Nota aclaratoria: Si no has leído el primer capítulo con sus correspondientes apartados, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora de mi novela autobiográfica

Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin contar con la autorización del titular del copyright, la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento incluidos la reprografía y tratamiento informático, así como la distribución, y transformación de esta obra, o el alquiler y préstamo público. Todos los derechos reservados. ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia.

4. DE PASO POR MADRID A MI VUELTA DE CUBA

Después de mi regreso de la Habana, una vez que pisé suelo en Madrid, sentí curiosidad de visitar el barrio de Chueca, por entonces la meca del mundo gay en España. Alquilé un taxi y le dije al conductor que me trasladase a uno de los locales del renombrado barrio madrileño. Me indicó uno de los pubs próximos a una plaza recoleta, donde los lugareños estaban disfrutando, aún, de las agradables temperaturas de finales de septiembre, en un intento por retener las bondades de la estación veraniega. Una vez que dejé atrás los veladores, con sus decorativos e impertérritos inquilinos charlando; me desplacé, haciendo confianza en el taxista, al local que él mismo me indicó sin hacer más pesquisas. Rebasado el umbral de la puerta, pude observar, que algunos de los chicos allí presentes −todos muy jóvenes, por cierto− se volvían en mi dirección con mirada lasciva y algún que otro gesto de complicidad. Me acerqué a la barra y me mantuve por un tiempo, más, a la expectativa. Mientras me mantenía en ese impasse, no dejaron de llegar efebos al local, que según iban entrando besaban, sin mediar palabra, a señores solitarios de mediana edad, que, acodados sobre la barra del pub, se prestaban a charlar con ellos amigablemente. Después de un rato de observar los movimientos de los unos y de los otros, puede intuir que aquello no era normal o, cuando menos, no era lo que yo iba buscando. Más tarde deduje, por el look que yo mismo llevaba aquella noche y por mis rasgos físicos −que siempre me dieron apariencia de mayor edad− que el taxista me etiquetó con uno de esos tipos ya maduritos que buscanel elixir de la eterna juventud acercándose a ella o, simplemente, por el deseo de satisfacer su concupiscencia.

Suspendido entre conjeturas (simulando que miraba las variopintas copas y licores en sus estantes tras del mostrador) deseaba, a decir verdad, con sumo anhelo, que alguno de aquellos mancebos rompiera el hielo de mi timidez. No pasó mucho tiempo sin que mis deseos quedasen colmados pues, cuando menos lo esperaba, entró al local uno de aquellos agraciados jóvenes que, con gran resolución, se me acercó y sin recato alguno por su parte, vino a alojarme un beso en cada mejilla. El chico me deslumbró al instante por su atractivo, de modo que, al poco rato de encandilarme con el juego de sus zalamerías, me hizo saber lo que ya daba por hecho, que se dedicaba a la prostitución. No obstante, aun cuando pensé que nunca pagaría por mantener una relación sexual con un hombre, accedí a su propuesta, sin oponer mucha resistencia, después que me invitase a pasar la noche en su buhardilla. De este modo, una vez que ajustó el precio por la venta de su cuerpo, salimos a la calle agarrados de la mano, no sin pasar mucho tiempo de esa guisa, porque en el camino se encontró con otro joven, al que saludó afectuosamente y con el cual, probablemente, mantuviese algún trato de amistad o relación íntima. 

Esta sería la segunda vez que pagaría por mantener una relación sexual y, también, la última como me prometí a mí mismo ese día. Seguramente porque pocas cosas hay tan frías como practicar sexo, sin que medie ningún tipo de sentimiento de por medio. Aquella noche no fue en absoluto una noche de ensueño, pues como ya hiciera reflejar, páginas atrás, muy pocas relaciones con hombres, a pesar de las muchas que mantuve después, fueron satisfactorias y complementarias en mi tránsito por ese mundo; no solamente en lo afectivo, sino en lo tocante, también, al puro placer carnal. Y esto, no porque fuese reacio a ese tipo de relaciones sexuales o anduviese con escrúpulos; puesto que ya, en esos momentos, tenía asumido la atracción por los hombres; más incluso que otros homosexuales, que fui conociendo por el camino, los cuales se habían adentrado en ese terreno desde su más tierna juventud y presumían de liberales. De esta manera, por esa época, no solamente había asumido la atracción por los hombres, sino que me convertí, a la postre, en un defensor a ultranza del homosexualismo.

5. LA MUERTE DE MI PADRE

El 9 del 9 de 1999 se produciría la muerte de mi padre. Por aquellas fechas me encontraba en Portugal, de vacaciones, visitando a un amigo que conocí por el mismo Correo Internacional de la Amistad: un chico afable y sencillo que, por problemas psicosomáticos, tuvo que dejar la natación habiendo destacado, antes, como campeón fondista en su país. Conservé una buena relación de amistad con aquel chaval fortachón, Joao, hasta que contrajo matrimonio, tiempo después, y su esposa me faltó al respeto delante de él y de otro amigo, que teníamos en común, a causa de mi atracción por los hombres. Recuerdo que esa misma noche, luego de las bromitas de la señora, una vez que los recién casados se retiraron al tálamo, le dije al otro invitado que me despidiese de Joao a la mañana siguiente porque me marchaba. Cuando manifesté a Momed mi decisión, intentó retenerme con toda clase de argumentos en defensa de nuestro amigo común. Sin embargo, a pesar de su oposición, no le hice caso porque, en ese momento, herido en mi orgullo no vi otra alternativa que tomar las de Villadiego poniendo tierra de por medio a nuestra amistad. Así lo hice porque el mismo nadador, se mantuvo en silencio, sin salir al paso de los comentarios humillantes vertidos por su esposa contra mí. Esa noche dormí en un hotel y al día siguiente invité a un jubilado, que estaba sentado en un banco, dejándose acariciar por los primeros rayos de sol, a que me acompañase como guía turístico por la capital portuguesa. El anciano se quedó extrañado ante mi petición, pero no tardó en reaccionar aceptando con agrado.

Ya en el verano de 1999, en otra visita a Portugal estando en Cascáis, me comunicó mi padre a través de llamada telefónica que sentía mucha molestia en su vientre; aunque no era esta la primera vez que le sucedía. Como indefectible que se ponía enfermo manifestaba rechazo para ir a la consulta del médico, no le di demasiada importancia y, por lo mismo, prolongué mi estancia en Portugal hasta terminar mis vacaciones; tres días más. No obstante, al poco rato de hablar con él me sentí algo intranquilo porque su tono de voz, entrecortado, parecía ser más urgente que en otras ocasiones. De cualquier modo, aunque hubiese hecho las maletas tres días antes, tampoco le hubiese servido de mucho, ya que una semana después le detectaron un cáncer terminal. 

Me dolió aquel episodio, porque mi padre fue un hombre íntegro, de buenos sentimientos, que no intervino restrictivamente en la educación de sus hijos a no ser que nos saltásemos las pautas que ya había establecidas, explícitamente o implícitamente, en la familia para una correcta convivencia tanto dentro como fuera del hogar. Para terminar con su memoria quiero destacar que me respetó incluso en su lecho de muerte. Para más detalles paso a describir lo que fueron sus últimos momentos.

Luego de su operación de cáncer de colon, por el efecto de la anestesia, su mente quedó focalizada con la idea de irse del hospital, hasta el punto que me repitió una y mil veces que lo llevase a casa. Mi padre viendo que no le hacía caso, y que lo retenía en contra de su voluntad cuando intentaba apearse de su litera, lo que hacía era clavar su mirada en mí con rabia contenida −por lo encendido de sus ojos− mientras mascullaba, entre dientes, unas cuantas palabras inaudibles con tal de no herir mis sentimientos. Con su contención, a pesar de verse contrariado, fue como se mantuvo fiel a lo que había sido su trayectoria de integridad y respeto para conmigo a lo largo de su vida. 

Pocas horas después moriría a causa de una bajada de tensión, de la que no pudieron recuperarlo, inducida por los mismos sedantes que le inyectaron para contrarrestar los delirios que sufría a causa de la anestesia del posoperatorio. Mientras ocurría este trágico suceso, en el mismo hospital que fallecía mi padre, pocas horas antes, mi hermana la pequeña daba a luz a un vástago al que puso el mismo nombre de su abuelo. Cuando mi padre se enteró de su nacimiento, porque aún le dio tiempo de conocer la noticia, su comentario rayando el estoicismo fue: un Juan que se va y otro que viene. 

Por la edad de mi padre, noventa años, yo tenía asumido racionalmente la proximidad de su partida; no obstante, cuando le llegó su hora me costó asumir esa realidad irreversible. Lo que pude experimentar en mi cuerpo en esos instantes, cuando llegué a su habitación y lo encontré rígido, fue como el zarpazo de un león desgarrando mi pecho. Tan doloroso como verlo entrar en el hospital por su propio pie, con todas sus facultades cognitivas intactas (incluso contó alguno de sus chistes antes de ser operado) para acompañarlo días después, en el coche fúnebre, al pueblo que lo vio nacer para darle sepultura: el mismo en el que había transcurrido toda su vida exceptuando la guerra civil, el servicio militar y unos meses que pasó conmigo en la casa de Torrelles. 

6. LA PRIMERA RELACIÓN SERIA

A la muerte de mi padre, al verme aislado y sin amigos, ya que el único amigo que me quedaba en el pueblo tuvo que ausentarse por motivos de estudios, comencé a frecuentar en fines de semana un local gay que había en mi provincia; no sin cierto temor, puesto que no tuve quien me introdujese en el ambiente. Además, a lo señalado, se unía la contrariedad de que mi madre era demasiado anciana como para darle un disgusto caso de que llegase a sus oídos el lugar al que me llevaban, ahora, mis pasos en busca de compañía.

A decir verdad, mi madre se fue para el otro mundo sin que yo supiese si conocía mi orientación sexual o no; más bien de sus palabras se desprendía que no se daba por enterada: la paciencia y el tesón es una de las virtudes que más admiro en la mujer y mi madre, como una más entre tantas, no estaba exenta de estas virtudes esperando colmar las expectativas depositadas en su hijo. 

Comencé, así, a frecuentar un local gay de la provincia con la mirada puesta, sobre todo, en encontrar pareja. Los tanteos que hice por conseguir tal propósito fueron encaminados, especialmente, a conocer chicos afines a mí.   La tarea fue infructuosa y, en menos de un año, me di cuenta que el mundillo del ambiente gay no era tan guay, divertido y glamuroso, como se presentaba desde los medios de comunicación. Por otra parte, una mayoría de los que frecuentaban esos locales, al igual que en el título de la película «¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?» buscaban, antes que nada, un escarceo sexual de fin de semana.

No había pasado mucho tiempo de frecuentar esos locales, cuando supe, o tuve consciencia, de que había iniciado un camino casi sin retorno; principalmente porque en los locales gay, al no tener que simular un rol sexual contrario, me sentía cómodo y con vínculos de pertenencia e identificación a un grupo que compartía algo en común (aparte de la AMS en realidad no mucho más), e igualmente porque, como ya dijera, desconocía que existiesen más salidas. Luego vinieron otros motivos que me encadenaron aún más a los sitios de encuentros entre gais y al estilo de vida que de él se derivaba; fue la adquisición de unos hábitos sexuales y unas amistades, sin las cuales había pasado toda la vida, pero que ahora se convirtieron en imprescindible huyendo de la soledad. De este modo, la visita a locales de ambiente gay se convirtió para mí en el ocio principal de los fines de semana. 

Cuando llegaba al pub no siempre entablaba conversación con los chicos que me gustaban, unas veces por complejos de inferioridad, ya que pensaba que no estaba a su altura, y otras por timidez. Por lo comentado, el amor que tanto perseguía se iba postergando, hasta que, en las vacaciones del año dos mil, veraneando en Málaga, cuasi finalizadas éstas, contacté a través de un cibercafé con un chico que vivía en un pueblo turístico cerca de la ciudad que viera nacer al genio del cubismo. Desde el ciber, después de intercambiar con él unos cuantos párrafos en la red social, quedamos en su casa para conocernos. Al día siguiente volví a su casa para despedirme de él, antes de venirme al pueblo, pues era el último que le restaba a mis vacaciones estivales. Esos dos días fueron suficientes para que, en los sucesivos fines de semanas, ya que se dio cierto feeling entre ambos, condujera mi coche dirección a Málaga (algo más de 400 km) por dos años más, qué fue lo que duró mi primer conato de pareja, luego de muchos años de búsqueda infructuosa.

No tengo mucho que contar de esta relación, aparte de que conservo un buen recuerdo de ese periodo, porque dicha persona fue sincera para conmigo mientras duró la relación íntima: ambos nos condujimos en ese espacio de tiempo con total libertad y sin que hubiese engaño de por medio. Finalmente di por zanjada la relación, ya que mi pareja o conato de pareja, a pesar de que le agradase mi compañía y me apreciara, no estaba dispuesto (su razón tendría, entre ellas una de gran peso, pues decía que no creía en el amor) a que termináramos conviviendo bajo el mismo techo. Bajo esa premisa, después de darme a conocer su posición de futuro, dejé de frecuentar su casa, porque me quedó muy claro, con sus palabras, que con él no tenía un horizonte cercano para consolidar lo que verdaderamente se entiende por una relación de pareja.

De este modo cuando pensé que el ideal forjado en mi mente, sobre el amor, la convivencia, la empatía y la complicidad, estaban llegando a cimentar sobre el fruto que suele dar la espera y la paciencia; aquel ideal se desmoronó, repentinamente, como suele suceder con todo aquello que se fragua desde el puro voluntarismo y la ignorancia. No tardé, por tanto, en comprender que difícilmente dos personas reman en la misma dirección y que la libertad de cada persona, por otro lado, es un espacio intocable que hay que respetar, siempre; aun a pesar de que uno haya puesto de su parte lo mejor de sí mismo.

7 SIETE VIDAS TIENE UN…

Fue en Málaga, antes de la romper con Diego, donde salvé la vida, por enésima vez, cuando me encontraba al borde del precipicio, y nunca mejor dicho, que en esta ocasión, por la situación a la que nos enfrentamos aquel día. Aunque si se piensa bien…, al borde del abismo estamos cada día, puesto que pocas cosas hay tan frágiles como el ser humano. Así es, tanto por nuestra propia naturaleza como por la exigua capacidad para comprender y dominar el mundo material, emocional y espiritual. Para corroborarlo, sólo hace falta juntar a cuatro o cinco especialistas, tomados al azar, para debatir sobre un tema, y enseguida nos daremos cuenta que difícilmente alcanzan una posición común. Si es con respecto a nuestro propio cuerpo, pasa un tanto de lo mismo, estás en la cama y puede que no despiertes más de tu sueño; en un sillón y al levantarte salir con lumbalgia; en la calle y ser atropellado en el más mínimo descuido; en una revisión médica de rutina y que te detecten un cáncer; en definitiva, tenemos mil y un motivo para dar gracias a Dios por cada segundo que pasa dándonos oportunidades para redimirnos.  

Pues bien, esa fragilidad del ser humano puede experimentarla, una vez más, con un suceso imprevisible en un día fulgente de sol cuando ya el verano estaba cerrando puertas y esparcía, en algunos de sus atardeceres, abundantes nubes acompañadas de aparato eléctrico anticipando la entrada del otoño. Ya de buena mañana, me encontré asediado por la melancolía; ni siquiera el café logró reponer mi ánimo, y ello porque las vacaciones tocaban a su fin y el futuro se teñía con presagios de mal agüero.

Cuando despabilamos un poco, mi pareja me propuso ir con su coche, a una playa encorsetada entre montañas, a la que se accedía por un camino con un setenta y cinco por ciento de desnivel aproximadamente. Para la subida había, en cambio, una carretera asfaltada y estrecha de mayor inclinación aún. 

De este modo, mientras las horas iban pasando lentamente, y nuestros cuerpos, tumbados al sol, gozaban de una cálida y suave brisa, vimos asomar algunas nubes de evolución rozando el vértice del acantilado que, como castillos superpuestos a punto de desmoronarse, auguraban tarde de tormenta. Convencidos, ambos, de que la borrasca se nos venía encima, nos dispusimos a recoger los enseres mientras, en el corto trayecto que nos separaba del coche, algunos cúmulos negruzcos dejaron escapar sus primeras gotas. Una vez en marcha y a medio camino de la subida, esta vez por la carretera, los primeros chubascos dieron paso a un fuerte aguacero que frenaba el coche y le impedía avanzar resbalando hacia el precipicio. Como observé que el automóvil no dejaba de retroceder, impulsado por el miedo y sin pensarlo dos veces, me tiré del mismo, en marcha, para salvar la vida y de paso empujar, si podía, en su parte trasera con tal de sacar a mi amigo, también, del atolladero. De esta guisa, empujando más con las vísceras que con los brazos y apoyándome, al mismo tiempo, en rezos implorando el auxilio de lo alto; el Volkswagen, ya más liviano de peso, comenzó a duras penas a arañar el asfalto hasta que pudo alcanzar, finalmente, la cima del acantilado en una explanada que se abría a pie de autovía.

La muerte, por tanto, un misterio, unas veces vamos nosotros en su búsqueda y otras viene ella a por nosotros cuando pensábamos que ya, la misma, se había olvidado de nuestra insignificante existencia. Es una lástima que nadie nos prepare para ese acontecimiento del que ningún ser humano escapa y que, por otro lado, puede hacerse presente en nuestras vidas desde el primer día de nuestro nacimiento. Si la muerte es un suceso natural en la vida de todo ser humano, no entiendo porque razón ponemos el grito en el cielo, renegando de Dios, cuando esta sorprende a uno de nuestros seres queridos. Una de las lecciones primeras que deberían inculcarnos, con el uso de razón, es la de tomar conciencia que nuestro primer paso en la vida es también nuestro primer paso en la muerte. Sobre la cual, por otro lado, no tenemos ningún derecho porque no fuimos nosotros los que pedimos venir al mundo, y por eso mismo puede llegar cuando a ella caprichosamente se le antoje o cuando esté programada, si es que lo está (cosa que no creo), sin tener en cuenta otros miramientos.

Debemos prepararnos para interiorizar esta realidad porque de lo contrario dejamos una puerta abierta a la frustración, a la ansiedad y a la depresión por aferrarnos a las personas. La Palabra de Dios, que como siempre viene en nuestra ayuda, nos recuerda no sólo nuestro paso fugaz por la vida, sino el olvido de nuestra memoria en los que vendrán después de nosotros; una muestra de ello la encontramos en el Salmo 130, 14-17: Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos sólo polvo “El hombre, como la hierba son sus días; como la flor del campo, así florece; cuando el viento pasa sobre ella, deja de ser, y su lugar ya no la reconoce. Más la misericordia del Señor es desde la eternidad hasta la eternidad, para los que le temen, y su justicia para los hijos de los hijos”

Como creyente no tengo miedo a la muerte porque confío que la vida continúa en el Cielo junto a Dios y, a la vez, con todos aquellos que alcancen su misericordia. Supongo que para los que no tienen esa esperanza o la han perdido, debe ser terrible pensar que aquí se acaba todo y que más allá de dos generaciones, ni siquiera quedará su memoria en el recuerdo de los que le sucederán. De cualquier modo, no creo que lo piensen demasiado, de lo contrario no acumularían bienes materiales como si fuesen a prolongar su vida sobre la tierra por generaciones sin término. Algunos justifican esta codicia diciendo que lo hacen por el futuro de sus hijos, y es posible que así sea en algunos casos; pero en la mayoría es la consecuencia de no tener en su horizonte otro panorama que el de acumular bienes; aquello para lo que nos adiestró la mentalidad materialista de nuestro tiempo, cuando decidió que el lugar de Dios, todo poderoso, lo ocuparía el hombre con sus bienes: aquello que hoy es y mañana desaparece. 

Fin del capitulo VI

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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