ti mismo porque yo sólo estoy para mí. El hombre de la posmodernidad no podía caer más bajo, incluso los animales se agrupan y protegen para la supervivencia de su especie.

P. S. Hasta aquí la segunda entrega. La próxima terminará con el capítulo primero del libro, al que aún le restan cinco apartados, la entrega será el Miércoles de la próxima semana día seis de octubre

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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