Cap VII. LA GLOBALIZACIÓN: Internet en casa

  1.   ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL ESTILO DE VIDA GAY

Poco después de terminar la relación de pareja con mi amigo, en el año dos mil dos, aproximadamente, compré una casa cercana a la de mis padres donde pudiese relajarme después de la jornada laboral: mi trabajo era de cara al público y necesitaba un espacio tranquilo para liberar tensiones. Allí instalé internet con el propósito de entablar relaciones de amistad con otros chicos.  La idea no tardó en dar resultado ya que en pocas semanas no faltaron colegas con los que conversar y compartir gustos afines. Sin embargo, no fueron muchas las amistades que hice; tal vez por la superficialidad de las conversaciones que se vertían en el chat, la mayoría centradas casi exclusivamente en aspecto físico y en el tamaño de los genitales de los varones. También hice algún enemigo a resultas de expresar mis opiniones, sin ambigüedad, tal y como había venido sucediendo por lo general en los demás ámbitos sociales en los que me había desenvuelto hasta ese momento. Comento lo anterior porque en el chat entraba una persona, que con palabras seductoras y afables venía a justificar su inclinación sexual por los niños. En volvía sus palabras con tal bondad que consiguió, incluso, poner de su parte a alguno de los que entraban al chat.  

A estas alturas nadie duda ya que internet es un arma de doble filo, lo mejor y lo peor del mundo lo tienes a tu alcance en cuestión de segundos y sin moverte de tu asiento. Un espacio muy propicio para dar rienda suelta a esa inclinación que lleva a todo hombre, arropado en el anonimato y guiado por sus bajas pasiones, a prescindir de los valores morales. Fue así, como en cuestión de meses, me introduje en el mundo virtual, chateando durante largas horas, especialmente en noche; la cual, como todo sabemos, despierta la fantasía y la libido más allá de lo normal.

En relación a ese mundo de ensueño que nos ciega en la noche, recuerdo ahora un refrán que nos repetía mi madre cuando éramos pequeños: para ella de especial significación por los nefastos medios de comunicación que había en su infancia. El refrán rezaba así: “de noche vamos todos a Madrid, de día nos quedamos aquí”. Este proverbio refleja, muy bien, la ilusión que desbordamos durante las horas nocturnas porque sabemos que a continuación nos aguardan las sábanas, y no el cumplir con la palabra empeñada minutos antes. Así pues, en ese mundo quimérico que mi imaginación montaba en la noche, busqué el amor, hasta que descubrí que no era tan fácil dado las urgencias y la voracidad con que se despierta el impulso sexual en el varón, sobre todo si no hay ideales trascendentales de por medio que le pongan freno. De cualquier modo, la promiscuidad sexual está dejando de ser territorio casi exclusivo del varón, afectando también a la mujer en estas últimas décadas. Así lo ponen de manifiesto los psicólogos que se dedican a tratar a personas con adicción al sexo. Sin duda que el aumento de esta problemática en las mujeres viene, como ya he mencionado en otros epígrafes, por la cultura del placer como meta y del utilitarismo consumista como práctica; traídas ambas, como sabemos, de manos del relativismo, de la modernidad y del ateísmo beligerante. Así recuerdo que, por ejemplo, en la década de los setenta y ochenta, la llave mágica que zanjaba todas las controversias y abría todas las puertas al egocentrismo era la siguiente: “todo depende del cristal con que se mire”; lo que equivale a decir que no hay verdad, ni moral, objetiva.

De este modo, muchos llevados de la mano del subjetivismo y la sociedad consumista que destila la cultura del momento, como existe una fuerza poderosa en nuestro interior (aunque algunos nieguen la evidencia y con Rousseau consideren que el hombre es bueno por naturaleza) que le lleva a buscarse a sí mismo en detrimento de los demás; tanto hombres como mujeres terminaron finalmente considerando a sus congéneres como simples utensilios para uso y disfrute particular, es decir, como un objeto más de consumo. Esta mentalidad consumista impregnó así todos los ámbitos donde la persona se desenvuelve: el familiar, el laboral, el político y hasta las mismas relaciones de pareja. La persona objeto o cosificada, el hombre máquina, desprovisto de todo código moral, que, endurecido su corazón, va destruyendo o desechando a toda persona o grupo que frene sus intereses, y sin importar a qué coste.

El hombre moderno es, pues, un prototipo de hombre útil, productivo y triunfador que camina ensimismado en su agujerito, recitando como un autómata, todo va bien, todo va bien, aquí no pasa nada, hasta que se topa con la pared de su propio egocentrismo, plasmado en otros congéneres que, a su vez, van repitiendo su misma cantinela con la vista, también, vuelta hacia su propio ombligo, repitiendo, todo va bien, todo va bien… no hay nada que yo pueda hacer o mejorar; es lo que hay mientras a mí no me afecte. 

Fue por la facilidad que presta la web de poner en contacto a unas personas con otras, por consiguiente, el motivo por el cual me entregué largas horas a chatear buscando pareja. Pero no sucedió como deseaba, lo único que saqué en claro, por entonces, fue que un buen número de homosexuales daban, en primer lugar, rienda suelta a su instinto sexual para que, parejo a esta práctica, surgiese después la parte espiritual, es decir el amor.

Si bien aquello funcionaba de este modo, muchos aún se autoengañaban poniendo por escrito, en el chat, que buscaban pareja. De este modo, pues, la realidad venía a demostrar luego, cuando hablabas con ellos en privado, que, salvo excepciones, la inmensa mayoría sólo buscaba una relación sexual esporádica. Hoy, después de muchos años, la gente sigue entrando en los mismos chats, pero ahora, por el contrario, los que buscan sexo no se andan ya con rodeos. De este modo, por influjo y teniendo en cuenta que a uno le seduce en la carne como al resto de mortales, finalmente terminé por entregarme al ideario e itinerario de la mayoría: asumir que en la misma práctica del sexo encontraría el amor que buscaba. Por lo ya comentado, una vez que acepté el proceder de la gran mayoría, sucedió que, a partir del año dos mil, mantuve contactos sexuales con algunos chicos de mi edad; si bien, todavía, no con la frecuencia y el ritmo frenético con el cual muchos solían hacerlo. Y esto porque aun a pesar de que tomé la salida más fácil, todavía era incapaz de desligar sexo de amor o, cuando menos, de afectividad. Por este mismo motivo decidí cruzar el charco rumbo a las américas de nuevo; esta vez no para un viaje de aventura, sino para conocer a un chileno, un chico seis años más joven que yo, con el que mantuve correspondencia a través de correo electrónico durante algo más de un año. 

Durante el espacio de tiempo transcurrido desde que comenzó el intercambio epistolar hasta que fui a Chile a conocerlo, me entregué a un sinfín de actividades debido, como ya he resaltado en alguna ocasión, a mi espíritu inquieto y, sobre todo, a ese plus que me daba en ese momento el creer estar enamorado. Aunque el amor, en realidad, no lo es hasta que no se pone a prueba cuando surgen los contratiempos de la vida o cuando, por otro lado, los temperamentos de cada cual se activan por el uso de la convivencia, la confianza y la rutina. Esto suponiendo que haya un amor puro y desinteresado entre personas del mismo sexo, como cuestionan algunos psicólogos con argumentos que no carecen, en principio, de lógica. Argumentos que, por otro lado, yo mismo descubrí como válidos, al contrastarlos y sopesarlos, años después, con las verdaderas motivaciones que me habían llevado, una y otra vez, a buscar pareja o sexo con hombres. La motivación principal que hallé, haciendo un poco de introspección fue, al menos en mi caso, la búsqueda de mí mismo y de mi masculinidad: llenar por un lado mi vacío existencial teniendo a alguien a mi lado y, por otro, apaciguar el fuego del deseo carnal que despertaban en mí los varones. Deseo que venía motivado para resarcirme, sin saberlo, en las relaciones sexuales con otros varones, del déficit de hombría y virilidad del que yo mismo creí carecer, después de interiorizar, inconscientemente, por los insultos que sufrí a lo largo de tantos años que, realmente, la imagen afeminada que otros proyectaban sobre mí era mi verdadero yo. 

El amor en cambio, el verdadero amor tiene que ver, sobre todo, con la entrega, la donación de uno mismo, la renuncia, dar la vida sin esperar recompensa (lo de recibir no entra en su objetivo porque se trataría de un préstamo), la complementariedad, la trascendencia. ¿Qué estabilidad y amor puede tener una relación entre iguales, si el punto de partida, en la mayoría de ellas, es la búsqueda de la identidad perdida y nace focalizada casi, exclusivamente, en la atracción física? Me temo que muy poca, pues como se puede deducir a simple vista, la persona es algo más que su fisonomía: cuerpos andantes, por cierto, hay muchísimos entre los que elegir y a cada cual mejor, sobre todo ahora que prima el culto al cuerpo y los gimnasios están a rebosar.  

Lo vertido anteriormente lo comento como una experiencia personal, pues usamos las palabras y no todos coincidimos, siempre, en los conceptos que se encierran tras de las mismas: de este modo podemos terminar a la gresca, sin necesidad, por no saber que cada quien está hablando con una misma palabra (en este caso la palabra amor) de cosas diferentes. De lo que sí estoy convencido es que aquella persona que busca la Verdad (no la seguridad que pude brindarle un pensamiento cerrado y afín a sus deseos) termina por encontrarla; eso siempre y cuando esté dispuesto a pasar por el valle del dolor, en el cual el autoengaño no es posible. Lo que importa, entonces, es mantener la perspectiva, mirar a lo alto, y ver que todo valle transcurre entre montañas. Todo tiene un proceso de maduración, pero hay que estar de continuo sobre él, porque de lo contrario se puede agriar como les sucede a los mejores vinos; momento demasiado tarde para rectificar. 

Lo que deseaba expresar, antes de esta disertación, es que mi actividad, durante el largo año de amistad que mantuve por correspondencia con el joven chileno, se repartía entre el trabajo, una o dos horas de ciclismo de montaña al día, obras de caridad (actividad que estuvo presente, de un modo u otro, en todas las etapas de mi vida) y el tiempo que dedicaba a chatear que, por cierto, no era poco. Ese interés por ayudar, por hacer algo por otras personas, me impulsó en aquel tiempo a escribir cartas al defensor del pueblo, al Obispo, al presidente del gobierno, y al defensor del menor: siempre en el empeño de aportar soluciones a diferentes situaciones de injusticia que yo veía en la sociedad española por esas fechas.

En muchas ocasiones, el mismo tiempo que dedicaba a chatear, lo convertía en una actividad humanitaria, sobre todo, si contactaba con jóvenes homosexuales con depresión. Me identificaba con ellos porque durante diez años yo mismo padecí esa enfermedad, sin haber encontrado, durante todo ese tiempo, una sola persona que me orientase adecuadamente para salir de aquel pozo de tristeza y de muerte. En mi afán por ayudarlos, acertadamente o no con mis consejos, siempre lo hice con buena intención aprovechando mi propia experiencia. Me llamaba mucho la atención ver a chavales jóvenes destrozados emocionalmente, por miedo a ser rechazados en su entorno, tanto por sus padres como por sus propios amigos. Jóvenes que, habiendo nacido en democracia −en la que supuestamente gozábamos de unas libertades que no tuvimos durante la dictadura− se sentían acorralados por los fantasmas del miedo y del rechazo, del mismo modo que yo lo estuve durante mucho tiempo. 

No obstante, el que tuviesen esos miedos me resultaba verosímil, puesto que, a día de hoy, sigo escuchando en la calle, entre críos y adolescentes, cuando por cualquier motivo surge una discusión entre ellos, los mismos insultos hirientes de antaño. Insultos que, ya sean en broma o enserio, se van depositando en la mente y van echando raíces, como semilla que se entierra en otoño y brota en la primavera. El que se sigan dando estas pautas de comportamiento no es más que el reflejo de una sociedad hipócrita, en la que los adultos han llegado a un consenso soterrado de tolerancia fuera de sus casas; mientras que, de puertas hacia dentro, no se educa al niño en el amor y el respeto a las personas, sea cual sea la situación y el estado de las mismas. Concienciación en respetar al diferente, que dista mucho de asumir e imponer a toda la sociedad, como propia, la ideología de un grupo minoritario. Desde Caín para acá, los humanos, no hemos cambiado mucho, anteriormente discriminábamos a las minorías, hoy se las utiliza (que es lo mismo, a fin de cuentas) como moneda de cambio, para ganar votos, dinero, adeptos o imagen. Por lo ya expresado estoy en el convencimiento de que los adultos, si no se condujeran en privado con burlas, murmuraciones, chismes y menosprecio hacia estas personas u otros colectivos minoritarios, los niños luego, por su parte, tampoco exteriorizarían desconsideración contra sus compañeros. El negar el debate en la sociedad en cuestiones de calado, relacionadas con el asunto de la ideología de género, por ejemplo, es someter a una muerte anunciada al ser humano por la dictadura del pensamiento de una de las partes, en este caso de la parte que ostenta el poder o que se sirve de él, como ha sucedido en todas las épocas. A fin de cuentas, estamos en la misma espiral de siempre sólo que, ahora, con diferentes protagonistas: una minoría que, desde el poder, se arroga el derecho a pensar por la mayoría.  

Del mismo modo, he de subrayar, en un intento de ser neutral y no cargar las tintas sobre nadie, que el estereotipo que se ha proyectado en España durante varias décadas (en algunos casos persiste hasta fecha de hoy) de la persona con AMS, en los medios de comunicación, especialmente en el televisivo, no contribuyó en nada, para que la sociedad tuviese una imagen ecuánime de las personas con este tipo atracción sexual. Esta imagen distorsionada venía servida, en unas ocasiones, por el gran protagonismo que se dio al homosexual irreverente en televisión por los años ochenta; en otras, por el papel pusilánime y marginal con que tradicionalmente venía apareciendo en películas y teleseries. Todo ello sin restar importancia al exhibicionismo morboso y provocativo del que una parte del colectivo, viene haciendo gala de su diferencia en manifestaciones reivindicativas. Estos arquetipos y el cambio de modelo de familia y sociedad que, sin consultar democráticamente a los ciudadanos en referéndum y sin debate social previo −apoyados por los poderes fácticos (la prensa)− se impuso unilateralmente desde el gobierno por imperativo de ley al conjunto de la sociedad, ha contribuido a exacerbar los ánimos de muchas personas que habían asumido, desde hacía ya mucho tiempo, las relaciones homosexuales como una práctica sexual que no se debía perseguir, siempre que la misma se diese, como pasa por otro lado con las heterosexuales, entre personas libres y de mutuo acuerdo.

Así, pues, el problema ha surgido cuando se quiere invertir el orden natural de las cosas para que, entre otras cuestiones, prevalezcan los deseos de algunos adultos y su modo de reinterpretar el mundo −que desde las cavernas se configuró por parejas heterosexuales− por encima de los derechos del niño. Cuestión importante, porque estamos ante un experimento (con personas) que nunca antes se había dado, sin que los menores hayan tenido voz ni parte en el estilo de vida que los adultos, por las circunstancias que sean, hayan elegido. De este modo se priva al niño, por un lado, de un padre o una madre, en caso de adopción, y los expone, por otro, al acoso y al rechazo de sus compañeros. Muchas parejas que adoptan se justifican diciendo, que es suficiente el amor de los padres para que un niño sea feliz. Ahora bien, yo les preguntaría a estas parejas ¿es suficiente el amor entre dos adultos para que uno de ellos se sienta desdichado por cuestiones ajenas a la pareja? De esta premisa se derivan dos constataciones; por un lado, que el niño tiene una vida social fuera del hogar; y, la segunda, que el niño ante cualquier problema que se le plantee, sobre todo con el de su propia identidad sexual, siempre le quedará la duda, si la misma estará relacionada con la educación recibida y con la falta de uno de los dos referentes, el del padre o el de la madre. No se puede sacrificar la felicidad de un menor y sus derechos, en aras a satisfacer los deseos que la misma naturaleza o la vida, por el motivo que sea, ha negado a los adultos. No existe el derecho de adopción por parte del adulto, porque se estaría incurriendo en la prevalencia y dominio, de un ser humano sobre otro, especialmente en este caso por tratarse de un menor. Este mismo posicionamiento frente al matrimonio homosexual, también ha sido cuestionado, con diferentes argumentos, en países que no se someten al pensamiento único que impone el nuevo orden mundial, del mismo modo que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con sede en Estrasburgo, declaró que no es un derecho exigible, en contra de la jurisdicción establecida por los gobiernos nacionales, el matrimonio entre personas del mismo sexo. De ello dejo constancia en los siguientes enlaces: en el primero queda reflejado en el discurso pronunciado por un diputado socialista en la ONU en contra del itinerario de su propia adscripción política, y el segundo en la resolución ya comentada del (TEDH):

http://www.humanrightscommission.ky/upimages/publicationdoc/12321132_1468610477_1468610477.PDF  

2. EL “AMOR” ME AGUARDA EN CHILE

Siguiendo con los aconteceres del día a día, diré que aquella actividad humanitaria y frenética, que por entonces llevaba −no sé muy bien si debido a la genética o por identificarme con los más débiles− aunque eso sí, siempre alimentada desde la fe, ya que la genética y la empatía son dos pilas que se agotan con el uso y el paso del tiempo, fue la que me sirvió para salir de la angustia vital en la que se desarrollaba mi actividad laboral por entonces. De este modo, iba transcurriendo mi vida, de tarea en tarea, (para no llevarme fuera del trabajo los problemas que tenía dentro), sin mucho sobresalto, hasta que tomé la decisión de desplazarme a Chile, para conocer in situ a aquel que, ahora sí, pensaba llegaría a ser mi pareja. 

Llegué a Santiago una mañana de espacios infinitos ataviada en un límpido amanecer. Con los primeros haces de luz aparecieron ante mí vista los Andes revestidos de nieve como novia engalanada para su boda. Viniendo de un territorio semi plano, en comparación con las magnas proporciones que dibujaba el macizo andino al despuntar la aurora, aquel espectáculo de siluetas mastodónticas que se me regalaba, por detrás de la ventanilla del avión, dejó impregnada mí consciencia y mi espíritu de una gratitud inmensa a Dios. En ese instante me sentí anonadado y pequeñito ante tan magnánimo paisaje de éste nuestro, también, minúsculo planeta tierra. Sin embargo, siendo así, todos esos prodigios de la naturaleza fueron pensados y creados en razón al hombre por muy insignificante que éste se reconozca en medio de ellos. De lo contrario ¿cómo puede explicarse que los árboles de hoja caduca lleven impresos consigo la fecha en la que han de proporcionar sombra al hombre en perfecta sincronía con los meses más calurosos del año o que determinados frutos con abundante líquido, como la sandía, aparezcan sólo en verano? lo mismo se puede decir de los cítricos que, por lo general, lo hacen en los meses en que el hombre es más propenso a resfriarse y necesita, por consiguiente, un suplemento de vitamina c ¿cómo explicar, por otro lado, que muchos animales hayan formado una simbiosis perfecta con el hombre para ayudarlo en el trabajo y en la conquista del planeta?  ¡Qué azar más inteligente éste que se fraguó después del big bang, no…! Se han dado muchas explicaciones de lo inverosímil que resulta entender el orden del universo y su equilibrio por una conjunción de infinitas casualidades bien enlazadas todas entre sí. Una de ellas, por ejemplo, se sirve de la siguiente comparación: propone que ese equilibrio planetario resultante del azar, sería tan improbable de armarse por sí mismo, como tirar todas las letras de las que consta el Quijote al aire y que al llegar al suelo se mezclasen entre ellas quedando en el mismo orden que la escribió Cervantes. Sin duda alguna, hay que tener más fe para creer esto que para creer en Dios, ya que Dios es espíritu y, como tal, no necesita un principio de creación como la materia y las leyes que la rigen. 

Siguiendo con el relato de mi estancia en chile, en el aeropuerto me esperaba

Jorge que, aunque no destacaba por su físico, pronto me cautivaría por su Juventud, su sonrisa y su simplicidad; resultante esta última, posiblemente, del contagio de un continente que no se había ensoberbecido como Europa, por el peso de su historia o por la arrogancia de su poder económico.

Santiago me pareció una ciudad de contrastes, como en general lo es toda Latinoamérica; es allí, como en ningún otro lugar, donde se entremezclan la pobreza y la riqueza, la belleza con la aridez y las ganas de vivir con la muerte. La primera sensación que se registró de aquel país en mi alma fue la de una primavera pródiga y amable. No solo por la vistosidad y variedad de su naturaleza; sino también por la vitalidad, la alegría, la candidez, la juventud y la cordialidad de sus habitantes. Supongo que fue esta misma sensación la que impregnaría el espíritu de Nino Bravo cuando compuso la canción de América América.

Como la fe en Dios permanecía viva en mi corazón, esperaba que fuese Dios mismo, al que yo creía amar y conocer, el que me confirmarse de algún modo, que aceptaba la práctica de las relaciones homosexuales en mí y, por ende, en la humanidad. Y pensaba, para mis adentros, como si Dios tuviese los mismos pensamientos que los míos, que su conformidad vendría determinada, finalmente, el día en que Él pusiese en mi camino al chico idóneo con el que compartir la vida.

Una vez que salí de la terminal, no tardé mucho en localizar a Jorge, el cual me aguardaba con rosa en mano y mucha curiosidad. Lo estuve examinando mientras me aproximaba a él, y cuanto más me acercaba, más seducido me sentía. Al llegar junto a él, sin dar tiempo a intercambiar muchas palabras, no me resistí a la tentación de besarlo, y de abrazarlo, ajeno a las miradas de la gente y al ruido estentóreo de los pájaros, con armadura de hierro, que volaban sobre nuestras cabezas. 

Por esas fechas mi idea era escribir la autobiografía que en estos momentos redacto, para contarle al mundo y, en particular, a mis correligionarios, como ya dije, que Dios acepta, en contra de lo que dicen las Escrituras, la práctica homosexual. El que la relación de pareja y el amor llegase a buen término con este chico, sería para mí la confirmación de que Dios, además de amar a la persona homosexual, como nos dice la Iglesia, aceptaba también con él, las relaciones sexuales entre hombres y mujeres del mismo sexo. De algún modo había retado a Dios en mis deseos personales y me había autoerigido, de este modo, en el programador de su inteligencia; como si yo pudiese someter la voluntad el conocimiento inconmensurable de Dios a mis cuitas y elucubraciones. Sin embargo, si Dios, como dicen algunos, tiene un plan para cada hombre (yo pienso que el principal plan que tiene Dios para con nosotros, es que confiemos en su palabra sin ambages y actuemos conforme a la misma) no era precisamente el que aquella relación, incipiente, fructificase por irresistible que fuese la atracción que sobre mí ejercía la jovialidad, el físico y las ganas de vivir de Jorge.

En principio hubo química entre ambos, especialmente en lo tocante a la atracción sexual. Así fue, porque al instante de traspasar la puerta de la habitación del hotel, solo tuve tiempo de colocar la rosa en un vaso, para que de inmediato, sin deshacer las maletas, nos entregásemos, por el deseo carnal, el uno al otro. En ese desenfreno pasamos parte de la noche, para terminar la celebración de nuestro encuentro visitando, al día siguiente, las ciudades turísticas de Valparaíso y Viña del Mar, próximas a Santiago de Chile. Poco quedó en mi retina de estas dos bellas ciudades, ya que mis ojos estaban más atentos al príncipe de mis sueños, que del paisaje que se cernía tras su costado. Sin embargo, a pesar de ese encuentro deslumbrante, algo iría minando nuestra relación durante el tiempo que permanecí en el país: un asunto del cual no me había puesto al corriente por email.

Pocos días después emprendimos vuelo hacia el norte de Chile rumbo a la ciudad costera de Antofagasta en el Pacífico; lugar en el que residía Jorge donde compaginaba el trabajo con sus estudios de psicología. Allí me aguardaba una sorpresa: estaba conviviendo bajo el mismo techo con una mujer, esta, por cierto, bastante mayor que él con la que mantenía una relación de dependencia y amistad, aunque no así carnal. Su amiga, a pesar de conocer, de antemano, el motivo de mi visita y el tipo de relación que me unía a su amigo, se adhirió a ambos como un apéndice más de Jorge. A parte del contratiempo que esto supuso para mí, hubo otro con su compañera, pues la “doña” aprovechaba cualquier conversación para desacreditarme e incluso sembrar dudas en Jorge, acerca de mi atracción por los hombres y mis buenas intenciones para con él.  

Después de unos días de convivencia en la casa que tenían alquilada a medias, pude intuir el motivo de tanto rechazo por parte de su amiga con respecto a mí; se debía, especialmente, a una mezcla de celos e inseguridad por su futuro. Ella temía de algún modo que, si la relación entre ambos fructificaba con el tiempo, nos iríamos a vivir juntos quedando ella sola y desvalida. Aparte de la razón ya expuesta, descubrí que entre ellos habían surgido lazos afectivos muy fuertes: con respecto a Jorge porque vivía muy alejado de su tierra, tanto en la distancia geográfica como por los débiles lazos afectivos que mantenía con su familia. Mientras que Bedelía, por su lado, así se llamaba su amiga, una mujer vapuleada por el peso y el paso de la vida, acababa de salir de una fuerte depresión, con varios intentos de suicidios; de la que, por cierto, escapó gracias al apoyo y los consejos de Jorge.

No fue esa la única causa que amenazaba nuestra relación, pues por el comportamiento de Jorge pude entrever, que más que interesado en mi persona o en tener pareja, lo estaba en su propia persona y en el provecho que pudiese extraer de nuestro encuentro. Yo representaba para él (aunque no creo que ese pensamiento fuese premeditado) una especie de tren de paso del cual servirse mientras durara. Por mi lado −verde aún en los temas del corazón− puse el listón muy alto sobre una persona a la que yo mismo había idealizado, con el poder de la imaginación, por unas letras que se deslizaban en mi escritorio, en el silencio de la noche, cargadas de buenas intenciones como respuesta a su deseo de conocerme en persona. En este sentido Jorge me había idealizado tanto como yo a él, sin embargo, cuando me conoció en la cercanía, yo no respondía ni a sus expectativas económicas, ni al prototipo de hombre que él espera de una pareja. En algún momento llegó a creer, incluso, en que yo constituía una amenaza para su libertad; pues pensaba que quería imponer mis convicciones sobre las suyas, (algo que no entraba dentro de mis pretensiones) cuando hablábamos de filosofía o psicología. No obstante, y a pesar de ese ambiente enrarecido del que aún no era muy consciente, puesto que, como bien dice el proverbio “no hay más ciego que el que no quiere ver” yo seguía ilusionado negando a mi corazón la posibilidad de que se avecinara otro fiasco sentimental, máxime, después de haber dejado parte de mi vida en ello.

Mientras estuve alojado en su vivienda intenté acoplarme a su ritmo de vida, de tal modo que le acompañaba a la universidad, a la compra, al médico y, en muchas ocasiones, a soportar a su amiga, la cual se unía a nosotros cuando su amante tenía que atender al trabajo, a su mujer y a sus hijos (casi siempre). No faltaron, por otro lado, momentos lúdicos y de asueto. Entre ellos, coincidió con mi estancia en Antofagasta, la fiesta nacional, la cual celebramos con una parrillada de carne al mediodía (comida tradicional entre la gente de la zona para dicha conmemoración) y por la tarde con una entrada al rodeo: espectáculo de competición ecuestre-ganadera que cuenta, a día de hoy, con un gran número de aficionados en todo el país; tantos casi como el fútbol.

Luego de la fiesta nacional Jorge me presentó a su amigo James, el cual nos invitó a pasar un fin de semana en su domicilio. Aceptamos su propuesta, de tal modo que al siguiente sábado partimos hacia un pueblo pequeñito del altiplano, un oasis en medio del desierto de atacama, llamado San Pedro. 

Siendo Antofagasta ciudad costera y San Pedro del interior, con un desnivel sobre el nivel del mar aproximado a 4320 metros y unos 340 kilómetros de distancia entre ambas poblaciones, en el trayecto de ascensión se produce un fenómeno de hinchazón en el vientre, como consecuencia de la presión atmosférica, de la cual me advertiría James, días antes de emprender el recorrido en autobús hacia San Pedro. El pronóstico del amigo de mi amigo, un mulato de refinados modales y de buena presencia, se cumplió tan al pie de la letra que horas después, mientras el autobús ascendía, me encontré con un embarazo no deseado de considerable proporción bajo mi camisa; lo cual, por cierto, me resultó de lo más hilarante. He anotado aquí esta experiencia como una anécdota curiosa, sin embargo, lo que más me llamaría la atención, en el mismo trayecto de Antofagasta a San Pedro, fue las impresionantes vistas del altiplano en el desierto de Atacama: paraje cuasi virgen donde aún no se entremezclaba la impronta de Dios en su creación, con la acción erosiva y contaminante del hombre desdibujando su rostro en la misma.

Oteando sobre el altiplano pude atrapar, un horizonte árido y despejado de singular belleza, atravesado de montañas en la lejanía, que a poco que llueve, según pude comprobar luego (algo que ocurre excepcionalmente en este desierto), se cubre de flores señalando, con sus pétalos extendidos al cielo, a Aquel que les regaló la vida, en una extensión de espacios infinitos. Del mismo modo resurgiría mi vida, tiempo después, cuando me dejé empapar por el amor de Dios con su palabra.

Fue en San Pedro de Atacama donde tuve una de esas experiencias que te conectan con tu ser espiritual trascendente: una experiencia que te da a conocer fehacientemente, por experimentarla en primera persona, que el ser humano es mucho más, que la materia de unos cuantos elementos químicos enlazados con mucho acierto entre sí. No puedo decir que se tratase de una experiencia mística, al estilo que cuentan los santos u otras personas a quien Dios ha querido conceder esa gracia, ya que en ese instante no me encontraba haciendo oración, aunque tampoco puedo descartar, de todo, que viniese del Dios Altísimo. Ahora pienso que fue, más bien, producto de la conjunción de algunas circunstancias favorables, para que aquel hecho se presentase por primera vez, en mi persona, sin yo buscarlo. Este mismo fenómeno se repetiría años después en otro contexto totalmente diferente y con la misma percepción e intensidad.

San Pedro estaba envuelto de una atmósfera que me conectaba con mis raíces y ancestros, de facto el Español Pedro de Valdivia conquistó Chile, partiendo desde S. Pedro de Atacama, el pueblito donde yo estaba ahora, hasta llegar a la actual Santiago, ciudad que él mismo fundó. No sólo la historia, también el paisaje de San Pedro con sus viviendas, hechas de adobe, me trasladaban al mismo horizonte de casas bajas del pueblo donde nací y me crie. Esa atmósfera acompañada con la verdadera dimensión de fragilidad que de uno mismo da el desierto (no empero, grandes místicos buscaron en él el encuentro con Dios) fue la que hizo −eso creo ahora− que, sentado sobre el tronco seco de un árbol, en medio del silencio matutino, del polvo del paisaje y de mi propia inconsistencia, percibiera que yo era algo más que lodo, tronco seco o polvo del desierto. En dicha quietud −como suspendido fuera del tiempo y el espacio− perdí, súbitamente, sin hacer nada de mi parte, la unión con mi cuerpo sensible: inesperadamente todos mis sentidos quedaron anulados y, a cambio, solo se registraba, en mi espíritu, paz, gozo y plenitud sobrenatural. No hay palabras para describir aquel estado; pero sí para decir lo que no fue: nunca antes el mundo material con todos sus placeres y atractivos, me había brindado experiencia mínimamente equiparable a aquella: experimenté una plenitud tal, que en aquel momento hubiese suscrito el mismo discurso del apóstol Pedro en el monte Tabor, con la Transfiguración de Jesús, cuando deseó −impregnado de la gloria que irradiaba Jesucristo en su divinidad− quedarse en aquel lugar y en aquel estado para siempre. El placer se siente a través de los sentidos en la psiquis; la plenitud, en cambio, sólo puede atraparse en el espíritu, que se sitúa en el terreno de lo inmaterial. Aquella fue una muestra más, cuando menos, de que el ser humano es mucho más que pura materia; y ello por haber sido soplado (formado) con el “aliento” de Dios que es Espíritu. (Génesis 2, 7) Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente.

Los fines de semana, Jorge y yo, los dedicábamos a frecuentar salas de fiestas y a visitar ciudades y pueblos cercanos. Entre otros pueblos visitamos la ciudad minera de Calama, donde se encuentra la mina Chuquicamata, una de las más grandes del mundo a cielo abierto. En ese itinerario hacia la ciudad de Calama volvimos a atravesar por en medio de los mismos parajes agrestes que ya nos habían conducido anteriormente a San Pedro: cerros sin vegetación que, por su composición rica en minerales, refractan a ciertas horas del día, iluminados por el sol, una policromía de vivos e intensos colores a modo de caleidoscopio. Un paisaje lunar, más pictórico que habitable, ya que, a pesar de sus espectaculares vistas, por su ausencia de vegetación, daba la impresión de haber sido concebido, exclusivamente, como hábitat de serpientes y anacoretas. No sería yo, precisamente, a pesar de mis inclinaciones místicas, el que pusiese mi tienda de campaña allí, sino más bien todo lo contrario. De tal modo que, si me dieran a elegir, para ese encuentro con Dios, preferiría rodearme, entre otros elementos, del rumor del agua al resbalar entre las piedras de un riachuelo; del polífono canto de las aves; del saludo amable de las hojas en las copas de los árboles al pasar bajo sus ramas o de la suave caricia de la brisa sobre la piel, a la luz del crepúsculo, caminando por un sendero despejado de transeúntes. 

A la entrada de la mina, ya en ciudad de Calama hizo su aparición el “diablo” bajo apariencia de un joven rubio atractivo: un chaval del norte de España que estaba con una beca de estudios en Chile. Más pronto que tarde me percaté que Jorge Antonio, no tenía más campo de visión que la melena dorada del cántabro y su esbelta y, a la vez, frágil figura. Entre ambos surgió, súbitamente, una corriente de empatía, que los llevó a compartir una larga plática con intercambio de teléfonos al finalizar. No obstante, a pesar de aquellas miradas cómplices, no me sentí agraviado, tal vez porque conocía de antemano, en mis propias carnes, el imperioso poder de la libido que nos hace proyectar el deseo y la imaginación en actos reflejos difíciles de simular. El que lo exculpase no restaba, en nada, para que advirtiera la distancia que nos separaba, a ambos, en cuanto a sentimientos y proyecto de futuro en común.

Pero como la vida no dejaba de dar vueltas con sus atardeceres y amaneceres, siempre distintos, por cierto; a pesar del joven de leonina melena y figura grequiana, la relación entre mi pololo y yo marchaba, hacia adelante, aunque cada vez con más aristas y menos brillo. Por mi lado, seguía hipnotizado e idiotizado por su juventud, su alegría, su simplicidad y por su cuerpo. Apenas si me daba cuenta de su desafección hacia mí, entre otros motivos porque apenas le faltó tiempo para arrojarme en brazos de su amigo James, hacia el cual, por otro lado, deparaba mayor atención que a mí. Su comportamiento era fiel reflejo de esa tendencia que existe en todo hombre, que le lleva a infravalorar lo que posee, o cree tener asegurado de antemano, para magnificar y dar valor de realidad a todo aquello, que sólo tiene consistencia en la fantasía proyectada por el deseo o la nostalgia.

De regreso al mundo de lo efímero y de la supervivencia, mis días en Chile estaban llegando a su ocaso: el calendario, con sus traiciones y desencuentros −en ocasiones lento como tortuga y en otras veloz como atleta de alta competición− no hacía más que recordarme, en aquel presente, que a mis vacaciones le quedaban pocos días para exprimirle, lo más posible, el zumo dulce de lo exótico y lo desconocido: la de una tierra nueva y la de un amor que no acababa de despegar más allá de la quimera que lo engendró: la necesidad.

Apenas, sin darme cuenta, me había acostumbrado a la presencia de Jorge Antonio, le había acompañado en todas sus actividades excepto en sus horas de trabajo, por lo que suponía que, a partir de entonces, echaría de menos su compañía, sus gestos, su simplicidad y el vigor que acompaña a la juventud en su proceso de ir quemando etapas hacia la madurez y hacia la muerte. De igual modo presentía que echaría de menos su conversación, las largas caminatas en su compañía, y el relajante baño en aguas del Pacífico al atardecer. Aquella aventura me dejaba una sensación agridulce, a la que yo deseaba aferrarme como niño inseguro de la mano de su padre. A Jorge Antonio le notaba cada vez más distanciado: dejaba correr el tiempo sin poner en claro hasta donde deseaba profundizar en la relación en la que ambos nos habíamos embarcado un año antes por email. Su personalidad era la típica de aquellos que evitan la confrontación y que quedan a resguardo del devenir en el acontecer diario. Mi conducta en cambio, reflexiva y lenta, pero resolutiva y vehemente, como consecuencia de mi carácter sanguíneo, no acababa de entender aquella actitud suya de entrega; de estar, en todo momento, a la expectativa de lo que sucediese al día siguiente y de las decisiones que yo fuese tomando.

3. FIN DE LAS VACACIONES: LA DUDA

De vuelta a casa, a pesar de las dudas, tenía la determinación de seguir, adelante, en la sinrazón de abandonar mi tierra para irme a vivir a Chile con Jorge Antonio. Estaba dispuesto a dar ese salto en el vacío, en mi pretensión por asirme a lo que podría ser el último intento, por desgaste, para tener una pareja estable y alejarme de la promiscuidad sexual. Tan resuelto estaba a dar ese paso que comencé a preparar las maletas y a mentalizar a mis padres para que se fuesen haciendo a la idea de la separación.

Mi vida como ya dejé anotado estuvo rodeada en muchas ocasiones, sin yo buscarlo, de personas relacionadas con la psicología y de otras dotadas con cierta capacidad para visualizar y anticiparse a los acontecimientos. Entre los visionarios, ninguno de los que conocí se sentía satisfecho de tener esas percepciones extrasensoriales, ya que les colocaba ante situaciones delicadas que no sabían cómo manejar. Yo, en cambio, nunca tuve esa capacidad (si se puede llamar así), algo de lo que me alegro al ver los problemas de conciencia y estados de ánimos que causaba en ellos el hecho de poseer dicha penetración mental. Posteriormente explicaré porque he sacado a colación este comentario.

Antes de regresar a Chile conocí a otro estudiante de psicología a través de un chat gay generalista en el que solía entrar para mitigar mi soledad y de paso ayudar o dar ánimos a aquellos que estuviesen receptivos a acogerlos. En principio desconocía su actividad, la cual me desvelaría posteriormente en privado, cuando la amistad comenzó, poco a poco, a fraguarse. Fue gracias a este chico por el que desistí de llevar a término mi idea inicial de volver a Chile para quedarme allí definitivamente. De este modo, pues, luego de intercambiar varias charlas en un diálogo franco con este nuevo amigo, llegué a la conclusión que no era necesario exponer tanto a cambio del poco afecto y tacto que mostraba Jorge Antonio para conmigo. No recuerdo ahora, con exactitud, las palabras con las que Julián, este otro estudiante de psicología, me hizo ver lo arriesgado de mi decisión; de cualquier modo, me convenció para que lo meditase detenidamente sin precipitarme. Siguiendo su consejo dejé la decisión suspendida por un tiempo, hasta ver que cauce seguía la relación en la distancia con el transcurso de las semanas. Y fue finalmente el peso de la razón, en la serenidad que otorga darles a las resoluciones importantes un tiempo de maduración, la que hizo que en pocos meses se desinflase todo lo que yo había levantado anteriormente de modo artificial, apremiado por la necesidad de amar y el deseo, por otro lado, de ser reconocido y amado al mismo tiempo.

Una vez más, Dios, me iba conduciendo, ahora de la mano de Julián que, por sus buenos consejos, me apartó de una decisión, a la desesperada, con la que poder paliar el vacío de amor y compañía que clamaban desde mi interior. Por otro lado, con este amigo, tenía de nuevo a alguien en quien confiar: una persona que apreciaba mi amistad, por mí mismo, sin tener en cuenta mi cartera, mi físico o mi intelecto; un amigo que, al mismo tiempo, se fiaba de mí haciéndome partícipe de sus propias inquietudes. Al menos por esta vez, con Julián, sucedió lo contrario a lo que yo solía hacer; es decir, no llamé yo a la puerta de nadie para apaciguar los reclamos de mi corazón, sino que fue otra persona, la que observando los comentarios que yo vertía en el chat generalista, me abrió una ventana en privado para ofrecerme su amistad.

Departiendo de muchos temas con Julián permanecí, después, por varios años, hasta que los contactos por chat se fueron espaciando y enfriando hasta el punto que nunca más volvió a llamar a mi ventana; la ventana virtual. Julián tenía pareja, nunca me lo ocultó, además sus obligaciones le ocupaban cada vez más tiempo. Sin embargo hubo otro aspecto de mi personalidad con el que Julián chocaba para que se fuese distanciando de mí; era totalmente contrario a mis convicciones religiosas, supongo que a consecuencia de la cultura dominante, y a unas circunstancias familiares, muy dolorosas, por la que tuvo que atravesar siendo aún muy joven y que, con toda seguridad, no supo encajar en relación a los designios del Todopoderoso: un lastre a mi entender para Julián porque sólo se puede amar lo que se conoce y solo se puede conocer a aquel (estoy pensando en Jesucristo) a quien le abrimos humildemente las puertas de nuestro corazón y nuestro entendimiento.  

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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