Anoche no tuve un sueño, tuve un regaló, la Palabra.

Este es mi hijo amado

Anoche, leyendo en el libro Conversión Permanente, del Padre Ignacio Larrañaga, editado para los guías de Talleres de Oración y Vida, se me invitaba al examen de conciencia y a la autocrítica. Creo que el evangelio de hoy invita a lo mismo, a revisar nuestra conciencia y a ver donde estamos parado -sin avanzar- a causa del autoengaño o las justificaciones, que, a fin de cuentas, es lo mismo.

Así es, muchas veces intento sustituir la voluntad de Dios, por mi propia voluntad; muchas veces caigo en la tiranía de mis pasiones y pereza espiritual, para sustituirla por ritos, rezos, misas, confesiones, rosarios, ayunos, hiperactividad, etc. Y no es que todo esto sea malo, al contrario, por medio de los sacramentos hallamos el camino de la gracia …y si no fuese por ellos, seguramente, hace ya mucho tiempo que hubiese desistido del Camino de la Salvación, del camino de la Vida.

El problema estriba cuando convertimos todas estas prácticas en rutinarias, en prácticas farisaicas sin buscar la santificación personal por medio de ellas. No se trata, como ya he dicho en otras ocasiones, de estar a buenas con Dios: como si a Dios se le pudiese comprar, al estilo humano, con dádivas externas vacías de contenido; en este caso de corazón, de alma. Pobres de nosotros… la medida de Dios es infinita y su voluntad perfecta, ni por mil vidas que viviésemos se puede comprar o sustituir su voluntad sobre nosotros, con una vida de prácticas religiosas o buenas acciones si, anteriormente, no buscamos la santificación personal, profundizando en el contenido de esas mismas prácticas y tratando, por otro lado, de establecer un trato intimo con Dios –un trato, profundo, pausado, dialogado, reflexivo, interiorizado, entregado, rendido, confiado a su voluntad– a través de su Palabra y de la oración.

De cualquier modo, hemos de tener en cuenta, que una cosa es estar de acuerdo con lo anteriormente expuesto -inteligible, pienso, para casi todo el mundo- y otra, como solemos decir popularmente, ponerse manos a la obra. No podemos conocer a Dios, si anteriormente no nos detenemos, en seco y con tiempo, a meditar cada día en las Escrituras (no vale el que otro lo haga por ti, ya que la palabra toca el corazón de cada persona de un modo diferente, pues como sabemos, por propia experiencia, la misma es viva y eficaz), y no podemos, por lo mismo, amar a Aquel que no conocemos.

Lo ya comentado, llevarlo a término, no es difícil ni imposible si comparamos el tiempo que dedicamos al móvil o al ocio, con el tiempo que dedicamos a nuestra salvación; es decir, a lo más grande y definitivo que nos puede suceder en esta vida terrenal, y en la futura junto a Dios. Si fuésemos lo suficientemente conscientes de esto, haríamos de nuestras vidas una oración constante, una busqueda permanente de la presencia de Dios.

Oración: Hoy Señor siento un gozo inefable, me gustaría traspasar el corazón de cada ser humano para que entendiese el amor con que tú nos miras (del polvo y la nada me hiciste; del polvo y la nada viniste, y vienes a rescatarnos, con nuestro permiso), la esperanza que has puesto en cada uno de nosotros, la estela que vas marcando para que, ninguno se pierda ¿Cómo vas a olvidarnos, como no vas a intentar rescatarnos, una y mil veces, si nos has comprado a precio de sangre, de la Tuya: a precio de herida, de humillación, de desprecio?

¡Despierta hermano…! el mundo nos tiene sumido en una quimera; engañados con deseos imprescindibles, con vienes igualmente irrenunciables, con ideales inviables porque no tienen en cuenta la naturaleza caída del hombre y a Aquel que lo puede liberar de su propia naturaleza; en definitiva, con cadenas y Dioses falsos que coartan nuestra libertad, para ser la mejor versión que Dios ideó para cada uno de nosotros. Hombres que viven para amar y dan la vida por el amor primero, único y verdadero que es Jesucristo. Hombres que, por la acción del Espíritu Santo en sus vidas, llegan ellos mismos a transformarse en amor, en pan, a semejanza de su maestro, el Mesías, el Salvador.

Enlace al Evangelio de hoy  12-02-2019

P. CH.

Directo al corazón, la gravedad de mentir

Repasando algunas de mis entradas

mentira Ex 23, 7: Aléjate de la mentira. No harás morir al inocente ni al justo, porque yo no perdonaré al culpable.
Proverbios 12, 22: Los labios mentirosos son abominables para el Señor, pero los que practican la verdad gozan de su favor.
1 Juan 2:3-4; Si alguien dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.
Mentir es uno de los pecados más graves, a los ojos de Dios, como se nos dice en proverbios (de facto entra en uno de los mandamientos del decálogo dado por Dios a Moisés). Y debe ser así porque a diferencia de otros pecados, que se quedan en uno mismo -aunque todos afectan al cuerpo místico de Cristo- este pecado, en concreto, no solo afecta a la persona que miente, porque pierde credibilidad, sino que atenta contra la buena fe de su interlocutor y por consiguiente a su inocencia. En ocasiones la mentira o la persona mentirosa daña no solo a un individuo (que no es poco, porque por mentir se ha llegado a acabar con el equilibrio emocional de muchas personas) según el cargo que ocupe. Así sucede, cuanto el mentiroso es un político, un eclesiástico, un profesor, un policía, un pastor, etc., ya que no sólo se representa a sí mismo, sino a la institución o al grupo al que sirve o en el que trabaja; si se trata de un eclesiástico o un pastor es aún más grave, porque no sólo representa a una institución como la Iglesia, sino a Dios mismo. No pocas personas dejan de confiar en las instituciones cuando algunos de sus cargos más relevantes mienten una y otra vez, o sus soflamas no están en consonancia con su modo de vida. Y no solo eso, sino lo que arrastra parejo a ello, en cuanto que la persona defraudada, si carece de fuertes convicciones (las cuales solo pueden sostenerse cuando tenemos un sentido trascendente de la vida), termina imitando la conducta del mentiroso y, por ende, afectando este individuo, del mismo modo, al conjunto de personas con las que interactúa en su cotidianidad, es decir, sembrando la desconfianza de todos contra todos. Esto se observa, especialmente, en los países desarrollados cuando adviertes en las facciones de las gentes con las que te cruzas en las calles, que su mirada esta rígida y su rostro tenso; eso siempre y cuando no vayan absortos en sus pensamientos. Hoy no solo se miente, sino que hemos llegado a una degradación moral tal, que se aplaude la mentira y al mentiroso con un eufemismo que tiene el nombre de posverdad. De este modo, ya no interesa para nada la verdad, ni la realidad, ni la ciencia, ni la historia, ni la tradición, ni el bienestar del pueblo, ni la ley, sino alcanzar mis metas personales, qué en unas ocasiones las identifico con las de un grupo para que mi conciencia no me reprenda, y en otras con un culpable, igualmente, huyendo del remordimiento. Por este camino, pues, volvemos a las andadas y al fariseismo, a buscar un chivo expiatorio, para salirme del camino de la Vida, el camino señalado por Jesucristo, hijo de Dios, Verdad encarnada del Padre en palabras y en obras.

Pedro Chaves Rico

 

JESÚS SÍ, IGLESIA NO

san_pedro_cabeza_de_la_iglesia¿Porqué decimos Cristo Iglesia no o, por otro lado, es más importante obedecer a Jesús que a la Iglesia, si ambos no se contraponen, ni están en litigio, sino que buscan y persiguen el mismo fin y les asiste el mismo Espíritu? Hay varias razones que motivan a tomar esta posición: en lo que se refiere a Cristo, porque hemos fabricado en el pensamiento un Dios que se acomoda a mi ideología y a mis intereses personales, un Cristo subordinado a mi concepción de Dios, del mundo o a mi forma de vivir. En cuanto al rechazo hacia la Iglesia se debe unas veces a los escándalos que provocan algunos de sus miembros, otras porque estorba a los intereses de poder de los políticos (la iglesia en su labor profética incomoda); y por último a la mala imagen que de ella presentan novelistas y periodistas con diversos fines, normalmente ideológicos y económicos: el morbo vende. En cuanto a los escándalos habría que decir que algunas personas se han infiltrado en la Iglesia para tener una tapadera, debido a su buena imagen, donde encubrir sus debilidades, y otros en cambio, no siendo malo esto que voy a subrayar, un lugar donde buscar refugio para aliviar su soledad, su angustia, o el milagro para sanar de su enfermedad. En definitiva, muchos nos hemos aproximado a Jesús y a su Iglesia de forma interesada, algo que forma parte de la condición humana, lo malo es cuando nos quedamos estancados ahí, y después de conocer a Jesús, por medio de la Iglesia, no optamos por el cambio y renovación de vida que nos pide y nos ofrece Jesucristo a través de su palabra y de su esposa, que es la Iglesia.

Ahora bien, yo me pregunto ¿porque decimos Jesús sí iglesia no, cuando el mensaje de Jesús y el de la Biblia (si aún creemos que esta es Palabra de Dios) es, si cabe, más radical que el de la misma Iglesia, la cual como bien sabemos su única misión es ayudar a vivir el evangelio de Cristo en comunidad, a conservar la tradición de los apóstoles y de la iglesia primitiva y, por último a fijar la doctrina aclarando las Escrituras cuando estas se mal interpreten intencionadamente o no? Con un poco de lógica, no es difícil de adivinar, Jesús no está ahora entre nosotros, se ha ido junto al Padre Eterno para que la Salvación y el Reino que él nos trajo (paz, amor, justicia, verdad y vida), mediante su Palabra y su sacrificio en la cruz, sea parte también del proyecto del hombre, no como una imposición de Dios, sino como una tarea a realizar y una conquista de cada individuo (asistido por el Espíritu Santo) que se adhiere, libremente, al proyecto de Dios que culminará en la Eternidad en toda su plenitud. Como decía san Agustín: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti; es decir, en contra de tu voluntad. Pero como Jesús se ha ido y hace las cosas, por lo general, de modo natural -contando con el hombre y respetando su libre albedrío (no a lo Harry Potter)- va a respetar esa libertad que nos ha dado, para que hagamos incluso, muy a su pesar, un uso sesgado, partidista e interesado (muchas veces mediante el auto-engaño) de su Palabra. Muy al contrario, de lo ya comentado, es lo que sucede con la Iglesia, que al acompañarnos en nuestro devenir cotidiano a lo largo de los siglos, puede -porque así se le ha conferido- sentar doctrina y llamarnos a obediencia. Por tanto, Dios se vale del mismo orden natural del mundo y de las reglas de los hombres, para que no erremos en el camino que nos conduce a la Plenitud de Vida que nos propone. De este modo queda claro, porqué decimos la Iglesia no o la Iglesia en parte, mientras que aprobamos a Jesús siempre: porque a Jesucristo “lo puedo manejar a mi antojo” interpretando las escrituras a conveniencia. Lo que yo veo aquí es falta de fe o ignorancia; puesto que si bien Jesús no va a aparecer para amonestarte en persona, si que habrá un Juicio particular y con consecuencias, atendiendo a la misma palabra de Dios, después de la muerte.

Pero este poder que tiene la iglesia de discernir, corregir, rectificar, fundamentar, disciplinar y apartar, estaría fuera de lugar si se lo hubiese dado ella así misma, que no es el caso. Es un poder que le ha dado Jesucristo a Pedro como fundamento y a sus apóstoles; el cual, además se ha ido transfiriendo de generación en generación, en la historia de la iglesia, hasta nuestros días a sus sucesores. En las escrituras se pone de manifiesto en varias ocasiones lo ya comentado, en una de ellas Jesús delega en Pedro su misma autoridad diciéndole: (Mateo 16, 18-19) Ahora yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Jesús no delega condicionalmente, y además lo hace con solemnidad y énfasis, colocándose a sí mismo en primera persona (Ahora yo te digo).

Por otro lado, sabemos, también por las Escrituras, que la Iglesia es presentada en varios pasajes como la Esposa del Cordero, es decir la Esposa de Jesús, ¿y que nos dice S. Pablo de esta esposa en Efesios (5, 31-32) comparándola a un matrimonio? «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; más yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia». Si forman un solo cuerpo ¿cómo podemos nosotros, pobres mortales, dividir ese cuerpo y otorgar más crédito a uno que a otro, si es el mismo Jesús, quien la guía, la purifica, la alimenta, y ha delegado en ella su misma autoridad?

Para hacer más énfasis en lo que acabo de decir y con mucha más documentación les dejo a continuación el siguiente enlace, donde se pone de relieve el celo de la Iglesia por el rebaño de Cristo, personificado en la persona del padre Luis Toro, nombrado por el Papa Francisco Apóstol de la Misericordia. El celo no solo por el rebaño en general, sino por cada persona en particular, como aquí manifiesta el padre ante un joven mormón, con mucho dolor de su parte, para que no se pierda en el engaño de una secta sin fundamento y en la trampa de la individualidad de los sentimientos personales (el suicidio también es un sentimiento). El video no tiene desperdicio de principio a fin, dura tres horas, por eso te recomiendo, o bien que te tomes tu tiempo, o que lo veas por etapas. En él se ve una demostración, más, de como las puertas del Infierno no prevalecerán sobre la Iglesia, la iglesia católica, la única fundada por Cristo.

La Iglesia Catolica recoje de algún modo este mandato de Jesús en los numeros 112 y 113 del Catecismo, confirmar en el siguient enlace cf: https://w2.vatican.va/content/dam/wss/archive/catechism_sp/p1s1c2a3_sp.html

Felicitación navideña para todos mis seguidores, Dios los bendiga.

Preciosa canción muy bien interpretada

¡Tarde me hallé, tarde te encontré, Señor¡

La PalabraSan Agustín de hipona lo dice de otra manera, con una experiencia mucho más real y viva de Dios que yo: Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva…

Como a Dios no se le puede engañar, y si uno lo hace con los hombres, a quienes nos engañamos es, ante todo, a nosotros mismos; porque la verdad siempre termina por abrirse paso. Tengo que decir, que tarde empecé a conocer a Dios, porque a mar, lo que se dice amar a Dios, es una palabra que, hoy por hoy, aún me queda demasiado grande. Alguno se extrañará de que diga esto, porque todo el que me conoce sabe que Dios, de un modo u otro, siempre estuvo en mi pensamiento. Pues bien, no se equivocan, porque realmente es cierto; sin embargo, una cosa es tener a Dios en el pensamiento y otra muy distinta, ser un verdadero discípulo de Jesús y, sobre todo, amarlo. Pienso que un discípulo que decide seguir a su maestro o guía, si lo hace, es porque cree que le puede ayudar a alcanzar el objetivo que busca. El discípulo, para serlo, antes que plantearse amar a su maestro (en el buen sentido del término, entiéndaseme) lo que procura con denuedo, además de aprender las lecciones teóricas, es obedecer en todo a su gurú e imitarlo para alcanzar cuanto antes las metas anheladas, que suelen coincidir con la misma perfección del maestro. Lo de la empatía y el cariño vendrá después, si tiene que venir, caso de que haya una relación de complicidad.

Más adelante se comprenderá porqué he escrito el preámbulo anterior. Ahora, Dios mediante, voy a contar algo que durante la oración me quitaba el sosiego esta tarde: pues bien, estaba yo cavilando sobre lo siguiente, sobre que fuerza mayor había estado afectando mi vida para que hubiese tenido que afrontar tantas y tantas adversidades como me han ido llegando a través de los años (ya sé que cada uno tiene las suyas, pero a mí, como es natural, me duelen las mías) y porqué aún, a día de hoy, sigo con tantas incertidumbres en mi vida de cristiano.

Al igual que en otras ocasiones fui a indagar en la Biblia, para ver si el Espíritu Santo tenía a bien aclararme dicha situación, eligiendo una página al azar en la misma; sin embargo, está vez, a diferencia de otras, no hubo respuesta ya que me la tenía reservada para más adelante. Así sucedió, horas más tardes, cuando me dirigí a leer la lectura de la Palabra del día; allí el Señor me abrió los ojos para rebelarme a qué se debía que mi trayectoria por la vida, sobre todo en algunas etapas (bastantes prolongadas, por cierto), hubiese sido cuasi de pesadilla. La Palabra de Dios, hablándome en positivo, porque no enumeraba mis pecados sino lo que había dejado de hacer bien, me estaba poniendo de manifiesto, lo que ya comentaba al principio de este artículo, que había sido un mal discípulo, un discípulo indisciplinado; un discípulo que había seguido mi propio consejo o, cuando menos, el consejo de mi Maestro a medias. En esa lectura se hallaba el quid para que, aún en el presente, no desaparezcan de todo mis miedos y complejos, a pesar de haber dado un salto cualitativo en el seguimiento de Jesús.

La lectura que corrió el velo de mi desinteligencia y desasosiego, la que ha dado argumento para este artículo, fue la de Isaías (48,17-19): Esto dice el Señor, tu libertador, el Santo de Israel: «Yo, el Señor, tu Dios, te instruyo por tu bien, te marco el camino a seguir. Si hubieras atendido a mis mandatos, tu bienestar sería como un río, tu justicia como las olas del mar, tu descendencia como la arena, como sus granos, el fruto de tus entrañas; tu nombre no habría sido aniquilado, ni eliminado de mi presencia».

Pd: Sabemos, no obstante, que Jesucristo después de Isaías, por su sangre, selló un nuevo pacto con el hombre, para que retomara en cualquier momento, por la misma obediencia, el camino de la libertad, del amor, de la paz y de la justicia.

Oración: Señor por esta palabra que hoy me das, me comprometo estar más comprometido con tu Palabra para indagar en ella tu voluntad divina, siempre perfecta y eficaz. Deseo amarte como tú mereces Señor aunque lo haga un poco tarde. Y, desde el fondo de mi corazón, ya casi me surgen las palabras de San Agustín, pero aún no me atrevo a pronunciarlas.

Pedro Chaves Rico

Evangelio de hoy -gracias a la constancia salvarán sus vidas-

http://www.rezandovoy.org/reproductor/adulta/110

Esta es una forma nueva y diferente de acceder al evangelio a través de reflexiones en audio, acompañadas de música relajante que te llevarán a meditar la palabra en silencio, con más profundidad y con menos distraciones.

Para acceder al audio pulsa en el enlace que aparece a continuación y seguidamente en la fecha del dia. http://rezandovoy.org/

¿Cómo espero a Jesús?

pastoresHace unos días una amiga, me pedía que escribiese algo sobre el adviento y la navidad, pues bien, voy a intentarlo. Para empezar, diré que no soy muy dado, pese a ser católico, a profundizar en los tiempos litúrgicos que va marcando la iglesia; aunque no por ello dudo de que tengan su importancia para madurar en la fe o como catequesis. Esto se debe, sobre todo, a que el llamado de Jesucristo, en mí, lo entiendo como algo permanente que empieza al levantarme y termina, también, en el lecho con el descanso nocturno. De esta manera, la relación con Dios, no es un apéndice más en las varias tareas o facetas que tengo que desempeñar en el día a día, sino que es mi vida misma; es decir, el sentido de mi vida, el impulso para empezar cada mañana; mi meta, mi esperanza de felicidad eterna; al mismo tiempo, que se convierte en mi trabajo para dar a conocer esta esperanza y este gozo, que es Jesús, a las personas; es el aire que respiro, es mi salud y mi resistencia en la enfermedad. Él está presente en los días aciagos y en los días radiantes; en mis batallas para conocer que espera de mí. Él, también, por medio de su Palabra, es la fuente en la cual descifro su modo de concebir este mundo -que es el suyo- y cómo lo dirige a través del Espíritu Santo.
De lo dicho anteriormente se deprende, que la venida de Jesús la espero a cada instante, mi tarea es tener la tierra (mi alma) siempre removida para que cuando Él quiera plante su semilla y, ésta, de fruto en su momento. Cómo dice S. Pablo (Romanos 9, 16) la cuestión no está en el querer y o el correr (el hacer) mío, porque entonces me apropiaría la obra de redención de Jesús, y la verdad es, que el pecado nos separa y nos aleja tanto de Dios, que tras la caída de nuestros primeros padres, hemos sido redimidos por pura misericordia de Dios, ya que como se nos dice en la mismas Escrituras: La paga del pecado es la muerte (Satanás lo tiene bien claro, a él no se le ha dado una segunda oportunidad como al hombre). Sí hermanos, espero al Señor en este momento y siempre, siendo consciente de que es Jesús, el que se hace el encontradizo y determina el momento de su llegada a mi corazón. María, la virgen, estaba preparada para aceptar la llegada de Jesús a sus entrañas y a su vida, pero no sabía cuando vendría y si sería ella la elegida. Por lo tanto, lo importante de la navidad no es buscar a Jesús, porque es posible que lo busquemos con conceptos erróneos humanos y equivocados, lo importante para recibir a Jesús -que llega siempre- es tener un corazón receptivo; un corazón pobre, humilde, necesitado y obediente. Un corazón de niño, que cada vez que escucha la Palabra de Dios, lo hace no solo con los oídos, sino con los ojos, el semblante, con todo su cuerpo; y, como María, le da vuelta a esa palabra en sus entrañas par descifrar su misterio. El misterio de un Dios, todo poderoso e inconmensurable, que se hace esclavo y siervo de la voluntad del Padre, un Dios que se deja triturar por amor y para dar vida abundante a aquel, que la quiera recibir.

P. Ch.

¿Te consideras una persona digna?

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Que significa para un creyente tener dignidad o ser digno. Parece que el centurión del evangelio que pide a Jesús sanidad para su sirviente, tenía bastante más claro que muchos fariseos -que ponían la dignidad de la persona en el cumplimiento de la ley- que es ser digno delante de Jesús. De algún modo el centurión intuyó -por el poder de sanación de Jesús, por lo que había oído hablar de Él, y por lo que llegó a captar en ese bis a bis que tuvieron de palabras cuando se encontraron- que él, frente a Jesús, era un ser insignificante. El centurión que ostentaba un rango ya de por sí relevante dentro del imperio romano y que, a su vez, velaba por que se cumplieran las leyes romanas dentro de los territorios conquistados, como era Palestina; no vio en Jesús un súbdito, un lacayo al cual ordenar imperativamente o coercitivamente la sanación de su sirviente. Con sus palabras (Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará) el centurión desvela su rico mundo interior, él se da cuenta que su poder terrenal actúa en un plano inferior al poder sobrenatural de Jesús, y por eso mismo se siente pobre e indigno de que tal personaje, Jesús, visite su casa. El centurión que es capaz de hacer “comer tierra” a sus subordinados, se siente nada, ante a aquel personaje que curaba a los enfermos e incluso resucitaba a los muertos.
Pero esta lectura del evangelio, como toda Palabra de Dios, es tan actual hoy como ayer, y muchas veces son los más alejados o los más sencillos, los que dan lecciones de fe y esperanza a los teólogos o a los más entendidos, contaminados por la lectura al entrar en contacto con filosofías y antropologías que no tienen en cuenta a Dios.
Así es y me explico: no en pocas ocasiones he leído o escuchado de articulistss y predicadores dentro de la iglesia, también fuera por supuesto (porque como acabo de decir esto viene por una contaminación de filosofías materialistas y escépticas) de que el hombre pierde su dignidad cuando pierde su trabajo, cuando es explotado, cuando está postrado por una grave enfermedad, cuando es maltratado, cuando no alcanza cierto nivel de renta, etc. Pues bien, frente a este pensamiento ¿alguien podría decir que Jesús perdió su dignidad, cuando fue despreciado por sus parientes y por su pueblo? ¿cuándo fue torturado hasta la extenuación? ¿cuándo tuvo que pagar tributo ante un imperio que tenia sometido a su pueblo? En ningún momento Jesús perdió su dignidad, sino más bien todo lo contrario, ya que la supo mantener, en esos momentos, en los niveles más sublimes que se pueden esperar de cualquier ser humano. Jesús sabia donde residía la dignidad humana, no en circunstancias externas y pasajeras que no depende de la propia persona que la sufre, sino en el interior del hombre. El hombre es Imagen de Dios, y el hombre pierde su dignidad cuando desea conscientemente ocupar el lugar de Dios y decide por sí mismo que hace a un hombre digno o no. ¿Qué persona es la que pierde su dignidad, aquella que se queda sin trabajo (que tiene a Dios por baluarte y defensa) o aquella que despide al trabajador para aumentar la cuenta de resultados a fin de año? ¿Quién es la persona indigna aquel que explota a su prójimo, o aquella que aguanta el chaparrón porque sabe que sus hijos tienen que comer todos los días y a pesar de ello cumple en su trabajo? ¿Quién es la persona indigna, el pobre que está en la calle tirado, o la persona que se dirige al supermercado a llenar el carro de la compra y pasa a su lado con la mayor de las indiferencias?
El hombre pierde su dignidad, cuando pierde la imagen de Dios en él. Qué hacer entonces para no perder la imagen de Dios en nosotros que, como ya hemos dicho, no consiste en algo externo a la persona. Lo que debemos hacer es atender a la revelación, a las Escrituras, allí se nos da a conocer quien es Dios y como actúa Dios en la segunda persona de la Trinidad, para que copiemos su imagen en nosotros, oscurecida por el pecado original. La dignidad reside en la persona cuando, al igual que Jesús, obedecemos al Padre, del cual procede todo menos el pecado, y damos la vida, literalmente, por nuestros hermanos. «Un mandamiento nuevo os doy, dice Jesús, que os améis unos a otros como yo os he amado»; es decir, renunciar a mí mismo, como el grano de trigo que se pudre en tierra para dar fruto y renacer, después, en nueva vida y para dar vida; en el caso del hombre con la misma identidad de Cristo: por eso muchos santos hasta recibieron los estigmas de cristo, e incluso la incorrutibilidad de su cuerpo o parte de él.
     Oración: Señor que no olvidemos nunca que el protagonista de la historia eres tú, y que el hombre, por sus propios medios, olvidando tu imagen y su destino, es lo que es (egoismo)y vuelve a donde lo tomaste antes de darle tu aliento de vida: al polvo de la tierra.
      Y tomando la palabra Jesús, les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.Bienaventurados los mansos , porque ellos posseerán en herencia la tierra.Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

P. Ch.

Cómo salir de la adicción sin autoengaños

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Uno de los principios más importantes que te ayudarán a salir de tu adicción se puede identificar con estas alegorías: quitarse la máscara, dejar el traje, arrancar de raíz, soltar por la borda, enterrar el cadáver.
Me explico: sabemos que todas las adicciones o la mayoría de ellas van ligadas en buena medida a una huida de la realidad, a un trauma, a una carencia afectiva o a una mimetización de un rol familiar.
También es conocido, que hasta los 13 o 14 años son pocas las personas que se han iniciado en el consumo de sustancias adictivas. Lo cual quiere decir, que si hasta los trece o catorce años hemos podido vivir sin ellas y enfrentar muchas contrariedades, pataletas, desencuentros y que, a su vez, hay muchas personas que siguen enfrentando los problemas (la gran mayoría), después de esa edad, sin necesidad de agarrarse a la muleta del alcohol, de las drogas, del juego, y de otras prácticas igualmente adictivas, …del mismo modo también, la persona que deja la adicción podrá afrontar los problemas y vivir la vida con las capacidades naturales que Dios le otorgó, principalmente la inteligencia, además de la familia -pilar fundamental- y los verdaderos amigos que, como todos sabemos, son contados pero que siempre están ahí para apoyarnos. Sin olvidar que la terapia en la mayoría de los casos resulta de gran ayuda, como otros apoyos para el proceso de desintoxicación, especialmente los medicamentos. De este modo pues, si hubo vida antes de ser adicto hay vida después de serlo, la misma, solo que ahora eres dueño y señor para decidir en cada momento lo que te apetece hacer.
En todo ese proceso de dejar las adicciones, por lo general, se da un autoengaño del individuo -unas veces inconscientemente y otras solapadamente- que consiste en dejar la adicción, pero sin radicalidad; es decir, postergar la vuelta a la bebida, al tabaco, al sexo compulsivo, a la cocaína, al juego, etc., etc., hasta el momento en que se recupere lo que las drogas y los malos hábitos le robaron en su día, a unos la familia, a otros la salud, a otros el trabajo, a otros la libertad para dedicarse a tareas más nobles, a otros la pareja, etc. El problema estriba, entonces, en que muchos adictos no son conscientes de que, por encima de su creencia de poder controlar su adicción -ahora que se sienten fuertes al haber recuperado su posición inicial después de un tiempo de abstinencia- está la huella que su conducta aditiva dejo en su cuerpo y en su cerebro; en el cuerpo, en todas sus células que reconocen la sustancia y no necesitan adaptarse a la misma -poco a poco- como cuando empezaron, y en el cerebro porque aquel hábito de conducta se memorizó en sus neuronas y se activa con la asociación de situaciones y circunstancias medioambientales que acompañaban a la conducta aditiva, por ejemplo: un olor, un sonido, un problema, un relax, una amistad, unas imágenes, un recuerdo, un conflicto, un lugar, etc., etc.
Como prepararse pues, para no recaer en la adicción con la trampa del autoengaño (hasta que esté mejor, hasta que recupere mi trabajo, mi familia…) cortando de raíz, como se hace con la mala hierba, para que no vuelva a desarrollarse y crecer; es decir mentalizándome de dejar de por vida la sustancia o la conducta que me doblega (y no, hasta que… o voy a ver qué pasa) así sea que el mundo se me venga encima como le puede pasar a cualquier otra persona que no es adicta. Cortar de raíz, o cortar el tronco con el hacha desde su cimiento.

Poniendo un ejemplo aún más grafico diremos, que hay que soltar y soltar para siempre algo de lo que me he apropiado como si fuese yo mismo. El alcohol como cualquier otra sustancia o habito, lo podemos comparar con una máscara, un traje, un amuleto (aunque como dice el refrán los ejemplos son siempre odiosos) el cual decidí probarme un día y con el cual, días después me identifiqué, como si fuese parte de mi mismo -como una coraza- para no tener que afrontar mis propias carencias, complejos o vacíos afectivos.

No obstante, el adicto tiene la gran suerte y posibilidad de soltar y dejar esa sustancia con la cual no nació, que le esclaviza y que además disminuye sus capacidades: una máscara, un traje, un amuleto de quita y pon que lo anula.
Imprescindible para la vida es el corazón, el cerebro y las cualidades morales y actitudes físicas que me definen como ser único y genuino dentro del universo de la creación. Ahora bien, hay dos maneras de soltar la máscara o el traje de la adicción: una, la de dejar el traje en el armario, con lo cual cabe la posibilidad de retomarlo en un momento de debilidad (es más, el subconsciente sabe que cuenta con él y me crea ansiedad porque lo tengo a mi alcance) (hasta que…); y la otra posibilidad es la de tirarlo a la basura como lo que es; algo que no forma parte de mí, que me estorba, que me esclaviza y que no me identifica como persona. De este modo me desprendo de ese lastre, de esa máscara, de ese traje para no tocarlo más, sin posibilidad de retorno; es decir, sabiendo que lo he dejado para siempre. Y lo que se suelta para siempre trae paz a tu vida, porque lo borras del pensamiento como algo que ya no te pertenece, no forma parte de ti.
La biblia, para la persona creyente lo de soltar o dejar, lo define de una manera muy gráfica, llamativa e incluso más radical. Lo define con estas palabras: «si tu ojo te escandaliza, sácatelo, si tu mano te escandaliza córtatela», lo cual quiere decir que no se puede ser condescendiente con las ataduras, sino que hay que cortarlas de raíz. No literalmente tal y como describe la Escritura -sacándote el ojo- pero sí con firme decisión, porque de lo contrario pasa igual que con la persona que se acerca al perro encadenado, que de tanto acercarse para burlar al animal, confiando en la cadena y en sus posibilidades para huir, termina siendo devorado. A demás, has de ser consciente en que esa decisión firme (de para siempre) nadie la puede tomar por ti, o te salvas tu mismo, o te condenas tu mismo, el mundo ofrece muchas posibilidades, no te dejes llevar por la corriente que te lleva al precipicio: el que te matas eres tú, no busques otros culpables fuera de ti.
Que cuesta ¡pues claro…! como todo lo valioso, hay personas que dedican buena parte de su vida a sacarse una carrera, unas oposiciones, a lograr unas metas deportivas, dejar la adicción para siempre es sacrificado en principio, pero no lleva tanto tiempo y a cambio te reporta el beneficio más valioso de todos, el control de tu vida; tu libertad, tu salud física y mental; la vida misma.
Esa radicalidad de para siempre, consistirá en algunos casos en soltar amistades, otras dejar de frecuentar ciertas zonas, puede que sea necesario hasta que tengas que cambiar de ciudad o de trabajo, pero benditos cambios o desprendimientos si con ellos salvas tu vida y la de las personas que te importan.
P. Ch.

Marta vs María, la gran polémica.

Tratando de dar una explicación a las palabras de Jesús entre la reverencia de María echada a los pies del Señor y el trabajo denodado de Marta por tener todo bien dispuesto a la hora de servir la comida.

marc3ada-y-martaLo mismo que hizo Marta para el Señor: tener todo listo para que se sintiese bien atendido Jesús y sus discípulos, se suele hacer con cualquier otra persona, un amigo, un familiar, un invitado, etc.
Cierto es que el Señor no menosprecia el trabajo y la dedicación de Marta, no le dice que esté haciendo mal, sino que su hermana a elegido la mejor parte. ¿Y porque le dice esto Jesús a Marta? porque Él sabe delante de quien está postrada María; delante del hijo de Dios creador de todo cuanto existe y, por tanto, al que se le debe todo el honor, la honra y la gloria. Es muy digna y encomiable la tarea de Marta, enmarcada dentro de una cultura, como la semita, de acoger al forastero o al que está de paso, pero la cultura atiende, por lo general, las realidades terrenas y pasajeras, porque este mundo -si realmente creemos en la palabra de Dios- pasará y detrás de él se inaugurará un cielo nuevo y una tierra nueva. Con estas palabras lo que Jesús da a entender a la humanidad (ya que la palabra de Dios es hoy tan actual y viva como en su momento) es que el Reino de Dios que viene a traernos a la tierra, parte de Él y se dirige a Él como principio y fin. Ese Reino de paz y Justicia; de vida, amor (fraternidad) y verdad, que nos muestra con sus palabras y con su ejemplo, y que busca la dignidad del hombre, no se debe a los méritos del hombre o a una dignidad que el hombre se haya dado a sí mismo, sino que esta dignidad le viene de Dios. De ahí que el salmo ocho en el versículo seis proclame, loando a Dios, en referencia al hombre: «Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies». Por tanto, el Reino de Dios lo trae Jesús con su persona, lo proclama Jesús con sus palabras (con todas); lo certifica con la nueva alianza sellada con su sangre, por la que se nos perdonan nuestros pecados; lo dirige Jesús por la obra del Espíritu Santo, y lo concluye el Padre, cuando determine la segunda venida de su Hijo; de la cual, ni siquiera el mismo Jesús conoce el día ni la hora. Por tanto, hemos de bajarnos del caballo o de la burra, para tener bien presente, que nosotros somos colaboradores en construir el Reino de Dios, que el Reino de Dios existe desde siempre y para siempre -en el hombre, en su corazón porque somos templos del Espíritu Santo- y en la concreción de las realidades temporales dejándonos guiar por el Espíritu Santo para colaborar en la economía de la salvación, porque de lo contrario construiremos cualquier cosa menos el Reino De Dios; por lo general, nuestro propio paraíso aquí en la tierra. El hombre no puede dar lo que no tiene y si primero no transforma su corazón -no nace de nuevo- tal y como le dice Jesús a Nicodemo, no podrá afectar la vida de los demás. ¿Y como nace uno de nuevo? Siendo siervo, siervo de Dios como María (he aquí la esclava del Señor hágase en mi según tu palabra) siervo como Jesús (no he venido a cumplir mi voluntad, si no la de mi Padre que está en los cielos), renunciando, por tanto, a uno mismo para entrar en la voluntad de Dios, porque en esa renuncia encontramos la paz interior y la liberación de todas nuestras servidumbres y ataduras. Aunque lo ideal seria que esa renuncia fuese por amor y no por interés, y no es para menos después de que Jesús diese la vida por nosotros con dolores de espanto, y con temores y angustias insondables, por las que llegó a sentirse abandonado hasta de su mismísimo Padre. ¡A precio de Sangre nos compró para hacernos herederos de su Reino!
P.D. Tener caridad, ser justo, buscar la fraternidad, todo esto lo puede hacer un ateo, pero traer el Reino de Dios a la tierra, sólo lo puede hacer el Espiritu Santo en nosotros y con nosotros.

P. Ch.