Paz y bien para todas aquellas personas que puedan estar leyendo esta presentación: Acaba de salir a la venta en Colombia mi autobiografía, intitulada, IDENTIDAD SECUESTRADA, este libro lo he concebido, principalmente, por motivos humanitarios relacionados con una experiencia de acoso, que sufrí durante mi infancia y juventud. Aunque aprovecho, de paso, para dar a conocer en ella, la pérdida de valores del mundo actual y las fuerzas que actúan en la sombra, al amparo del poder político y los medios de comunicación, para que así sea. Una historia transida de dolor, pero al mismo tiempo de perdón y esperanza. Una obra que trata de dar a conocer que cuando etiquetamos a una persona la destruimos, y que, aun así, siempre habrá una salida.

       Si te adentras en la aventura de leer esta obra descubras la salida, tu salida.

Puedes comprar el libro en  CENTRO COMERCIAL DEL LIBRO Y DE LA CULTURA Ubicado en la Carrera 48 No 49-14, pasaje la Bastilla. MEDELLIN, Colombia. llibreria El Fiscal, local 109, proximamente de venta en librerias diocesanas del pais.

caratula identidad secuestrada libro final

A continuación, te dejo con la introducción a la obra y dos hojas del primer capítulo:

INTRODUCCIÓN:

Si decides adentrarte en la lectura de esta autobiografía quiero dejar constancia, antes que nada, de que no he escrito la misma con afán de clamar justicia o venganza contra aquellas personas que, de modo particular, marcaron e incluso llegaron a cambiar el curso natural del desarrollo de mi personalidad. De igual modo que tampoco pretendo, por otro lado, dejar en evidencia a las instituciones que aparecen en la misma, por el simple hecho de alentar el morbo o desprestigiar a los colectivos humanos que  dichas instituciones representan.

Así lo declaro porque no me siento mejor que nadie, dado que en mi peregrinaje he participado de sus mismos miedos, vanidades, equivocaciones y, sobre todo, de las trampas que me tendía y aún me sigue tendiendo el ego. Mi propósito, al poner por escrito esta autobiografía, es mostrar las miserias del ser humano y, en particular, las mías propias para tratar de evitar a otros, en la medida de lo posible, un itinerario tortuoso de sufrimiento y equivocaciones por el que yo anduve, aproximadamente, durante cuarenta y siete años; edad en la que, después de muchas vicisitudes, decidí dirigir mi nave, sin mirar hacia atrás, al faro de la esperanza: hacia aquel que siempre había vislumbrado en el horizonte como el único que me llevaría a puerto seguro.

Por último, quiero decirte, querido lector, que trates de mirar esta obra sin prejuicios, como el que se asoma a una ventana por primera vez; pues lo que he pretendido con ella, ante todo, es dar un testimonio de vida. Todo lo que aparece en la misma son vivencias reales adornadas, en algún caso, con el lenguaje, pero sin modificar los hechos o el modo en como yo los interioricé.

Todos los hombres participamos de la misma naturaleza caída y todos necesitamos perdonar, ser perdonados y, sobre todo, perdonarnos a nosotros mismos. Por eso esta obra autobiográfica está abierta y destinada a un amplio abanico de personas, entre ellas, a padres, profesores, religiosos y educadores, pero especialmente a todas aquellos niños y jóvenes que un día sufrieron discriminación o abusos por sus compañeros o por algún adulto.

CAPÍTULO I
LOS PRIMEROS RECUERDOS

1. LA FICCIÓN PRELUDIO DEL FUTURO

Los hechos que relataré, seguidamente, acontecieron en el transcurso de una tarde de primavera de mil novecientos sesenta y ocho (recién cumplidos los siete años) que obsequiaba por doquier con latidos de savia nueva. De entre la hierba sobresalía una floración prolija que salpicaba, de alegres pinceladas, un horizonte despejado al tibio sol de aquel atardecer. Ya en la cercanía se vislumbraban, poco después de dejar las sinuosas calles del pueblo, centenares de elegantes amapolas que, acompañadas de margaritas y jarales, sobresalían de entre el follaje, en su rojizo escarlata, cual frágiles bailarinas al viento. Los jarales impregnaban a su vez la atmósfera, en esa jornada apacible, con la fragancia de sus primeras florecillas; las cuales, en forma de luminosas vidrieras, teñidas en sus pétalos de vistosos lunares, envolvían en fraternal abrazo el dorado néctar de su centro. Las exuberantes margaritas no lucían menos, asomaban aquí y allá como estrellas tiradas al azar en su universo; temerosas, seguramente, de ser arrancadas por la mano de una princesa de corazón enamorado o de algún rapaz curioso.

A ese estallido de colores vivaces se unía otra eclosión, no menos deleitable para los sentidos, de pajarillos que, alas al viento y con alegres trinos, dibujaban efímeras figuras, en vertiginosas acrobacias, el cielo azul de su dilatado cosmos: ¡quién sabe si en el reclamo de su celo o para celebrar el fin de los gélidos y oscuros días de invierno!

Mi madre que se sentía estrechamente atraída por la naturaleza -en realidad nuca supe donde empezaba la una y donde terminaba la otra- aprovechaba esta estación del año para sacarnos al campo, a mi hermana la menor y a mí, a gozar de las bondades y bellezas de ese renuevo de vida. En el camino se nos unían, por invitación de mi mamá, otros chiquillos del vecindario que, libres como palomas y sin consultar a sus padres, siempre estaban prestos para solazarse en latitudes más anchas que las angostas calles del pueblo.

Sucedió al tiempo, una vez llegados al lugar elegido por mi mamá -un paraje agreste en sitio de nadie- que vinieron a mis labios unas palabras de Don Pedro Calderón de la Barca; las cuales, con toda probabilidad, no hubiese oído pronunciar hasta entonces, pero que de modo espontáneo salieron de mis labios para dirigirlas, en dirección a mis acompañantes, desde la plataforma a la que me había subido: unos gigantescos pedruscos rematados de crestas afiladas…

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