IDENTIDAD SECUESTRADA. Cuarta entrega

Cap2 EN BUSCA DE UN ESPACIO EN EL MUNDO

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1. EL PARVULARIO

Mis primeras actividades en sociedad pertenecen casi al limbo de los tiempos; no obstante, aún conservo un recuerdo vago de lo que por entonces se denominaba −aunque la expresión eche para atrás− la escuela de los cagones. Esa primera escuela era equivalente a lo que hoy es una guardería, pero sin los recursos de ésta ni la profesionalidad del personal de ahora. El responsable de la escuela, por lo general, era una mujer soltera o viuda que nos mantenía entretenidos sentados en una sillita con canciones, cuentos y rezos. Lo del donut a la hora del almuerzo, vendría muchos años después para los hijos de los que allí estábamos. Mientras tanto a nosotros lo único que nos entraba en la boca a mediodía, hasta la hora de llegar a casa, era algún moco insumiso y unas cuantas lágrimas. 

La primera profesora titulada que tuve años después, en la escuela de parvularios, me enseñó bastante menos que la soltera de la escuela cuyo nombre no quiero recordar. La tal diplomada llegaba de costumbre renqueante al aula, desconozco si a consecuencia de la ingesta de estupefacientes o de alcohol. Su cara, por otro lado, lucía con más pintura que el busto de la Señorita Pepis y la pinacoteca del Hermitage juntos. De esa guisa, por el estado alucinógeno en el que llegaba, no pasaba mucho rato sin que se ahuecara en su sillón, en el cual relajaba sus carnes, entregándose a un sueño soporífero que, probablemente, la alejaban por un tiempo de sus traumas y frustraciones: situación que aprovechábamos los parvularios para mirar de qué color llevaba ese día sus braguitas. Resulta un tanto curioso que a tan temprana edad nos sintiéramos ya atraídos por las intimidades de su entrepierna.

Un día saliendo de esta misma escuela me encontré una alianza de oro, en la calle, a la que puse a rodar, inmediatamente, en el suelo −al desconocer su utilidad− hasta que entré en mi casa. En aquel momento creí que se trataba de un simple aro como el que tenían los niños mayores para jugar, aunque, este, en miniatura. Desconozco cómo pude llegar a mi casa con la sortija antes de que la misma desapareciese bajo la rejilla de uno de los sumideros del camino. Sin embargo, el fin que no tuvo en la calle lo tuvo en mi propia casa una vez que se la mostré a mi madre. Esta, después de observarla por breves segundos atentamente, la guardó en el bolsillo de su delantal sin dar muchas explicaciones. Aquella pérdida supuso para mí un gran disgusto, no por el valor de la sortija en sí, como es de suponer, sino porque a partir de ese momento ya no pude echar el arito a rodar y seguir el rumbo que este me marcase, al azar, tras él. En ocasiones sería bueno dejarnos llevar −sin temor alguno− como niño pequeño, tras su aro, por la pendiente que desgarra nuestro corazón, pues de no hacerlo estamos taponando la fuente por la que han de salir al exterior las heridas del alma. No hay gesto más contrario a la salud, mental, de la persona que intentar mantenerse permanentemente inquebrantable. No solamente deberíamos exteriorizar aquello que nos está rompiendo por dentro el corazón, sino también los sentimientos de agradecimiento; pues aquella persona que no entienda la fragilidad de otro ser humano es porque desconoce su propia esencia y el camino de la vida. En el lado opuesto estaría el victimismo, tan indeseable como el orgullo y la dureza de corazón. El victimismo continuado en el tiempo es la estrategia de los cobardes y de todos aquellos que se han quedado sin argumentos. 

Hablando de ignorancia, o más bien de simplicidad y espontaneidad en la etapa infantil, me viene a la memoria el día que recibí el mordisco de un perro en mi muslo izquierdo. El chucho estaba dormitando plácidamente, a la sombra de una pared, en una bochornosa mañana de verano. Persuadido de que no me veía debido a su estado somnoliento, me situé junto a él y pensé: –ahora que está dormido aprovecho para pisarle la cola y de este modo conoceré como se sujetan los pelos entre sí para que no se le caigan al suelo. En mi corto entendimiento desconocía que el rabo fuese una extremidad más del animal. La respuesta a mi pregunta no se hizo esperar cuando comprobé, con sorpresa, dos cosas: que el perro, aunque dormido, tenía sensibilidad en su cola −ya que se revolvió contra mí para morderme− y, por supuesto, que debajo del pelambre había huesos y chicha que sujetaban los pelos a la cola del animal. Rememorando este hecho se me viene otro más al pensamiento. Tuvo lugar en el mismo sitio (aunque no a la misma hora) años después con el vecino que me afrentó por primera vez tachándome de mariquita. Parece que lo tenía cruzado en mi destino, puesto que, por razón de mi trabajo, años después tuve que asesorarlo en más de una ocasión. No obstante, a pesar de que se hayan dado estos encuentros −no buscados por mi parte− yo contento porque, debido a ello, pude comprobar que el amor de Dios me había liberado de todo rencor hacia su persona.

Pasando al acontecimiento que quería referirme, con respecto al joven aludido, sucedió que yendo este a toda velocidad con su bicicleta, perdió el control al doblar una esquina, para ir a estrellarse contra la pared del acerado donde yo me encontraba. No me atropelló porque su ángel o el mío, tal vez los dos ¡quién sabe…! lo condujo con tal acierto que dejó clavada la rueda delantera de su bicicleta por debajo de mi entrepierna sin que llegase a rozarme. Una vez más Dios estaba de mi parte, a pesar de que los hombres tomemos la dirección contraria a la que Él nos muestra; en el caso del citado mancebo, la de no respetar los límites de velocidad en la vía pública. Algo que yo mismo haría años después, en carretera, en algunas ocasiones.

Otros de los momentos que me produjo desazón debido a la candidez que mostramos en la infancia, superior incluso al descubrimiento que urdían los mayores con los reyes magos y la cigüeña portabebés, fue descubrir, desde el gallinero del cine de mi pueblo, que las historias que se veían al fondo −a continuación de la última hilera de butacas− no estaban sucediendo allí de forma real, sino que se proyectaban a través de un haz de luces, que volaba por encima de mi cabeza, de modo parecido a como lo hacían las sombras chinescas en el zaguán de mi casa. La decepción que me llevé al observar aquel destello de luces, y el agujerito por donde salían, fue mayúsculo. Aquello me pareció un fraude inaceptable, teniendo en cuenta la cantidad de veces que me había retorcido en el asiento de mi butaca, esperando que el bueno de la película lograse escapar de la trampa que le tendía su enemigo. Es más, se me quedó tan grabado en la memoria que aún recuerdo −y eso que mi memoria es flaca− las personas que me habían llevado al cine ese día.

Tampoco era nimio el tema de la cigüeña, sentía pavor de que algún bebé cayese desde las alturas de su alargado pico. Aquel pensamiento me llevó por varios años a buscarlas, en muchas ocasiones, por el firmamento para seguir sus vuelos. Después de mis exploraciones he de poner de manifiesto, que nunca vi un bebé listo para su entrega sobre el pico de una de esas vistosas aves. De aquella pesquisa deduje, o bien que las cigüeñas debían transportar su paquete de noche o que, por el contrario, se trataba solamente de una patraña más urdida por los adultos. 

Posiblemente debido a lo mucho que me seduce la idea de desplazarme por los aires, aquella fábula de la cigüeña entrega bebes me pareció, hasta bien mayor, más sugerente y atractiva que la del vientre de la madre como medio de transporte.

2. LOS PRIMEROS PASOS EN LA ESCUELA

Poco antes de comenzar el parvulario empezó para mí el calvario del acoso, al cual tuve que hacer frente desde los cinco años hasta los dieciocho ininterrumpidamente. Joselito, como me llamaban en el barrio, por ser el más pequeño de mis hermanos, quiso Dios que fuese agraciado en sus facciones y con tendencia natural para el baile y el cante; características suficientes, en esa época, para ser etiquetado de homosexual. Esto a pesar de que mi porte exterior y mi modo de conducirme no fuesen los de una persona amanerada.

Igualmente, he de confesar que no sentía atracción por el mundo femenino; en cambio, sí que tenía un espíritu rebelde y libre por el que nunca oculté mi carácter y mi personalidad. Fue debido a ese carácter libre, de no someterme a las mezquindades y prejuicios de los demás, por el que, a la edad de seis o siete años, viendo a Marisol en el cine del pueblo, no vacilé en imitarla al igual que lo hacía con otros artistas y grupos de la época; entre los cuales podría citar al dúo Dinámico, Nino Bravo, Los Diablos, Carina, Formula V, Rafael, Mocedades, etc. De esta manera, sin reprimir mi personalidad, me lo pasaba en grande cantando y en ocasiones, también, bailando, allí donde se diese una situación propicia. Este modo de proceder, si bien levantaba sospechas, calumnias e insultos por parte de algunas personas, como ya mencioné, por parte de otras causaba, en cambio, elogio y admiración. Cuando se trataba de los últimos, estos se unían a mí para disfrutar del show que desplegaba, improvisadamente, cuando mi corazón estaba alegre. Fue así como me erigí, sin yo buscarlo conscientemente, en el alborotador del “gallinero”; especialmente en los ratos que nos visitaba el tedio en las horas de recreo. Aún recuerdo dos de esas exhibiciones: una de ellas tuvo lugar en una ocasión en la que el profesor se demoró más de lo acostumbrado. En aquella jornada, dando por sentado que no se presentaría en clase, me dispuse con toda soltura a cantar y a bailar, al mismo tiempo que muchos de los compañeros abandonaban sus pupitres para acompañarme, en la función, con una explosión de júbilo. La puesta en escena, encima del entarimado de la clase, en aquel momento fue con una canción de Marisol «La vida es una tómbola, ton ton tómbola, de luz y de color…» que días antes había presenciado en el cine de mi pueblo. 

Como estatua de piedra me quedé cuando vi entrar al profesor por la puerta de clase; tan acorralado me sentí que, de haber tenido la oportunidad de escapar, habría desaparecido, como ratón asustado, por debajo de la tarima en la que aún permanecía. No recuerdo bien que hizo aquel día el profesor conmigo, lo que sí recuerdo, aún, es el cate que me propinó un año más tarde −todavía me llevo la mano a la mejilla cuando lo traigo a la memoria− por el fuerte dolor que produjo su palmada en mi mejilla. Este último episodio fue el resultado de la picardía −por decir algo suave− con que actuó un compañero, tras hacer entrega al profesor de un papel con insultos, que yo le había escrito, respondiendo a otro que él me había enviado, minutos antes, también insultándome. Lo que sucedió fue, que, mientras yo había roto en pedacitos su escrito, pensando que él haría lo mismo con el mío; el muy pícaro, en cambio −ni corto ni perezoso− fue a mostrar mi respuesta al profesor. Desde la distancia en el tiempo me parece prácticamente inverosímil, que a esa temprana edad apuntemos ya tan malas formas; máxime habiendo sido él, precisamente, quien inició la ofensiva. 

Otro momento álgido de esa vena artística lo sacaba a relucir, por las fiestas del pueblo, bailando al son de la canción que tocase la orquesta en la plaza mayor. En ese affaire, en el momento que las parejas de matrimonios y jóvenes reparaban en mí, por el desparpajo con que movía todas las coyunturas de mi cuerpo, hacían un corro en mi rededor para no perderse detalle. Finalizada la canción no faltaba, nunca, quien me izará por encima de sus hombros, como trofeo de campeón, mientras el resto aplaudía al pequeño choutman. Si bien, esto sucedía durante la fiesta; en mi barrio, en cambio, seguían con la suya particular: aquella que montaban, a mi costa, con los insultos e improperios ya consabidos. Quiero puntualizar, no obstante, en honor a las personas con las que conviví por muchos años en mi pueblo, que no todos actuaban cruelmente contra mí. De este modo, pues, si bien el insulto pasó a ser la tónica general de cada día entre muchos niños y adolescentes; por parte de los adultos, sin embargo, el escarnio se daba muy de tarde en tarde. Puntualizaré, no obstante, que, comparativamente, me hacía mucho más daño la agresión verbal cuando salía de la boca de un adulto que cuando procedía de otro niño; y esto porque, de algún modo, yo registraba, ya por entonces (aunque fuese aún muy niño), en el rostro de los adultos una maldad que no se dibujaba en el de los niños. 

Muy apesadumbrado andaba, porque la etiqueta con la que me señalaban se iba convirtiendo, con el paso de los años, en un fardo pesado y doloroso del que no podía desprenderme por más que lo intentase: algo así como las gotas de agua que caen sobre una roca, permanentemente, y la va horadando poco a poco hasta que llegan a perforarla. Fue, así, por esta permanencia en el tiempo, que el acoso cristalizó en un malestar que se hacía poco menos que insufrible: no había día en el cual no escuchase la misma cantinela: eres una niña, mariquita, no tienes lo que hay que tener, maricón, mujercita, y otras palabras aún más soeces, que no merecen ser replicadas aquí. Mi reacción ante el acoso, no obstante, como ya mencioné, era siempre la misma: por un lado, no esconder mi personalidad alegre y festiva y por el otro, devolver siempre el insulto con otro −si es que lo encontraba− aún más mordaz. De esta manera, pues, una vez que entraba en litigio con mis agresores, no pocas veces, los dimes y diretes terminaban en pelea.  

Entre las contradicciones que todos los hombres llevamos consigo yo llevaba las mías. Esto porque, a pesar de ese carácter alegre, en mi fuero interno era reservado y aguantaba con estoicismo todas las ofensas que arrojaban sobre mi espalda. Efectivamente, en cuanto que entraba en casa, escondía el enfado y, con él, las lágrimas sin dar a conocer la cacería a la que estaba siendo sometido. Con mi actitud de rebeldía y aguante −defendiéndome con contundencia− lo que pretendía demostrar a los demás, era lo contrario a lo que hablaban de mí; es decir, que yo era un chico varonil sin miedo. Además de luchar por preservar mi hombría, porque mis sentimientos no eran conformes a aquello que los chicos decían de mí, tenía que defender a mi hermana la menor (la cual me llevaba tres años de diferencia) de los chicos de su misma edad, que venían a soliviantarla porque su cuerpo empezaba a dibujar formas y su rostro belleza. 

A la escuela me dirigía acompañado al principio por un vecino mayor, que aprovechaba, de cuando en cuando, su poderío físico para atizarme una colleja. Por la mañana, lo primero que hacían los profesores era ponernos en fila y alinearnos por cursos. Una vez en orden y en silencio, entonábamos el Cara al Sol (himno del Régimen) aunque el día estuviese nublado. A la hora del recreo nos hacían beber leche en polvo con sabor a pastillas de leche de burra. En otras ocasiones, las menos, nos daban un quesito de la marca, si no recuerdo mal, La Vaca que Ríe: una vaca muy simpática con aretes en las orejas y teñida de rojo como caperucita. Por entonces algunas familias eran pobres de solemnidad y el gobierno trataba de paliar con esos suplementos alimenticios las carencias nutricionales de la población infantil. 

Cuando tuve criterio para elegir, por mí mismo, me deshice de la compañía de mi vecino mayor, y busqué la de otro chaval de mi edad, que vivía unas casas más abajo, para ir con él al cole. Su madre llevaba en los genes el síndrome de la lentitud, como buena parte de su familia. A esta buena mujer, el puchero le salía siempre con retraso y por este motivo tenía que esperar a su hijo, cada día, hasta que terminaba de comer. Su comida… unos garbanzos con presa que consistía en el menú de la familia durante toda la semana. Por aquellos años el cocido de garbanzos terminó siendo, salvo fiestas de guardar, el maná diario de buena parte de las familias, especialmente por mi tierra donde abundaba el cerdo y el cultivo de garbanzo. 

Yendo al cole nos parábamos, a mitad de camino, frente a un muro de piedra, semiderruido, de un antiguo acuartelamiento para hacer funambulismo; aquella pared ejercía un poder, hipnótico, que atraía a los chavales, del mismo modo que sol lo hacía con lagartos en verano: raro era el día en que no nos encaramásemos en una de sus partes sobresalientes. La zona más alta accesible para nosotros se situaba a metro y medio, aproximadamente, sobre el nivel del suelo; altura considerable teniendo en cuenta nuestra edad y estatura. A pesar de las muchas veces que hice su recorrido y de la estrechez del muro, nunca vine a dar de bruces con mi cuerpo en tierra. Esa suerte, en cambio, debido a mi afición por hacer equilibrios, la corrí más tarde dentro del mismo colegio. Aquel día no calculé muy bien la distancia desde el suelo a la parte superior de la tapia del patio del cole, a la cual intenté escalar para sentarme junto a otros chicos, mayores que yo, que habían clavado allí sus posaderas. En la caída me abrí una brecha de considerable tamaño en la frente, por encima de la ceja, al rozarme con la misma tapia a la que pretendía subir. Este suceso, sin ser relevante, lo recuerdo porque la pústula producida por la herida estuvo adherida a mi piel, cual tatuaje indeleble, por unos seis meses. El motivo de tan larga cicatrización tuvo que ver con mi incapacidad de resistir la tentación de arrancarme la postilla en cuanto la veía un poco seca. 

Tiempo después, fui superviviente de episodios mucho más peligrosos, en los que, por escasos centímetros o por segundos, pude salvar la vida en el mismo umbral de la muerte. Ahora doy gracias a Dios, puesto que sé, a ciencia cierta, que por detrás de esa ventura estuvo su mano salvadora. Espero que cuando me llame definitivamente para estar a su lado, participando de su gloria, luego de haberme otorgado tantas oportunidades, esté listo para afrontar el juicio de mis actos.

3. EL DESPERTAR DE LA LIBIDO

Con mis ojos de niños, ávidos de novedad, seguía observando y escudriñando el mundo con alegría y esperanza, mientras el mundo me obsequiaba, a cambio, con zarpazos. Mis acosadores ya no me daban tregua, y era raro el día en que algún chaval no me insultara con la misma cantinela de siempre. El grupo se hacía cada vez más numeroso y, en ocasiones, se juntaban para atacarme todos a la vez. Yo, por mi parte, me iba cargando de resentimiento hacia ellos, máxime al constatar que las sensaciones que mandaba mi cuerpo a mi cerebro, como siempre, eran contrarias a las groserías con que ellos me atacaban. Así lo percibía al constatar, en primera persona, que las emociones que despertaban en mí algunas niñas, solo con verlas a la distancia en la calle, no eran las mismas que cuando advertía la figura de los chicos o me relacionaba con ellos. Con los niños las percepciones se circunscribían al ámbito de la camaradería, de la complicidad y de la competitividad con demostraciones de fuerza y valentía. Con las niñas, en cambio, se despertaban en mi interior otro tipo de sentimientos, difícilmente explicables, donde la belleza y la atracción física se hacían palpables.

Recuerdo que la chica que avivó por primera vez esos reclamos en mí interior la conocí en el cole a los ocho años, estaba jugando con las amigas en un corro en el que giraban al compás de una canción infantil. En el mismo momento en que paró la cantinela de las niñas y la danza se detuvo, una sirenita de agua dulce quedó parada frente a mí, al otro extremo del corro, con mirada tímida a la que acompañaba de una leve sonrisa. Su mirada cálida, amable y receptiva, paralizó mis piernas y aligeró mi espíritu transformándome en estatua y nube al mismo tiempo: sentía que el pecho me quemaba por dentro y las piernas me temblaban por fuera. Su piel color caoba, su talle espigado, sus labios carnosos, su melena en hileras de tirabuzones que revoloteaban al aire con el vaivén de su cintura, y sus ojos enigmáticos, de efigie egipcia y oscuro ámbar, me dejaron paralizado frente a ella, con sonidos de violines en el corazón y con un verso de Espronceda atravesado en la garganta. Desde allí, desde el centro mismo de mi dilatado corazón, se escaparon dos alas al éter para entrelazarse con las suyas, en un abrazo eterno de almas que se buscan y se anhelan sin motivo aparente: ella lo sabe en lo más íntimo de su ser, al igual que yo lo supe entonces. Es por eso que, en el presente, siempre que nos cruzamos en la calle, ella baja la mirada con su dulce sonrisa, mientras yo desacelero el paso cavilando: ¿Señor por qué? ¿Qué hubiese sido de mi vida si aquellos que me empujaban a diario hacia la nada, no hubiesen hecho acto de presencia, jamás, en ella? no hace mucho encontré la respuesta; no obstante, la postergaré hasta que llegue el momento idóneo en el transcurso de este relato autobiográfico. 

A pesar de aquel encuentro tan arrebatador con la belleza femenina, y de esa sintonía espontánea de dos interioridades que se reconocen como una, mi despertar de la libido como tal se produjo, años después, viendo una película en el cine del salón teatro de mi pueblo. Fue así como sucedió: pocos minutos después de que el proyector echase a rodar, sobre el telón, pude contemplar un espectáculo hasta entonces inédito para mis ojos preadolescentes. Inesperadamente apareció en escena un rollizo gañan, recostado sobre unas gavillas, siendo espiado por una joven lozana, que, luciendo entre sus senos un tulipán violeta, le dirigía una mirada cálida y seductora, con la cual llenó de intriga a todos los espectadores que allí nos encontrábamos. El gañán después de descubrirse observado (ahora en un plano más cercano de la cámara) por la damisela, que comenzó a mordisquear una aterciopelada manzana carmesí, se giró en su dirección con mirada lasciva; y sin dudar ya de las intenciones de aquella atractiva ninfa, de un salto, se aproximó a ella. La expectación que la escena creo en el auditorio, después del acercamiento de los protagonistas, alcanzó tal grado, que en el salón se ahogaron todas las toses; las pipas igualmente enmudecieron; y los cigarrillos por su lado, al unísono, dejaron de alumbrar. La acción continuó, mientras el silencio se mascaba en el ambiente, y el fornido campesino, sin más preámbulo, apretó a la damisela contra su pecho y mientras la entrelazaba con sus brazos, la arrastró, consigo, hacia la paja donde cayeron arrebatados por el deseo. Una vez ya recostados en el áspero y mullido lecho −ocultos entre el follaje que se mecía a oleadas suaves por el viento− el fogoso mancebo procedió, sin mascullar palabra, a desabrochar, con dedos ágiles, la camisa de ribetes bordados de la primorosa joven. Después de esta última maniobra del zagal, sin yo esperarlo, emergió bajo sus manos un prominente, suave y tierno seno, de la no menos exuberante y entregada damisela.

Al igual que al protagonista de la película me sucedió a mí ese día: si por su parte no esperaba −como se daba a entender al principio de la escena− la súbita aparición de la provocativa doncella, yo tampoco esperaba que mi anatomía masculina despertara, súbitamente, poniéndose en movimiento por sus propios a tenores, reclamando espacio bajo la cremallera de mi pantalón, en el mismo momento que quedó al descubierto el esbelto y estilizado seno de la damisela. 

Aquella escena quedó grabada en mi psiquis por mucho tiempo, pues nunca, hasta entonces, había avistado un busto de mujer retozar al aire libremente. Así fue mi despertar al sexo, como supongo lo sería también para otros jóvenes de los allí presentes, que, en el transcurso de la noche, ya en sus casas sustituirían la lana de su colchón por la paja suelta de unas gavillas, recién segadas, en un sueño plácido y mojado.

A partir de ese momento las sensaciones no solo se remitían a lo intangible y espiritual, sino también a lo corporal. De este modo hubo una jovencita que conocí de niña, con anterioridad, en el coro de los frailes; la cual, por sus características, sus ojos un tanto rajados, sus carita redonda y sonrosada de muñeca de los setenta y su carácter provocativo y dicharachero, me sedujo como el mejor de los hechizos. No obstante, no llegué a intimar con ella, todo se quedó en un simple juego seductivo, entre ambos, sin consecuencias; ya por esas fechas estaba en el seminario, y no podía exponer lo que, por entonces, creía que era mi vocación.

La vida sexual anteriormente a este relato se remitía a juegos infantiles en los que, junto a los amigos, explorábamos nuestra anatomía para indagar en un asunto que los adultos intentaban ocultar con mucho misterio. Uno de los lugares escogidos para estos experimentos se ubicaba en la era; lugar espacioso de superficie diáfana, ubicado a las afueras del pueblo, cuyo uso se destinaba a separar el cereal de la farfolla. Como su utilización se limitaba, por lo general, a la cosecha del cereal, el resto del año, la era, estaba libre para el esparcimiento y recreo de los chavales. Aquel lugar era el idóneo, en la hora del crepúsculo −aprovechando que los agricultores estaban ya de recogida− para adentrarse en lo desconocido e indagar sobre aquellas partes de la anatomía corporal más censuradas por nuestras madres. Esos juegos, inocentes, terminaban sin consecuencias, entre otros motivos porque éramos ignorantes en materia sexual y, sobre todo, porque la libido no apretaba aún nuestras carnes infantiles.

En este momento recuerdo con hilaridad uno de ellos: consistía en bajarse el pantalón y los calzoncillos, mientras apostábamos por cual de nosotros llegaba más lejos haciendo carreras en ese estado. Como se puede suponer, de aquella guisa, lo único que se conseguía era ir dando tumbos por el suelo. En otras ocasiones simulábamos posturas al modo en que lo hacían en el cine o en televisión los protagonistas de historias románticas; pero todo quedaba ahí, en meras simulaciones de algo que estaba por descubrir en su debido momento. 

Con las niñas se trataba de tocamientos, por la curiosidad de contrastar morfologías. En una de esas exploraciones me sorprendió mi hermana, la mayor, con una vecinita de mi edad en el doblado de mi casa; fue una de esas veces que deseas salir corriendo sin parar hasta desaparecer del mapa. No fue para menos después que mi hermana amenazase con decírselo a mi madre que, por circunstancias familiares, llevaba dos meses fuera de casa.

En aquella ocasión me dejó un tanto sorprendido comprobar, por primera vez, que las niñas eran cual tabla rasa: normal teniendo en consideración que, a su edad, los estrógenos femeninos aún no habían aparecido en la suficiente cantidad como para dar lugar a la aparición de sus mamas. Aparte, con la irrupción de mi hermana en escena, no tuve tiempo a hacer más pesquisas.

Después que nos pillaran in fraganti, la amenaza de mi hermana quedó suspendida en el aire, como espada de Damocles, por mucho tiempo en mi memoria: no era para menos dado el decoro y el misterio con el que se trataba, por entonces, todo aquello que tuviese que ver con la sexualidad. 

Sin embargo, a resultas que el ser humano no parece conformarse con los términos medios, de manera orquestada (buscando pingües beneficios y algo más), con el relativismo moral del modernismo, los medios audiovisuales nos llevaron al extremo contrario. En la actualidad, se ha llegado a banalizar tanto el sexo, que la expresión hacer el amor tiene, ahora, idéntico significado que juntarse para copular. De ahí se deriva, en parte, que las uniones conyugales duren un suspiro: porque a partir de la “liberación sexual” se identificó el amor con el deseo o atracción sexual; sexo con placer, exclusivamente; y felicidad, por otro lado, con ausencia de problemas. 

4 ¿PREDETERMINACIÓN O LIBRE ALBEDRÍO?

Volviendo a ese lugar lúdico y deportivo para los niños que transcurría en las eras, me viene a la memoria otros recuerdos menos agradables de la etapa de mi infancia. De modo particular aquellos que pudieron llevar la tragedia a dos familias en el transcurso de jornadas distantes entre sí. El primero de ellos tuvo lugar en una máquina cosechadora abandonada en dicho lugar, a la que trepábamos los críos para desentrañar, no sólo los misterios que encerraba en el interior de su armadura, sino para hacer equilibrios sobre la misma. En una de esas tareas se encontraba uno de mis vecinos, saltando de un sobresaliente a otro de la cochambrosa máquina, cuando no atinó a hacer pie en uno de sus desplazamientos quedando atrapado con un corte a la altura de su ingle −por el que no dejaba de sangrar− en una de las oquedades de la herrumbrosa máquina. Sin que pudiésemos rescatarlo del cubículo donde había quedado preso, uno de los chavales de mayor edad que allí se encontraba presente, antes de que la sangre llegase al río, salió en búsqueda de su papá que se personó rápidamente en el lugar. El padre, nervioso, tras examinar la situación, procedió a sacarlo de entre los desafiantes dientes de la siniestra máquina taponando la herida. 

Este suceso, se presta para hace una reflexión sobre el progreso, puesto que aquella máquina salida del ingenio del hombre, para sustituir a los jornaleros del campo en las tareas agrícolas, parecía estar avisando de que terminaría no sólo con el trabajo de los padres, sino que, a sí mismo, con el porvenir de sus hijos.

Cuando retiraron a mi colega de la máquina y vimos, a plena luz del día, el color a naftalina que teñía su rostro, quedamos en silencio mientras su progenitor se lo llevaba en volandas al médico. Lo que pasó en el ambulatorio lo desconozco, pero como el cuerpo humano fue concebido con sabiduría divina para renovar sus células y su sangre, quince días después, el intrépido impúber, ya se encontraba de nuevo montando sus batallitas de indios, vaqueros y soldados, sobre el acerado de su calle, con sus muñecos. 

El otro acontecimiento al que me voy a remitir a continuación tuvo que ver con mi propia persona, en el mismo lugar de los hechos ya citados, cuando la noche comenzaba a reclamar su espacio en el firmamento y yo me dirigía de recogida a casa con un vecino. Instantes después de emprender el camino de retorno, todavía en la era, observé mientras pasaba junto a dos chavales −dos hermanos mellizos− que uno de ellos entregaba al otro una jabalina de hierro, macizo, de considerable tamaño, al mismo tiempo que reía socarronamente mirando en nuestra dirección. Aquella complicidad entre los hermanos me pareció un tanto sospechosa, no obstante, yo seguí mi itinerario junto a mi vecino, sin decirle nada, cuando de repente, unos metros después de distanciarnos de ellos, sentí un golpe seco sobre el suelo, advirtiendo a continuación, que se trataba de la misma jabalina que uno de los dos jóvenes acababa de lanzar en nuestra dirección. La mortífera lanza fue a parar, justo, a unos cinco centímetros de mi flanco derecho, con suerte -gracias a Dios- que se desvió de su objetivo. Al advertir, de inmediato, lo cercano que había estado de ser traspasado por la proximidad del impacto, sufrí un leve shock emocional que me dejó sin respiración y sin fuerzas por espacio de breves minutos. Finalmente, cuando me recuperé, reemprendí el camino de vuelta con mi amigo, sin amonestar, a diferencia de otras veces, el comportamiento de los hermanos. En aquella ocasión obré de este modo, porque me llevaban varios años de diferencia −sus cuerpos eran prácticamente el de personas adultas− y pensé que por ese día ya había tenido suficiente recompensa con salvar la vida. 

Si bien fue grande el riesgo que corrí, lo insólito de entonces era que los niños, al llegar a casa, no diésemos explicaciones a nuestros padres de los peligros a los que habíamos estado expuestos durante el día en la calle: proceder de otro modo era síntoma de cobardía y de que uno no podía resolver sus propios asuntos. Después de las desventuras a las que nos enfrentábamos, lo que realmente importaba era salir ileso, para así, un día, poder contárselo a los nietos.

A este episodio le sobrevinieron otros tantos, a lo largo de los años, en los que salvé la vida, cuando no quedaba ya ninguna carta en juego. Esto me llevó a interiorizar, como asimismo se nos da a entender en algunos pasajes de las Escrituras, que Dios tiene un propósito y un tiempo para cada uno de nosotros. Tenemos un destino y una misión encomendada e incluso cierta perspectiva para comprender, sino en su totalidad, al menos en parte, el sentido de nuestra vida. Dicho sentido o razón última del ser -de la persona- nos lo dio a conocer Jesucristo en su encarnación, con sus palabras, sus hechos y, especialmente, con su resurrección, garantía de la nuestra. A parte de que tengamos o no una tarea específica encomendada por Dios, existe una misión y un destino común al que está llamado todo hombre por ser criatura de Dios. La misión tendría que ver con el desarrollo de todas las potencialidades que tenemos cada persona por el hecho de poseer una capacidad psíquica moldeable, progresiva e intelectiva, consciente de sí misma y unipersonal. El destino, en cambio, estaría relacionado con dirigir esas potencialidades a la meta y fin último para el cual fue concebido y creado el hombre con sus capacidades; a saber, vivir en la presencia, en el amor y en la sabiduría de Dios, en armonía con el resto de la creación, el cual nos creó por amor tomándose a sí mismo como modelo: (Génesis 1, 27) «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó».

Y si nos creó a su imagen, fue para hacernos partícipes de aquello que encierra en sí mismo: algo tan grande, llegaría a decir S. Pablo (el cual tuvo revelaciones directas de Dios), «que jamás el ser humano ha podido contemplar, oír, ni tan siquiera experimentar en su corazón» cfr. (1 Corintios 2, 9). 

El cómo llegar a ese destino, tendría que ver con la respuesta personal al llamado de Dios; es decir, el uso que hacemos de nuestra libertad para adherirnos, sin engaños y autocomplacencias, a su voluntad expresada en las Escrituras: la cual, por otra parte, nos hace entrar en su esfera separándonos (santificándonos) del poderío con que nos envuelven nuestras pasiones, el mundo y Satanás: muchas veces disfrazados, todos, bajo apariencia de bien: de bondad, sabiduría, caridad y belleza, para que le resulte más llevadera a nuestra conciencia el desviarse de Dios (de la Verdad).

Así, pues, una vez conocido nuestro destino y nuestra meta, porque el Ser que nos creó (Dios mismo) tomó nuestra propia condición para darnos a conocer, sin intermediarios, quienes somos, andaremos enfocados en la vida sin dar palos de ciego en la nada. De tal modo que Dios, haciéndose tangible y visible en la persona de Jesucristo, se hizo creíble, entre otras señales, por la autoridad de su Palabra, por su coherencia de vida, por sus milagros y signos y, fundamentalmente, porque dio muestras, reiteradamente, de su resurrección: sin ella, punto culmen del Evangelio, como diría San Pablo «vana seria nuestra fe».

El hombre, por tanto, gracias a Jesús, ya no está abocado al vacío existencial de no saber quién es y hacia dónde debe encaminar sus pasos. Entre otros motivos, porque no solamente fue reservada la revelación dada por Jesucristo a sus coetáneos, por medio de sus discípulos (a los cuales, por cierto, les acompañaron los mismos signos que al Maestro) sino que ha llegado al resto de la humanidad, de generación en generación, por medio de la Iglesia fundada por el mismo Jesús (Mateo 16, 13-19), a la que asiste el Espíritu Santo, para conducirla (a pesar de la miserias y bondades de los que formamos parte de ella) en el Final de los Tiempos, al plan trazado por Dios desde el principio de los tiempo, donde será Jesucristo el que reine sobre toda la creación, para siempre, en paz, armonía y plenitud, una vez sometidas todas las fuerzas del mal con Satanás a la cabeza y sus adeptos. Es decir, que el Ser de Dios, que por tanto siglos había estado oculto al conocimiento y la comprensión del hombre, se nos dio a conocer tangiblemente, sin elucubraciones metafísicas especulativas de hombres (como en otras religiones) y sin intermediarios −por parte del mismo Dios− en la persona de Jesucristo; el cual asumió la naturaleza humana en todo, salvo en el pecado. Conocemos por las Escrituras que esto sucedió siendo engendrado por el E. Santo en el seno de una virgen, de nombre María, la cual fue destinada y elegida desde la caída de nuestros primeros padres para dicha tarea.  De no admitir esta verdad, trascendente, el hombre queda fuera de toda realidad, de todo sentido, porque entonces sí, que todo se vuelve relativo (la vida, la muerte…), ya que no hay hombre, metafísicamente hablando, con autoridad para estar por encima de otro semejante a él, por participar de la misma falibilidad. Algo que no es difícil de entender, si tenemos en cuenta que, fuera de Dios, todos los hombres participamos de idéntica naturaleza y condición. Lo dicho anteriormente lo confirma la misma filosofía con propuesta totalmente contradictorias entre sí, cuando intenta explicar el Ser de las cosas y de las personas. También la Historia nos muestra, una y otra vez, que el hombre, apartándose de la Verdad de Cristo, ha fracasado estrepitosamente bajo todo tipo de regímenes y gobiernos sin dar solución a los problemas e interrogantes de la humanidad. El hecho de este fracaso viene propiciado porque cada persona, en su fuero interno, al margen de Dios, cree poseer la verdad. Y sucede, que cuando todo hijo de vecino quiere imponer su verdad, porque para eso cree poseerla, el caos está servido. Sin Dios, por tanto, no hay paraíso, nunca lo ha habido ni lo habrá. Con Dios, los que creemos en Él y en las Sagradas Escrituras, tenemos garantizado −si optamos por vivir en obediencia a su Palabra− una fuente de sabiduría, poder y vida que no poseen el resto de mortales: lo digo no como una teoría aprendida sino como una realidad experimentada. Esto es así, no solamente porque la conciencia me muestre al Dios de la Revelación y a Jesucristo como la única Verdad posible, sino por haber experimentado en mi historia personal, la acción de Jesús, resucitado, implicándose en la misma para salvarla. Más adelante en esta autobiografía se podrá verificar este hecho. 

Aunque piense, por lo ya expuesto, que tenemos una meta a la que dirigirnos; no creo, por el contrario, en la predestinación sin el concurso humano. A partir de Jesucristo sabemos por las Escrituras quiénes somos, para qué hemos sido creados, como debemos obrar y como llegar a participar de Su Plenitud en esta vida y en la eterna. Conociendo lo anterior, no hay predestinación que valga porque, aunque sepamos cuál es el faro que nos guía y nos alumbra −Jesucristo− el hombre tiene siempre la posibilidad, con su libertad, de cambiar la dirección de su nave para seguir todas las estrellas fugaces que desee alcanzar. 

Sólo hay que mirar en los Evangelios para entenderlo: ni siquiera Dios, en su poder absoluto, interrumpió la libertad de los poderes públicos y religiosos de los hombres, en el momento del paso de Jesús por la historia, para que asesinaran a su Hijo. Hubiese sido un privilegio para Jesucristo, con relación al resto de los mortales, interrumpir el veredicto humano sobre esta condena a muerte y, por consiguiente, Jesucristo no hubiese asumido “en todo” como se nos dice en la biblia, “su condición humana”: en este caso, la libertad que Dios ha dado a todo hombre para ejercer su libre albedrío. Dios, por tanto, es consecuente y veraz con las leyes que él mismo dispuso para el mundo, para los hombres y, por ende, para su propio hijo. De esta manera, pues, el hombre tiene un destino o, mejor dicho, una invitación, para participar de la misma vida de Dios, a la cual podemos volver la espalda, si así libremente lo decidimos, en el ejercicio de nuestra voluntad.

IDENTIDAD SECUETRADA, 3 ENTREGA

Nota aclaratoria: Si no has leído los anteriores apartados, del primer capítulo de mi autobiografía, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora.

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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

CONTINUACIÓN Y FIN DEL CAPITULO 1

8. JUEGOS Y TRAVESURAS: LA INOCENCIA

Ignorante a los cambios que se daban en mi entorno (debido a la edad y por vivirlos en el día a día), en esas fechas andaba como suspendido en las nubes, en medio de una realidad creada a mí tamaño, edad y semejanza. Una vez que salía a la calle, después de siesta, buscaba a los vecinos para jugar en la plazoleta que me vio echar los primeros pasos. Se trataba de un espacio amplio, en el cual confluían varias calles: un altozano que se elevaba por encima del resto del pueblo. Tal vez por esa misma prominencia del terreno -mimetizándome con el lugar donde jugaba y me relacionaba a diario- se me contagió un espíritu de elevarme por encima de las cosas y las personas; no como un sentimiento de superioridad, sino de perspectiva para detectar dónde estoy situado con respecto a los demás y donde, lo estamos todos, en relación a las fuerzas que nos gobiernan, tanto externamente desde la cultura, como internamente desde la negación de la realidad en nosotros mismos.

La plazoleta estaba despejada de mobiliario urbano, por lo que allí se daban cita un buen número de chavales de calles aledañas para su solaz. En la mayoría de los juegos se ejercitaban todas y cada una de las extremidades de nuestro cuerpo, lo cual contribuía a que mantuviéramos a raya la obesidad y, con ello, las piernas listas para salir corriendo ante cualquier emergencia. Las principales por entonces eran dos: una de ellas, siempre que la pelota salía desviada de su trayectoria para ir a estrellarse contra las ventanas acristaladas del vecindario y la otra, no cuando el proyectil (una piedra) se salía de su trayectoria, como en el caso anterior, sino cuando alcanzaba su objetivo; la cabeza de algún colega. 

No obstante, para mí la emergencia más acuciante estaba en mi camino hacia el colegio; allí me encontraba, no pocas veces, con un rebaño de vacas que me impedían el paso ocupando todo el ancho de la calle. Lo feo del asunto, no estaba en esperar que la vía quedase despejada mientras el vaquero las recogía en el establo, sino que entre ellas guardaban como una especie de consigna; ya que de entre todas, siempre había alguna que me miraba de reojo con cara de muy mala leche.  

En la calle, por cierto, pasábamos muchas horas porque no había tiempo que restar para dedicárselo a ordenadores y celulares; inventos que estaban ya en marcha pero que todavía no se habían popularizado. De aquellos juegos puedo citar ahora entre otros: la billarda, las canicas, la peonza, el aro, pico zorro zaina, marro, el látigo, las chapas, tirar a raya, la rayuela, la comba, los cromos, el escondite, el banderín, el fútbol, un dos tres pollito inglés, y los zancos. Este último consistía en unas plataformas hechas de latas de pinturas vacías, a las cuales sujetábamos unas cuerdas en la base, que taladrábamos con un clavo, para andar subidos en ellos y hacer carreras. Luego llegaron los juegos de verano, estos ya productos de la tecnología del momento; entre ellos aparecieron el yoyo, el cubo mágico, los bolos, el hula hoop, la bola loca, el disco volador, la jabonera de hacer pompas y alguno más que no guarde en el baúl de los recuerdos para citar ahora.  

Cuando encontraba a mis amigos en la plaza, me unía a ellos para explorar el mundo: unas veces el cercano y otras el que sobrepasaba los límites del pueblo. En el cercano, que quedaba circunscrito a mi plazoleta y calles aledañas, nos entregábamos, profusamente, a hacer experimentos con la pequeña fauna salvaje que emergía desde sus escondrijos a la superficie con la llegada de las suaves temperaturas de primavera. De los bichejos que proliferaban en el pueblo las lagartijas eran nuestras preferidas y, por eso mismo, las más hostigadas. A las muy infelices se las acribillaba a golpe de cinta elástica hasta que caían de la pared; después, para colmo de su desdicha, en ocasiones les amputábamos la extremidad inferior. Con esa edad nos fascinaba observar −como hecho singular− que la cola del animal siguiese dando latigazos, como autómata, tiempo después de que la misma quedase separada del resto de su cuerpo. Yo creo que de ahí debe venir la expresión: está vivo y coleando. Así como aquella otra de: “fuma como un murciélago”, por la costumbre que existía en los pueblos, entre niños y mozalbetes, de introducir un cigarro en la boca de dicho animal. Con aquel experimento de laboratorio, improvisado en la calle, cuando el mamífero alado se tragaba el humo al respirar, los chavales dábamos por sentado que al vampiro le gustaba el tabaco. Otro bichejo que no me dejaba indiferente era la langosta africana, las hostigábamos a muerte porque venían precedidas de muy mala prensa, se decía de ellas que arrasaban los cultivos que encontraban a su paso; no obstante, por lo general, yo les daba una segunda oportunidad, aunque su semblante, también por lo general, era poco amigable. 

En otras ocasiones la distracción consistía en tirar con cintas elásticas, además de a las lagartijas, a los panales que construían las avispas en la parte cóncava de las tejas sobresalientes de las casas. A ese bombardeo de cintas, alguna de las inquilinas del panal respondía, cual kamikaze, en afanosa persecución de su enemigo hasta que lograba hacer diana taladrando su cuerpo con su diminuto aguijón. En lo de atrapar moscas llegué a ser especialista, a unas las cazaba al vuelo y otras en los cristales de las ventanas donde chocaban buscando una salida airosa. Cuando juntaba una buena cantidad de estos pequeños dípteros, los guardaba en un bote para alimentar a los gorriones que caían recién nacidos de sus nidos. Ocasionalmente les arrancaba las alas para verlas danzar, cual saltimbanquis ebrios, en el momento que decidían retomar el vuelo. Después las indultaba introduciéndolas en los agujeros por donde accedían las hormigas a su búnker. A pesar de mi buena intención por dejarlas con vida, mi idea no daba buenos resultados: la convivencia con las hormigas no debía ser agradable para ellas, ya que al poco rato volvían a salir por la boca del agujero, asomando sus ojos poliédricos, irisados de colador, al peligro de las pisadas de los viandantes en la calle.

De los animales domésticos el que salía peor parado era el perro callejero por las gamberradas que hacían con él los mozalbetes, ¡Pobre animal…! como si no tuviese suficiente con deambular de acá para allá como oveja sin pastor. Los chicos mayores le ataban una cuerda, por uno de los extremos, a la cola del sabueso y, por el otro, a unas latas vacías que, en contacto con el suelo, emitían un fuerte estruendo cuando soltaban al animal. En dicha perrería nunca tomé parte, para mí el perro era y sigue siendo, de entre todos los animales, mi preferido; creo que en ello tiene mucho que ver su mirada agradecida, su zalamería, su dependencia y su fidelidad. A los “pájaros” con alas, intentábamos cazarlos a golpe de tirachinas, unas veces en los árboles y otras cuando planeaban en el cielo: tarea ardua esta última y de nulo rendimiento. A las gallinas había un colega que les metía el dedo en el recto para extraerles los huevos antes de que fuesen depositados por su propio peso en los ponederos. Los gatos y perros recién nacidos, cuando nadie quería hacerse cargo de ellos, para evitar la superpoblación y, por consiguiente, epidemias, como por entonces no existían los refugios para animales, las personas mayores se encargaban de deshacerse de ellos con prácticas poco ortodoxas que nadie cuestionaba por entonces; algo normal teniendo en cuenta que los veterinarios escaseaban y se dedicaban a otros asuntos, para la cultura de ese tiempo, más urgentes; también como mencioné ya, anteriormente, porque todo el mundo tenía muy claro el salto abismal, cualitativo, que había entre el hombre y los animales, no solo por observarlo, sobre terreno, en la experiencia cotidiana, sino por el mismo relato de la creación. 

De igual modo, quiero matizar que, aunque se cometiesen crueldades con los animales, no es comparable con la violencia que vivimos en el presente. Hay razones que avalan lo que acabo de expresar, una de ellas tiene que ver con la economía de subsistencia que regía en la mayoría de hogares: desde muy temprana edad, estábamos familiarizados con el sacrificio de animales para el consumo doméstico que, por lo general, se criaban dentro de la misma vivienda. En ese contexto pude observar, en más de una ocasión, a mi madre degollar a las gallinas o a mi padre golpear en la nuca a los conejos para sacrificarlos como alimentos en la manutención familiar. Estos animales, junto con el cerdo, constituían un aporte nutricional imprescindible en la dieta de aquellos años de escasez. Lo que más me impresionaba, de esas costumbres ancestrales, eran los chillidos del cerdo mientras duraba el ritual del sacrificio para la matanza. Paradojas de la vida, hay quien ha llegado a decir -y posiblemente sea cierto- que, durante muchos siglos, en Europa este animal salvó más vidas que la penicilina. A pesar de aquella familiaridad con la muerte, esas costumbres no se pueden comparar, en modo alguno, con la multitud de películas violentas a las que hoy tienen acceso jóvenes y niños. A mí me sucede que, perteneciendo a una cultura en apariencia más arcaica, soy incapaz de ver películas donde la sangre que corre por el suelo, a raudales, no es la sangre de animales sino la de personas. Solo hay que ver las estadísticas para darse cuenta que los asesinatos se han multiplicado exponencialmente en todo el planeta.

9 LA HISTORIA Y EL TIEMPO JUEGA A MI FAVOR: EL ABORTO

A raíz de lo comentado en el apartado anterior y también al principio de la biografía −especialmente con motivo de la edad avanzada con la cual me tuvieron mis padres− se me ha venido al pensamiento sacar a colación, en un punto y aparte, un tema tan controvertido y sangrante como el aborto terapéutico. Que no sé por qué le habrán puesto lo de terapéutico, pues, sin sanar nada, todo lo empeora.   

Tengo que decir que a pesar de que algunos de aquellos métodos, cuasi, ancestrales de supervivencia, fuesen violentos porque, entre otras cosas, no existían herramientas mejores, no superan ni de lejos (por tratarse de seres humanos) a las prácticas abortivas del presente, donde el mismo seno materno se ha vuelto, frente a lo que está diseñado, en cámara de tortura, descuartizamiento y muerte del nasciturus. Una práctica que, por otro lado, se convierte en punto final sin retorno, donde la criatura carece de juicio, previo, para defenderse o de cualquier otro medio para escapar de la muerte como lo haría, incluso, un niño pequeñito; es decir, no puede alegar a su favor, ni gritar para que lo auxilien; no puede echar a correr ni llamar a compasión a su verdugo con lágrimas. En definitiva, unos de los actos más crueles que puede cometer el ser humano por la indefensión de su víctima. Las estadísticas de abortos practicados en todo el mundo, son escalofriantes; estos son los datos que he recogido de la asociación Pro Vida-Miami en EEUU en la que se hace una comparativa entre el número de no nacidos exterminados en el vientre materno, y el número de fallecimientos por otras causas: 30.000 por suicidios, 580.000 por cáncer y 600.000 por enfermedades coronarias; frente a 1.500.000 prácticas abortivas tan solo en un año, en el 2014. 

Las cifras que muestra otra estadística de años anteriores, es parecida a la expuesta anteriormente, según el CDC y el Instituto Guttmacher. Desde el año 1973 hasta 2008 (35 años), se habrían practicado unos 50 millones de abortos legales en Estados Unidos. Eso equivale a 1.428.571 abortos por año, o lo que es lo mismo 119.048 al mes, o 3968 por día, 165 por hora, tres por minuto. Cifras que superan en pocos años y en miles de víctimas a las muertes habidas en las dos últimas guerras mundiales; y cifra que, por sí sola, la situaría entre los 28 países más poblados del mundo. Para concluir con una reflexión diré, que todos, sin excepción, hemos podido ser un número más en esas estadísticas; ya que como es sabido no hay persona que haya llegado a adulto sin haber transitado, antes, por ese estadio de la vida.

A continuación, os dejo el enlace a tres videos que nos concientizan sobre este tema; sobre la dureza de corazón a la que ha llegado el hombre para no sentir compasión de sí mismo:

En este primer video nos habla el actor Eduardo Verástegui, muy involucrado en la defensa de los bebes por nacer, de esta realidad que tiene un trasfondo con más alcance del que se ve a simple vista, siendo ya de por si cruel el que todos conocemos. A él se debe también la película Bella de gran triunfo en los cines a pesar de que se estrenó en plena pandemia https://www.youtube.com/watch?v=_ukbOmjPcsU

En este otro es el Joven periodista Frank Zapata es el que nos muestra la realidad de este genocidio en un documental. https://www.youtube.com/watch?v=lCyGHLlcI94

Y el último una hermosa reflexión sobre la omisión del deber cuando la conciencia nos llama a actuar. El video comienza con una cita bíblica de (Proverbios 24, 12) que traducido al español nos comunica lo siguiente: si dices: He aquí, no lo supimos, ¿acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá y recompensará al hombre según sus obras. 101.877 visualizaciones.

http://www.youtube.com/watch?v=ofcs9Y7qL4s

De alguna manera, las luces del presente, suelen ser el resultado de reconocer y enmendar los errores del pasado. El aborto y el infanticidio ya existió antes de la era cristiana en otras civilizaciones: tanto en el periodo helenístico como el romano a los niños se les dejaba morir, como expósitos, en el campo o se los despeñaba como ofrenda a los dioses. Si el modernismo ha matado a Dios (Dios ha muerto diría Friedrich Nietzsche) ¡como, luego, criatura tan imperfecta y limitada como el hombre, va a tener respeto por la obra de sus manos! La vida de las personas a perdido su valor, intrínseco, porque desconocemos, al separarnos de Dios, con qué propósito nos creó; es decir, que somos, para qué estamos en la tierra y cuál es, por consiguiente, nuestra meta y destino. De cualquier modo, Dios tiene la última palabra, la verdad siempre se abrirá camino en medio de las tinieblas por mucho que espantemos nuestros demonios. Él vencerá del mismo modo que venció cuando se erradicó la esclavitud y el apartheid; un buen ejemplo de que ya estamos al final del túnel y, por tanto, de que Dios triunfa, se está dando en muchas mujeres que, arrepentidas, nos dan a conocer sus experiencias vividas antes, durante y después del aborto. Uno de los más importantes es el de Patricia Sandoval, una chica que trabajó en una clínica abortiva y que ella misma, a su vez, se sometió hasta en dos ocasiones al aborto terapéutico. El relato de su vida está recogido en el siguiente enlace: www.youtube.com/watch?v=laAWIx0P6b8  

Semejante al testimonio de Patricia Sandoval, existe el de otra madre que habla de las secuelas psíquicas que dejó en su vida el aborto terapéutico: Sonia Batista cuenta, con todo lujo de detalles y sin avergonzarse, que después de recurrir al aborto para deshacerse de su hijo, perdió el gusto por la vida y la capacidad de amar. También es significativo los casos que se han destapado del negocio que hacen algunas clínicas con los fetos y, por otra parte, que, cada vez son más los médicos, no solo los creyentes, los que certifican que el aborto es un atentado contra la vida; es decir, contra un ser totalmente diferenciado genéticamente de la madre, con una realidad específica propia, individual y única. El mismo doctor Bernard Nathanson confesó públicamente, después de haber practicado 75.000 abortos y tras escuchar el latido de un corazón en el vientre materno, que “el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad, continuaba afirmando, es el más craso tipo de evasión moral. Poco tiempo después de hacer esta declaración y ser consciente de que estuvo por muchos años equivocado, el doctor Bernard pasó a formar parte activamente de movimientos pro-vida. La verdad es sólo una, aunque le volvamos la espalda o intentemos silenciarla para que ésta no reprenda nuestra conciencia.

En demasiadas ocasiones la presión del entorno, por la cultura de moda (que en la actualidad reduce el concepto de felicidad a tener tiempo libre, a alcanzar unas metas y al disfrute de los sentidos), y la Ignorancia sobre la gravedad de nuestros actos, es lo que nos impulsa a optar por la muerte antes que, por el primer derecho del hombre, el derecho a la vida; derecho sin el cual todos los demás quedan en papel mojado porque no hay lugar a ellos en un muerto. Jesús, como Dios que es, conoce muy bien el velo o los velos que cubren nuestro entendimiento cuando nos alejamos de la Verdad (que es Él mismo). Así nos lo mostró minutos antes de expirar en la cruz, con estas palabras: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen(Lucas 23, 34). A Él también le alcanzó el asesinato de los inocentes. 

Conclusión: Las personas deseamos quitarnos estorbos de en medio para ser felices, sin embargo, es una lástima que descubramos demasiado tarde, que el principal y único estorbo para la felicidad está dentro de uno mismo, en nuestra mente y en nuestro corazón. Hay quien no llega a descubrirlo nunca, y es por ello que encuentran enemigos y contrariedades por todas partes.

10 ¿SE PUEDE PREVENIR EL ACOSO?

He de reconocer que en los juegos no era muy mañoso, de modo especial en los de habilidad manual, supongo que se debía a que para ciertas actividades era zurdo, a lo que tendría que añadir mi escaso poder de concentración: me temo que era un niño de los que ahora se denominan hiperactivo, aunque en un menor grado. En general me gustaba el deporte y nunca fui reacio para practicar cualquiera de sus modalidades. Además del deporte, sentía inclinación por las artes; entre ellas por la música, el canto, la narrativa, el teatro y el circo. En definitiva, un espíritu inquieto con ansia de conocerlo todo y, por lo mismo, incapaz de especializarse en algo concreto.

Unos de mis juegos preferidos era el escondite, conocido de sobra por mis coetáneos; cuando no había sitios suficientes donde esconderse y, en un mismo lugar, coincidíamos dos críos, no tenía la misma sensación y el mismo pálpito, si se trataba de una niña o de un niño. Si coincidía con una niña que me atrajese, el corazón se me aceleraba y quedaba por unos minutos rodeado de clamores interiores, que escapaban al exterior envolviendo la atmósfera del lugar con un halo de misterio, de belleza y de complicidad inefable. El día que se daba dicha situación en el juego, permanecía en silencio observado a mi musa sin traspasar la raya: de cualquier manera, por aquel entonces, desconocía que existiesen rayas que, una vez cruzadas, te pudiesen complicar la vida. 

De este modo, en la experiencia de lo inmediato, me iba adentrando en un mundo fascinante que no tardó demasiado tiempo en trocarse para mí.  Virgen era yo por aquellas fechas y virgen mi inocencia, la cual fue siendo mancillada, a lo largo de los años, por personas de lengua fácil y corazón estrecho que me tildaban de mariquita en unas ocasiones y, en otras, por una retahíla de vocablos de igual significación. A esas agresiones yo respondía con otros insultos, no menos contundentes, como arma de defensa ante los que venían a provocarme. Las humillaciones me las dirigían, principalmente, mancebos y críos; aunque ocasionalmente venían también por parte de personas adultas. La sinrazón y la maledicencia es un veneno que el maligno inocula en el alma humana, a todas las edades, para impedir que el hombre pueda alcanzar su felicidad y su destino; es decir, a Dios mismo. Aquellos improperios hacían que me sintiese muy dolido, especialmente porque mi personalidad no coincidía, en nada, con lo que culturalmente se entendía por marica por aquellas fechas: chico débil, de carácter afeminado, al que le gustan las cosas de las niñas y se siente atraído sexualmente por los hombres.

De cualquier manera, de poco servía que me revolviese e incluso me batiera en “duelo” con los vecinos en un intento de demostrar que estaban equivocados, ya que estos, impertérritamente, siguiendo sus impulsos, no cedían en los ataques. El hombre es cruel, especialmente el niño que, en dicha etapa de la vida, está aprendiendo a socializarse y no conoce el sufrimiento ajeno: entre otros motivos, porque no han tenido tiempo de experimentarlo en propia carne. El leitmotiv que les empujaba era, ante todo, hacerme encolerizar para su divertimento; todavía, más, en tanto en cuanto observaban que mi reacción era, siempre, a la defensiva.

Por lo comentado anteriormente, doy a entender que exculpo a aquellos chavales que me agredieron, sin motivo, por muchos años; y así es, lo cual no quiere decir que, con ello, justifique su comportamiento; me explico: todos sabemos que las acciones que perpetramos, conscientemente, para provocar una reacción violenta o airada en el prójimo, sin causa justificada, es un acto que nos acusa, a nosotros mismos, de que estamos obrando mal. Por eso, aunque no conociesen el dolor que sentía en mi interior ante aquellas acusaciones falsas y las huellas que estas dejarían, posteriormente, en mi alma; sí que se daban cuenta del malestar que me causaban cuando me aislaban arremetiendo todos, a una, contra mí. 

Dentro de lo mal que lo pasé durante mi infancia y juventud, pienso que los chavales que son sometidos a acoso (por el motivo que sea) en la actualidad, lo tienen aún más difícil que aquellos que lo sufrimos en décadas anteriores. Esto tiene una explicación sencilla; debido a que los niños y niñas víctimas de acoso en el momento actual, siguen siendo hostigados dentro de sus mismas viviendas, a través de las redes sociales, sin que puedan encontrar un solo resquicio de paz durante el día, algo que no sucedía en épocas anteriores a la era digital. El acoso se ha convertido de este modo, en una lacra social gravísima, para la que urge, ahora más que nunca, adoptar medidas contundentes de protección y prevención por parte de las autoridades, de los padres y de los educadores. 

El modo de parar esta sangría de personas rotas, desde su más tierna infancia, a causa del acoso, es educar a la sociedad, en primer lugar, en valores cívicos y morales (tarea ardua frente a los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías, que nos bombardean continuamente con violencia verbal, física y sexual, sin ningún tipo de pudor y escrúpulos); y, en segundo lugar, dotando de medios preventivos a los adultos para que puedan detectar por el comportamiento de adolescentes y niños si estos están siendo víctimas de acoso o abusos.

Entre dichos comportamientos, se pueden dar los siguiente: en primer lugar, cuando el chico se encierre en sí mismo, alejándose del resto de compañeros, especialmente si se muestra temeroso, apático y triste, sin causa aparente que lo justifique a cualquier hora del día; en segundo lugar, siempre que padezca de insomnio, temor al contacto físico, inapetencia en las comidas, incapacidad a la hora de sostener la mirada e incontinencia urinaria, a edad impropia, sin causa física que lo justifique. Muy a tener en cuenta, también, porque es indicativo de que el niño pueda estar pensando en el suicidio, será cuando este pronuncie palabras de despedida o se desprenda de todos sus bienes, especialmente los más preciados.

Los abusos sexuales, en cambio, u otro tipo de proposiciones deshonestas de un adulto hacia un niño (aunque también podría tratarse de hurtos), vendrían acompañados por la utilización de ropa de marca y tecnología de última generación que los padres no le han comprado o que ellos mismos, por su poder adquisitivo, no hayan podido adquirir. Así mismo habría que averiguar la causa de salidas injustificadas de casa sin la compañía de amigos. 

Tenemos que ser conscientes de que el acoso o el abuso de poder, no es un asunto baladí, no pocos niños y adolescentes se han quitado la vida para terminar con el sufrimiento que conlleva el bullying. No quiere decir, por lo comentado, que siempre tenga que coincidir uno o varios de estos comportamientos con bullying o con abuso sexual; sin embargo, cuando se repiten en el tiempo, es mejor intervenir para no tener que lamentar tiempo después en el chaval, un cambio de personalidad, un deterioro psíquico de difícil retorno o, incluso, como ya comenté, el suicidio.

Quiero añadir, por otro lado, que, ante comportamientos con algunas de estas características, los padres y los profesores han de ser extremadamente cautos dando un margen de confianza al niño para que exprese sus temores sin que se sienta, al mismo tiempo, presionado. Buena parte del éxito, para que el crío o el adolescente acosado confiese, consistirá en hacerle entender que el mañana será siempre mucho mejor. Y ello porque tú, padre o madre, profesor o psicólogo, pastor o sacerdote, le muestres tu apoyo incondicional con salidas claras y factibles. Así, pues, no es suficiente con hacer una mera declaración de intenciones donde la víctima intuya que se le quiera quitar hierro a su problema para consolarlo momentáneamente.

En cuanto a mí, yendo más allá de aquellas arremetidas, continuas, de amigos o vecinos en la calle, hacía una vida normal como cualquier otro chaval; me sentía fuerte y no permitía que mis verdugos me amedrentaran. Así sucedía, puesto que horas después de la contienda volvía a juntarme con los chicos del barrio, olvidando las provocaciones anteriores, para participar de sus mismos juegos y travesuras. 

Aparte de esta situación de acoso que se volvía insoportable por su dilatación en el tiempo, otras muchas cosas sucedían a mi alrededor a esa temprana edad. Para seguir con el relato de aquellas vivencias rememoraré, que ya a muy temprana edad, con cinco o seis años, nuestros padres nos dejaban solos para ir al cole: por entonces las calles no representaba un lugar de peligro para la sociedad en general y, en particular, para los más pequeños. Por esta percepción que se daba en el ambiente de estar a salvos, la cual nos hacía vivir a todos más confiados, se derivaba que los padres no estuviesen preocupados con raptores de niños, camellos (la droga apenas si se conocía), pederastas o atropellos de vehículos. Otra situación curiosa, que se daba por la década de los sesenta y setenta, al menos en los pueblos, tenía que ver con el hecho de que el futuro no se preveía con tanta antelación y se dejaba, por lo general, a merced de su propio albur. De este modo sucedía, por ejemplo, que muy pocos padres se interesasen por las notas académicas de sus hijos y mucho menos por programar unas horas para el estudio. Esa despreocupación de los padres se suplía, si es que uno deseaba salir con unos conocimientos básicos del cole; en el mejor de los casos, con inteligencia y, en su ausencia, con fuerza voluntad y amor propio. De aquel modo de entender la vida se derivaba que la escuela principal, en la infancia y juventud, estuviese en la calle y en la observación, atenta, a las pautas de conductas que los adultos mostraban en su vida cotidiana.

11  LA SOCIALIZACIÓN

La calle, los juegos, la vida familiar y las costumbres eran, por tanto, el mejor maestro del reducido universo del pueblo. Con los juegos entrabas en relación con tus límites físicos y habilidades; algunos de estos, los menos, rondaban el sadismo porque en ellos se utilizaba el cinturón o una correa para castigar al que perdía la partida. En las tareas del hogar, en las agrícolas u en otros oficios, ayudábamos a nuestros padres cuando necesitaban mano de obra poco especializada; sobre todo durante las cosechas. La familia, los animales domésticos y los de labranza, convivían todos en la misma casa, cada uno ocupando su propio espacio y rol, con vínculos sanos (se tenía una percepción clara del salto cualitativo, que había entre personas y animales en la cadena biológica). Por otro lado, los padres nos introducían, sin que fuesen plenamente conscientes de ello, en los ritos iniciáticos y las costumbres de los adultos. De modo especial en la socialización e identificación con las personas del mismo sexo. 

Así fue como descubrí, acompañando a mi padre a la taberna, los temas de conversación que mantenían los varones entre sí y los acontecimientos que más les preocupaban. Allí me dieron a degustar el primer trago de vino que, encontrándolo agrio como el vinagre, aborrecí para siempre hasta que probé un vino tinto de menor acidez ya de mayor. También en la tasca pude ver que algunos de los señores allí presentes ahogaban sus penas, no pocas por entonces, cantando flamenco en un arranque racial de gran maestría: normalmente se trataba de Cante Jondo, el cual les salía a su vez de sus más “jondos” sentimientos. Los temas de conversación versaban especialmente sobre las predicciones meteorológicas: predicciones muy fallidas puesto que por entonces no existían satélites artificiales. Otros temas que traían a colación en sus tertulias tenían que ver con los toros, el fútbol, las tareas agrícolas, las penurias pasadas y sobre algún programa televisivo de preguntas y respuestas. De religión se hablaba poco y de sexo pasaba tres cuartos de lo mismo, por entonces existía la percepción de que ambos temas entraban dentro de un territorio sagrado e íntimo. La política, igualmente, ni se tocaba, no sólo porque estuviese prohibido hablar de ella, sino porque había poco interés por la misma. No era habitual escuchar comentarios de política, en cambio sí los suficientes sobre la guerra civil y sus secuelas. Como la economía era predominantemente agrícola, de poco o nada servía lo que dijese el alcalde, Franco o el mismísimo Conde de Romanones desde su tumba, si la climatología no ayudaba, por su parte, para que se diese una buena cosecha. El asunto consistía más bien, ya que las subvenciones estaban aún por inventar y los seguros agrarios eran desconocidos o inexistentes, en mirar al cielo e implorar el auxilio de lo alto; unas veces para que lloviese y otras para que escampase según la conveniencia del momento.

Acompañado de mi padre iba también al barbero que, a su vez, hacía de peluquero y con anterioridad, según me han contado, de sacamuelas. En la década de los sesenta los sillones hidráulicos no habían llegado al pueblo, por lo cual me subían en una pilastra hecha de periódicos atados entre sí, que descansaba sobre el mismo asiento destinado a los adultos. Hacia la cúspide de los diarios, preparados al uso, me encaramaba el peluquero para acomodarme a la altura de sus manos; las cuales, por cierto, no se desenvolvían con mucha pericia: tan es así que mi flequillo quedaba, después de que el maestro diese por concluida su faena, con más desnivel que la subida o la bajada del Tourmalet dependiendo de la perspectiva desde la cual se le mirase.

Recuerdo que el pobre hombre, que en paz esté, tenía mal carácter porque andaba de continúo malhumorado. En un principio pensé que su mal humor se debía a la agitación que nos entraba en el cuerpo, de pequeños, por el sonido rasgado de las tijeras con el movimiento de sus manos. Sin embargo, no fue ese el caso, porque yo iba creciendo y tranquilizándome, mientras el flequillo seguía el precipicio de costumbre y el barbero refunfuñando por su lado, también, como de costumbre. No solamente el flequillo fue uno de los contratiempos de su pírrica destreza, sino que este iba acompañado, por lo general, de un corte en la nuca por debajo de la oreja. Así ponía su broche de oro para rematar la faena aquel maestro del corte. No obstante, a pesar de la marca personal que dejaba, siempre, en sus clientes, nunca lo vi sonreír por ello, ni tan siquiera por dentro.

Mi padre por su parte, aunque me llevaba al presunto peluquero, a él nunca le vi ponerse al alcance de sus tijeras; aunque sí, bajo las de mi madre que no le daba miedo usar las suyas tanto para un roto como para un descosido. ¡Y del afeitado de mi padre para que contar! para él, era todo un ritual que no desmerecía en nada al de los japoneses con el té. Lo intentaré describir pormenorizadamente: primero calentaba el agua en una pequeña jofaina al sol. Después sacaba la cuchilla de afeitar para introducirla en la maquinilla revisando, antes, que estuviese lo suficientemente afilada; de no ser así, el mismo, la restregaba contra una piedra dispuesta al uso para afilarla. Luego sujeta la hoja a la maquinilla por un tornillo que apretaba con los dedos. El ritual continuaba, restregando la brocha mojada, con parsimonia, sobre la pastilla de jabón para extraer de ella abundante espuma. Una vez que terminaba con todos los preparativos, untaba su cara con la espuma asegurándose que ningún flanco de su rostro quedase al descubierto. Para rematar la faena rasuraba su barba, en un sin fin de pases, estirando todo lo que podía los pliegues de su cara que, por cierto, no eran pocos debido a su avanzada edad y a su delgadez quijotesca. 

En aquella tesitura, entre pase y pase de maquinilla, yo le observaba, atentamente, imitando las muecas que hacía al empujar su lengua contra el carrillo para no dejar atrás ni un solo pelo que se le declarase en rebeldía. Si me sorprendía de aquella guisa, mi padre se daba por no enterado, aunque, de cuando en cuando, me devolvía la mirada por el rabillo del ojo, hinchiendo los pulmones, orgulloso de verme a su lado.

Con mi madre eran otros menesteres muy diferentes, me llevaba con ella a visitar a las vecinas, amigas y familiares. Alguna vez que otra, también, a la compra, al cementerio o al huerto de las lavanderas; lugar este último donde mi mamá hacía la colada de rodillas, junto a una pila ubicada a ras del suelo y asignada, entre otras muchas, especialmente para ella.

El cementerio, envuelto en su halo de misterio y leyendas, despertaba mi interés de modo particular. Ahora no dudo que sirvió para familiarizarme con la muerte y el sentido finito de la vida. La visita a los cadáveres de los fallecidos, o en su defecto a sus gusanos, me seducía algo más que ir al huerto. En el huerto, una vez que inspeccionaba el recorrido que hacían los regatos que conducían el agua hacia los diferentes fregaderos y el surco que dejaban en tierra tras su posterior desagüe, no me quedaba otra tarea por hacer, que la de esperar a que mi mamá terminase su colada. Una vez concluida la colada, me llamaba para que le fuese pasando las pinzas con las que sujetaba la ropa a los cordeles para tenderla al sol o, en su defecto, al viento que más soplase aquel día. Algunas señoras, cuando me veían sentado en el suelo, aburrido, me llamaban para hacerme preguntas, ahora no recuerdo cuáles; supongo que no serían muy importantes cuando no me vienen a la memoria.

La visita a sus amigas o familiares, eran aún más tediosas; allí me sentaba en una silla de la cual no me bajaba, por lo general, hasta que mi madre daba por concluida la visita de obligado cumplimiento. Este era el mayor pasatiempo de las mujeres de aquella época, visitar parientes, enfermos o vecinos. Por cierto, ahora que recuerdo, yo las veía muy entretenidas y embutidas en sus conversaciones; a veces hasta con cara de satisfacción, supongo que por esto mismo las visitas se prolongaban durante tanto tiempo. 

Como la educación era muy estricta en aquellas fechas y, por menos que cantase un gallo te llevabas un soplamocos, sólo me atrevía a decir a mi madre -por lo bajinis- cuando había acabado con casi todas las moscas que venían a succionar el néctar de mis venas: − ¿nos vamos ya? interrogante que volvía a repetir, una y mil veces, hasta que lograba terminar con su paciencia y se levantaba de su asiento para despedirse del resto de contertulias.

De todas esas visitas, la única que me agradaba era la que hacía a mi abuela (que en paz descanse) por la confianza que me ofrecía y por su paciencia; allí me sentía como pez en el agua, podía moverme con toda libertad. ¡La pobre…! no había pasado aún al otro mundo cuando parecía que estaba ya metida en él. Su aspecto era enjuto como papel de fumar; su piel arrugada como uva pasa; y su tez, pálida y quebradiza, como de muñeca de porcelana. Se movía lentamente por los pasillos como si no desease molestar a las mismas ánimas del purgatorio; que de hacerlo hubieran parecido más reales que ella misma. Es más, creo que de no ser por el leve ruido que hacían sus alpargatas al roce con el suelo, habría ido de un extremo al otro de la casa, como brisa suave, sin ser delatada de su propia sombra; a la cual, por cierto, tenía casi desesperada por los muchos años que llevaba sin salir de casa dando vueltas entre mismas baldosas. Mi abuela, raro en una mujer, era de poco hablar, tal vez lo hacía para no pecar, los místicos hubiesen hecho buenas migas con ella… Se alimentaba con poco más de cuatro galletas, una sopa caliente, si la había, y alguna tableta de chocolate que guardaba bajo llave, como un tesoro, en el arcón de su cuarto. A pesar de su apariencia espectral, tenía buen humor y cuando llegaba su hermano a casa, para hacerle la visita de rigor, yo los persuadía para que me entonasen las canciones de su juventud. A esa demanda de mi parte, ellos accedían de buena gana sin poner demasiada resistencia, solamente la precisa para guardar las apariencias. En el momento que empezaban su cantinela, mi abuela dejaba asomar los dos únicos dientes que le restaban en su encía superior. Ambos incisivos, hermanados, en el centro de su dentadura superior, me provocaban de inmediato la carcajada. Me evocaban la dentadura de bus-buni, aunque en este caso sin la zanahoria de rigor que acompañaba siempre al intrépido y descarado conejito. No obstante, mi abuela a pesar de mis risas, sin perder la compostura, seguía cantando con su hermano en un alarde de maestría y pundonor.

Cuando me venía el aburrimiento y estaba a punto de subirme por las paredes, mi abuela me distraía haciendo unas vistosas pajaritas de papel. Recuerdo que tenía buena mano, nunca mejor dicho, para la papiroflexia. Una vez que agotaba todos sus recursos para entretenernos, nos decía a mi hermana la pequeña y a mí en su castellano viejo, poco más viejo que ella que nació en 1884, dir-vos ya pa-casa, u otra lindeza no menos enjundiosa y con la misma terminación, correivos con vuestros padres que ya es tarde.

Lo de visitar el cementerio se convertía, como dije, en la experiencia más excitante. En ese lugar al que quien más quien menos, desea llegar lo más tarde posible, descubrí tristemente caras pálidas de niños en sus portarretratos. Con alguno, incluso, había compartido juegos y aula. Allí, también, observé apellidos nuevos que hasta entonces desconocía. Todo lo observaba con detalle y por eso no pasó inadvertido para mí, igualmente, la edad de nacimiento y defunción de los finados que, por lo general, no rebasaba de media los sesenta y cinco años. Ahora que soy yo el que hace la visita de rigor para guardar la memoria de los míos, observo que la esperanza de vida se sitúa entre los ochenta y los noventa.

Por la celebración de la fiesta de los difuntos, mi mamá procuraba cumplir las obligaciones con sus antepasados e iba a rezar al cementerio, como la gran mayoría de paisanos, por las almas de sus difuntos. Una vez que terminaba de mascullar sus rezos procedía a la limpieza de los nichos, tarea a la que yo me prestaba para ayudar en lo que podía. Cuando se distraía hablando con algún conocido, aprovechaba la ocasión para subir al osario, al que accedía por una escalera de adobe que había adosada a la pared. Una vez arriba, desde lo alto, contemplaba, absorto, una multitud desparramada de huesos sin orden en su interior. Por acá y acullá aparecían cráneos de niños y de adultos separados del resto de su osamenta; podían verse, apiñados, pies con omoplatos, así como costillas que abrazaban en su interior un fémur u otro hueso extraviado. Algunos esqueletos estaban casi íntegros y su calavera conservaba, aún, una buena mata de pelo: un espectáculo, por decirlo de algún modo, casi dantesco. 

Contemplando aquel cementerio de huesos, desde la meseta de la escalera, mi mente echaba a rodar pensando, en la clase de vida que habrían llevado esa pobre gente. Llegué a la conclusión, que hubo de ser muy desgraciada para que estuviesen allí, en un osario a la intemperie, sin una sepultura digna e ignorados por sus parientes. Sobre todo, sin tener a nadie que rezase un padrenuestro por ellos para elevar sus almas a la presencia de Dios en el cielo. En esa posición de oteador de esqueletos, desde la tapia del osario, más de una vez sentí estupor pensando que llegara alguien por detrás y me empujase hacía el fondo del agujero. Esa idea de ir a parar con mis huesos en los suyos cadavéricos, me daba un repelús de rechinar de dientes que me hacía mirar hacia atrás, de cuando en cuando, por si las moscas. Por suerte nunca sucedió, no había colas para asomarse al osario, nunca coincidí con nadie que metiese allí sus narices como yo lo hacía cada vez que iba al camposanto. Mejor así porque de haber caído dentro, no hubiese podido quitarme el susto de encima nunca: Bueno ¡quién sabe…! tal vez en la eternidad, una vez que aquellos huesos me hubiesen mostrado su verdadero rostro. Gracias que no sucedió nunca, porque una cosa era observar los cadáveres desde el desembarco de la escalera y otra, bien diferente, hubiese sido tener un cráneo con su pelo bajo mis manos. Aun así, cada vez que iba al cementerio, no podía resistir la tentación de asomarme al calavernario.

Esta socialización de la mano de nuestros padres que hacía que tropezásemos, sin apenas darnos cuenta, con la transitoriedad de la vida, no se remitía exclusivamente a las visitas al cementerio el día de los difuntos, sino que se extendía a otras costumbres. Así pasaba, por lo general, en el momento que, a algún familiar, entrado en años, se le ponía cara de difunto después de días o meses peleando con la muerte. No se avisaba al médico, sino que, por el contrario, se hacía guardia junto al candidato al más allá, hasta que por fin el segador de la vida le vencía en el combate. De este modo, estando junto al moribundo, además de acompañarlo en su soledad y en su tránsito al más allá, a los familiares nos daba tiempo a vestirlo (esa era la costumbre por entonces), antes de que quedase tieso como un palo. Yo velé a dos moribundos en compañía de mi madre, uno de ellos me dio la impresión de que en lugar de despedirse para siempre −con lo triste que suelen ser las despedidas− se marchara de fiesta: su rostro no acusaba el más mínimo dolor y minutos antes de convertirse en extinto, no paraba de acicalar su calvicie, pasando de ahí a acomodar sus partes; supongo que (aunque una amiga me dice que no hay que suponer nunca nada, yo supongo que lo dice atendiendo a cuestiones monetarias) a consecuencia de un acto reflejo, teniendo en cuenta que la conciencia la había perdido días antes. Sea como fuere, la muerte nunca cogía a nadie por sorpresa como ahora ¡bueno…! a casi nadie.

12 LA LLEGADA DE LA CAJA MÁGICA: UN GURÚ NO CUESTIONADO

Un acontecimiento histórico en la década de los sesenta fue, como ya cité, la llegada de la televisión al mundo rural; aquello era parecido al cine, aunque con la diferencia de que duraba muchas más horas y no había que pagar por ver su programación. En mi casa se introdujo años después a comienzo de los setenta. Hasta ese momento nos conformábamos con verla desde la calle a través de la ventana de alguna vecina. Otro lugar donde podía ver televisión era en compañía de mi padre cuando me llevaba a la taberna, y alguna vez que otra, también, en casa de un pariente si retrasmitían algún acontecimiento relevante: por aquellas fechas lo más importante que sucedía en España eran las corridas de toros, el desfile nacional en el día de la hispanidad, el festival de Eurovisión, algún que otro partido de fútbol y el programa musical galas del sábado. Mi evocación se detiene ahora en imágenes en blanco y negro con la llegada del hombre a luna. Por mi exigua sesera de entonces aquel acontecimiento me sorprendió a más no poder, no tanto por el hecho de que el hombre pisara la superficie lunar por primera vez, sino por lo llamativo de sus escafandras y el levitar de los astronautas al andar sobre la superficie del satélite terrestre. Este acontecimiento, de especial trascendencia para la humanidad, que en el presente ponen en duda algunas mentes, como otras lo hacen con el holocausto nazi, lo observé a la edad de ocho años apretujado con otros chiquillos del barrio, en cuclillas, desde la ventana de una vecina con vistas a la calle. 

A la taberna no solamente iba de la mano de mi padre, sino que en algunas ocasiones me escapaba de casa, en el tiempo de la siesta, para ver seriales que pasaban a esa hora con los hijos del tabernero. De este modo puede seguir, casi al completo, todos los episodios de la serie Bonanza. Tiempo después, cuando se introdujo en mi casa la susodicha, amplié el número de series y dibujos con títulos como, Perdidos en el Espacio, el Súper Agente 86, Fantasías Animadas de Ayer y de Hoy, los Autos Locos, scooby doo, el Detective Conan o la Casa de la Pradera, entre otros. Los autos locos los recuerdo casi en color y en tres dimensiones, era como si saltase de la silla de mi casa a las gradas del circuito de los autos; no perdía ojo con los enredos y artimañas que los protagonistas se traían entre manos para estorbar a sus rivales. 

La entronización de la televisión, la caja hipnotizadora o mágica, como yo la denomino, supuso uno de los acontecimientos que más rápidamente cambió la mentalidad de las personas en siglos en nuestro país. Por medio de la misma se impusieron, homogéneamente, los valores o contravalores, dependiendo del criterio de cada cual, de los que dominaban el capital y los medios de producción de entonces. Ahora somos nosotros, en cambio, los que influenciamos en las costumbres e idiosincrasia de otros pueblos, devolviendo el regalito que nos hizo el Tío Sam, a partir de la segunda mitad del siglo XX, con películas y programas de producción propia. De ese modo, la ayuda que el gobierno americano ofreció a Franco, para reconstruir España, se saldó a precio muy elevado con la colonización cultural, que es, a la postre, la más poderosa de todas las conquistas cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Pactos_de_Madrid_de_1953

Anteriormente a la llegada de esta caja de pandora, cada ciudadano ocupaba un sitio bien definido en la sociedad; aceptando de buen grado el papel que le había tocado desempeñar en la misma. En la aceptación del rol y de la tarea de cada cual, nadie se hacía, posteriormente, grandes problemas sobre el estado de vida: se daba por sentado que el mismo correspondía, poco menos, que a un destino ya marcado de antemano. Por otra parte, en el aprendizaje de las tareas y en la socialización, estaban bien definidos los límites que, en ningún caso, se debían transgredir para una convivencia armoniosa y sin sobresaltos entre los compañeros de trabajo y la vecindad. Esto no quiere decir que en ocasiones surgieran pequeñas desavenencias. 

Pero hete aquí por donde, que, sin apenas darnos cuenta, se coló de rondón en nuestras casas el invento audiovisual del siglo, el cual vino a ocupar el sitio que, anteriormente, habían tenido todos los consejeros y maestros del camino de vida que en el mundo habían sido. De esta manera, el ingenio cristalizó en lo que vendría a ser el tirano más aplaudido de la historia de la humanidad, puesto que, a partir de entonces, todo lo que se nos mostraba desde esa ventana mágica era lo que iba a misa, y no como antes de su llegada, que su lugar lo habían ocupado los padres, los abuelos, las personas mayores, el maestro, el cura o la autoridad correspondiente. Por otro lado, los ricos dejaron de ser los más envidiado del pueblo –que estaban ahí desde siempre como las campanas en la torre– para ser sustituidos por aquel vecino que conseguía hacerse con la mayor cantidad de productos anunciados por la antedicha caja de pandora.

Antes de que la televisión invadiese nuestros hogares, con sus dotes persuasivas, para que no parasemos de comprar lo que nos ofrecía, todos los bienes de consumo eran reciclables y eso que aún no poseíamos contenedores de basura para el caso. Así, las servilletas y los pañuelos eran de tela; al aceite usado se le daba una segunda oportunidad para reconvertirlo en jabón; los remiendos que nuestras madres hacían en la ropa, prolongaban su vida más que los médicos a los dictadores en sus últimos años de vida; nuestras deposiciones fisiológicas se reutilizaban posteriormente como estiércol (compost le llaman ahora); las bolsas de hacer la compra eran de tela en las que se conservaba, por cierto, mejor el pan de un día para otro; los muebles duraban de por vida en las casas, pues para eso estaban los carpinteros. Los zapatos más de lo mismo; de igual modo sucedía con todo lo demás que, antes de tirarse, se arreglaba.  

Por lo ya comentado, este superdotado ingenio llamado televisión fue cambiando, sin discutir ni pelearse con nadie, los valores autóctonos y tradicionales, para seducirnos con tres principios básicos o contravalores que darían lugar a que todo hombre, como diría Hobbes «acabe siendo un lobo para el hombre». A estos tres dogmas del mundo actual que quedan a la vista del más obtuso de los mortales, se le podría añadir uno más en los últimos tiempos; el asalto al poder por el poder. El resto no podrían ser otros que el culto al dinero, el relativismo moral y el hedonismo sin límites como filosofía de vida. A través de estos tres pilares implantados por el poder mediático, de raíces filosóficas, pero que le vinieron como anillo al dedo a los poderes económicos; quedaron enterrados para siempre los valores sobre los que se había asentado la sociedad durante siglos; a saber, la familia, la autoridad, la tradición, la moral, el honor, la patria, el sacrificio en el logro de metas, la palabra empeñada y el respeto hacia las personas mayores. Pilar este último, no sólo de la cultura occidental, sino de todas las culturas que en el mundo han sido, y que aún sigue en vigencia en algunos lugares del planeta; cada vez menos, por cierto.

Como casi todo en la vida tiene su cara y su cruz, aunque en la balanza pese más la cruz que la cara, el artilugio audiovisual del siglo XX nos dio, a cambio, la posibilidad de acceder al ocio sin necesidad de movernos de casa; por otro lado, la información de lo que sucedía en el otro extremo del mundo nos llegaba, ahora, en el mismo instante que se producían los acontecimientos; y, por último, nos hizo tomar conciencia de que fuera del mundo rural había otro que resultaba muy atractivo: un mundo que, a la postre, terminaría por convertirse en una jaula de hormigón para el trabajador de clase media.

Del mismo modo, a causa de la publicidad, muchos remedios caseros pasaron a mejor vida para ser sustituidos por medicamentos que nunca habíamos echado en falta. Las grandes farmacéuticas comenzaron a mostrarnos, a través de la pantalla, fórmulas milagrosas que no solamente quitaban el dolor, sino que prometían la alegría para todo el mundo: hasta para aquellos que hasta entonces carecían de buen humor. Las heridas que antes nos curaban las madres y vecinas con un poco de agua oxigenada y con la excoriación de la rana “cura sana culito de rana, sino se cura hoy se curará mañana”, posteriormente necesitarían mercurocromo, antiinflamatorio, apósito, suero fisiológico y, en fechas recientes, para evitar el sufrimiento al niño, nos colaron la tirita con el logotipo de Hello Kitty. 

Para terminar de describir la invasión cultural en la que nos introdujo la televisión diré, que a través de la misma se le hizo creer a la mujer que su realización personal dependía de algo externo a ella, es decir, de un salario, y no de su condición como mujer y como persona; y al varón, por otro lado, que lo importante de su idiosincrasia masculina consistía, en consumir rubio americano, comprar el automóvil de última generación y en alcanzar el escalafón más alto en su empresa para alardear de ello en sociedad: esto incluso a costa de sacrificar su salud, su familia y su equilibrio emocional. En definitiva, había que entrar mucho dinero en la familia para gastarlo después en bienes de consumo, pero también en salud y medicamentos por enfermedades sobrevenidas a consecuencia, del yo tengo y del yo he escalado un peldaño más que tú. No solo había que ganar mucho dinero para poseer lo publicitado en televisión, sino que al mismo tiempo había que disponer de una buena remesa del mismo, para pagar los pleitos derivados de las separaciones matrimoniales; una moda más que se iría introduciendo en el país, a costa de nuestra cultura, por el estilo de vida superficial, sensitivo e instintivo que nos proponían las películas.  

Como se nos hizo creer que el trabajo y el consumo daban la felicidad, en detrimento de los verdaderos valores y la cultura, ni al padre ni a la madre le restaba tiempo ahora para revertir sobre sus hijos las enseñanzas que ellos mismos recibieron de sus mismos padres y abuelos. Es más, terminaron por aceptar, como se les decía desde la TV que todo lo nuevo y todo lo placentero es lo que de verdad importa. Pobres padres víctimas de su propia ignorancia, porque en la actualidad sus hijos han interiorizado, con poco menos de catorce años (por ese concepto, de nuevo igual a autentico), que sus progenitores sólo sirven para exhibirse calladitos, encima de una repisa, como las fotos de los antepasados en los portarretratos del salón. 

Ese vacío en el hogar dejado por los padres lo vino a ocupar, en el mejor de los casos, un extraño (la canguro o la guardería) y, en el peor, películas y series televisivas con las cuales ningún crío quedaba inmune a perder su inocencia a temprana edad. ¡Qué mirada la del mundo actual, como resultado de la servidumbre al dinero y al placer, tan distinta y distante de la mirada de Jesucristo que pone a los niños como los predilectos del Reino de los Cielos y modelos, incluso, para los adultos! (Mateo 18, 3)

Tan expuestas han quedado las etapas de crecimiento de la persona, en especial la infantil, de ser invadidas por el mundo de los adultos, que vengo observando -puesto que vivo en las cercanías de un colegio- que los profesores para festejar cualquier acto conmemorativo, ahora lo hacen sirviéndose del recurso más fácil; el cual no es otro que marcar un camino a la bebida imitando las fiestas y botellones de los adultos en fin de semana. Por otro lado, ni tan siquiera se le da opción al niño para que vaya descubriendo por sí mismo su identidad sexual, sino que se les cuestiona, ya desde el colegio, su propio género, antes de que él se plantee interrogantes sobre este asunto. Algo que en el futuro sólo puede traerles conflictos e inseguridades de personalidad de difícil resolución. Esto hablando de niños, si nos centramos en los adolescentes, el modelo de sociedad que se les presenta no es mucho más halagüeño. Aquí, en esta etapa, el camino al éxito personal que se les plantea desde los medios, no viene dado por un logro en el trabajo bien realizado, ni por el esfuerzo en sacarse unos estudios; tampoco se les proponen modelos de personas integras y los valores que las acompañan, sino más bien todo   lo contrario; es decir, buscar un golpe de gran fortuna –como por ejemplo con las apuestas deportivas− que les hagan millonarios. Otros caminos tan execrables como el anterior vienen siendo, habitualmente, el de exhibir sus cuerpos y su intimidad, por un lado, como sucede en Gran Hermano y, por otro, tener como referentes a narcotraficantes a los que se les dedica grandes editoriales y películas como si fuesen superhéroes. Pues nada ¡a vivir que son dos días! que dicen algunos, pero no nos extrañemos luego que esos jóvenes, programados para el consumo y el hedonismo, terminen ocupando un día la cabecera de un informativo por no haber sido preparados para afrontar problemas o para vivir en la realidad de un mundo competitivo con infinidad de dificultades y contratiempos. 

IDENTIDAD SECUESTRADA. 2

CONTINUACIÓN DEL CAPITULO I. Segunda parte

4. COMIENZA EL CALVARIO

En el pueblo fui abriéndome paso a la vida, mientras que la vida, por su parte, se abría paso brutalmente ante mí, sin compasión, mancillando mi inocencia (como si ella no diferenciase a adultos de niños), para robarme años después, la alegría, la espontaneidad y el coraje. El primer acontecimiento lúgubre que retengo en la memoria se produjo a la edad de cinco años. Ese día un joven de mi calle me lanzó la siguiente pregunta: – ¿A ver Joselito, que te gusta más un caballo o una muñeca? A la cual contesté: – una muñeca.
La respuesta no pudo ser otra, ya que hasta ese momento no había visto nunca un caballo; los únicos équidos que pululaban por mi calle y las aledañas, eran mulas y burros. Por otro lado, aunque mi padre tuviese animales de tiro, no era lo suficientemente mayor para acercarme a ellos, y sí lo suficientemente pequeño para haber cogido entre mis manos alguna muñeca de mi hermana la pequeña; con la cual, por cierto, pasaba muchas horas por llevarnos pocos años de diferencia.

Mi respuesta, a la capciosa pregunta del vecino, trajo consigo las risitas de otros jóvenes que, en aquel momento, se encontraban allí presentes. Dicha reacción hizo que mi respuesta no pasase inadvertida para aquel rufián, aunque tampoco para mí, el cual aprovechó el suceso para difundir por el barrio, a toda celeridad, el bulo de que Joselito era maricón.

A esa edad, aún no tenía claro el significado de la expresión maricón, pero por las risas de los impúberes que había a mi alrededor deduje, que se trataba de algo que me afeaba mucho. Aquella infamia, lanzada por mi vecino, al igual que las bolas de nieve, una vez echadas a rodar, empezó engrosar y hacerse presente en mi pensamiento, en la misma proporción en la que yo repelía los insultos de aquellos que se hicieron eco del chisme y comenzaron a acosarme a diario. Pero antes de entrar en detalles y desmenuzar lo que para mí supuso esa agresión continuada en el tiempo, seguiré describiendo, pormenorizadamente, el talante con el cual yo iría asumiendo todos los dictámenes de la cultura de mi tiempo.

5. DE OBSERVADOR A EXPLOR

La vida con sus alegrías y sus tristezas no se detiene nunca y la mía, que seguía su propio itinerario, se despertaba a cada paso con sensaciones y vivencias nuevas. Entre otras descubrí por primera vez, tendría aproximadamente cuatro años, mi sombra; fiel acompañante que cuanto más hacía por alejarme de ella más insistía ésta en permanecer agazapada junto a mí.

Tiempo después vinieron otras sombras, aquellas que se proyectaban con el deambular de los viandantes en la pared del zaguán de mi casa. Esas apariciones súbitas, tenían lugar después del almuerzo, cuando mi padre aprovechaba para hacer la siesta (momento, casi sagrado, durante el cual no se le podía molestar). En el recibidor de la casa observaba sobre una de las paredes -como si de una pantalla de cine se tratase- las figuras que se proyectaban en la misma a través de la luz que se colaba por un resquicio de la puerta. Aquellas imágenes no eran estáticas, sino que pasaban de diminutos tamaños hasta permutar en gigantescas apariciones. El muro encalado se convertiría, de este modo, en una especie de lámpara de Aladino, aunque con un inconveniente; los monstruos que allí se dibujaban, a diferencia del genio que salía de la lámpara, aparecían y desaparecían a conveniencia suya sin detenerse a dialogar conmigo. ¡Una pena para mí, ya que siempre estuve cargado de infinidad de deseos que satisfacer!

Desde el mismo instante que una de esas sombras hacía su aparición en la pared, yo la seguía ensimismado, en su trayectoria, hasta que se desvanecía lentamente a medida que los transeúntes se alejaban de la puerta o se acercaban a la misma en busca de su destino. Me resultaba muy llamativo descubrir, en esas horas soporíferas de caluroso, casi infernal mes de julio, que los transeúntes espectros en movimiento fuesen todos diferentes entre sí. Aquellas singulares apariciones, a cuál más extravagante, despertaba mi curiosidad haciendo que permaneciera atento a cada ruido que se aproximaba en mi dirección desde la calle. Todavía recuerdo sus formas variadas, las había alargadas con aspecto fantasmagórico; otras achaparradas y deformes, como las que proyectaba la caseta de los espejos en la feria de mi pueblo; otras lucían cuerpo de sabueso mutilado, a las cuales unas veces le faltaba la cabeza y otras una de sus patas: la cola, por cierto, siempre se hacía presente.
En el intervalo que se producían entre el paso de un transeúnte y otro, por delante de la puerta, aprovechaba para regresar a mis asuntos; entrando en detalles, para perseguir a las moscas, desconchar la pared, contar baldosas, dar vueltas por encima de la manta, hacer el pino y atrapar arañas. A las arañas, por cierto, las dejaba caer de mi mano, para observar la finísima liana que tejían hasta que lograban aterrizar deslizándose por ella -sin desmelenarse- en el suelo. Todo esto sucedía sin más preocupación de que las horas pasasen a toda velocidad, para salir a jugar a la calle con los amigos, una vez que mi padre despertase de su letargo.

En una de las tareas ya descritas andaba, cuando de sopetón apareció ante mis ojos un canalito que se perfilaba en la intersección del umbral de la puerta con el piso del zaguán. Aquella minúscula y alargada hendidura en el suelo se extendía de un extremo al otro del umbral, por debajo de las dos hojas de la puerta, para desaparecer luego como por encantamiento al llegar a la última de las baldosas. Tan poderosamente captó mi atención aquel conducto, que fui a investigar, allí donde el canalito moría, para desentrañar el misterio que escondía. A modo de aprendí de Sherlock Holmes, hice sonar con los nudillos de mi mano la loseta en donde moría el canal y también las baldosas colindantes. En seguida pude comprobar, por contraste, que la primera emitía mayor resonancia que las adyacentes. Por su sonido hueco deduje, que por debajo de aquella plancha había “gato encerrado” y mi deber era desenmascararlo. El sistema para averiguar lo que se ocultaba en el subsuelo no me llevaría mucho tiempo, tendría que buscar un objeto punzante con el cual levantar la loseta de sonido vano. Así que, de inmediato, me dirigí a la cocina -no sin antes quitarme las sandalias no fuese a despertar a mi padre- para buscar las herramientas necesarias y llevar a término la referida tarea.
Luego de echar un vistazo sobre el múltiple utillaje que había en la cocina, encontré un cuchillo y seguidamente, ya en el patio, vine a dar con una badila: herramienta de hierro macizo, muy resistente, para atizar el brasero de picón, que me serviría para presionar sobre los extremos de la loseta. Me puse en marcha y según llegué a la puerta de la calle me arrodillé en el suelo para descubrir, finalmente, el misterio que escondía el subsuelo del zaguán de mi casa. En esas estaba cuando, de repente, algo pasó por mi testa que me hizo retroceder un paso en la misión emprendida. Pensé: − ¡Y si no guarda un secreto, sino que es una alimaña lo que se oculta ahí debajo! mientras me mantenía en esa conjetura la imaginación me llevó a visualizar, por temor, una gigantesca serpiente, que, saliendo del subterráneo, me engulló entre sus mandíbulas de un solo bocado y sin posibilidad de zafarme de ella. Después de la impresión recibida y de regresar de nuevo a la realidad, hice un segundo intento por quitar el cierre que daba acceso al depósito soterrado, pero de nuevo mi imaginación me jugó otra mala pasada, esta vez era una rata gigante de alcantarilla que, desafiante, mostraba sus dientes para saltar sobre mi cuello cual vampiro sediento después de largos años de oscura sepultura. Al tercer intento, tampoco fue la vencida, ahora la visión me mostró una marabunta de cucarachas que salían a toda velocidad de su zulo dejando tras de sí, allá por donde pasaban, una extensa mancha negra viscosa como de alquitrán. Pero no quedó ahí el ensueño, porque lo más repugnante vino cuando esa mancha comenzó a subir por mi cuerpo, desde los zapatos, ascendiendo por debajo del pernil de mi pantalón: por un instante pensé que desaparecería devorado en el torbellino de aquella plaga de negros vuelos.
Aquella última visión fue interrumpida, felizmente, con el atronador traqueteo de un carruaje que subía por la calle empedrada que venía a morir junto a mí puerta. Así fue como entendí, al cabo de los años, el significado (a causa del despertar brusco por el zarandeo del carruaje) del refrán que describe la esencia de algunas personas; en este caso más bien la ausencia de esencia: llevas más ruido que un carro vacío; el de aquella tarde me sacó providencialmente de mi letargo.

Recuperada mi consciencia, intenté controlar los miedos y los escrúpulos para llegar hasta al final de mi propósito. Para proceder a la tarea hice con el cuchillo una incisión prolongada entre losa y losa en la cual insertar, después, la badila para utilizarla de palanca. A continuación, en posición erguida -por si alguna de las visiones se hiciese realidad y tuviera que escapar a la carrera- abrí la puerta de la calle y procedí, seguidamente, a presionar la loseta con la badila sirviéndome del mi pie derecho, el cual apoyé sobre base de la palanca. La losa con el empuje dio un chasquido sin llegar a quebrarse, con lo cual deduje que se trataba de una simple tapa de madera. A continuación, la levanté unos centímetros (un cuarto de luz aproximadamente) por precaución para ver qué sucedía. Mi sorpresa fue que, después de unos segundos, lo único que se escapaba del subterráneo era un vaho pestilente de aguas estancadas.
Luego de corroborar que ninguno de los malos presagios se cumplía, retiré la tapadera de su lugar, para desplazarme posteriormente de nuevo al patio, en dos zancadas, a por un cubo y un cazo con los cuales proceder al vaciado del contenido de la pequeña cisterna que había aparecido ante mis ojos bajo la falsa baldosa.

Una vez que terminé la tarea y pude sosegarme, deduje que aquel invento había sido ideado para recoger el agua de lluvia que se filtraba entre el umbral de la calle y la parte inferior de la puerta. Por alguna razón uno de los inquilinos que anteriormente había ocupado la casa, pintó la tapadera y nadie supo luego, ni trató de averiguar, que hacía aquel canalito bajo la puerta. Reflexión: en demasiadas ocasiones -tal vez la mayoría- vamos por la vida sin poner atención (¡huy, esta frase me ha recordado la letra de una canción!) oyendo sin escuchar, viendo sin observar, asimilando sin cuestionar y hablando sin medir las consecuencias de las palabras que soltamos.

Un hecho similar al narrado, dicen que ocurrió en un acuartelamiento, hace ya mucho tiempo, cuando un sargento ordenó que se hiciesen guardias junto a un banco recién pintado para impedir que los soldados se sentasen mientras se secaba. Coincidiendo con dicha orden, sucedió que el sargento tuvo que ausentarse, repentinamente, para llevar a cabo una misión de suma importancia en un país lejano. Después de varios meses de ausencia los relevos junto al banco se fueron sucediendo porque el sargento sustituto, sin hacer ninguna pesquisa, prosiguió con la agenda de su antecesor. El despropósito llegó a tal grado que un teniente de otro regimiento que andaba de inspección en el cuartel, fijándose en los soldados y en el banco, pensó -en su vanagloria- que solo podía ser un detalle reservado para su descanso en su periplo por el acuartelamiento. Máxima: muchas veces pasamos por el mundo sin cuestionarnos si lo que nos viene dado de antemano en razón de la cultura, de la familia y de los medios de comunicación (también aquellas propuestas que por esnobismo aceptamos sin más) corresponde ciertamente con la realidad o si, por el contrario, forman parte de errores del pasado o de intereses partidistas y personales de aquel o aquellos que nos quieren llevar a su terreno.

De este modo, la estrategia de los políticos y de los medios de comunicación consiste, en no pocas ocasiones, en elevar a categoría general y verdad absoluta ciertos hechos significativos y relevantes, aunque aislados, presentándolos como cotidianos y generales, para cambiar la mentalidad de toda la sociedad a fuerza de repetirlos y magnificarlos. Táctica que llevan a término en unas ocasiones para asegurar los intereses de los grupos de presión o lobbies que los sustentan en el poder y, otras, para salvaguardar su “buena imagen”.
Tan impresionable, receptiva y, por tanto, vulnerable es nuestra mente a la propaganda, a la publicidad y al reduccionismo, que he dado con muchas personas que defienden posiciones falsas, sin haberlas cuestionado y contrastado (en muchas ocasiones ni tan siquiera experimentado en primera persona) con la misma convicción y radicalidad que se le otorga a una teoría probada científicamente en laboratorio.

Siguiendo con el relato de las vivencias en mi niñez, he de señalar, que en las horas que ocupaban la siesta de mi padre, me entregaba profusamente, además, a fantasear con lo que sería mi vida de adulto. A esa edad tenía gran preocupación por mi futuro, si bien no entiendo ahora a qué se debía, pues era aún demasiado pequeño para pensar en ello. Entre las actividades que solía escoger estaban presentes, por lo general, la de cantante, trapecista, actor, futbolista y abogado; ésta última me atraía especialmente porque me sentía identificado con la causa de los débiles y los pobres, posiblemente por mí misma condición de acosado. Aunque no descarto que pudiese venir, también, de ese tirano, que todos llevamos en nuestro interior, que nos conduce a pensar que estamos en posesión de la verdad y que son siempre los otros los equivocados.
Así, pues, durante mi infancia y juventud (ahora cuando lo recuerdo casi me avergüenzo) siempre tuve una gran seguridad en mis razonamientos y pesquisas: guiado -pensaba en aquellos años- por la clarividencia que acompañaba a mi juicio a la hora de defender las causas nobles y justas de pobres y marginados.

6. ANOTACIONES DEL PAISAJE HUMANO Y CULTURAL DE LOS SESENTA

Pobres, por cierto, había en abundancia para defender en aquellos años de posguerra ya avanzada. Las familias tenían, la que menos, cuatro hijos y sobrevivían a duras penas con un salario de subsistencia. Yo pertenecía a un barrio de familias humildes con lo mejor y lo peor que da la pobreza y la condición humana: lo mejor, en la mayoría de los casos, la solidaridad y lo peor el chismorreo y la incultura. Las familias a pesar de tener menos recursos para vivir que ahora, tenían un talante estoico con el que sobrellevaban toda clase de precariedades. Las frustraciones vienen, en buena medida, por compararnos con otras personas u otros modelos de sociedad. Por aquella época los únicos modelos a imitar eran nuestros mayores, que a decir verdad se conformaban con muy poco.

Acontecía por entonces, por otro lado, que nadie estaba obsesionado de modo enfermizo, como sucede en la actualidad, por el futuro; esto teniendo en consideración que aún no existían los planes de pensiones, ni las pagas estatales por jubilación, ni las subvenciones. La mujer, por su parte, no había accedido al mercado laboral y la economía estaba, mayoritariamente, supeditada a la agricultura; la cual dependía de fenómenos tan aleatorios como la climatología o las plagas.

La solidaridad de la que hablaba antes, debido a los escasos recursos económicos y sociales de los que se disponía, se concretaba en ayuda mutua entre vecinos y en el apoyo intergeneracional en el seno de la propia familia. De este modo de entender la vida resultaba que los abuelos eran atendidos, con respeto y admiración, por todos sus hijos hasta que estos fallecían en su propia vivienda. Los pobres de solemnidad, que no eran tantos, salían a pedir por las casas del vecindario de las cuales siempre recogían su dádiva: aunque ésta fuese un mendrugo de pan, por lo general, ellos nunca se quejaban. Así mismo, las vecinas no tenían ningún problema en prestarse ayuda ante cualquier necesidad; mientras que los hombres, a su vez, se apoyaban entre sí, colaborando, para arreglar las emergencias que surgían en sus viviendas; cada uno según su destreza. Del mismo modo procedían para recoger las cosechas, unos aportando la mano de obra y otros la maquinaria; si había un incendio en una casa, todos los vecinos colaboraban para apagar el fuego y ayudaban económicamente, después, para reponer el mobiliario de la misma. También sucedía que, ante los pequeños accidentes, siempre estaba la vecina que tenía el botiquín repleto y la pericia suficiente para sanar una herida, sacar una pequeña incrustación en la piel, sajar un forúnculo o reubicar un hueso dislocado en su lugar de origen.

Con este talante ante vida, para acomodarse y sobrevivir con los pocos recursos que había, las emociones que se derivaban de cualquier percance sufrido, especialmente por algún miembro del núcleo familiar, no se precipitaban en alarma. De tal modo de proceder, devenía que el médico quedase para las urgencias y poco más. Había en todos los estamentos de la sociedad un ritmo acompasado y natural, en el acontecer diario, con el cual no se temía al futuro porque el presente suponía ya, en sí mismo, una aventura y un riesgo que no daba lugar a pensar en el mañana.

Por otro lado, como se disponía de poca información, no se daba mucha importancia a la enfermedad y a las tragedias; en buena medida, también, porque no pensábamos que todo tuviese un porqué, y si lo tenía era poco menos que insondable. La muerte, en sí misma, era un hecho tan natural y cercano como la vida. De este modo, el anciano si moría, era porque le había llegado su hora, no porque hubiese contraído una enfermedad; la gente se suicidaba, no por depresión, sino porque se había vuelto loca; el cáncer era una enfermedad extrañísima que tocaba a poca gente, si acaso a los más raritos; las muertes por obstrucción del intestino se atribuían a cólicos misereres; y esto porque hasta entonces, el Colon era un señor desconocido que ningún médico había visto en su habitáculo natural.

Para seguir con el inventario de costumbres de la época, he de anotar que no había manjar más exquisito que una buena rebanada de caldillo, un buen plato de migas y un trozo de morcilla o de tocino entreverado en el guiso. Manjares que no estaban proscritos porque el colesterol estaba por descubrir, y las farmacéuticas por forrarse gracias a tan exitoso hallazgo.

Por otra parte, los obesos eran voluminosos desde el vientre de su madre, al igual que los delgados, y si por cualquier motivo alguien adquiría las carnes más tarde, se debía a que estaba predestinado para ello. La liposucción y las dietas no existían, así como los gimnasios para mantener la forma: la figura la modelaba por entonces la carestía, el trabajo manual de la época y los juegos al aire libre.

Pasando al terreno metafísico, debido al adoctrinamiento con ideas foráneas y a la publicidad en televisión, en un corto espacio de tiempo se operaron cambios radicales en la cultura y en las costumbres de nuestro país de las cuales el mundo rural tampoco quedó indemne.

De lo comentado anteriormente habría que sopesar dos hechos al comparar épocas: si bien el progreso nos trajo, por un lado (aun descontando las personas que mueren en la actualidad por cánceres, accidentes de tráfico, suicidios, asesinatos e infartos), mayor esperanza de vida, especialmente para los recién nacidos y los ancianos; nos hizo retroceder, por otro, en solidaridad, alegría, respeto, confianza en las personas y despreocupación ante el futuro: gran paradoja ésta, última, teniendo en consideración que el mañana es siempre impredecible, incluso con la caja fuerte a reventar en el banco más seguro. De otra parte, la abundancia de bienes materiales trae más problemas que alegrías, lo que sucede es, que los potentados lo disimulan con poses y alardes de grandeza para que nadie conozca sus frustraciones. Ya lo decía San Francisco de Asís -aunque con diferentes palabras- que las posesiones roban la paz y nos esclavizan. Y ello porque para poder mantenerlas es necesario que le dediquemos permanentemente toda nuestra atención, tiempo y energías para defenderlas; a veces incluso con armas. De este modo, pues, el progreso nos fue robando la alegría, poco a poco, en la misma medida que se fueron introduciendo los medios de comunicación de masa en los hogares y la gente creyó que todo se podía comprar con dinero; incluso el afecto.

Las nacientes empresas surgidas en torno a la revolución industrial, utilizaron los medios de comunicación, especialmente la televisión y la radio, para publicitar sus productos y aumentar, por consiguiente, la cuenta de resultados: una cuenta que, aun dejando muchas víctimas laborales por el camino, prometía una felicidad a sus clientes que luego en la práctica nos le daba. Aquella ingente multitud de empresas surgidas a raíz de los avances tecnológicos, para vendernos sus productos echaron mano de los psicólogos; los cuales utilizaron, entre otros anzuelos, el miedo y el placer como motores para activar a los futuribles consumidores. Fue así como nos hicieron temer obsesivamente a todos, desde de la década de los setenta, por la obesidad, la vejez y la caída del cabello: a las mujeres, particularmente, por las estrías, las patas de gallos, los glúteos flácidos y los caídos senos. ¡Se me olvidaba! También por las uñas quebradizas, los michelines y, terroríficamente, a las arrugas.


Entre los temores sociales que nos infundieron, arraigaron con gran poderío, el miedo a la enfermedad, a pasar un verano sin vacaciones, y a la muerte. Para garantizarnos la vida ¡ahí es nada…! nos vendieron toda clase de seguros, ya que las empresas (los psicólogos que trabajan para ellas) se dieron cuenta de lo arraigado que está el instinto de supervivencia en el hombre y, se sirvieron del mismo, para hacer proliferar como hongos todo tipo de seguros. Por citar algunos mencionaré, el seguro de defunción, el de vida, el laboral, el médico, el profesional; el seguro de vivienda, los agrarios y los que te rondaré, morena.

Esta abundantísima manipulación mediática de masa nos pilló desprevenidos y sin defensas; por lo cual, una vez que se soltó la bicha (en especial el miedo al futuro y al sufrimiento) y se afianzó en la población, nadie se lo pudo ya sacudir de encima, de alrededor y hasta de los mismísimos tuétanos. ¡En fin…! como el miedo es cobarde (más que libre, que dicen por ahí) acampó entre los mortales para quedarse definitivamente entre nosotros. Para remarcar lo anterior lo haré desde ese plus que siempre me dio la fe en el resucitado; en Jesucristo: todos los seguros ya citados desplazaron al más importante que había entre la gente de buena voluntad de entonces: tener la conciencia tranquila, para vivir en paz con uno mismo y, de camino, afrontar con garantía el día del juicio más allá de la muerte, física, en la vida eterna.

Mucho han cambiado los tiempos, bueno los tiempos no han cambiado tanto, lo que se ha demolido es nuestra cultura y, tras ella, nuestra conducta por la manipulación de los que ejercen el poder político y mediático y, colateralmente, por todos aquellos que tienen capacidad de influir en él. Mis padres, sin ir más lejos, pasaron ambos de los noventa, tan felices, viviendo de modo natural, sin adelantarse al futuro, y sin ningún tipo de seguro: los únicos seguros de plena confianza para ellos eran, por un lado, sus hijos y, por otro, gastar menos de lo que se ingresaba en caja. Lo mismo sucedía en el pueblo ¡huy…! la palabra pueblo me ha recordado algo: por entonces los políticos nos llamaban ¡El Pueblo! ahora han cambiado a Ciudadanía; debe ser que con tanta estrategia psicológica se han vuelto más sofisticados. En la política es muy difícil mantenerse al margen de las tentaciones que lleva consigo el poder; algunos de ellos caen por el camino; otros, en cambio, empezaron ya en ese oficio utilizando palabras en las que ni siquiera creen. Y el resto, para desgracia suya, nacieron ya viejos o, mejor dicho, los hicieron viejos antes de tiempo -esclavos de ideas totalitarias y excluyentes- con mentes de frontón y alma impermeable.

Siguiendo con la anatomía de los sesenta-setenta, tengo que añadir, que con la filosofía de vida que practicaban nuestros ascendientes no les fue nada mal: con ella colmaron prácticamente todas sus expectativas, incluso la de dar un porvenir a sus hijos. En la actualidad, a causa del miedo al futuro con el que han programado nuestro subconsciente, a golpe de spot publicitario, hay casi el mismo número de enfermedades mentales, por depresión y ansiedad, que por enfermedades físicas. A este estado de esquizofrenia colectiva ha contribuido, además de los miedos ya citados, aquel otro que se deriva de no estar a la altura de los demás (mantener la buena imagen), y que exige poseer, por un lado, los últimos bienes de consumo ofertados por los avances tecnológicos y, por otro, alcanzar unos logros profesionales a la altura del círculo en que me circunscribo. Dicho de otro modo, se nos ha inoculado un miedo inconsciente, que genera una ansiedad de fondo, al tratar de no quedar rezagado con respecto al grupo de personas con las que me identifico y, paralelamente, casi por la misma motivación, un miedo a no alcanzar las expectativas de progreso, disfrute e “independencia personal” estándares, que nos marcan los medios de comunicación. Este lavado de cerebro se fue gestando, principalmente, a través de la publicidad como ya mencionara, pero también por medio del cine, las teleseries, la prensa rosa y la telebasura.

Debido a esta cultura del tener y de la apariencia, el círculo para poder ser uno mismo se fue estrechando hasta asfixiar a muchos. Sin embargo, todo esto no fue fortuito, sino que por detrás lo que se estaba moviendo y se sigue moviendo son una serie de intereses, cuyo único objetivo -como siempre ha sucedido en la historia de la humanidad- es el control de una élite, minoritaria (sea cual sea su ideología y procedencia), sobre el resto de la población. Su fin último: salvaguardar sus intereses económicos y sus ansias de poder. Como contrapartida a esta tiranía surgieron otros movimientos que se decían libertarios, pero que, en la práctica, por su concepción ideológica -parcial, cerrada y totalitaria- resultó igual de perniciosa que la anterior, o incluso peor, al excluir y aniquilar a cualquier persona que se opusiera o refutara sus argumentos.

De este modo, al ser las elites conocedoras de los miedos que alberga el ser humano (por su capacidad de acceder a las fuentes del “conocimiento”) y, por ende, de los resortes mentales que mueven o paralizan la conducta humana, han descubierto dos armas poderosísimas para someter al resto de la humanidad; la primera ya la he apuntado aquí, es decir el mismo miedo, y la segunda sería el hedonismo, mediante el cual se trata de doblegar la voluntad de las personas, excitando continuamente sus sentidos, para someterlas en forma de esclavitud a su propia sensualidad. Estas dos armas que utilizan contra el pueblo, son ahora el verdadero opio del pueblo: mientras el hombre esté centrado en sí mismo; en sus miedos y en darse placer, no tendrán tiempo para ocuparse de aquellos que los tienen sometidos.

Anteriormente a la era de la psicología, los valores de las personas se centraban, sobre todo, en su preparación intelectual, en su capacidad analítica y en valores universales emanados de la ley natural, de la ley Divina y de la educación, transmitida esta última, fundamentalmente, en el núcleo familiar de generación en generación. La corriente de pensamiento impuesta desde los gobiernos y los medios de comunicación, por el contrario, que tratan de desplazar a la anterior, se ha centrado exclusivamente en los derechos individuales de la persona, sin debatir con el resto de la sociedad, es decir con los individuos y los estamentos que la conforman, sobre cuáles de esos derechos son verdaderos y cuales son arbitrarios y artificiales. Esa cultura totalitaria, que no admite discusión como el mejor de los tiranos, se le conoce con el nombre de Políticamente Correcto o Pensamiento Único. Sus fundamentos la cultura de la muerte y el relativismo moral.

Como dijo Allen Ginsberg “quien controla los medios, controla la cultura”. Y los medios están controlados por el capital que ha pisoteado los valores tradicionales (liberando al hombre de su conciencia) para vender mejor sus productos y de paso, mantener el clientelismo con respecto a la izquierda que ya los había tirado por tierra décadas atrás. ¡Y pobre de aquel que se salga de lo correctamente político o del pensamiento único! porque será echado a los leones, expuesto en la plaza pública o considerado anatema; eso en el mejor de los casos. En nombre del relativismo, paradójicamente, hoy se han levantado un buen número de dogmas, que nadie puede poner en entredicho, seguramente porque no tengan argumentos para dar credibilidad a sus mismas afirmaciones.

La democracia se ha transmutado en una forma de dictadura más, donde el poder omnímodo del estado, con sus delatores a la cabeza, aplasta no sólo a los más débiles de la sociedad, al nasciturus, a los niños y a los ancianos (quedando todos ellos supeditados al bienestar del adulto); sino a todo a aquel que se aparte del establishment que dictamina y nos imponen los gobiernos de modo unilateral, haciéndonos creer -para que piquemos el anzuelo- que “un mundo feliz” es posible, tal y como nos relata Aldous Huxley en su novela, con tal que las necesidades primarias estén cubiertas; algo que no nos diferenciaría en nada del resto de la fauna animal. Este análisis que pudiese parecer exagerado, no solo lo hacemos personas que pudiésemos parecer enfrentadas con la política, sino que son algunos de esos mismos políticos y expolíticos, los que empiezan a darse cuenta de que la sociedad, en su conjunto, está en plena demolición. Así es, puesto que en pocas décadas se ha pasado de opciones personales enfrentadas con el pasado y que todo el mundo respetaba, a imposiciones gubernamentales que intentan arrasar con toda la cultura anterior. Y para quede constancia de ello dejo, como muestra, el siguiente video de un expolítico de prestigio internacional:
https://www.youtube.com/watch?v=R4_NPIjHzWI

Esta nueva cultura impuesta por los gobernantes, no elegida por el pueblo, en el fondo no deja de ser otra cosa que una bomba a punto de estallar, por antinatural. Así ha de ser porque en ese mundo feliz se enseña que el individuo prima sobre la comunidad, que todo se puede alcanzar sin esfuerzo; y que, siendo positivistas, por otro lado (yo soy Dios, con lo cual recreo la realidad a mi conveniencia), la lógica y la demostración empírica están de sobra. Es más, aunque esa realidad virtual me lleve a mí y a otros a la misma muerte, siempre encontraré una excusa para no admitir que caí en el engaño como un lerdo; con otras palabras, Mark Twain lo dejó por sentado con este aforismo: “Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos que han sido engañados”

Siendo, pues, consciente de todo lo que se mueve entre bastidores, se puede afirmar, con toda rotundidad, que este mundo posmoderno no explotado hasta ahora, debido a que las multinacionales farmacéuticas van un paso por delante de los políticos atiborrando al personal con antidepresivos. Al final resulta que, bajo cuerda, todo es un negocio, en el cual unos cuantos, a costa de la mayoría, intentan asegurar lo efímero y mutable de la vida; es decir, aquello sobre lo que los mortales no tenemos control alguno ¿no te parece absurdo y contradictorio? .

7. POSMODERNIDAD IGUAL A HOMBRE COSIFICADO

De mirar al cielo para observar la dirección de las nubes, pasamos en occidente, en poco tiempo, a mirar en horizontal: ahora el sustento dependía de aprender a utilizar las máquinas más sofisticadas. Muchos cambios se produjeron desde mi infancia hasta mi madurez; los cuales, por cierto, afectaron de lleno a mi generación, ya que la mayoría de ellos se iban concatenando con la misma rapidez que pasan las estaciones y nosotros íbamos amontonando años. En determinados momentos de mi vida, tuve la sensación que los nacidos en la década de los sesenta llevábamos grabado a fuego, como seña de identidad, el tatuaje de la transición permanente. 

De este modo pasamos casi sin darnos cuenta −adaptándonos sobre la marcha− de la dictadura a la de “democracia”; de la agricultura más rudimentaria y primitiva, a los medios mecánicos que sustituirían en el medio rural a multitud de jornaleros y animales de labranza; del analfabetismo de buena parte de la población, a la universidad, pasando antes por la enseñanza obligatoria. De la escritura a mano a la mecanográfica; y de esta, al teclado del ordenador poco tiempo después.

Los electrodomésticos, por otro lado, empezaron a proliferar por todos los rincones de la casa, al mismo ritmo que lo hacían los funcionarios, los abogados y los políticos. De esta guisa se introdujeron entre los más apreciados por las amas de casa la lavadora, el frigorífico y la cocina de gas butano. Aparte de estos ingenios mecánicos, se introdujeron otros que, con gran poder de manipulación en las conciencias de sus usuarios, como ya cité antes, entre ellos la radio y la televisión, cambiarían radicalmente el modo de pensar de la sociedad. De todo ese “progreso” derivó, sin que tuviésemos la más mínima sospecha y, por consiguiente, ningún arma para defendernos (ya que esos medios se nos presentaron como inocuos) que las costumbres y los valores de siglos -algunos de ellos ancestrales- con los cuales las personas estaban en armonía con sigo mismas, con los demás  y con la naturaleza, fueran sustituidos por el estilo de vida, frenético, disoluto y vacío, que los americanos nos mostraban mediante su poderosa industria cinematográfica. 

Este “progreso” trepidante, no solo transformó nuestra mentalidad y el decorado de nuestras casas, sino que cambió también la presentación de los alimentos y el modo de acceder a los mismos. Fue así, como las materias primas del campo se transformaron en productos manipulados y manufacturados. El paisaje exterior, que no podía ser menos −debido a la fabricación masiva de elementos electromecánicos− también mutó de modo considerable: siendo uno de sus máximos exponente el automóvil. Este desarrollo trajo, parejo a él, un desplazamiento de habitantes de las zonas rurales hacia las urbes, pues fue allí donde se asentó primordialmente el peso de la industria. Las consecuencias fueron, como es sabido, que las ciudades se superpoblaron a costa de los pueblos que fueron perdiendo vecinos; algunos de ellos hasta deshabitarse por completo.

Esa vorágine de cambios modificó, por inercia, muchos de nuestros hábitos: las vacaciones de verano dejaron de ser cosa de guiris y potentados para convertirse en disfrute de la clase alta y media. Bicicletas, motos y coches, inundaron las calles por las que anteriormente sólo pasaban rebaños de cabras, burros, mulos, bueyes, carros y transeúntes. Las tascas y tabernas se convirtieron en bares y en pub; los guateques y verbenas (poblados de pantalones de campanas, patillas a lo Curro Jiménez, minifaldas, cinturones como cinchas y botas camperas) en discotecas, conciertos multitudinarios y, posteriormente, en botellones y macrofiestas.

Del mismo modo fue afectada la cultura del ocio: las verbenas populares, los paseos domingueros y las veladas nocturnas entre vecinos, fueron reemplazándose, en primer lugar, por el cine y, después, por la más grandiosa globalización que ha habido y habrá jamás, incluido internet, la televisión. La pequeña pantalla cambió las costumbres y el pensamiento occidental, sobre todo el de los españoles −asentados principalmente en la palabra empeñada, en la ley natural, la familia, las relaciones de vecindad, la nación y en principios trascendentes e inamovibles aportados, principalmente, por el cristianismo− por la cultura de la plusvalía, del utilitarismo, de la muerte, del individualismo, del relativismo y del hedonismo a ultranza. Lo que importaba ahora, según nos hacían creer los gurús del momento, era poseer el último bien de consumo salido al mercado, aunque fuese el mismo producto de tres meses antes con un diseño diferente. Posteriormente esta cultura de usar y tirar se trasladaría, por mimetismo, a las personas, con la consiguiente deshumanización que esta práctica conlleva. Y lo hizo afectando a todos los círculos donde el hombre se desenvuelve: a la vida familiar, a la laboral y a las relaciones sociales. De este modo, sin un modelo trascendente que reconozca el valor inmutable que la persona tiene desde el momento de su concepción hasta la última hora de su muerte; es decir intrínsecamente por ser imagen y creación de Dios ( y, por lo tanto, supeditados a Él y no a nuestro libre albedrío) independientemente de la cultura de cada época; la humanidad quedó expuesta a la sinrazón de sus cortos y limitados puntos de mira o, lo que es igual, a la ley del más fuerte y de la conveniencia del político de turno: parecido al Oeste Americano, aunque con más educación y menos tiros.   Puesto que anteriormente mencioné la publicidad y la propaganda, un eslogan propicio para este hombre cosificado de la posmodernidad podría rezar de este modo: me vales en tanto seas útil a mis intereses. Luego, si puedes, sálvate a ti mismo porque yo sólo estoy para mí. El hombre de la posmodernidad no podía caer más bajo, incluso los animales se agrupan y protegen para la supervivencia de su especie.

P. S. Hasta aquí la segunda entrega. La próxima terminará con el capítulo primero del libro, al que aún le restan cinco apartados, la entrega será el Miércoles de la próxima semana día seis de octubre

El gozo colmado

Buenos días nos de Dios, hermanos.
¿Amamos a Dios por encima de las criaturas y las cosas materiales? ¿Y al prójimo como Jesús nos amó? Si así fuese, el gozo de Jesús, es más, nuestro propio gozo estaría colmado, porque la conciencia no nos delararía: no viviría en contradicción con su propio ser; es decir la unión con Dios.

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Como espero la II venida del Señor

Evangelio según San Juan 5,31-47

Jesús dijo a los judíos:
Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.
Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.
Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,
y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.
Mi gloria no viene de los hombres.
Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.
He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir.
¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.
Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.
Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿Cómo creerán lo que yo les digo?”.

Comentario:

Todos los cristianos esperamos la segunda venida del Señor. Oremos e impregnamosno de su Palabra, para que no nos pase como al pueblo de Israel, en la primera venida del Señor, que, el Mesías que anhelaban era solamente un libertador político que fijase la identidad de ese pueblo y no el Rey anunciado por los profetas que les daría la fuerza y el poder, para desinstalarlos de sus egoísmos, de su vida de pecado y su idolatría. Tendríamos que preguntarnos ahora nosotros ¿Qué le pido yo al Señor en el día de hoy? Le pido santidad, que me ayude a salir de los pecados más arraigados en mi, que me ayude a dejar mis servidumbres; es decir, mi idolatría, al dinero y a los placeres…. ¿Qué le pido al Señor? Es que tal vez aún no confío en su Palabra cuando nos dice: busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura (MT 6, 24-34)


Dios te bendiga y te guarde en el día de hoy y siempre.

¿Quieres curarte?

Evangelio según San Juan 5,1-3.5-16.

Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.
Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años.
Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: “¿Quieres curarte?”.
El respondió: “Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes”.
Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y camina”.
En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado,
y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: “Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla”.
El les respondió: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y camina'”.
Ellos le preguntaron: “¿Quién es ese hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y camina?'”.
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.
Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: “Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía”.
El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.
Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.

Comentario: De la lectura de hoy podemos sacar varias conclusiones, en primer lugar, que Jesús se compadece de nuestros sufrimientos, él no es indiferente a todo aquello que nos menoscaba tanto físicamente como anímicamente, y por eso sale en nuestro auxilio incluso antes de que se lo pidamos. Pero, por otro lado, Jesús no hace nada sin contar con nuestra colaboración y libertad, respeta hasta las últimas consecuencias nuestra individualidad y capacidad de decisión y por eso le pregunta al paralitico ¿si desea curarse? Muchas veces nosotros queremos curarnos, pero no deseamos dar el salto de la fe, dejar nuestra camilla atrás, nuestro pasado, y empezar a andar confiando en que Jesús (no en nuestras pequeñas seguridades, ataduras a la postre) encontramos la salud, la libertad, el amor y la paz que tanto buscamos. En segundo lugar, observamos en este pasaje del Evangelio, como Jesús en una de las ciudades más habitadas de la época, no se olvida del rostro y de la salud integra de la persona. Sabe, porque repetidamente nos lo ha dado a conocer en otras curaciones y milagros, que lo más importante para el hombre es salvar el alma antes que su cuerpo; también porque conoce, como Dios que es, que el pecado además de la muerte espiritual, del rechazo a Dios, trae consecuencias para la salud física y en ocasiones incluso puede llevar a la muerte. No es suficiente, por tanto, haber creído una vez o haber tenido un encuentro personal con Jesús en un momento determinado de nuestra vida, sino que hay que perseverar en esa amistad con el Dios que lo puede todo, con Jesús. Pero además atendiendo a su Palabra para no abandonarnos a nuestra suerte, es decir a las consecuencias de salir del paraguas de la protección de Dios con todas sus promesas; Palabra que en el día de hoy nos recuerda que en adelante no peque más.    

 Oración: Señor en esta jornada y para siempre prometo no salirme de tu cobertura, mantener encendida la llama de mi amor por ti, que me lleva a amar al prójimo como tu deseas y, por otro lado, a lo más importante de todo, a trabajar por la salvación de mi alma alejándome de todo aquello que me conduzca a pecar. Padre, mi deseo es amarte con todo mi corazón, aunque como tú bien sabes, Satanás con todas sus trampas, y el mundo, me ponen ante muchas situaciones que me incitan al pecado; fortalece, pues, mi voluntad. Sé que para ello necesito no bajar la guardia manteniéndome estrechamente unido a ti con la meditación de tu Palabra en las Escrituras y la oración constante. Desde hoy y cada noche, como propósito, meditaré en todas esas ocasiones que me ponen en situación de pecado para, en lo sucesivo, cambiar de hábitos y si fuese necesario, también, de amistades que me llevan a deshonrarte por un lado y, por otro, como me has mostrado, a envenenar mi alma y enfermar mi cuerpo. Gracias Padre por haberme dado esta oportunidad de conocerte hoy, un poquito más, por medio de tu hijo Jesús; también, por un día más de vida para volver de nuevo al amor primero. Gracias, mil gracias…   

En ti esta la salvación y la condena

El evangelio de hoy nos habla claramente de la existencia, más allá de esta vida, de un lugar, otros les llaman estado del alma (no es el momento para debatir esto) donde pagaremos por no haber llevado una vida conforme a la voluntad de Dios y sus mandamientos. En ocasiones nos preguntamos qué siendo Dios infinitamente bueno y misericordioso permita la existencia de un lugar de castigo. Está claro que Dios no puede haber creado el mal, y que la existencia del mismo sólo es una consecuencia de la libertad que Dios ha dado a los hombres y a sus ángeles para que no sean autómatas programados sin alma ni voluntad: sin libertad el hombre se quedaría en otro animal más de la naturaleza para cumplir con sus actividades vegetativas innatas y sin tener consciencia de sí mismo y de su paso por el mundo.

Por consiguiente, es todo lo contrario, Dios amaba y ama tanto, que quiso crear al hombre a imagen suya, nos dice la biblia, con capacidad de amar y con actitudes para perseguir tareas nobles para el beneficio de todos. Esto mismo que pasa con Dios, sucede en el plano humano, un padre natural quiere siempre lo mejor para su hijo, pero no siempre el hijo entiende que su papá desee lo mejor para él y de este modo tiene que pagar en propia carne una experiencia negativa que su papá ya pasó durante su infancia o juventud.

El apartarnos de la voluntad de Dios trae consecuencias, porque no fuimos creado para el desamor sino todo lo contrario para amar, para amar incluso cuando las circunstancias no nos sean favorables. Esta es la lección que nos da el hijo de Dios frente a sus enemigos, hacer la voluntad del Padre y no devolver mal por mal: en esta actitud de confianza y entrega encontró él el camino de la vida, su resurrección y el retorno junto al Padre Eterno.

A Jesús como hombre no le fue fácil en todo momento, ya que era libre -como nosotros- y pudo buscar otra salida que no estuviese en concordancia con la voluntad del Padre, por eso dice en las Escrituras, que en el sufrimiento aprendió que significaba obediencia. Jesús tenía claro que lo más importante en la vida es tener comunión con Dios y que esa comunión la rompe la desobediencia, ya que Dios quiere lo mejor para nosotros, y supo en propia carne que obedecer lleva un sacrificio que finalmente trae todo lo contrario, la paz, la alegría y la vida Eterna.

He escuchado a algunas personas, a las cuales Dios les ha permitido tener una experiencia en vida de las realidades eternas, es decir, del Cielo y del Infierno, que el juicio prácticamente nos lo hacemos nosotros mismo una vez que hemos traspasado el umbral de esta vida en la tierra. Cuando uno llega a la presencia de Jesús, en pecado, en oscuridad, cuando por orgullo, vanidad, etc., no quiso reconocer en vida al hijo de Dios y rechazo su Palabra, una vez traspasado el umbral, como se ha dicho, de esta vida en la tierra, esa misma persona es incapaz de mantenerse en pie frente a la presencia de Jesús y en lugar de irse hacia Él, huye de su lado, no aguanta su presencia, la luz que emana de Él (una experiencia que no dicta mucho de la de Adán y Eva, una vez que desobedecieron a Dios se escondieron de Él).

El hombre es una unidad, nos decía Santo Tomás, sustancial entre alma y cuerpo, por eso mismo, más allá de esta vida, el alma sin el cuerpo queda atrapada y ya no tiene posibilidad de dar marcha atrás, o se condenó o se salvó, porque su dimensión es otra. De este manera, todo lo que podamos hacer para salvarnos, está en el ahora de la vida terrena, como nos relata el evangelio de hoy. Además, para aquellos que creen que el Infierno es un purgatorio más, la Palabra también nos pone de manifiesto, que hay una barrera infranqueable entre el lugar de los que se salvaron y de los que no. Por tanto, lo que nos transmite Jesús no es para asustar a nadie, sino todo lo contrario, para que nadie quede exento del Paraíso que nos aguarda, pues mediante esta Palabra nos viene a decir, que aún estamos a tiempo, que mientras hay vida hay esperanza, y es por eso que el entregó su vida por nosotros, para que nadie se condene.

A mi se me hace comprensible esa experiencia, que, a algunas personas Dios les ha concedido, en vida, de verlo cara a cara antes de que puedan condenarse, y a la vez comunicar al resto de la humanidad esa misma experiencia. Así tenemos, entre otros muchos, el caso de Marino Restrepo. Como sabemos a Jesús se le define también como la Luz Eterna, un símil que nos da a entender que en él no hay mancha, que todo es transparencia, la luz que nos hace caminar con paso firme sin extraviar el camino de donde no debimos salir nunca. Si Jesús es Luz Plena que lo inunda todo, la única manera de permanecer ante él es siendo también nosotros luz, aunque seamos un pabilo vacilante, pero a fin de cuentas luz; luz que se funde con el Todo. Que pasa por el contrario con la oscuridad, la oscuridad es la ausencia de luz, no tiene consistencia por sí misma si queda iluminada. Este ejemplo es el que podemos trasladar a nosotros, cuando una vez dejemos este mundo y nos situamos ante Jesús: si llegamos como almas que, en lugar de luz, solo llevan oscuridad, porque prefirieron por orgullo no reconocer al Hijo de Dios, Jesús de Nazaret y no abandonar su pecado …lo que sucede es que, como sombras, como oscuridad, para no quedar fundidos por la Luz y desaparecer, huiremos de ella, no podremos aguantar como oscuridad a Jesús, Luz Eterna. Es parecido también a la experiencia del secuestrado que ha permanecido en un zulo por parios días sin luz, sus ojos no soportan la luz de pleno día, quedarían cegados.

Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’.
‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’.
El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’.
Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’.
‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’.
Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'”.

Que reine el gozo: Tú delante yo detrás

Evangelio según San Mateo 20,17-28.
Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les
dijo:
“Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos
sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte
y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día
resucitará”.
Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró
ante él para pedirle algo.
“¿Qué quieres?”, le preguntó Jesús. Ella le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu
Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”.
“No saben lo que piden”, respondió Jesús. “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?”.
“Podemos”, le respondieron.
“Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi
izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha
destinado mi Padre”.
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre
ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad.
Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor
de ustedes;
y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate
por una multitud”.

Comentario a las lecturas:

La lectura de hoy vuelve a insistir sobre ese afán de sobresalir que todos, por lo general, en mayor o menor medida llevamos dentro y que tanto daño hace cuando se vuelve patológico. Jesús alecciona que entre sus seguidores no debe ser así, que nuestra actitud, a diferencia de las personas que no conocen a Dios, especialmente la de los poderosos, debe ser la de servicio. Es tan radical la Palabra de Dios, para que no nos quepa la menor duda, que nos dice que el que quiera ser primero que se haga esclavo al servicio de los otros.

Revisémonos y veamos si en nuestro devenir cotidiano procedemos al modo que Jesús nos pide o por el contrario lo hacemos como los tiranos. ¿ejerzo mi autoridad o mi trabajo, en el ámbito que sea, para imponer mi criterio sin aceptar la corrección o el debate? ¿Mi objetivo en la vida es la del trepa, hacerme visible y que me admiren por mis logros o mi “sabiduría”? ¿o, por el contrario, es dar lo mejor de mí, al servicio de los otros, y que sea Dios el que me otorgue el lugar que crea conveniente, según su sabio proceder, para mi salvación?

Hay otro tipo de personas que realmente no buscan sobresalir por adquirir poder o fama. A lo largo de la vida me he encontrado con personas con la autoestima tan herida, incluso yo he estado en esa tesitura en alguna ocasión, que tratan de dejar a los demás en evidencia no para ridiculizarlos o afearlos, sino para dar a entender que ellos son mejores que los demás y, por consiguiente, ganarse el aprecio del resto; es decir, para que los quieran y compensar, de este modo, la imagen paupérrima que tienen de sí mismos.

Tanto la primera actitud de conquistar el poder y la fama a cualquier precio, como nos muestra el mundo, como la segunda, buscar la autoafirmación destruyendo al prójimo con la crítica, son sumamente destructivas, en el primer caso porque se impide llegar al poder a las personas más valiosas, cuando no, si se ejerce con tiranía, nos privamos de aprender de los demás: todos somos imagen de Dios -que es uno solo- y por tanto nos complementamos en nuestra limitación. La segunda actitud también es sumamente peligrosa porque en lugar de ganar en autoestima lo que hacemos, cuando rebajamos a los otros, es la de ganarnos enemigos gratuitamente; y esto es así, porque no todo el mundo está capacitando para entender que, en lugar de un ataque frontal hacia su persona, lo que tratas es de llenar tus vacíos: la severidad con que te juzgas a ti mismo (no te perdonas, no aceptas tu historia) o tu carencia de cariño y afecto por parte de los que, según tú, deberían dártelo.


Salmo 31(30),5-6.14.15-16.


Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi refugio.
Yo pongo mi vida en tus manos:
tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.


Oigo los rumores de la gente
y amenazas por todas partes,
mientras se confabulan contra mí y traman quitarme la vida.


Pero yo confío en ti, Señor,
y te digo: «Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos.»
Líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen.

Que no te la cuenten

Que no te confundan, algunos están interesados en cambiar tu realidad. No les importas tú, sino mantener el poder a través del control de tu mente. Nada se mueve por azar, no seas ingenuo. Cambian las palabras y llaman amor a lo que es pura atracción física o sexo. Interrupción del embarazo a lo que es asesinato de un ser indefenso; algo que se interrumpe se puede reanudar, el gestante no. A la alteración, modificación y amputación del cuerpo cambio de sexo, pero la genética al final se impone por encima de los sentimientos, en todas las células de nuestra piel va inscripta la marca XX o XY. Al asesinato de ancianos muerte digna, cuando la dignidad es una cualidad interior del alma, a uno no lo hace más digno su modo de morir, sino como haya actuado en la vida y como se enfrente al reto de su propia muerte. ¿Que es lo próximo que viene la zoofilia, el matrimonio entre hombre y animal, o la pederastia que ya se está impulsando desde varias plataformas? La mentira se disfraza de verdad y a la verdad de mentira, ya lo dice la biblia, Satanás es el padre del engaño y la mentira.

Para finalizar quiero comunicarte, con el vídeo que inserto a continuación, que tu apariencia o tus sentimientos, no cambian tu realidad, y mucho menos lo que otros digan de ti, por encima de todo hay una realidad universal, que nos ha sido dada desde antes de nacer, contra la que no podemos luchar; si lo hacemos pagamos un alto precio, el de la autodestrucción. De todos modos, unas veces por orgullo y otras para justificar que no hemos perdido la vida fútilmente, nos negamos a reconocer esa misma destrucción, para no proceder de este modo hay que tener una buena dosis de valentía y estómago, algo de lo que una buena parte de la humanidad adolece.

De la pasividad a la impasibilidad

Acabo de leer un artículo de un escritor y paisano mío que habla del amor, el cual yo remarcaria, para hacer sangre  (soy guerrero y combativo de nacimiento); ¡el artículo… claro está! con una reflexión personal que me ha surgido de la lectura del mismo: desde hace tiempo, como dos décadas atrás, vengo observando en la sociedad un virus de inanición de los sentimientos del cual, me atrevería a asegurar, que está contagiado un noventa por ciento de la población, al menos de la población occidental.

Lo contrario al amor es la autocontemplación del yo, en eso están una gran mayoría de personas que, ensimismadas como narcisos, observan el mundo como algo ajeno a ellas. No se implican en nada (dicho de otro modo, solo viven para si mismas) permanecen pasivas -como estatua de bronce- que ve pasar la vida, aunque esta le salpique de excrementos. ¿Si así procede consigo, que puede esperar de ella aquel, que resguardado bajo su sombra, llora su soledad y sus penas? se ha vuelto tan antinatural y tan fría, a endurecido tanto el corazón, la autocontemplación, que ni siquiera se inmuta cuando otros desde fuera la visten de lucecitas, de retazos de cielo, de sabiduría y guirnaldas. Tan ensimismada se encuentra y tan temerosa a la muerte, que literalmente se muere porque no nació para vivir al resguardo de su fortaleza, sino libre para morir de amor, dando amor, en el campo de batalla de la vida que se le escapa.

La autocontemplación se ha vuelto tan ciega, tan sorda, que ya ni siquiera desea ser estatua que contempla, sino máquina (para ir con su época) en manos de alguien que apunta y dispara, sin piedad, a todo aquel que, como pájaro libre, vuela por su cuenta. 

Para ilustrar está observación nos podemos acompañar de unos versículos de la Biblia que describen a la perfección lo que ya sucedía por aquella época también: 

Mateo (11, 16-19)

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:

«¿A quién compararé esta generación?

Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.

Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras.

¡La Palabra de Dios, tan ilustrativa y atemporal como siempre…!

Concluyendo, solo me queda anotar, que alejados de la fuente que apaga toda sed y engendra toda semilla de amor universal y eterno en nosotros, de Jesús, nos volvemos estériles, cuando no inpasibles.

El artículo al que hacia referencia es el siguiente: https://www.arguments.es/lachispa/el-motor-de-mi-vida/

Ni huir ni mirar atrás, sino asumir.

Introducción a las lecturas

Hermanos, como decía ayer, la Palabra, la oración y el ayuno, de poco vale si no va acompañado de un cambio de vida cuyo fruto son las obras, puede que valga en un principio para acercarnos a Dios, pero no para quedarnos contemplando las alturas y, mucho menos, para contemplarnos a nosotros mismos con quejas y reclamos continuos a Dios. Es cierto que hemos estado bajo el peso de un yugo y unas cadenas, la de nuestro propio pecado o adicción, los cuales nos quitaban la libertad para amar a Dios y a los hermanos con la dedicación que se nos pide, fin y meta de todo hijo de Dios, ahora con más responsabilidad aún que hemos sido engendrado de nuevo por el sacrificio de la cruz. 

Ha llegado pues la hora, de mirar otra realidad que no sólo sea la mía, el pasado ya pasó y no tiene vuelta atrás, de lo contrario corremos el riesgo de tropezar como aquel que coje el arado y se desentiende, por momentos, del verdadero y único horizonte que tiene por delante; en nuestro caso, plasmar la identidad de Jesús en mi vida. De esta manera entonces, enfoquémonos, sí, en buscar la unión con Dios pero también atendamos la realidad del hermano herido en múltiples formas; y no solo eso, sino que abandonemos también ciertos pecados sociales de injusticia, con los cuales impedimos hacer un mundo más justo y mejor repartido, y esto pese a lo que hagan los demás, entre otros los políticos; ya que cada uno es responsable de sí mismo ante el tribunal de Dios. 

Primera lectura. Isaías 58,1-9a

Así habla el Señor Dios:

¡Grita a voz en cuello, no te contengas, alza tu voz como una trompeta: denúnciale a mi pueblo su rebeldía y sus pecados a la casa de Jacob!

Ellos me consultan día tras día y quieren conocer mis caminos, como lo haría una nación que practica la justicia y no abandona el derecho de su Dios; reclaman de mí sentencias justas, les gusta estar cerca de Dios:

“¿Por qué ayunamos y tú no lo ves, nos afligimos y tú no lo reconoces?”. Porque ustedes, el mismo día en que ayunan, se ocupan de negocios y maltratan a su servidumbre.

Ayunan para entregarse a pleitos y querellas y para golpear perversamente con el puño. No ayunen como en esos días, si quieren hacer oír su voz en las alturas.

¿Es este acaso el ayuno que yo amo, el día en que el hombre se aflige a sí mismo? Doblar la cabeza como un junco, tenderse sobre el cilicio y la ceniza: ¿a eso lo llamas ayuno y día aceptable al Señor?

Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos;

compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.

Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor.

Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: “¡Aquí estoy!”.

Salmo 51(50),3-4.5-6a.18-19.

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas!¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí.Contra ti, contra ti sólo pequé Los sacrificios no te satisfacen; si ofrezco un holocausto, no lo aceptas: mi sacrificio es un espíritu contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Evang según S. Mateo 9,14-15.

Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?”.

Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Comentario de S. Teodoro el Estudita (759-826) monje en Constantinopla

Catequesis 46, (Les Grandes Catéchèses, Spiritualité Orientale 79, Bellefontaine, 2002), trad. sc©evangelizo.org

Vendrá el tiempo…que ayunarán

Hijos bien-amados y hermanos: Dios que en su sabiduría gobierna todo y de forma excelente y sabia lleva a buen término las estaciones y los años, nos ha hecho conocer que ya ha llegado el tiempo de salvación y beneficio para las almas. (…) ¡Gracias sean dadas a quien nos ha revelado este tiempo y juzgado dignos de alcanzarlo! Por eso, en todo momento  debemos llevar una vida santa y pura  y observar los mandamientos de Dios, en particular actualmente. (…)

            Ya que es tiempo de purificación, ¡purifiquémonos! Ya que es tiempo de abstinencia, ¡hagamos abstinencia! No sólo de alimentos, porque no sería suficiente. Hagamos abstinencia (…) de envidiar la buena reputación de nuestro hermano y ponernos en cólera o irritarnos contra el prójimo. Hagamos abstinencia de no poner freno a nuestra lengua, dejándola correr como ella quiere. Se debe imponer ella misma los límites: no hablemos mucho ni en cualquier momento, hablemos sólo de temas convenientes. Nuestros ojos se deben guardar de miradas impúdicas. Nuestros oídos deberían permanecer cerrados, abriéndose sólo para escuchar lo que es agradable a Dios y él ama.

            Si, mis hijos bien-amados. Los exhorto para que hagan de ustedes mismos un instrumento musical, un harpa agradable del Espíritu Santo. (…) Mantengan la paz entre ustedes. La tan venerable Cuaresma fatiga al cuerpo, es cierto. ¡Pero a causa del cuerpo no dejen que se les doblegue el coraje! (…) Como siempre, con un poco de paciencia, ¡no sentirán más el peso!

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel 

Y yo ¿cómo amo?

Es muy habitual escuchar decir entre los cristianos de nuestro tiempo la celebre frase de S. Agustín ama y haz lo que quieras y la verdad que tenia toda la razón del mundo, si amamos haríamos cualquier cosa que no ofendiese a Dios, ni menoscabara la integridad física o moral del hermano. Pero esta frase en ocasiones se utiliza para todo lo contrario, más que para agradar a Dios y someter nuestra voluntad a la de Dios, para contentarnos a nosotros mismos como queda reflejado en el comentario de las lecturas de hoy de S. Gertrudis. Y esto sucede porque en nuestra cultura tenemos un concepto del amor que, por lo general, se suele confundir e identificar con los sentimientos, algo muy alegado de lo que se nos muestra en Jeremías (17, 9-10) El corazón es más traicionero que cualquier otra cosa y es desesperado. ¿Quién puede conocerlo? Yo Yahveh, examino el corazón, analizo los pensamientos más íntimos, para pagarle a cada uno según su conducta, según el fruto de sus obras. De este modo pues, si queremos saber en realidad que es amar tenemos que ir a la fuente primera del amor, al agua que salta a la vida eterna y que colma toda sed, y beber de esa agua que tanto añoraba la mujer samaritana aún sin saberlo. Esa fuente como ya puedes imaginarte no es otra que Jesús, Él cual, a diferencia del ser humano, nos enseña que el amor no es buscarse a si mismo, sino que el amor verdadero es el amor de salida, el amor oblativo, el que entrega la vida a la voluntad del Padre Eterno, incluso por encima de toda comprensión y lógica humana, como tener que dar la propia vida si llegara el caso. Por esto, para saber si estamos amando realmente o si nuestro corazón traicionero nos lleva a buscarnos a nosotros mismos (todo lo contrario de negarse a si mismo) hagamos un análisis de vida a la luz de los mandamientos dados por Dios a Moisés, fuente de vida como el propio Jesús porque ambos provienen de Dios, y están en Dios como una unidad (en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios). Y dice la primera lectura de hoy, que en su cumplimiento, también, nos va la vida o la muerte. Y ello porque todo lo que proviene de Dios esta hecho y diseñado por amor y para nuestro propio bien. Así pues, hermanos no enfoquemos nuestra vida en tal o cual pecado, enfoquemos nuestra vida en amar oblativamente como Jesús (el último lugar para mí y el primero para Dios y los hermanos), y para saber si realmente lo estamos haciendo bien, hagamos de vez en cuando un examen, profundo, a la luz de los Diez mandamientos.

Deuteronomio 30,15-20.

Moisés habló al pueblo diciendo:
Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha.
Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo, si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella.
Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar y vas a postrarte ante otros dioses para servirlos, yo les anuncio hoy que ustedes se perderán irremediablemente, y no vivirán mucho tiempo en la tierra que vas a poseer después de cruzar el Jordán.
Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel. Porque de ello depende tu vida y tu larga permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob.

Salmo 1,1-2.3.4.6.

¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!

El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

Evangelio según San Lucas 9,22-25.

Jesús dijo a sus discípulos:
“El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”.
Después dijo a todos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?

Comentario por Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301) monja benedictina

El Heraldo, Libro III, (Œuvres spirituelles, Cerf, 1968), trad. sc©evangelizo.org” Que tome su cruz y me siga” Estando enferma, en la cercanía de una fiesta, Gertrudis expresó al Señor el deseo de un alivio para poder celebrarla. Sin embargo, se sometía sin reservas a su entera voluntad. El Señor le dio esta respuesta: “Expresando tu deseo y sobre todo remitiéndote a mi voluntad, es cómo si me condujeras a un jardín de delicias, con canteros floridos y acogedores. Pero debes saber que si escucho tu deseo, para que puedas participar en la celebración, sería cómo si yo te siguiera al cantero de tu elección. Si al contrario, no te escucho y perseveras en la paciencia, es cómo si me siguieras al cantero de mi elección. En el estado de deseo en medio del sufrimiento, encuentro más reconocimiento hacia mí que en el de una piedad cumplida.

Extraído de https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

Jesús rompe todos los esquemas

La lectura de hoy parece contradecir el carácter de Jesús siempre compasivo, atento y amable a los reclamos de las personas más vulnerables tanto en sus necesidades físicas como en las heridas psicoafectivas que la vida de pecado ha dejado en sus corazones. En el caso que nos ocupa hoy sucede lo contrario, es como si Jesús quisiera desentenderse de aquella mujer que no forma parte del pueblo destinado en un primer momento (el pueblo judío) a conocer la intimidad de Dios y los designios para entrar a gozar de su Reino. Pero si observamos atentamente a la lectura de hoy y a la vida de Jesús, nos daremos cuenta de que no es así, en primer lugar, este modo de actuar de Jesús sugiere, que lo que deseaba transmitir al resto de los allí presentes es que siendo ellos los llamados en primer lugar a conocer las buenas noticias que el traía para salvar sus vidas, no debían desaprovechar esa oportunidad ahora que el mismo Dios estaba presente ante sus ojos, era por tanto el momento idóneo, como reza el proverbio, de subirse al carro. Y, en segundo término, no era desprecio hacia la mujer, porque esta no era indiferente para Jesús, si lo hubiese sido, hubiera pasado de largo sin más, sin haber entablado una conversación con esta, como hacia con todos aquellos que le salían al paso, pobres, ricos, leprosos, posesos, ladrones, mujeres de mala vida, y un largo etc. El modo de actuar de Jesús no es el de dejarse llevar por los prejuicios, como en nuestra época, que tenemos muy bien interiorizado aquello de que al enemigo ni agua, y de este modo en lugar de conocer la interioridad y las razones de los otros, de los que piensan diferentes a mí, pasamos de largo de ellos, cuando no los criticamos duramente y levantamos un muro infranqueable, donde deberíamos haber tendido un puente, para desactivar todas las guerras.

De este modo Jesús entabla una conversación con una mujer que para los de su mismo pueblo es considerada -por su paganismo y etnia- como un perrito, inmerecedora de cualquier favor. Pero, es más, con esta oportunidad que Jesús le ofrece de alegar en su favor, para escudriñar su corazón y lo que le aflige, esta mujer, mostrando una fe y humildad inconmensurable obra el milagro que anhelaba por manos de Jesús, y de este modo adelanta y se coloca por encima de los allí presentes y de los destinados a conocer, en primer lugar, las primicias del Reino de Dios que Jesús vino atraerles.

Así pues, este Evangelio nos deja la enseñanza de aquello que mueve el corazón de Dios, por encima de todo: no es la pertenencia a un pueblo, a una clase, a una religión, a una práctica, etc., lo que lo activa es la fe y la humildad de todas las personas que temen a Dios y se reconocen nada ante su poder, señorío, majestad, gloria e infinita misericordia. Bien claro de que esto es así, lo vemos en otro pasaje bíblico (Marcos 6, 1-6)  Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.

La Cruz signo de contratación

Será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.
En el evangelio de hoy S. Lucas, nos describe lo que está pasando hoy, y ha pasado desde que el cristianismo echó a andar por el siglo I, salvo algunos periodos de la historia, y no es otra cosa que la cruz y el que está clavado en ella, es signo de contradicción para muchos. Hoy como antaño miles de personas mueren en África y otros continentes a causa de su fe en Cristo, pero resulta no menos alarmante y contradictorio, que esta persecución vuelve a occidente, a países que se consideran “democráticos” y “tolerantes” persiguiendo la libertad de expresión, censurando redes sociales, imponiendo multas y hasta pena de cárcel en algunos países para aquellos que no comulguen con las tesis de lo correctamente político, quemando iglesias como en Chile y en Francia, asesinando a cientos de sacerdotes en México, asaltando iglesias en Argentina y vilipendiado y atentando contra la integridad física de los que las defienden, quitando crucifijos en España no solo de los colegios sino de la vía pública, y llevando a juicio a obispos por prestar apoyo y acompañamiento a personas que voluntariamente querían abandonar un modo de vida con el que no estaban agusto.
¿Y todo esto para qué? Hoy lo dice bien claro el evangelio: PARA QUE SE MANIFIESTEN LOS PENSAMIENTOS ÍNTIMOS DE MUCHOS, es decir, el fanatismo, el resentimiento, la intolerancia, la decadencia moral, el odio, la venganza, el libertinaje y la tiranía del que ejerce el poder.

Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”.
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

La discordias surgen de ver fuera, lo que no nos atrevemos a mirar dentro.

Las lecturas de hoy vuelven a ser más actuales que nunca. En un mundo en el que se siembra la división en todos los ámbitos donde el hombre se desenvuelve en el día a día, San Pablo, en la primera lectura, nos invita a la unidad y a trabajar, ante todo, por la salvación personal (trabajen nos dice: con temblor y temor por su salvación). Nosotros en cambio parece que hemos olvidado lo uno y lo otro: antes de haber rendido ante Dios, todos nuestros apegos materiales, vínculos afectivos, y apego a nuestra propia imagen y deseos irrefrenables de brillar, nos hemos constituimos en salvadores del mundo y de los demás, cuando la Palabra de Dios no nos toca -en muchas ocasiones- ni de perfil; es decir, lo de la paja en el ojo ajeno y no la biga en el nuestro. Ahora más que nunca utilizamos la plaza pública (en nuestro tiempo, las redes sociales) no ya sólo para murmurar, sino que juzgamos como si fuésemos Dios a los otros (sus intenciones), quitándoles la fama y sembrando un odio que nos divide y crea una sima de separación cada vez mayor para la paz y el entendimiento. Santa Teresita del Niño Jesús, en su comentario de hoy a las lecturas, nos da las claves para adentrarnos en nuestra salvación y por ende no estar en la batalla de la razón personal, de la división (yo sé más que tú, yo soy mejor que tú, yo me entrego más que tú, etc.), y estas son las siguientes: 1_ alejarse de todo lo que brilla (de lo que me dé notoriedad), 2_ amar nuestra pequeñez, como vemos Santa Teresita vas más allá de los consejos psicológicos, no habla de aceptarnos y no envidiar lo ajeno, ella nos habla de amar nuestra pobreza (cuanto más pequeño soy, más brilla mi Dios y más agradecido estoy por haberme elegido y atraído con tanto amor hacia Él, sin tener nada que ofrecerle), bueno una solo cosa sí que nos recomienda ofrecerle a Dios y es nuestra 3_ confianza plena en Él, y por último nos dice: deseemos no sentir nada, es decir aceptar lo que Dios quiera darnos en cada momento para nuestro crecimiento espiritual; si es gozo en el espíritu ¡alabado sea Dios!, si es sequedad y aridez espiritual ¡alabado sea igualmente Dios! Posiblemente, en este último caso, nos esté alejando de creernos merecedores de algo, y a su vez de endiosarnos a nosotros mismos.     

Carta de San Pablo a los Filipenses 2,12-18.

Queridos míos, ustedes que siempre me han obedecido, trabajen por su salvación con temor y temblor, no solamente cuando estoy entre ustedes, sino mucho más ahora que estoy ausente.
Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor.
Procedan en todo sin murmuraciones ni discusiones:
así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo,
mostrándole la Palabra de Vida. De esa manera, el Día de Cristo yo podré gloriarme de no haber trabajado ni sufrido en vano.
Y aunque mi sangre debiera derramarse como libación sobre el sacrificio y la ofrenda sagrada, que es la fe de ustedes, yo me siento dichoso y comparto su alegría.
También ustedes siéntanse dichosos y alégrense conmigo.

Salmo 27(26),1.4.13-14.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?

Una sola cosa he pedido al Señor,
y esto es lo que quiero:
vivir en la Casa del Señor
todos los días de mi vida,
para gozar de la dulzura del Señor
y contemplar su Templo.

Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor.

Evangelio según San Lucas 14,25-33.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.”Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

carmelita descalza, doctora de la IglesiaCarta 197, del 17-09-1896

«El que de entre vosotros no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo mío»

Querida hermana: ¿Cómo puedes preguntarme si puedes tú amar a Dios como le amo yo…?  Mis deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi corazón. A decir verdad, son las riquezas espirituales las que hacen injusto al hombre cuando se apoya en ellas con complacencia, creyendo que son algo grande… Yo sé muy bien que.. lo que le agrada a Dios en mi pobre alma es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… Este es mi único tesoro. Hermana querida…, comprende que para amar a Jesús…, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de este Amor consumidor y transformante… Con el solo deseo de ser víctima ya basta; pero es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas, y eso es precisamente lo difícil, pues «al verdadero pobre de espíritu ¿quién lo encontrará? Hay que buscarle muy lejos», dijo el salmista… No dijo que hay que buscarlo entre las almas grandes, sino «muy lejos», es decir, en la bajeza, en la nada… Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces seremos pobres de espíritu y Jesús irá a buscarnos, por lejos que nos encontremos, y nos transformará en llamas de amor… ¡Ay, cómo quisiera hacerte comprender lo que yo siento…! La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor… El temor ¿no conduce a la justicia…? Ya que sabemos el camino, corramos juntas. Sí, siento que Jesús quiere concedernos las mismas gracias a las dos, que quiere darnos gratuitamente su cielo.

Textos bíblicos y comentarios de Santa Teresita del Niño Jesús, tomados de: https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

¿Quíen es nuestro enemigo?

La Palabra

San Pablo tenía claro quién es nuestro enemigo, y parece, como nos muestra hoy en una de sus cartas, que el verdadero enemigo no son las personas, estas pasan en nuestras vidas como los árboles que contemplamos subidos a un tren, al igual que los gobiernos; más bien son usadas por el verdadero enemigo del hombre, para intimidarnos o separarnos del camino de Dios.

Este enemigo, como nos describe el apóstol, tiene que ver con los principados, potestades, espíritus del mal -de las tinieblas- que habitan en el espacio: es decir con lo que nosotros en la iglesia católica conocemos como los ángeles que se rebelaron contra la soberanía de Dios, el creador de ellos mismos y de todo cuanto existe.

Las personas que nos hacen daño, lo hacen -por lo general- buscando sus propio interés, sin tener en cuenta otras consideraciones, los espíritus que están en el aire, tienen una estrategia y una meta más alta, que es combatir la soberanía de Dios y su Reinado sobre la vida del hombre, no solo con la vista puesta en este mundo material, sino para la Vida Eterna; es decir separarnos definitivamente de nuestro creador, que nos hizo para el amor, la justicia, y para una vida plena, como la que tuvimos anteriormente antes del pecado del hombre.

La estrategia de este enemigo, como sabemos por otros pasajes bíblicos, es muy sutil, se disfraza de ángel de luz (el mal nos lo presenta con aspecto de bien) y aprovecha cualquier malestar físico, emocional, nuestra debilidades carnales e incluso a las personas, como ya dije, para obrar en nuestras mentes y llevarnos a la depresión, al miedo, a los complejos, a aislarnos de los demás, y lo peor de todo, a actuar en contra del mandato del amor que Jesús nos enseña: amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.

La estrategia mayor de todas, en los últimos años, ha sido hacernos creer incluso que no existe, para así actuar a sus anchas. Pero como nos muestra el Evangelio de hoy, en palabras del mismo Jesús, éste separa muy bien, entre expulsar demonios y realizar curaciones. Hoy el demonio anda agazapado, sin dar muchas señales de su existencia, sin revelarse, porque tiene muy pocos enemigos, hombres que vivan en el Espíritu de Dios, y que la oración y el ayuno, para ellos, sea el motor de sus vidas.

La estrategia para combatir a este enemigo invisible, que no se deja ver ni tan siquiera en laboratorios, también nos la presenta el Apóstol Pablo, para que nada quede al azar, y las mismas son: la verdad (para los creyentes, la verdad es Jesús), la Justicia (la rectitud moral en nuestras relaciones con los demás, con nosotros mismos y con Dios), el escudo de la fe (no dudar de la palabra de Dios y sus promesas), la salvación (la esperanza en que lo material no es todo, que vivir conforme a Dios, tiene su recompensa, ya aquí en la tierra, pero sobretodo en la Eternidad) y para combatir a este enemigo de rostro amable, benevolente y transigente con nuestras debilidades, sobre todo, la Espada del Espíritu, que como dice S. Pablo es la Palabra de Dios (si desconocemos las Escrituras, estamos al albur de las personas o los medios que el Diablo utilice para sus fines).

Luego el Apóstol nos da otras recomendaciones, que nunca debemos olvidar para mayor gloria de Dios, entre otras, la de interceder unos por otros, y la de propagar el Evangelio.

Carta de San Pablo a los Efesios 6,10-20.

Hermanos, fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder.
Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio.
Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.
Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos.
Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza.
Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz.
Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno.
Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos,
y también por mí, a fin de que encuentre palabras adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio,
del cual yo soy embajador en medio de mis cadenas. ¡Así podré hablar libremente de él, como debo hacerlo!
Salmo 144(143),1.2.9-10.
Bendito sea el Señor, mi Roca,
el que adiestra mis brazos para el combate
y mis manos para la lucha.
El es mi bienhechor y mi fortaleza,
mi baluarte y mi libertador;
él es el escudo con que me resguardo,
y el que somete los pueblos a mis pies.

Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo
y tocar para ti con el arpa de diez cuerdas,

porque tú das la victoria a los reyes
y libras a David, tu servidor.
Evangelio según San Lucas 13,31-35.
En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: “Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte”.
El les respondió: “Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado.
Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!
Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Comentario: Juliana de Norwich (1342-después de 1416) reclusa inglesa
Revelaciones del amor divino, cap. 31
«Cuántas veces quise reunir a tus hijos»

La sed espiritual de Cristo tendrá final. He aquí su sed: su deseo intenso de amor hacia nosotros, que durará hasta el juicio final. Ya que los elegidos, que serán la alegría y la felicidad de Jesús durante toda la Eternidad, están aún en parte aquí abajo, y, después de nosotros, habrá otros hasta el último día. Su sed ardiente es poseernos a todos en Él, para su gran felicidad – por lo menos, esto es lo que me parece a mí… En tanto que Dios, es la felicidad perfecta, bienaventuranza infinita que no puede ser aumentada ni disminuida… Pero la fe nos enseña que, por su humanidad, quiso sufrir la Pasión, sufrir todo tipo de dolores y morir por amor a nosotros y para nuestra felicidad eterna… En tanto que es nuestra Cabeza, Cristo está consagrado y no puede seguir sufriendo; pero, puesto que es también el cuerpo que une a todos sus miembros (Ef. 1,23), no está todavía completamente glorioso e impasible. Por eso, siente siempre este deseo y esta sed que sentía de Cruz (Jn 19,28) y que me parece, estaban en él desde toda la Eternidad. Y así se puede decir ahora y se dirá, hasta que la última alma salvada, haya entrado en esta Bienaventuranza. Sí, tan cierto es que hay en Dios misericordia y piedad, como que hay en Él esa sed y ese deseo. En virtud de este deseo, que está en Cristo, nosotros también lo deseamos: sin esto ninguna alma llega al cielo. Este deseo y sed proceden, me parece, de la infinita bondad de Dios, y su misericordia…; y esta sed persistirá en él, mientras estemos en la indigencia, atrayéndonos a su Bienaventuranza.

Los tiempos no pintan y los testigos claudican


Hoy el evangelio y su comentarista, San John Henry Newman, nos invitan a estar preparados, como el buen empleado fiel, para que nuestra alma esté preparada para el regreso de nuestro Señor Jesucristo, pues él mismo prometió su regreso. Los tiempos no pintan bien, y por lo mismo nos avisó Jesús de que estuviésemos atentos a los signos de cada época. Y en nuestro tiempo, estos signos nos muestran, entre muchos otros, que la gente no quiere estar sujeta a nada, y ellas mismas determinan lo bueno y lo malo, según los deseos de sus pasiones y su propia concepción del mundo. No se puede buscar la paz, la prosperidad, al margen de Dios porque él hombre nada entre los intereses personales y afectivos y su propia limitación cognitiva. Es por ello que las Escrituras nos pone en guardia con estas palabras: la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues escrito está: Él es EL QUE PRENDE A LOS SABIOS EN SU propia ASTUCIA.

Estemos preparados con la llama encendida del arrepentimiento, el perdón, la misericordia, la justicia,  la verdad (Jesús) y del amor, de aquel amor que no juzga, ni lleva cuenta el mal recibido, del amor que pone su confianza en Dios, porque de cualquier manera no sabemos ni el día ni hora: o bien de la vuelta de Jesús o de nuestra muerte temporal.
Por otro lado, en este mismo evangelio Jesús nos dice: Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Dios con este ejemplo nos da a entender que si somos fieles a su Palabra nos hará administradores de todos sus bienes. ¿No es impresionante? !administradores de todos los bienes de Dios… Uauu¡ Es el momento de pedir fe al Señor para creernos esto, tal y como creyeron los santos.

Dios es grande y poderoso, ¡Alabado y glorificado sea por siempre! Nos quemaran las iglesias pero no el espíritu, Dios lo hizo en su infinita sabiduría inmaterial y eterno (incombustible). ( Evangelio del día 21/10/2020

Evangelio según San Lucas 12,39-48.

Jesús dijo a sus discípulos: “Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.
Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.
Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”.
El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?
¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo!
Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.
Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse,
su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.
Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.”Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San John Henry Newman (1801-1890)

teólogo, fundador del Oratorio en InglaterraPPS, t. 4, Nº 22

“Estad preparados.”

Nuestro Señor nos ha hecho esta advertencia en el momento en que estaba a punto de dejar este mundo, por lo menos de dejarlo visiblemente. Preveía los cientos de años que podían transcurrir antes de su retorno. El conocía su propio destino, el del Padre; dejar gradualmente este mundo y su propio curso, retirando poco a poco las prendas de su presencia misericordiosa. Preveía el olvido en que caería, incluso entre sus discípulos…Preveía el estado del mundo y de la Iglesia tal como los vemos hoy, donde su ausencia prolongada ha hecho creer que ya no volvería nunca más… Hoy, nos susurra al oído con gran misericordia que no nos fiemos de aquello que vemos, que no participemos en la incredulidad general, que no nos dejemos arrastrar por el mundo, sino de “velar y orar en todo tiempo” (Lc 21,36) y de esperar su venida. Este aviso misericordioso tendría que estar siempre en nuestro corazón por ser tan necesario, solemne y urgente. Nuestro Señor había anunciado su primera venida; y sin embargo, fue una sorpresa cuando apareció. Volverá de modo más imprevisto aun en su segunda venida, sorprenderá a los hombres, pues no ha dicho nada sobre el espacio de tiempo que media antes de su vuelta y nos encomienda la vigilancia y la guarda de la fe y del amor. .. No debemos sólo creer sino velar; no sólo amar sino velar; no sólo obedecer sino velar. Velar ¿porqué? Por el gran acontecimiento de la venida de Cristo. Nos parece un deber particular esta invitación a velar, no sólo creer, temer, amar y obedecer, sino también velar; velar por Cristo, velar con Cristo.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

La mejor palabra, en ocasiones, es la que se calla

Tus palabras pueden ser mi tumba o el trampolín para mis logros, no seas impulsivo a la hora de pronunciarte para acusarme, especialmente con aquella persona que te tiene idealizado. ¿Quiénes son estas personas idealizadas para los niños? en primer lugar los padres, después hermanos mayores, seguidos de tutores y profesores.

Si de algo te debes cuidar y proteger, es de tu lengua.

Tiene tus cabellos contados ¿lo sabías?

Evangelio de hoy.

Nuestra vida no está en manos del azar, ni del destino, ni en nuestros cálculos y previsiones, ni siquiera en manos de nuestros enemigos o incluso de Satanás, que como sabemos por el libro de Job, Dios dijo a Satanás: <<Pero a mi siervo Job, no lo toques>> Dios deja al hombre a su libre albedrío, pero tiene un destino y un tiempo para aquellos que le aman. <<Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros>>. Sigue el link del día 16/10/2020.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel?fbclid=IwAR2bOAWKdIfdK1NHf0uwGTUceKYw_cbe9u69CdkINL-BgqtVp55ll-xMrSQ

Se me olvidaba, tampoco la Covd 19, que solamente podrá tocarnos si está en sus planes, en los planes de Dios, o Él lo permite.