COMO EL HIJO PRÓDIGO. Cap. VIII

1. ¿EXISTE LA CASUALIDAD EXTREMA?

Recién cumplidos los cuarenta y seis años me sentía solo, ahora no, exclusivamente, por el hecho de estar sin pareja, sino porque paralelamente a ello, mi madre, a la que me sentía muy unido, falleció. Su partida ocurrió en el dos mil seis, siete años después del fallecimiento de mi padre (los mismos años que se llevaban de edad). Al morir mi madre preferí quedarme como estaba, solo, antes de convertirme en carne de cañón o presa fácil de algún cazador o cazadora de recompensa sin escrúpulo; esto aun reconociendo que el mal del tiempo presente, el individualismo y las prisas, son un hándicap que actúa en contra de las personas que han optado por vivir solas. De este modo, como ya nada me ataba al pueblo después de la muerte de mi madre, vendí las pertenencias inmuebles que tenía, para trasladarme a otro pueblo de más habitantes con tal de llevar una vida privada “satisfactoria” en cuanto a llevar a la práctica mi tendencia sexual. Pensé que esta decisión me alejaría de los comentarios y críticas a las cuales queda uno expuesto en un pueblo pequeño: las heridas del pasado dejan huella y, las de mi infancia, aún no estaban restañadas como para tener que enfrentar la misma situación por segunda vez. 

Por aquellas fechas yo me encontraba en vísperas de algo nuevo, aún a pesar de no ser consciente de ello. Para comenzar mostraré un pequeño anticipo que, de algún modo, me estaba señalando el cambio. No soy muy dado a recordar efemérides, pero en una visita al cementerio de mi pueblo, me resultó curiosa la fecha de fallecimiento de mi padre, ya que hasta entonces no le había prestado atención. Un mismo número se repetía hasta cinco veces, siendo así que lo retuve fácilmente: el número en cuestión era 9/9/1999.

A los días de haber estado en el cementerio puse la televisión en un canal, que no sintonizaba nunca, justo en el momento que estaban pasando una película. No sé bien qué me motivó en ese momento a mirar el calendario en la pantalla, cuando advertí que todas las cifras terminaban en nueve; así fue, de una ojeada pude visualizar que marcaba día 9, 19 horas y 9 minutos. Esta coincidencia con la fecha de fallecimiento de mi padre me resultó tan curiosa, que quise echar un vistazo, también, a la reseña de la película. Después de leerla con atención, cuál no sería mi sorpresa que la fecha de rodaje coincidía con el año de la muerte de mi padre 1999, y el título con el que la presentaban en España «Vuelve el Amor». Película que, dicho sea de paso, tocaba someramente, el tema de la homosexualidad sin ser éste el argumento principal de la película. Todo esto me llevó a hacer algunas cábalas, a las que los humanos somos muy propensos ante situaciones similares: la que yo deduje en un primer momento, a consecuencia del título de la película, era que el amor volvía a mi vida, si es que alguna vez lo tuve humanamente hablando. No quedó ahí el asunto, sino que la misma experiencia se volvió a repetir, sin yo buscarla, en el aniversario de la muerte de mi padre al año siguiente, pero ya, esta vez, sin película de por medio: cuando miré el calendario en el televisor coincidía con un día 9, 19 horas 9 minutos del mes de septiembre, el noveno del año. Entonces la cábala fue otra, puesto que no había atisbo de tal amor. Quise pensar dos cosas, primero que el amor de mi padre volvía hacia mí; posiblemente porque ya sabía desde el cielo el cambio que se iba a operar en mi vida meses después y, luego, porque desde la inmortalidad fue conocedor del fondo de mi corazón, del cual tuvo dudas antes de partir. No era intención mía sacar este suceso en la autobiografía, ya que, como nos dice la Biblia, Dios detesta todo aquello que tenga que ver con el ocultismo, las cábalas, las prácticas esotéricas, un ejemplo de ello lo encontramos en Deuteronomio (18, 9-14). Si lo he hecho en esta ocasión es para señalar a los incrédulos que estas coincidencias inverosímiles nos muestran de algún modo, también, que después de esta vida terrenal existe otra espiritual en la eternidad.  

2. LA ANSIEDAD Y LA LECTURA ESPIRITUAL ME LLEVAN DE NUEVO A DIOS

Volviendo al tema laboral tengo que decir -ya que este fue otro de los motivos que me traían en un sin vivir- que, en lugar de mejorar, cada vez se enconaba más: muchos años de tensión y de desencuentro dieron como resultado un vaso lleno a punto de rebosar. Gracias a la paciencia que arma mi estructura psíquica no había arrojado la toalla años antes. A pesar de todo, aun siendo yo paciente, las mujeres (trabajaba con varias) debido a tres de sus más valiosas virtudes que son la persuasión, la insistencia y la paciencia, lo fueron más que yo. Así, pues, como mi resistencia mental llegó a su límite, viéndome arrojado a un nuevo periodo de depresión acompañada en esta ocasión de ansiedad, tomé la resolución de abandonar el trabajo sin más pleito de por medio.

Tres meses después de dejar el trabajo, desapareció con él también la depresión y la ansiedad; de este modo acerté de lleno en el diagnóstico con mi decisión. Me sentí muy aliviado porque siendo la depresión difícil de sobrellevar, más aún lo fue, para mí, tratar con la ansiedad: la depresión te quita la alegría de la vida y el deseo de vivir y, sobre todo, energía; pero si logras engañarla ocupando tu mente en otros menesteres, al menos, mientras dura la distracción, puedes eludirla. La ansiedad, en cambio, es como si estuvieras rodeado de llamas y no encontraras un solo resquicio por el que huir durante las veinticuatro horas del día: no hay dominio humano posible sobre ella; a no ser que tomes la determinación de acabar con la situación que la produce cortando por lo sano.

No obstante, para dejar el trabajo y otros cambios, más, que vinieron después de cumplir los cuarenta y cinco años tuvo que darse un proceso de por medio. En la situación límite en la que estaba, sin yo saberlo, algo nuevo estaba preparando Dios para mí. En casa del aspirante a sanador de traumas encontré un libro de un santón; más que santón se trataba, en este caso, de “santona”. Una yoguini de nacionalidad americana, Sri Daya Mata, que había adoptado el budismo como vehículo para expresar su vacío de Dios, y su buena disposición al encuentro con el mismo. Le pedí el libro a mi amigo, puesto que había cautivado poderosamente mi atención, para terminar de leerlo en casa. El colega después de mi reiterada petición accedió a prestármelo.

En aquel libro encontré algo que me atraía y me conectaba a mi propia fe adormecida, por lo cual al terminar de leerlo me hice la siguiente pregunta: ¿cómo se puede escribir en doscientas noventa y siete páginas, exclusivamente, sobre el amor divino sin conocer quién es Dios? No había otra explicación que no fuese la de haber experimentado a Dios o un atisbo de Él con los latidos del corazón, por medio del espíritu. Cuando Antoine de Saint-Exupéry escribió «lo esencial es invisible a los ojos», se estaba refiriendo, no solamente a los ojos del cuerpo, sino también a los de la razón, a aquello que solamente se puede atrapar y experimentar desde el espíritu. 

Así, pues, luego de leer el libro, me dije: yo quiero experimentar esto mismo; quiero tener esa experiencia viva e intuitiva de Dios como la tuvo esta señora, deseo que mi conocimiento de Dios no se remita, meramente, a la Revelación Divina acompañada de razones de la mente y certezas del alma, sino que sea al mismo tiempo una experiencia viva en mi espíritu de Dios.

3.  EL DIOS QUE BUSCAMOS FRENTE AL DIOS QUE SE NOS REVELA

Después del leer el libro de la yoguini, y en mi deseo de rozar a Dios desde su mismo espíritu hice, aún, otra reflexión; pensé: ¿para qué indagar en el hinduismo, cuando los místicos cristianos han experimentado y siguen experimentando (también los hay en la actualidad) esa experiencia de modo mucho más arrebatadora aún?

Además, la experiencia mística en el cristiano, no se da con un Todo impersonal, sino en un encuentro personal e intransferible de Ser a ser. En el cristianismo sucede a la inversa que en el hinduismo, y ese es el motivo por el cual se tiene la certeza de que se trata de una experiencia del Dios real y no de un engaño de la percepción subjetiva de nuestra mente o de nuestro propio espíritu. Me explico: en la práctica del yoga, (ya lo dice la misma palabra práctica) se llega a experimentar el mundo espiritual (x) a través de una metodología de retirada de la consciencia (del mundo sensible) por un acto libre y reglado de la voluntad del hombre; sin embargo cuando el cristiano llega a experimentar la presencia viva y real de Dios, no está huyendo, en un ensimismamiento, de la realidad “ilusoria” material y corporal, tal y como se concibe y se practica en el pensamiento hindú. Sino que es Dios mismo, el que viene a visitar al hombre, en un encuentro arrebatador entre dos interioridades, bien diferenciadas, que se buscan mutuamente y se autoperciben sin diluirse en un Todo impersonal (panteísmo hindú). Por eso hay que anotar que cuando el cristiano ora y durante la oración tiene una experiencia viva de Dios, se trata de una gracia otorgada por Este, pues no siempre que una persona se dispone a orar se le es otorgada una visitación divina, e incluso se da el hecho de que la misma persona pasa por etapas de experiencias místicas o arrobamientos sucesivos y otras de sequedad espiritual durante las cuales, por muchos años, deja de experimentar la presencia viva y real de Dios. Esto sucede así, porque es Dios el que se da gratuitamente al hombre sin ser el hombre, el que atreves de unas técnicas corporales, alcance la medida de Dios desde su subjetividad. El hinduismo, pues, tiene más de filosofía, de ascética y de especulación metafísica, que de mística. Se trata, pues, de llegar a Dios, o a lo que ellos entienden por Dios, a través de mecanismos que se activan en el cuerpo humano mediante técnicas corporales y mentales de autocontrol; las cuales, por otro lado, científicamente no se sostienen en pie tal y como los mismos yoguis intentan explicarlas, lo cual no quiere decir que logren el propósito que buscan, es decir, retirarse de la percepción sensible del mundo mientras se están llevando a cabo dichas técnicas. Introduzco esta disertación porque yo mismo experimenté como ya dije, por dos veces, uno de esos estados fuera de la consciencia, sin tener conocimiento alguno de yoga u otras metodologías orientales de retirada del mundo sensible. Lo que deduje, luego de haber analizado estos fenómenos extrasensoriales, y después de tener cierta información sobre la materia, es que mi experiencia al igual que la de los yoguis se trató de un encuentro con la impronta divina que Dios plasmó en el hombre al momento de crearlo; es decir, se trata de un encuentro con la propia realidad espiritual no material −que no con Dios− en uno mismo. Esa impronta de Dios en nosotros, se nos describe en el Génesis como aliento o soplo de vida. Génesis 1, 26: Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” para añadir más adelante en (Génesis 2, 7): «Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra (de elementos químicos), y sopló en su nariz el aliento de vida (el espíritu); y fue el hombre un ser viviente».

Esa llama del amor de Dios en nosotros −ese soplo divino− aún flamea en el hombre, siendo este mismo aliento divino el  que experimenta el yogui o el santón en sus estados de éntasis; el cual activa a través de la relajación mental para contactar con su propia realidad espiritual que un día comenzó siendo imagen viva de Dios en él, pero qué dañada por el pecado original y por el propio pecado personal, puede conducir al yogui o a la persona que medita, debido a su ego y a los ataques del enemigo del alma, a confusiones y errores; como de hecho sucede desde un primer momento en la concepción filosófica del hinduismo; es decir, cuando el santón concibe que la realidad no es más que una ilusión de la que hay que retirarse y que la persona, por otra parte, no es libre porque está supeditada por su karma. 

Así, pues, en el hinduismo, es el castigo, el karma con su determinismo lo que redime al alma humana, pudiendo condenar a un individuo a pagar en el mundo material, con su cuerpo, durante toda su vida terrenal, las consecuencias de sus actos en una vida anterior. En el cristianismo, por el contrario, que no cree en la reencarnación sino en la resurrección y en una sola vida en el mundo de la materia: es la libertad del hombre, con el arrepentimiento sincero de sus malas obras, el que activa la misericordia de Dios sin necesidad de que la persona tenga que pagar otro “precio” por ello, que no sea el que se derive de las mismas consecuencias que generó en su día ese pecado, de las cuales también podemos ser redimidos si Dios lo permite, a no ser que entre de por medio la libertad de otras personas. En contraposición a lo ya expuesto, lo que experimenta el místico cristiano con el éxtasis es un encuentro totalmente diferente, no con su propio yo espiritual, sino con Dios mismo. Es Dios, por consiguiente, el que a iniciativa propia, otorgar la gracia de su presencia a la persona que él desee y en el momento que él estime oportuno. Un Dios personal creador de todo cuanto existe, diferenciado y distinto al de su creación, la cual subsiste por Él, pero de la cual podría prescindir si así lo deseara, en cualquier instante, como antes de la creación. Dios es el único ser autosuficiente, puesto que en Él reside la plenitud completa. Para el cristiano, a diferencia del hindú, Dios no es algo impersonal donde el hombre desaparece y se diluye, porque Dios y él sean una misma cosa (panteísmo). 

En la revelación que los cristianos hemos recibido por medio de la Iglesia y las Sagradas Escrituras, es Dios el que se manifiesta por propia iniciativa, primero al pueblo de Israel, después a la humanidad, entera, por medio de Jesucristo, y en el presente a través del E. Santo, en la Iglesia, para que el hombre no ande perdido, dando palos de ciego, sin saber a quién sigue y a quién rinde pleitesía, como sucede en las demás religiones, cuyos mesías o profetas, en ningún caso dicen de sí mismos que sean Dios o se sepa, por otro lado, que hayan resucitado como pasó con Jesús; del cual, por otro lado, dieron testimonio muchos hombres de su tiempo, hasta el punto de que la mayoría de sus discípulos y algunos de sus seguidores entregaron su propia vida por dar a conocer el mensaje de redención que Jesús trajo a la humanidad. De este hecho conocido y probado en la historia de la humanidad; es decir del paso por la historia del Mesías, del hijo de Dios, no sólo dieron testimonio sus apóstoles, sino que fue anunciado su advenimiento por profetas muchos siglos antes de su advenimiento con gran precisión (algo sin precedentes en ninguna otra religión o biografía), cfr. en Isaías, 53. Del mismo modo fue anunciada su venida, por Juan el Bautista, antes que este lo conociese en persona e incluso a que Jesús comenzase su ministerio públicamente. Fue anunciado así mismo, por el Ángel Gabriel a la virgen María; a José, su esposo, en sueños para que acogiese a Jesús como su propio hijo; Igualmente fue dado a conocer por las palabras que el Espíritu Santo puso en boca de Isabel al saludar a María cuando esta fue a visitarla; por la profecía de su esposo Zacarías; por la revelación que tuvieron los magos de oriente acerca de su nacimiento; por el anuncio del Ángel a los pastores del nacimiento del Salvador (ahora en un grupo más amplio); por la revelación que tuvo la profetisa Ana y el anciano Simeón; por las palabras del apóstol Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16, 13-20); igualmente por parte de Dimas el ladrón, uno de los dos condenados a muerte junto con Jesucristo en el calvario: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? (Lucas 23, 40); hasta por aquellos que no sabían nada de profetas y promesas mesiánicas, como los soldados romanos que dieron muerte a Jesús y que, al pie de la cruz, poco después de fallecer, dijeron: “En verdad este era el hijo de Dios” (Mateo 27, 54). 

A esos anuncios hay que añadir el del Padre Eterno, dando testimonio del hijo en forma audible dos veces, una con el bautismo de Jesús en el Jordán y otra en la transfiguración, en el monte Tabor, delante de sus discípulos (Mt 17,5): «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco: escúchenlo». A parte de estos testimonios, y algunos más que se pueden recoger en las Escrituras, también dan testimonio de Jesús sus mismas palabras (Mc 1, 22): «Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad» y por si esto no fuese aún suficiente, ahí estaban también sus signos y milagros junto con su vida ejemplar, pues la misma Escritura nos recuerda (1 Pedro 2; 22): «El cual no cometió pecado, ni engaño alguno se halló en su boca»

Sin embargo, la mayoría de la gente que lo seguía no llegó a atisbar quién era tal personalidad. Su propio orgullo, su vanidad y su ceguera espiritual se lo impedían. De no haber sido así esos mismos signos y milagros los hubiesen llevado, irremisiblemente, a reconocer a Jesús como el enviado, como el hijo de Dios a quien esperaban y, a consecuencia de ello, a cambiar su modo vida. Le buscaban, pues, como le buscamos hoy, en muchas ocasiones, para satisfacer las necesidades perentorias; es decir como al superhéroe de la peli que lo arregla todo, sin que ello comprometa mi vida en nada. Incluso hay quien lo busca (o se sirve de Él) como pantalla para ocultar una doble personalidad, como Judas. Un Cristo, en definitiva, al que hago un pequeño hueco en mi agenda y en mi intelecto, diluido en mi concepción interesada o partidista del mundo y de Dios mismo.

El Cristo real, el Dios de la historia y del mundo, se encarnó, en cambio, para que yo lo reconozca en lo que es y en lo que propone, lo ponga al frente de mi vida y lo siga por detrás, como los discípulos, reconociendo en Él, el único y verdadero Maestro en el que mirarse y al que obedecer. Su deseo es relacionarse conmigo para que saque lo mejor de mí mismo, apagando mi ego en un amor desinteresado hacia Él y hacia el resto de la humanidad a través de él; hombres y mujeres con las que me relaciono en mi vida cotidiana para que, finalmente, lleguemos a la fraternidad deseada y a la contemplación divina. Un Dios cercano al que debería dirigirme en estos términos u en otros parecidos: Señor quiebra en mil pedazos mi sabiduría, mis reservas, mi cultura, mis apegos afectivos; quita en mí todo miedo y todo trauma; insértame en tu corazón para que te conozca tal y como eres, en espíritu y verdad. Y de este modo, yendo contigo de la mano, libre de todo engaño, prejuicio y atadura, te sirva y te adore sin condiciones

Dios es espíritu y, por eso, nos pide en los Evangelios que lo conozcamos en espíritu y en verdad. De lo contrario corremos el riesgo de hacer de Dios un títere de nuestra razón especulativa; siempre sesgada por nuestra naturaleza limitada y por la cultura pasajera de cada momento. Una buena muestra de ello la tenemos en este pasaje bíblico donde el apóstol Pedro, deseando lo mejor para Jesucristo parece, sin embargo, estar bien alejado de la voluntad y del conocimiento de su Maestro: (Mateo 16, 23) Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: ¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.  Parece que Pedro, sin embargo, aun queriendo lo mejor para Jesús, se equivocaba en su razonamiento humano. 

Ya que he citado el hinduismo, y también, a uno de sus analistas, Joseph Marie Verlinde, en algún capítulo anterior, no quería pasar de este apartado, casi apologético, sin citar algunas líneas de su obra autobiográfica «La Experiencia Prohibida». En ella nos revela, después de sumergirse de lleno en el conocimiento y en la práctica de la Meditación Trascendental y de la Nueva Era, lo alienantes que llegan a ser estas filosofías, por un lado, y lo expuesto que queda la persona frente a las fuerzas ocultas, por otro. Extraigo aquí unas líneas del libro ya citado, a modo de síntesis, del mensaje que desea transmitirnos a través de su biografía en la que viene a refutar lo que yo mismo con otras palabras he tratado de explicar anteriormente: «Me permito insistir una vez más: la serenidad natural conseguida mediante el lento proceso de disolución de la conciencia personal no tiene nada que ver con la paz sobrenatural del Espíritu de Cristo resucitado y no prepara al hombre para acogerla, sino todo lo contrario. Es más bien una trampa, tanto más peligrosa cuanto que es muy seductora y puede engañar muy fácilmente a un viajero poco experimentado. ¡Cuánta gente se ha visto enredada en una contemplación narcisista de su sí profundo, mientras pensaban que estaban viviendo estados de oración y de quietud, o incluso de oración infusa! Y eso es lo que hace tan difícil, e incluso imposible, la integración de las técnicas del yoga en un auténtico camino de oración y de vida de Espíritu».

El mismo libro pone en claro esas diferencias, en otro de sus párrafos con estas otras palabras: “lamentablemente, con demasiada frecuencia en nuestros días; cierta fascinación por la novedad -quizás cierto exotismo- lleva a algunos cristianos a interesarse más por el hinduismo y el budismo que por su propia religión. Y como la mayoría de ellos sólo tienen un conocimiento muy elemental del contenido de su fe, no disponen de instrumentos de discernimiento que les permitan una reflexión crítica. Y así su cristianismo se parece en ocasiones a un extraño cóctel sincretista, en el que se mezclan temerariamente resurrección y reencarnación, divinidad de Cristo y avatares, meditación y yoga, éxtasis y éntasis, vida en el Espíritu y fusión con el Gran Todo… Esta confusión no hace ningún bien ni al hinduismo ni al cristianismo”. 

4. HE AQUÍ, YO ESTOY A LA PUERTA Y LLAMO… (Ap.3, 20)

Fue así, por fe y discernimiento (en la certeza de que mi Iglesia está fundada por el mismo Dios) como el Espíritu Santo se sirvió del libro de la yoguini, para que me acercase a una búsqueda más intensa y profunda de Dios. Sabía que, en la Iglesia de Jesucristo, me aguardaba el Padre Eterno, como a hijo prodigo que necesita ser restaurado y restablecer unos lazos de comunión filial, más allá de conveniencias y formulismos vacíos. 

De este modo, por ser la palabra de Dios Verdadera, Viva, Eficaz y Eterna, experimenté al igual que el hijo pródigo, el perdón del Padre y la alegría de volver a la casa de la que nunca debí marcharme porque allí lo tenía todo. No obstante, con el regreso arrastraba también conmigo las heridas del pasado; las cuales debía ir cicatrizando en la medida que esa relación creciese, y Dios, con su infinita bondad, las fuera sanando. Pero este acercamiento no fue tan sencillo como pueda parecer a simple vista; incluso hubo de por medio, debido a mi obstinación, una revelación de parte de Dios que expondré más adelante.   

Está comprobado, científicamente, que el cerebro no es un todo acabado que amplía, sin más, su capacidad con el paso de los años; sino que, por el contrario, se va modificando con las experiencias vividas y, especialmente, al incorporar a nuestra vida un comportamiento repetitivo que, prolongado en el espacio y en tiempo, termina en hábito. Estos comportamientos repetidos que conllevan, a su vez, cambios en el cerebro, crean −por decirlo de alguna manera− unos surcos o huellas neuronales con el fin de ser utilizados, con facilidad, ante las mismas situaciones y estímulos que los crearon: vendrían a hacer, poniendo un ejemplo rústico, la función de los regatos formados en el campo por las primeras lluvias; los cuales son aprovechados, después, por otros chaparrones para desaguar la tierra inundada. De este modo, si ante los estímulos de tristeza, soledad, frustración, tedio y determinadas imágenes, hemos buscado un placer compensatorio que los mitigue; en el caso que me ocupa personalmente,  un encuentro sexual (para otros podría ser la comida, el alcohol, el juego, etc.,) nuestra tendencia inmediata y refleja, aunque hayamos decidido cambiar de vida, será la de actuar de igual manera que en el pasado ante los mismos estímulos: es decir, buscando el surco que dejó en el cerebro la repetición de la misma conducta durante mucho tiempo; o lo que es lo mismo, el camino más fácil, por conocido, despejado y usado. De ahí que nos sea tan costoso salir de determinados comportamientos y adicciones a pesar de que nos resulten indeseables al haber tomado conciencia de lo mucho que nos esclavizan (si uno no buscas excusas y autoengaños) y nos determinan en nuestras relaciones, en nuestra salud y, en general, en toda nuestra conducta. 

El método para vencer esa fuerza mayor, que lucha por imponerse en contra de nuestra voluntad, según nos muestra la psiquiatría, es crear otro hábito, esta vez neutral e inocuo para que se forme una nueva estructura neuronal que facilite, de este modo, una respuesta diferente a los mismos estímulos que anteriormente nos llevaban a la práctica no deseada. De este modo, siendo conscientes del funcionamiento de nuestro cerebro, disponemos de una herramienta, más, que nos ayudará para que cualquier cambio que busquemos introducir en nuestra vida no se vuelva una lucha cuasi de titanes. Por lo dicho, recuperar la libertad perdida, no es cuestión de un día, el niño antes de caminar tiene que tropezar y caerse muchas veces, y no por eso desiste en su empeño de ponerse en pie y volver sobre sus pasos. Además, en mi caso como creyente, contaba con una ayuda extra, la más importante de todas: saber que, con la ayuda de Dios y su palabra, en la cual confiaba, me resultaría más fácil alcanzar mi objetivo. En su Palabra encontraba mi esperanza, ella me decía, como ya he expresado en otra ocasión, que «lo imposible para los hombres, Dios puede hacerlo posible». También aquella otra el Salmo 65: «Cuán bienaventurado es el que tú escoges, y acercas a ti… con grandes prodigios nos respondes en justicia, oh Dios de nuestra salvación…», además ya había superado anteriormente la adicción al tabaco. Echando mano a esa palabra para hacerla valedera en lo concerniente a mi adicción al sexo, encontré la convicción suficiente, para saber que con Dios saldría triunfador de esa trampa a la que me había conducido la cultura del momento y mi relajación moral, pero como acabo de decir, eso tuvo un proceso, el cual detallaré más adelante.

Dice la biblia que la consecuencia del pecado es la muerte: (Romanos 6, 23) “Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es Vida Eterna en

Cristo Jesús Señor nuestro”. No sólo estaba cerrado, por tanto, a la gracia de Dios, sino que el vivir apartado de Él me llevó a una vida caótica en todos los terrenos; en el personal, en el social y en el laboral: no había un solo palo que tocase que no se volviera en mi contra. Lo que sucede es que cuando a los ídolos se les cae la pintura y muestran al natural lo que en realidad son -hechura de hombres- solamente nos queda Dios, pero si lo ignoramos a Él, también nosotros seremos arrastrados tras los ídolos; y esto porque la materia de fabricación de ellos y la nuestra, sin espíritu, es la misma. Yo había caído en la “exaltación” de la figura masculina, de su cuerpo (este fue mi ídolo) y, posteriormente, como consecuencia de ello en la lujuria. Lo contradictorio fue que, aun siendo consciente de esta decadencia en mí y de la necesidad de volver a recuperar mi libertad: cada vez me iba haciendo más adicto al sexo con prácticas más peligrosas y alienantes. No era fácil dejarlo, por lo que estuve tentado de entregarme a la misma desolación que ya, de por sí, sentía en mi interior (era como si una fuerza interior, tal vez algún espíritu demoníaco, me estuviese diciendo que todo estaba perdido) no obstante, hice de tripas corazón y acudí al único amor que podía apaciguar todas mis insatisfacciones, tempestades, vacíos, heridas y carencias afectivas; a saber, al hijo de Dios, Jesucristo.

El único camino para acercarme a Dios que vi despejado en ese momento fue dirigirme a una comunidad de carismáticos católicos cercana a mi pueblo. El tiempo que pasaba con ellos, una hora aproximadamente, era el único resquicio que encontraba en toda la semana para desligarme del dolor, de la ansiedad y de la tensión nerviosa, que fijaba mi pensamiento de modo obsesivo en la situación laboral, deplorable, por la que estaba atravesando (en realidad fue este el principal motivo, junto con la lectura del libro de espiritualidad ya citado, los que hicieron que me acercase de nuevo a Dios). Pero como Dios hace bien todas las cosas, y tenía presente ante Él todas y cada una de las lágrimas que había derramado en mi infancia y juventud; y, además, era conocedor, que en esta estación de mi vida deseaba seguirle de todo corazón y no sólo para que me sacase del pozo en que me encontraba en aquel momento; no dejó que me entregase al fatalismo. Ya lo había declarado Jesucristo en el sermón de la montaña, de propia voz, en una de sus bienaventuranzas: «Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados». De este modo, pues, me llevó al sitio idóneo para darme a conocer su voluntad por medio de la metodología que utilizan los carismáticos en sus reuniones. El procedimiento consiste, simplemente, en dejar que Dios exprese lo que desee comunicarnos, abriendo la biblia al azar e interpretando, luego, lo que allí venga escrito. Con este método pude hallar consuelo, después, en mi casa, cuando mis fuerzas estaban al límite. El Señor en esos momentos de ansiedad y depresión venía, con la lectura de las Escrituras, a consolarme con una promesa o una palabra de aliento. De este modo, una y otra vez, se mostraba compasivo conmigo viniendo en mi auxilio. Sin embargo, Dios respeta la libertad del hombre; es decir, yo tenía que dar ciertos pasos que aún no me había atrevido a dar, definitivamente, si es que de verdad esperaba en su poder sanador. Dios nos creó libres y, por tanto, no podía cambiar la conducta de las personas que estaban alterando mi estabilidad emocional, si ellas no querían cambiar o no sentían la necesidad de hacerlo. Era esta la razón, y no otra, que el consuelo que recibía por parte del Altísimo en la oración, al poco tiempo quedaba en agua de borrajas porque el problema de fondo continuaba ahí.

Por lo ya expuesto, sabía por los conocimientos bíblicos y doctrinales que poseía, que el enfoque que le había dado a mi sexualidad podría estar afectando las demás áreas de mi vida; eso, por un lado, por otro era consciente, al mismo tiempo, de que Dios lo da todo, pero lo exige, también, todo. De aquella reflexión surgió que me dirigiese en oración en estos términos al Señor: Te entrego mi vida Dios mío respóndeme ¿qué deseas que haga con respecto a mi vida sexual? Ante esta pregunta Dios no se hizo el sordo porque conocía, en ese momento, la determinación de mi corazón para entregarme a Él (la misma que no había tenido en etapas anteriores) y, por ello, me dio la respuesta que yo le había estado pidiendo durante buena parte de mi vida para saber cuál era su voluntad y hacia dónde debía dirigir mi sexualidad y mi vida, sin temor a equivocarme.

Yo había escuchado en multitud de ocasiones que Dios nos habla en la biblia; sin embargo, había interpretado, hasta entonces, el contenido de la misma, únicamente, como un conjunto de consejos y normas para que el hombre no cruce el límite de lo correcto o de aquello que no se debe hacer. Fue al llegar a la renovación carismática cuando conocí el significado correcto de aquella frase en toda su amplitud: Dios nos habla en la biblia a través de su palabra. Dios no había inspirado a los hagiógrafos que escribieron los textos bíblicos, para redactar un manual de buena conducta y, a renglón seguido, desentenderse del hombre; sino que, muy por el contrario, el Señor sigue hablando a través de esa misma Palabra (la suya), a cada persona en su situación particular para hacerlo avanzar hacia su meta, Dios mismo. Y lo hace cada día de múltiples maneras, a través de la oración, de las personas, de la naturaleza y de las circunstancias; pero muy especialmente por medio de la Biblia, la cual nos consuela, nos seduce, nos cuestiona, nos guía, nos fortalece y nos reprende, como en una relación sincera de amigos que se aman y se buscan. 

Por muchos años le insistí a Dios que me diese una respuesta sobre su posicionamiento ante la práctica del sexo entre iguales. Esta cuestión, sin embargo, estaba bien definida y explicitada en las Escrituras, aunque yo, en su momento, hiciera como el que no ve o no oye, e incluso buscase subterfugios para engañarme. Dios tiene sus tiempos y conoce, de antemano, lo que hay en el corazón de cada hombre en cada una de las etapas de su vida: la determinación que yo tenía por esas fechas en llevar a cabo su voluntad, con lo que esta conllevase, no la había tenido anteriormente. Por eso vino a ponerse de manifiesto ahora, y no antes, por pura misericordia, donde se situaba Él con respecto a la práctica sexual entre iguales.

La respuesta de Dios me llegaría del siguiente modo: ya por el año dos mil once, pese a asistir a las reuniones con los carismáticos, yo seguía con la misma vida de promiscuidad que con anterioridad venía llevando; no obstante, tenía claro que de adentrarme de nuevo a vivir de Dios y para Dios no podía hacerlo desde la incoherencia, sin atender a la voluntad del Padre y a la de su hijo Jesús. Esa voluntad estaba más que expresada y clara, con respecto a la sexualidad, en muchos versículos de la biblia, yo citaré sólo uno, de entre todos ellos, en el Nuevo Testamento (Judas 1, 7): “También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, dejándose arrastrar por relaciones contrarias a la naturaleza, han quedado como ejemplo, sometidas a la pena de un fuego eterno”. Tomado del LIBRO DEL PUEBLO DE DIOS.

Para salvar mi posición, yo, hasta entonces, había remitido la inerrancia bíblica exclusivamente, en un autoengaño (se supone que en materia de fe), al Evangelio. Había aceptado de la Biblia, como verdadera Palabra de Dios, solamente los Evangelios porque en ellos Jesús no se posiciona con respecto a sexualidad entre personas del mismo sexo. Sin embargo, el hecho de que Jesús no se pronunciase sobre esta práctica sexual explícitamente (como consecuencia de no practicarse en el pueblo judío por esas fechas), no quiere decir que Él fuese conforme con respecto a la misma, pues lo haría implícitamente con otras palabras cuando nos dijo: (Mateo 5, 17-18) «No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir (lo cual da a entender que todo lo anterior era bueno y conveniente). Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla». Por tanto, Jesucristo, sometido por su cuerpo al mismo peso de la tentación que cualquier otro hombre, venció en su misma persona todas las pruebas por amor y obediencia al Padre; siendo Él, el primero en mostrarnos con su ejemplo, entre una multitud que le seguiría posteriormente, también por amor y obediencia, que se puede vivir castamente y sin frustrarse por ello. 

Desde aquella convicción para llevar a término el proyecto de Dios en mí, le pedí que me diera una palabra con la cual yo advirtiera con rotundidad, por medio de la biblia, la posición que Él mantenía conforme a la práctica del sexo entre iguales. Su respuesta no tardó en llegar y no, precisamente, en un pasaje bíblico donde se censurase de modo tácito la práctica de la homosexualidad (como sabemos por los Evangelios el estilo de Jesús no es juzgar, sino redimir y salvar). Así, que pedí esa palabra, tal y como lo hacen los carismáticos, poniéndome al mismo tiempo bajo la guía del Espíritu Santo, para abrir a continuación la biblia al azar. Ya con la biblia de Jerusalén en la mano, el Espíritu Santo me llevó al libro de Job, donde en una de sus páginas apareció, ante mí, un pasaje en el cual se describe un diálogo cercano entre Dios y Job (figura de hombre fiel a Dios), como entre amigos,  en el que Job le reprocha a Dios sobre la situación abyecta por la que pasa mientras este le responde “irónica” e “incisivamente” a Job: «Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo: Ciñe tus lomos como un bravo: voy a preguntarte y tú me instruirás. ¿De verdad quieres anular mi juicio?, para afirmar tu derecho, ¿me vas a condenar? ¿tienes un brazo tú como el de Dios? ¿truena tu voz como la suya? ¡ea, cíñete de majestad y de grandeza, revístete de gloria y de esplendor!… ¡Y yo mismo te rendiré homenaje, por la victoria que te da tu diestra!» (Job 40, 6 ss.) Biblia de Jerusalén, Ed 15-11-1975; editorial española Desclée de Brouwer, S.A.

Yo sabía cuál era el juicio de Dios referente a la práctica homosexual en la biblia y también el de la Iglesia; pero había querido buscar subterfugios para imponer mi criterio y mi derecho. Mi derecho estaba en que siendo yo una persona sexuada y no impedida, era incomprensible que Dios me sometiera a tal prueba −al mismo celibato de Cristo− si es que antes no cambiaba mi modo de sentir la atracción sexual. El juicio de Dios, por otro lado, con respecto a la práctica sexual de personas con AMS, por muchas interpretaciones que se quieran dar a las Escrituras o por mucho que se quiera torcer el significado de las palabras desde la perspectiva humana (el hombre si quiere buscar razones y justificaciones siempre las encuentra), está bien definido, como ya dije, en muchos versículos de la biblia, no sólo en referencias explícitas con respecto a este asunto, sino que se infiere igualmente de una visión conjunta de la lectura de la Palabra de Dios: no hay que ser un lince para darse cuenta de ello. 

El problema viene cuando los cristianos no acabamos de entender que nuestra voluntad debe estar supeditada a la voluntad divina, no en una actitud de esclavitud, sino de hijos que confían en el amor de su padre, en su sabiduría, y en su absoluta soberanía y grandeza sobre la obra de sus manos (nosotros mismos) con la misma reverencia y confianza que la Virgen María dio su sí al Ángel, enviado por Dios, para aceptar ser la madre de Jesús. No consiste, por tanto, en otra cosa que no sea la de dar un amén al primer mandamiento, como ya lo hiciera Abraham cuando Dios le pidió que saliese de su tierra, rumbo a lo desconocido, con setenta y cinco años. O todavía más, en el sacrificio que le pide de su mismo hijo Isaac. Se trata pues dejar que Dios sea Dios. Así pues, u obedecemos a Dios o declaramos ante Él nuestra incapacidad para confiar en su providencia y le decimos, por consiguiente, que aumente nuestra fe. Dios detesta el orgullo y la mentira, penetra nuestros corazones y no se deja manipular con argumentos especulativos o justificaciones; por lo tanto, en su presencia, lo único que puede conmoverlo es que nosotros reconozcamos nuestra debilidad e incapacidad. Como dice en (Heb 11, 6) «sin fe es imposible agradar a Dios» y sin mansedumbre y humildad tampoco: (Mateo 11, 29) «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas». Por esto mismo, porque mi espíritu se inunda de certeza leyendo la Palabra de Dios y se inflama de gozo y esperanza en ella, a pesar de mi derecho como persona sexuada, debía ahora anteponer el juicio de Dios al mío propio, que desde entonces desestimé como inadecuado en razón a mi fe.

De esta manera en la oración, meditación la Palabra, y estando atentos a las inspiraciones del Espíritu Santo en ella, y en los acontecimientos de la vida, es donde llegamos a conocer íntimamente a Dios; ahí se nos abren los ojos del corazón para reconocer nuestra nadería ante el Señor. De este modo, en ese trato personal, en ese diálogo, el mismo Job reconoce, unos versículos después, la inconsistencia de sus argumentos frente al Poder y el Conocimiento Divino: Y Job respondió a Yahveh: Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable. Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. Y dirigiéndose de nuevo Job a Dios le dice: ¡Escucha, deja que yo hable! voy a interrogarte y tú me instruirás. Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos (los ojos del corazón). Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y ceniza”. (Job 42, 1-6)

Del mismo modo que Job, los profetas, Jesucristo y los santos antepusieron la voluntad del padre a sus miedos y reservas. En el caso de Jesucristo, incluso, su derecho a la vida para dar cumplimiento al juicio y a la misión encomendada por el Padre: restablecer nuestra filiación con Dios, haciéndonos coherederos de su Reino, pagando con su propia sangre la culpa de nuestros pecados. Pero esta misión de vivir en la voluntad de Dios, de estar en armonía con su amor y entendimiento, no es sólo para unos cuantos, elegidos, sino que es una llamada para toda la humanidad. El rescate pagado por Jesús, con su vida, por los hombres, es demasiado generoso (ya que lo acepto libremente) como para que no escuchemos su Palabra y sigamos sus consejos; tan es así, que el mismo Jesucristo nos lo revela con la parábola de los labradores homicidas, cf. (Mateo 21, 33-46).

Tal vez no se haya comprendido en toda su profundidad ese sacrificio de Jesús en la cruz por nosotros, por lo cual voy a intentar explicarlo con otras palabras: antes de la venida de Jesucristo se sacrificaban animales, como acto de desagravio a Dios por el pecado personal o colectivo; porque Dios detesta, como sabemos por las Escrituras, el pecado «Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es Vida Eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23). Esto lo sabían muy bien los israelitas a través de sus patriarcas y profetas y, de ahí que, para desagraviar a Dios por el pecado que cometían, se ponía, en lugar del hombre, como víctima de reparación, el sacrificio de un animal (trofeo importante para la subsistencia de un pueblo ganadero como el israelí en ese periodo histórico). Sin embargo, esos sacrificios eran aún insuficientes para saldar la deuda contraída por el pecado del hombre ante Dios y restablecer, para siempre, la amistad y la plenitud gozosa que el hombre tuvo antes de desconfiar de Dios (la desconfianza, la falta de fe, traducida en un acto de desobediencia, fue el primer pecado cometido por Adán y Eva con el cual quedó afectada toda su descendencia, es decir la humanidad entera). Dios se podía haber olvidado para siempre del ser humano por su infidelidad para con Él, no obstante, tuvo compasión de este, y trazó un plan en la historia del hombre para restablecer los vínculos perdidos, saldando en justicia (porque Dios es Justicia, sino dejaría de ser Dios) con el sacrificio de su hijo −que asumiría en su persona, por su naturaleza humana, a todos los hombres− la deuda contraída por los pecados de la humanidad para con Dios. ¿Y por qué su hijo? porque únicamente una deuda puede ser justificada y saldada, en la misma proporcionalidad que se merece el ofendido, no sólo por la deuda en sí, ya grave (el pecado), sino por la posición o rango que ocupa frente al ofensor: en el caso de Dios abismal e incalculable con respecto al ser humano, creador y criatura. Trasladado al plano humano, aunque las comparaciones, como se suele decir, siempre son odiosas, no es igual, por ejemplo, ofender a tu madre que aun colega) ¿Y quién puede estar a la altura de Dios? absolutamente nada ni nadie, porque todos fuimos creados por Él y estamos a sus expensas (porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos) aunque nunca nos vaya a quitar, por eso, la libertad de rechazarle. Libertad que él mismo quiso otorgarnos, para que la relación con él fuese desinteresada, es decir de puro amor. De este modo, el único que podía servir de víctima propiciatoria, para justificar al hombre ante Dios de sus pecados y recuperar la dignidad y un lugar junto a Él de nuevo en la Eternidad, era su propio hijo Jesucristo, que estaba, por así decirlo, en el mismo rango de dignidad que el Padre, por no haber cometido pecado y por su misma naturaleza divina. Así pues, definitivamente, con el sacrificio de Cristo en la cruz −cargando en su persona la culpa de nuestros pecados− nos libró de la sentencia a muerte eterna que pesaba sobre todos los hombres. Por eso en (1 Pedro 2, 24) el apóstol nos dice: «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas fuisteis sanados».

Sin embargo, para Jesús, su muerte, no fue fácil; hay que tener presente que el juicio y el dictamen del Padre, de no cancelar la libertad de aquellos que decidieron condenarlo a muerte, fue tan aterrador y doloroso para Él que, en sus últimas horas, sabiendo el final que le esperaba, dejó escapar las siguientes palabras: (Mc 14, 32-42) «Mi alma está triste hasta el punto de morir». Así pues, en horas previas a su muerte, Jesús sufrió lo que ahora se diagnostica como depresión psíquica y ansiedad; lo sabemos además porque el evangelista nos narra que exudó sangre por los poros de su piel. Sin embargo, a diferencia de lo que nos pasa a nosotros que, por lo general, resistimos mentalmente lo que es, o lo que ha de ser, es decir los dictámenes de Dios, y nos revelamos durante años contra su voluntad, también contra nuestro pasado y contra aquello que de ningún modo tiene solución; Jesús, en cambio, soluciona su crisis personal, en pocas horas, aceptando con determinación la misión para la cual había sido destinado, incluso conociendo de antemano la crueldad con que se emplearían sus verdugos para con él. 

En esa aceptación plena de la voluntad del Padre y de lo que estaba por venir, sucedió que, en su camino de pasión y de muerte, desde el huerto de los olivos hasta la crucifixión, no derramó una sola lágrima, ni se oyó de su boca una maldición, ni un perjurio para salvar su vida, ni arremetió contra sus verdugos; sino que, muy por el contrario, sacó fuerzas de flaquezas para consolar y perdonar a los que estuvieron presentes en su ascensión al calvario y ante la Cruz. Es más, de esta aceptación del dolor, por amor y obediencia, pasó en apenas tres días de la muerte a la resurrección y del sacrificio a la gloria. Fue pues, en esa entrega radical desde donde Jesucristo se constituyó en vida abundante y en esperanza para todo hombre y mujer que lo acepte como su Señor y Salvador; no solo para este mundo, sino para la vida eterna, en el cielo.   

Siguiendo con los datos biográficos diré que, como el hombre es duro de mollera (al menos yo lo soy), no terminé de creerme del todo la resonancia e interpretación que habían tenido en mi interior la palabra con que Dios me habló en el libro de Job; y por eso volví a pedirle la misma palabra al Señor al día siguiente. ¿Y qué fue lo que sucedió? pues que, de nuevo, buscando al azar, la biblia se abrió por la misma página. Hasta por una tercera vez me habló Dios llevándome a esa misma página, en fechas posteriores, cuando le pedí confirmación de su respuesta nuevamente: en esta última ocasión se lo puse aún más difícil al Espíritu Santo para que no cupiese la mínima duda que esto venía de parte de Dios: ahora introduje una hoja de cartón fino entre las páginas de mi biblia (la misma que traen algunas ediciones con el índice de libros y algunas explicaciones anexas) mirando en otra dirección y de nuevo me llevó al pasaje ya citado en el libro de Job: ¿de verdad quieres anular mi juicio? para afirmar tu derecho, ¿me vas a condenar? ¿Tienes un brazo tú como el de Dios?…

Quedaba muy claro, así, cuál era el juicio de Dios y cuál debía ser mi respuesta, por lo que no tardé en tomar la decisión de abandonar toda práctica sexual contraria a su juicio, a lo que Él ya había diseñado desde el principio de los tiempos sin error. No era para menos, después que Jesús, en un acto de obediencia, de fe y amor sin precedentes, aun conociendo que muerte le esperaba y todo el amor humano que dejaba atrás, entregase su vida para perdonar mis abundantes pecados: no en un acto romántico, como pueden pensar algunos, de atraer la atención del mundo sobre Él, sino de dolor, de sangre, de desgarro, de soledad, de deserción de sus discípulos y de su mismo pueblo que horas antes lo aplaudía para proclamarlo rey. De ahí que se nos haga saber, en (Heb 5, 8) que «Jesucristo sufriendo, aprendió que significaba obediencia». Es decir que por amor y por obediencia al Padre, supo, en propia carne, el significado de actuar según los designios y la voluntad del Padre.

Por tanto, como el discípulo no es más que su señor, comprendí finalmente que debía identificarme, con Jesucristo, en obediencia. Fue así como, a partir de entonces, acepté la Palabra que Dios me dirigió; no a regañadientes, sino sabiendo que Él me ama y conoce lo que es bueno y conveniente para para mí y, por ende, para toda la humanidad. A demás no sólo eso, sino que, por propia experiencia ya había experimentado, en primera persona, la espiral en caída, de difícil retorno, a la que me estaba llevando vivir según mi propio criterio y los impulsos de mi carne. 

De esta manera fue como, el Espíritu Santo, llevándome por tres veces al mismo pasaje bíblico, abandoné la práctica homosexual, y el estilo de vida al que me condujo, cuando recién tenía cumplido los 47 años. En ese tiempo no solamente dejé la práctica homosexual, sino que, meses después, Dios me dio el coraje suficiente para dejar mi trabajo, que como ya anoté, me traía en un sinvivir. Tomé ese riesgo, a pesar de que, para entonces, mi futuro laboral debido a mis años no estaba de todo claro. Si la dádiva del pecado es la muerte”como nos dice la Palabra de Dios,a partir del momento que comencé a vivir en obediencia a Dios, también empecé a disfrutar de una paz que nunca, prácticamente, había gozado.  

Como el Señor se derrocha con quien le place, pues por eso es Dios y no tiene que dar explicaciones a nadie, puso en mis manos, pocos meses después, una herramienta sanadora con la cual ir soltando, poco a poco, el daño que se había producido en mi alma con los muchos desencuentros que tuve con las personas a lo largo de mi vida. Fue así como me llevó a conocer los Talleres de Oración y Vida fundados por el Padre Ignacio Larrañaga; franciscano capuchino que brilló con luz divina con sus libros de espiritualidad; pero sobre todo por su labor misionera al frente de los Talleres de Oración y Vida, que él mismo diseñó en colaboración de otras personas, seglares, a medida que se reunía con ellos para orar.  

Después de participar en el TOV del Padre Ignacio me invitaron a hacer otro para prepararme como guía de los mismos: a lo cual accedí pidiendo también una palabra a Dios, a través de la biblia, luego de haber entrado en oración. Hoy cuando escribo estas líneas, sigo impartiendo los TOV del Padre Ignacio junto con otras labores humanitarias y de apostolado.

He de aclarar, no obstante, que el cambio de vida, en mi caso, no fue de un día para otro, porque como todos sabemos el barro es inconsistente y, en ocasiones, no se deja trabajar por las manos que le dan su continente y, en el caso de Jesucristo, también su contenido. De cualquier manera, Dios está haciendo su trabajo en mí, pues además de ir poniendo freno a mi yo egocéntrico; está erradicado los miedos irracionales que arrastraba conmigo. De cualquier manera, la vida del cristiano como dice San Pablo, es una carrera con una meta de llegada y hay que correrla, como buen atleta, hasta el final. Además, como dice, otro profeta de nuestro tiempo, Marino Restrepo: «Jesús es el Camino, pero ese camino que ya está trazado, lo tienes que andar tú». Por esto tengo bien claro que, con todos los obstáculos que nos pone el mundo y las mentiras con las cuales nos seduce Satanás, si no estoy aferrado firmemente a Dios en oración, participando de los sacramentos y centrado en la Palabra de Dios, difícilmente alcanzaré el galardón de la Vida Eterna junto a Cristo. 

Llegado a este punto de la autobiografía, tendría aproximadamente 48 años, quiso Dios dejar su firma en ella para demostrar su infinita misericordia para conmigo, no como una palabra manida que suena muy bien, sino como un hecho probado. Esta revelación vino, a través de otra persona, seguramente para que quede constancia de ello y, por tanto, se pueda certificar que no salió de mí.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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