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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

CONTINUACIÓN Y FIN DEL CAPITULO 1

8. JUEGOS Y TRAVESURAS: LA INOCENCIA

Ignorante a los cambios que se daban en mi entorno (debido a la edad y por vivirlos en el día a día), en esas fechas andaba como suspendido en las nubes, en medio de una realidad creada a mí tamaño, edad y semejanza. Una vez que salía a la calle, después de siesta, buscaba a los vecinos para jugar en la plazoleta que me vio echar los primeros pasos. Se trataba de un espacio amplio, en el cual confluían varias calles: un altozano que se elevaba por encima del resto del pueblo. Tal vez por esa misma prominencia del terreno -mimetizándome con el lugar donde jugaba y me relacionaba a diario- se me contagió un espíritu de elevarme por encima de las cosas y las personas; no como un sentimiento de superioridad, sino de perspectiva para detectar dónde estoy situado con respecto a los demás y donde, lo estamos todos, en relación a las fuerzas que nos gobiernan, tanto externamente desde la cultura, como internamente desde la negación de la realidad en nosotros mismos.

La plazoleta estaba despejada de mobiliario urbano, por lo que allí se daban cita un buen número de chavales de calles aledañas para su solaz. En la mayoría de los juegos se ejercitaban todas y cada una de las extremidades de nuestro cuerpo, lo cual contribuía a que mantuviéramos a raya la obesidad y, con ello, las piernas listas para salir corriendo ante cualquier emergencia. Las principales por entonces eran dos: una de ellas, siempre que la pelota salía desviada de su trayectoria para ir a estrellarse contra las ventanas acristaladas del vecindario y la otra, no cuando el proyectil (una piedra) se salía de su trayectoria, como en el caso anterior, sino cuando alcanzaba su objetivo; la cabeza de algún colega. 

No obstante, para mí la emergencia más acuciante estaba en mi camino hacia el colegio; allí me encontraba, no pocas veces, con un rebaño de vacas que me impedían el paso ocupando todo el ancho de la calle. Lo feo del asunto, no estaba en esperar que la vía quedase despejada mientras el vaquero las recogía en el establo, sino que entre ellas guardaban como una especie de consigna; ya que de entre todas, siempre había alguna que me miraba de reojo con cara de muy mala leche.  

En la calle, por cierto, pasábamos muchas horas porque no había tiempo que restar para dedicárselo a ordenadores y celulares; inventos que estaban ya en marcha pero que todavía no se habían popularizado. De aquellos juegos puedo citar ahora entre otros: la billarda, las canicas, la peonza, el aro, pico zorro zaina, marro, el látigo, las chapas, tirar a raya, la rayuela, la comba, los cromos, el escondite, el banderín, el fútbol, un dos tres pollito inglés, y los zancos. Este último consistía en unas plataformas hechas de latas de pinturas vacías, a las cuales sujetábamos unas cuerdas en la base, que taladrábamos con un clavo, para andar subidos en ellos y hacer carreras. Luego llegaron los juegos de verano, estos ya productos de la tecnología del momento; entre ellos aparecieron el yoyo, el cubo mágico, los bolos, el hula hoop, la bola loca, el disco volador, la jabonera de hacer pompas y alguno más que no guarde en el baúl de los recuerdos para citar ahora.  

Cuando encontraba a mis amigos en la plaza, me unía a ellos para explorar el mundo: unas veces el cercano y otras el que sobrepasaba los límites del pueblo. En el cercano, que quedaba circunscrito a mi plazoleta y calles aledañas, nos entregábamos, profusamente, a hacer experimentos con la pequeña fauna salvaje que emergía desde sus escondrijos a la superficie con la llegada de las suaves temperaturas de primavera. De los bichejos que proliferaban en el pueblo las lagartijas eran nuestras preferidas y, por eso mismo, las más hostigadas. A las muy infelices se las acribillaba a golpe de cinta elástica hasta que caían de la pared; después, para colmo de su desdicha, en ocasiones les amputábamos la extremidad inferior. Con esa edad nos fascinaba observar −como hecho singular− que la cola del animal siguiese dando latigazos, como autómata, tiempo después de que la misma quedase separada del resto de su cuerpo. Yo creo que de ahí debe venir la expresión: está vivo y coleando. Así como aquella otra de: “fuma como un murciélago”, por la costumbre que existía en los pueblos, entre niños y mozalbetes, de introducir un cigarro en la boca de dicho animal. Con aquel experimento de laboratorio, improvisado en la calle, cuando el mamífero alado se tragaba el humo al respirar, los chavales dábamos por sentado que al vampiro le gustaba el tabaco. Otro bichejo que no me dejaba indiferente era la langosta africana, las hostigábamos a muerte porque venían precedidas de muy mala prensa, se decía de ellas que arrasaban los cultivos que encontraban a su paso; no obstante, por lo general, yo les daba una segunda oportunidad, aunque su semblante, también por lo general, era poco amigable. 

En otras ocasiones la distracción consistía en tirar con cintas elásticas, además de a las lagartijas, a los panales que construían las avispas en la parte cóncava de las tejas sobresalientes de las casas. A ese bombardeo de cintas, alguna de las inquilinas del panal respondía, cual kamikaze, en afanosa persecución de su enemigo hasta que lograba hacer diana taladrando su cuerpo con su diminuto aguijón. En lo de atrapar moscas llegué a ser especialista, a unas las cazaba al vuelo y otras en los cristales de las ventanas donde chocaban buscando una salida airosa. Cuando juntaba una buena cantidad de estos pequeños dípteros, los guardaba en un bote para alimentar a los gorriones que caían recién nacidos de sus nidos. Ocasionalmente les arrancaba las alas para verlas danzar, cual saltimbanquis ebrios, en el momento que decidían retomar el vuelo. Después las indultaba introduciéndolas en los agujeros por donde accedían las hormigas a su búnker. A pesar de mi buena intención por dejarlas con vida, mi idea no daba buenos resultados: la convivencia con las hormigas no debía ser agradable para ellas, ya que al poco rato volvían a salir por la boca del agujero, asomando sus ojos poliédricos, irisados de colador, al peligro de las pisadas de los viandantes en la calle.

De los animales domésticos el que salía peor parado era el perro callejero por las gamberradas que hacían con él los mozalbetes, ¡Pobre animal…! como si no tuviese suficiente con deambular de acá para allá como oveja sin pastor. Los chicos mayores le ataban una cuerda, por uno de los extremos, a la cola del sabueso y, por el otro, a unas latas vacías que, en contacto con el suelo, emitían un fuerte estruendo cuando soltaban al animal. En dicha perrería nunca tomé parte, para mí el perro era y sigue siendo, de entre todos los animales, mi preferido; creo que en ello tiene mucho que ver su mirada agradecida, su zalamería, su dependencia y su fidelidad. A los “pájaros” con alas, intentábamos cazarlos a golpe de tirachinas, unas veces en los árboles y otras cuando planeaban en el cielo: tarea ardua esta última y de nulo rendimiento. A las gallinas había un colega que les metía el dedo en el recto para extraerles los huevos antes de que fuesen depositados por su propio peso en los ponederos. Los gatos y perros recién nacidos, cuando nadie quería hacerse cargo de ellos, para evitar la superpoblación y, por consiguiente, epidemias, como por entonces no existían los refugios para animales, las personas mayores se encargaban de deshacerse de ellos con prácticas poco ortodoxas que nadie cuestionaba por entonces; algo normal teniendo en cuenta que los veterinarios escaseaban y se dedicaban a otros asuntos, para la cultura de ese tiempo, más urgentes; también como mencioné ya, anteriormente, porque todo el mundo tenía muy claro el salto abismal, cualitativo, que había entre el hombre y los animales, no solo por observarlo, sobre terreno, en la experiencia cotidiana, sino por el mismo relato de la creación. 

De igual modo, quiero matizar que, aunque se cometiesen crueldades con los animales, no es comparable con la violencia que vivimos en el presente. Hay razones que avalan lo que acabo de expresar, una de ellas tiene que ver con la economía de subsistencia que regía en la mayoría de hogares: desde muy temprana edad, estábamos familiarizados con el sacrificio de animales para el consumo doméstico que, por lo general, se criaban dentro de la misma vivienda. En ese contexto pude observar, en más de una ocasión, a mi madre degollar a las gallinas o a mi padre golpear en la nuca a los conejos para sacrificarlos como alimentos en la manutención familiar. Estos animales, junto con el cerdo, constituían un aporte nutricional imprescindible en la dieta de aquellos años de escasez. Lo que más me impresionaba, de esas costumbres ancestrales, eran los chillidos del cerdo mientras duraba el ritual del sacrificio para la matanza. Paradojas de la vida, hay quien ha llegado a decir -y posiblemente sea cierto- que, durante muchos siglos, en Europa este animal salvó más vidas que la penicilina. A pesar de aquella familiaridad con la muerte, esas costumbres no se pueden comparar, en modo alguno, con la multitud de películas violentas a las que hoy tienen acceso jóvenes y niños. A mí me sucede que, perteneciendo a una cultura en apariencia más arcaica, soy incapaz de ver películas donde la sangre que corre por el suelo, a raudales, no es la sangre de animales sino la de personas. Solo hay que ver las estadísticas para darse cuenta que los asesinatos se han multiplicado exponencialmente en todo el planeta.

9 LA HISTORIA Y EL TIEMPO JUEGA A MI FAVOR: EL ABORTO

A raíz de lo comentado en el apartado anterior y también al principio de la biografía −especialmente con motivo de la edad avanzada con la cual me tuvieron mis padres− se me ha venido al pensamiento sacar a colación, en un punto y aparte, un tema tan controvertido y sangrante como el aborto terapéutico. Que no sé por qué le habrán puesto lo de terapéutico, pues, sin sanar nada, todo lo empeora.   

Tengo que decir que a pesar de que algunos de aquellos métodos, cuasi, ancestrales de supervivencia, fuesen violentos porque, entre otras cosas, no existían herramientas mejores, no superan ni de lejos (por tratarse de seres humanos) a las prácticas abortivas del presente, donde el mismo seno materno se ha vuelto, frente a lo que está diseñado, en cámara de tortura, descuartizamiento y muerte del nasciturus. Una práctica que, por otro lado, se convierte en punto final sin retorno, donde la criatura carece de juicio, previo, para defenderse o de cualquier otro medio para escapar de la muerte como lo haría, incluso, un niño pequeñito; es decir, no puede alegar a su favor, ni gritar para que lo auxilien; no puede echar a correr ni llamar a compasión a su verdugo con lágrimas. En definitiva, unos de los actos más crueles que puede cometer el ser humano por la indefensión de su víctima. Las estadísticas de abortos practicados en todo el mundo, son escalofriantes; estos son los datos que he recogido de la asociación Pro Vida-Miami en EEUU en la que se hace una comparativa entre el número de no nacidos exterminados en el vientre materno, y el número de fallecimientos por otras causas: 30.000 por suicidios, 580.000 por cáncer y 600.000 por enfermedades coronarias; frente a 1.500.000 prácticas abortivas tan solo en un año, en el 2014. 

Las cifras que muestra otra estadística de años anteriores, es parecida a la expuesta anteriormente, según el CDC y el Instituto Guttmacher. Desde el año 1973 hasta 2008 (35 años), se habrían practicado unos 50 millones de abortos legales en Estados Unidos. Eso equivale a 1.428.571 abortos por año, o lo que es lo mismo 119.048 al mes, o 3968 por día, 165 por hora, tres por minuto. Cifras que superan en pocos años y en miles de víctimas a las muertes habidas en las dos últimas guerras mundiales; y cifra que, por sí sola, la situaría entre los 28 países más poblados del mundo. Para concluir con una reflexión diré, que todos, sin excepción, hemos podido ser un número más en esas estadísticas; ya que como es sabido no hay persona que haya llegado a adulto sin haber transitado, antes, por ese estadio de la vida.

A continuación, os dejo el enlace a tres videos que nos concientizan sobre este tema; sobre la dureza de corazón a la que ha llegado el hombre para no sentir compasión de sí mismo:

En este primer video nos habla el actor Eduardo Verástegui, muy involucrado en la defensa de los bebes por nacer, de esta realidad que tiene un trasfondo con más alcance del que se ve a simple vista, siendo ya de por si cruel el que todos conocemos. A él se debe también la película Bella de gran triunfo en los cines a pesar de que se estrenó en plena pandemia https://www.youtube.com/watch?v=_ukbOmjPcsU

En este otro es el Joven periodista Frank Zapata es el que nos muestra la realidad de este genocidio en un documental. https://www.youtube.com/watch?v=lCyGHLlcI94

Y el último una hermosa reflexión sobre la omisión del deber cuando la conciencia nos llama a actuar. El video comienza con una cita bíblica de (Proverbios 24, 12) que traducido al español nos comunica lo siguiente: si dices: He aquí, no lo supimos, ¿acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá y recompensará al hombre según sus obras. 101.877 visualizaciones.

http://www.youtube.com/watch?v=ofcs9Y7qL4s

De alguna manera, las luces del presente, suelen ser el resultado de reconocer y enmendar los errores del pasado. El aborto y el infanticidio ya existió antes de la era cristiana en otras civilizaciones: tanto en el periodo helenístico como el romano a los niños se les dejaba morir, como expósitos, en el campo o se los despeñaba como ofrenda a los dioses. Si el modernismo ha matado a Dios (Dios ha muerto diría Friedrich Nietzsche) ¡como, luego, criatura tan imperfecta y limitada como el hombre, va a tener respeto por la obra de sus manos! La vida de las personas a perdido su valor, intrínseco, porque desconocemos, al separarnos de Dios, con qué propósito nos creó; es decir, que somos, para qué estamos en la tierra y cuál es, por consiguiente, nuestra meta y destino. De cualquier modo, Dios tiene la última palabra, la verdad siempre se abrirá camino en medio de las tinieblas por mucho que espantemos nuestros demonios. Él vencerá del mismo modo que venció cuando se erradicó la esclavitud y el apartheid; un buen ejemplo de que ya estamos al final del túnel y, por tanto, de que Dios triunfa, se está dando en muchas mujeres que, arrepentidas, nos dan a conocer sus experiencias vividas antes, durante y después del aborto. Uno de los más importantes es el de Patricia Sandoval, una chica que trabajó en una clínica abortiva y que ella misma, a su vez, se sometió hasta en dos ocasiones al aborto terapéutico. El relato de su vida está recogido en el siguiente enlace: www.youtube.com/watch?v=laAWIx0P6b8  

Semejante al testimonio de Patricia Sandoval, existe el de otra madre que habla de las secuelas psíquicas que dejó en su vida el aborto terapéutico: Sonia Batista cuenta, con todo lujo de detalles y sin avergonzarse, que después de recurrir al aborto para deshacerse de su hijo, perdió el gusto por la vida y la capacidad de amar. También es significativo los casos que se han destapado del negocio que hacen algunas clínicas con los fetos y, por otra parte, que, cada vez son más los médicos, no solo los creyentes, los que certifican que el aborto es un atentado contra la vida; es decir, contra un ser totalmente diferenciado genéticamente de la madre, con una realidad específica propia, individual y única. El mismo doctor Bernard Nathanson confesó públicamente, después de haber practicado 75.000 abortos y tras escuchar el latido de un corazón en el vientre materno, que “el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad, continuaba afirmando, es el más craso tipo de evasión moral. Poco tiempo después de hacer esta declaración y ser consciente de que estuvo por muchos años equivocado, el doctor Bernard pasó a formar parte activamente de movimientos pro-vida. La verdad es sólo una, aunque le volvamos la espalda o intentemos silenciarla para que ésta no reprenda nuestra conciencia.

En demasiadas ocasiones la presión del entorno, por la cultura de moda (que en la actualidad reduce el concepto de felicidad a tener tiempo libre, a alcanzar unas metas y al disfrute de los sentidos), y la Ignorancia sobre la gravedad de nuestros actos, es lo que nos impulsa a optar por la muerte antes que, por el primer derecho del hombre, el derecho a la vida; derecho sin el cual todos los demás quedan en papel mojado porque no hay lugar a ellos en un muerto. Jesús, como Dios que es, conoce muy bien el velo o los velos que cubren nuestro entendimiento cuando nos alejamos de la Verdad (que es Él mismo). Así nos lo mostró minutos antes de expirar en la cruz, con estas palabras: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen(Lucas 23, 34). A Él también le alcanzó el asesinato de los inocentes. 

Conclusión: Las personas deseamos quitarnos estorbos de en medio para ser felices, sin embargo, es una lástima que descubramos demasiado tarde, que el principal y único estorbo para la felicidad está dentro de uno mismo, en nuestra mente y en nuestro corazón. Hay quien no llega a descubrirlo nunca, y es por ello que encuentran enemigos y contrariedades por todas partes.

10 ¿SE PUEDE PREVENIR EL ACOSO?

He de reconocer que en los juegos no era muy mañoso, de modo especial en los de habilidad manual, supongo que se debía a que para ciertas actividades era zurdo, a lo que tendría que añadir mi escaso poder de concentración: me temo que era un niño de los que ahora se denominan hiperactivo, aunque en un menor grado. En general me gustaba el deporte y nunca fui reacio para practicar cualquiera de sus modalidades. Además del deporte, sentía inclinación por las artes; entre ellas por la música, el canto, la narrativa, el teatro y el circo. En definitiva, un espíritu inquieto con ansia de conocerlo todo y, por lo mismo, incapaz de especializarse en algo concreto.

Unos de mis juegos preferidos era el escondite, conocido de sobra por mis coetáneos; cuando no había sitios suficientes donde esconderse y, en un mismo lugar, coincidíamos dos críos, no tenía la misma sensación y el mismo pálpito, si se trataba de una niña o de un niño. Si coincidía con una niña que me atrajese, el corazón se me aceleraba y quedaba por unos minutos rodeado de clamores interiores, que escapaban al exterior envolviendo la atmósfera del lugar con un halo de misterio, de belleza y de complicidad inefable. El día que se daba dicha situación en el juego, permanecía en silencio observado a mi musa sin traspasar la raya: de cualquier manera, por aquel entonces, desconocía que existiesen rayas que, una vez cruzadas, te pudiesen complicar la vida. 

De este modo, en la experiencia de lo inmediato, me iba adentrando en un mundo fascinante que no tardó demasiado tiempo en trocarse para mí.  Virgen era yo por aquellas fechas y virgen mi inocencia, la cual fue siendo mancillada, a lo largo de los años, por personas de lengua fácil y corazón estrecho que me tildaban de mariquita en unas ocasiones y, en otras, por una retahíla de vocablos de igual significación. A esas agresiones yo respondía con otros insultos, no menos contundentes, como arma de defensa ante los que venían a provocarme. Las humillaciones me las dirigían, principalmente, mancebos y críos; aunque ocasionalmente venían también por parte de personas adultas. La sinrazón y la maledicencia es un veneno que el maligno inocula en el alma humana, a todas las edades, para impedir que el hombre pueda alcanzar su felicidad y su destino; es decir, a Dios mismo. Aquellos improperios hacían que me sintiese muy dolido, especialmente porque mi personalidad no coincidía, en nada, con lo que culturalmente se entendía por marica por aquellas fechas: chico débil, de carácter afeminado, al que le gustan las cosas de las niñas y se siente atraído sexualmente por los hombres.

De cualquier manera, de poco servía que me revolviese e incluso me batiera en “duelo” con los vecinos en un intento de demostrar que estaban equivocados, ya que estos, impertérritamente, siguiendo sus impulsos, no cedían en los ataques. El hombre es cruel, especialmente el niño que, en dicha etapa de la vida, está aprendiendo a socializarse y no conoce el sufrimiento ajeno: entre otros motivos, porque no han tenido tiempo de experimentarlo en propia carne. El leitmotiv que les empujaba era, ante todo, hacerme encolerizar para su divertimento; todavía, más, en tanto en cuanto observaban que mi reacción era, siempre, a la defensiva.

Por lo comentado anteriormente, doy a entender que exculpo a aquellos chavales que me agredieron, sin motivo, por muchos años; y así es, lo cual no quiere decir que, con ello, justifique su comportamiento; me explico: todos sabemos que las acciones que perpetramos, conscientemente, para provocar una reacción violenta o airada en el prójimo, sin causa justificada, es un acto que nos acusa, a nosotros mismos, de que estamos obrando mal. Por eso, aunque no conociesen el dolor que sentía en mi interior ante aquellas acusaciones falsas y las huellas que estas dejarían, posteriormente, en mi alma; sí que se daban cuenta del malestar que me causaban cuando me aislaban arremetiendo todos, a una, contra mí. 

Dentro de lo mal que lo pasé durante mi infancia y juventud, pienso que los chavales que son sometidos a acoso (por el motivo que sea) en la actualidad, lo tienen aún más difícil que aquellos que lo sufrimos en décadas anteriores. Esto tiene una explicación sencilla; debido a que los niños y niñas víctimas de acoso en el momento actual, siguen siendo hostigados dentro de sus mismas viviendas, a través de las redes sociales, sin que puedan encontrar un solo resquicio de paz durante el día, algo que no sucedía en épocas anteriores a la era digital. El acoso se ha convertido de este modo, en una lacra social gravísima, para la que urge, ahora más que nunca, adoptar medidas contundentes de protección y prevención por parte de las autoridades, de los padres y de los educadores. 

El modo de parar esta sangría de personas rotas, desde su más tierna infancia, a causa del acoso, es educar a la sociedad, en primer lugar, en valores cívicos y morales (tarea ardua frente a los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías, que nos bombardean continuamente con violencia verbal, física y sexual, sin ningún tipo de pudor y escrúpulos); y, en segundo lugar, dotando de medios preventivos a los adultos para que puedan detectar por el comportamiento de adolescentes y niños si estos están siendo víctimas de acoso o abusos.

Entre dichos comportamientos, se pueden dar los siguiente: en primer lugar, cuando el chico se encierre en sí mismo, alejándose del resto de compañeros, especialmente si se muestra temeroso, apático y triste, sin causa aparente que lo justifique a cualquier hora del día; en segundo lugar, siempre que padezca de insomnio, temor al contacto físico, inapetencia en las comidas, incapacidad a la hora de sostener la mirada e incontinencia urinaria, a edad impropia, sin causa física que lo justifique. Muy a tener en cuenta, también, porque es indicativo de que el niño pueda estar pensando en el suicidio, será cuando este pronuncie palabras de despedida o se desprenda de todos sus bienes, especialmente los más preciados.

Los abusos sexuales, en cambio, u otro tipo de proposiciones deshonestas de un adulto hacia un niño (aunque también podría tratarse de hurtos), vendrían acompañados por la utilización de ropa de marca y tecnología de última generación que los padres no le han comprado o que ellos mismos, por su poder adquisitivo, no hayan podido adquirir. Así mismo habría que averiguar la causa de salidas injustificadas de casa sin la compañía de amigos. 

Tenemos que ser conscientes de que el acoso o el abuso de poder, no es un asunto baladí, no pocos niños y adolescentes se han quitado la vida para terminar con el sufrimiento que conlleva el bullying. No quiere decir, por lo comentado, que siempre tenga que coincidir uno o varios de estos comportamientos con bullying o con abuso sexual; sin embargo, cuando se repiten en el tiempo, es mejor intervenir para no tener que lamentar tiempo después en el chaval, un cambio de personalidad, un deterioro psíquico de difícil retorno o, incluso, como ya comenté, el suicidio.

Quiero añadir, por otro lado, que, ante comportamientos con algunas de estas características, los padres y los profesores han de ser extremadamente cautos dando un margen de confianza al niño para que exprese sus temores sin que se sienta, al mismo tiempo, presionado. Buena parte del éxito, para que el crío o el adolescente acosado confiese, consistirá en hacerle entender que el mañana será siempre mucho mejor. Y ello porque tú, padre o madre, profesor o psicólogo, pastor o sacerdote, le muestres tu apoyo incondicional con salidas claras y factibles. Así, pues, no es suficiente con hacer una mera declaración de intenciones donde la víctima intuya que se le quiera quitar hierro a su problema para consolarlo momentáneamente.

En cuanto a mí, yendo más allá de aquellas arremetidas, continuas, de amigos o vecinos en la calle, hacía una vida normal como cualquier otro chaval; me sentía fuerte y no permitía que mis verdugos me amedrentaran. Así sucedía, puesto que horas después de la contienda volvía a juntarme con los chicos del barrio, olvidando las provocaciones anteriores, para participar de sus mismos juegos y travesuras. 

Aparte de esta situación de acoso que se volvía insoportable por su dilatación en el tiempo, otras muchas cosas sucedían a mi alrededor a esa temprana edad. Para seguir con el relato de aquellas vivencias rememoraré, que ya a muy temprana edad, con cinco o seis años, nuestros padres nos dejaban solos para ir al cole: por entonces las calles no representaba un lugar de peligro para la sociedad en general y, en particular, para los más pequeños. Por esta percepción que se daba en el ambiente de estar a salvos, la cual nos hacía vivir a todos más confiados, se derivaba que los padres no estuviesen preocupados con raptores de niños, camellos (la droga apenas si se conocía), pederastas o atropellos de vehículos. Otra situación curiosa, que se daba por la década de los sesenta y setenta, al menos en los pueblos, tenía que ver con el hecho de que el futuro no se preveía con tanta antelación y se dejaba, por lo general, a merced de su propio albur. De este modo sucedía, por ejemplo, que muy pocos padres se interesasen por las notas académicas de sus hijos y mucho menos por programar unas horas para el estudio. Esa despreocupación de los padres se suplía, si es que uno deseaba salir con unos conocimientos básicos del cole; en el mejor de los casos, con inteligencia y, en su ausencia, con fuerza voluntad y amor propio. De aquel modo de entender la vida se derivaba que la escuela principal, en la infancia y juventud, estuviese en la calle y en la observación, atenta, a las pautas de conductas que los adultos mostraban en su vida cotidiana.

11  LA SOCIALIZACIÓN

La calle, los juegos, la vida familiar y las costumbres eran, por tanto, el mejor maestro del reducido universo del pueblo. Con los juegos entrabas en relación con tus límites físicos y habilidades; algunos de estos, los menos, rondaban el sadismo porque en ellos se utilizaba el cinturón o una correa para castigar al que perdía la partida. En las tareas del hogar, en las agrícolas u en otros oficios, ayudábamos a nuestros padres cuando necesitaban mano de obra poco especializada; sobre todo durante las cosechas. La familia, los animales domésticos y los de labranza, convivían todos en la misma casa, cada uno ocupando su propio espacio y rol, con vínculos sanos (se tenía una percepción clara del salto cualitativo, que había entre personas y animales en la cadena biológica). Por otro lado, los padres nos introducían, sin que fuesen plenamente conscientes de ello, en los ritos iniciáticos y las costumbres de los adultos. De modo especial en la socialización e identificación con las personas del mismo sexo. 

Así fue como descubrí, acompañando a mi padre a la taberna, los temas de conversación que mantenían los varones entre sí y los acontecimientos que más les preocupaban. Allí me dieron a degustar el primer trago de vino que, encontrándolo agrio como el vinagre, aborrecí para siempre hasta que probé un vino tinto de menor acidez ya de mayor. También en la tasca pude ver que algunos de los señores allí presentes ahogaban sus penas, no pocas por entonces, cantando flamenco en un arranque racial de gran maestría: normalmente se trataba de Cante Jondo, el cual les salía a su vez de sus más “jondos” sentimientos. Los temas de conversación versaban especialmente sobre las predicciones meteorológicas: predicciones muy fallidas puesto que por entonces no existían satélites artificiales. Otros temas que traían a colación en sus tertulias tenían que ver con los toros, el fútbol, las tareas agrícolas, las penurias pasadas y sobre algún programa televisivo de preguntas y respuestas. De religión se hablaba poco y de sexo pasaba tres cuartos de lo mismo, por entonces existía la percepción de que ambos temas entraban dentro de un territorio sagrado e íntimo. La política, igualmente, ni se tocaba, no sólo porque estuviese prohibido hablar de ella, sino porque había poco interés por la misma. No era habitual escuchar comentarios de política, en cambio sí los suficientes sobre la guerra civil y sus secuelas. Como la economía era predominantemente agrícola, de poco o nada servía lo que dijese el alcalde, Franco o el mismísimo Conde de Romanones desde su tumba, si la climatología no ayudaba, por su parte, para que se diese una buena cosecha. El asunto consistía más bien, ya que las subvenciones estaban aún por inventar y los seguros agrarios eran desconocidos o inexistentes, en mirar al cielo e implorar el auxilio de lo alto; unas veces para que lloviese y otras para que escampase según la conveniencia del momento.

Acompañado de mi padre iba también al barbero que, a su vez, hacía de peluquero y con anterioridad, según me han contado, de sacamuelas. En la década de los sesenta los sillones hidráulicos no habían llegado al pueblo, por lo cual me subían en una pilastra hecha de periódicos atados entre sí, que descansaba sobre el mismo asiento destinado a los adultos. Hacia la cúspide de los diarios, preparados al uso, me encaramaba el peluquero para acomodarme a la altura de sus manos; las cuales, por cierto, no se desenvolvían con mucha pericia: tan es así que mi flequillo quedaba, después de que el maestro diese por concluida su faena, con más desnivel que la subida o la bajada del Tourmalet dependiendo de la perspectiva desde la cual se le mirase.

Recuerdo que el pobre hombre, que en paz esté, tenía mal carácter porque andaba de continúo malhumorado. En un principio pensé que su mal humor se debía a la agitación que nos entraba en el cuerpo, de pequeños, por el sonido rasgado de las tijeras con el movimiento de sus manos. Sin embargo, no fue ese el caso, porque yo iba creciendo y tranquilizándome, mientras el flequillo seguía el precipicio de costumbre y el barbero refunfuñando por su lado, también, como de costumbre. No solamente el flequillo fue uno de los contratiempos de su pírrica destreza, sino que este iba acompañado, por lo general, de un corte en la nuca por debajo de la oreja. Así ponía su broche de oro para rematar la faena aquel maestro del corte. No obstante, a pesar de la marca personal que dejaba, siempre, en sus clientes, nunca lo vi sonreír por ello, ni tan siquiera por dentro.

Mi padre por su parte, aunque me llevaba al presunto peluquero, a él nunca le vi ponerse al alcance de sus tijeras; aunque sí, bajo las de mi madre que no le daba miedo usar las suyas tanto para un roto como para un descosido. ¡Y del afeitado de mi padre para que contar! para él, era todo un ritual que no desmerecía en nada al de los japoneses con el té. Lo intentaré describir pormenorizadamente: primero calentaba el agua en una pequeña jofaina al sol. Después sacaba la cuchilla de afeitar para introducirla en la maquinilla revisando, antes, que estuviese lo suficientemente afilada; de no ser así, el mismo, la restregaba contra una piedra dispuesta al uso para afilarla. Luego sujeta la hoja a la maquinilla por un tornillo que apretaba con los dedos. El ritual continuaba, restregando la brocha mojada, con parsimonia, sobre la pastilla de jabón para extraer de ella abundante espuma. Una vez que terminaba con todos los preparativos, untaba su cara con la espuma asegurándose que ningún flanco de su rostro quedase al descubierto. Para rematar la faena rasuraba su barba, en un sin fin de pases, estirando todo lo que podía los pliegues de su cara que, por cierto, no eran pocos debido a su avanzada edad y a su delgadez quijotesca. 

En aquella tesitura, entre pase y pase de maquinilla, yo le observaba, atentamente, imitando las muecas que hacía al empujar su lengua contra el carrillo para no dejar atrás ni un solo pelo que se le declarase en rebeldía. Si me sorprendía de aquella guisa, mi padre se daba por no enterado, aunque, de cuando en cuando, me devolvía la mirada por el rabillo del ojo, hinchiendo los pulmones, orgulloso de verme a su lado.

Con mi madre eran otros menesteres muy diferentes, me llevaba con ella a visitar a las vecinas, amigas y familiares. Alguna vez que otra, también, a la compra, al cementerio o al huerto de las lavanderas; lugar este último donde mi mamá hacía la colada de rodillas, junto a una pila ubicada a ras del suelo y asignada, entre otras muchas, especialmente para ella.

El cementerio, envuelto en su halo de misterio y leyendas, despertaba mi interés de modo particular. Ahora no dudo que sirvió para familiarizarme con la muerte y el sentido finito de la vida. La visita a los cadáveres de los fallecidos, o en su defecto a sus gusanos, me seducía algo más que ir al huerto. En el huerto, una vez que inspeccionaba el recorrido que hacían los regatos que conducían el agua hacia los diferentes fregaderos y el surco que dejaban en tierra tras su posterior desagüe, no me quedaba otra tarea por hacer, que la de esperar a que mi mamá terminase su colada. Una vez concluida la colada, me llamaba para que le fuese pasando las pinzas con las que sujetaba la ropa a los cordeles para tenderla al sol o, en su defecto, al viento que más soplase aquel día. Algunas señoras, cuando me veían sentado en el suelo, aburrido, me llamaban para hacerme preguntas, ahora no recuerdo cuáles; supongo que no serían muy importantes cuando no me vienen a la memoria.

La visita a sus amigas o familiares, eran aún más tediosas; allí me sentaba en una silla de la cual no me bajaba, por lo general, hasta que mi madre daba por concluida la visita de obligado cumplimiento. Este era el mayor pasatiempo de las mujeres de aquella época, visitar parientes, enfermos o vecinos. Por cierto, ahora que recuerdo, yo las veía muy entretenidas y embutidas en sus conversaciones; a veces hasta con cara de satisfacción, supongo que por esto mismo las visitas se prolongaban durante tanto tiempo. 

Como la educación era muy estricta en aquellas fechas y, por menos que cantase un gallo te llevabas un soplamocos, sólo me atrevía a decir a mi madre -por lo bajinis- cuando había acabado con casi todas las moscas que venían a succionar el néctar de mis venas: − ¿nos vamos ya? interrogante que volvía a repetir, una y mil veces, hasta que lograba terminar con su paciencia y se levantaba de su asiento para despedirse del resto de contertulias.

De todas esas visitas, la única que me agradaba era la que hacía a mi abuela (que en paz descanse) por la confianza que me ofrecía y por su paciencia; allí me sentía como pez en el agua, podía moverme con toda libertad. ¡La pobre…! no había pasado aún al otro mundo cuando parecía que estaba ya metida en él. Su aspecto era enjuto como papel de fumar; su piel arrugada como uva pasa; y su tez, pálida y quebradiza, como de muñeca de porcelana. Se movía lentamente por los pasillos como si no desease molestar a las mismas ánimas del purgatorio; que de hacerlo hubieran parecido más reales que ella misma. Es más, creo que de no ser por el leve ruido que hacían sus alpargatas al roce con el suelo, habría ido de un extremo al otro de la casa, como brisa suave, sin ser delatada de su propia sombra; a la cual, por cierto, tenía casi desesperada por los muchos años que llevaba sin salir de casa dando vueltas entre mismas baldosas. Mi abuela, raro en una mujer, era de poco hablar, tal vez lo hacía para no pecar, los místicos hubiesen hecho buenas migas con ella… Se alimentaba con poco más de cuatro galletas, una sopa caliente, si la había, y alguna tableta de chocolate que guardaba bajo llave, como un tesoro, en el arcón de su cuarto. A pesar de su apariencia espectral, tenía buen humor y cuando llegaba su hermano a casa, para hacerle la visita de rigor, yo los persuadía para que me entonasen las canciones de su juventud. A esa demanda de mi parte, ellos accedían de buena gana sin poner demasiada resistencia, solamente la precisa para guardar las apariencias. En el momento que empezaban su cantinela, mi abuela dejaba asomar los dos únicos dientes que le restaban en su encía superior. Ambos incisivos, hermanados, en el centro de su dentadura superior, me provocaban de inmediato la carcajada. Me evocaban la dentadura de bus-buni, aunque en este caso sin la zanahoria de rigor que acompañaba siempre al intrépido y descarado conejito. No obstante, mi abuela a pesar de mis risas, sin perder la compostura, seguía cantando con su hermano en un alarde de maestría y pundonor.

Cuando me venía el aburrimiento y estaba a punto de subirme por las paredes, mi abuela me distraía haciendo unas vistosas pajaritas de papel. Recuerdo que tenía buena mano, nunca mejor dicho, para la papiroflexia. Una vez que agotaba todos sus recursos para entretenernos, nos decía a mi hermana la pequeña y a mí en su castellano viejo, poco más viejo que ella que nació en 1884, dir-vos ya pa-casa, u otra lindeza no menos enjundiosa y con la misma terminación, correivos con vuestros padres que ya es tarde.

Lo de visitar el cementerio se convertía, como dije, en la experiencia más excitante. En ese lugar al que quien más quien menos, desea llegar lo más tarde posible, descubrí tristemente caras pálidas de niños en sus portarretratos. Con alguno, incluso, había compartido juegos y aula. Allí, también, observé apellidos nuevos que hasta entonces desconocía. Todo lo observaba con detalle y por eso no pasó inadvertido para mí, igualmente, la edad de nacimiento y defunción de los finados que, por lo general, no rebasaba de media los sesenta y cinco años. Ahora que soy yo el que hace la visita de rigor para guardar la memoria de los míos, observo que la esperanza de vida se sitúa entre los ochenta y los noventa.

Por la celebración de la fiesta de los difuntos, mi mamá procuraba cumplir las obligaciones con sus antepasados e iba a rezar al cementerio, como la gran mayoría de paisanos, por las almas de sus difuntos. Una vez que terminaba de mascullar sus rezos procedía a la limpieza de los nichos, tarea a la que yo me prestaba para ayudar en lo que podía. Cuando se distraía hablando con algún conocido, aprovechaba la ocasión para subir al osario, al que accedía por una escalera de adobe que había adosada a la pared. Una vez arriba, desde lo alto, contemplaba, absorto, una multitud desparramada de huesos sin orden en su interior. Por acá y acullá aparecían cráneos de niños y de adultos separados del resto de su osamenta; podían verse, apiñados, pies con omoplatos, así como costillas que abrazaban en su interior un fémur u otro hueso extraviado. Algunos esqueletos estaban casi íntegros y su calavera conservaba, aún, una buena mata de pelo: un espectáculo, por decirlo de algún modo, casi dantesco. 

Contemplando aquel cementerio de huesos, desde la meseta de la escalera, mi mente echaba a rodar pensando, en la clase de vida que habrían llevado esa pobre gente. Llegué a la conclusión, que hubo de ser muy desgraciada para que estuviesen allí, en un osario a la intemperie, sin una sepultura digna e ignorados por sus parientes. Sobre todo, sin tener a nadie que rezase un padrenuestro por ellos para elevar sus almas a la presencia de Dios en el cielo. En esa posición de oteador de esqueletos, desde la tapia del osario, más de una vez sentí estupor pensando que llegara alguien por detrás y me empujase hacía el fondo del agujero. Esa idea de ir a parar con mis huesos en los suyos cadavéricos, me daba un repelús de rechinar de dientes que me hacía mirar hacia atrás, de cuando en cuando, por si las moscas. Por suerte nunca sucedió, no había colas para asomarse al osario, nunca coincidí con nadie que metiese allí sus narices como yo lo hacía cada vez que iba al camposanto. Mejor así porque de haber caído dentro, no hubiese podido quitarme el susto de encima nunca: Bueno ¡quién sabe…! tal vez en la eternidad, una vez que aquellos huesos me hubiesen mostrado su verdadero rostro. Gracias que no sucedió nunca, porque una cosa era observar los cadáveres desde el desembarco de la escalera y otra, bien diferente, hubiese sido tener un cráneo con su pelo bajo mis manos. Aun así, cada vez que iba al cementerio, no podía resistir la tentación de asomarme al calavernario.

Esta socialización de la mano de nuestros padres que hacía que tropezásemos, sin apenas darnos cuenta, con la transitoriedad de la vida, no se remitía exclusivamente a las visitas al cementerio el día de los difuntos, sino que se extendía a otras costumbres. Así pasaba, por lo general, en el momento que, a algún familiar, entrado en años, se le ponía cara de difunto después de días o meses peleando con la muerte. No se avisaba al médico, sino que, por el contrario, se hacía guardia junto al candidato al más allá, hasta que por fin el segador de la vida le vencía en el combate. De este modo, estando junto al moribundo, además de acompañarlo en su soledad y en su tránsito al más allá, a los familiares nos daba tiempo a vestirlo (esa era la costumbre por entonces), antes de que quedase tieso como un palo. Yo velé a dos moribundos en compañía de mi madre, uno de ellos me dio la impresión de que en lugar de despedirse para siempre −con lo triste que suelen ser las despedidas− se marchara de fiesta: su rostro no acusaba el más mínimo dolor y minutos antes de convertirse en extinto, no paraba de acicalar su calvicie, pasando de ahí a acomodar sus partes; supongo que (aunque una amiga me dice que no hay que suponer nunca nada, yo supongo que lo dice atendiendo a cuestiones monetarias) a consecuencia de un acto reflejo, teniendo en cuenta que la conciencia la había perdido días antes. Sea como fuere, la muerte nunca cogía a nadie por sorpresa como ahora ¡bueno…! a casi nadie.

12 LA LLEGADA DE LA CAJA MÁGICA: UN GURÚ NO CUESTIONADO

Un acontecimiento histórico en la década de los sesenta fue, como ya cité, la llegada de la televisión al mundo rural; aquello era parecido al cine, aunque con la diferencia de que duraba muchas más horas y no había que pagar por ver su programación. En mi casa se introdujo años después a comienzo de los setenta. Hasta ese momento nos conformábamos con verla desde la calle a través de la ventana de alguna vecina. Otro lugar donde podía ver televisión era en compañía de mi padre cuando me llevaba a la taberna, y alguna vez que otra, también, en casa de un pariente si retrasmitían algún acontecimiento relevante: por aquellas fechas lo más importante que sucedía en España eran las corridas de toros, el desfile nacional en el día de la hispanidad, el festival de Eurovisión, algún que otro partido de fútbol y el programa musical galas del sábado. Mi evocación se detiene ahora en imágenes en blanco y negro con la llegada del hombre a luna. Por mi exigua sesera de entonces aquel acontecimiento me sorprendió a más no poder, no tanto por el hecho de que el hombre pisara la superficie lunar por primera vez, sino por lo llamativo de sus escafandras y el levitar de los astronautas al andar sobre la superficie del satélite terrestre. Este acontecimiento, de especial trascendencia para la humanidad, que en el presente ponen en duda algunas mentes, como otras lo hacen con el holocausto nazi, lo observé a la edad de ocho años apretujado con otros chiquillos del barrio, en cuclillas, desde la ventana de una vecina con vistas a la calle. 

A la taberna no solamente iba de la mano de mi padre, sino que en algunas ocasiones me escapaba de casa, en el tiempo de la siesta, para ver seriales que pasaban a esa hora con los hijos del tabernero. De este modo puede seguir, casi al completo, todos los episodios de la serie Bonanza. Tiempo después, cuando se introdujo en mi casa la susodicha, amplié el número de series y dibujos con títulos como, Perdidos en el Espacio, el Súper Agente 86, Fantasías Animadas de Ayer y de Hoy, los Autos Locos, scooby doo, el Detective Conan o la Casa de la Pradera, entre otros. Los autos locos los recuerdo casi en color y en tres dimensiones, era como si saltase de la silla de mi casa a las gradas del circuito de los autos; no perdía ojo con los enredos y artimañas que los protagonistas se traían entre manos para estorbar a sus rivales. 

La entronización de la televisión, la caja hipnotizadora o mágica, como yo la denomino, supuso uno de los acontecimientos que más rápidamente cambió la mentalidad de las personas en siglos en nuestro país. Por medio de la misma se impusieron, homogéneamente, los valores o contravalores, dependiendo del criterio de cada cual, de los que dominaban el capital y los medios de producción de entonces. Ahora somos nosotros, en cambio, los que influenciamos en las costumbres e idiosincrasia de otros pueblos, devolviendo el regalito que nos hizo el Tío Sam, a partir de la segunda mitad del siglo XX, con películas y programas de producción propia. De ese modo, la ayuda que el gobierno americano ofreció a Franco, para reconstruir España, se saldó a precio muy elevado con la colonización cultural, que es, a la postre, la más poderosa de todas las conquistas cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Pactos_de_Madrid_de_1953

Anteriormente a la llegada de esta caja de pandora, cada ciudadano ocupaba un sitio bien definido en la sociedad; aceptando de buen grado el papel que le había tocado desempeñar en la misma. En la aceptación del rol y de la tarea de cada cual, nadie se hacía, posteriormente, grandes problemas sobre el estado de vida: se daba por sentado que el mismo correspondía, poco menos, que a un destino ya marcado de antemano. Por otra parte, en el aprendizaje de las tareas y en la socialización, estaban bien definidos los límites que, en ningún caso, se debían transgredir para una convivencia armoniosa y sin sobresaltos entre los compañeros de trabajo y la vecindad. Esto no quiere decir que en ocasiones surgieran pequeñas desavenencias. 

Pero hete aquí por donde, que, sin apenas darnos cuenta, se coló de rondón en nuestras casas el invento audiovisual del siglo, el cual vino a ocupar el sitio que, anteriormente, habían tenido todos los consejeros y maestros del camino de vida que en el mundo habían sido. De esta manera, el ingenio cristalizó en lo que vendría a ser el tirano más aplaudido de la historia de la humanidad, puesto que, a partir de entonces, todo lo que se nos mostraba desde esa ventana mágica era lo que iba a misa, y no como antes de su llegada, que su lugar lo habían ocupado los padres, los abuelos, las personas mayores, el maestro, el cura o la autoridad correspondiente. Por otro lado, los ricos dejaron de ser los más envidiado del pueblo –que estaban ahí desde siempre como las campanas en la torre– para ser sustituidos por aquel vecino que conseguía hacerse con la mayor cantidad de productos anunciados por la antedicha caja de pandora.

Antes de que la televisión invadiese nuestros hogares, con sus dotes persuasivas, para que no parasemos de comprar lo que nos ofrecía, todos los bienes de consumo eran reciclables y eso que aún no poseíamos contenedores de basura para el caso. Así, las servilletas y los pañuelos eran de tela; al aceite usado se le daba una segunda oportunidad para reconvertirlo en jabón; los remiendos que nuestras madres hacían en la ropa, prolongaban su vida más que los médicos a los dictadores en sus últimos años de vida; nuestras deposiciones fisiológicas se reutilizaban posteriormente como estiércol (compost le llaman ahora); las bolsas de hacer la compra eran de tela en las que se conservaba, por cierto, mejor el pan de un día para otro; los muebles duraban de por vida en las casas, pues para eso estaban los carpinteros. Los zapatos más de lo mismo; de igual modo sucedía con todo lo demás que, antes de tirarse, se arreglaba.  

Por lo ya comentado, este superdotado ingenio llamado televisión fue cambiando, sin discutir ni pelearse con nadie, los valores autóctonos y tradicionales, para seducirnos con tres principios básicos o contravalores que darían lugar a que todo hombre, como diría Hobbes «acabe siendo un lobo para el hombre». A estos tres dogmas del mundo actual que quedan a la vista del más obtuso de los mortales, se le podría añadir uno más en los últimos tiempos; el asalto al poder por el poder. El resto no podrían ser otros que el culto al dinero, el relativismo moral y el hedonismo sin límites como filosofía de vida. A través de estos tres pilares implantados por el poder mediático, de raíces filosóficas, pero que le vinieron como anillo al dedo a los poderes económicos; quedaron enterrados para siempre los valores sobre los que se había asentado la sociedad durante siglos; a saber, la familia, la autoridad, la tradición, la moral, el honor, la patria, el sacrificio en el logro de metas, la palabra empeñada y el respeto hacia las personas mayores. Pilar este último, no sólo de la cultura occidental, sino de todas las culturas que en el mundo han sido, y que aún sigue en vigencia en algunos lugares del planeta; cada vez menos, por cierto.

Como casi todo en la vida tiene su cara y su cruz, aunque en la balanza pese más la cruz que la cara, el artilugio audiovisual del siglo XX nos dio, a cambio, la posibilidad de acceder al ocio sin necesidad de movernos de casa; por otro lado, la información de lo que sucedía en el otro extremo del mundo nos llegaba, ahora, en el mismo instante que se producían los acontecimientos; y, por último, nos hizo tomar conciencia de que fuera del mundo rural había otro que resultaba muy atractivo: un mundo que, a la postre, terminaría por convertirse en una jaula de hormigón para el trabajador de clase media.

Del mismo modo, a causa de la publicidad, muchos remedios caseros pasaron a mejor vida para ser sustituidos por medicamentos que nunca habíamos echado en falta. Las grandes farmacéuticas comenzaron a mostrarnos, a través de la pantalla, fórmulas milagrosas que no solamente quitaban el dolor, sino que prometían la alegría para todo el mundo: hasta para aquellos que hasta entonces carecían de buen humor. Las heridas que antes nos curaban las madres y vecinas con un poco de agua oxigenada y con la excoriación de la rana “cura sana culito de rana, sino se cura hoy se curará mañana”, posteriormente necesitarían mercurocromo, antiinflamatorio, apósito, suero fisiológico y, en fechas recientes, para evitar el sufrimiento al niño, nos colaron la tirita con el logotipo de Hello Kitty. 

Para terminar de describir la invasión cultural en la que nos introdujo la televisión diré, que a través de la misma se le hizo creer a la mujer que su realización personal dependía de algo externo a ella, es decir, de un salario, y no de su condición como mujer y como persona; y al varón, por otro lado, que lo importante de su idiosincrasia masculina consistía, en consumir rubio americano, comprar el automóvil de última generación y en alcanzar el escalafón más alto en su empresa para alardear de ello en sociedad: esto incluso a costa de sacrificar su salud, su familia y su equilibrio emocional. En definitiva, había que entrar mucho dinero en la familia para gastarlo después en bienes de consumo, pero también en salud y medicamentos por enfermedades sobrevenidas a consecuencia, del yo tengo y del yo he escalado un peldaño más que tú. No solo había que ganar mucho dinero para poseer lo publicitado en televisión, sino que al mismo tiempo había que disponer de una buena remesa del mismo, para pagar los pleitos derivados de las separaciones matrimoniales; una moda más que se iría introduciendo en el país, a costa de nuestra cultura, por el estilo de vida superficial, sensitivo e instintivo que nos proponían las películas.  

Como se nos hizo creer que el trabajo y el consumo daban la felicidad, en detrimento de los verdaderos valores y la cultura, ni al padre ni a la madre le restaba tiempo ahora para revertir sobre sus hijos las enseñanzas que ellos mismos recibieron de sus mismos padres y abuelos. Es más, terminaron por aceptar, como se les decía desde la TV que todo lo nuevo y todo lo placentero es lo que de verdad importa. Pobres padres víctimas de su propia ignorancia, porque en la actualidad sus hijos han interiorizado, con poco menos de catorce años (por ese concepto, de nuevo igual a autentico), que sus progenitores sólo sirven para exhibirse calladitos, encima de una repisa, como las fotos de los antepasados en los portarretratos del salón. 

Ese vacío en el hogar dejado por los padres lo vino a ocupar, en el mejor de los casos, un extraño (la canguro o la guardería) y, en el peor, películas y series televisivas con las cuales ningún crío quedaba inmune a perder su inocencia a temprana edad. ¡Qué mirada la del mundo actual, como resultado de la servidumbre al dinero y al placer, tan distinta y distante de la mirada de Jesucristo que pone a los niños como los predilectos del Reino de los Cielos y modelos, incluso, para los adultos! (Mateo 18, 3)

Tan expuestas han quedado las etapas de crecimiento de la persona, en especial la infantil, de ser invadidas por el mundo de los adultos, que vengo observando -puesto que vivo en las cercanías de un colegio- que los profesores para festejar cualquier acto conmemorativo, ahora lo hacen sirviéndose del recurso más fácil; el cual no es otro que marcar un camino a la bebida imitando las fiestas y botellones de los adultos en fin de semana. Por otro lado, ni tan siquiera se le da opción al niño para que vaya descubriendo por sí mismo su identidad sexual, sino que se les cuestiona, ya desde el colegio, su propio género, antes de que él se plantee interrogantes sobre este asunto. Algo que en el futuro sólo puede traerles conflictos e inseguridades de personalidad de difícil resolución. Esto hablando de niños, si nos centramos en los adolescentes, el modelo de sociedad que se les presenta no es mucho más halagüeño. Aquí, en esta etapa, el camino al éxito personal que se les plantea desde los medios, no viene dado por un logro en el trabajo bien realizado, ni por el esfuerzo en sacarse unos estudios; tampoco se les proponen modelos de personas integras y los valores que las acompañan, sino más bien todo   lo contrario; es decir, buscar un golpe de gran fortuna –como por ejemplo con las apuestas deportivas− que les hagan millonarios. Otros caminos tan execrables como el anterior vienen siendo, habitualmente, el de exhibir sus cuerpos y su intimidad, por un lado, como sucede en Gran Hermano y, por otro, tener como referentes a narcotraficantes a los que se les dedica grandes editoriales y películas como si fuesen superhéroes. Pues nada ¡a vivir que son dos días! que dicen algunos, pero no nos extrañemos luego que esos jóvenes, programados para el consumo y el hedonismo, terminen ocupando un día la cabecera de un informativo por no haber sido preparados para afrontar problemas o para vivir en la realidad de un mundo competitivo con infinidad de dificultades y contratiempos. 

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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