IDENTIDAD SECUESTRADA. Quinta entrega

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Cap 2 Continuación. EN BUSCA DE UN ESPACIO EN EL MUNDO

5 LOS EMIGRANTES RETORNAN POR VACACIONES

Volviendo al itinerario de mis recuerdos en la infancia, quiero romper una lanza en favor de los agricultores, hombres y mujeres que diez mil años atrás y hasta el siglo diecinueve −en algunos lugares hasta la mitad del veinte− contribuyeron de manera preeminente, en la supervivencia de la especie humana y en la conquista del planeta. Por lo que a mí respecta, tuve la dicha de nacer en una familia que cultivaba la tierra: mi padre fue uno de esos hombres que se hizo a sí mismo, con la ayuda de Dios, a fuerza de tesón, trabajo, fatiga, entereza y nobleza.

Aquellos campesinos, los de mi infancia, eran de otro temple, su cuerpo era casi inexpugnable a cualquier tipo de inclemencia. A su fortaleza física acompañaba, por igual, otra mental que los recubría de una armadura inquebrantable forjada de tradición y valores. Lástima que, hoy por hoy, como reconocimiento a su trayectoria sólo reciban menosprecio y olvido por parte de los hijos del progreso; muchos de los cuales son sus propios hijos y nietos. En España que, por lo general, termina devorándose a sí misma, ahogada en el individualismo, en la envidia y, particularmente, en el personalismo de sus dirigentes, a un buen número de agricultores se los llevó la guerra civil y a otros las penurias. El resto, en su gran mayoría, fue víctima de los cantos de sirena de la modernidad, que los sedujo, con sus luces de bohemia, arrastrándolos hacia las grandes urbes.

En la ciudad, sin los horizontes abiertos que antes habían contemplado en las calles y en los campos de su tierra natal, se adaptaron a vivir entre bloques de ladrillos y hormigón. En las fábricas, por otro lado, situadas en los polígonos industriales de las grandes urbes, se vieron sometidos a producir en cadena, como una máquina más del progreso, perdiendo sus señas de identidad. Allí a nadie le interesaba su persona, sino el rendimiento y las ganancias que dejaba para la empresa. Poco importaba ya, a diferencia del pueblo, cuáles eran sus cualidades y sus hazañas; de qué familia procedían y cuántos o quiénes eran sus descendientes y sus ancestros. No interesaba conocer, en ese espacio encapsulado, la vida abnegada que había llevado su padre o su abuelo; de igual modo que tampoco interesaba saber, ahora, si la abuela fue curandera, caritativa, consejera, cuentacuentos, refranera, alcahueta o busca pleitos.

A ese lugar de donde partieron los agricultores y braceros en busca de trabajo regresaban en el presente sus hijos de vacaciones, para visitar a los parientes y de paso conocer sus raíces. Una vez allí pasaban por la era donde antaño sus padres habían ido descubriendo la vida y luego, en su madurez, la abonaron con sudor y lágrimas, para recoger en ella las mieses que servirían de alimento, durante todo el año, al ganado. A este lugar emblemático de mi infancia llevé a mi prima, hija de emigrantes, para que experimentase las sensaciones que se vivían yendo montado sobre un trillo en marcha. El trillo era una especie de carruaje bajito sin compuertas −tirado por una bestia que daba giros sobre la parva− cuyas ruedas estaban formadas por cuchillas circulares cortantes que servían para separar el cereal de la paja. La experiencia para mi prima fue muy divertida, aunque no tanto para mí, como acompañante de recreo, porque con el vaivén del trillo sobre la parva, le sobrevino un ataque de risa, acompañada de espasmos, que le hacían perder el equilibrio con riesgo de caer del ancestral artilugio y de ser, ella misma, triturada por sus cuchillas. Así, pues, como ángel custodio −yo mismo me otorgué ese privilegio mientras duró su estancia en el pueblo− la sujetaba por la cintura con todas mis fuerzas para que no resbalase, hasta que mi papá hacía un alto en el camino, deteniendo las bestias, y nos bajábamos para vivir otras experiencias del mundo rural menos arriesgadas.  

Mi prima viajaba al pueblo acompañada siempre por sus padres, mientras que a su hermano lo enviaban con algún familiar adulto que, también por vacaciones, venía a visitar a sus familiares. Mi primo, aunque tímido, tenía “rabo de lagartija” como se dice por estas tierras de los niños inquietos. Además, como acababa de llegar a un territorio desconocido para él, quería descubrir por sí mismo, aceleradamente, todo lo que estaba relacionado con las tareas agrícolas. Mi primo fue uno de esos chavales, como mencioné al principio, que metía el dedo en el recto a las gallinas para extraer sus huevos a contrarreloj. Desconozco si aquella afición se debía a sus gustos culinarios (ya que según contaba su cena consistía en tres huevos fritos cada día) o por el deseo de ser él el primero en hacerse con el trofeo que soltaban aquellas aves, díscolas, para llevárselo a mi madre como regalo.

Durante el tiempo que permaneció en mi casa apenas podía salir a jugar a la calle: unas veces porque temía que llegase a sus oídos que me decían marica y, otras, porque me lo impedía él mismo, ya que rehuía a los vecinos a causa de su timidez. Cuando mi primo observaba que no cedía a sus pretensiones, me cogía por la cabellera hasta que conseguía doblegar mi voluntad; por su envergadura no me quedaba otra opción que achantarme. De cualquier modo, tengo que aclarar sobre su carácter, que todo lo que le sobraba de bruto, lo compensaba con su corazón generoso y afable; motivo por el cual, desde el primer día que le conocí, empaticé con él y lo quise como a un hermano.

Sus ocurrencias, por cierto, no terminaban en las gallinas, sino que traía igualmente en un sin vivir a las bestias que teníamos en casa. Se subía y bajaba de la mula una y mil veces, le tiraba de las orejas y de la cola; eso, cuando no se situaba por detrás de las acémilas para observar cómo hacían sus deposiciones. Otro de sus hobbies consistía en confeccionar molinillos de papel a la hora de la siesta: los modelos que sacaba eran grandes, resistentes y giraban con más facilidad que aquellos que confeccionábamos nosotros −mi hermana la pequeña y yo− con hoja de papel. No obstante, el disfrute con el artilugio no nos duraba mucho tiempo, puesto que, tal y como los montaba, los volvía a deshacer. Actuaba así debido a su misma timidez, ya que como dije anteriormente, no quería que saliésemos a la calle y mostrar a los amigos el ingenioso invento traído al pueblo por el forastero. 

También conocí por vacaciones, en el pueblo (donde el ritmo de la vida aún lo marcaba la propia naturaleza y no las ambiciones) a otros hijos de emigrantes entre los que destacó una chica de mi edad que sobresalía por su altura. Me a agradaba por su simpatía y espontaneidad, pero no así, por sus dotes de sargento: no tardaba mucho tiempo, después de que aterrizaba por el barrio, sin que se hiciese con el mando de la pandilla. Debe ser verdad, como dicen, que la mujer lleva sobre el varón dos años de ventaja en madurez psicológica, sobre todo, a ciertas edades. En cuanto a mí respecta ante aquella chica, por su altura desproporcionada y por sus contundentes órdenes, me sentía como títere de feria.

Además de esta intrépida amazona, venía otro chico también de la capital de España a pasar las vacaciones con sus familiares. La amistad con él era más fácil que con su urbanita paisana; así fue hasta el día en que un mal entendido vino a poner una barrera de separación entre ambos. Sucedió en una jornada festiva, al atardecer, su tía nos dio dinero para ir al cine, una peli protagonizada por el genio de la comedia Jerry Lewis: para mí gusto infantil, el mejor de todos los cómicos de aquel momento; me identificaba con su personaje, porque a semejanza mía, era despistado y todos los proyectos que emprendía le salían al contrario de como los planeaba. Después de la proyección de la película nos detuvimos en la calle, para lanzar “bombas” (chinas); algo muy corriente por aquella época en la cual, la mayoría de calles estaban por asfaltar. En esas andábamos, cuando se me ocurrió la desafortunada idea de hacerme el muerto, imitando a los protagonistas de las pelis de acción. Mi amigo después de llamarme a distancia, reiteradamente, sin recibir respuesta −puesto que yo insistía en estar de camino para el otro mundo− salió a toda carrera en dirección a la casa de sus tíos, en el convencimiento de que, realmente, me había mal herido. 

No sé porque motivo, siempre he tenido la convicción de creer que las personas esperaran más de mí; de este amigo esperaba, en aquel instante, que intuyese que se trataba de una broma sin más. Viendo que no regresaba, después de buscarlo por varias calles adyacentes sin resultado, hice tiempo para llegar a casa por miedo a posibles represalias. Por el susto que llevaba el chiquillo, mi hermana la mayor, que estaba en la casa de su tía, salió a mi encuentro para conocer de primera mano lo ocurrido y, al mismo tiempo, para persuadirme de que debía pedirle perdón yendo a la casa de sus tíos. Así procedí, tal y como pidió mi hermana, aunque con mucho esfuerzo de mi parte por miedo a los reproches de su tía y primas.

De todo se puede aprender en la vida, incluso de los episodios negativos: de este saqué el propósito, por la vergüenza que pasé dando explicaciones, de no gastar bromas pesadas y de no mentir en adelante. Intención que a partir de entonces intente llevar adelante con buen resultado salvo en contadas excepciones.

6 COSTUMBRES Y PAISAJES: Luces y sombras de un pueblo y una época

En la marcha por este mundo terrenal, los primeros años de la infancia fueron un continuo descubrimiento y, por lo mismo, un aprendizaje incesante. Los hallazgos los encontraba especialmente en la calle, donde la gente del pueblo y otros foráneos que pasaban por allí dejaban su impronta. Esta fue una época en la que se vivía de puertas hacia afuera de las casas, de tal modo que estábamos a la expectativa de que aterrizase por el pueblo cualquier transeúnte, poco habitual por el barrio, para correr tras el mismo. La plazoleta donde yo vivía, por su espacio diáfano y amplio, terminaba siendo el lugar idóneo para vender todo tipo de productos, sobre todo el elixir de la eterna juventud; también para mostrar la habilidad y el ingenio de artesanos y comediantes. 

Después de la posguerra, años de mucha estrechez económica, había que ganarse el pan como fuere; y entre aquel abundante muestrario de buscavidas y cantamañanas que pasaban por el barrio se encontraban, repasando lista, el latero, que remendaba todo tipo de utillaje de metal: pucheros de porcelana, cubos, barreños de zinc y cubiertos. El aguador que abastecía, por su parte, de agua “potable” a la población con cántaras de barros cargadas por un borrico; después lo haría con un carro y finalmente con un remolque, pequeño, tirado por un tractor. El sillero renovaba los asientos de sillas y mecedoras de enea. 

El zíngaro, por su parte, nos traía con su cabra acróbata lo que vendría a ser la prehistoria del circo. Cuando el estrambótico personaje hacía acto de presencia en la explanada, extendía una escalera que coronaba con un bote de lata y, a renglón seguido, con su instrumento musical invitaba a la cornuda (no tenía otra opción si quería comer ese día el intrépido animal) a trepar por la misma, hasta subir al bote donde cabían justamente sus pezuñas y, si acaso, un alfiler. De esta guisa, la esforzada trepadora daba un giro de ciento ochenta grados sobre sí misma, para deleite de los espectadores, al son de la corneta de su dueño. Ahí terminaba la brillante exhibición circense de hombre y animal. Después, el domador de cabras, pasaba un platillo metálico para recoger la voluntad (que no era mucha dada la situación económica de época) en calderilla de los espectadores. Cada vez que presenciaba aquel espectáculo me sobrecogía, lo que no puedo poner en claro, después de tanto tiempo, a qué se debía la desazón: sí a la vestimenta con ribetes de corsario que lucía el cíngaro y su familia, o por temor a que la cabra perdiese el equilibrio y terminase ¡pobre animal…! con su osamenta empotrada en el suelo.

Otro personaje distintivo de entonces que aún pulula, de tarde en tarde, entre el paisaje humano de las calles del pueblo era el afilador. Según cuenta la leyenda popular, la presencia de este artista del acero, era presagio de cambios climáticos o de defunciones. Cuando me comentaron los augurios que seguían al paso del afilador, por el pueblo, quise indagar por mi cuenta si se trataba de una leyenda o guardaba relación con los hechos reales que se describían en la misma. Para sorpresa mía, porque en principio era reacio a creer en ello, después de años de observación pude constatar (debido a que mi trabajo se desarrollaba dentro del pueblo y muy cercano a la calle) que no se trataba de una leyenda popular o una serpiente de verano. De este modo registré, ciertamente, que cuando hacía acto de presencia por las calles del pueblo el afilador, o bien se cubría el cielo de nubarrones o, en su defecto, las campanas doblaban a muerte alertando a los vecinos de que el duelo, ese día, estaba servido. No en todas las ocasiones se daban los dos acontecimientos, muerte y cambios atmosféricos, al mismo tiempo; lo cierto es que, uno de los dos, impertérritamente, siempre acudía a su cita con el afilador. El porqué de este fenómeno se escapa a mi corto entendimiento, sea lo que fuere, he podido observar además de lo ya anotado, dos cosas, primero que las notas musicales que el afilador arranca a su chifre, para avisar de su presencia, han permanecido inalterables a través de los años, y, segundo, que una herramienta afilada, seguramente una piedra, fue el primer utensilio con el cual un hombre mató, por envidia, a su propio hermano. 

Para terminar con el elenco de personajes que hacían parada en la plazoleta, he de mencionar además de los ya citados, al quincallero; éste vendía dedales, tijeras, bisutería barata y un sinfín de bagatelas que portaba en un maletín o en un carruaje dependiendo de su capacidad negociadora. El trapero estaba emparentado con el quincallero, compraba y vendía trapos viejos y pellejos. El pregonero, que por lo general era el alguacil del pueblo, me infundía temor y respeto. El pregonero anunciaba, a voz en grito, todos los edictos municipales del ayuntamiento y los acontecimientos que se darían de especial relevancia en días venideros en el pueblo. Este buen hombre, aunque a mí por esas fechas no me lo parecía tanto, hacia su periplo a horas intempestivas cuando la gente estaba recogida en sus casas. Su voz grave y solemne tronaba, en el crepúsculo del atardecer, rompiendo el silencio de las calles vacías como si viniese de ultratumba. Cuando escuchaba su salmodia, no tardaba mucho en refugiarme entre las sayas de mi madre, hasta que la voz se iba atenuando a medida que sus pasos se alejaban por en medio de las retorcidas calles, ya en penumbra, de mi pueblo. 

Además de los personajes pintorescos ya citados, pululaban un sin fin de vendedores autóctonos. Entre los que se dejaban caer por la plazoleta se hallaban, el melonero, el piconero, el vendedor de higos, el muchacho de los garbanzos tostados, la vendedora de peces −tan lozana ella y fresca como su propia mercancía− y la anciana de los helados, la cual preparaba granizados raspando manualmente con una maquinilla al uso, una barra de hielo para después añadir a la porción extraída un licor de sabores y colores diferentes. ¡Ah, se me olvidaba…! nos decían que a medianoche deambulaban por las calles pantarujas para asustar a los niños; en realidad eran hombres y mujeres disfrazados de fantasma, cubiertos con una sábana blanca, para llevar a cabo alguna que otra acción ilícita sin ser reconocidos. Yo jamás vi una de ellas, lo único que pude observar en una ocasión, adentrada la media noche, fue la silueta de un hombre saltando de tejado en tejado que, por su aspecto encorvado y por el sigilo con que caminaba, daba la impresión de que acababa de asaltar una alcoba o, en su defecto, un gallinero por el bulto que llevaba asido de la mano.

Con el paso de los años todos estos personajes y buscavidas fueron desapareciendo de la vía pública, en unos casos porque subió el nivel de vida de los ciudadanos del país, lo que llevó a muchos a encontrar trabajos menos sacrificados; y, en otros, como consecuencia de la ordenanza de algún ministrable que prohibió la venta ambulante. Con dicha prohibición desapareció la capacidad para que las personas humildes pudiesen emprender un negocio desde cero y, al mismo tiempo, para que se fuesen diluyendo las relaciones vecinales y desapareciese, por extensión, la expectación y algarabía que se formaba en las plazas con los rapsodas, los pasacalles, los teatros de guiñol, los espectáculos circenses, y la ilusión de muchas personas mayores por hacerse con el elixir de la eterna juventud. Todo esto sucedía cuando los hombres y mujeres pasaban por la vida sin precipitar los acontecimientos a fuerza de empujarlos como hacemos en el presente. De esta guisa, el hombre posmoderno al sacar a Dios de su vida, pensando que todo depende de él, exclusivamente (de su inteligencia y de su astucia), anda agitado y acelerado en un intento de eludir su orfandad (su soledad) y de asegurar su futuro. Sin embargo, este hombre aún no se ha percatado de que ir a toda velocidad puede ser sinónimo de llegar antes, pero no de llevar la dirección correcta. De hecho, fuera de Dios, de la revelación traída por Jesucristo ¿qué rumbo sigue el hombre que pueda tranquilizar todos sus desasosiegos e incertidumbres y asegurarle, por otro lado, sus bienes y su futuro? El psiquiatra Jorge Bucay dice que “La felicidad es la certeza de no sentirse perdido”; estado de la conciencia, que, analizado en profundidad, fuera de Dios ninguna persona humana puede garantizar; ni tan siquiera los psiquiatras. De facto existen en EEUU una especialización en la carrera de psiquiatría, para estudiar la conducta neurótica de los mismos psiquiatras.

Regresando a la infancia, a pesar de los muchos días amargos que sufrí, a causa del acoso, hubo otros más livianos, entre ellos recuerdo con entrañable cariño la llegada de la primavera; estación del año que despertaba mis sentidos inundando mi pecho con perfume de azucena, jazmín y azahar. Especialmente es evocador para mí, en dicha estación, el mes de mayo: por esas fechas, en conmemoración a la madre de Dios, se montaban altarcitos con su imagen adornados con flores y pétalos de rosa, en casas particulares, que luego visitaban los vecinos para rezar el rosario y cantar cantos a la Virgen María. Confluían, en este mismo mes, otras circunstancias que lo diferenciaban del resto del año dándole un brillo especial; entre ellas sobresalían el tupido verdor del follaje en los campos, la bondad del clima, los arcoíris que unían tierras lejanas, y una multitud de pajarillos que, con sus trinos, quebraban el silencio del amanecer y el cavilar del hombre al medio día. Como el campo en ese mes rebosa vida e invitaba al deleite de los sentidos, los profesores nos sacaban del colegio para llevarnos al ejido. Una vez que llegábamos al lugar, me sentía en unidad con la misma naturaleza y mi corazón exultaba de gozo, cual enamorado, regalando silbidos y cantos por doquier. La era, pues, se convertía de nuevo en el sitio idóneo para brincar y retozar como terneros a campo abierto: sobre su firme rodábamos por el suelo, como bolas de billar, en medio de un prado sembrado de florecillas blancas, lilas y anaranjadas que algún jardinero (yo sé quién) cultivaba en mitad de la noche, a la luz de la luna y las estrellas, con sangre de eterno enamorado. 

No sólo las personas, también los animales despertaban de su letargo con la llegada de la primavera. Del subsuelo emergían un sinfín de criaturas, cuasi microscópicas, que deambulaban a sus anchas, entre la incipiente hierba, ajenas a las miradas de los infantes, a sus pies saltarines y a sus inquietas manos. De toda esa micro fauna, abundantísima, que salía de sus madrigueras a la superficie, con las suaves temperaturas de primavera, recuerdo ahora entre otros bichejos, a los escarabajos, cochinillas, gusanos, mariposas, hormigas, mariquitas, ciempiés, babosas y alacranes. Las mariposas de ser blancas, eran presagio de buenas noticias; las mariquitas, vestidas de sevillanas, las llamábamos cuentadedos (infelices ellas por desconocer entre qué dedos se desplazaban…). Algunas de esas criaturas gozaban de una belleza singular; otras en cambio, siendo diminutas, tenían aspecto infernal y repugnante: todo un filón para el cine de terror de ser reconstruida su apariencia a mayor escala. 

La impronta que dejaban sobre mi retina algunas de estas criaturitas del subsuelo, por su aspecto siniestro e inmundo, no lograba desterrarla de mi sesera mientras que no hubiese otros aconteceres u otros bichejos igualmente desconocidos para mí que captasen mi atención de nuevo. Aquella fauna en miniatura, no tenía nada que envidiar al más sofisticado documental de animales selváticos; tanto era así, que podía pasarme horas escudriñando los quehaceres y movimientos de aquellos bichejos para descifrar su comportamiento. A pesar de mis pesquisas, nunca hallé una conclusión lógica que pudiese explicar sus conductas: para mí, a diferencia del naturalista y documentalista de la época Félix Rodríguez de la Fuente, toda la actividad que desplegaban era un sinsentido. En ocasiones, no obstante, con resultados brillantes por las construcciones sofisticadas que llevaban a cabo. 

Una de las obras de ingeniería que más me llamó la atención, relacionada con esta fauna diminuta, se produjo una tarde de verano, mientras caminaba por el campo, al momento de sentarme en una piedra para atar mis zapatillas: lo que pude observar al contemplar una viña desde la posición horizontal que ocupaba en ese momento, bajo una tenue luz de atardecer, fue un manto tupido de red de araña, casi invisible, que cubría por completo todas y cada una de las cepas del viñedo; mientras, por debajo, ajenos a esa malla extensa que les cubría, se movían centenares de coleópteros y de hormigas pululando de un sitio para otro aparentemente sin motivo. Este acontecer me hizo reflexionar, años después, que en ese mismo instante en el que la naturaleza estaba en calma y afanada en su tarea para salvar el invierno, algunos hombres −cargados de prejuicios, intereses y fanatismos− andaban conspirando en sus despachos, los unos contra los otros, para destruirse mutuamente. ¡Pobres dirigentes…! Ni por atisbo sospechaban, ensimismados en pasar a la historia, que el mundo seguiría latiendo, a pesar de sus intrigas y de su odio, por debajo de una tupida red de araña, ajena al hambre y a la muerte que estaba en ciernes sobre muchos de sus gobernados.

Luego de mis distracciones, a veces incluso metido en ellas, llegaba el lado oscuro del que pocos días podía librarme; estos eran los ratos de zozobra y de rabia contenida, por el acoso de los chicos de mi edad y otros mayores que, en lugar de ceder, cada día iba a más. Cuando traigo a colación estos recuerdos, no salgo de mi asombro al constatar la capacidad de resistencia de la que el ser humano ha sido dotado. Sin embargo, no siempre sucede de este modo, ya que muchos chicos que compartieron mí misma suerte, por iguales o parecidos motivos, optaron por decisiones funestas e irreversibles como poner punto y final a sus vidas. 

Ante aquellas agresiones me replegaba, a modo de erizo, esperando que la lluvia de insultos escampase sobre mi punzante corteza. Cuando ya no podía más y los días se me hacían interminables; mi alma, elevaba una súplica a Dios para decirle: ¡Señor sácame del pueblo, esto es superior a mis fuerzas, no puedo más! tal era el dolor que asolaba mi espíritu, que ni siquiera pensaba, con apenas siete años, que al salir del pueblo tendría que dejar atrás, también con ello, a mis padres y a mis hermanos. Aquella súplica que dirigía a Dios, en momentos de desolación, no cayó en saco roto: años después el Señor, que siempre escucha, aunque no siempre responde, pues por algo dice Isaías que «sus pensamientos y sus caminos no son como los del hombre», tuvo a bien atenderla llevándome a otro lugar. No obstante, los sucesos relacionados con esa salida los relataré más adelante.

¡Si sólo hubiesen sido los niños, pero no…! sucedió en el transcurso de una serena noche de verano: mientras me encontraba absorto, frente a la puerta de mi casa, observando a un sinfín de mosquitos precipitarse, una y otra vez, contra la luz de una minúscula bombilla, en vuelos suicidas, donde quemaban sus alas al calor del cristal incandescente de la misma. No muy lejano a aquel cementerio de insectos, se escuchaba un silbido que aumentaba su timbre a medida que se aproximaba al lugar en el que yo me encontraba; cuando miré en su dirección pude observar que se trataba de un vecino, un joven, que venía de alternar con los amigos. Se trataba de Anselmo que, una vez estuvo a mi altura, se detuvo, miró hacia la lámpara y cuando le acompañé con el gesto, aprovechó mi distracción para entrelazarme con sus brazos, al mismo tiempo que me besó apasionadamente en la boca. Esta era la primera vez que alguien me besaba en la boca, ya que en mi propia familia manteníamos la costumbre de hacerlo en la mejilla. Eso me produjo tal repugnancia, que fue la primera vez y la última que recurrí a la protección de mi padre para que hiciese algo en mi defensa. La ayuda por parte de mi padre no se hizo esperar, de este modo en cuanto terminé de contarle lo que me había sucedido, saltó como energúmeno de su sillón en busca de aquel chaval barbilampiño, de hormonas alteradas y cerebro de mosquito, para amonestarlo. De regreso a casa, una vez que dio con su paradero, mi padre me garantizó que no volvería a tocarme; que de hacerlo de nuevo −le advirtió− se atuviese a las consecuencias porque se las vería con él cara a cara y, en dicha ocasión, no sólo para reprenderlo.

7 A LA MEMORIA DE MI PADRE

Ahora que ha salido a colación la figura de mi padre, no puedo pasar de aquí sin honrar, sobre estas líneas, su memoria. Tal vez sirva para que muchos, con su ejemplo, encuentren su felicidad en la cotidianidad de la vida sencilla, al igual que él encontró la suya en la conformidad de lo que no podía cambiar. Esta semblanza estaba ya escrita y la he extraído de mi blog personal. ¡Ahí va por ti papá!

En homenaje a mi padre:

Para mí, papá, fuiste un gran hombre, un hombre bueno, y por eso no me hubiera atrevido exigirte más de lo que a cualquier otro señor eminente de tu tiempo. Naciste ocho años después de que comenzase a rodar el siglo XX. Yo vine al mundo cuando tú tenías cincuenta y tres años cumplidos. No obstante, a pesar de tu edad avanzada, nunca eché de menos un padre joven. A esa edad trabajabas como uno de treinta, me dabas tu protección y, aunque no fuiste especialmente afectuoso, jamás pusiste tu mano sobre mí para castigarme. Tampoco es que te hiciese falta, ya que tu modo de imponer respeto consistía en saber estar en tu lugar en todo momento. 

Por aquellas fechas muchos trabajos del campo se hacían a mano, así, pues, papá, a pesar de que tenías las tuyas bien curtidas, se te agrietaban con surcos semejantes a los que hacían las rejas de tu arado en tierra firme con el rigor de las temperaturas invernales. Aquellas manos, padre, solamente me las mostraste en una ocasión; no para buscar mi compasión, sino para que supiese la dureza que comportaba el trabajo a la intemperie. Ese era tu habitual modo de proceder, ya que raramente nos hablabas de tus preocupaciones, de tus luchas y fatigas. Sí, padre, déjame que lo cuente: yo te observaba y, en tu determinación recia, descubrí que tenías corazón de niño, un corazón sensible que hizo que aflorasen, en más de una ocasión, lágrimas a tu rostro; especialmente en las bodas de mis hermanos. Ni que decir tiene que respetabas a mi madre y que de tu boca raramente salió un improperio que te afeara. Recuerdo con nostalgia mis vacaciones, porque aprovechabas ese periodo de mi vida para llevarme contigo al trabajo. Me despertabas de madrugada para salir de casa, montados a lomo de mula, antes de que apuntase el alba: yo iba sentado a horcajadas delante de ti y, en el trayecto que había hasta llegar a la finca, aprovechabas para cantarme, al oído, uno de los milagros que Dios tuvo a bien concederle a San Antonio de Padua siendo aún niño. 

El canto relataba un hecho insólito, sucedió mientras el padre de Antoñito asistía a la misa dominical matutina en su ciudad. Antes de dirigirse a la celebración su padre le encargó que protegiese el huerto familiar del ataque de las aves. Antoñito, obediente a su padre, en lugar de espantar a los pajarillos, se puso a hablar con ellos, invitándolos a recogerse en una nave que había, en el mismo huerto, hasta que finalizase la misa. Así lo hicieron las aves que, escuchando atentamente sus indicaciones, le obedecieron. Cuando llegó el padre de la celebración dominical, sin dar crédito a lo que veían sus ojos, rápidamente se dirigió al pueblo para dar cuenta al Obispo y al resto de paisanos de tan insólito suceso. Los lugareños, aunque algo escépticos, para verificar lo sucedido, lo siguieron hasta el huerto donde contemplaron, efectivamente, a los pajarillos que aún estaban parados en la nave, inquietos, esperando a que Antoñito les diese la orden de batir sus alas para reemprender el vuelo. Sí, papá, acuérdate, me gustaba de tal manera aquella canción que te la hacía repetir, una y mil veces, hasta que llegábamos a la finca, si es que íbamos de camino, o hasta entrar en casa en el trayecto de regreso. 

No sé si los santos en el cielo tendrán la cualidad de la omnipresencia, lo cierto es que cuando me invoco a este Santo para encontrar un objeto que he perdido (que por mi natural despiste no son pocas) no tarda el mismo en aparecer. Ahora que lo pienso, creo que de algún modo San Antonio desde las alturas se percató de lo mucho que me gustaba el relato de su milagro: hasta tal punto quedó grabado en mi memoria que, en muchas ocasiones, intentaba imitar al santo, hablando con los pajarillos, sin ningún resultado. Al parecer mi fe y mi santidad dejan mucho que desear. No obstante, igual es cuestión de entrenar y de cumplir, haciendo fuerza con los brazos y con los dientes, como el protagonista de Little Boy: de cumplir, sino con la lista que le pone el cura, al pequeño niño, si con los mandamientos y las bienaventuranzas de Jesucristo que son más como para adultos. Además, esa es la propuesta de Jesús, y para eso vino al mundo, para que nos hiciésemos santos, no por vanagloria personal sino para forjar el reino de amor, paz, justicia y perdón, que todo hombre desea y lleva inscrito en su corazón.

Para terminar con la evocación de lo que fue la personalidad de mi padre quiero hacer mención, entre otras virtudes, al buen humor que destilaba: siempre que salía de casa para el trabajo iba canturreando y, no solo eso, ya que una de sus aficiones preferidas consistía en alegrar la vida de las personas con sus ocurrencias y sus chistes. De este modo sacaba punta a cualquier acontecimiento cotidiano que se prestase para ello: se trataba, por lo general, de un chascarrillo sano, con el cual arrancaba la sonrisa a todos los amigos que pasaban por casa. Por lo ya comentado sobre él, por su estoicismo, por su paciencia y por otras cualidades que le hacían brillar con luz propia, tengo que concluir diciendo que, por encima de todo, fue un hombre bueno y sencillo, que pasó por la vida haciendo favores sin desear mal a nadie: un señor que respetaba y se hacía respetar, un hombre que se conformó con lo que le ofrecía su entorno y que, por lo mismo, necesitó tan pocos accesorios y bienes para vivir, que los únicos objetos personales que le encontré en su mesilla de noche cuando falleció fueron, a saber, un reloj de cubierta de plástico, una petaca en la que guardaba algunos documentos sin importancia y el equivalente, dentro de la misma, de lo que vendrían a ser hoy unos doce euros; monedas que iba juntando, poco a poco, no para sus gastos, sino para convidar a los nietos por su cumpleaños. Con esas pequeñeces, con su buen talante, con ver a sus hijos felices, con llevar el sustento diario a casa y poco más, se daba por satisfecho. 

De tal modo su aquiescencia constituyó uno de los principales motores de su vida, que nunca le vi lamentarse por no haber alcanzado una posición social relevante en su entorno; aunque no le faltase inteligencia para ello. Es más, en muchas ocasiones, me relataba la historia de un hijo que, a modo de cuento de la lechera (especulando en su imaginación), iba exponiendo ante su papá, uno por uno, los logros que alcanzaría a medida que se hiciese mayor. Al glosario del mozalbete el padre contestaba a cada uno de los logros que el hijo le mostraba: ¿y después qué más conseguirás hijo mío? así una y otra vez ¿y después qué otro logro más, hijo mío? hasta conducir al hijo a sus últimos días, frente a la vejez, en el precipicio de la muerte. Entonces mi padre, al llegar a ese punto del relato, callaba con la intención de hacerme meditar sobre la ambición desmedida. Ahora se lo agradezco, porque no he llegado a tener éxito en la vida, ni a triunfar tal y como lo entiende el mundo actual; sin embargo, no me he frustrado por ello y he podido saborear el éxito que para Dios y para mi padre eran suficientes: dormir en el lecho, al caer la noche, con la certidumbre de estar en paz conmigo mismo y de no haber pisoteado a nadie por el camino; al menos, no, conscientemente. No obstante, después de lo expresado, reconozco que en muchas ocasiones me conduje con ira, no así con violencia física, porque ésta la dejé enterrada para siempre, junto a mi infancia, a la edad de doce años. Así que aprovecho la ocasión, desde estas líneas, para pedir perdón por ese comportamiento, airado, a todas las personas que pude lastimar mientras me crucé con ellas por el camino de la vida.

Mi padre me ofrecía de esta manera, por su bondad, su tesón, su equilibrio, su modo de entender la vida, su buen humor y por su conformidad; también por su aceptación de lo que no tenía solución, un modelo de persona que no perturbaba, en mi mundo interior, la añoranza por otra identidad que no fuese la masculina. Mi padre, por tanto, fue un prototipo de persona plena de sí e identificada con su medio. Quizás parezca que intente justificar mi condición heterosexual durante aquel periodo de mi vida, sin embargo, aunque así fuere eso no quita para expresar lo que vivía por entonces en mi fuero interno; es decir, la convergencia plena entre lo que yo era por naturaleza y mi modo de percibir, sentir y vivir la masculinidad. El autoengaño es negarte a ti mismo la posibilidad de aceptarte, de amarte y, a su vez, de poder cambiar. Dicho de otro modo, nadie puede amar a los demás si antes no se ama a sí mismo, como tampoco puede emprender un cambio o ser feliz desde la negación de lo que es o de lo que siente. Esta actitud y no otra, la aceptación de todo tu ser con su historia, es el principio básico para iniciar una carrera hacia la felicidad donde no se proyecten en las demás personas las propias carencias y limitaciones.

8 DE LA CULTURA DEL SER A LA CULTURA DEL TENER

El capítulo anterior me ha dado pie a través de la memoria de mi padre, en la que describo la armonía que, por lo general, se daba entre el entorno y la persona y, a su vez, en la aceptación de la propia historia y de sí mismo, a reflexionar sobre los cambios que hemos ido asumiendo, casi imperceptiblemente, en el modelo de sociedad que hoy tenemos.

Parece obvio lo de amarse a uno mismo y Ser, antes que negarse a uno mismo y sus potencialidades; sin embargo, la realidad me ha mostrado en muchas ocasiones todo lo contrario. De esta manera he dado con personas en las últimas décadas, que se decían tolerantes, y lo que menos esperabas de ellas es que a quien menos tolerasen fuese a ellos mismos. También he encontrado a otros que igualmente se decían tolerantes, pero que, rechazando su propia libertad, con tal de no sentir el vértigo de la nada y la responsabilidad de decidir por sí mismos, se aferraron a una concepción filosófica acabada (cerrada) del mundo, que los hizo irracionales, dictatoriales e ilógicos −hasta el punto de justificar la violencia− con todas aquellas personas que refuten o no compartan cada uno de sus dogmas y postulados.

Redundando aún más sobre la intolerancia, en este caso, sobre la que se ejerce sobre uno mismo, me he llegado a hacer la siguiente pregunta: ¿Cuál ha de ser el motivo que lleve a tantas personas a magnificar sus defectos o sus deseos incumplidos y no valorar, por el contrario, sus logros y virtudes? Del mismo modo, analizando los comportamientos de negación y de rechazo que he visto en muchas personas con las que me he relacionado a lo largo de la vida, me he preguntado sobre, cuáles serán los pensamientos que habrán anidado en ellas para que se quedasen varadas en uno de los estadios de su vida, con poca o nula capacidad de reacción, frente a la adversidad. No creo que haya una sola respuesta para explicarlo, de tal modo que después de meditar sobre ello, he llegado a discernir que las más habituales son, por un lado, los traumas en la infancia y en la juventud y, por el otro, aquel que tiene que ver con el modelo hiperactivo, competitivo y superficial que nos propone la cultura de nuestro tiempo, carente de valores superiores.  

Como consecuencia de ese entorno carente de valores morales y trascendentes (en la sociedad en general) para hombres y mujeres, a partir de los años sesenta, se fue estableciendo un contravalor de hondo calado que impregna, domina y tiraniza −a modo de un Dios omnipotente y omnipresente− todas las demás esferas de la persona; es decir, la vida familiar, social, política y religiosa. Así, pues, a través de los medios de comunicación de masa, como ya he esbozado anteriormente, se nos impusieron unos estándares de progreso que había que mantener, a toda costa, para no sentirse excluido del resto de la sociedad; es decir, de los gregarios que esta estaba adoctrinando. Esta presión generaba y sigue generando una encerrona sobre el individuo que, por un lado, le genera miedo a no estar a la altura de los demás y, por otro, le inicia en una carrera sin meta de llegada: no hay meta porque lo bueno o lo malo, no reside ya en lo que el individuo es en sí mismo de cara a los demás y frente a Dios, sino que el “Valor” que da consistencia ahora a la persona reside fuera de ella; es decir, en la cantidad de bienes, sobre todo materiales, que esta acapare; cuantos más mejor. Se trata así de mantener una competición, en muchos casos sin escrúpulos, por tener, poseer y consumir más que nadie. Competición que deja vacía a la persona, infeliz y ansiosa, porque en ese camino a recorrer, siempre te encontrarás, por un lado, con personas que posean más riquezas materiales y bienes de consumo que tú y, por otro, porque nunca podrás estar a la última, por falta de tiempo y recursos, en los avances tecnológicos de última generación por la velocidad trepidante con la que se van concatenando en el tiempo.

La cuestión de fondo estriba en que antes de la primera globalización (la del televisor) había, aparte de Jesucristo que era el modelo por antonomasia en occidente, una gran diversidad de modelos en los que mirarse o copiar dentro de tu propio entorno; maestros o guías (en el más amplio sentido de la palabra) que brillaban por su experiencia y sabiduría de vida, y no por su título universitario. Así, un zapatero mismo, te podía dejar mejor tu cabeza que tus zapatos. Por otro lado, como el listón para alcanzar logros y metas era menos exigente, se disponía por lo mismo de más tiempo para meditar y, por consiguiente, también, para corregir aquello que actuaba en tu contra. Hoy, por el contrario, el hecho estar ambos progenitores fuera de casa, con rígidas jornadas laborales; el cuidado del cuerpo; y para remachar la misma tecnología nos han secuestrado la capacidad de pensar ocupando todo nuestro tiempo con el uso de teléfonos inteligentes, tablets, ordenadores o, en su defecto, con la industria del ocio y sus múltiples ofertas. Así, pues, a falta de aquella diversidad de modelos de antaño donde elegir y mirarse; ya que todos los medios de comunicación están, aunque no lo parezca, concentrados en pocas manos y dominados por la misma ideología (por la ideología del relativismo y del beneficio) hemos quedado alienados a un único pensamiento: reducidos a meras cotorras y comparsas de una elite, cada vez más reducida, que intenta, por todos sus canales de comunicación, inocularnos su mismo veneno: el dios del materialismo, del relativismo y del hedonismo (sin importar por ello quien caiga en el camino) para su propio beneficio. Relativismo que, paradójicamente, en contra del mismo significado de la palabra, se ha ido transmutando en una ideología totalitaria, que no solo persigue a todo aquel que no comulgue con sus postulados, sino que además trata de imponerlos, coercitivamente, al conjunto de la sociedad sin contar con ella. Son así, los mismos relativistas los que deciden por el resto de la sociedad, que tenemos que aceptar y que no, aunque vaya contra el sentido común de la mayoría.

En fin… que a falta de introspección y diversidad de modelos donde mirarse y elegir, se ha llegado a un colectivismo ramplón y borreguil donde el hombre es más parecido a las máquinas que él mismo ha ideado (las cuales anulan su capacidad analítica y por tanto su libertad) que el Dios personal y libre que lo creó para que viviese en armonía con sus congéneres, con la naturaleza, con su propio cuerpo y con Él mismo.  

Del modelo propuesto por los medios de comunicación (por sus dueños hablando con propiedad), hombres y mujeres hiperactivos, “autosuficientes” e inquebrantables como el acero, sin corazón; ha surgido, en muchas personas, contradictoriamente, como ya se dijo el miedo: un miedo a no dar la talla que les domina y les paraliza hasta bloquearlas. Efectivamente, el miedo se sirve de un mecanismo que nos hace más sugerente abandonarnos a la depresión y a la muerte que afrontar la vida y apostar por la misma: decantarse por la vida requiere, aceptación no pasiva, cambio, lucha, tomar responsabilidad sobre el propio destino, etc. Por el contrario, optar por la muerte es cómodo, porque solamente hay que dejarse llevar del hastío y de la desesperanza; la autocompasión es un estado de auto-contemplación en el que individuo no tiene que poner en movimiento nada, solamente alimentar su tristeza y su ego hasta dejarse morir.

Desde muchos puntos de vista se ha tratado de explicar la historia del hombre: desde el poder, el materialismo, los imperialismos, la religión, etc. Olvidando, en cambio, un mecanismo de la mente tan poderoso como el miedo. El miedo es un sentimiento de supervivencia, fuertemente arraigado en el alma humana, que manipulado desde la psicología se convierte en un arma de dominio y poder para subyugar a las naciones y a los individuos. A causa del miedo, no pocas personas renuncian a su libertad y a los auténticos valores; para mantener, en cambio, una pequeña parcela de seguridad personal o colectiva, con la cual aferrarse a lo ya conocido, aunque esa misma parcela los esté llevando a una muerte lenta; con un veneno en pequeñas dosis, pero veneno, al fin y al cabo.  

Precisamente fue el miedo el motivo que impulsó a los romanos y a los judíos a sentenciar a Jesucristo a muerte. Jesús vino a ofrecer al hombre la verdadera paz, Libertad, Sabiduría, Amor y Vida (valores que solo Él puede darnos, porque solamente Él los conoce y los contiene en su perfección infinita). Sin embargo, el hombre, mirando para otro lado, quiso quedarse como estaba, haciendo lo que siempre había hecho; es decir, tiranizando, robando, mintiendo y manipulando a sus congéneres, por egoísmo, y para sentirse seguro e intocable; es decir para mantener el statu quo que habían llevado hasta entonces. Judas, aun viendo los milagros de Jesús, puso su confianza en el dinero; en el caso de Poncio Pilato, por no ir más lejos, actuó el miedo a ser removido de su asiento: la prefectura de Judea. En cuanto a los fariseos miedo a perder sus privilegios y el poder de influencia sobre el pueblo; y en el caso del mismo pueblo, que lo ensalzaba y vitoreaba para gritar días después crucifícale, crucifícale, miedo a poner su confianza en una persona que, cautiva, azotada y desfigurada, luego de su prendimiento, había perdido los rasgos de fortaleza e invulnerabilidad que, supuestamente, deben acompañar a todo líder humano.

Ese camino, el de la seguridad, es el que hemos ido perpetuando la mayoría de los humanos, después de la venida de Jesucristo, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, periodo en que comenzamos a buscar con ansiedad, y prioritariamente, tener todo bien atado y bajo control: como si las leyes de la naturaleza y los designios del mundo, no estuviesen en última instancia en manos de aquel que creó el mundo y, por ende, la naturaleza de la que el mismo hombre forma parte. Así, pues, sacrificamos la vida con grandes esfuerzos, para aferramos como esclavos a pequeños placeres y mezquinas seguridades perentorias e incontrolables.

IDENTIDAD SECUETRADA, 3 ENTREGA

Nota aclaratoria: Si no has leído los anteriores apartados, del primer capítulo de mi autobiografía, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora.

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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

CONTINUACIÓN Y FIN DEL CAPITULO 1

8. JUEGOS Y TRAVESURAS: LA INOCENCIA

Ignorante a los cambios que se daban en mi entorno (debido a la edad y por vivirlos en el día a día), en esas fechas andaba como suspendido en las nubes, en medio de una realidad creada a mí tamaño, edad y semejanza. Una vez que salía a la calle, después de siesta, buscaba a los vecinos para jugar en la plazoleta que me vio echar los primeros pasos. Se trataba de un espacio amplio, en el cual confluían varias calles: un altozano que se elevaba por encima del resto del pueblo. Tal vez por esa misma prominencia del terreno -mimetizándome con el lugar donde jugaba y me relacionaba a diario- se me contagió un espíritu de elevarme por encima de las cosas y las personas; no como un sentimiento de superioridad, sino de perspectiva para detectar dónde estoy situado con respecto a los demás y donde, lo estamos todos, en relación a las fuerzas que nos gobiernan, tanto externamente desde la cultura, como internamente desde la negación de la realidad en nosotros mismos.

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IDENTIDAD SECUESTRADA. Cuarta entrega

Cap2 EN BUSCA DE UN ESPACIO EN EL MUNDO

Nota aclaratoria: Si no has leído el primer capítulo con sus correspondientes apartados, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora.

1. EL PARVULARIO

Mis primeras actividades en sociedad pertenecen casi al limbo de los tiempos; no obstante, aún conservo un recuerdo vago de lo que por entonces se denominaba −aunque la expresión eche para atrás− la escuela de los cagones. Esa primera escuela era equivalente a lo que hoy es una guardería, pero sin los recursos de ésta ni la profesionalidad del personal de ahora. El responsable de la escuela, por lo general, era una mujer soltera o viuda que nos mantenía entretenidos sentados en una sillita con canciones, cuentos y rezos. Lo del donut a la hora del almuerzo, vendría muchos años después para los hijos de los que allí estábamos. Mientras tanto a nosotros lo único que nos entraba en la boca a mediodía, hasta la hora de llegar a casa, era algún moco insumiso y unas cuantas lágrimas. 

La primera profesora titulada que tuve años después, en la escuela de parvularios, me enseñó bastante menos que la soltera de la escuela cuyo nombre no quiero recordar. La tal diplomada llegaba de costumbre renqueante al aula, desconozco si a consecuencia de la ingesta de estupefacientes o de alcohol. Su cara, por otro lado, lucía con más pintura que el busto de la Señorita Pepis y la pinacoteca del Hermitage juntos. De esa guisa, por el estado alucinógeno en el que llegaba, no pasaba mucho rato sin que se ahuecara en su sillón, en el cual relajaba sus carnes, entregándose a un sueño soporífero que, probablemente, la alejaban por un tiempo de sus traumas y frustraciones: situación que aprovechábamos los parvularios para mirar de qué color llevaba ese día sus braguitas. Resulta un tanto curioso que a tan temprana edad nos sintiéramos ya atraídos por las intimidades de su entrepierna.

Un día saliendo de esta misma escuela me encontré una alianza de oro, en la calle, a la que puse a rodar, inmediatamente, en el suelo −al desconocer su utilidad− hasta que entré en mi casa. En aquel momento creí que se trataba de un simple aro como el que tenían los niños mayores para jugar, aunque, este, en miniatura. Desconozco cómo pude llegar a mi casa con la sortija antes de que la misma desapareciese bajo la rejilla de uno de los sumideros del camino. Sin embargo, el fin que no tuvo en la calle lo tuvo en mi propia casa una vez que se la mostré a mi madre. Esta, después de observarla por breves segundos atentamente, la guardó en el bolsillo de su delantal sin dar muchas explicaciones. Aquella pérdida supuso para mí un gran disgusto, no por el valor de la sortija en sí, como es de suponer, sino porque a partir de ese momento ya no pude echar el arito a rodar y seguir el rumbo que este me marcase, al azar, tras él. En ocasiones sería bueno dejarnos llevar −sin temor alguno− como niño pequeño, tras su aro, por la pendiente que desgarra nuestro corazón, pues de no hacerlo estamos taponando la fuente por la que han de salir al exterior las heridas del alma. No hay gesto más contrario a la salud, mental, de la persona que intentar mantenerse permanentemente inquebrantable. No solamente deberíamos exteriorizar aquello que nos está rompiendo por dentro el corazón, sino también los sentimientos de agradecimiento; pues aquella persona que no entienda la fragilidad de otro ser humano es porque desconoce su propia esencia y el camino de la vida. En el lado opuesto estaría el victimismo, tan indeseable como el orgullo y la dureza de corazón. El victimismo continuado en el tiempo es la estrategia de los cobardes y de todos aquellos que se han quedado sin argumentos. 

Hablando de ignorancia, o más bien de simplicidad y espontaneidad en la etapa infantil, me viene a la memoria el día que recibí el mordisco de un perro en mi muslo izquierdo. El chucho estaba dormitando plácidamente, a la sombra de una pared, en una bochornosa mañana de verano. Persuadido de que no me veía debido a su estado somnoliento, me situé junto a él y pensé: –ahora que está dormido aprovecho para pisarle la cola y de este modo conoceré como se sujetan los pelos entre sí para que no se le caigan al suelo. En mi corto entendimiento desconocía que el rabo fuese una extremidad más del animal. La respuesta a mi pregunta no se hizo esperar cuando comprobé, con sorpresa, dos cosas: que el perro, aunque dormido, tenía sensibilidad en su cola −ya que se revolvió contra mí para morderme− y, por supuesto, que debajo del pelambre había huesos y chicha que sujetaban los pelos a la cola del animal. Rememorando este hecho se me viene otro más al pensamiento. Tuvo lugar en el mismo sitio (aunque no a la misma hora) años después con el vecino que me afrentó por primera vez tachándome de mariquita. Parece que lo tenía cruzado en mi destino, puesto que, por razón de mi trabajo, años después tuve que asesorarlo en más de una ocasión. No obstante, a pesar de que se hayan dado estos encuentros −no buscados por mi parte− yo contento porque, debido a ello, pude comprobar que el amor de Dios me había liberado de todo rencor hacia su persona.

Pasando al acontecimiento que quería referirme, con respecto al joven aludido, sucedió que yendo este a toda velocidad con su bicicleta, perdió el control al doblar una esquina, para ir a estrellarse contra la pared del acerado donde yo me encontraba. No me atropelló porque su ángel o el mío, tal vez los dos ¡quién sabe…! lo condujo con tal acierto que dejó clavada la rueda delantera de su bicicleta por debajo de mi entrepierna sin que llegase a rozarme. Una vez más Dios estaba de mi parte, a pesar de que los hombres tomemos la dirección contraria a la que Él nos muestra; en el caso del citado mancebo, la de no respetar los límites de velocidad en la vía pública. Algo que yo mismo haría años después, en carretera, en algunas ocasiones.

Otros de los momentos que me produjo desazón debido a la candidez que mostramos en la infancia, superior incluso al descubrimiento que urdían los mayores con los reyes magos y la cigüeña portabebés, fue descubrir, desde el gallinero del cine de mi pueblo, que las historias que se veían al fondo −a continuación de la última hilera de butacas− no estaban sucediendo allí de forma real, sino que se proyectaban a través de un haz de luces, que volaba por encima de mi cabeza, de modo parecido a como lo hacían las sombras chinescas en el zaguán de mi casa. La decepción que me llevé al observar aquel destello de luces, y el agujerito por donde salían, fue mayúsculo. Aquello me pareció un fraude inaceptable, teniendo en cuenta la cantidad de veces que me había retorcido en el asiento de mi butaca, esperando que el bueno de la película lograse escapar de la trampa que le tendía su enemigo. Es más, se me quedó tan grabado en la memoria que aún recuerdo −y eso que mi memoria es flaca− las personas que me habían llevado al cine ese día.

Tampoco era nimio el tema de la cigüeña, sentía pavor de que algún bebé cayese desde las alturas de su alargado pico. Aquel pensamiento me llevó por varios años a buscarlas, en muchas ocasiones, por el firmamento para seguir sus vuelos. Después de mis exploraciones he de poner de manifiesto, que nunca vi un bebé listo para su entrega sobre el pico de una de esas vistosas aves. De aquella pesquisa deduje, o bien que las cigüeñas debían transportar su paquete de noche o que, por el contrario, se trataba solamente de una patraña más urdida por los adultos. 

Posiblemente debido a lo mucho que me seduce la idea de desplazarme por los aires, aquella fábula de la cigüeña entrega bebes me pareció, hasta bien mayor, más sugerente y atractiva que la del vientre de la madre como medio de transporte.

2. LOS PRIMEROS PASOS EN LA ESCUELA

Poco antes de comenzar el parvulario empezó para mí el calvario del acoso, al cual tuve que hacer frente desde los cinco años hasta los dieciocho ininterrumpidamente. Joselito, como me llamaban en el barrio, por ser el más pequeño de mis hermanos, quiso Dios que fuese agraciado en sus facciones y con tendencia natural para el baile y el cante; características suficientes, en esa época, para ser etiquetado de homosexual. Esto a pesar de que mi porte exterior y mi modo de conducirme no fuesen los de una persona amanerada.

Igualmente, he de confesar que no sentía atracción por el mundo femenino; en cambio, sí que tenía un espíritu rebelde y libre por el que nunca oculté mi carácter y mi personalidad. Fue debido a ese carácter libre, de no someterme a las mezquindades y prejuicios de los demás, por el que, a la edad de seis o siete años, viendo a Marisol en el cine del pueblo, no vacilé en imitarla al igual que lo hacía con otros artistas y grupos de la época; entre los cuales podría citar al dúo Dinámico, Nino Bravo, Los Diablos, Carina, Formula V, Rafael, Mocedades, etc. De esta manera, sin reprimir mi personalidad, me lo pasaba en grande cantando y en ocasiones, también, bailando, allí donde se diese una situación propicia. Este modo de proceder, si bien levantaba sospechas, calumnias e insultos por parte de algunas personas, como ya mencioné, por parte de otras causaba, en cambio, elogio y admiración. Cuando se trataba de los últimos, estos se unían a mí para disfrutar del show que desplegaba, improvisadamente, cuando mi corazón estaba alegre. Fue así como me erigí, sin yo buscarlo conscientemente, en el alborotador del “gallinero”; especialmente en los ratos que nos visitaba el tedio en las horas de recreo. Aún recuerdo dos de esas exhibiciones: una de ellas tuvo lugar en una ocasión en la que el profesor se demoró más de lo acostumbrado. En aquella jornada, dando por sentado que no se presentaría en clase, me dispuse con toda soltura a cantar y a bailar, al mismo tiempo que muchos de los compañeros abandonaban sus pupitres para acompañarme, en la función, con una explosión de júbilo. La puesta en escena, encima del entarimado de la clase, en aquel momento fue con una canción de Marisol «La vida es una tómbola, ton ton tómbola, de luz y de color…» que días antes había presenciado en el cine de mi pueblo. 

Como estatua de piedra me quedé cuando vi entrar al profesor por la puerta de clase; tan acorralado me sentí que, de haber tenido la oportunidad de escapar, habría desaparecido, como ratón asustado, por debajo de la tarima en la que aún permanecía. No recuerdo bien que hizo aquel día el profesor conmigo, lo que sí recuerdo, aún, es el cate que me propinó un año más tarde −todavía me llevo la mano a la mejilla cuando lo traigo a la memoria− por el fuerte dolor que produjo su palmada en mi mejilla. Este último episodio fue el resultado de la picardía −por decir algo suave− con que actuó un compañero, tras hacer entrega al profesor de un papel con insultos, que yo le había escrito, respondiendo a otro que él me había enviado, minutos antes, también insultándome. Lo que sucedió fue, que, mientras yo había roto en pedacitos su escrito, pensando que él haría lo mismo con el mío; el muy pícaro, en cambio −ni corto ni perezoso− fue a mostrar mi respuesta al profesor. Desde la distancia en el tiempo me parece prácticamente inverosímil, que a esa temprana edad apuntemos ya tan malas formas; máxime habiendo sido él, precisamente, quien inició la ofensiva. 

Otro momento álgido de esa vena artística lo sacaba a relucir, por las fiestas del pueblo, bailando al son de la canción que tocase la orquesta en la plaza mayor. En ese affaire, en el momento que las parejas de matrimonios y jóvenes reparaban en mí, por el desparpajo con que movía todas las coyunturas de mi cuerpo, hacían un corro en mi rededor para no perderse detalle. Finalizada la canción no faltaba, nunca, quien me izará por encima de sus hombros, como trofeo de campeón, mientras el resto aplaudía al pequeño choutman. Si bien, esto sucedía durante la fiesta; en mi barrio, en cambio, seguían con la suya particular: aquella que montaban, a mi costa, con los insultos e improperios ya consabidos. Quiero puntualizar, no obstante, en honor a las personas con las que conviví por muchos años en mi pueblo, que no todos actuaban cruelmente contra mí. De este modo, pues, si bien el insulto pasó a ser la tónica general de cada día entre muchos niños y adolescentes; por parte de los adultos, sin embargo, el escarnio se daba muy de tarde en tarde. Puntualizaré, no obstante, que, comparativamente, me hacía mucho más daño la agresión verbal cuando salía de la boca de un adulto que cuando procedía de otro niño; y esto porque, de algún modo, yo registraba, ya por entonces (aunque fuese aún muy niño), en el rostro de los adultos una maldad que no se dibujaba en el de los niños. 

Muy apesadumbrado andaba, porque la etiqueta con la que me señalaban se iba convirtiendo, con el paso de los años, en un fardo pesado y doloroso del que no podía desprenderme por más que lo intentase: algo así como las gotas de agua que caen sobre una roca, permanentemente, y la va horadando poco a poco hasta que llegan a perforarla. Fue, así, por esta permanencia en el tiempo, que el acoso cristalizó en un malestar que se hacía poco menos que insufrible: no había día en el cual no escuchase la misma cantinela: eres una niña, mariquita, no tienes lo que hay que tener, maricón, mujercita, y otras palabras aún más soeces, que no merecen ser replicadas aquí. Mi reacción ante el acoso, no obstante, como ya mencioné, era siempre la misma: por un lado, no esconder mi personalidad alegre y festiva y por el otro, devolver siempre el insulto con otro −si es que lo encontraba− aún más mordaz. De esta manera, pues, una vez que entraba en litigio con mis agresores, no pocas veces, los dimes y diretes terminaban en pelea.  

Entre las contradicciones que todos los hombres llevamos consigo yo llevaba las mías. Esto porque, a pesar de ese carácter alegre, en mi fuero interno era reservado y aguantaba con estoicismo todas las ofensas que arrojaban sobre mi espalda. Efectivamente, en cuanto que entraba en casa, escondía el enfado y, con él, las lágrimas sin dar a conocer la cacería a la que estaba siendo sometido. Con mi actitud de rebeldía y aguante −defendiéndome con contundencia− lo que pretendía demostrar a los demás, era lo contrario a lo que hablaban de mí; es decir, que yo era un chico varonil sin miedo. Además de luchar por preservar mi hombría, porque mis sentimientos no eran conformes a aquello que los chicos decían de mí, tenía que defender a mi hermana la menor (la cual me llevaba tres años de diferencia) de los chicos de su misma edad, que venían a soliviantarla porque su cuerpo empezaba a dibujar formas y su rostro belleza. 

A la escuela me dirigía acompañado al principio por un vecino mayor, que aprovechaba, de cuando en cuando, su poderío físico para atizarme una colleja. Por la mañana, lo primero que hacían los profesores era ponernos en fila y alinearnos por cursos. Una vez en orden y en silencio, entonábamos el Cara al Sol (himno del Régimen) aunque el día estuviese nublado. A la hora del recreo nos hacían beber leche en polvo con sabor a pastillas de leche de burra. En otras ocasiones, las menos, nos daban un quesito de la marca, si no recuerdo mal, La Vaca que Ríe: una vaca muy simpática con aretes en las orejas y teñida de rojo como caperucita. Por entonces algunas familias eran pobres de solemnidad y el gobierno trataba de paliar con esos suplementos alimenticios las carencias nutricionales de la población infantil. 

Cuando tuve criterio para elegir, por mí mismo, me deshice de la compañía de mi vecino mayor, y busqué la de otro chaval de mi edad, que vivía unas casas más abajo, para ir con él al cole. Su madre llevaba en los genes el síndrome de la lentitud, como buena parte de su familia. A esta buena mujer, el puchero le salía siempre con retraso y por este motivo tenía que esperar a su hijo, cada día, hasta que terminaba de comer. Su comida… unos garbanzos con presa que consistía en el menú de la familia durante toda la semana. Por aquellos años el cocido de garbanzos terminó siendo, salvo fiestas de guardar, el maná diario de buena parte de las familias, especialmente por mi tierra donde abundaba el cerdo y el cultivo de garbanzo. 

Yendo al cole nos parábamos, a mitad de camino, frente a un muro de piedra, semiderruido, de un antiguo acuartelamiento para hacer funambulismo; aquella pared ejercía un poder, hipnótico, que atraía a los chavales, del mismo modo que sol lo hacía con lagartos en verano: raro era el día en que no nos encaramásemos en una de sus partes sobresalientes. La zona más alta accesible para nosotros se situaba a metro y medio, aproximadamente, sobre el nivel del suelo; altura considerable teniendo en cuenta nuestra edad y estatura. A pesar de las muchas veces que hice su recorrido y de la estrechez del muro, nunca vine a dar de bruces con mi cuerpo en tierra. Esa suerte, en cambio, debido a mi afición por hacer equilibrios, la corrí más tarde dentro del mismo colegio. Aquel día no calculé muy bien la distancia desde el suelo a la parte superior de la tapia del patio del cole, a la cual intenté escalar para sentarme junto a otros chicos, mayores que yo, que habían clavado allí sus posaderas. En la caída me abrí una brecha de considerable tamaño en la frente, por encima de la ceja, al rozarme con la misma tapia a la que pretendía subir. Este suceso, sin ser relevante, lo recuerdo porque la pústula producida por la herida estuvo adherida a mi piel, cual tatuaje indeleble, por unos seis meses. El motivo de tan larga cicatrización tuvo que ver con mi incapacidad de resistir la tentación de arrancarme la postilla en cuanto la veía un poco seca. 

Tiempo después, fui superviviente de episodios mucho más peligrosos, en los que, por escasos centímetros o por segundos, pude salvar la vida en el mismo umbral de la muerte. Ahora doy gracias a Dios, puesto que sé, a ciencia cierta, que por detrás de esa ventura estuvo su mano salvadora. Espero que cuando me llame definitivamente para estar a su lado, participando de su gloria, luego de haberme otorgado tantas oportunidades, esté listo para afrontar el juicio de mis actos.

3. EL DESPERTAR DE LA LIBIDO

Con mis ojos de niños, ávidos de novedad, seguía observando y escudriñando el mundo con alegría y esperanza, mientras el mundo me obsequiaba, a cambio, con zarpazos. Mis acosadores ya no me daban tregua, y era raro el día en que algún chaval no me insultara con la misma cantinela de siempre. El grupo se hacía cada vez más numeroso y, en ocasiones, se juntaban para atacarme todos a la vez. Yo, por mi parte, me iba cargando de resentimiento hacia ellos, máxime al constatar que las sensaciones que mandaba mi cuerpo a mi cerebro, como siempre, eran contrarias a las groserías con que ellos me atacaban. Así lo percibía al constatar, en primera persona, que las emociones que despertaban en mí algunas niñas, solo con verlas a la distancia en la calle, no eran las mismas que cuando advertía la figura de los chicos o me relacionaba con ellos. Con los niños las percepciones se circunscribían al ámbito de la camaradería, de la complicidad y de la competitividad con demostraciones de fuerza y valentía. Con las niñas, en cambio, se despertaban en mi interior otro tipo de sentimientos, difícilmente explicables, donde la belleza y la atracción física se hacían palpables.

Recuerdo que la chica que avivó por primera vez esos reclamos en mí interior la conocí en el cole a los ocho años, estaba jugando con las amigas en un corro en el que giraban al compás de una canción infantil. En el mismo momento en que paró la cantinela de las niñas y la danza se detuvo, una sirenita de agua dulce quedó parada frente a mí, al otro extremo del corro, con mirada tímida a la que acompañaba de una leve sonrisa. Su mirada cálida, amable y receptiva, paralizó mis piernas y aligeró mi espíritu transformándome en estatua y nube al mismo tiempo: sentía que el pecho me quemaba por dentro y las piernas me temblaban por fuera. Su piel color caoba, su talle espigado, sus labios carnosos, su melena en hileras de tirabuzones que revoloteaban al aire con el vaivén de su cintura, y sus ojos enigmáticos, de efigie egipcia y oscuro ámbar, me dejaron paralizado frente a ella, con sonidos de violines en el corazón y con un verso de Espronceda atravesado en la garganta. Desde allí, desde el centro mismo de mi dilatado corazón, se escaparon dos alas al éter para entrelazarse con las suyas, en un abrazo eterno de almas que se buscan y se anhelan sin motivo aparente: ella lo sabe en lo más íntimo de su ser, al igual que yo lo supe entonces. Es por eso que, en el presente, siempre que nos cruzamos en la calle, ella baja la mirada con su dulce sonrisa, mientras yo desacelero el paso cavilando: ¿Señor por qué? ¿Qué hubiese sido de mi vida si aquellos que me empujaban a diario hacia la nada, no hubiesen hecho acto de presencia, jamás, en ella? no hace mucho encontré la respuesta; no obstante, la postergaré hasta que llegue el momento idóneo en el transcurso de este relato autobiográfico. 

A pesar de aquel encuentro tan arrebatador con la belleza femenina, y de esa sintonía espontánea de dos interioridades que se reconocen como una, mi despertar de la libido como tal se produjo, años después, viendo una película en el cine del salón teatro de mi pueblo. Fue así como sucedió: pocos minutos después de que el proyector echase a rodar, sobre el telón, pude contemplar un espectáculo hasta entonces inédito para mis ojos preadolescentes. Inesperadamente apareció en escena un rollizo gañan, recostado sobre unas gavillas, siendo espiado por una joven lozana, que, luciendo entre sus senos un tulipán violeta, le dirigía una mirada cálida y seductora, con la cual llenó de intriga a todos los espectadores que allí nos encontrábamos. El gañán después de descubrirse observado (ahora en un plano más cercano de la cámara) por la damisela, que comenzó a mordisquear una aterciopelada manzana carmesí, se giró en su dirección con mirada lasciva; y sin dudar ya de las intenciones de aquella atractiva ninfa, de un salto, se aproximó a ella. La expectación que la escena creo en el auditorio, después del acercamiento de los protagonistas, alcanzó tal grado, que en el salón se ahogaron todas las toses; las pipas igualmente enmudecieron; y los cigarrillos por su lado, al unísono, dejaron de alumbrar. La acción continuó, mientras el silencio se mascaba en el ambiente, y el fornido campesino, sin más preámbulo, apretó a la damisela contra su pecho y mientras la entrelazaba con sus brazos, la arrastró, consigo, hacia la paja donde cayeron arrebatados por el deseo. Una vez ya recostados en el áspero y mullido lecho −ocultos entre el follaje que se mecía a oleadas suaves por el viento− el fogoso mancebo procedió, sin mascullar palabra, a desabrochar, con dedos ágiles, la camisa de ribetes bordados de la primorosa joven. Después de esta última maniobra del zagal, sin yo esperarlo, emergió bajo sus manos un prominente, suave y tierno seno, de la no menos exuberante y entregada damisela.

Al igual que al protagonista de la película me sucedió a mí ese día: si por su parte no esperaba −como se daba a entender al principio de la escena− la súbita aparición de la provocativa doncella, yo tampoco esperaba que mi anatomía masculina despertara, súbitamente, poniéndose en movimiento por sus propios a tenores, reclamando espacio bajo la cremallera de mi pantalón, en el mismo momento que quedó al descubierto el esbelto y estilizado seno de la damisela. 

Aquella escena quedó grabada en mi psiquis por mucho tiempo, pues nunca, hasta entonces, había avistado un busto de mujer retozar al aire libremente. Así fue mi despertar al sexo, como supongo lo sería también para otros jóvenes de los allí presentes, que, en el transcurso de la noche, ya en sus casas sustituirían la lana de su colchón por la paja suelta de unas gavillas, recién segadas, en un sueño plácido y mojado.

A partir de ese momento las sensaciones no solo se remitían a lo intangible y espiritual, sino también a lo corporal. De este modo hubo una jovencita que conocí de niña, con anterioridad, en el coro de los frailes; la cual, por sus características, sus ojos un tanto rajados, sus carita redonda y sonrosada de muñeca de los setenta y su carácter provocativo y dicharachero, me sedujo como el mejor de los hechizos. No obstante, no llegué a intimar con ella, todo se quedó en un simple juego seductivo, entre ambos, sin consecuencias; ya por esas fechas estaba en el seminario, y no podía exponer lo que, por entonces, creía que era mi vocación.

La vida sexual anteriormente a este relato se remitía a juegos infantiles en los que, junto a los amigos, explorábamos nuestra anatomía para indagar en un asunto que los adultos intentaban ocultar con mucho misterio. Uno de los lugares escogidos para estos experimentos se ubicaba en la era; lugar espacioso de superficie diáfana, ubicado a las afueras del pueblo, cuyo uso se destinaba a separar el cereal de la farfolla. Como su utilización se limitaba, por lo general, a la cosecha del cereal, el resto del año, la era, estaba libre para el esparcimiento y recreo de los chavales. Aquel lugar era el idóneo, en la hora del crepúsculo −aprovechando que los agricultores estaban ya de recogida− para adentrarse en lo desconocido e indagar sobre aquellas partes de la anatomía corporal más censuradas por nuestras madres. Esos juegos, inocentes, terminaban sin consecuencias, entre otros motivos porque éramos ignorantes en materia sexual y, sobre todo, porque la libido no apretaba aún nuestras carnes infantiles.

En este momento recuerdo con hilaridad uno de ellos: consistía en bajarse el pantalón y los calzoncillos, mientras apostábamos por cual de nosotros llegaba más lejos haciendo carreras en ese estado. Como se puede suponer, de aquella guisa, lo único que se conseguía era ir dando tumbos por el suelo. En otras ocasiones simulábamos posturas al modo en que lo hacían en el cine o en televisión los protagonistas de historias románticas; pero todo quedaba ahí, en meras simulaciones de algo que estaba por descubrir en su debido momento. 

Con las niñas se trataba de tocamientos, por la curiosidad de contrastar morfologías. En una de esas exploraciones me sorprendió mi hermana, la mayor, con una vecinita de mi edad en el doblado de mi casa; fue una de esas veces que deseas salir corriendo sin parar hasta desaparecer del mapa. No fue para menos después que mi hermana amenazase con decírselo a mi madre que, por circunstancias familiares, llevaba dos meses fuera de casa.

En aquella ocasión me dejó un tanto sorprendido comprobar, por primera vez, que las niñas eran cual tabla rasa: normal teniendo en consideración que, a su edad, los estrógenos femeninos aún no habían aparecido en la suficiente cantidad como para dar lugar a la aparición de sus mamas. Aparte, con la irrupción de mi hermana en escena, no tuve tiempo a hacer más pesquisas.

Después que nos pillaran in fraganti, la amenaza de mi hermana quedó suspendida en el aire, como espada de Damocles, por mucho tiempo en mi memoria: no era para menos dado el decoro y el misterio con el que se trataba, por entonces, todo aquello que tuviese que ver con la sexualidad. 

Sin embargo, a resultas que el ser humano no parece conformarse con los términos medios, de manera orquestada (buscando pingües beneficios y algo más), con el relativismo moral del modernismo, los medios audiovisuales nos llevaron al extremo contrario. En la actualidad, se ha llegado a banalizar tanto el sexo, que la expresión hacer el amor tiene, ahora, idéntico significado que juntarse para copular. De ahí se deriva, en parte, que las uniones conyugales duren un suspiro: porque a partir de la “liberación sexual” se identificó el amor con el deseo o atracción sexual; sexo con placer, exclusivamente; y felicidad, por otro lado, con ausencia de problemas. 

4 ¿PREDETERMINACIÓN O LIBRE ALBEDRÍO?

Volviendo a ese lugar lúdico y deportivo para los niños que transcurría en las eras, me viene a la memoria otros recuerdos menos agradables de la etapa de mi infancia. De modo particular aquellos que pudieron llevar la tragedia a dos familias en el transcurso de jornadas distantes entre sí. El primero de ellos tuvo lugar en una máquina cosechadora abandonada en dicho lugar, a la que trepábamos los críos para desentrañar, no sólo los misterios que encerraba en el interior de su armadura, sino para hacer equilibrios sobre la misma. En una de esas tareas se encontraba uno de mis vecinos, saltando de un sobresaliente a otro de la cochambrosa máquina, cuando no atinó a hacer pie en uno de sus desplazamientos quedando atrapado con un corte a la altura de su ingle −por el que no dejaba de sangrar− en una de las oquedades de la herrumbrosa máquina. Sin que pudiésemos rescatarlo del cubículo donde había quedado preso, uno de los chavales de mayor edad que allí se encontraba presente, antes de que la sangre llegase al río, salió en búsqueda de su papá que se personó rápidamente en el lugar. El padre, nervioso, tras examinar la situación, procedió a sacarlo de entre los desafiantes dientes de la siniestra máquina taponando la herida. 

Este suceso, se presta para hace una reflexión sobre el progreso, puesto que aquella máquina salida del ingenio del hombre, para sustituir a los jornaleros del campo en las tareas agrícolas, parecía estar avisando de que terminaría no sólo con el trabajo de los padres, sino que, a sí mismo, con el porvenir de sus hijos.

Cuando retiraron a mi colega de la máquina y vimos, a plena luz del día, el color a naftalina que teñía su rostro, quedamos en silencio mientras su progenitor se lo llevaba en volandas al médico. Lo que pasó en el ambulatorio lo desconozco, pero como el cuerpo humano fue concebido con sabiduría divina para renovar sus células y su sangre, quince días después, el intrépido impúber, ya se encontraba de nuevo montando sus batallitas de indios, vaqueros y soldados, sobre el acerado de su calle, con sus muñecos. 

El otro acontecimiento al que me voy a remitir a continuación tuvo que ver con mi propia persona, en el mismo lugar de los hechos ya citados, cuando la noche comenzaba a reclamar su espacio en el firmamento y yo me dirigía de recogida a casa con un vecino. Instantes después de emprender el camino de retorno, todavía en la era, observé mientras pasaba junto a dos chavales −dos hermanos mellizos− que uno de ellos entregaba al otro una jabalina de hierro, macizo, de considerable tamaño, al mismo tiempo que reía socarronamente mirando en nuestra dirección. Aquella complicidad entre los hermanos me pareció un tanto sospechosa, no obstante, yo seguí mi itinerario junto a mi vecino, sin decirle nada, cuando de repente, unos metros después de distanciarnos de ellos, sentí un golpe seco sobre el suelo, advirtiendo a continuación, que se trataba de la misma jabalina que uno de los dos jóvenes acababa de lanzar en nuestra dirección. La mortífera lanza fue a parar, justo, a unos cinco centímetros de mi flanco derecho, con suerte -gracias a Dios- que se desvió de su objetivo. Al advertir, de inmediato, lo cercano que había estado de ser traspasado por la proximidad del impacto, sufrí un leve shock emocional que me dejó sin respiración y sin fuerzas por espacio de breves minutos. Finalmente, cuando me recuperé, reemprendí el camino de vuelta con mi amigo, sin amonestar, a diferencia de otras veces, el comportamiento de los hermanos. En aquella ocasión obré de este modo, porque me llevaban varios años de diferencia −sus cuerpos eran prácticamente el de personas adultas− y pensé que por ese día ya había tenido suficiente recompensa con salvar la vida. 

Si bien fue grande el riesgo que corrí, lo insólito de entonces era que los niños, al llegar a casa, no diésemos explicaciones a nuestros padres de los peligros a los que habíamos estado expuestos durante el día en la calle: proceder de otro modo era síntoma de cobardía y de que uno no podía resolver sus propios asuntos. Después de las desventuras a las que nos enfrentábamos, lo que realmente importaba era salir ileso, para así, un día, poder contárselo a los nietos.

A este episodio le sobrevinieron otros tantos, a lo largo de los años, en los que salvé la vida, cuando no quedaba ya ninguna carta en juego. Esto me llevó a interiorizar, como asimismo se nos da a entender en algunos pasajes de las Escrituras, que Dios tiene un propósito y un tiempo para cada uno de nosotros. Tenemos un destino y una misión encomendada e incluso cierta perspectiva para comprender, sino en su totalidad, al menos en parte, el sentido de nuestra vida. Dicho sentido o razón última del ser -de la persona- nos lo dio a conocer Jesucristo en su encarnación, con sus palabras, sus hechos y, especialmente, con su resurrección, garantía de la nuestra. A parte de que tengamos o no una tarea específica encomendada por Dios, existe una misión y un destino común al que está llamado todo hombre por ser criatura de Dios. La misión tendría que ver con el desarrollo de todas las potencialidades que tenemos cada persona por el hecho de poseer una capacidad psíquica moldeable, progresiva e intelectiva, consciente de sí misma y unipersonal. El destino, en cambio, estaría relacionado con dirigir esas potencialidades a la meta y fin último para el cual fue concebido y creado el hombre con sus capacidades; a saber, vivir en la presencia, en el amor y en la sabiduría de Dios, en armonía con el resto de la creación, el cual nos creó por amor tomándose a sí mismo como modelo: (Génesis 1, 27) «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó».

Y si nos creó a su imagen, fue para hacernos partícipes de aquello que encierra en sí mismo: algo tan grande, llegaría a decir S. Pablo (el cual tuvo revelaciones directas de Dios), «que jamás el ser humano ha podido contemplar, oír, ni tan siquiera experimentar en su corazón» cfr. (1 Corintios 2, 9). 

El cómo llegar a ese destino, tendría que ver con la respuesta personal al llamado de Dios; es decir, el uso que hacemos de nuestra libertad para adherirnos, sin engaños y autocomplacencias, a su voluntad expresada en las Escrituras: la cual, por otra parte, nos hace entrar en su esfera separándonos (santificándonos) del poderío con que nos envuelven nuestras pasiones, el mundo y Satanás: muchas veces disfrazados, todos, bajo apariencia de bien: de bondad, sabiduría, caridad y belleza, para que le resulte más llevadera a nuestra conciencia el desviarse de Dios (de la Verdad).

Así, pues, una vez conocido nuestro destino y nuestra meta, porque el Ser que nos creó (Dios mismo) tomó nuestra propia condición para darnos a conocer, sin intermediarios, quienes somos, andaremos enfocados en la vida sin dar palos de ciego en la nada. De tal modo que Dios, haciéndose tangible y visible en la persona de Jesucristo, se hizo creíble, entre otras señales, por la autoridad de su Palabra, por su coherencia de vida, por sus milagros y signos y, fundamentalmente, porque dio muestras, reiteradamente, de su resurrección: sin ella, punto culmen del Evangelio, como diría San Pablo «vana seria nuestra fe».

El hombre, por tanto, gracias a Jesús, ya no está abocado al vacío existencial de no saber quién es y hacia dónde debe encaminar sus pasos. Entre otros motivos, porque no solamente fue reservada la revelación dada por Jesucristo a sus coetáneos, por medio de sus discípulos (a los cuales, por cierto, les acompañaron los mismos signos que al Maestro) sino que ha llegado al resto de la humanidad, de generación en generación, por medio de la Iglesia fundada por el mismo Jesús (Mateo 16, 13-19), a la que asiste el Espíritu Santo, para conducirla (a pesar de la miserias y bondades de los que formamos parte de ella) en el Final de los Tiempos, al plan trazado por Dios desde el principio de los tiempo, donde será Jesucristo el que reine sobre toda la creación, para siempre, en paz, armonía y plenitud, una vez sometidas todas las fuerzas del mal con Satanás a la cabeza y sus adeptos. Es decir, que el Ser de Dios, que por tanto siglos había estado oculto al conocimiento y la comprensión del hombre, se nos dio a conocer tangiblemente, sin elucubraciones metafísicas especulativas de hombres (como en otras religiones) y sin intermediarios −por parte del mismo Dios− en la persona de Jesucristo; el cual asumió la naturaleza humana en todo, salvo en el pecado. Conocemos por las Escrituras que esto sucedió siendo engendrado por el E. Santo en el seno de una virgen, de nombre María, la cual fue destinada y elegida desde la caída de nuestros primeros padres para dicha tarea.  De no admitir esta verdad, trascendente, el hombre queda fuera de toda realidad, de todo sentido, porque entonces sí, que todo se vuelve relativo (la vida, la muerte…), ya que no hay hombre, metafísicamente hablando, con autoridad para estar por encima de otro semejante a él, por participar de la misma falibilidad. Algo que no es difícil de entender, si tenemos en cuenta que, fuera de Dios, todos los hombres participamos de idéntica naturaleza y condición. Lo dicho anteriormente lo confirma la misma filosofía con propuesta totalmente contradictorias entre sí, cuando intenta explicar el Ser de las cosas y de las personas. También la Historia nos muestra, una y otra vez, que el hombre, apartándose de la Verdad de Cristo, ha fracasado estrepitosamente bajo todo tipo de regímenes y gobiernos sin dar solución a los problemas e interrogantes de la humanidad. El hecho de este fracaso viene propiciado porque cada persona, en su fuero interno, al margen de Dios, cree poseer la verdad. Y sucede, que cuando todo hijo de vecino quiere imponer su verdad, porque para eso cree poseerla, el caos está servido. Sin Dios, por tanto, no hay paraíso, nunca lo ha habido ni lo habrá. Con Dios, los que creemos en Él y en las Sagradas Escrituras, tenemos garantizado −si optamos por vivir en obediencia a su Palabra− una fuente de sabiduría, poder y vida que no poseen el resto de mortales: lo digo no como una teoría aprendida sino como una realidad experimentada. Esto es así, no solamente porque la conciencia me muestre al Dios de la Revelación y a Jesucristo como la única Verdad posible, sino por haber experimentado en mi historia personal, la acción de Jesús, resucitado, implicándose en la misma para salvarla. Más adelante en esta autobiografía se podrá verificar este hecho. 

Aunque piense, por lo ya expuesto, que tenemos una meta a la que dirigirnos; no creo, por el contrario, en la predestinación sin el concurso humano. A partir de Jesucristo sabemos por las Escrituras quiénes somos, para qué hemos sido creados, como debemos obrar y como llegar a participar de Su Plenitud en esta vida y en la eterna. Conociendo lo anterior, no hay predestinación que valga porque, aunque sepamos cuál es el faro que nos guía y nos alumbra −Jesucristo− el hombre tiene siempre la posibilidad, con su libertad, de cambiar la dirección de su nave para seguir todas las estrellas fugaces que desee alcanzar. 

Sólo hay que mirar en los Evangelios para entenderlo: ni siquiera Dios, en su poder absoluto, interrumpió la libertad de los poderes públicos y religiosos de los hombres, en el momento del paso de Jesús por la historia, para que asesinaran a su Hijo. Hubiese sido un privilegio para Jesucristo, con relación al resto de los mortales, interrumpir el veredicto humano sobre esta condena a muerte y, por consiguiente, Jesucristo no hubiese asumido “en todo” como se nos dice en la biblia, “su condición humana”: en este caso, la libertad que Dios ha dado a todo hombre para ejercer su libre albedrío. Dios, por tanto, es consecuente y veraz con las leyes que él mismo dispuso para el mundo, para los hombres y, por ende, para su propio hijo. De esta manera, pues, el hombre tiene un destino o, mejor dicho, una invitación, para participar de la misma vida de Dios, a la cual podemos volver la espalda, si así libremente lo decidimos, en el ejercicio de nuestra voluntad.

El gozo colmado

Buenos días nos de Dios, hermanos.
¿Amamos a Dios por encima de las criaturas y las cosas materiales? ¿Y al prójimo como Jesús nos amó? Si así fuese, el gozo de Jesús, es más, nuestro propio gozo estaría colmado, porque la conciencia no nos delararía: no viviría en contradicción con su propio ser; es decir la unión con Dios.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

Como espero la II venida del Señor

Evangelio según San Juan 5,31-47

Jesús dijo a los judíos:
Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.
Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.
Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,
y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.
Mi gloria no viene de los hombres.
Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.
He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir.
¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.
Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.
Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿Cómo creerán lo que yo les digo?”.

Comentario:

Todos los cristianos esperamos la segunda venida del Señor. Oremos e impregnamosno de su Palabra, para que no nos pase como al pueblo de Israel, en la primera venida del Señor, que, el Mesías que anhelaban era solamente un libertador político que fijase la identidad de ese pueblo y no el Rey anunciado por los profetas que les daría la fuerza y el poder, para desinstalarlos de sus egoísmos, de su vida de pecado y su idolatría. Tendríamos que preguntarnos ahora nosotros ¿Qué le pido yo al Señor en el día de hoy? Le pido santidad, que me ayude a salir de los pecados más arraigados en mi, que me ayude a dejar mis servidumbres; es decir, mi idolatría, al dinero y a los placeres…. ¿Qué le pido al Señor? Es que tal vez aún no confío en su Palabra cuando nos dice: busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura (MT 6, 24-34)


Dios te bendiga y te guarde en el día de hoy y siempre.

¿Quieres curarte?

Evangelio según San Juan 5,1-3.5-16.

Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.
Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años.
Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: “¿Quieres curarte?”.
El respondió: “Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes”.
Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y camina”.
En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado,
y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: “Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla”.
El les respondió: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y camina'”.
Ellos le preguntaron: “¿Quién es ese hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y camina?'”.
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.
Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”.
El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.
Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.

Comentario: De la lectura de hoy podemos sacar varias conclusiones, en primer lugar, que Jesús se compadece de nuestros sufrimientos, él no es indiferente a todo aquello que nos menoscaba tanto físicamente como anímicamente, y por eso sale en nuestro auxilio incluso antes de que se lo pidamos. Pero, por otro lado, Jesús no hace nada sin contar con nuestra colaboración y libertad, respeta hasta las últimas consecuencias nuestra individualidad y capacidad de decisión y por eso le pregunta al paralitico ¿si desea curarse? Muchas veces nosotros queremos curarnos, pero no deseamos dar el salto de la fe, dejar nuestra camilla atrás, nuestro pasado, y empezar a andar confiando en que Jesús (no en nuestras pequeñas seguridades, ataduras a la postre) encontramos la salud, la libertad, el amor y la paz que tanto buscamos. En segundo lugar, observamos en este pasaje del Evangelio, como Jesús en una de las ciudades más habitadas de la época, no se olvida del rostro y de la salud integra de la persona. Sabe, porque repetidamente nos lo ha dado a conocer en otras curaciones y milagros, que lo más importante para el hombre es salvar el alma antes que su cuerpo; también porque conoce, como Dios que es, que el pecado además de la muerte espiritual, del rechazo a Dios, trae consecuencias para la salud física y en ocasiones incluso puede llevar a la muerte. No es suficiente, por tanto, haber creído una vez o haber tenido un encuentro personal con Jesús en un momento determinado de nuestra vida, sino que hay que perseverar en esa amistad con el Dios que lo puede todo, con Jesús. Pero además atendiendo a su Palabra para no abandonarnos a nuestra suerte, es decir a las consecuencias de salir del paraguas de la protección de Dios con todas sus promesas; Palabra que en el día de hoy nos recuerda que en adelante no peque más.    

 Oración: Señor en esta jornada y para siempre prometo no salirme de tu cobertura, mantener encendida la llama de mi amor por ti, que me lleva a amar al prójimo como tu deseas y, por otro lado, a lo más importante de todo, a trabajar por la salvación de mi alma alejándome de todo aquello que me conduzca a pecar. Padre, mi deseo es amarte con todo mi corazón, aunque como tú bien sabes, Satanás con todas sus trampas, y el mundo, me ponen ante muchas situaciones que me incitan al pecado; fortalece, pues, mi voluntad. Sé que para ello necesito no bajar la guardia manteniéndome estrechamente unido a ti con la meditación de tu Palabra en las Escrituras y la oración constante. Desde hoy y cada noche, como propósito, meditaré en todas esas ocasiones que me ponen en situación de pecado para, en lo sucesivo, cambiar de hábitos y si fuese necesario, también, de amistades que me llevan a deshonrarte por un lado y, por otro, como me has mostrado, a envenenar mi alma y enfermar mi cuerpo. Gracias Padre por haberme dado esta oportunidad de conocerte hoy, un poquito más, por medio de tu hijo Jesús; también, por un día más de vida para volver de nuevo al amor primero. Gracias, mil gracias…   

En ti esta la salvación y la condena

El evangelio de hoy nos habla claramente de la existencia, más allá de esta vida, de un lugar, otros les llaman estado del alma (no es el momento para debatir esto) donde pagaremos por no haber llevado una vida conforme a la voluntad de Dios y sus mandamientos. En ocasiones nos preguntamos qué siendo Dios infinitamente bueno y misericordioso permita la existencia de un lugar de castigo. Está claro que Dios no puede haber creado el mal, y que la existencia del mismo sólo es una consecuencia de la libertad que Dios ha dado a los hombres y a sus ángeles para que no sean autómatas programados sin alma ni voluntad: sin libertad el hombre se quedaría en otro animal más de la naturaleza para cumplir con sus actividades vegetativas innatas y sin tener consciencia de sí mismo y de su paso por el mundo.

Por consiguiente, es todo lo contrario, Dios amaba y ama tanto, que quiso crear al hombre a imagen suya, nos dice la biblia, con capacidad de amar y con actitudes para perseguir tareas nobles para el beneficio de todos. Esto mismo que pasa con Dios, sucede en el plano humano, un padre natural quiere siempre lo mejor para su hijo, pero no siempre el hijo entiende que su papá desee lo mejor para él y de este modo tiene que pagar en propia carne una experiencia negativa que su papá ya pasó durante su infancia o juventud.

El apartarnos de la voluntad de Dios trae consecuencias, porque no fuimos creado para el desamor sino todo lo contrario para amar, para amar incluso cuando las circunstancias no nos sean favorables. Esta es la lección que nos da el hijo de Dios frente a sus enemigos, hacer la voluntad del Padre y no devolver mal por mal: en esta actitud de confianza y entrega encontró él el camino de la vida, su resurrección y el retorno junto al Padre Eterno.

A Jesús como hombre no le fue fácil en todo momento, ya que era libre -como nosotros- y pudo buscar otra salida que no estuviese en concordancia con la voluntad del Padre, por eso dice en las Escrituras, que en el sufrimiento aprendió que significaba obediencia. Jesús tenía claro que lo más importante en la vida es tener comunión con Dios y que esa comunión la rompe la desobediencia, ya que Dios quiere lo mejor para nosotros, y supo en propia carne que obedecer lleva un sacrificio que finalmente trae todo lo contrario, la paz, la alegría y la vida Eterna.

He escuchado a algunas personas, a las cuales Dios les ha permitido tener una experiencia en vida de las realidades eternas, es decir, del Cielo y del Infierno, que el juicio prácticamente nos lo hacemos nosotros mismo una vez que hemos traspasado el umbral de esta vida en la tierra. Cuando uno llega a la presencia de Jesús, en pecado, en oscuridad, cuando por orgullo, vanidad, etc., no quiso reconocer en vida al hijo de Dios y rechazo su Palabra, una vez traspasado el umbral, como se ha dicho, de esta vida en la tierra, esa misma persona es incapaz de mantenerse en pie frente a la presencia de Jesús y en lugar de irse hacia Él, huye de su lado, no aguanta su presencia, la luz que emana de Él (una experiencia que no dicta mucho de la de Adán y Eva, una vez que desobedecieron a Dios se escondieron de Él).

El hombre es una unidad, nos decía Santo Tomás, sustancial entre alma y cuerpo, por eso mismo, más allá de esta vida, el alma sin el cuerpo queda atrapada y ya no tiene posibilidad de dar marcha atrás, o se condenó o se salvó, porque su dimensión es otra. De este manera, todo lo que podamos hacer para salvarnos, está en el ahora de la vida terrena, como nos relata el evangelio de hoy. Además, para aquellos que creen que el Infierno es un purgatorio más, la Palabra también nos pone de manifiesto, que hay una barrera infranqueable entre el lugar de los que se salvaron y de los que no. Por tanto, lo que nos transmite Jesús no es para asustar a nadie, sino todo lo contrario, para que nadie quede exento del Paraíso que nos aguarda, pues mediante esta Palabra nos viene a decir, que aún estamos a tiempo, que mientras hay vida hay esperanza, y es por eso que el entregó su vida por nosotros, para que nadie se condene.

A mi se me hace comprensible esa experiencia, que, a algunas personas Dios les ha concedido, en vida, de verlo cara a cara antes de que puedan condenarse, y a la vez comunicar al resto de la humanidad esa misma experiencia. Así tenemos, entre otros muchos, el caso de Marino Restrepo. Como sabemos a Jesús se le define también como la Luz Eterna, un símil que nos da a entender que en él no hay mancha, que todo es transparencia, la luz que nos hace caminar con paso firme sin extraviar el camino de donde no debimos salir nunca. Si Jesús es Luz Plena que lo inunda todo, la única manera de permanecer ante él es siendo también nosotros luz, aunque seamos un pabilo vacilante, pero a fin de cuentas luz; luz que se funde con el Todo. Que pasa por el contrario con la oscuridad, la oscuridad es la ausencia de luz, no tiene consistencia por sí misma si queda iluminada. Este ejemplo es el que podemos trasladar a nosotros, cuando una vez dejemos este mundo y nos situamos ante Jesús: si llegamos como almas que, en lugar de luz, solo llevan oscuridad, porque prefirieron por orgullo no reconocer al Hijo de Dios, Jesús de Nazaret y no abandonar su pecado …lo que sucede es que, como sombras, como oscuridad, para no quedar fundidos por la Luz y desaparecer, huiremos de ella, no podremos aguantar como oscuridad a Jesús, Luz Eterna. Es parecido también a la experiencia del secuestrado que ha permanecido en un zulo por parios días sin luz, sus ojos no soportan la luz de pleno día, quedarían cegados.

Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’.
‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’.
El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’.
Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’.
‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’.
Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'”.

Que reine el gozo: Tú delante yo detrás

Evangelio según San Mateo 20,17-28.
Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les
dijo:
“Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos
sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte
y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día
resucitará”.
Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró
ante él para pedirle algo.
“¿Qué quieres?”, le preguntó Jesús. Ella le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu
Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”.
“No saben lo que piden”, respondió Jesús. “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?”.
“Podemos”, le respondieron.
“Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi
izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha
destinado mi Padre”.
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre
ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad.
Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor
de ustedes;
y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate
por una multitud”.

Comentario a las lecturas:

La lectura de hoy vuelve a insistir sobre ese afán de sobresalir que todos, por lo general, en mayor o menor medida llevamos dentro y que tanto daño hace cuando se vuelve patológico. Jesús alecciona que entre sus seguidores no debe ser así, que nuestra actitud, a diferencia de las personas que no conocen a Dios, especialmente la de los poderosos, debe ser la de servicio. Es tan radical la Palabra de Dios, para que no nos quepa la menor duda, que nos dice que el que quiera ser primero que se haga esclavo al servicio de los otros.

Revisémonos y veamos si en nuestro devenir cotidiano procedemos al modo que Jesús nos pide o por el contrario lo hacemos como los tiranos. ¿ejerzo mi autoridad o mi trabajo, en el ámbito que sea, para imponer mi criterio sin aceptar la corrección o el debate? ¿Mi objetivo en la vida es la del trepa, hacerme visible y que me admiren por mis logros o mi “sabiduría”? ¿o, por el contrario, es dar lo mejor de mí, al servicio de los otros, y que sea Dios el que me otorgue el lugar que crea conveniente, según su sabio proceder, para mi salvación?

Hay otro tipo de personas que realmente no buscan sobresalir por adquirir poder o fama. A lo largo de la vida me he encontrado con personas con la autoestima tan herida, incluso yo he estado en esa tesitura en alguna ocasión, que tratan de dejar a los demás en evidencia no para ridiculizarlos o afearlos, sino para dar a entender que ellos son mejores que los demás y, por consiguiente, ganarse el aprecio del resto; es decir, para que los quieran y compensar, de este modo, la imagen paupérrima que tienen de sí mismos.

Tanto la primera actitud de conquistar el poder y la fama a cualquier precio, como nos muestra el mundo, como la segunda, buscar la autoafirmación destruyendo al prójimo con la crítica, son sumamente destructivas, en el primer caso porque se impide llegar al poder a las personas más valiosas, cuando no, si se ejerce con tiranía, nos privamos de aprender de los demás: todos somos imagen de Dios -que es uno solo- y por tanto nos complementamos en nuestra limitación. La segunda actitud también es sumamente peligrosa porque en lugar de ganar en autoestima lo que hacemos, cuando rebajamos a los otros, es la de ganarnos enemigos gratuitamente; y esto es así, porque no todo el mundo está capacitando para entender que, en lugar de un ataque frontal hacia su persona, lo que tratas es de llenar tus vacíos: la severidad con que te juzgas a ti mismo (no te perdonas, no aceptas tu historia) o tu carencia de cariño y afecto por parte de los que, según tú, deberían dártelo.


Salmo 31(30),5-6.14.15-16.


Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi refugio.
Yo pongo mi vida en tus manos:
tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.


Oigo los rumores de la gente
y amenazas por todas partes,
mientras se confabulan contra mí y traman quitarme la vida.


Pero yo confío en ti, Señor,
y te digo: «Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos.»
Líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen.

Que no te la cuenten

Que no te confundan, algunos están interesados en cambiar tu realidad. No les importas tú, sino mantener el poder a través del control de tu mente. Nada se mueve por azar, no seas ingenuo. Cambian las palabras y llaman amor a lo que es pura atracción física o sexo. Interrupción del embarazo a lo que es asesinato de un ser indefenso; algo que se interrumpe se puede reanudar, el gestante no. A la alteración, modificación y amputación del cuerpo cambio de sexo, pero la genética al final se impone por encima de los sentimientos, en todas las células de nuestra piel va inscripta la marca XX o XY. Al asesinato de ancianos muerte digna, cuando la dignidad es una cualidad interior del alma, a uno no lo hace más digno su modo de morir, sino como haya actuado en la vida y como se enfrente al reto de su propia muerte. ¿Que es lo próximo que viene la zoofilia, el matrimonio entre hombre y animal, o la pederastia que ya se está impulsando desde varias plataformas? La mentira se disfraza de verdad y a la verdad de mentira, ya lo dice la biblia, Satanás es el padre del engaño y la mentira.

Para finalizar quiero comunicarte, con el vídeo que inserto a continuación, que tu apariencia o tus sentimientos, no cambian tu realidad, y mucho menos lo que otros digan de ti, por encima de todo hay una realidad universal, que nos ha sido dada desde antes de nacer, contra la que no podemos luchar; si lo hacemos pagamos un alto precio, el de la autodestrucción. De todos modos, unas veces por orgullo y otras para justificar que no hemos perdido la vida fútilmente, nos negamos a reconocer esa misma destrucción, para no proceder de este modo hay que tener una buena dosis de valentía y estómago, algo de lo que una buena parte de la humanidad adolece.

De la pasividad a la impasibilidad

Acabo de leer un artículo de un escritor y paisano mío que habla del amor, el cual yo remarcaria, para hacer sangre  (soy guerrero y combativo de nacimiento); ¡el artículo… claro está! con una reflexión personal que me ha surgido de la lectura del mismo: desde hace tiempo, como dos décadas atrás, vengo observando en la sociedad un virus de inanición de los sentimientos del cual, me atrevería a asegurar, que está contagiado un noventa por ciento de la población, al menos de la población occidental.

Lo contrario al amor es la autocontemplación del yo, en eso están una gran mayoría de personas que, ensimismadas como narcisos, observan el mundo como algo ajeno a ellas. No se implican en nada (dicho de otro modo, solo viven para si mismas) permanecen pasivas -como estatua de bronce- que ve pasar la vida, aunque esta le salpique de excrementos. ¿Si así procede consigo, que puede esperar de ella aquel, que resguardado bajo su sombra, llora su soledad y sus penas? se ha vuelto tan antinatural y tan fría, a endurecido tanto el corazón, la autocontemplación, que ni siquiera se inmuta cuando otros desde fuera la visten de lucecitas, de retazos de cielo, de sabiduría y guirnaldas. Tan ensimismada se encuentra y tan temerosa a la muerte, que literalmente se muere porque no nació para vivir al resguardo de su fortaleza, sino libre para morir de amor, dando amor, en el campo de batalla de la vida que se le escapa.

La autocontemplación se ha vuelto tan ciega, tan sorda, que ya ni siquiera desea ser estatua que contempla, sino máquina (para ir con su época) en manos de alguien que apunta y dispara, sin piedad, a todo aquel que, como pájaro libre, vuela por su cuenta. 

Para ilustrar está observación nos podemos acompañar de unos versículos de la Biblia que describen a la perfección lo que ya sucedía por aquella época también: 

Mateo (11, 16-19)

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:

«¿A quién compararé esta generación?

Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.

Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras.

¡La Palabra de Dios, tan ilustrativa y atemporal como siempre…!

Concluyendo, solo me queda anotar, que alejados de la fuente que apaga toda sed y engendra toda semilla de amor universal y eterno en nosotros, de Jesús, nos volvemos estériles, cuando no inpasibles.

El artículo al que hacia referencia es el siguiente: https://www.arguments.es/lachispa/el-motor-de-mi-vida/

Ni huir ni mirar atrás, sino asumir.

Introducción a las lecturas

Hermanos, como decía ayer, la Palabra, la oración y el ayuno, de poco vale si no va acompañado de un cambio de vida cuyo fruto son las obras, puede que valga en un principio para acercarnos a Dios, pero no para quedarnos contemplando las alturas y, mucho menos, para contemplarnos a nosotros mismos con quejas y reclamos continuos a Dios. Es cierto que hemos estado bajo el peso de un yugo y unas cadenas, la de nuestro propio pecado o adicción, los cuales nos quitaban la libertad para amar a Dios y a los hermanos con la dedicación que se nos pide, fin y meta de todo hijo de Dios, ahora con más responsabilidad aún que hemos sido engendrado de nuevo por el sacrificio de la cruz. 

Ha llegado pues la hora, de mirar otra realidad que no sólo sea la mía, el pasado ya pasó y no tiene vuelta atrás, de lo contrario corremos el riesgo de tropezar como aquel que coje el arado y se desentiende, por momentos, del verdadero y único horizonte que tiene por delante; en nuestro caso, plasmar la identidad de Jesús en mi vida. De esta manera entonces, enfoquémonos, sí, en buscar la unión con Dios pero también atendamos la realidad del hermano herido en múltiples formas; y no solo eso, sino que abandonemos también ciertos pecados sociales de injusticia, con los cuales impedimos hacer un mundo más justo y mejor repartido, y esto pese a lo que hagan los demás, entre otros los políticos; ya que cada uno es responsable de sí mismo ante el tribunal de Dios. 

Primera lectura. Isaías 58,1-9a

Así habla el Señor Dios:

¡Grita a voz en cuello, no te contengas, alza tu voz como una trompeta: denúnciale a mi pueblo su rebeldía y sus pecados a la casa de Jacob!

Ellos me consultan día tras día y quieren conocer mis caminos, como lo haría una nación que practica la justicia y no abandona el derecho de su Dios; reclaman de mí sentencias justas, les gusta estar cerca de Dios:

“¿Por qué ayunamos y tú no lo ves, nos afligimos y tú no lo reconoces?”. Porque ustedes, el mismo día en que ayunan, se ocupan de negocios y maltratan a su servidumbre.

Ayunan para entregarse a pleitos y querellas y para golpear perversamente con el puño. No ayunen como en esos días, si quieren hacer oír su voz en las alturas.

¿Es este acaso el ayuno que yo amo, el día en que el hombre se aflige a sí mismo? Doblar la cabeza como un junco, tenderse sobre el cilicio y la ceniza: ¿a eso lo llamas ayuno y día aceptable al Señor?

Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos;

compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.

Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor.

Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: “¡Aquí estoy!”.

Salmo 51(50),3-4.5-6a.18-19.

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas!¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí.Contra ti, contra ti sólo pequé Los sacrificios no te satisfacen; si ofrezco un holocausto, no lo aceptas: mi sacrificio es un espíritu contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Evang según S. Mateo 9,14-15.

Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?”.

Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Comentario de S. Teodoro el Estudita (759-826) monje en Constantinopla

Catequesis 46, (Les Grandes Catéchèses, Spiritualité Orientale 79, Bellefontaine, 2002), trad. sc©evangelizo.org

Vendrá el tiempo…que ayunarán

Hijos bien-amados y hermanos: Dios que en su sabiduría gobierna todo y de forma excelente y sabia lleva a buen término las estaciones y los años, nos ha hecho conocer que ya ha llegado el tiempo de salvación y beneficio para las almas. (…) ¡Gracias sean dadas a quien nos ha revelado este tiempo y juzgado dignos de alcanzarlo! Por eso, en todo momento  debemos llevar una vida santa y pura  y observar los mandamientos de Dios, en particular actualmente. (…)

            Ya que es tiempo de purificación, ¡purifiquémonos! Ya que es tiempo de abstinencia, ¡hagamos abstinencia! No sólo de alimentos, porque no sería suficiente. Hagamos abstinencia (…) de envidiar la buena reputación de nuestro hermano y ponernos en cólera o irritarnos contra el prójimo. Hagamos abstinencia de no poner freno a nuestra lengua, dejándola correr como ella quiere. Se debe imponer ella misma los límites: no hablemos mucho ni en cualquier momento, hablemos sólo de temas convenientes. Nuestros ojos se deben guardar de miradas impúdicas. Nuestros oídos deberían permanecer cerrados, abriéndose sólo para escuchar lo que es agradable a Dios y él ama.

            Si, mis hijos bien-amados. Los exhorto para que hagan de ustedes mismos un instrumento musical, un harpa agradable del Espíritu Santo. (…) Mantengan la paz entre ustedes. La tan venerable Cuaresma fatiga al cuerpo, es cierto. ¡Pero a causa del cuerpo no dejen que se les doblegue el coraje! (…) Como siempre, con un poco de paciencia, ¡no sentirán más el peso!

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel 

Y yo ¿cómo amo?

Es muy habitual escuchar decir entre los cristianos de nuestro tiempo la celebre frase de S. Agustín ama y haz lo que quieras y la verdad que tenia toda la razón del mundo, si amamos haríamos cualquier cosa que no ofendiese a Dios, ni menoscabara la integridad física o moral del hermano. Pero esta frase en ocasiones se utiliza para todo lo contrario, más que para agradar a Dios y someter nuestra voluntad a la de Dios, para contentarnos a nosotros mismos como queda reflejado en el comentario de las lecturas de hoy de S. Gertrudis. Y esto sucede porque en nuestra cultura tenemos un concepto del amor que, por lo general, se suele confundir e identificar con los sentimientos, algo muy alegado de lo que se nos muestra en Jeremías (17, 9-10) El corazón es más traicionero que cualquier otra cosa y es desesperado. ¿Quién puede conocerlo? Yo Yahveh, examino el corazón, analizo los pensamientos más íntimos, para pagarle a cada uno según su conducta, según el fruto de sus obras. De este modo pues, si queremos saber en realidad que es amar tenemos que ir a la fuente primera del amor, al agua que salta a la vida eterna y que colma toda sed, y beber de esa agua que tanto añoraba la mujer samaritana aún sin saberlo. Esa fuente como ya puedes imaginarte no es otra que Jesús, Él cual, a diferencia del ser humano, nos enseña que el amor no es buscarse a si mismo, sino que el amor verdadero es el amor de salida, el amor oblativo, el que entrega la vida a la voluntad del Padre Eterno, incluso por encima de toda comprensión y lógica humana, como tener que dar la propia vida si llegara el caso. Por esto, para saber si estamos amando realmente o si nuestro corazón traicionero nos lleva a buscarnos a nosotros mismos (todo lo contrario de negarse a si mismo) hagamos un análisis de vida a la luz de los mandamientos dados por Dios a Moisés, fuente de vida como el propio Jesús porque ambos provienen de Dios, y están en Dios como una unidad (en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios). Y dice la primera lectura de hoy, que en su cumplimiento, también, nos va la vida o la muerte. Y ello porque todo lo que proviene de Dios esta hecho y diseñado por amor y para nuestro propio bien. Así pues, hermanos no enfoquemos nuestra vida en tal o cual pecado, enfoquemos nuestra vida en amar oblativamente como Jesús (el último lugar para mí y el primero para Dios y los hermanos), y para saber si realmente lo estamos haciendo bien, hagamos de vez en cuando un examen, profundo, a la luz de los Diez mandamientos.

Deuteronomio 30,15-20.

Moisés habló al pueblo diciendo:
Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha.
Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo, si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella.
Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar y vas a postrarte ante otros dioses para servirlos, yo les anuncio hoy que ustedes se perderán irremediablemente, y no vivirán mucho tiempo en la tierra que vas a poseer después de cruzar el Jordán.
Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel. Porque de ello depende tu vida y tu larga permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob.

Salmo 1,1-2.3.4.6.

¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!

El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

Evangelio según San Lucas 9,22-25.

Jesús dijo a sus discípulos:
“El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”.
Después dijo a todos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?

Comentario por Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301) monja benedictina

El Heraldo, Libro III, (Œuvres spirituelles, Cerf, 1968), trad. sc©evangelizo.org” Que tome su cruz y me siga” Estando enferma, en la cercanía de una fiesta, Gertrudis expresó al Señor el deseo de un alivio para poder celebrarla. Sin embargo, se sometía sin reservas a su entera voluntad. El Señor le dio esta respuesta: “Expresando tu deseo y sobre todo remitiéndote a mi voluntad, es cómo si me condujeras a un jardín de delicias, con canteros floridos y acogedores. Pero debes saber que si escucho tu deseo, para que puedas participar en la celebración, sería cómo si yo te siguiera al cantero de tu elección. Si al contrario, no te escucho y perseveras en la paciencia, es cómo si me siguieras al cantero de mi elección. En el estado de deseo en medio del sufrimiento, encuentro más reconocimiento hacia mí que en el de una piedad cumplida.

Extraído de https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

Jesús rompe todos los esquemas

La lectura de hoy parece contradecir el carácter de Jesús siempre compasivo, atento y amable a los reclamos de las personas más vulnerables tanto en sus necesidades físicas como en las heridas psicoafectivas que la vida de pecado ha dejado en sus corazones. En el caso que nos ocupa hoy sucede lo contrario, es como si Jesús quisiera desentenderse de aquella mujer que no forma parte del pueblo destinado en un primer momento (el pueblo judío) a conocer la intimidad de Dios y los designios para entrar a gozar de su Reino. Pero si observamos atentamente a la lectura de hoy y a la vida de Jesús, nos daremos cuenta de que no es así, en primer lugar, este modo de actuar de Jesús sugiere, que lo que deseaba transmitir al resto de los allí presentes es que siendo ellos los llamados en primer lugar a conocer las buenas noticias que el traía para salvar sus vidas, no debían desaprovechar esa oportunidad ahora que el mismo Dios estaba presente ante sus ojos, era por tanto el momento idóneo, como reza el proverbio, de subirse al carro. Y, en segundo término, no era desprecio hacia la mujer, porque esta no era indiferente para Jesús, si lo hubiese sido, hubiera pasado de largo sin más, sin haber entablado una conversación con esta, como hacia con todos aquellos que le salían al paso, pobres, ricos, leprosos, posesos, ladrones, mujeres de mala vida, y un largo etc. El modo de actuar de Jesús no es el de dejarse llevar por los prejuicios, como en nuestra época, que tenemos muy bien interiorizado aquello de que al enemigo ni agua, y de este modo en lugar de conocer la interioridad y las razones de los otros, de los que piensan diferentes a mí, pasamos de largo de ellos, cuando no los criticamos duramente y levantamos un muro infranqueable, donde deberíamos haber tendido un puente, para desactivar todas las guerras.

De este modo Jesús entabla una conversación con una mujer que para los de su mismo pueblo es considerada -por su paganismo y etnia- como un perrito, inmerecedora de cualquier favor. Pero, es más, con esta oportunidad que Jesús le ofrece de alegar en su favor, para escudriñar su corazón y lo que le aflige, esta mujer, mostrando una fe y humildad inconmensurable obra el milagro que anhelaba por manos de Jesús, y de este modo adelanta y se coloca por encima de los allí presentes y de los destinados a conocer, en primer lugar, las primicias del Reino de Dios que Jesús vino atraerles.

Así pues, este Evangelio nos deja la enseñanza de aquello que mueve el corazón de Dios, por encima de todo: no es la pertenencia a un pueblo, a una clase, a una religión, a una práctica, etc., lo que lo activa es la fe y la humildad de todas las personas que temen a Dios y se reconocen nada ante su poder, señorío, majestad, gloria e infinita misericordia. Bien claro de que esto es así, lo vemos en otro pasaje bíblico (Marcos 6, 1-6)  Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.

La Cruz signo de contratación

Será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.
En el evangelio de hoy S. Lucas, nos describe lo que está pasando hoy, y ha pasado desde que el cristianismo echó a andar por el siglo I, salvo algunos periodos de la historia, y no es otra cosa que la cruz y el que está clavado en ella, es signo de contradicción para muchos. Hoy como antaño miles de personas mueren en África y otros continentes a causa de su fe en Cristo, pero resulta no menos alarmante y contradictorio, que esta persecución vuelve a occidente, a países que se consideran “democráticos” y “tolerantes” persiguiendo la libertad de expresión, censurando redes sociales, imponiendo multas y hasta pena de cárcel en algunos países para aquellos que no comulguen con las tesis de lo correctamente político, quemando iglesias como en Chile y en Francia, asesinando a cientos de sacerdotes en México, asaltando iglesias en Argentina y vilipendiado y atentando contra la integridad física de los que las defienden, quitando crucifijos en España no solo de los colegios sino de la vía pública, y llevando a juicio a obispos por prestar apoyo y acompañamiento a personas que voluntariamente querían abandonar un modo de vida con el que no estaban agusto.
¿Y todo esto para qué? Hoy lo dice bien claro el evangelio: PARA QUE SE MANIFIESTEN LOS PENSAMIENTOS ÍNTIMOS DE MUCHOS, es decir, el fanatismo, el resentimiento, la intolerancia, la decadencia moral, el odio, la venganza, el libertinaje y la tiranía del que ejerce el poder.

Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”.
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

La discordias surgen de ver fuera, lo que no nos atrevemos a mirar dentro.

Las lecturas de hoy vuelven a ser más actuales que nunca. En un mundo en el que se siembra la división en todos los ámbitos donde el hombre se desenvuelve en el día a día, San Pablo, en la primera lectura, nos invita a la unidad y a trabajar, ante todo, por la salvación personal (trabajen nos dice: con temblor y temor por su salvación). Nosotros en cambio parece que hemos olvidado lo uno y lo otro: antes de haber rendido ante Dios, todos nuestros apegos materiales, vínculos afectivos, y apego a nuestra propia imagen y deseos irrefrenables de brillar, nos hemos constituimos en salvadores del mundo y de los demás, cuando la Palabra de Dios no nos toca -en muchas ocasiones- ni de perfil; es decir, lo de la paja en el ojo ajeno y no la biga en el nuestro. Ahora más que nunca utilizamos la plaza pública (en nuestro tiempo, las redes sociales) no ya sólo para murmurar, sino que juzgamos como si fuésemos Dios a los otros (sus intenciones), quitándoles la fama y sembrando un odio que nos divide y crea una sima de separación cada vez mayor para la paz y el entendimiento. Santa Teresita del Niño Jesús, en su comentario de hoy a las lecturas, nos da las claves para adentrarnos en nuestra salvación y por ende no estar en la batalla de la razón personal, de la división (yo sé más que tú, yo soy mejor que tú, yo me entrego más que tú, etc.), y estas son las siguientes: 1_ alejarse de todo lo que brilla (de lo que me dé notoriedad), 2_ amar nuestra pequeñez, como vemos Santa Teresita vas más allá de los consejos psicológicos, no habla de aceptarnos y no envidiar lo ajeno, ella nos habla de amar nuestra pobreza (cuanto más pequeño soy, más brilla mi Dios y más agradecido estoy por haberme elegido y atraído con tanto amor hacia Él, sin tener nada que ofrecerle), bueno una solo cosa sí que nos recomienda ofrecerle a Dios y es nuestra 3_ confianza plena en Él, y por último nos dice: deseemos no sentir nada, es decir aceptar lo que Dios quiera darnos en cada momento para nuestro crecimiento espiritual; si es gozo en el espíritu ¡alabado sea Dios!, si es sequedad y aridez espiritual ¡alabado sea igualmente Dios! Posiblemente, en este último caso, nos esté alejando de creernos merecedores de algo, y a su vez de endiosarnos a nosotros mismos.     

Carta de San Pablo a los Filipenses 2,12-18.

Queridos míos, ustedes que siempre me han obedecido, trabajen por su salvación con temor y temblor, no solamente cuando estoy entre ustedes, sino mucho más ahora que estoy ausente.
Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor.
Procedan en todo sin murmuraciones ni discusiones:
así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo,
mostrándole la Palabra de Vida. De esa manera, el Día de Cristo yo podré gloriarme de no haber trabajado ni sufrido en vano.
Y aunque mi sangre debiera derramarse como libación sobre el sacrificio y la ofrenda sagrada, que es la fe de ustedes, yo me siento dichoso y comparto su alegría.
También ustedes siéntanse dichosos y alégrense conmigo.

Salmo 27(26),1.4.13-14.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?

Una sola cosa he pedido al Señor,
y esto es lo que quiero:
vivir en la Casa del Señor
todos los días de mi vida,
para gozar de la dulzura del Señor
y contemplar su Templo.

Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor.

Evangelio según San Lucas 14,25-33.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.”Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

carmelita descalza, doctora de la IglesiaCarta 197, del 17-09-1896

«El que de entre vosotros no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo mío»

Querida hermana: ¿Cómo puedes preguntarme si puedes tú amar a Dios como le amo yo…?  Mis deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi corazón. A decir verdad, son las riquezas espirituales las que hacen injusto al hombre cuando se apoya en ellas con complacencia, creyendo que son algo grande… Yo sé muy bien que.. lo que le agrada a Dios en mi pobre alma es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… Este es mi único tesoro. Hermana querida…, comprende que para amar a Jesús…, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de este Amor consumidor y transformante… Con el solo deseo de ser víctima ya basta; pero es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas, y eso es precisamente lo difícil, pues «al verdadero pobre de espíritu ¿quién lo encontrará? Hay que buscarle muy lejos», dijo el salmista… No dijo que hay que buscarlo entre las almas grandes, sino «muy lejos», es decir, en la bajeza, en la nada… Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces seremos pobres de espíritu y Jesús irá a buscarnos, por lejos que nos encontremos, y nos transformará en llamas de amor… ¡Ay, cómo quisiera hacerte comprender lo que yo siento…! La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor… El temor ¿no conduce a la justicia…? Ya que sabemos el camino, corramos juntas. Sí, siento que Jesús quiere concedernos las mismas gracias a las dos, que quiere darnos gratuitamente su cielo.

Textos bíblicos y comentarios de Santa Teresita del Niño Jesús, tomados de: https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

¿Quíen es nuestro enemigo?

La Palabra

San Pablo tenía claro quién es nuestro enemigo, y parece, como nos muestra hoy en una de sus cartas, que el verdadero enemigo no son las personas, estas pasan en nuestras vidas como los árboles que contemplamos subidos a un tren, al igual que los gobiernos; más bien son usadas por el verdadero enemigo del hombre, para intimidarnos o separarnos del camino de Dios.

Este enemigo, como nos describe el apóstol, tiene que ver con los principados, potestades, espíritus del mal -de las tinieblas- que habitan en el espacio: es decir con lo que nosotros en la iglesia católica conocemos como los ángeles que se rebelaron contra la soberanía de Dios, el creador de ellos mismos y de todo cuanto existe.

Las personas que nos hacen daño, lo hacen -por lo general- buscando sus propio interés, sin tener en cuenta otras consideraciones, los espíritus que están en el aire, tienen una estrategia y una meta más alta, que es combatir la soberanía de Dios y su Reinado sobre la vida del hombre, no solo con la vista puesta en este mundo material, sino para la Vida Eterna; es decir separarnos definitivamente de nuestro creador, que nos hizo para el amor, la justicia, y para una vida plena, como la que tuvimos anteriormente antes del pecado del hombre.

La estrategia de este enemigo, como sabemos por otros pasajes bíblicos, es muy sutil, se disfraza de ángel de luz (el mal nos lo presenta con aspecto de bien) y aprovecha cualquier malestar físico, emocional, nuestra debilidades carnales e incluso a las personas, como ya dije, para obrar en nuestras mentes y llevarnos a la depresión, al miedo, a los complejos, a aislarnos de los demás, y lo peor de todo, a actuar en contra del mandato del amor que Jesús nos enseña: amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.

La estrategia mayor de todas, en los últimos años, ha sido hacernos creer incluso que no existe, para así actuar a sus anchas. Pero como nos muestra el Evangelio de hoy, en palabras del mismo Jesús, éste separa muy bien, entre expulsar demonios y realizar curaciones. Hoy el demonio anda agazapado, sin dar muchas señales de su existencia, sin revelarse, porque tiene muy pocos enemigos, hombres que vivan en el Espíritu de Dios, y que la oración y el ayuno, para ellos, sea el motor de sus vidas.

La estrategia para combatir a este enemigo invisible, que no se deja ver ni tan siquiera en laboratorios, también nos la presenta el Apóstol Pablo, para que nada quede al azar, y las mismas son: la verdad (para los creyentes, la verdad es Jesús), la Justicia (la rectitud moral en nuestras relaciones con los demás, con nosotros mismos y con Dios), el escudo de la fe (no dudar de la palabra de Dios y sus promesas), la salvación (la esperanza en que lo material no es todo, que vivir conforme a Dios, tiene su recompensa, ya aquí en la tierra, pero sobretodo en la Eternidad) y para combatir a este enemigo de rostro amable, benevolente y transigente con nuestras debilidades, sobre todo, la Espada del Espíritu, que como dice S. Pablo es la Palabra de Dios (si desconocemos las Escrituras, estamos al albur de las personas o los medios que el Diablo utilice para sus fines).

Luego el Apóstol nos da otras recomendaciones, que nunca debemos olvidar para mayor gloria de Dios, entre otras, la de interceder unos por otros, y la de propagar el Evangelio.

Carta de San Pablo a los Efesios 6,10-20.

Hermanos, fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder.
Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio.
Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.
Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos.
Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza.
Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz.
Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno.
Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos,
y también por mí, a fin de que encuentre palabras adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio,
del cual yo soy embajador en medio de mis cadenas. ¡Así podré hablar libremente de él, como debo hacerlo!
Salmo 144(143),1.2.9-10.
Bendito sea el Señor, mi Roca,
el que adiestra mis brazos para el combate
y mis manos para la lucha.
El es mi bienhechor y mi fortaleza,
mi baluarte y mi libertador;
él es el escudo con que me resguardo,
y el que somete los pueblos a mis pies.

Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo
y tocar para ti con el arpa de diez cuerdas,

porque tú das la victoria a los reyes
y libras a David, tu servidor.
Evangelio según San Lucas 13,31-35.
En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: “Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte”.
El les respondió: “Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado.
Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!
Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Comentario: Juliana de Norwich (1342-después de 1416) reclusa inglesa
Revelaciones del amor divino, cap. 31
«Cuántas veces quise reunir a tus hijos»

La sed espiritual de Cristo tendrá final. He aquí su sed: su deseo intenso de amor hacia nosotros, que durará hasta el juicio final. Ya que los elegidos, que serán la alegría y la felicidad de Jesús durante toda la Eternidad, están aún en parte aquí abajo, y, después de nosotros, habrá otros hasta el último día. Su sed ardiente es poseernos a todos en Él, para su gran felicidad – por lo menos, esto es lo que me parece a mí… En tanto que Dios, es la felicidad perfecta, bienaventuranza infinita que no puede ser aumentada ni disminuida… Pero la fe nos enseña que, por su humanidad, quiso sufrir la Pasión, sufrir todo tipo de dolores y morir por amor a nosotros y para nuestra felicidad eterna… En tanto que es nuestra Cabeza, Cristo está consagrado y no puede seguir sufriendo; pero, puesto que es también el cuerpo que une a todos sus miembros (Ef. 1,23), no está todavía completamente glorioso e impasible. Por eso, siente siempre este deseo y esta sed que sentía de Cruz (Jn 19,28) y que me parece, estaban en él desde toda la Eternidad. Y así se puede decir ahora y se dirá, hasta que la última alma salvada, haya entrado en esta Bienaventuranza. Sí, tan cierto es que hay en Dios misericordia y piedad, como que hay en Él esa sed y ese deseo. En virtud de este deseo, que está en Cristo, nosotros también lo deseamos: sin esto ninguna alma llega al cielo. Este deseo y sed proceden, me parece, de la infinita bondad de Dios, y su misericordia…; y esta sed persistirá en él, mientras estemos en la indigencia, atrayéndonos a su Bienaventuranza.

Los tiempos no pintan y los testigos claudican


Hoy el evangelio y su comentarista, San John Henry Newman, nos invitan a estar preparados, como el buen empleado fiel, para que nuestra alma esté preparada para el regreso de nuestro Señor Jesucristo, pues él mismo prometió su regreso. Los tiempos no pintan bien, y por lo mismo nos avisó Jesús de que estuviésemos atentos a los signos de cada época. Y en nuestro tiempo, estos signos nos muestran, entre muchos otros, que la gente no quiere estar sujeta a nada, y ellas mismas determinan lo bueno y lo malo, según los deseos de sus pasiones y su propia concepción del mundo. No se puede buscar la paz, la prosperidad, al margen de Dios porque él hombre nada entre los intereses personales y afectivos y su propia limitación cognitiva. Es por ello que las Escrituras nos pone en guardia con estas palabras: la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues escrito está: Él es EL QUE PRENDE A LOS SABIOS EN SU propia ASTUCIA.

Estemos preparados con la llama encendida del arrepentimiento, el perdón, la misericordia, la justicia,  la verdad (Jesús) y del amor, de aquel amor que no juzga, ni lleva cuenta el mal recibido, del amor que pone su confianza en Dios, porque de cualquier manera no sabemos ni el día ni hora: o bien de la vuelta de Jesús o de nuestra muerte temporal.
Por otro lado, en este mismo evangelio Jesús nos dice: Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Dios con este ejemplo nos da a entender que si somos fieles a su Palabra nos hará administradores de todos sus bienes. ¿No es impresionante? !administradores de todos los bienes de Dios… Uauu¡ Es el momento de pedir fe al Señor para creernos esto, tal y como creyeron los santos.

Dios es grande y poderoso, ¡Alabado y glorificado sea por siempre! Nos quemaran las iglesias pero no el espíritu, Dios lo hizo en su infinita sabiduría inmaterial y eterno (incombustible). ( Evangelio del día 21/10/2020

Evangelio según San Lucas 12,39-48.

Jesús dijo a sus discípulos: “Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.
Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.
Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”.
El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?
¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo!
Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.
Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse,
su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.
Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.”Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San John Henry Newman (1801-1890)

teólogo, fundador del Oratorio en InglaterraPPS, t. 4, Nº 22

“Estad preparados.”

Nuestro Señor nos ha hecho esta advertencia en el momento en que estaba a punto de dejar este mundo, por lo menos de dejarlo visiblemente. Preveía los cientos de años que podían transcurrir antes de su retorno. El conocía su propio destino, el del Padre; dejar gradualmente este mundo y su propio curso, retirando poco a poco las prendas de su presencia misericordiosa. Preveía el olvido en que caería, incluso entre sus discípulos…Preveía el estado del mundo y de la Iglesia tal como los vemos hoy, donde su ausencia prolongada ha hecho creer que ya no volvería nunca más… Hoy, nos susurra al oído con gran misericordia que no nos fiemos de aquello que vemos, que no participemos en la incredulidad general, que no nos dejemos arrastrar por el mundo, sino de “velar y orar en todo tiempo” (Lc 21,36) y de esperar su venida. Este aviso misericordioso tendría que estar siempre en nuestro corazón por ser tan necesario, solemne y urgente. Nuestro Señor había anunciado su primera venida; y sin embargo, fue una sorpresa cuando apareció. Volverá de modo más imprevisto aun en su segunda venida, sorprenderá a los hombres, pues no ha dicho nada sobre el espacio de tiempo que media antes de su vuelta y nos encomienda la vigilancia y la guarda de la fe y del amor. .. No debemos sólo creer sino velar; no sólo amar sino velar; no sólo obedecer sino velar. Velar ¿porqué? Por el gran acontecimiento de la venida de Cristo. Nos parece un deber particular esta invitación a velar, no sólo creer, temer, amar y obedecer, sino también velar; velar por Cristo, velar con Cristo.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

La mejor palabra, en ocasiones, es la que se calla

Tus palabras pueden ser mi tumba o el trampolín para mis logros, no seas impulsivo a la hora de pronunciarte para acusarme, especialmente con aquella persona que te tiene idealizado. ¿Quiénes son estas personas idealizadas para los niños? en primer lugar los padres, después hermanos mayores, seguidos de tutores y profesores.

Si de algo te debes cuidar y proteger, es de tu lengua.

Tiene tus cabellos contados ¿lo sabías?

Evangelio de hoy.

Nuestra vida no está en manos del azar, ni del destino, ni en nuestros cálculos y previsiones, ni siquiera en manos de nuestros enemigos o incluso de Satanás, que como sabemos por el libro de Job, Dios dijo a Satanás: <<Pero a mi siervo Job, no lo toques>> Dios deja al hombre a su libre albedrío, pero tiene un destino y un tiempo para aquellos que le aman. <<Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros>>. Sigue el link del día 16/10/2020.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel?fbclid=IwAR2bOAWKdIfdK1NHf0uwGTUceKYw_cbe9u69CdkINL-BgqtVp55ll-xMrSQ

Se me olvidaba, tampoco la Covd 19, que solamente podrá tocarnos si está en sus planes, en los planes de Dios, o Él lo permite.