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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

3 Cap. EL INTERNADO

1 PRUEBA DE APTITUD PARA ENTRAR EN EL SEMINARIO

Mi infancia en el pueblo iba llegando a su término, ese mismo verano tenía que pasar una prueba de aptitud. Así la llamaban a la que se hacía a los postulantes a seminaristas con vistas a evaluar su “madurez”. 

El día que pisé el suelo del internado fue especialmente señalado para mí, era el primero, desde mi nacimiento, en que mi madre me dejaba solo por varias semanas lejos del hogar familiar. En mi retina quedó registrada, para siempre, la imagen de su rostro con un rictus, entre afligido y abnegado, mientras se alejaba dejando tras sus pisadas, de espaldas a mí, una espaciosa escalinata, revestida de frío mármol, por la que se accedía primero al hall de entrada y después a la calle. 

Ese día fue la segunda vez que se cortó el cordón umbilical que nos unía; en esta ocasión, en cambio, se trataba del cordón afectivo; el de la cercanía y la historia compartida bajo el mismo techo. De esta manera mi madre dejó suspendida, por un tiempo, parte de su vida, que era la mía, para que yo comenzase, en solitario, otra nueva alejado de ella. Mientras la observaba en retirada yo me descubrí, dentro de mí mismo, indefenso frente a lo desconocido. Aquel mal trago, no obstante, lo pasé en un santiamén; tenía once años recién cumplidos y, ávido de novedad como estaba, me distraía con el vuelo de una mosca; las mismas que no faltaban en el lugar, porque estábamos en septiembre, mes en él que las susodichas venían a succionar, sin descanso, las últimas gotas de sangre, de algún malandrín despistado, antes de sucumbir a las gélidas temperaturas invernales. Esto quería decir, pues, que si me iba mal con los colegas ya tendría para emplearme cazando dípteros. 

Por cierto, hablando de moscas, he observado que cada vez hay menos por mi tierra, prácticamente ninguna, supongo que debido a los plaguicidas que, con abundancia, se utilizan en la agricultura. Espero que con ellas no se extingan, también, las aves que las tenían como fuente de alimentación.

Algunos de los recuerdos ya citados, relacionados con mi entrada en el seminario y otros más, han resurgido en estos últimos días coincidiendo con mis paseos matinales. En dichas salidas pude observar, a pie de calle, como algunos chavales, barbilampiños, transportaban enseres, que luego cargaban en el maletero del coche estacionado junto al acerado de sus casas. Pero no fue esto lo que más me llamó la atención, sino ver a sus madres, con el rostro alicaído y dubitativo, seguir los movimientos de sus hijos en el trajín de la mudanza. En su semblante ensombrecido pude captar con precisión, por la fecha en la que estábamos, finales de septiembre, que se trataba de jóvenes estudiantes que se dirigían a la universidad o algún colegio superior por primera vez. Fue contemplando esas escenas donde atrapé, en un viaje instantáneo al pasado, el rostro de mi propia madre −con una mezcla de dolor y de esperanza− despidiéndose de mí en un día interminable de septiembre, sobre las escalinatas frías e impasibles de mármol, en el Seminario. 

Como se trataba de una prueba de adaptación y de actitud, no tuve problema en superarla, ya que nunca me caractericé por buscar conflictos a iniciativa propia. Por otro lado, los educadores pretendían que nos fuésemos contentos a casa. Dejar un buen recuerdo en la memoria del postulante, era la manera de captarnos para que estuviésemos de vuelta en el Seminario, unas semanas después, con el arranque del curso académico. Supongo que los educadores y el superior tendrían muy en cuenta aquello que se nos dice el evangelista Mateo en el Cap. 9, 37-38 La mies es mucha, pero los obreros pocos. Por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Mi duda ante esta afirmación, es la siguiente: ¿Habrán entendido todos los pastores de la Iglesia que son obreros para la mies en lugar de administradores de la misma? 

El edificio del seminario impresionaba por sus dimensiones, las cuales yo sobredimensionaba sin saberlo, más de lo normal, porque lo miraba desde abajo; en la estatura de un niño de poco más de diez años. A este hecho habría que añadir otro no menos importante para que el edificio me pareciese faraónico: los seminaristas estaban de vacaciones y, por consiguiente, el seminario desolado y silencioso, parecía aún mayor en sus espacios. No sé si el arquitecto que diseñó el edificio con tamañas proporciones lo hizo por ser éste el estilo de la época o, tal vez, con ideas futuristas: si fue por lo último se equivocó notablemente, porque al paso que vamos o viene el fin del mundo o los curas empezarán a ser, en la vieja Europa, reliquias del pasado. 

Es más, en relación con lo comentado, personalmente me molestó una de las últimas campañas para atraer a jóvenes al seminario. Se enfocaba en lo material (“tendrás una paga asegurada de por vida” decía el slogan) en lugar de resaltar la experiencia de fe que llevó a algunos de esos jóvenes a servir a Dios como sacerdotes. Las convicciones mueven a las personas, especialmente cuando proceden de Dios; las seguridades, en cambio, terminan derrumbándose cuando vienen servidas de la mano de ídolos de barro como el dinero. Así es, entre otras razones, porque nada de lo que está sujeto al tiempo y al espacio es permanente y colma las inquietudes de eternidad, de bien y felicidad que todo hombre lleva inscrito en su alma.  

En uno de aquellos pasillos interminables del seminario, con bóvedas que rozaban el cielo (a mí me lo parecía por entonces) hice infinidad de carreras en mis primeros años de internado sin un fin específico; de cualquier modo, pensándolo bien, de pequeños hacemos las cosas sin un propósito determinado, solamente porque sí. ¡Que previsible nos hemos vuelto, y qué importante sería que nos volviéramos de nuevo como niños tal y como nos propone el Jesús; especialmente desde el corazón! así nos alejaríamos de hacer juicios temerarios y análisis psicológicos etiquetando a las personas. En el juego de la vida debería pasar como en los juegos de los niños; allí no sobra nadie, lo que importa es pasarlo bien, compartir, avanzar en el juego, y llegar a casa radiantes de alegría porque se hizo un nuevo amigo”.

Sin un propósito, pues, elegía el más alargado de aquellos pasillos como hangar de aviones, donde extendía mis brazos en cruz (hermosa cruz, la que abrazó a la humanidad para redimirla de su ensimismamiento y antropofagia), tomando carrera, para despegar a toda velocidad del suelo. El mismo que años después me devoraría, por mor de mi orgullo, por la mezquindad de algunos compañeros y por una mala dirección de un superior.

Por la noche los monitores nos sacaban al patio donde montaban una especie de fuego de campamento, sin más llama encendida que la de las estrellas. Dichas veladas las aprovechaban los educadores con fines didácticos para enseñarnos canciones y juegos, también nos leían fábulas y pasajes bíblicos. Con estos entretenimientos nos hacían, según el caso, pensar o soñar; todo estaba diseñado para obtener una pesca abundante entre los postulantes a seminaristas. Fue así como ingresé unas semanas después, con once años y pocos meses, en el lugar en el que transcurrirá la última etapa de mi niñez, seguida de la adolescencia y parte de mi juventud. En este lugar viviría, sin intuirlo en ese momento, lo que terminaría convirtiéndose, a la postre, en una de las etapas más conflictivas de mi vida y, con ésta, ya sería la segunda. Hoy, después de muchos años, vista desde los ojos de la fe, la valoro como positiva, en tanto que Dios la permitió, pues así se nos pone de manifiesto en (Romanos 8, 28) “…para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien…”. De tal manera que ese camino tortuoso, por el que tuve que pasar, debía ser uno de los posibles y necesarios para que finalmente tuviese un encuentro más profundo con Dios y conmigo mismo. 

2 EN EL VIAJE

Superada la prueba, pocas semanas después, comenzaría el curso académico. La noche anterior al ingreso no había dormido demasiado y eso que, por entonces, dormía como un koala recién almorzado. Tenía la sensación de que perdería mi libertad en el seminario, lo cual me entristecía. Este pensamiento lo atenuaba con la creencia de que, saliendo del pueblo, alcanzaría la paz que me habían robado durante muchos años los que me injuriaban con acusaciones falsas.

El viaje desde mi ciudad al seminario, en esta ocasión, se me hizo más largo que el anterior. Nos desplazamos en un autobús de línea, mi madre y yo, a un pueblo cercano del que saldría más tarde otro, itinerante, cuyo destino final era la capital de provincia, donde se encontraba el seminario. Una vez en camino, por detrás del cristal de la ventanilla distinguí, de entre el ocre terruño, un verde esmeralda que ponía al descubierto las primeras hierbas surgidas tras la estación seca del verano. Por encima del pasto, el horizonte se revestía de una luminiscencia anaranjada, que presagiaba la estación de las hojas muertas: estación del año que nos invita a meditar y a despojarnos de lo que nos sobra para renacer luego, en primavera, renovados de esperanza, de propósitos y de deseos de amar y ser correspondidos. 

No llevaba demasiado tiempo deleitándome con el apacible y sempiterno paisaje de mi tierra, extremeña, poblado de encinares y habitado de toros, ovejas, cerdos, cigüeñas y un sinfín de aves en tránsito hacia parajes más cálidos, cuando mi magín se vio poblado de nostalgia por lo que dejaba atrás; pensaba para mis adentros, en que sería de mí, una vez ingresara en el internado, sin poder disfrutar de las correrías en bicicleta, de los cantos que alegraban mi alma, de las salidas al campo que me llenaban de vitalidad y sin una familia donde apoyarme. Con ese pensamiento se diluyó la visión externa, por un paisaje interior de melancolía, en forma de fotogramas que, saltando rápidamente por detrás de mis vidriosas pupilas, me llevaron a contemplar de escena en escena, las flores diminutas que arranqué en las eras; las etéreas y vistosas mariposas blancas que ya no me traerían buenas noticias; los pajarillos que perseguí a la carrera y que nunca atrapé; las lagartijas y las avispas castigadas; las moscas desaladas; las folclóricas mariquitas respetadas; las monstruosas sombras en la pared; las crisálidas de los gusanos de seda auscultadas; el trepar a los árboles para observar a las crías de pájaros, con sus desabrigados cuellos, reclamando su ración de insectos; el trigal donde me adentraba sin ser visto para escapar del mundo; la visita a las arañas bajo los puentes en la carretera; y a mi padre de vuelta a casa después de ganarse el pan con el que, posteriormente, mi madre me daría a degustar el sabroso caldo del almuerzo.

En el asiento contiguo iba mi mamá muy callada y pensativa, seguramente elucubrando sobre si la decisión de enviarme al seminario sería la acertada: éramos una familia humilde y yo el único de los hermanos que salía fuera de casa para cursar estudios. Si no recuerdo mal ésa fue la única ocasión en la que vi a mi madre permanecer en silencio durante tanto tiempo seguido. En esa atmósfera de futuro incierto que ambos respiramos, las horas en el autobús se me hicieron de una densidad tan aplastante que tomé la decisión, una vez que se me fue atenuando la nostalgia por lo que dejaba atrás, de canturrear por lo bajinis en el intento de contrarrestar, por un lado, los silencios y, por otro, la prohibición que yo pensaba habría de cantar en el seminario. En la creencia anterior no erré mucho, ya que posteriormente permanecí en silencio durante muchas horas en el seminario; no porque nos impidiesen cantar, sino por los castigos a los que nos sometían superiores y educadores, debido al incumplimiento de alguna de las normas del lugar.

Como mi mamá debía regresar al pueblo, allí me soltó como el que suelta una prenda, en la casa de empeño, para rescatarme después en mejores circunstancias. No se había marchado, aún, cuando me acerqué a dos chicos, de mi edad, uno de los cuales me recibió con una patada al aire, a lo que yo respondí con un gesto cómico −como si, realmente, me hubiese alcanzado en la boca del estómago− tratando de caer bien para hacer amistad con ellos. Los futuribles compañeros no respondieron a mi intento de acercamiento, por lo que en ese momento me sentí solo, como solo estuve la mayor parte de mi vida; a diferencia que, en esta ocasión, el escenario en el que me encontraba apuntaba a lo más alto, a Dios mismo. 

Mi madre después de presenciar la escena desapareció, sin decir palabra, como por ensalmo, antes que yo me apercibiera de ello; tal vez con intención de esconder alguna lágrima en su rostro apenado. No obstante, si mal no recuerdo, jamás le vi asomar a sus mejillas una sola de esas translúcidas gotas; mi mamá estaba forjada con el temple de los titanes, aunque nunca supe el secreto de esa entereza. Muchos secretos se llevó mi madre con ella, espero que me los revele algún día en el cielo, aunque quizás allí, ya de nada importen las veleidades sufridas en esta tierra. Así debe ser, porque, al participar de la plenitud de Dios, pocos espacios huecos quedarán, probablemente ninguno, para rellenar los vacíos con los que nuestra alma parta a su encuentro.

El incidente a la entrada del colegio, con los que luego serían mis compañeros, pasó sin pena ni gloria (aunque quedara en mi subconsciente como se desprende de este mismo relato) y pronto pude hacer amistades con otros chavales adaptándome sin problemas a la nueva familia −por cierto, muy numerosa− que acababa de encontrar en la búsqueda de mi propio camino; un camino que nunca tuve de todo claro. Creo que terminaré por jubilarme sin saber muy bien a que entregarme: el caso es que a pesar de ello nunca estoy ocioso. 

3 CON LOS ESTUDIOS

Más difícil que adaptarme a las personas, fue adaptarme a los estudios con sus exigencias. Desde el pueblo arrastraba un déficit importante, de conocimientos académicos, por mor de un inepto profesor que tuve los dos últimos años que cursé allí.  Y no sólo eso, sino que a lo anterior se sumaba mi exigua memoria y mi atención dispersa. De este modo, a causa de ese cóctel carencial, pasé momentos muy angustiosos; especialmente cuando los profesores hacían preguntas eligiendo en el aire, a dedo, al primero que cayese en su ángulo de mira. Esa merma en los estudios la llevé como una rémora, demasiado pesada, mientras se prolongó mi vida académica. Sin embargo, aquella insuficiencia la iba supliendo con ingenio y picardía heredados con toda probabilidad de los genes de mí querido padre. 

De modo particular me viene a la memoria un episodio relacionado con la sustracción de un examen de final de curso, por parte de un alumno al profesor de francés; unos de los pocos profesores, por cierto, laicos que allí nos impartían clase. Después de analizar el suceso detenidamente en la distancia del tiempo, me da que pensar, por las excentricidades del profesor (demasiado notorias), si no sería él mismo, quien entregó el examen de fin de curso a uno de mis compañeros para que nos lo pasase al resto de la clase. El tal profe, cuyo nombre no recuerdo ahora, estudió en París donde le pilló de lleno el Mayo Francés del sesenta ocho. Y dicha experiencia, quieras que no, tuvo que dejarle alguna secuela.

Como era de esperar todos copiamos el examen, aunque yo lo desvirtué, un poco, con la intención de esconder la trampa. No sé quién fue más ingenuo si el profesor, por “tragarse” que el noventa y nueve por ciento de sus alumnos eran superdotados o yo mismo, por no responder correctamente a todas las preguntas. El asunto es que aprobó a todos mis compañeros menos a mí, motivo por el cual tuve que inventarme una historia creíble para poder, de este modo, sacar nota para beca y de paso no tener que delatar la trampa de mis compañeros. 

Me costó dar el paso, pero aún tuve tiempo para alcanzar al licenciado en el pasillo, pertrecho con todos sus enseres, antes de marchar de vacaciones. Esperé recostado sobre una de las columnas del claustro, hasta que se despidió del último de sus compañeros y, dirigiéndome a él con compunción, le expuse una serie de argumentos, medianamente creíbles, para que me aprobase la asignatura. De este modo, pues, vine a decirle que estudiaría su asignatura durante todo el verano (con suma entrega, eso sí) porque era mi intención, una vez terminase los estudios eclesiásticos, servir como misionero en el Zaire: país francófono hoy conocido como República democrática del Congo.    

El docente que no debía tener muchos amigos porque la clase la dedicaba, casi por entero, a desahogar sus penas contando batallitas personales; entendió la mía particular, y me otorgó el beneficio de la duda con la aprobación de su asignatura. Fue así como salvé con pillería lo que días antes no pude superar con desfachatez.

Con el relato anterior he recordado, también, otra de las muchas contrariedades sufridas en el seminario. Puedo decir, sin deseo de molestar a nadie, que poca o ninguna ayuda obtuve de mis compañeros para superar las limitaciones que tenía con los estudios: los idiomas y los latines no me entraban y cuando pedía ayuda a alguno de los adelantados de mi curso, por sus notas académicas, prácticamente ninguno se prestó para echarme una mano. No obstante, a pesar de las excusas que me presentaban para no hacerlo, creo que debo justificarlos: por lo comentado hasta ahora se puede inferir que no éramos ni ángeles ni santos, y ello porque las personas no cambian el modo de ser, de un día para otro, porque cambien de área geográfica, de familia o de pareja. Además, he de añadir algo de sobras conocido: que la primera escuela es la familia y, como sabemos, la familia no se elige, sino que nos viene dada. Los cambios, por lo general, suelen ser costosos y lentos en el tiempo. 

Si la familia es de suma importancia en el andamiaje de nuestra personalidad, tampoco hay que restar importancia a la genética y al modo de procesar la información que nos llega, después, desde el exterior. Todo lo señalado hasta ahora, más el peso de nuestra propia carne, que inalterablemente tira, una y mil veces, de hombres y mujeres hacia abajo para saciar sus instintos y su ego, me iba ayudando, aunque parezca contradictorio, en mi camino de ascensión, ¿porque qué son, si no, las pruebas de la vida? 

Ya lo decía San Pablo, en Romanos 7, 14-16: “Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley (de Dios) es buena. Se deduce, entonces, de este pasaje bíblico, que el espíritu reconoce la ley de Dios como buena, ya que de lo contrario no acusaría esta al individuo, es decir a nuestra conciencia, de que obra mal. Pero no debemos quedarnos en lo negativo, puesto que, a pesar de esa inclinación hacia el mal, después de la resurrección de Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo, sabemos que podemos vencer, también, la vileza en nosotros, es decir al pecado, que es muerte para el hombre. Así se desprende, igualmente, de otro pasaje de las Escrituras en el Evangelio de San Lucas (18, 25-27) al decirle Jesús a sus discípulos: “Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Los que escuchaban dijeron: Pero entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús respondió: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Ahora bien, para que Dios cincele en nosotros ese hombre nuevo a imagen suya, capaz de vencer el pecado, es necesario el concurso de nuestra fe, de nuestra libertad y de nuestra voluntad; es decir aceptar la palabra de Dios sin acotarla, porque no nos apoyamos en nuestra fuerza ni en nuestros conocimientos limitados y deformados, sino en la Sabiduría infinita de Dios y en su omnipotencia para obrar en nuestra debilidad humana. 

Aterrizando de nuevo en las notas biográficas diré, que, a pesar de los lastres que arrastraba en los estudios desde el pueblo más los personales debido a mi exigua memoria y lentitud mental, fui aprobando cada año todas las asignaturas; incluso pude conseguir beca hasta terminar los estudios de filosofía a los veintiún años; edad en la que dejé el seminario.

4 DISERTACIÓN ACERCA DE LAS PERSONAS Y LAS INSTITUCIONES

Si el tema académico lo llevaba con angustia por lo ya expuesto, en lo tocante a la convivencia con los compañeros, tampoco fue el seminario un paraíso sembrado de árboles, lagos y flores, donde refugiarse de las insidias de las personas. Sin dar más rodeos, tengo que hacer constar que las relaciones humanas, en el seminario, fueron un calco de lo que me había venido sucediendo en el pueblo. La historia se repitió porque, aunque el hombre huya de sí mismo poniendo tierra de por medio para distanciarse de sus problemas, nunca llegará lo suficientemente lejos, contrariamente a lo que espera, como para perder de vista aquello que proyecta de sí mismo como una sombra. De lo comentado, pues, se desprende que mi temperamento seguía siendo el de siempre, rebelde; mi físico, sin haber alcanzado la pubertad, prácticamente el mismo; mis aficiones artísticas las mantenía, igualmente, intactas y sin reprimirlas; y los compañeros no dejaban, por el hecho de estar en ese lugar, de pertenecer a la misma cultura e idiosincrasia de la que formaban parte aquellos, otros, que dejé meses atrás en el pueblo.  

Yo, por mi parte, seguía con mis hobbies, me apunté al coro y al teatro; y cuando llegaba alguna festividad que celebrar en el seminario, cantaba y bailaba si la situación se prestaba a ello. Ocasionalmente lo hacía, también, los domingos por las mañanas, cuando los altavoces nos despertaban con música festiva. Por otro lado, en mi faceta altruista alentaba a algunos compañeros cuando estaban en horas bajas: según la ocasión, unas veces lo hacía resaltando sus cualidades y su trabajo y otras preguntándoles, directamente, por sus pesadumbres cuando los encontraba alicaídos. La libertad era consustancial a mi genética y no podía prescindir de ella aunque estuviese lejos de casa: en su nombre suscribiría, plenamente, unos de los elogios que Cervantes ofrendara a la misma en el Quijote: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida». Muy apropiado para los tiempos que se avecinan.

Por no reprender mis emociones y aficiones delante de mis compañeros, devino lo de siempre; que a algunos de mis compañeros se les despertó su imaginación (seguramente ya la traían despierta de casa), por lo que terminaron viendo fantasmas, donde no los había. De este modo, al cabo de unos meses, fui a tropezar con la misma piedra del acoso, siendo señalado de nuevo con el estigma de la homosexualidad.  

Así pues, nuevamente, el mundo con sus insidias volvía a lo suyo; a arrojarme a la arena del circo para su diversión y yo, por mi parte, también a lo mío; a defenderme como gladiador en medio de leones, sin implorar clemencia, tratando de repeler el insulto con más violencia verbal. Desde luego, mi actitud orgullosa no era para nada evangélica; no seguí, por lo mismo, la recomendación del apóstol Pedro en una de sus cartas (1 Pedro 3,9): «En conclusión, sed todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos y de espíritu humilde; no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendiciendo, porque fuisteis llamados con el propósito de heredar bendición».  

Durante muchos años, aunque parezca lo contrario, fui víctima casi más de mí mismo que de mis agresores. Tarde aprendí, a la sazón, que no es bueno estar siempre a la defensiva, salvo que esto conlleve la renuncia de tus principios; ya que nadar a contracorriente de modo continuo, por años, exige un esfuerzo de titanes que, en alguna etapa de la vida, termina por cobrarse su factura. De haberlo sabido, en aquel momento, no habría trasladado los mismos hábitos que tenía en el pueblo al seminario: ese hubiese sido un buen comienzo para terminar, de una vez por todas, con los malos entendidos y los prejuicios de aquellos que veían, en mi forma de ser y expresarme, lo que en realidad no se estaba dando en mi fuero interno.

Tampoco encontré una persona por esas fechas, tanto fuera como dentro del seminario, que me brindase un consejo eficaz para neutralizar con un antídoto diferente, a lo que yo solía acostumbrar, las saetas envenenadas de los que se burlaban de mí. Y ese consejo no llegó, no porque hubiese mala fe o dejación de funciones en mis superiores, sino porque no estaban preparados para tratar el tema del acoso y la homosexualidad. Por otro lado, he de advertir, que no es lo mismo ser padre de familia que ser pastor de Iglesia, aunque a veces se hayan confundido los términos. Con esa miopía, de no saber distanciarme de mis agresores, se fueron reproduciendo por días sin término las mismas situaciones, que ya viviera en el pueblo, hasta que alcancé la edad de dieciocho años.

En este nuevo escenario, al que ahora se trasladó el acoso, he de aclarar que, el mismo, no venía por parte de todos los compañeros, sino que se trataba de un grupo, reducido, que se hacía indeseable por las afrentas a las que me sometían, reiteradamente, delante del resto de compañeros.

Parecerá increíble, pero el día que dejaron de insultarme supuso un alivio para mí, tal, que podría compararlo con aquel que sentimos al salir de una aterradora pesadilla: con la salvedad que las pesadillas suelen durar unas horas mientras que en este caso el bullying se prolongó durante los años más importantes de mi vida; trece en total, entre el pueblo y el seminario. Sin embargo, no todo se arregló ahí, ya que posteriormente al acoso, noté, para mi sorpresa, que la herida abierta en mi alma, por su causa, se había gangrenado y no dejaría de supurar por ella hasta muchos años después. De ello iré dando detalles a medida que vaya poniendo por escrito, el resto de acontecimientos que se fueron concatenando, a modo de piezas de dominó, para que, llegado el momento propicio, en dos impactos de gran sacudida emocional (por la relevancia de las personas que intervinieron en ellos) lograsen derribar finalmente la estructura natural de mi personalidad.

Por lo demás, la vida en el seminario, aunque angustiosa por el tema del acoso y lo forzado que iba en los estudios tuvo también, como todo en la vida, sus aspectos positivos; entre otros, el despertar a la espiritualidad: allí fui conociendo al Dios de la revelación y de la historia (a Jesucristo) del que apenas había oído hablar hasta entonces; un Dios que se inmola para rescatar a toda la humanidad de su autismo; el mismo en el que yo me encontraba por entonces. También en el seminario se me brindaría la ocasión de acceder al conocimiento del pensamiento humano, a través de los estudios de filosofía; y lo que esto me aportaría luego, en la vida civil, para manejarse con espíritu crítico y analítico.

Por medio de dichos conocimientos, ya, desde bien joven, pude distanciarme de todas las propuestas totalitarias y reduccionistas que encasillan a las personas a una estructura de conocimiento y estilo de vida, único, cerrado y excluyente de cualquier otro. Mesías sólo hubo uno y, además, creíble por su condición divina: no se trataba de un hombre, más, expuesto como cualquier otro hijo de vecino, al error, al ego y a la esquizofrenia. Otro aprendizaje que allí adquirí fue el de la autocrítica por medio de los ejercicios espirituales y la oración; por último, el vivir dentro de un orden y una disciplina, también forjaron mi carácter para no dejarme abatir ante cualquier contratiempo.   

Para que se tenga una idea más amplia de lo que acontecía por esos años en seminario, daré algunos detalles al respecto: La mayoría de compañeros entraban al seminario a la edad de diez, once y doce años; a mi modo de entender, edad demasiado temprana para desarraigar a un niño de lo que tiene que ser el entorno natural de su desarrollo psíquico, el cual no puede ser otro que el de la propia familia. No obstante, se daban situaciones en las que la llamada de Dios, a la vocación sacerdotal, despertaba en algunos jóvenes a edades tardías; vocación que los condujo, en algunos casos, a dejar novia, carrera, e incluso su trabajo.

La convivencia en el internado, por lo general, era buena, aunque entre tantas almas, como suele suceder, surgían conflictos puntuales que se resolvían unas veces a base de disciplina y, otras, con la expulsión temporal o definitiva del alumno a su domicilio familiar. Estas normas de convivencia, no asimiladas por todos, conllevarían a que algunos exseminaristas, años después, guardasen gran resentimiento hacia la institución y hacia los superiores. 

A pesar de la situación de acoso y sufrimiento que padecí en el seminario, no fue así en mi caso, pues comprendí muy pronto que, aun teniendo algún motivo para esa animadversión, era necesario poner en la balanza, junto a las experiencias negativas allí vividas, aquellas otras positivas que, igualmente, recibimos de la institución. Entre las positivas se concretaban, por una parte, para los alumnos que procedían de familias pobres, como ya mencioné, ayudas económicas para sufragar sus estudios y, para todos, en general, una buena preparación, académica, humanística y religiosa.

Es más, ese apoyo continuó fuera del seminario para algunos exseminaristas, a los cuales se les buscó una salida decorosa, tanto para encontrar trabajo como para que siguiesen estudiando en otros centros. Para redundar más en esta visión benévola de la institución, he de añadir que existe una máxima muy conocida, la cual afirma que debemos interpretar los acontecimientos del pasado con perspectiva, es decir, desde el contexto cultural e histórico en los que estos sucedieron: en el caso que me ocupa, no solo eso, sino las peculiaridades del lugar en sí, las cuales trataré de explicar a continuación.

En cuanto al contexto, he de señalar que en los años setenta aún se entendía el castigo físico como un elemento necesario para salvaguardar el respeto, el orden y la disciplina; incluso había refranes, a la sazón, que nadie cuestionaba por entonces. Uno de ellos decía: “quien bien te quiere te hará llorar”. Sin necesidad de caer en los extremos, yo creo, tal y como dijo Henry Moore, que «la parte más importante del éxito está en la disciplina». Tan asumida estaba la cultura del correctivo en ese tiempo, que incluso ocultábamos a nuestros padres el castigo que nos infringían otras personas mayores, por miedo a que ellos volviesen a reprendernos o a castigarnos, nuevamente, por los mismos hechos. 

De esta manera se daba por sentado, hasta comienzo de los noventa, que todo castigo se correspondía, comúnmente, con una mala conducta por parte del joven o del niño. Así se interpretaba, porque no se ponía en entredicho, a no ser que se tratase de un depravado o de un demente reconocido, la buena fe con que actuaban profesores, educadores y, en general, toda persona adulta. 

Yo tampoco dudo, ahora, de la buena fe de los superiores que tuve en el Seminario, aunque sí debo dejar constancia que uno de ellos, en particular, ¡quién sabe en virtud de que categorías mentales o traumas de su mismo pasado! ejercía la disciplina, con mano dura, sin que le temblase el pulso a la hora de imponer un castigo. A pesar de esos correctivos, tengo que expresar que, con respecto a mí persona, nunca llegué a interiorizarlos con resentimiento, más bien los acepté como un elemento necesario para mantener el orden. Y, además, por lo ya mencionado, si los analizo desde su contexto histórico −desde la educación que se impartía por ese tiempo− he de dejar constancia de que esos mismos castigos o similares ya los había sufrido yo, a manos de profesores laicos, en colegios estatales antes de ingresar en el Seminario. Tampoco es que fuese un hecho peculiar de España, pues, por la filmoteca de la época, como se puede deducir del film Los Cuatrocientos Golpes, la educación era similar en el resto de Europa, con ligeros matices, según la idiosincrasia de cada nación.

Señalado lo anterior, tampoco puedo obviar, que hubo otro sacerdote, como contrapunto del anterior, que, anticipándose a los tiempos, intentó suprimir los castigos, más fuertes, que nos ponían los inspectores, como método de disciplina. Los inspectores eran alumnos del seminario mayor que ayudaban a los superiores -sacerdotes- en las tareas de vigilancia y orden de los seminaristas más pequeños. Su área de vigilancia se circunscribía al refectorio, a las aulas en las horas de estudio, a los pasillos en momentos puntuales del día y a la vigilancia de los dormitorios por la noche. La cifra de seminarista menores podría rondar, aproximadamente, los 350 alumnos por esas fechas.

Se daba en el Seminario otra característica que, en sí misma, aglutinaba a la vez una parte de ventura y otra de adversidad: la parte positiva consistía en que guardásemos la inocencia por más tiempo (hablo en general) y la negativa, estribaba, en que al dejar el Seminario te sentías mucho más vulnerable. Me explico: como solamente íbamos al pueblo en vacaciones de verano, por navidad y semana santa, el internado nos mantenía aislados −como en una especie de burbuja protectora− de los problemas reales de la gente en su cotidianidad. De este modo, cuando dejé el internado, a los veintiún años, eché de menos cierta destreza para afrontar los problemas sin que nadie me diese nada hecho y, por otro lado, igualmente, cierta habilidad para relacionarme con la gente. Tal vez estos contratiempos estuviesen especialmente acentuados en mí por dos motivos: en primer lugar, debido a que la estancia en el seminario se prolongó por muchos años, diez en total; y, después, porque, en los periodos de vacaciones, solamente me relacionaba con personas afines a mis creencias; chicos y chicas pertenecientes a un grupo parroquial, los cuales no me tenían etiquetado, a diferencia de los de mi barrio. 

De este modo, pues, una vez que salí del seminario, me encontré inmerso en un ambiente cusi inhóspito para mí: un universo competitivo, despiadado en algunos casos, e individualista; un mundo demasiado alejado, por lo mismo, de la Doctrina Social de la Iglesia y de los valores que me habían inculcado en el seminario de respeto hacia todo el mundo, de entrega a las causas nobles, de solidaridad, etc. 

Con el análisis de esa realidad, ya descrita del seminario y vivida en primera persona, he llegado a la conclusión, para que tomen nota profesores y educadores (no solo los rectores de seminarios, sabiendo que ahora gozan de más libertad), también de otras instituciones que conlleven, por sus características, un alto grado de aislamiento, como centros de menores, cárceles, psiquiátricos, etc., que se deberían impartir asignaturas que tuviesen por finalidad adquirir, en los internos, ciertas habilidades para superar los muchos obstáculos que la vida nos presenta en su día a día. Por citar algunas señalaré estas: habilidades sociales para hacer amistades, buscar trabajo, integrarse en asociaciones, etc., así como otras de tipo manual, por ejemplo, aprender un oficio, cocinar, solucionar averías en el hogar y tener unos conocimientos básicos de primeros auxilios. 

Se trataría, pues, de dotar al chico de destreza mental y manual para que no se paralice ante los obstáculos cotidianos, toda vez que este alcance de nuevo su libertad. Sé que en teoría muchas de estas cosas se conocen, pero también tengo constancia de que no siempre se aplican en la práctica: de ser así, que cada uno cargue con su responsabilidad sin lamentarse, luego, de los atropellos que cometen los jóvenes. 

Todos estos pasajes de mi vida, que traigo a colación en la autobiografía, los doy a conocer, como ya aclaré en el prólogo, sin intención de causar morbo o buscar carnaza para derribar a nadie. Ese ha sido el motivo, también, por el cual no he citado con su verdadero nombre hasta ahora, ni lo haré, a las personas que participaron en aquellos acontecimientos cuando estos se estaban dando. La intención, por tanto, que me mueve a contar todos estos avatares desafortunados −tal y como yo las viví e interioricé− es la de tratar que no se reproduzcan en otras personas evitándoles, así, el mismo sufrimiento por el que yo pasé. También para redargüir, de paso, contra aquellos que juzgan a sus congéneres, a la ligera, sin haber conocido a fondo la historia de sus muchos afanes y quebrantos. Como dice un proverbio amerindio: «No juzgues a tu prójimo antes de haber caminado varias leguas en sus mocasines»

Lástima que tengamos poca capacidad para la reflexión, y para situarnos en el lugar de los otros, porque de ser así no habríamos colaborado, unas veces por acción y otras por omisión, a que algunas personas, debido al rechazo que sufrieron, tomasen un rumbo extraviado en sus vidas. Esto lo traigo a colación porque, desde el lugar que ocupé como víctima, debido al deterioro que alcanzó mi psiquis, estuve en dos ocasiones a punto de traspasar la raya de aquello que en ningún caso se debe hacer. Gracias a Dios la conciencia vino a asistirme cuando mi resistencia mental se encontraba al borde de su abismo.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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