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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Cap IV. UN NUEVO CICLO: sin libertad no hay madurez, no hay persona. Apdos 1.2.3

  1. AÚN NO HA LLEGADO LA HORA DE LA PARTIDA

Lo primero que tuve que afrontar en mi retorno a la tierra de los supervivientes (que algunos han identificado con la tierra de “sálvese quien pueda”), ahora como adulto y responsable de mi propio destino, fue el servicio militar que, por esas fechas, era obligatorio. Pero antes de entrar en pormenores sobre este breve periodo de mi existencia −diez meses− he de mencionar otra situación anterior a esta, en la que Dios me tendió su mano, aunque otros sólo puedan ver en ello avatares del destino, de la casualidad, la contingencia o el azar. Los cristianos sabemos que, en última instancia y otras en primera, Dios está en el control de todo como así mismo nos lo pone de manifiesto su Palabra: (Mateo 10, 29-31) “¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre; y él les tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza. Así que no tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones”

Los hechos acontecidos comenzaron con un viaje, a la capital de provincia, en el que acompañé a mi hermana para que contratase los servicios de un conocido mío; el cual, por su profesión, Jurista, podría brindarle asesoramiento sobre un asunto de vital importancia para ella. Mientras íbamos de camino sucedió que, luego de llevar una tercera parte, aproximadamente, del itinerario recorrido, fijé mi vista en el espejo retrovisor interior, justo en el instante que en él se reflejaba, el rostro del conductor dando cabezadas con los ojos cerrados. Ante el peligro, no me faltó tiempo de decírselo a mi hermana, para que ésta saliese de su asiento, a la velocidad de una bala, al grito de ¡conductor! ¡conductor! ¡qué nos mata! ¡qué nos mata…!

De ipso facto, alertado por los gritos de mi hermana, el chofer recuperó la simetría de su cuerpo y el control de sus movimientos, para negar, a continuación, el estado soporífero en el que conducía. A mí, particularmente, no me costó entender la reacción del conductor, por la grave situación a la que nos había expuesto, teniendo en cuenta que peligraba su puesto de trabajo o alguna sanción grave por parte de la empresa, toda vez que hubiésemos decidido denunciar lo sucedido. No obstante, como dice el refrán que “la mentira tiene los pies muy cortos”, después de que el chofer negara la situación a la que nos había expuesto, otro señor que viajaba en el autobús dos asientos por detrás de nosotros, habiéndose percatado también del estado en que iba el conductor, vino a confirmar los hechos dándonos la razón. 

Bien está lo que bien acaba y, una vez más, gracias a Dios, aquel día pude salvar la vida junto con mi hermana y al resto de personas que viajaban con nosotros.

Por otro lado, aquel día mi hermana también encontró la luz, suficiente, para arreglar sus problemas. ¡los ángeles del Señor nos guardan y su Santo Espíritu nos guía! ¡Por siempre a Él sea la gloria!

2. EL SERVICIO MILITAR

A pesar de que pude eludir el servicio militar, que por entonces era obligatorio, quise incorporarme a filas para comprobar, in situ, si podría identificarme con el estilo de vida de los militares; ya que, de ser así, intentaría que el mismo me sirviese de trampolín para adentrarme en la vida militar y alcanzar con ello una salida laboral. Situación que no se dio, tal y como suponía, por mi propia idiosincrasia. No obstante, las circunstancias obligaban y había que intentarlo. 

Para rememorar esa etapa de mi vida, comenzaré por la estancia en el campamento de Cerro Muriano. El campamento consistía en un periodo breve de instrucción militar y familiarización con las herramientas básicas del soldado, para pasar posteriormente al acuartelamiento, donde se profundizaba en tareas específicas relacionadas, generalmente, con el armamento de combate y la logística, para estar preparados ante cualquier conflicto bélico. 

Las imágenes que guardo de esos primeros días son las de toneladas de patatas, dispuestas para mondar en la cocina, y la de un tabaco de procedencia canaria, con sabor a palo dulce, que compraba por su bajo costo. También me viene a la memoria el recuerdo de un amigote de Cataluña, al cual se lo llevaban los mismos demonios cada vez que le cogía sus chanclas para ir al lavabo. Había otro recluta que captó especialmente mi atención porque andaba de continuo cabizbajo. A este joven, por cierto, el sargento lo castigaba sin permisos de fin de semana por su incapacidad para llevar el paso militar durante la marcha.

Hay cosas que uno solamente aprende con el tiempo, la experiencia y la observación: a mis veintiún años ya había entendido que la disciplina no es suficiente para poner en funcionamiento a todas las voluntades; es más, en algunos casos, llega a ser hasta contraproducente. Con este chaval, en concreto, sucedía que los esquemas mentales del sargento eran demasiados cortos e insensibles, para que pudiese entender, por el aspecto físico que presentaba el recluta, que su estado anímico estaba bloqueado para responder a cualquier demostración de fuerza. No sé muy bien de qué infierno vendría o en qué infierno fue a aterrizar, aquel joven melancólico y taciturno al llegar al campamento; lo cierto es que el pobre chaval no levantaba cabeza. Creo que me identifiqué con él por la misma situación depresiva en la que yo estaba; toda vez que yo, aún, conservaba el porte suficiente para no sacar al exterior toda la angustia vital que bullía en mi interior. Solamente una cosa podía delatarme, la mirada (el espejo del alma, que dicen por ahí): era incapaz de sostener la mirada en la cercanía a cualquier persona que se dirigiese a mí; no importaba quien fuese, hasta delante de un niño casi podía avergonzarme. El que este chaval estuviese atravesando una situación, todavía, más crítica que la mía me motivó a ayudarlo. Sin embargo, en mi intento por levantarlo de su postración no tuve éxito, y lo único que recibí de él, como respuesta, fue su silencio. Al poco tiempo desapareció de la escena; de los sitios comunes que frecuentábamos, sin dejar rastro. Espero que no fuese el mismo recluta del que se oyó decir, por esas fechas, que se había ahorcado, no lo pude saber porque ocultaron el nombre.  

Seguidamente a la instrucción en el campamento, me enviaron al cuartel como adscrito a la compañía de destino, donde me asignaron el servicio de la lavandería por estar ocupada la plaza de oficinista, que fue a la que me destinaron en un primer momento. La estancia en el cuartel se me hizo más dura que en el campamento, pues luego de varias semanas de instrucción, ninguna tarea de las que ejecutaba me resultaba novedosa y, por eso mismo, el día a día se me hacía una rutina soporífera, que no aportaba nada para mi vida.

El primer día que entré por la puerta de mi compañía, me quedé a cuadros al contemplar un paisaje humano que rozaba el cutrerío nacional más esperpéntico; por momentos pensé que en los manicomios había gente más cuerda que allí. Los soldados saltaban y gritaban, histéricos, por encima de las literas al grito de ¡tenemos carnaza nueva! ¡tenemos carnaza nueva!

Carnaza nueva, nos denominaban a los soldados recién incorporados con los que se divertían los veteranos gastándole novatadas. Novatadas, por cierto, que para mí fueron vejatorias e irreverentes puesto que, según íbamos entrando al pabellón, nos pusieron a rezar arrodillados delante de algunos soldados que, disfrazados, se hacían pasar por sargentos. 

Como el diablo es muy listo, quién sabe si sopló al oído de algún soldado veterano que, entre los reclutas que acababan de llegar, había un creyente al que vejar. Pues sí, medio en broma medio en serio, tengo que subrayar que lo pasé francamente mal, por el hecho de que no tuve el valor suficiente para protestar contra aquellos que se mofaban de algo tan sagrado para mí como la fe. En el presente achaco aquella cobardía al estado de temor al que me había conducido la asimilación, no buscada expreso, de una identidad o de un estereotipo de identidad, homosexual, que no me pertenecía.  

Luego, pasadas varias semanas en el cuartel, sin que apenas me diese cuenta, fui adaptándome al nuevo hábitat. De este modo, aquello que al principio me parecía locura colectiva, dejó de afectarme contagiado, en parte, del mismo virus que el resto de mis compañeros; el virus del encierro.

A los pocos días estar allí hice amistad con un joven de un pueblecito de Huelva que cumplía a rajatabla, por su afabilidad, gracejo y simpatía natural, con el arquetipo de andaluz que todos tenemos en mente: persona alegre, desenfadada, abierta y locuaz. Era más joven que yo, no obstante, había consumido frenéticamente, en muy poco tiempo, todos los cartuchos de su juventud. Él mismo llegó a decirme que había probado de casi todo lo prohibido que, por aquella época, se conocía en España. 

De esta manera, por su idiosincrasia y por ser un chico de mundo, con don de gente, no tardó en agrupar, en torno a él, una peña de coleguitas (como él nos llamaba) dispuestos a acatar sus iniciativas cada vez que nos juntábamos en los ratos de ocio. Por su afabilidad hice confianza en su persona y enseguida le revelé mis cuitas y proyectos. Como observaba que había reciprocidad por su parte, toda la carga negativa que arrastraba conmigo empezó a hacerse más liviana al poder compartirla con alguien. 

Por fin tenía un amigo en quien confiar y una pandilla para salvar los ratos de ocio. Sin embargo, como nada de lo que acontece en el transcurso del tiempo es permanente, sucedió que, a las pocas semanas de conocerlo, lo ingresaron por un brote, súbito, de esquizofrenia en el hospital. Después de ese episodio, de pérdida de control de sí mismo, los médicos para prevenir riesgos mayores, ya que a diario entrábamos en contacto con armamento peligroso, lo declararon como no apto para el servicio militar enviándolo a su domicilio. 

Aún tuve la oportunidad de mantener un intercambio, breve, de palabras con mi amigo antes de que se marchase del cuartel cuando pasaba frente a mí, por el pasillo de la compañía, para recoger sus enseres, montado en una silla de ruedas empujada por su padre. En pocas palabras vino a decirme que el desequilibrio sufrido tuvo su origen en el dolor y tormento que le producía la memoria de su hermano; al cual lo encontraron muerto, meses antes a su entrada en el cuartel en extrañas circunstancias. Hay cosas inexplicables, especialmente las que guardan relación con la idiosincrasia de cada quien. Lo digo porque me he encontrado con personas que se desintegraron, mentalmente, como cohetes de feria, a pesar de ser alegres, positivas y aparentemente fuertes; y otras en cambio que, pareciendo apocadas, resistieron todos los embates que les presentó la vida durante años. En mi caso, en concreto, no dudo que Dios estuvo ahí para apuntalarme en medio de las múltiples situaciones de acoso, desencuentros y contrariedades por las que pasé.

Hablando de Dios, he de exponer que en ese periodo del servicio militar en el que tuve mucho tiempo para cavilar, intenté llevar a cabo el método de René Descartes: empezar de cero, no como un postulado racional filosófico, sino espiritual. De este modo, decidí sacar a Dios de mi pensamiento tratando de llevar mi vida al margen de Él; no por rebeldía puesto que, hasta entonces, Dios había sido mi única tabla de salvación. Tomé esa decisión para comprobar si mis creencias eran innatas e infusas o por el contrario eran, infundadas, a consecuencia de las enseñanzas recibidas en el seminario. A decir verdad, todo fue un pretexto de la razón para hacer, como dice el refrán castellano «de mi capa un sayo»; en el fondo yo sabía que aquella inclinación hacia Dios venia de mi espíritu, de lo más profundo de mi corazón.

Como lucifer es muy listo y nuestra naturaleza muy dada al pecado, lo que pasó en pocos días, después de alejarme de Dios, es que intenté seducir a un recluta de aspecto afeminado el cual, por cierto, no quiso recoger el guante, o más bien el revés, que le estaba ofreciendo.

El intento de quitar a Dios de mi vida para buscar la verdad en otras fuentes; fue un fiasco: en poco menos de dos meses, acuciado no por la necesidad perentoria del alimento sólido, sino del espiritual, regresé a Dios (a mi modo) acercándome de nuevo a Él, en la fe de que algún día actuaría en mi favor. De hecho, ya venía trabajando en mí, sin yo saberlo, despojándome de mi arrogancia, de mi orgullo, y de mi autosuficiencia. Cuál fue el motivo que me llevó a tener de nuevo a Dios presente en mi vida −al menos en mi mente y mis oraciones− lo explicaré en el próximo epígrafe.

Volviendo al hilo de la autobiografía, he de anotar lo siguiente: después de que marchase el líder de la pandilla del cuartel, a causa de su brote esquizofrénico, comenzó a agudizarse también en mí la depresión. Los problemas sobre mi identidad sexual, no resueltos, seguían acuciándome y despertaban con especial virulencia en los momentos de soledad. 

Con la marcha de mi amigo no tardó en deshacerse también, en su ausencia, el grupo que él lideraba; situación que me llevó de nuevo al aislamiento y, con este, a consumirme en el laberinto de mis pensamientos. Otro de los motivos que me dejaba el ánimo por los suelos en esos momentos, como ya comenté, fue la percepción de estar perdiendo el tiempo: la tarea en el acuartelamiento se remitía a un trabajo manual rutinario al cual no le veía aliciente. No obstante, con el paso de los años, me di cuenta que de todas las experiencias vividas, podemos extraer una lección para nuestro crecimiento personal. En ocasiones basta con mirarse, detenidamente, en el espejo de otras personas, para que tengas una perspectiva ecuánime de hasta dónde pueden llegar las grandezas y miserias de tu propia realidad y también la de los demás.

En ese estado depresivo y con mucho tiempo para pensar, en más de una ocasión contemplé la posibilidad del suicidio, acción que tenía relativamente fácil por disponer, a ciertas horas del día, de un arma con la que poner fin a mi vida. No obstante, me aferré a ella porque me lo impedían mis convicciones cristianas: un acto abominable a los ojos de Dios por ser Él, en última instancia, el dueño y señor de la vida; capaz, por su omnipotencia, de intervenir en cualquier momento y cambiar el curso de mi historia de dolor. Aún había otro motivo, mi conciencia me decía que no debía ser egoísta, que no debía dejar a mis padres angustiados haciéndoles cargar con un muerto antes de que a este le llegase su hora. De este modo opté por cargar con el peso de mi dolor y melancolía; con el peso de mi historia: con mis decisiones y sus consecuencias −asumiendo mis propios errores− para poner, una vez más, mi esperanza en Jesucristo, del cual Isaías profetizó: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, con fidelidad hará justicia” (Isaías 42, 3). ¡Que hermosas estas palabras, verdad! ¿A quién le importa una caña cascada? ¡Estamos tan acostumbrados a pasar ante las ruinas humanas sin detenernos…! ¡Qué grande es Señor de la Vida! Ahora entiendo el porqué de mirar tu rostro Señor y no desfallecer de vergüenza. Eso era yo por entonces, una caña cascada, un pabilo apunto de apagarse.

Cierto es el refrán que dice que «Dios aprieta, pero no ahoga»; así sucede cuando uno lo busca sin doblez; en ocasiones es suficiente con que no le cierres las puertas de tu corazón, para que Él se cuele, cuando menos se le espera. Por esto, siempre que estuve al límite de mi resistencia mental, nunca permitió que perdiese el control de mis actos. 

Estando sumido en esa angustia vital, cuasi insufrible, apareció de repente, sin que yo lo esperase, un “ángel” que me ayudó a superar uno de los días más aciagos por los que pasé en el cuartel. A pesar de que hablé solamente en tres ocasiones con él; estas fueron suficientes para que, unas palabras suyas, me devolvieran la paz y la cordura. No recuerdo en qué circunstancias le conocí: si en el comedor, en misa o en la cantina del cuartel. Lo que sí recuerdo de él, es que era creyente como yo, de la comunidad Valenciana y aficionado a la música. En el momento en que lo conocí ejercía, con su don para la música, de corneta en el acuartelamiento. Este detalle no podía pasarlo por alto dado que, cuando llegaba su turno para convocar a los soldados al toque de diana o retreta, lo hacía con tal virtuosismo que, de ipso facto, dejaba la tarea que tuviese entre manos para escuchar, atentamente, la magistral interpretación que hacía de dichos toques. Conocí a este buen hombre pocas semanas antes de licenciarme; era una de esas personas que destilan algo especial (un no se qué que no sabes explicar muy bien, todos hemos sentido alguna vez eso en presencia de alguien y no me estoy refiriendo en este caso a la atracción física) que las hace destacar por encima del común de los mortales. Ya desde la primera conversación me transmitió mucha paz; lo mismo pasó la segunda vez que hablé con él; la tercera, en cambio, recuerdo que fui yo mismo el que salió en su búsqueda al pabellón donde se alojaba. Ese día me encontraba con una ansiedad tan asfixiante, que casi estrangulaba mis vías respiratorias. Tan es así, que mi mente era golpeada por un torbellino de ideas tenebrosas, con la misma virulencia que sacude el suelo una manada de elefantes en estampida. 

Una vez estuve en su pabellón, mientras iba caminando en su dirección, antes de llegar a su lado, sin haberme visto puesto que estaba de espalda, se giró en mi dirección, anticipándose a mis pasos, al mismo tiempo que me lanzaba una sonrisa con la cual comenzó a distenderse el nudo que apretaba mi garganta. A continuación, una vez que estuve junto a él, le pedí que me hiciese compañía durante un rato, ya que estaba al borde del colapso. No se trataba ya, ni tan siquiera, de malos pensamientos; sino de un malestar interno de consistencia a muerte que no acababa de tocar fondo. Creo que mi madre pasó por algunos momentos parecidos, aunque con menor intensidad; las palabras que ella utilizó para definirlo fueron las siguientes: «tengo un interior malísimo que no podría expresar con palabras». Para mí el de aquel día era tan hiriente como el propio averno, algo diferente a la depresión y que fue el anverso de aquellos dos momentos en los que rocé la plenitud fuera de mis sentidos. Ahora que lo pienso resulta, cuanto menos curioso, que el infierno lo percibiese en mi cuerpo, mientras que la dicha plena la experimenté, exclusivamente, en el espíritu.   

Mi amigo accedió amablemente a la petición y me condujo a la parte trasera de los pabellones: allí, con un palito que encontró en el suelo, comenzó a escribir sobre la tierra imágenes geométricas, a la vez que hablaba con voz queda y sosegada, hasta que consiguió relajarme. Lo que sucedió en aquel momento me ha evocado, posteriormente, la imagen de Jesucristo en el encuentro con la mujer sorprendida en adulterio. Como se puede deducir, ambos escribieron en el suelo: Jesús, tal vez, dándose un tiempo buscando la respuesta adecuada para tranquilizar a la plebe que pretendía lapidar a la pecadora; mi benefactor, en cambio, intentando desviar mi mente de su mortal laberinto con los símbolos que dibujaba en tierra. “Los pensamientos son como los fantasmas, no tardan mucho en desvanecerse por su inconsistencia; pero si se les prestas atención se burlan de ti haciéndote creer que te dominan, que tienen vida propia y que pueden acabar contigo”. Así, escribiendo sobre la gravilla espantó aquel “ángel” los fantasmas que querían destruirme en esa jornada demoníaca. 

Después de ese momento no volví a ver nunca más a mi amigo. Días antes de licenciarme, aquel buen hombre desapareció como por encanto de mi vida para siempre. Algo sorprendente pasó cuando me dirigí a despedirme de él, yo diría que hasta misterioso, porque ninguno de los soldados de su pabellón daba razón de él; me dijeron que no lo conocían. Luego me dirigí a las oficinas del cuartel con la intención de saber su paradero, pero tampoco ahí encontré satisfacción a mi búsqueda. No llegué a entrar en las oficinas ya que uno de los soldados que allí trabajaba, el cual se encontraba en ese momento en la puerta fumándose un cigarrillo, me dijo −con muy poca convicción, por cierto− que el chaval que andaba buscando estaba de vacaciones y que no podía darme su dirección. De este modo el trompetista que despertaba los corazones al amanecer e inundaba de melancolía y serenidad los anocheceres, el joven que me había rescatado del infierno, desapareció como una quimera, repentinamente, tal vez para que yo pudiese ir recobrando mi libertad, poco a poco, sin muletas.  

3. LA FE UN SALTO EN EL VACÍO, PERO NO A CIEGAS  

Pronto me di cuenta que aquel experimento de espantar a Dios de mi mente y de mi corazón, a modo de mosca recurrente de verano, para empezar desde cero, se convirtió en un imposible. Por lo demás, el mismo planteamiento del filósofo ya citado, era viciado desde que éste lo concibió en su intelecto. Llegué a dicha conclusión porque nadie puede dar marcha atrás, en el tiempo, para empezar completamente de la nada; qué fue lo que pretendió Descarte, para armar como veraz la estructura de su pensamiento metafísico. De ser así, tendríamos que retrotraernos a la prehistoria del género humano; algo que, por otro lado, es imposible debido a las mismas leyes de la naturaleza que nunca vuelven al punto de partida, y menos en la memoria. Además, este proceso, en el mejor de los casos, nos conduciría a repetir lo ya hollado: sólo hay que adentrarse en la historia de la humanidad para observar que, en pocas generaciones, el hombre creyéndose mejor y más listo que aquellos que le precedieron, vuelve una y otra vez, por sus fueros, a repetir los mismos errores. 

Todos somos adoctrinados desde que nacemos, es más, incluso aquellas personas que dicen ir en contra el sistema, son incapaces de sustraerse luego, ellas mismas, a la tentación de asaltar al poder con tal de imponer su propio sistema, aunque sea el caos. Sistema que, por otra parte, todo hay que decirlo, presentan como novedad y verdad irrefutable, pero que, paradójicamente, es una copia casi exacta de ideologías ya formuladas en siglos precedentes, a las que se les da un lavado de imagen: en el lenguaje actual, diríamos, una nueva maquetación para que no parezcan lo que en realidad son. Como bien dice la Palabra de Dios en (Eclesiastés 1, 9-11): “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: ¿Mira, esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron. No hay memoria de las cosas primeras ni tampoco de las postreras que sucederán; no habrá memoria de ellas entre los que vendrán después”. Por poner un ejemplo, la Nueva Era, de nueva no tiene nada, muchos de sus métodos y principios son anteriores al cristianismo.

Si bien es cierto, que existen personas, que, por una gracia especial de Dios, han tenido una experiencia espiritual directa del mismo, más real para ellos que la que puede dar incluso el contacto físico; estos representan, sin embargo, una minoría dentro del conjunto de los creyentes. El resto, por el contrario, nos hemos ido acercando a Dios, aunque no seamos conscientes de ello porque Dios Padre, según nos dice Jesús en (Jn 6, 44), nos ha atraído hacia su hijo, y lo suele hacer, generalmente, a partir de experiencias naturales, entre ellas: nuestro poder de raciocinio para hacernos preguntas trascendentes y sacar consecuencias de las mismas; también, por experiencias cotidianas de la vida; como por ejemplo la ejemplaridad de personas creyentes que nos hablaron de Dios; asimismo por la inclinación, propia, de nuestro espíritu a la fe, por la adhesión que suscita en el corazón las Escrituras en el ejercicio libre de nuestra voluntad, etc. En mi caso particular creo que mi misma historia de dolor fue necesaria para acercarme más a Dios y conocer su carácter amoroso, no de forma teórica sino cuasi tangible.

Todo ese bagaje ya comentado, fue el que propició que aceptase a Jesucristo y su mensaje: unas veces con gran entrega y otras a trompicones, hasta que llegué a un punto de inflexión (esto sucedió en plena madurez, muchos años después), debido a que toqué fondo, a partir del cual decidí orientar toda mi vida conforme a lo que Dios esperaba de mí y espera de cualquier ser humano. Sin embargo, hay otros motivos por los cuales muchas personas han llegado a creer en Dios o a admitir al menos su existencia como acabo de mencionar; por poner algunos ejemplos citaré los siguientes: el asombro que produce la majestuosidad y complejidad del cosmos (difícil de explicar por sí mismo con sus leyes físicas y matemáticas) que induce a pensar en la existencia de un ser superior e inteligente, creador y ordenador de todo cuanto existe; pero de especial significado es la que ha llegado a la humanidad por la intervención directa de Dios en la historia del pueblo de Israel: la salvación viene −dijo Jesucristo a la mujer Samaritana− de los judíos. La misma salvación a la que, posteriormente, nos hemos acogido, siglo tras siglo, los cristianos por las enseñanzas de la Iglesia y del Evangelio de Cristo. Fue, pues, Jesucristo, segunda persona de la Trinidad y Dios al mismo tiempo, la culminación de la historia de fe, del pueblo que Él mismo había elegido siglos antes, Israel (expuesta por escrito en el antiguo testamento), para darse a conocer a todos los hombres tangiblemente, naciendo de mujer, y adquiriendo, para sí, la misma naturaleza de los hombres; ya creados por Él en el principio de los tiempos.  

No obstante, este asombro ante el cosmos que nos revela que debe haber un diseñador, por un lado, y de acogida intelectiva por otro, apoyada por la fe (de la buena noticia de Dios entre nosotros), no tendrían mucho recorrido de no ser porque el hombre o la mujer que se acerca a Jesucristo, constata empíricamente, en primera persona, que la Palabra de Dios lo saca de su ceguera para acercarlo a la Verdad. Pero no solo que lo acerque a la Verdad, sino que esta Palabra, a su vez, lo va transformando, en una persona más libre y plena a semejanza de su salvador, de Jesús. Una Palabra, la que encontramos en las Escrituras, que habla a cada individuo, de modo particular, en su circunstancia personal, teniendo en cuenta sus sentimientos y deseos más profundos. Por lo comentado, no se trata, pues, de cumplir con una serie de normas para estar a buenas con la comunidad o con un Dios dictatorial, castigador y omnipotente −como señalan algunos sin conocimiento de causa− para que sacie nuestros deseos de protección e inmortalidad; sino que consiste, por el contrario, en entrar en comunión con un Dios que desea por encima de todo que recibamos, en primera persona, su “mismo Ser”, el ser de Cristo glorioso, gozoso y resucitado sin anular, por otro lado, nuestro carácter y libertad. Y para ello, sabemos que no contamos con nuestra sola fuerza y determinación humana quebrantable, sino no que estamos apoyados por el Espíritu Santo, tercera persona de la trinidad, para vencer nuestra inclinación al mal. (Juan 16, 7) “…Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador (Espíritu Santo) no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré”

La orfandad de Dios, en ese intento descartiano que hice por comenzar desde cero, me había arrojado a un vacío existencial asfixiante, que tendía su lazo ahogándome en la inconsistencia de la nada; porque nada es el hombre por sí mismo, y nada la materia. Así pues intentaré reproducir aquí parte de las preguntas que me hice y que me llevaron de nuevo a asirme al Resucitado, a Jesucristo: ¿qué puede haber más desprovisto de sentido que no saber dónde tengo mi origen, qué hay detrás de la muerte, a qué se debe mi curiosidad y necesidad insaciable de conocer; para qué estoy en el mundo; cuál es el motivo de que no haya nada que termine de satisfacerme al cien por ciento; qué causa explica la fuente del sufrimiento; hay un destino más allá de reproducirnos para dejar un recuerdo que se diluirá, en el mejor de los casos, en dos generaciones; qué sentido tiene sostener mis creencias sobre ideologías fallidas y pasajeras, que merman la libertad del hombre y lo reducen a mera comparsa de lo que diga la proponga, o de lo que decida, en última instancia, un líder alejado de la realidad, tan vulnerable y sometido al error como cualquier  otro hombre? ¿De qué me sirve, por otro lado, poner todo mi ser en las riquezas, con las cuales puedo comprar la compañía, pero no el amor y la eternidad? ¿Por qué he de alejarme de mi religión, revelación directa de Dios, para poner mi esperanza y mi fe en religiones y prácticas fruto de la especulación intelectiva y de la autocontemplación de hombres mortales y limitados?  

Nacer para reproducirse y morir, sin más, también lo hacen los animales y además con menos fatiga y sufrimiento que el hombre. Por otro lado, debo señalar, que incluso un padre que pone todo su afán en trascenderse en sus hijos, como filosofía de vida, puede asaltarle la duda de si realmente merece la pena engendrar un vástago para exponerlo, luego, a un mundo sin valores, entregado al individualismo, al consumismo, a la explotación, al hedonismo en sus múltiples facetas esclavizantes, y al arbitrio especulador de los gobernantes.   

Ante este panorama desolador ¿por qué no dar una oportunidad a Dios? ¿qué tengo que perder, si de antemano nada tengo asegurado en esta vida? Pero una oportunidad, no al concepto que yo pueda tener de Dios, un Dios al que me acerco, solamente, desde la subjetividad de mis sentimientos o intuiciones (como pretende la Nueva Era) sino al Dios objetivo y real que se manifestó ya en la historia del hombre −en la persona de Jesucristo− para sacarnos de nuestras dudas existenciales al mostrarnos, sin intermediarios, donde encontrar la Verdad, la Paz y la Vida plena, que el hombre anhela y busca, con ansiedad, desde la prehistoria de los tiempos. Todo lo demás, fuera de la Palabra de Dios y de lo que se deriva de ella, por provenir de otro ser humano, cercenado por sus mismos límites, temporales, afectivos e intelectivos; es discutible, cuestionable y carente de autoridad para imponerse a otro ser humano hecho del mismo barro que él. Ante este vacío que sitúa al hombre, por falta de argumentos, en el relativismo y la nada existencial más absoluta (conclusión a la que ya llegaron muchos filósofos en un ejercicio de sinceridad, como es el caso de Oswald Spengler que escribió: Toda cultura tiene su propio criterio, en el cual comienza y termina su validez”) yo me pregunto: ¿por qué no arriesgarse en el itinerario que nos señala Jesucristo y que nuestra psiquis, a su vez, reconoce intuitivamente como necesario y bueno, para salvaguardar al hombre de su desolación y de su nada? ¿qué otra persona en la historia de la humanidad se ha presentado, a sí mismo, como Dios y lo ha demostrado con sus obras, con su vida y su resurrección? ¿por qué no dar un salto hacia la esperanza para conocer los misterios de Dios y del hombre revelados por Jesucristo en los Evangelios y en su Iglesia? ¿qué tengo que perder? no tengo nada que perder y quién sabe si, finalmente, será Jesucristo quien sacie todos mis vacíos, incluso los afectivos y rompa con mi llamada interior a claudicar de la Verdad. Además, si dices de ti mismo que eres una persona libre de perjuicios ¿por qué no pasas de la teoría y te acercas a los Evangelios a conocer a Jesucristo y a obrar según su voluntad? ¿por qué no buscar a este hombre que hizo su aparición en la historia de la humanidad, hace más de dos mil años, del que sus mismos coetáneos decían que hablaba con autoridad y sabiduría (siendo carpintero), y al que aún siguen millones de hombres en todos los continentes? ¿qué tiene ese personaje que entorno a su mensaje y su persona, hoy como ayer, no deja a nadie indiferente? ¿quién si no, Jesucristo, hijo de Dios, soberano de la Verdad, de la Paz, del Amor y de la Justicia, podría declarar la sentencia de amor más elevada que jamás se haya pronunciado sobre la tierra, ante la muerte más injusta? Padre perdónalos porque no saben lo que hacen(Lucas 23, 34). Hay que ser un pobre, un despreciado, un humillado, un perseguido, un abandonado, un ultrajado, un incomprendido; para saber, en lo más profundo de tu corazón, cuanta verdad y cuanto amor hay en esas palabras que, en sí mismas, vienen a ser como la síntesis de todo su Evangelio.   

Hay respuestas a estas preguntas y hay evidencias razonadas y razonables de que Dios existe, a pesar de que no se puedan demostrar científicamente. Sin embargo, la fe es de libre adhesión y en ocasiones los humanos apostamos antes, por lo inmediato y lo cómodo −aunque eso nos lleve a una muerte lenta− que por aquello que la conciencia nos muestra como cierto, eterno y de futuro para todos. No me cabe la menor duda que aquello que está sembrado en un hombre, la verdad y los buenos sentimientos, está sembrado en todos sus congéneres; sin embargo, como viene a señalar la parábola del sembrador, aunque en todos los terrenos caiga el trigo (la palabra de Dios) no todos están abiertos para acogerlo y hacerlo germinar. 

Hay argumentos que, desde la lógica de la razón y desde la observación de los fenómenos e incluso desde las ciencias y las matemáticas, nos llevan a la existencia de Dios. Por si deseas indagar en algunos de ellos, los más conocidos son, entre otros, las Cinco Vías de Santo Tomás y el Método Ontológico, cuyo máximo representante a finales de los años setenta, fue el matemático austríaco Kurt Gödel amigo personal de Albert Einstein. Su teoría ha sido probada años después, desde la computación y las matemáticas, por los científicos Benzmüller y Bruno Woltzenlogel. También apunta a una inteligencia superior, el físico teórico Michio Kaku, que viene a decir que nada acontece por casualidad en el universo. Hay varios premios nobeles de física que también van en esta línea, incluso alguno de ellos nos habla claramente de la necesidad de la existencia Dios para que el mundo sea y exista; entre unos y otros podemos citar a William D. Philips, Arthur Compton, Carlo Rubbia, Arno Allan Penzias, el mismo Albert Einstein, Werner k. Heisenberg, Arthur Schawlow. Así, pues, dicha inteligencia superior, ordenadora del caos, que algunos científicos dan por necesaria para que el universo sea lo que es, nosotros los cristianos la conocemos e identificamos, desde hace siglos, con la persona de Jesucristo, creador de todo cuanto existe. Esto que es obvio para miles de hombres, para otros, atrapados en su misma sabiduría y suficiencia, les resulta imposible de comprender y de asimilar. De este modo algunos de esos “científicos” y “dirigentes mundiales” les resulta imposible asimilar que singular SER o INTELIGENCIA (que gobierna y ordena el universo en su infinita sabiduría), pueda encarnarse (que no reencarnarse) en un ser semejante en todo a los hombres menos en el pecado, como nos pone de manifiesto las Escrituras; y para más inri, nunca mejor dicho, nacer en un establo y en un pueblo sin ninguna relevancia en el contexto histórico de su época. De este modo, para el entendimiento de muchas personas que, en lugar de pobreza y humildad buscan, por encima de todo, la grandeza y la admiración de las masas… es prácticamente una locura, rayana al escándalo, que lo más grande, Dios, pueda devenir en lo más pequeño, un niño indefenso nacido en el seno de una familia de aldeanos. Tan es así, que ni siquiera les cuadraba este mismo hecho a sus parientes, como tampoco a muchos judíos coetáneos a Jesucristo, los cuales consideraban que el Mesías tendría que venir haciéndose acompañar de grandes portentos o, en su lugar, nacer en una familia notable del pueblo elegido de Dios, de Israel. 

Pues bien, aunque no cuadre en la mentalidad de muchos, el modo en que Dios se ha dado a conocer en la historia (a través de Jesucristo a toda la humanidad) y menos, aún, a algunos que se tienen por sabios y poderosos -ahogados en su propia autosuficiencia y raciocinio- en mi opinión (dicho anonadamiento de Dios) no está exento de lógica. Lo explico lanzando esta pregunta: ¿qué sentido tiene creer en un Principio Universal dotado de Inteligencia (para los cristianos Dios, Yahveh) capaz de algo tan grande como crear y ordenar el universo, si luego es incapaz de comunicarse con el hombre (único ser inteligente del universo) en su propio lenguaje y a su mismo nivel? Algo parecido sucede con el hombre de la calle, que valora positivamente la sencillez y la accesibilidad en las más encumbradas personalidades; pero que, a continuación, estos mismos personajes dejan de seducirlos cuando se muestran, sin máscaras, en la cotidianidad y en la debilidad de sus vidas privadas.

Lo dicho anteriormente se puede trasladar a Dios ¿no ha pasado lo mismo con el hijo de Dios que, naciendo en el seno de una familia pobre y humilde, rompe todos los esquemas que tenemos las personas acerca de un Dios lejano, omnipotente, e inaccesible por su misma grandeza? en realidad, no nos debería sorprender demasiado si conocemos las Escrituras ya que Isaías (55, 8) nos dice que Dios no piensa ni actúa como los hombres: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová». De este modo, Dios, haciéndose hombre, se burla, por decirlo de alguna manera, de los que buscan fama, prestigio y encumbramiento, llevando a cabo en su persona un achicamiento sin límite, casi imposible de asimilar para la razón humana, mediante el cual confunde a los sabios para acercarse a los sencillos, que, vacíos de orgullo y prejuicios, reconocen su dependencia para recibirlo y acogerlo en su corazón pobre y receptivo. Esta es la enseñanza que recibimos de los pastores de Belén que, creyendo al Ángel enviado por el Señor, fueron a postrarse ante un niño, Jesucristo, desposeído de cualquier apariencia de grandeza humana que revelase su verdadera condición. Lucas (2, 12) «Y esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». En ellos se cumplió el Salmo 95 que dice: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón».

No obstante, ciencia y fe no están reñidas, atendiendo a que la palabra de Dios revelada en la biblia no pretende ser un manual científico, sino una memoria vivencial, puesta por escrito, de la relación de Dios con el hombre y viceversa.

La prueba de que fe y ciencia no están reñidas, es el hecho de que muchos científicos han sido cristianos, entre los que se encuentran el sacerdote católico Georges Lemaitre, que habló por primera vez de la teoría del big bang, Gregor Mendel, Stanley Jaki, George V. Coyne y recientemente el científico Vladislav Oljvs, el cual comenta en una entrevista, para el diario digital Religión en Libertad del 27 de abril del 2016, lo siguiente: «Una de las principales pruebas indirectas de la existencia de Dios es el principio antrópico. Todo el Universo fue creado y adaptado para la existencia del ser humano. Si las constantes cambian unas décimas de porcentaje se rompería el equilibrio y el hombre desaparecería del Universo. Por ejemplo, si cambiamos un poquito la carga del electrón, el agua ya no alcanzará la máxima densidad a los 4º y se evaporará al congelarse. Si cambiamos otras constantes, el carbono no será estable, se quemará en seguida. Es la mejor prueba de la existencia de Dios. Todas las demás variantes de la aparición del Universo nos llevan o al misticismo o a la cadena de unos sucesos aleatorios, lo que sólo puede ser creído a ciegas. La fe en un Creador, al fin y al cabo, tiene más lógica que la fe en un sinfín de casualidades, la autoorganización aleatoria incluida».

Por otro lado, un motivo más que nos conducen a Dios, es admitir (si no tenemos prejuicios) el cambio radical que algunas personas dieron en su manera de actuar y de enfocar la vida, después de conocer el mensaje de Jesucristo (caso Francisco de Asís), y otras por haber sido alcanzadas directamente por la gracia de Dios, sin que ellas hiciesen mérito alguno previamente por tener ese encuentro (a lo sumo invocarlo en una situación extrema), a través de una experiencia mística sobrenatural.  Entre esa multitud de personas hubo agnósticos, ateos, intelectuales, asesinos a sueldo, famosos, indigentes, científicos y, también ¡cómo no…!, personas sencillas y corrientes; es decir, hombres de toda clase y condición. Y si bien es verdad que no se pueden probar las experiencias místicas y de encuentro personal con Dios, porque suelen tener lugar en el espíritu de cada persona; sí que pueden probarse, empíricamente, los efectos dicha experiencia en esas personas por la conversión y el cambio de vida que, esta, produjo en ellos. Cambio que en algunos casos va acompañado de curaciones milagrosas o con signos y dones del Espíritu Santo, como el de conocimiento infuso, el don de lenguas, el poder de curación, el de profecía, etc. De este fenómeno dan buena muestra la multitud de testimonios recogidos en la literatura a lo largo de la historia de la humanidad. 

Pero no pensemos que estas transformaciones, en la vida y en el carácter de los que tuvieron un encuentro personal con Dios, son reliquias del pasado, basta con echar un vistazo en la web o en películas documentadas, para ver testimonios de conversión en esta época tan espectaculares o más que en siglos precedentes. Por citar algunos dejo a continuación los siguientes nombres: Marino Restrepo, dotado de conocimiento infuso luego de pasar por una experiencia mística mientras estuvo secuestrado por la guerrilla colombiana. Gloria Polo, agnóstica, que después de ser alcanzada por un rayo eléctrico y tener una experiencia mística en ese mismo instante, se recuperó de modo milagroso de las quemaduras mortales que le produjo la descarga (los mismos médicos que la atendieron dan fe de ello). Además de estos dos testimonios tan llamativos, por las experiencias sobrenaturales que relatan sus protagonistas, se pueden citar otros no menos significativos como los del neurocientífico Ricardo Castañón, ateo hasta que le propusieron investigar milagros relacionados con la hostia consagrada y la imaginería religiosa; Roberto Ramírez exdrogadicto; María Vallejo Nájera escritora, irreverente confesa antes de su conversión; Rafael Mesa, guerrillero, sicario y terrorista antes de su conversión. No obstante, la gran mayoría −miles y millones de hombres y mujeres− decidieron seguir a Dios, no porque tuviesen revelaciones o experiencias místicas extraordinarias, sino porque de modo ordinario reconocieron en la Palabra de Dios y en las enseñanzas de la Iglesia, que Jesucristo realmente es Dios, el cual vino a habitar entre los hombres para rescatarlo de su orfandad y de sus indolencias; además con la historia personal de cada uno; con la buena o la mala, con la virtuosa o la perversa. Este es el caso de Eduardo Verástegui, actor y cantante de prestigio internacional, que después de su conversión, motivada en un primer momento por los consejos de una profesora, dejó la vida disoluta que había llevado para entregarse de lleno a la evangelización.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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