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Cap 2 Continuación. EN BUSCA DE UN ESPACIO EN EL MUNDO

5 LOS EMIGRANTES RETORNAN POR VACACIONES

Volviendo al itinerario de mis recuerdos en la infancia, quiero romper una lanza en favor de los agricultores, hombres y mujeres que diez mil años atrás y hasta el siglo diecinueve −en algunos lugares hasta la mitad del veinte− contribuyeron de manera preeminente, en la supervivencia de la especie humana y en la conquista del planeta. Por lo que a mí respecta, tuve la dicha de nacer en una familia que cultivaba la tierra: mi padre fue uno de esos hombres que se hizo a sí mismo, con la ayuda de Dios, a fuerza de tesón, trabajo, fatiga, entereza y nobleza.

Aquellos campesinos, los de mi infancia, eran de otro temple, su cuerpo era casi inexpugnable a cualquier tipo de inclemencia. A su fortaleza física acompañaba, por igual, otra mental que los recubría de una armadura inquebrantable forjada de tradición y valores. Lástima que, hoy por hoy, como reconocimiento a su trayectoria sólo reciban menosprecio y olvido por parte de los hijos del progreso; muchos de los cuales son sus propios hijos y nietos. En España que, por lo general, termina devorándose a sí misma, ahogada en el individualismo, en la envidia y, particularmente, en el personalismo de sus dirigentes, a un buen número de agricultores se los llevó la guerra civil y a otros las penurias. El resto, en su gran mayoría, fue víctima de los cantos de sirena de la modernidad, que los sedujo, con sus luces de bohemia, arrastrándolos hacia las grandes urbes.

En la ciudad, sin los horizontes abiertos que antes habían contemplado en las calles y en los campos de su tierra natal, se adaptaron a vivir entre bloques de ladrillos y hormigón. En las fábricas, por otro lado, situadas en los polígonos industriales de las grandes urbes, se vieron sometidos a producir en cadena, como una máquina más del progreso, perdiendo sus señas de identidad. Allí a nadie le interesaba su persona, sino el rendimiento y las ganancias que dejaba para la empresa. Poco importaba ya, a diferencia del pueblo, cuáles eran sus cualidades y sus hazañas; de qué familia procedían y cuántos o quiénes eran sus descendientes y sus ancestros. No interesaba conocer, en ese espacio encapsulado, la vida abnegada que había llevado su padre o su abuelo; de igual modo que tampoco interesaba saber, ahora, si la abuela fue curandera, caritativa, consejera, cuentacuentos, refranera, alcahueta o busca pleitos.

A ese lugar de donde partieron los agricultores y braceros en busca de trabajo regresaban en el presente sus hijos de vacaciones, para visitar a los parientes y de paso conocer sus raíces. Una vez allí pasaban por la era donde antaño sus padres habían ido descubriendo la vida y luego, en su madurez, la abonaron con sudor y lágrimas, para recoger en ella las mieses que servirían de alimento, durante todo el año, al ganado. A este lugar emblemático de mi infancia llevé a mi prima, hija de emigrantes, para que experimentase las sensaciones que se vivían yendo montado sobre un trillo en marcha. El trillo era una especie de carruaje bajito sin compuertas −tirado por una bestia que daba giros sobre la parva− cuyas ruedas estaban formadas por cuchillas circulares cortantes que servían para separar el cereal de la paja. La experiencia para mi prima fue muy divertida, aunque no tanto para mí, como acompañante de recreo, porque con el vaivén del trillo sobre la parva, le sobrevino un ataque de risa, acompañada de espasmos, que le hacían perder el equilibrio con riesgo de caer del ancestral artilugio y de ser, ella misma, triturada por sus cuchillas. Así, pues, como ángel custodio −yo mismo me otorgué ese privilegio mientras duró su estancia en el pueblo− la sujetaba por la cintura con todas mis fuerzas para que no resbalase, hasta que mi papá hacía un alto en el camino, deteniendo las bestias, y nos bajábamos para vivir otras experiencias del mundo rural menos arriesgadas.  

Mi prima viajaba al pueblo acompañada siempre por sus padres, mientras que a su hermano lo enviaban con algún familiar adulto que, también por vacaciones, venía a visitar a sus familiares. Mi primo, aunque tímido, tenía “rabo de lagartija” como se dice por estas tierras de los niños inquietos. Además, como acababa de llegar a un territorio desconocido para él, quería descubrir por sí mismo, aceleradamente, todo lo que estaba relacionado con las tareas agrícolas. Mi primo fue uno de esos chavales, como mencioné al principio, que metía el dedo en el recto a las gallinas para extraer sus huevos a contrarreloj. Desconozco si aquella afición se debía a sus gustos culinarios (ya que según contaba su cena consistía en tres huevos fritos cada día) o por el deseo de ser él el primero en hacerse con el trofeo que soltaban aquellas aves, díscolas, para llevárselo a mi madre como regalo.

Durante el tiempo que permaneció en mi casa apenas podía salir a jugar a la calle: unas veces porque temía que llegase a sus oídos que me decían marica y, otras, porque me lo impedía él mismo, ya que rehuía a los vecinos a causa de su timidez. Cuando mi primo observaba que no cedía a sus pretensiones, me cogía por la cabellera hasta que conseguía doblegar mi voluntad; por su envergadura no me quedaba otra opción que achantarme. De cualquier modo, tengo que aclarar sobre su carácter, que todo lo que le sobraba de bruto, lo compensaba con su corazón generoso y afable; motivo por el cual, desde el primer día que le conocí, empaticé con él y lo quise como a un hermano.

Sus ocurrencias, por cierto, no terminaban en las gallinas, sino que traía igualmente en un sin vivir a las bestias que teníamos en casa. Se subía y bajaba de la mula una y mil veces, le tiraba de las orejas y de la cola; eso, cuando no se situaba por detrás de las acémilas para observar cómo hacían sus deposiciones. Otro de sus hobbies consistía en confeccionar molinillos de papel a la hora de la siesta: los modelos que sacaba eran grandes, resistentes y giraban con más facilidad que aquellos que confeccionábamos nosotros −mi hermana la pequeña y yo− con hoja de papel. No obstante, el disfrute con el artilugio no nos duraba mucho tiempo, puesto que, tal y como los montaba, los volvía a deshacer. Actuaba así debido a su misma timidez, ya que como dije anteriormente, no quería que saliésemos a la calle y mostrar a los amigos el ingenioso invento traído al pueblo por el forastero. 

También conocí por vacaciones, en el pueblo (donde el ritmo de la vida aún lo marcaba la propia naturaleza y no las ambiciones) a otros hijos de emigrantes entre los que destacó una chica de mi edad que sobresalía por su altura. Me a agradaba por su simpatía y espontaneidad, pero no así, por sus dotes de sargento: no tardaba mucho tiempo, después de que aterrizaba por el barrio, sin que se hiciese con el mando de la pandilla. Debe ser verdad, como dicen, que la mujer lleva sobre el varón dos años de ventaja en madurez psicológica, sobre todo, a ciertas edades. En cuanto a mí respecta ante aquella chica, por su altura desproporcionada y por sus contundentes órdenes, me sentía como títere de feria.

Además de esta intrépida amazona, venía otro chico también de la capital de España a pasar las vacaciones con sus familiares. La amistad con él era más fácil que con su urbanita paisana; así fue hasta el día en que un mal entendido vino a poner una barrera de separación entre ambos. Sucedió en una jornada festiva, al atardecer, su tía nos dio dinero para ir al cine, una peli protagonizada por el genio de la comedia Jerry Lewis: para mí gusto infantil, el mejor de todos los cómicos de aquel momento; me identificaba con su personaje, porque a semejanza mía, era despistado y todos los proyectos que emprendía le salían al contrario de como los planeaba. Después de la proyección de la película nos detuvimos en la calle, para lanzar “bombas” (chinas); algo muy corriente por aquella época en la cual, la mayoría de calles estaban por asfaltar. En esas andábamos, cuando se me ocurrió la desafortunada idea de hacerme el muerto, imitando a los protagonistas de las pelis de acción. Mi amigo después de llamarme a distancia, reiteradamente, sin recibir respuesta −puesto que yo insistía en estar de camino para el otro mundo− salió a toda carrera en dirección a la casa de sus tíos, en el convencimiento de que, realmente, me había mal herido. 

No sé porque motivo, siempre he tenido la convicción de creer que las personas esperaran más de mí; de este amigo esperaba, en aquel instante, que intuyese que se trataba de una broma sin más. Viendo que no regresaba, después de buscarlo por varias calles adyacentes sin resultado, hice tiempo para llegar a casa por miedo a posibles represalias. Por el susto que llevaba el chiquillo, mi hermana la mayor, que estaba en la casa de su tía, salió a mi encuentro para conocer de primera mano lo ocurrido y, al mismo tiempo, para persuadirme de que debía pedirle perdón yendo a la casa de sus tíos. Así procedí, tal y como pidió mi hermana, aunque con mucho esfuerzo de mi parte por miedo a los reproches de su tía y primas.

De todo se puede aprender en la vida, incluso de los episodios negativos: de este saqué el propósito, por la vergüenza que pasé dando explicaciones, de no gastar bromas pesadas y de no mentir en adelante. Intención que a partir de entonces intente llevar adelante con buen resultado salvo en contadas excepciones.

6 COSTUMBRES Y PAISAJES: Luces y sombras de un pueblo y una época

En la marcha por este mundo terrenal, los primeros años de la infancia fueron un continuo descubrimiento y, por lo mismo, un aprendizaje incesante. Los hallazgos los encontraba especialmente en la calle, donde la gente del pueblo y otros foráneos que pasaban por allí dejaban su impronta. Esta fue una época en la que se vivía de puertas hacia afuera de las casas, de tal modo que estábamos a la expectativa de que aterrizase por el pueblo cualquier transeúnte, poco habitual por el barrio, para correr tras el mismo. La plazoleta donde yo vivía, por su espacio diáfano y amplio, terminaba siendo el lugar idóneo para vender todo tipo de productos, sobre todo el elixir de la eterna juventud; también para mostrar la habilidad y el ingenio de artesanos y comediantes. 

Después de la posguerra, años de mucha estrechez económica, había que ganarse el pan como fuere; y entre aquel abundante muestrario de buscavidas y cantamañanas que pasaban por el barrio se encontraban, repasando lista, el latero, que remendaba todo tipo de utillaje de metal: pucheros de porcelana, cubos, barreños de zinc y cubiertos. El aguador que abastecía, por su parte, de agua “potable” a la población con cántaras de barros cargadas por un borrico; después lo haría con un carro y finalmente con un remolque, pequeño, tirado por un tractor. El sillero renovaba los asientos de sillas y mecedoras de enea. 

El zíngaro, por su parte, nos traía con su cabra acróbata lo que vendría a ser la prehistoria del circo. Cuando el estrambótico personaje hacía acto de presencia en la explanada, extendía una escalera que coronaba con un bote de lata y, a renglón seguido, con su instrumento musical invitaba a la cornuda (no tenía otra opción si quería comer ese día el intrépido animal) a trepar por la misma, hasta subir al bote donde cabían justamente sus pezuñas y, si acaso, un alfiler. De esta guisa, la esforzada trepadora daba un giro de ciento ochenta grados sobre sí misma, para deleite de los espectadores, al son de la corneta de su dueño. Ahí terminaba la brillante exhibición circense de hombre y animal. Después, el domador de cabras, pasaba un platillo metálico para recoger la voluntad (que no era mucha dada la situación económica de época) en calderilla de los espectadores. Cada vez que presenciaba aquel espectáculo me sobrecogía, lo que no puedo poner en claro, después de tanto tiempo, a qué se debía la desazón: sí a la vestimenta con ribetes de corsario que lucía el cíngaro y su familia, o por temor a que la cabra perdiese el equilibrio y terminase ¡pobre animal…! con su osamenta empotrada en el suelo.

Otro personaje distintivo de entonces que aún pulula, de tarde en tarde, entre el paisaje humano de las calles del pueblo era el afilador. Según cuenta la leyenda popular, la presencia de este artista del acero, era presagio de cambios climáticos o de defunciones. Cuando me comentaron los augurios que seguían al paso del afilador, por el pueblo, quise indagar por mi cuenta si se trataba de una leyenda o guardaba relación con los hechos reales que se describían en la misma. Para sorpresa mía, porque en principio era reacio a creer en ello, después de años de observación pude constatar (debido a que mi trabajo se desarrollaba dentro del pueblo y muy cercano a la calle) que no se trataba de una leyenda popular o una serpiente de verano. De este modo registré, ciertamente, que cuando hacía acto de presencia por las calles del pueblo el afilador, o bien se cubría el cielo de nubarrones o, en su defecto, las campanas doblaban a muerte alertando a los vecinos de que el duelo, ese día, estaba servido. No en todas las ocasiones se daban los dos acontecimientos, muerte y cambios atmosféricos, al mismo tiempo; lo cierto es que, uno de los dos, impertérritamente, siempre acudía a su cita con el afilador. El porqué de este fenómeno se escapa a mi corto entendimiento, sea lo que fuere, he podido observar además de lo ya anotado, dos cosas, primero que las notas musicales que el afilador arranca a su chifre, para avisar de su presencia, han permanecido inalterables a través de los años, y, segundo, que una herramienta afilada, seguramente una piedra, fue el primer utensilio con el cual un hombre mató, por envidia, a su propio hermano. 

Para terminar con el elenco de personajes que hacían parada en la plazoleta, he de mencionar además de los ya citados, al quincallero; éste vendía dedales, tijeras, bisutería barata y un sinfín de bagatelas que portaba en un maletín o en un carruaje dependiendo de su capacidad negociadora. El trapero estaba emparentado con el quincallero, compraba y vendía trapos viejos y pellejos. El pregonero, que por lo general era el alguacil del pueblo, me infundía temor y respeto. El pregonero anunciaba, a voz en grito, todos los edictos municipales del ayuntamiento y los acontecimientos que se darían de especial relevancia en días venideros en el pueblo. Este buen hombre, aunque a mí por esas fechas no me lo parecía tanto, hacia su periplo a horas intempestivas cuando la gente estaba recogida en sus casas. Su voz grave y solemne tronaba, en el crepúsculo del atardecer, rompiendo el silencio de las calles vacías como si viniese de ultratumba. Cuando escuchaba su salmodia, no tardaba mucho en refugiarme entre las sayas de mi madre, hasta que la voz se iba atenuando a medida que sus pasos se alejaban por en medio de las retorcidas calles, ya en penumbra, de mi pueblo. 

Además de los personajes pintorescos ya citados, pululaban un sin fin de vendedores autóctonos. Entre los que se dejaban caer por la plazoleta se hallaban, el melonero, el piconero, el vendedor de higos, el muchacho de los garbanzos tostados, la vendedora de peces −tan lozana ella y fresca como su propia mercancía− y la anciana de los helados, la cual preparaba granizados raspando manualmente con una maquinilla al uso, una barra de hielo para después añadir a la porción extraída un licor de sabores y colores diferentes. ¡Ah, se me olvidaba…! nos decían que a medianoche deambulaban por las calles pantarujas para asustar a los niños; en realidad eran hombres y mujeres disfrazados de fantasma, cubiertos con una sábana blanca, para llevar a cabo alguna que otra acción ilícita sin ser reconocidos. Yo jamás vi una de ellas, lo único que pude observar en una ocasión, adentrada la media noche, fue la silueta de un hombre saltando de tejado en tejado que, por su aspecto encorvado y por el sigilo con que caminaba, daba la impresión de que acababa de asaltar una alcoba o, en su defecto, un gallinero por el bulto que llevaba asido de la mano.

Con el paso de los años todos estos personajes y buscavidas fueron desapareciendo de la vía pública, en unos casos porque subió el nivel de vida de los ciudadanos del país, lo que llevó a muchos a encontrar trabajos menos sacrificados; y, en otros, como consecuencia de la ordenanza de algún ministrable que prohibió la venta ambulante. Con dicha prohibición desapareció la capacidad para que las personas humildes pudiesen emprender un negocio desde cero y, al mismo tiempo, para que se fuesen diluyendo las relaciones vecinales y desapareciese, por extensión, la expectación y algarabía que se formaba en las plazas con los rapsodas, los pasacalles, los teatros de guiñol, los espectáculos circenses, y la ilusión de muchas personas mayores por hacerse con el elixir de la eterna juventud. Todo esto sucedía cuando los hombres y mujeres pasaban por la vida sin precipitar los acontecimientos a fuerza de empujarlos como hacemos en el presente. De esta guisa, el hombre posmoderno al sacar a Dios de su vida, pensando que todo depende de él, exclusivamente (de su inteligencia y de su astucia), anda agitado y acelerado en un intento de eludir su orfandad (su soledad) y de asegurar su futuro. Sin embargo, este hombre aún no se ha percatado de que ir a toda velocidad puede ser sinónimo de llegar antes, pero no de llevar la dirección correcta. De hecho, fuera de Dios, de la revelación traída por Jesucristo ¿qué rumbo sigue el hombre que pueda tranquilizar todos sus desasosiegos e incertidumbres y asegurarle, por otro lado, sus bienes y su futuro? El psiquiatra Jorge Bucay dice que «La felicidad es la certeza de no sentirse perdido»; estado de la conciencia, que, analizado en profundidad, fuera de Dios ninguna persona humana puede garantizar; ni tan siquiera los psiquiatras. De facto existen en EEUU una especialización en la carrera de psiquiatría, para estudiar la conducta neurótica de los mismos psiquiatras.

Regresando a la infancia, a pesar de los muchos días amargos que sufrí, a causa del acoso, hubo otros más livianos, entre ellos recuerdo con entrañable cariño la llegada de la primavera; estación del año que despertaba mis sentidos inundando mi pecho con perfume de azucena, jazmín y azahar. Especialmente es evocador para mí, en dicha estación, el mes de mayo: por esas fechas, en conmemoración a la madre de Dios, se montaban altarcitos con su imagen adornados con flores y pétalos de rosa, en casas particulares, que luego visitaban los vecinos para rezar el rosario y cantar cantos a la Virgen María. Confluían, en este mismo mes, otras circunstancias que lo diferenciaban del resto del año dándole un brillo especial; entre ellas sobresalían el tupido verdor del follaje en los campos, la bondad del clima, los arcoíris que unían tierras lejanas, y una multitud de pajarillos que, con sus trinos, quebraban el silencio del amanecer y el cavilar del hombre al medio día. Como el campo en ese mes rebosa vida e invitaba al deleite de los sentidos, los profesores nos sacaban del colegio para llevarnos al ejido. Una vez que llegábamos al lugar, me sentía en unidad con la misma naturaleza y mi corazón exultaba de gozo, cual enamorado, regalando silbidos y cantos por doquier. La era, pues, se convertía de nuevo en el sitio idóneo para brincar y retozar como terneros a campo abierto: sobre su firme rodábamos por el suelo, como bolas de billar, en medio de un prado sembrado de florecillas blancas, lilas y anaranjadas que algún jardinero (yo sé quién) cultivaba en mitad de la noche, a la luz de la luna y las estrellas, con sangre de eterno enamorado. 

No sólo las personas, también los animales despertaban de su letargo con la llegada de la primavera. Del subsuelo emergían un sinfín de criaturas, cuasi microscópicas, que deambulaban a sus anchas, entre la incipiente hierba, ajenas a las miradas de los infantes, a sus pies saltarines y a sus inquietas manos. De toda esa micro fauna, abundantísima, que salía de sus madrigueras a la superficie, con las suaves temperaturas de primavera, recuerdo ahora entre otros bichejos, a los escarabajos, cochinillas, gusanos, mariposas, hormigas, mariquitas, ciempiés, babosas y alacranes. Las mariposas de ser blancas, eran presagio de buenas noticias; las mariquitas, vestidas de sevillanas, las llamábamos cuentadedos (infelices ellas por desconocer entre qué dedos se desplazaban…). Algunas de esas criaturas gozaban de una belleza singular; otras en cambio, siendo diminutas, tenían aspecto infernal y repugnante: todo un filón para el cine de terror de ser reconstruida su apariencia a mayor escala. 

La impronta que dejaban sobre mi retina algunas de estas criaturitas del subsuelo, por su aspecto siniestro e inmundo, no lograba desterrarla de mi sesera mientras que no hubiese otros aconteceres u otros bichejos igualmente desconocidos para mí que captasen mi atención de nuevo. Aquella fauna en miniatura, no tenía nada que envidiar al más sofisticado documental de animales selváticos; tanto era así, que podía pasarme horas escudriñando los quehaceres y movimientos de aquellos bichejos para descifrar su comportamiento. A pesar de mis pesquisas, nunca hallé una conclusión lógica que pudiese explicar sus conductas: para mí, a diferencia del naturalista y documentalista de la época Félix Rodríguez de la Fuente, toda la actividad que desplegaban era un sinsentido. En ocasiones, no obstante, con resultados brillantes por las construcciones sofisticadas que llevaban a cabo. 

Una de las obras de ingeniería que más me llamó la atención, relacionada con esta fauna diminuta, se produjo una tarde de verano, mientras caminaba por el campo, al momento de sentarme en una piedra para atar mis zapatillas: lo que pude observar al contemplar una viña desde la posición horizontal que ocupaba en ese momento, bajo una tenue luz de atardecer, fue un manto tupido de red de araña, casi invisible, que cubría por completo todas y cada una de las cepas del viñedo; mientras, por debajo, ajenos a esa malla extensa que les cubría, se movían centenares de coleópteros y de hormigas pululando de un sitio para otro aparentemente sin motivo. Este acontecer me hizo reflexionar, años después, que en ese mismo instante en el que la naturaleza estaba en calma y afanada en su tarea para salvar el invierno, algunos hombres −cargados de prejuicios, intereses y fanatismos− andaban conspirando en sus despachos, los unos contra los otros, para destruirse mutuamente. ¡Pobres dirigentes…! Ni por atisbo sospechaban, ensimismados en pasar a la historia, que el mundo seguiría latiendo, a pesar de sus intrigas y de su odio, por debajo de una tupida red de araña, ajena al hambre y a la muerte que estaba en ciernes sobre muchos de sus gobernados.

Luego de mis distracciones, a veces incluso metido en ellas, llegaba el lado oscuro del que pocos días podía librarme; estos eran los ratos de zozobra y de rabia contenida, por el acoso de los chicos de mi edad y otros mayores que, en lugar de ceder, cada día iba a más. Cuando traigo a colación estos recuerdos, no salgo de mi asombro al constatar la capacidad de resistencia de la que el ser humano ha sido dotado. Sin embargo, no siempre sucede de este modo, ya que muchos chicos que compartieron mí misma suerte, por iguales o parecidos motivos, optaron por decisiones funestas e irreversibles como poner punto y final a sus vidas. 

Ante aquellas agresiones me replegaba, a modo de erizo, esperando que la lluvia de insultos escampase sobre mi punzante corteza. Cuando ya no podía más y los días se me hacían interminables; mi alma, elevaba una súplica a Dios para decirle: ¡Señor sácame del pueblo, esto es superior a mis fuerzas, no puedo más! tal era el dolor que asolaba mi espíritu, que ni siquiera pensaba, con apenas siete años, que al salir del pueblo tendría que dejar atrás, también con ello, a mis padres y a mis hermanos. Aquella súplica que dirigía a Dios, en momentos de desolación, no cayó en saco roto: años después el Señor, que siempre escucha, aunque no siempre responde, pues por algo dice Isaías que «sus pensamientos y sus caminos no son como los del hombre», tuvo a bien atenderla llevándome a otro lugar. No obstante, los sucesos relacionados con esa salida los relataré más adelante.

¡Si sólo hubiesen sido los niños, pero no…! sucedió en el transcurso de una serena noche de verano: mientras me encontraba absorto, frente a la puerta de mi casa, observando a un sinfín de mosquitos precipitarse, una y otra vez, contra la luz de una minúscula bombilla, en vuelos suicidas, donde quemaban sus alas al calor del cristal incandescente de la misma. No muy lejano a aquel cementerio de insectos, se escuchaba un silbido que aumentaba su timbre a medida que se aproximaba al lugar en el que yo me encontraba; cuando miré en su dirección pude observar que se trataba de un vecino, un joven, que venía de alternar con los amigos. Se trataba de Anselmo que, una vez estuvo a mi altura, se detuvo, miró hacia la lámpara y cuando le acompañé con el gesto, aprovechó mi distracción para entrelazarme con sus brazos, al mismo tiempo que me besó apasionadamente en la boca. Esta era la primera vez que alguien me besaba en la boca, ya que en mi propia familia manteníamos la costumbre de hacerlo en la mejilla. Eso me produjo tal repugnancia, que fue la primera vez y la última que recurrí a la protección de mi padre para que hiciese algo en mi defensa. La ayuda por parte de mi padre no se hizo esperar, de este modo en cuanto terminé de contarle lo que me había sucedido, saltó como energúmeno de su sillón en busca de aquel chaval barbilampiño, de hormonas alteradas y cerebro de mosquito, para amonestarlo. De regreso a casa, una vez que dio con su paradero, mi padre me garantizó que no volvería a tocarme; que de hacerlo de nuevo −le advirtió− se atuviese a las consecuencias porque se las vería con él cara a cara y, en dicha ocasión, no sólo para reprenderlo.

7 A LA MEMORIA DE MI PADRE

Ahora que ha salido a colación la figura de mi padre, no puedo pasar de aquí sin honrar, sobre estas líneas, su memoria. Tal vez sirva para que muchos, con su ejemplo, encuentren su felicidad en la cotidianidad de la vida sencilla, al igual que él encontró la suya en la conformidad de lo que no podía cambiar. Esta semblanza estaba ya escrita y la he extraído de mi blog personal. ¡Ahí va por ti papá!

En homenaje a mi padre:

Para mí, papá, fuiste un gran hombre, un hombre bueno, y por eso no me hubiera atrevido exigirte más de lo que a cualquier otro señor eminente de tu tiempo. Naciste ocho años después de que comenzase a rodar el siglo XX. Yo vine al mundo cuando tú tenías cincuenta y tres años cumplidos. No obstante, a pesar de tu edad avanzada, nunca eché de menos un padre joven. A esa edad trabajabas como uno de treinta, me dabas tu protección y, aunque no fuiste especialmente afectuoso, jamás pusiste tu mano sobre mí para castigarme. Tampoco es que te hiciese falta, ya que tu modo de imponer respeto consistía en saber estar en tu lugar en todo momento. 

Por aquellas fechas muchos trabajos del campo se hacían a mano, así, pues, papá, a pesar de que tenías las tuyas bien curtidas, se te agrietaban con surcos semejantes a los que hacían las rejas de tu arado en tierra firme con el rigor de las temperaturas invernales. Aquellas manos, padre, solamente me las mostraste en una ocasión; no para buscar mi compasión, sino para que supiese la dureza que comportaba el trabajo a la intemperie. Ese era tu habitual modo de proceder, ya que raramente nos hablabas de tus preocupaciones, de tus luchas y fatigas. Sí, padre, déjame que lo cuente: yo te observaba y, en tu determinación recia, descubrí que tenías corazón de niño, un corazón sensible que hizo que aflorasen, en más de una ocasión, lágrimas a tu rostro; especialmente en las bodas de mis hermanos. Ni que decir tiene que respetabas a mi madre y que de tu boca raramente salió un improperio que te afeara. Recuerdo con nostalgia mis vacaciones, porque aprovechabas ese periodo de mi vida para llevarme contigo al trabajo. Me despertabas de madrugada para salir de casa, montados a lomo de mula, antes de que apuntase el alba: yo iba sentado a horcajadas delante de ti y, en el trayecto que había hasta llegar a la finca, aprovechabas para cantarme, al oído, uno de los milagros que Dios tuvo a bien concederle a San Antonio de Padua siendo aún niño. 

El canto relataba un hecho insólito, sucedió mientras el padre de Antoñito asistía a la misa dominical matutina en su ciudad. Antes de dirigirse a la celebración su padre le encargó que protegiese el huerto familiar del ataque de las aves. Antoñito, obediente a su padre, en lugar de espantar a los pajarillos, se puso a hablar con ellos, invitándolos a recogerse en una nave que había, en el mismo huerto, hasta que finalizase la misa. Así lo hicieron las aves que, escuchando atentamente sus indicaciones, le obedecieron. Cuando llegó el padre de la celebración dominical, sin dar crédito a lo que veían sus ojos, rápidamente se dirigió al pueblo para dar cuenta al Obispo y al resto de paisanos de tan insólito suceso. Los lugareños, aunque algo escépticos, para verificar lo sucedido, lo siguieron hasta el huerto donde contemplaron, efectivamente, a los pajarillos que aún estaban parados en la nave, inquietos, esperando a que Antoñito les diese la orden de batir sus alas para reemprender el vuelo. Sí, papá, acuérdate, me gustaba de tal manera aquella canción que te la hacía repetir, una y mil veces, hasta que llegábamos a la finca, si es que íbamos de camino, o hasta entrar en casa en el trayecto de regreso. 

No sé si los santos en el cielo tendrán la cualidad de la omnipresencia, lo cierto es que cuando me invoco a este Santo para encontrar un objeto que he perdido (que por mi natural despiste no son pocas) no tarda el mismo en aparecer. Ahora que lo pienso, creo que de algún modo San Antonio desde las alturas se percató de lo mucho que me gustaba el relato de su milagro: hasta tal punto quedó grabado en mi memoria que, en muchas ocasiones, intentaba imitar al santo, hablando con los pajarillos, sin ningún resultado. Al parecer mi fe y mi santidad dejan mucho que desear. No obstante, igual es cuestión de entrenar y de cumplir, haciendo fuerza con los brazos y con los dientes, como el protagonista de Little Boy: de cumplir, sino con la lista que le pone el cura, al pequeño niño, si con los mandamientos y las bienaventuranzas de Jesucristo que son más como para adultos. Además, esa es la propuesta de Jesús, y para eso vino al mundo, para que nos hiciésemos santos, no por vanagloria personal sino para forjar el reino de amor, paz, justicia y perdón, que todo hombre desea y lleva inscrito en su corazón.

Para terminar con la evocación de lo que fue la personalidad de mi padre quiero hacer mención, entre otras virtudes, al buen humor que destilaba: siempre que salía de casa para el trabajo iba canturreando y, no solo eso, ya que una de sus aficiones preferidas consistía en alegrar la vida de las personas con sus ocurrencias y sus chistes. De este modo sacaba punta a cualquier acontecimiento cotidiano que se prestase para ello: se trataba, por lo general, de un chascarrillo sano, con el cual arrancaba la sonrisa a todos los amigos que pasaban por casa. Por lo ya comentado sobre él, por su estoicismo, por su paciencia y por otras cualidades que le hacían brillar con luz propia, tengo que concluir diciendo que, por encima de todo, fue un hombre bueno y sencillo, que pasó por la vida haciendo favores sin desear mal a nadie: un señor que respetaba y se hacía respetar, un hombre que se conformó con lo que le ofrecía su entorno y que, por lo mismo, necesitó tan pocos accesorios y bienes para vivir, que los únicos objetos personales que le encontré en su mesilla de noche cuando falleció fueron, a saber, un reloj de cubierta de plástico, una petaca en la que guardaba algunos documentos sin importancia y el equivalente, dentro de la misma, de lo que vendrían a ser hoy unos doce euros; monedas que iba juntando, poco a poco, no para sus gastos, sino para convidar a los nietos por su cumpleaños. Con esas pequeñeces, con su buen talante, con ver a sus hijos felices, con llevar el sustento diario a casa y poco más, se daba por satisfecho. 

De tal modo su aquiescencia constituyó uno de los principales motores de su vida, que nunca le vi lamentarse por no haber alcanzado una posición social relevante en su entorno; aunque no le faltase inteligencia para ello. Es más, en muchas ocasiones, me relataba la historia de un hijo que, a modo de cuento de la lechera (especulando en su imaginación), iba exponiendo ante su papá, uno por uno, los logros que alcanzaría a medida que se hiciese mayor. Al glosario del mozalbete el padre contestaba a cada uno de los logros que el hijo le mostraba: ¿y después qué más conseguirás hijo mío? así una y otra vez ¿y después qué otro logro más, hijo mío? hasta conducir al hijo a sus últimos días, frente a la vejez, en el precipicio de la muerte. Entonces mi padre, al llegar a ese punto del relato, callaba con la intención de hacerme meditar sobre la ambición desmedida. Ahora se lo agradezco, porque no he llegado a tener éxito en la vida, ni a triunfar tal y como lo entiende el mundo actual; sin embargo, no me he frustrado por ello y he podido saborear el éxito que para Dios y para mi padre eran suficientes: dormir en el lecho, al caer la noche, con la certidumbre de estar en paz conmigo mismo y de no haber pisoteado a nadie por el camino; al menos, no, conscientemente. No obstante, después de lo expresado, reconozco que en muchas ocasiones me conduje con ira, no así con violencia física, porque ésta la dejé enterrada para siempre, junto a mi infancia, a la edad de doce años. Así que aprovecho la ocasión, desde estas líneas, para pedir perdón por ese comportamiento, airado, a todas las personas que pude lastimar mientras me crucé con ellas por el camino de la vida.

Mi padre me ofrecía de esta manera, por su bondad, su tesón, su equilibrio, su modo de entender la vida, su buen humor y por su conformidad; también por su aceptación de lo que no tenía solución, un modelo de persona que no perturbaba, en mi mundo interior, la añoranza por otra identidad que no fuese la masculina. Mi padre, por tanto, fue un prototipo de persona plena de sí e identificada con su medio. Quizás parezca que intente justificar mi condición heterosexual durante aquel periodo de mi vida, sin embargo, aunque así fuere eso no quita para expresar lo que vivía por entonces en mi fuero interno; es decir, la convergencia plena entre lo que yo era por naturaleza y mi modo de percibir, sentir y vivir la masculinidad. El autoengaño es negarte a ti mismo la posibilidad de aceptarte, de amarte y, a su vez, de poder cambiar. Dicho de otro modo, nadie puede amar a los demás si antes no se ama a sí mismo, como tampoco puede emprender un cambio o ser feliz desde la negación de lo que es o de lo que siente. Esta actitud y no otra, la aceptación de todo tu ser con su historia, es el principio básico para iniciar una carrera hacia la felicidad donde no se proyecten en las demás personas las propias carencias y limitaciones.

8 DE LA CULTURA DEL SER A LA CULTURA DEL TENER

El capítulo anterior me ha dado pie a través de la memoria de mi padre, en la que describo la armonía que, por lo general, se daba entre el entorno y la persona y, a su vez, en la aceptación de la propia historia y de sí mismo, a reflexionar sobre los cambios que hemos ido asumiendo, casi imperceptiblemente, en el modelo de sociedad que hoy tenemos.

Parece obvio lo de amarse a uno mismo y Ser, antes que negarse a uno mismo y sus potencialidades; sin embargo, la realidad me ha mostrado en muchas ocasiones todo lo contrario. De esta manera he dado con personas en las últimas décadas, que se decían tolerantes, y lo que menos esperabas de ellas es que a quien menos tolerasen fuese a ellos mismos. También he encontrado a otros que igualmente se decían tolerantes, pero que, rechazando su propia libertad, con tal de no sentir el vértigo de la nada y la responsabilidad de decidir por sí mismos, se aferraron a una concepción filosófica acabada (cerrada) del mundo, que los hizo irracionales, dictatoriales e ilógicos −hasta el punto de justificar la violencia− con todas aquellas personas que refuten o no compartan cada uno de sus dogmas y postulados.

Redundando aún más sobre la intolerancia, en este caso, sobre la que se ejerce sobre uno mismo, me he llegado a hacer la siguiente pregunta: ¿Cuál ha de ser el motivo que lleve a tantas personas a magnificar sus defectos o sus deseos incumplidos y no valorar, por el contrario, sus logros y virtudes? Del mismo modo, analizando los comportamientos de negación y de rechazo que he visto en muchas personas con las que me he relacionado a lo largo de la vida, me he preguntado sobre, cuáles serán los pensamientos que habrán anidado en ellas para que se quedasen varadas en uno de los estadios de su vida, con poca o nula capacidad de reacción, frente a la adversidad. No creo que haya una sola respuesta para explicarlo, de tal modo que después de meditar sobre ello, he llegado a discernir que las más habituales son, por un lado, los traumas en la infancia y en la juventud y, por el otro, aquel que tiene que ver con el modelo hiperactivo, competitivo y superficial que nos propone la cultura de nuestro tiempo, carente de valores superiores.  

Como consecuencia de ese entorno carente de valores morales y trascendentes (en la sociedad en general) para hombres y mujeres, a partir de los años sesenta, se fue estableciendo un contravalor de hondo calado que impregna, domina y tiraniza −a modo de un Dios omnipotente y omnipresente− todas las demás esferas de la persona; es decir, la vida familiar, social, política y religiosa. Así, pues, a través de los medios de comunicación de masa, como ya he esbozado anteriormente, se nos impusieron unos estándares de progreso que había que mantener, a toda costa, para no sentirse excluido del resto de la sociedad; es decir, de los gregarios que esta estaba adoctrinando. Esta presión generaba y sigue generando una encerrona sobre el individuo que, por un lado, le genera miedo a no estar a la altura de los demás y, por otro, le inicia en una carrera sin meta de llegada: no hay meta porque lo bueno o lo malo, no reside ya en lo que el individuo es en sí mismo de cara a los demás y frente a Dios, sino que el “Valor” que da consistencia ahora a la persona reside fuera de ella; es decir, en la cantidad de bienes, sobre todo materiales, que esta acapare; cuantos más mejor. Se trata así de mantener una competición, en muchos casos sin escrúpulos, por tener, poseer y consumir más que nadie. Competición que deja vacía a la persona, infeliz y ansiosa, porque en ese camino a recorrer, siempre te encontrarás, por un lado, con personas que posean más riquezas materiales y bienes de consumo que tú y, por otro, porque nunca podrás estar a la última, por falta de tiempo y recursos, en los avances tecnológicos de última generación por la velocidad trepidante con la que se van concatenando en el tiempo.

La cuestión de fondo estriba en que antes de la primera globalización (la del televisor) había, aparte de Jesucristo que era el modelo por antonomasia en occidente, una gran diversidad de modelos en los que mirarse o copiar dentro de tu propio entorno; maestros o guías (en el más amplio sentido de la palabra) que brillaban por su experiencia y sabiduría de vida, y no por su título universitario. Así, un zapatero mismo, te podía dejar mejor tu cabeza que tus zapatos. Por otro lado, como el listón para alcanzar logros y metas era menos exigente, se disponía por lo mismo de más tiempo para meditar y, por consiguiente, también, para corregir aquello que actuaba en tu contra. Hoy, por el contrario, el hecho estar ambos progenitores fuera de casa, con rígidas jornadas laborales; el cuidado del cuerpo; y para remachar la misma tecnología nos han secuestrado la capacidad de pensar ocupando todo nuestro tiempo con el uso de teléfonos inteligentes, tablets, ordenadores o, en su defecto, con la industria del ocio y sus múltiples ofertas. Así, pues, a falta de aquella diversidad de modelos de antaño donde elegir y mirarse; ya que todos los medios de comunicación están, aunque no lo parezca, concentrados en pocas manos y dominados por la misma ideología (por la ideología del relativismo y del beneficio) hemos quedado alienados a un único pensamiento: reducidos a meras cotorras y comparsas de una elite, cada vez más reducida, que intenta, por todos sus canales de comunicación, inocularnos su mismo veneno: el dios del materialismo, del relativismo y del hedonismo (sin importar por ello quien caiga en el camino) para su propio beneficio. Relativismo que, paradójicamente, en contra del mismo significado de la palabra, se ha ido transmutando en una ideología totalitaria, que no solo persigue a todo aquel que no comulgue con sus postulados, sino que además trata de imponerlos, coercitivamente, al conjunto de la sociedad sin contar con ella. Son así, los mismos relativistas los que deciden por el resto de la sociedad, que tenemos que aceptar y que no, aunque vaya contra el sentido común de la mayoría.

En fin… que a falta de introspección y diversidad de modelos donde mirarse y elegir, se ha llegado a un colectivismo ramplón y borreguil donde el hombre es más parecido a las máquinas que él mismo ha ideado (las cuales anulan su capacidad analítica y por tanto su libertad) que el Dios personal y libre que lo creó para que viviese en armonía con sus congéneres, con la naturaleza, con su propio cuerpo y con Él mismo.  

Del modelo propuesto por los medios de comunicación (por sus dueños hablando con propiedad), hombres y mujeres hiperactivos, “autosuficientes” e inquebrantables como el acero, sin corazón; ha surgido, en muchas personas, contradictoriamente, como ya se dijo el miedo: un miedo a no dar la talla que les domina y les paraliza hasta bloquearlas. Efectivamente, el miedo se sirve de un mecanismo que nos hace más sugerente abandonarnos a la depresión y a la muerte que afrontar la vida y apostar por la misma: decantarse por la vida requiere, aceptación no pasiva, cambio, lucha, tomar responsabilidad sobre el propio destino, etc. Por el contrario, optar por la muerte es cómodo, porque solamente hay que dejarse llevar del hastío y de la desesperanza; la autocompasión es un estado de auto-contemplación en el que individuo no tiene que poner en movimiento nada, solamente alimentar su tristeza y su ego hasta dejarse morir.

Desde muchos puntos de vista se ha tratado de explicar la historia del hombre: desde el poder, el materialismo, los imperialismos, la religión, etc. Olvidando, en cambio, un mecanismo de la mente tan poderoso como el miedo. El miedo es un sentimiento de supervivencia, fuertemente arraigado en el alma humana, que manipulado desde la psicología se convierte en un arma de dominio y poder para subyugar a las naciones y a los individuos. A causa del miedo, no pocas personas renuncian a su libertad y a los auténticos valores; para mantener, en cambio, una pequeña parcela de seguridad personal o colectiva, con la cual aferrarse a lo ya conocido, aunque esa misma parcela los esté llevando a una muerte lenta; con un veneno en pequeñas dosis, pero veneno, al fin y al cabo.  

Precisamente fue el miedo el motivo que impulsó a los romanos y a los judíos a sentenciar a Jesucristo a muerte. Jesús vino a ofrecer al hombre la verdadera paz, Libertad, Sabiduría, Amor y Vida (valores que solo Él puede darnos, porque solamente Él los conoce y los contiene en su perfección infinita). Sin embargo, el hombre, mirando para otro lado, quiso quedarse como estaba, haciendo lo que siempre había hecho; es decir, tiranizando, robando, mintiendo y manipulando a sus congéneres, por egoísmo, y para sentirse seguro e intocable; es decir para mantener el statu quo que habían llevado hasta entonces. Judas, aun viendo los milagros de Jesús, puso su confianza en el dinero; en el caso de Poncio Pilato, por no ir más lejos, actuó el miedo a ser removido de su asiento: la prefectura de Judea. En cuanto a los fariseos miedo a perder sus privilegios y el poder de influencia sobre el pueblo; y en el caso del mismo pueblo, que lo ensalzaba y vitoreaba para gritar días después crucifícale, crucifícale, miedo a poner su confianza en una persona que, cautiva, azotada y desfigurada, luego de su prendimiento, había perdido los rasgos de fortaleza e invulnerabilidad que, supuestamente, deben acompañar a todo líder humano.

Ese camino, el de la seguridad, es el que hemos ido perpetuando la mayoría de los humanos, después de la venida de Jesucristo, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, periodo en que comenzamos a buscar con ansiedad, y prioritariamente, tener todo bien atado y bajo control: como si las leyes de la naturaleza y los designios del mundo, no estuviesen en última instancia en manos de aquel que creó el mundo y, por ende, la naturaleza de la que el mismo hombre forma parte. Así, pues, sacrificamos la vida con grandes esfuerzos, para aferramos como esclavos a pequeños placeres y mezquinas seguridades perentorias e incontrolables.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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