«Una Iglesia que no es perseguida puede ser, en determinadas épocas, síntoma de una iglesia que dejó de profetizar».
Lunes de la 10a semana del Tiempo Ordinario
Evangelio según San Mateo 4,25.5,1-12.
Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.»
Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)
abadesa benedictina y doctora de la Iglesia
El Libro de las Obras Divinas, 6 (in “Hildegarde de 🙏🙏 Bingen, Prophète et docteur pour le troisième millénaire”, Béatitudes, 2012),
*Perseverar, con confianza en la felicidad*
Todas las virtudes tienen funciones diversas pero con una única finalidad: la felicidad. Las virtudes proceden una de otras en la formación de la integridad. Todas esas virtudes están en la ciencia de Dios (conocimiento interior e íntimo), tienden hacia esa ciencia y asisten al hombre en sus requerimientos, tanto espirituales como corporales. Cuando el temor del Señor inspira al hombre, comienza a honorar a Dios y progresa en la sabiduría realizando las obras buenas y justas.
A Dios lo afecta la confianza del hombre en él. En la medida que el hombre tiene una constante confianza en Dios, eleva sin cesar sus pensamientos hacia él. Es por su constancia que los espíritus de los fieles adquieres la fortaleza. (…) La fe confiada atrae a ella todas las virtudes y hace correr en el vaso (el corazón) el vino (el Espíritu) que sirve de bebida a los hombres. Por eso los creyentes exultan de alegría, confiados en la esperanza de la vida eterna. Llevan como estandartes las buenas obras que han realizado.
Sedientos de la justicia divina, succionan de su seno la santidad y sólo se sienten saciados si se deleitan sin cesar con la contemplación de Dios, ya que la santidad sobrepasa el entendimiento de los hombres. Cuando el hombre acepta la integridad, busca vivir según la verdad. Se olvida a sí mismo, gusta y bebe las virtudes que lo hacen fuerte. (…) Los hombres de fe aman a Dios y este amor ignora la lasitud y es perseverante en la beatitud.
