Un poco de muchos es mucho para pocos

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Pensando en que más se puede hacer frente al coronavirus, en este caso sobre sus consecuencias, quiero plantear una iniciativa para que la tengáis en cuenta y, a su vez, la paséis a todos vuestros contactos en las redes sociales.

El enunciado, que bien parece un trabalenguas, encierra una gran verdad, que un poco que donen muchas personas, supone un gran beneficio para una parte necesitada de la población.

Como todos sabemos esta pandemia traerá penuria económica para muchas familias, si es que no la están sufriendo ya algunas personas. Frente a este lastre, se me ha ocurrido lo siguiente: consiste en que hagamos un cálculo de lo que hayamos ahorrado los fines de semana al estar confinados en casa y lo guardemos en una hucha. Para nadie es desconocido que el fin de semana se gasta un buen montante de dinero, en peluquería, cosmética, restaurantes, cines, cubatas, salidas a casas de campo o a la playa, apuestas deportivas, conciertos, teatros o cualquier otro tipo de ocio.

La idea consiste en que todo ese ahorro lo destinemos a Cáritas, para que palie las necesidades de las personas que se pueden ver abocadas al paro o se queden sin recursos. Sabemos que a muchas personas nos les afectará esta situación laboralmente y es a ellas a las que va destinado esta buena y loable iniciativa, ya que ellas, a fin de cuentas, se quedarán o nos quedaremos como si hubiésemos salido ese fin de semana y, a cambio, estaremos haciendo una gran obra de caridad.

A continuación, os dejo un link con la página web de Cáritas, para hacer dicho donativo, también lo podéis llevar directamente a vuestra parroquia cuando todo esto pase. Si observas bien, en la página, hay una pestaña que se despliega para ingresar el donativo en la diócesis eclesiástica a la que pertenezcas.

No lo olvides, un poco de muchos, es un mucho (o un mundo) para pocos. Que Dios te proteja y te defienda a ti y a toda tu familia de esta pandemia.

Para los creyentes, también, es una oportunidad de poner en práctica una de las recomendaciones de la Iglesia para este tiempo de Cuaresma, como es la limosna.

Sitio web de Cáritas Diocesana España

¡Divina misericordia, guárdanos del coronavirus y renueva nuestro corazón!

Misericordia

Es bueno mantener el sentido del humor haciendo chistes en medio de estos días difíciles en el que está en riesgo nuestra salud y nuestra vida a causa del coronavirus, pero también es necesario, por otro lado, darse un baño de realidad, y hacernos conscientes de la dimensión real del problema. Para algunos esta situación se les habrá impuesto irremisiblemente, por la muerte cercana de algún fallecido, porque estuvieron luchando contra él en primera línea de batalla, como médicos y enfermeros, o por la angustia que sufrieron muchos cajeros y repositores de supermercados por el contacto próximo con el público. Otros que sufrirán este problema una vez que haya pasado serán aquellas personas que se queden sin trabajo, autónomos o empleados.

Sin embargo, para una buena parte de la población sólo les tocará de lejos a causa del encierro domiciliario, o menos, incluso, debido a que vivan en un chalet o en una casa de campo con posibilidad de esparcimiento y recreo.

Mi reflexión va dirigida especialmente a estos últimos, sería conveniente no olvidar esta lección que nos da la naturaleza y Dios, que a fin de cuentas está en el control de todo y tiene un proyecto de salvación para la humanidad y una visión que sobrepasa todo límite, los que tiene el conocimiento humano. Esta realidad que nos ha desbordado y que a muchos nos ha parecido como si estuviésemos viviendo una pesadilla o en medio de una película de ciencia ficción, no lo es (si no fuese por el hecho de que algunos ven tras este virus una conspiración urdida en un laboratorio a instancia de algún gobierno) y, por ello, antes de pasar página y dejar este periodo de nuestra historia encerrado en el baúl de los recuerdos, para contarlo como anécdota algún día a hijos o nietos, debería situarnos frente a lo que somos -nuestros limites- con tal de sacar alguna lección, especialmente que el ser humano no está en el control de todo como creía, que no podemos ser tan prepotentes, indiferentes a los sentimientos de los demás -porque como dice la palabra de Dios, no solo de pan vive el hombre- e individualistas, buena muestra de ello es que el circulo de nuestra propia identidad y relaciones humanas cada vez se está estrechando más, antes era la humanidad porque todos teníamos un mismo padre, a saber Dios; luego el Imperio, después la nación; más tarde la región o comunidad autónoma; finalmente nos quedaba la familia, pero esta también se destruyó primero a causa del hedonismo con el aborto y las separaciones (dejó de ser el núcleo protector natural de la persona desde su concepción) y, últimamente, en aras a una supremacía de sexos por el interés de los políticos a hacerse con el voto de la mitad de la población. Lo último que viene es secuestrar la inocencia de los niños para que sea el gobierno de turno y no los padres los que puedan ejercer autoridad sobre ellos. De este modo lo que ha quedado es un individuo aislado, atrincherado e insensible que es conducido, no por el amor y la confianza -como debería de ser- sino por el miedo. Miedo a ser denunciado por la mujer, miedo a ser asesinada por el hombre, miedo a ser denunciado por mis hijos, miedo a la libertad de expresión porque hay un poder político que impone a fuerza de leyes y comités de vigilancia (no sé con qué eufemismo lo nombran ahora para que parezca menos estalinista) para imponer su concepción ideológica del mundo y del ser humano al resto de la población. Esta es la sociedad que tenemos y de la que nos hemos dotados desde nuestra ignorancia (de ahí el intento de muchos políticos en anular la asignatura de filosofía) y perjuicios ideológicos de clases, azuzados por los políticos, que nos quieren inocular el odio, haciéndonos ver que hay buenos y malos según los bienes materiales que se tengan, y no por lo que cada uno sea o cultive desde su corazón (malos o buenos sentimientos).

Sí, sería bueno que no olvidásemos este virus cvd 19, que nos está confrontado con la realidad de nuestros límites humanos (para otros, en cambio, con su lado más humano y solidario) con el límite de nuestra ignorancia para combatir un minúsculo microorganismo acelular, al igual que pasa con el cáncer y otras muchas enfermedades; con el límite, igualmente, de movernos por intereses egoístas y partidistas procrastinando tareas en las que está en juego la vida de personas; ni que decir tiene, del límite de nuestros propios miedos personales acaparando comida y mascarillas en detrimento de otros que lo necesitaban con más urgencia.

Sin embargo, como contrapartida, este parón en la actividad diaria, puede servir como revulsivo -mientras dure- para conocer mejor a los hijos, a la pareja; también para hacernos más pacientes y tolerantes en una convivencia, casi impuesta, de la que no puedo huir; así mismo para emprender nuevos retos y activar algunas de nuestras áreas creativas, o para cultivarme en una lectura sana. Y no digamos para apreciar y agradecer más los regalos que cada día nos da Dios con las bondades de la naturaleza o la convivencia al aire libre con familiares y amigos.

No obstante, este no es el peor virus de todos, ya señalé alguno anteriormente, el del individualismo y la indiferencia hacia los demás (tantas tareas nos hemos impuesto que olvidamos la principal, preocuparnos e interactuar con los otros, tal vez por no oír a nuestra conciencia: es mejor andar con prisas que pensar o entregar el corazón), pero entre otros virus mortales que acaban al año con miles o millones de personas están el del materialismo, nos olvidamos de los que pasan hambre e injusticias y se los queremos endosar al estado, como si nosotros, como individuos, no tuviésemos la necesidad de cuidar por fe, del hermano, o por solidaridad, de la especie (nos vendemos por cinco euros más de paga al mes, como Esaú lo hizo, por un plato de lentejas, y, de este modo, hemos reducido todos los valores a uno solo, al Dios dinero). No digamos ya del virus del hedonismo o la comodidad: por él se desatiende a los hijos y se rompen miles de familias al cabo del año; la consigna es debo ser feliz a toda costa (felicidad mal entendida porque esta sólo la puede dar la paz interior y el equilibrio emocional) en detrimento de la responsabilidad familiar y de luchar y trabajar por salvarla hasta dar la vida por ella, como Jesús si fuese necesario. Tenemos el virus de las pasiones que rompe igualmente a miles de familias por el apego a los juegos de azar, a las drogas; o a la esclavitud que trae consigo la adicción al sexo y la pornografía. Tenemos en definitiva el virus del ombliguismo que es el culto a nuestra propia imagen, esta idolatría nos ha separado de Dios, que es el único que nos da la verdadera dimensión y conocimiento de nosotros mismos. Esa falsa idolatría nos ha hecho creer que somos buenos, cuando Jesús nos pone en claro que uno solamente es bueno; a saber, nuestro Padre que está en el cielo; es más, nos añade, que si no estamos unidos a Él, que es el único camino, la única verdad y la única fuente de vida, no podremos poseer los bienes celestiales, al Padre mismo. Así es, sin Jesús, perdemos el horizonte del verdadero camino, del verdadero conocimiento, y de la verdadera fuente de gozo, la que nos trae el Espíritu Santo.

No hay mal que por bien no venga y tal vez este virus nos haga salir de nuestra ceguera espiritual y nos retorne al verdadero camino, al camino que nos arrebató el pensamiento modernista haciéndonos creer, con sus luces de bohemia, que el hombre, sin contar con Dios, era capaz de todo.

Cita bíblica Mateo (11, 25-29): En aquel tiempo, hablando Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado. Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y HALLARÉIS DESCANSO PARA VUESTRAS ALMAS. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Os dejo un enlace para que os descarguéis la novela a la divina misericordia. La Divina Misericordia es una devoción que se instauró en la Iglesia a raíz de unas apariciones que tuvo de Jesucristo una hermana, Sor Faustina koswalka, a la cual el mismo Jesús, le pidió que encargarse a un pintor, un cuadro con la misma apariencia con que Él se le había hecho presente. Os dejo un enlace para descargar la novena al móvil u ordenador, o por si la queréis imprimir, y otro para saber más sobre esta devoción. Pidamos al Señor que nos defienda del coronavirus y nos guarde para la vida eterna llevándonos a la conversión:

http://webcatolicodejavier.org/divinamisericordia.html

https://drive.google.com/open?id=1-F97zswaGX8I-MAExcu6NOT-zofUGChe

Comienza la fiesta, seáis todos bienvenidos

hijo pródigo

La lectura del evangelio de hoy nos lleva a la parábola del hijo pródigo de la cual podemos extraer muchas lecciones, porque todos en alguna ocasión hemos sido hijos pródigos, o hermanos envidiosos; aunque a lo largo de nuestra vida hayamos ocupado uno de esos dos roles por más tiempo. Analicemos algunas de esas lecciones ¿experimenté en mi propia carne una vida similar a la del hijo pródigo? Puedo decir que sí, de modo que he de confesar que, como el hijo pródigo (despilfarrador), derroché durante un buen periodo de mi vida la herencia que recibí de Dios, apartándome de las enseñanzas de Jesús por medio del evangelio, y a través de la iglesia y de mis padres. Como hijo pródigo quise ser independiente y me dejé llevar por los cantos de sirena que el mundo me lanzaba prometiéndome una felicidad que se tornó, como todo lo que ofrece el mundo, frívola, efímera y esclavizante; porque todo lo que no proviene de Dios, te encadena a tus pasiones, a tus miedos, a los engaños de Satanás y, también, de los que manejan los destinos del planeta por medio de la política y los medios de comunicación. Como hijo pródigo me sentí desposeído de la herencia: solo, trabajando para mis pasiones y vicios (estos eran mis cerdos), y mi comida -el mismo pecado- que me hundía cada día más en mi propia miseria, hasta que mi alma quedó como un harapo -como un desecho- incapaz de reconocer, como indigente, su olor a cloaca.

Como hijo pródigo miré hacia la casa de mi padre -hacia el cielo- más por necesidad que por verdadero arrepentimiento (en tanta oscuridad andaba mi alma que era incapaz aún de reconocer el amor y la verdad del Padre). Sin embargo, para mi sorpresa, esa nieblas que cubrían mi alma, se fueron despejando cuando vislumbré que mi papa en la entrada de su casa -el umbral del Amor- me estaba esperando apoyado en una columna, y sin ningún reproche a causa de mi ceguera espiritual, me atraía hacia él con voz dulce y delicada, abrazándome entre su pecho, para mostrarme los latidos de gozo inefable que emitía su corazón (mi papá sabía que bajo su protección ya estaba a salvo). Por un instante volví mi mirada a la columna, en la que pude observar este grabado: veinticinco años, dos meses y tres días, por debajo de esta cifra multitud de rayas, una tras otras, hendidas en el pedernal del granito.

Mi hermano ¡pobre hermano mayor…! yo también fui como él. Por largos años no entendí ese amor incondicional de mi Padre, ese amor que no juzga, que no ve a través de etiquetas, ese amor que no lleva en cuenta el mal y que por tanto no guarda rencor. En muchas ocasiones, fui incapaz de ver en mi hermano arrepentido y vuelto a casa, su alma nueva, limpia, renovada por el corazón del Padre. Siempre se me escapaba una sospecha ¿y será de verdad que vuelve para quedarse? ¿porque una fiesta tan grande para mi hermano y un abrazo tan prolongado? ¿por qué mi hermano se ha sentado en la mesa junto a mi Padre, el lugar que deberia ocupar yo? Ignorante de mí, al final me di cuenta, de que tal vez no actué como el pequeño (pidiendo la herencia), más que por amor, respeto, fidelidad y confianza en mi Padre, por miedo a dejar muchos de los privilegios que junto a Él tenía. Había estado tan ciego, que fui incapaz de conocer a mi Padre en su interioridad; de bucear en sus entrañas insondables; de saber que a su lado gozaba prácticamente de los numerosos privilegios que Él tenía por derecho propio. Demasiados años perdidos en un mar de miedos paralizantes; de dudas y preguntas inquisidoras que nunca confié a mi Padre porque lo veía desde un pedestal, inalcanzable.

Y ahora prepárate porque la Fiesta ha comenzado: yo el hijo pequeño a gozar de la libertad de estar bajo el techo de mi Padre (paz, gozo, amor, provisión, conocimiento, voluntad, gracia) y no bajo el paraguas de mis pasiones, y conocimiento limitado sin respuestas . Yo el hijo mayor porque al final he conocido la intimidad de mi padre, también a mí me ama con amor exclusivo y predilecto, por lo que he dejado de arroparme también con mi paraguas; el paraguas del temor (hijo todo lo mío es tuyo). ¡Celebremos cantos de alabanza y de victoria al Padre Eterno, porque la Fiesta acaba de comenzar para todos¡¡Aleluya porque el hijo que estaba perdido ha sido recuperado y sanado! ¡Alegría en la casa del Señor, porque el amor del Padre que estaba oculto a la vista del hijo mayor ha sido desvelado y su temor a quedado derrotado! ¡Bendito sea el Padre que lo ha hecho, ha sido un milagro patente, a Él la gloria y la honra por toda la Eternidad, junto a Jesús y al Espíritu Santo! ¡Amén!

Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola:
Jesús dijo también: “Un hombre tenía dos hijos.
El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’.
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’.
Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’.
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’.
Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'”.
Salmo 103(102),1-2.3-4.9-10.11-12.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;

bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios.
El perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;

rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura.

No acusa de manera inapelable
ni guarda rencor eternamente;

no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.

Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen;

cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.

Solo el amor engendra amor

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En alguna ocasión algunos de mis conocidos me habrán oído decir que, si las mujeres amasen a sus maridos y al resto de la humanidad de igual modo que aman, perdonan, esperan, confían, toleran, cuidan, miman, protegen, comprenden y median, como lo hacen con sus hijos, al mundo no lo conocería ni su padre, ni Dios (dicha expresión -ni Dios- siempre me ha chirriado, pero aquí parece que cuadra a la perfección). Pues sí, ¡se imaginan lo que sería, media población del planeta amando de modo incondicional a la otra media…! Solo el amor engendra amor, al igual que el odio engendra odio. No es precisamente amor lo que enseñan en la sociedad actual los promotores de la Ideología de género y del feminismo, manipulando la realidad y la conciencia de las mujeres -también de ciertas minorías- para sus propios fines hegemónicos y económicos. Sin embargo, no quiero en este momento entrar en más detalle sobre la ideología de género, porque no era este el tema que en principio me ha llevado a escribir este post, sino un cuento que el Cardenal Sarah, introduce en su libro La Fuerza del Silencio, atribuido a un místico musulmán o escuela musulmana, cuya conclusión coincide con el pensamiento que yo también había tenido años atrás, y que he dejado expuesto al principio de este artículo.

A continuación os dejo el cuento y la introducción del Cardenal Sarah ya que merece la pena hacernos consciente de que nuestra felicidad está muy relacionada con la manera en que nuestra mente enfoca el mundo exterior y muy poco con ese mismo mundo externo a nosotros mismos.

En la Cruz, Jesús nos reconcilió con Dios: destruyó la barrera que nos separaba a unos de otros, venció los obstáculos que estorbaban el camino hacia la bienaventuranza eterna. Cristo sufrió por nosotros: nos deja su ejemplo para que sigamos sus pasos. Contemplando la Cruz y haciendo nuestra esta oración, seremos capaces de cualquier diálogo, de cualquier perdón, de cualquier reconciliación. La tradición del islam místico comparte esta misma convicción. Me gustaría relatarle algo tomado de la leyenda dorada de los santos musulmanes:

Un día, Suturá, una buena mujer, fue a visitar a Tierno Bokar, el sabio de Bandiagara: esta aldea de Mali está situada en la meseta del mismo nombre, rodeada de altos acantilados al pie de los cuales viven los dogon, pueblo famoso por su arte austero, su compleja cosmogonía y su hondo sentido de la trascendencia. «Tierno –le dijo Suturá–, estoy muy irritable. Me molesta hasta lo más insignificante. Querría recibir de ti una bendición o una oración que me haga dulce, amable y paciente». No había acabado de hablar cuando su hijo, un niño de tres años que estaba esperándola en el patio, agarró una tabla y le dio un golpe en la espalda. Ella miró al niño, sonrió y, atrayéndolo hacia ella, dijo dándole un cachete cariñoso: «¡Qué niño más malo! Mira cómo trata a su madre…». «Si tan irritable estás, ¿por qué no te enfadas con tu hijo?», le preguntó Tierno Bokar. «Si no es más que un niño –contestó Suturá–. No sabe lo que hace. Con un niño de esta edad no hay quien se enfade». «Vete a casa, querida Suturá –le dijo Tierno– y, cuando alguien te irrite, acuérdate de la tabla y piensa: “Tenga los años que tenga, esta persona está actuando como un niño de tres años”. Sé indulgente: puedes hacerlo, ya que acabas de serlo con tu hijo cuando te ha dado ese golpe. Obra así y no volverás a enfadarte. Vivirás feliz y te sentirás mejor. Las bendiciones que desciendan sobre ti serán mucho mayores que las que puedas recibir de mí: serán las bendiciones de Dios y del propio Profeta. Quien soporta y perdona una ofensa –continuó– se parece a una de esas grandes ceibas que ensucian los buitres al posarse en sus ramas. El aspecto repugnante del árbol solo dura una parte del año. Todos los inviernos Dios envía unos cuantos chaparrones que lo limpian de la copa a las raíces y lo revisten de un nuevo follaje. Procura prodigar el amor que sientes por tu hijo a todas las criaturas de Dios. Porque Dios quiere a sus criaturas como un padre a sus hijos. Entonces llegarás a lo más alto de la escala, allí donde, gracias al amor y la caridad, el alma solo ve y valora la ofensa para perdonarla mejor». Las palabras de Tierno supusieron tanto para Suturá que, a partir de ese día, consideró hijos suyos a todos los que la ofendían y no les respondió más que con dulzura, amor y una paciencia silenciosa y sonriente. Tanto cambió que, al final de su vida, la gente decía: «Paciente como Suturá». Nunca más hubo nada capaz de enfadarla. Cuando murió, se la consideraba prácticamente una santa.

¡Maldito el hombre que confía en el hombre!

Teamwork Join Hands Support Together Concept. Sports People Joining Hands.

Muchas frustraciones, demasiadas depresiones, muchas búsquedas infructuosas en pos del amor, mucho tiempo perdido esperando cambios ajenos, muchas disputas y enfados en el seno de las familias se hubiesen evitado; muchas personas idealizadas no nos habrían herido, muchos amigos y políticos no nos habrían decepcionado, etc., si con anterioridad hubiésemos conocido las Escrituras, la hubiésemos memorizado e interiorizado y además hubiésemos creído en ella. ¿Por qué digo esto? pues por la enseñanza que nos deja la primera lectura de hoy y del evangelio, que, como es habitual en cuaresma nos invitan a la conversión. La primera lectura nos dice, aunque parezca fuerte, que maldito el hombre que confía en el hombremientras su corazón se aparta del Señor. Por otra parte, la misma lectura nos muestra las consecuencias funestas de obrar así y, por el contrario, los beneficios de poner toda nuestra confianza en Dios; en su palabra. Solo basta echar una mirada al exterior para ver cómo está el mundo; como están aquellas personas que pusieron su confianza en la palabra de los hombres y sus promesas de realización y felicidad ( confieso que yo también caí en la trampa). Cuantos hogares rotos tenemos hoy en día, porque la pareja la o lo decepcionó; cuantas personas (eso lo saben bien los médicos y los farmacéuticos) sostenidas a base de antidepresivos porque se fiaron de los cantos de sirena de novelistas, filántropos, guionistas de series y conductores de programas de televisión. Por otro lado, es alarmante como aumenta cada año el número de suicidios, y el motivo el mismo, se sintieron traicionados y sin salida porque no conocían a Dios y pusieron su esperanza y su corazón en las personas. El Padre Ignacio larrañaga dice algo parecido con otras palabras: no esperes nada de nadie, pero espera todo de ti mismo. Y tiene mucha razón, cuando uno no espera nada de nadie, sólo de Dios y de su propia entrega, no hay criatura humana que te pueda defraudar.

El evangelio redunda más en lo mismo, en esta ocasión haciendo hincapié, en aquellos que no se fiaron de Dios y sus profetas y se entregaron a acumular bienes materiales y el goce de la vida sin tener en cuenta las necesidades de los que sufren. Nos advierte que esto tiene consecuencias en la otra vida, y que después que hayamos sido juzgados por nuestras obras (lo dice Jesús utilizando una parábola) el que esté en el infierno no podrá atravesar sus puertas para reunirse a los redimidos y salvados. A demás nos advierte que el hombre duro de corazón, incluso los tenemos hoy dentro de la iglesia, aunque se les aparezca un muerto, no creerán en la condenación.

Textos bíblicos de las lecturas de hoy 21/03/19:

Libro de Jeremías 17,5-10.

Así habla el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor!
El es como un matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita.
¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza!
El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto.
Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo?
Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus acciones.

Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan.
Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’.
El rico contestó: Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.
Abraham respondió: Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.
No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán.
Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán.

Salmo 1,1-2.3.4.6.

¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!

El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

¿Soy yo el fariseo?

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La lectura del Evangelio de hoy, la veo más actual que nunca, no creo que haya habido otro siglo, si acaso igual o parecido, en el que más se haya vivido de la apariencia y la buena imagen que en el actual. La gente por aparentar tener, llega hasta endeudarse; de igual manera sucede que, para no ser discriminado y apartado del grupo en el que me relaciono, donde debería demostrar desacuerdo, muestro conformidad, aunque mi conciencia, y el sentido común me dictamine el precipicio por donde se desliza la sociedad. En una época como la actual en que los vínculos familiares, por otro lado, casi han desaparecido, tampoco es de extrañar que esa carencia afectiva se trate de suplir con un afán desmesurado de protagonismo y charlatanería hueca que aturde y en ocasiones también confunde y escandaliza a los más inocentes. Un tanto parecido pasa con respecto a Dios: si nuestra fe es débil y no tenemos claro que la Palabra de Dios es infalible y se cumple -en ella se nos repite de forma diferente y en multitud de ocasiones, que Dios suple todas nuestras necesidades tanto físicas como espirituales. Cf (Filipenses 4:19), (San Mateo 6:25, 32–33), (Jeremías 31:3)- resulta que buscaremos ponernos a salvo -en lugar de abandonándonos a Dios- sometiéndonos a los postulados de aquellas personas que quieran jugar con nuestros miedos e inseguridades para hacernos reos de su tiranía. Los santos siempre dan en la diana, por eso Santa Teresa de Calcuta, nos muestra en la reflexión al evangelio de hoy, el lugar o medio donde ahogar todos esos reclamos de protagonismo que hacemos cara a los demás, en el silencio de la oración, allí ante la cruz descubrimos nuestra insignificancia ante un Dios torturado que a diferencia nuestra no tiene miedo a dar la vida por mí sanación y salvación.

Seguir el vinculo para meditar en el evangelio de hoy, con el comentario de Santa Teresa de calcuta: https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2020-03-10

Fiel y agradecido como perro

el perro capitan

Sin confundir en el orden natural y en el de la creación el valor supremo que el hombre tiene frente al resto de animales (años atrás lo teníamos muy claro, sobre todos los que nos hemos criado en el mundo rural) me ha surgido una reflexión observando las características del perro. De todos son conocidas muchas de las cualidades que tiene; entre otras, sus ganas de jugar, por lo general despreocupado de lo que sucede en su entorno; su obediencia cuando se le enseña con tesón ciertas prácticas de higiene y convivencia con el hombre; la prontitud que muestra para defender a su amo y a su vivienda; su fidelidad incluso después de haber sido castigado; la inclinación a dar y recibir afecto, así como su disponibilidad para ayudar a las personas en diversos trabajos, recuérdese por ejemplo a bomberos, policías, invidentes, ancianos, etc.

Después de haber señalado todas estas características, haciendo una extrapolación de las mismas a las personas, en el caso que me voy a referir a las personas creyentes, me he dado cuenta que nuestra actitud con respecto a Dios, dista en gran medida de la que tiene el perro con respecto a su dueño, habiéndonos otorgado Dios, no obstante, algo inconmensurablemente mayor que no tiene el perro, como es la libertad y el poder de raciocinio; incluso, para más inri, su propia vida por la cual hemos pasado de ser esclavos a hijos predilectos.

Dios, no solo nos otorgó la vida, sino que, al hacernos semejantes a él, libres y con capacidad de raciocinio, puso bajo los pies del hombre la creación entera y, junto a ella, por el espíritu que habita en nosotros, posibilidades infinitas de alcanzar, como criaturas, sus más preciados dones, los dones de Dios; a saber, la paz, la justicia y el amor.

Con todas estas posibilidades del hombre, abiertas hasta el infinito (porque infinito es nuestro Padre Celestial) especialmente desde la muerte y resurrección de Jesús por nosotros; no es precisamente veneración, fidelidad, obediencia, reciprocidad, afecto y servicio lo que siempre, y con especial entusiasmo mostremos a Dios, al igual que el perrito hace con su dueño, al menos en mi caso, no quiero generalizar.

Dicho lo anterior y teniendo en consideración que el hombre está dotado de dones cualitativamente superiores a los de cualquier otro animal (sin ningún mérito por nuestra parte) nuestra actitud hacia Dios debería ser la de un agradecimiento inconmensurable y reverencial, sin olvidar de donde venimos y lo que somos. El hombre mismo en el orden de lo natural tiene un refrán que luego es incapaz de llevar a cabo con respecto a Dios en el orden de lo sobrenatural, que reza así: no muerdas la mano que te da de comer. Dicho de otro modo, con respecto a nuestro creador, podríamos decir: no dejes de alabar, bendecir y agradecer con tu boca y con tu vida, ni un instante, a aquel que te sostiene en medio del universo con su amor, poder y justicia infinita.

Y si aún esta reflexión no nos hace recapacitar de lo vulnerables y dependientes que somos; también de lo amados por Él -que se hizo hombre por nosotros para llevar acuesta nuestros pecados y miserias- debería hacernos pensar, ahora que está en todos los medios de comunicación la infección por el Coronavirus, de que le sirve a este hombre de la modernidad y el relativismo su vanidad y engreimiento, diciendo que reniega de Dios (como el hijo pródigo) o como diría Nietzsche por boca de un loco (no pudo elegir mejor personaje), «he matado a Dios» en su desesperación de no encontrar respuestas a los silencios que en ocasiones Dios quiere someter a sus hijos por su propio bien, si ni siquiera es capaz de poner freno con toda su ciencia a este minúsculo agente infeccioso imperceptible al ojo humano.

¡Pobre Superhombre…! échate a temblar, porque peores cosas están pasando y aún pueden sucedernos, si no nos convertirnos a Dios. Dios no miente y escrito está: en Mateo cap. 24, por boca del mismo Jesús; también en El Apocalipsis, he incluso en la Parábola de los Viñadores homicidas, que nos recuerda al mismo hijo de Dios. Si no queremos ver los Signos de los Tiempos, entre ellos la apostasía general, veamos entonces los signos que nos ofrece el devenir cotidiano: miles de refugiados, cientos de cristianos asesinados cada años, miles de niños abandonados en las calles, otros tantos, demasiados, abusados en su entorno familiar, sin olvidar a las personas secuestradas, a las mujeres violadas, a los hombres indefensos por leyes injustas o las guerras, todo esto sin mencionar las catástrofes “naturales”, terremotos, tsunamis, cambio climático, etc.

A continuación te dejo un enlace al cap 8 de la carta de S. Pablo a los Romanos, que nos llena de esperanza a pesar de los tiempos que estamos viendo: https://www.sanpablo.es/biblia-latinoamericana/la-biblia/nuevo-testamento/carta-a-los-romanos/8

Bailando sobre la cuerda floja

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Hablar de la muerte, se ha convertido casi en un tema tabú, en los últimas décadas, muy poca gente quieren abordar este asunto y sin embargo es el hecho más trascendente de nuestra vida personal y, en general, en la de todos los seres humanos. Es el único evento no programado (con excepción de los suicidios) e inmutable de nuestra historia, todo lo demás -desde la concepción hasta la muerte- está sujeto a cambio y en alguna medida, aunque no siempre, podemos ser agentes de ese mismo cambio con el poder de nuestra voluntad.

Así es, cuanto mayor me voy haciendo más consciente soy de esta realidad (supongo que será igual para todos), incluso tenemos un refrán muy descriptivo para definirlo que a menudo nos lo recuerda: el hombre propone, pero Dios dispone.

Todo lo que nos es desconocido, nos produce inseguridad y miedo, especialmente la muerte porque nadie ha regresado de allí. Y si alguien ha vuelto, casos hay de personas que dicen haber pasado por esa experiencia, ninguna de ellas puede aportar pruebas o demostrarlo con hechos; es cuestión de fe, creerlas o no. El caso es que volvieron en su mismo cuerpo para morir de nuevo. No sólo da respeto o miedo pensar en la muerte porque, a ciencia cierta, no sabemos que existe del otro lado, sino porque a ojo vista, podemos constatar que, la persona una vez que fallece, su cuerpo se corrompe (exceptuando los cuerpos de algunos santos) sin que quede rastro de él en muy pocos años. Por lo comentado se deduce que, dejar la existencia, o al menos la única existencia que conocemos, no es agradable; a nadie le gusta desaparecer sin más. Ni le gusta desaparecer, ni tampoco que mueran aquellas personas a las que se les ama; sobre todo si son padres, hijos o es el cónyuge el que deja la existencia. Este mal encaje de la muerte, muchas veces no se trata de otra cosa, que de un miedo solapado a la soledad, a quedarse sin un pilar de apoyo, y, en última instancia, a la proyección de uno mismo en otro: se pierde algo, cuando pensamos que es de nuestra propiedad, por un lado, o cuando sabemos que una persona o varías, entorno a las cuales hemos asentado nuestro proyecto de vida, nos ha dejado para siempre.

Por lo ya expuesto, nos resulta penoso confrontar el tema de la muerte: ni anteriormente a que se produzca la nuestra propia, ni siquiera, cuando se sufre la de un ser querido. La muerte nos coloca ante un misterio que nos sobrepasa; y es que la vida no nos pertenece; ni nos pertenece antes de nacer, ni cuando se agota o se nos escapa poco después de salir del vientre materno, que es la única vida que conocemos por ahora. Partiendo de esta premisa -que la vida no la controlamos- se nos deberían encender con ello, también, otras alarmas; a saber, que la vida de los hijos no es patrimonio, como dice la Ministra Española María Isabel Celaá, del Estado, ni tan siquiera lo es de los padres, ya que las personas no son sujetos de posesión de nadie, sino todo lo contrario, libres: todos y cada uno somos una realidad única, genuina e irrepetible, que por compartir un mismo código genético -el genoma humano- nos iguala y nos incapacita, a su vez, para que nadie esté por encima de nadie, y mucho menos para decidir sobre el destino, la vida o la muerte de los otros. Los creyentes además de compartir esta evidencia científica que pone en un mismo nivel a todos los seres humanos, tenemos la certeza de la fe, que nos dice que por el hecho de tener un padre en común -Dios creador de cuanto existe- igualmente nadie está por encima de nadie, y mucho menos para decidir sobre una vida que no le pertenece, o para aferrarse a ella como parte de su propiedad.

Teniendo en cuenta las premisas anteriores -que la vida no nos pertenece- nos podríamos ahorrar muchos disgustos, ya que uno tendría que ver la vida y a las personas, ante todo, como un “regalo”, una oportunidad para desarrollar todo el potencial humano (que es mucho), tanto el de los demás como el nuestro, a su más alto nivel, sobre todo si tenemos en cuenta que fuimos creados a imagen de Dios. Nadie añora, ni sufre por lo que no le pertenece, por lo que no es de su propiedad (de hacerlo sufriría en vano e inútilmente); ante la muerte uno no pierde nada, suelta donde estuvo antes algo que no es suyo. Estamos de acuerdo que entre las personas se desarrollan vínculos afectivos, pero para evitar la frustración y caer en depresión no hay bálsamo que calme más una pérdida, que aceptar las leyes de la naturaleza (una razón tienen cuando están ahí) y junto a ellas poner el fundamento de nuestro ser, no en las personas y en las cosas, sino en aquel que nos dió el ser, y que conoce en plenitud nuestro cimientos, a saber, Dios mismo. Para hacer más llevadera nuestra pérdida (la de un ser querido) siempre resulta imprescindible, salir de nosotros mismos, del circulo viciado y vicioso de nuestros pensamientos, para mirarnos en el escaparate del vecino. También hay pérdidas semejantes a la de un fallecimiento, cuando un hijo, esposo-a, hermano, amigo, etc., desaparecen de nuestro lado, sin querer saber nada de nosotros, y no tardamos tanto en sobreponernos porque, como ya hemos dicho, nadie es dueño de nadie.

Ante la muerte, por consiguiente, no hay que buscar culpables, no hay muertes prematuras, porque la vida es el preludio de la muerte, y la muerte -para los cristianos- la antesala de la vida más genuina; a saber, la Eternidad para la que fuimos creados (a esto me refería con tener claro dónde está el fundamento de nuestro ser y existencia, para no entrar en depresión). En ningún lugar está escrito el derecho a vivir tantos o cuantos años en la vida material; y mucho menos que las personas nos pertenecen para nuestro gozo y disfrute mientras nosotros vivamos: ¿dónde quedó patentado ese derecho de disfrute de un ser humano como objeto de posesión? ¿dónde el culpable de una pérdida, cuando nadie nos dió billete para permanecer en este planeta Tierra por x años? Aquí no hay salvoconductos, ni normas establecidas, ni dinero que compre a la parca; o aceptas esta realidad, o te amargas buscando motivos y responsabilidades que nunca llegarás a entender porque escapan de toda lógica humana. La muerte es una realidad en nuestra vida, la realidad más incontestable, como lo son muchas de sus causas: los terremotos, los accidentes laborales y de tráfico, los asesinatos, los tsunamis, las gripes, las pandemias, el cáncer, los aludes, huracanes, el vecino psicópata, y hasta las tejas y cornisas asesinas de toda la vida.

Me vuelvo a repetir, considera tu vida y la de los demás como un regalo que hay que apreciar mientras dure, y cuando este se desvanezca, conserva de él los mejores recuerdos, dando gracias, porque te tocó a ti esa lotería. Seríamos más felices si en lugar de añorar la pérdida o nuestra propia partida de este mundo, que se escapa a nuestro conocimiento y voluntad, comenzásemos a disfrutar y agradecer las cosas sencillas que están a nuestro alcance y que nos depara la vida cotidiana (el agua, no sabe igual, para una persona que recorre 15 kilómetros en proveerse de ella, que para aquel que la puede tomar del grifo en cada momento, no digamos la escuela, el hospital, etc.), ahora con el coronavirus nos haremos más consciente de ello: de la libertad de salir a la calle en cualquier momento y disfrutar de las bondades que nos regala la naturaleza, así como también del regocijo de disfrutar de una amistosa y sosegada charla con un amigo o conocido en la terraza de un bar.

Como persona de fe voy a ir, aún, un poco más lejos con el tema de la muerte. La Palabra de Dios nos revela en la Biblia, que la tierra es solo un lugar de paso, al menos la tierra tal y como la conocemos hasta la próxima venida de Cristo. En cualquier caso, no conozco a ninguna persona humana que en el presente siglo o en el anterior haya pasado de los 150 años. Podremos intentar construir un paraíso aquí en la tierra, que difícil lo veo, puesto que si no hemos hecho caso a Jesús, hijo de Dios, que dió hasta su última gota de sangre para que nosotros dejásemos nuestro egoísmo atrás, difícilmente lo va a conseguir la última Coca-Cola del desierto; es decir, el último filósofo de moda, el último teologillo agnóstico, el último pseudocientífico espiritista de la Nueva-Era, o el último político totalitarista, encantador de masas, que aparezca haciendo prodigios por ahí; ni siquiera una confabulación de todos juntos a la vez.

Conocemos también, por las Escrituras, que el príncipe de este mundo, de este mundo material, es el Diablo, y está intentando, como muchos otros congéneres, hacernos ver que con la muerte se acaba todo, se acaba nuestra esperanza, esa esperanza de alcanzar el Reino de Dios en su plenitud después de esta vida; de gozar de la felicidad de la que aquí nunca gozaremos, junto con los santos, junto a los ángeles, en la compañía de la Santísima Trinidad y la Virgen María para siempre.

A los cristianos, o al menos a los cristianos acomodados de occidente, nos pasa muchas veces como a los gourmets, que disfrutan más por el hecho de saborear un menú nuevo, que degustando uno bueno ya conocido. Nos hemos acostumbrado, no todo el mundo, desde luego, a escuchar la palabra de Dios como el que oye llover, (inconscientemente decimos: esta música ya me suena). Pero resulta que la palabra de Dios no es cualquier cosa, es la cosa más novedosa, y excelente que pueda existir (en realidad no habría palabras para describirla). Se describe en las Sagradas Escrituras, a la Palabra de Dios como vida abundante, lo que desde luego no es, es circo y pandereta. Esta vida abundante, es la preparación y entrada (el cheque) para la otra vida; para participar de la vida Eterna junto a Dios. Pero el que quiere esa entrada tiene que pagar como en el circo, con la diferencia de que allí, nadie entra con papeleta de acompañante, ni por recomendación de Sacerdote. La Palabra de Dios sólo se convierte en vida abundante, cuando como el sibarita con la comida, se le dedica su tiempo, degustándola; o mejor, aún, como cuando, María la madre de Dios, la meditaba en su corazón para ponerse al servicio de lo que Dios quería comunicarle con esa palabra. Para ella la Palabra, cada vez que la escuchaba, era una lluvia que regaba su corazón haciéndolo cada día más humilde y dependiente de Aquel que sabía era su dueño. Y la música que acompañaba a esa lluvia de la Palabras le decía siempre que se derramaba, que la vida es Dios y que Dios es la vida.

En muchas ocasiones se nos habla de la muerte en la biblia, Jesús mismo habla de la muerte, y le da un valor primordial en su predicación, incluso su vida terrena está, desde un principio, orientada como meta a ese desenlace final, preconizada incluso por los profetas: (Isaías 53, 4-54) Ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores; con todo, nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Mas Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados.…

Dicen que el que avisa no es traidor, Jesús pagó un alto precio por nuestros pecados, con su vida, y nos avisa, (precisamente porque es compasivo y misericordioso) en su predicación de las consecuencias de no estar preparados -vigilantes- para el día en que nos sorprenda la muerte. De la necesidad de tener, no sólo encendida la lámpara, sino una previsión de aceite para cuando esta se consuma. Así es, hay que tener encendida la llama del amor a Dios y al prójimo, no del amor humano, que busca su propio interés, sino del amor Divino que da la vida por el prójimo; por la mujer, por los hijos, también por el compañero, como el padre Maximiliano Kolbe, que se ofreció a morir, en lugar de un padre de familia en Auschwitz, o la de tantos religiosos y seglares que dan a diario su vida para ayudar en las necesidades perentorias de sus hermanos, pero también para salvar sus almas. La recarga del aceite, entre otras herramientas espirituales -como la oración y el ayuno- es la misma Palabra de Dios. Con las Escrituras, con la memoria que Jesús guardaba en su corazón y en su mente de la Torah fue como enfrentó en su vida personal las tentaciones de Satanás, el cual, como león rugiente anda buscando a quien devorar (1 Pedro 5, 8). Tanto celo guarda en su tarea de destruir, matar, y condenar al fuego del infierno el Diablo, que ni siquiera reparó en tentar, en la sequedad del desierto material y espiritual, al mismo Jesucristo.

No es para pasar por alto, como el que oye llover, las advertencias de Jesús sobre el infierno o sobre quedar fuera del Reino de Dios, por no estar vigilantes y preparados cuando llegue nuestra muerte, esto no es baladí: Jesús no miente, la Eternidad es para siempre y la muerte de Dios en la cruz, no tiene precio. Más bien es como para despertar de nuestra tibieza y mediocridad espiritual, no para temblar de miedo, pero si para ser prudentes, sensatos como aquellas doncellas que aguardaban al novio sin miedo, en mitad de la noche, con la lámpara encendida y el combustible necesario para la espera. Fiel, el novio, vino cuando menos se le esperaba y las doncellas no prudentes, aquellas que fueron a buscar aceite, se les cerró la puerta, porque su momento también se les había pasado. Nos encontraremos con Jesús -Justo Juez- el día de nuestra muerte, que como ya dijimos en un principio, puede ser ahora, esta noche, o mañana, no serias el primero -pensando que eso es para más tarde- al que le cayó de repente cuando menos lo esperaba.

Vivimos en la cuerda floja constantemente, en más de una ocasión las fuerzas del mal nos oprimen, nos engañan, y nos insinúan que no merece la pena seguir en el combate de la fe; guardando las enseñanzas de Dios; manteniendo la lámpara encendida del amor y la fidelidad a sus mandamientos. Satanás, es tan malo, que nos hace ver de los demás, de nosotros mismos y de la vida, los aspecto negativos; nos roba la esperanza en un Dios leal y cercano, en el cual y con el cual lo podemos todo. Que no sea, entonces, para nosotros, la Palabra de Dios como un libro de literatura, porque no lo es; la muerte de Jesús clavado en una cruz no es literatura, la sangre de un inocente no tiene precio, y menos si ese inocente es Dios mismo. Y el que no pueda vivir desde el amor, que es a lo que nos invita Jesús, que viva al menos desde el temor, porque la vida terrena pasa pronto (para algunos está pasando en este momento) y la Eternidad es para Siempre. Como repetía muchas veces mi amiga Elisa Vivas: Tú decides, ante ti hay dos caminos, el ancho y el estrecho. Conociendo, además, que el estrecho -que es el que nos conduce a Dios- es, aunque un tanto hostil, transitable. (Mateo 11,28-30) En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

(Efesios 5:15-16) Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos.

Aborto y Masonería: muerte, satanismo y política sistemática de la Mentira

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¿Quien maneja los hilos de la historia desde hace varios siglos, los políticos o una elite mundial a los que estos obedecen ciegamente desde dentro de la masonería?
Sobre esta cuestión se ha vertido mucha tinta, y parece bastante verosímil -por el mismo testimonio de ex-masones- que no son los políticos elegidos por el pueblo en “democracia” los que rigen los destinos de la tierra, sino una elite mundial, a través de la masonería que coloca en los gobiernos nacionales y organismos internacionales a sus peones: políticos y altos funcionarios. Así queda de manifiesto en este articulo extraído de Infovaticana, como en algunos libros escritos por ex-masones y, también, vídeos que se pueden encontrar en youtube donde estos dan su testimonio de como funcionan las logias a través de su propia experiencia personal. Tampoco es de extrañar de una institución de puertas cerradas que se rige por el secretismo y la adhesión incondicional de sus miembros.
http://www.infocatolica.com/blog/caritas.php/1807021250-211-aborto-y-masoneria-muerte?fbclid=IwAR0mytQG8kQdPjTXvuPFYUritxwgHAgxXfhweVfXH1W8zrG9-B9RF_5_Oe8

La gravedad de mentir.

Repasando unas de mis entradas al blog a raíz del engaño que han sufrido los españoles a manos del Presidente de esta nación y del conjunto de diputados y afiliados del PSOE que, con su apoyo o con su silencio, han contribuido al fraude con las promesas electorales incumplidas, al siguiente día de ganar las elecciones, con su política de pactos.  

mentira

Ex 23, 7: Aléjate de la mentira. No harás morir al inocente ni al justo, porque yo no perdonaré al culpable.
Proverbios 12, 22: Los labios mentirosos son abominables para el Señor, pero los que practican la verdad gozan de su favor.
1 Juan 2:3-4; Si alguien dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.

Mentir es uno de los pecados más graves, a los ojos de Dios. Lo conocemos por propia experiencia, el dolor que causa el sabernos defraudados, y también por los pasajes bíblicos que he mostrado anteriormente (de facto, no mentirás, forma parte de uno de los diez mandamientos dados por Dios a Moisés). Y debe ser así porque a diferencia de otros pecados, que se quedan en uno mismo -aunque todos afectan al cuerpo místico de Cristo- este, en concreto, no solo afecta a la persona que miente al perder su credibilidad, sino que atenta también, de lleno, contra la buena fe de la persona engañada y, por consiguiente, a la inocencia de esta. En ocasiones la persona mentirosa daña no solo a un individuo (que no es poco, ya que por mentir se ha llegado a acabar con el equilibrio emocional de muchas personas engañadas, tal vez conozcas algún caso) sino que puede afectar a multitudes.

Así sucede, cuanto el mentiroso es un político, un eclesiástico, un profesor, un futbolista, un pastor, etc., al que siguen multitudes -especialmente, ahora, por medio de las redes sociales- ya que no solo queda afectada a la credibilidad del mentiroso, (en quien sus seguidores habían depositado su confianza), sino que al mismo tiempo, queda gravemente dañado el grupo al que pertenece y representa. De hecho, no pocas personas abandonan las instituciones cuando algunos de sus cargos más relevantes mienten reiteradamente, o sus soflamas no están en consonancia con su estilo de vida. Y no solo eso, sino lo que arrastra parejo a dicha incoherencia, pués la persona defraudada, si carece de fuertes convicciones (las cuales solo pueden sostenerse en el tiempo cuando tenemos un sentido trascendente de la vida, especialmente si creemos en el Dios de la Revelación), termina imitando la conducta del mentiroso y, por ende, afectando este ciudadano de a pie, del mismo modo que su líder, al conjunto de personas con las que interactúa en su cotidianidad, es decir, al final la mentira termina siendo un virus social que va colonizando a toda la población sembrando la desconfianza de todos contra todos. Esto se observa, especialmente, en los países desarrollados donde los valores morales, se han ido sustituyendo (a traves de los medios de comunicación) por los materiales, principalmente por el dinero y el afán poder, a toda costa y sin escrúpulos:  y una de sus armas más letales para alcanzar dichos objetivos -como venimos comentando- es la mentira.  Esa desconfianza que crea la mentira, y que se extiende como la pólvora a toda la población, si eres un poco observador, se puede advertir en el rostro tenso y la mirada rígida -en ocasiones casi desafiante- en muchas de las personas con las que te cruzas por la calle, en el dia a dia. Hoy no solo se miente, sino que hemos llegado a una degradación moral tal, que se aplaude incluso la mentira y al mentiroso con un eufemismo que tiene el nombre de posverdad. De este modo, ya no interesa para nada la coherencia y la verdad (sustituida, en el presente, por el interés personal o corporativista), la verdad que nos edifica como personas y como sociedad; ni la realidad, ni la ciencia, ni la historia, ni la tradición, ni la ley, ni la comunión; si acaso nos interesamos por algo, es por el bienestar económico, en una huida constante -en el fragor de esa búsqueda de riqueza- de nuestro vacío interior existencial. Ya lo dice la Biblia: “No solo de pan vive el hombre” y muchos experimentan o hemos experimentado, mejor dicho,  en nuestra vida cotidiana este gran axioma como infalible; económicamente hemos estado bien pero por dentro estábamos rotos o viviendo una vida de conflictos interminables. 

En cuestión, deberíamos plantearnos, seriamente, como individuos, como padres, como educadores -algunos, aún más, por sus convicciones cristianas- si realmente merece la pena tener los cinco o diez euros más en la cartera que nos prometen los políticos al més (que al final también es un engaño porque nos lo sacan por otro lado: las cuentas son las cuentas), o aspirar y luchar por una sociedad sana, impregnada de valores, que aspire a algo más que a tener satisfechas sus funciones vegetativas resueltas, a saber: el comer, beber, respirar, excretar, reproducirse y morir sin más.

Pero este empuje solo lo puede dar la esperanza, la creencia en un Dios que se sitúa más allá de este mundo y que nos promete entrar a todos en Él, si nos empeñamos, en el presente (en la vida terrenal), en construir las realidades de lo que tendremos definitivamente y en abundancia después de la muerte en su Reino: paz, justicia, amor, caridad, comunidad, y gozo. No es imposible y está a nuestro alcance, lo conocemos  en el ejemplo y vida de los santos, (no eran superhombres, sino personas de carne y hueso, como los demás, qué, en su empeño de seguir el evangelio, a Jesús, transformaron su entorno y, en ocasiones, hasta el rumbo de la historia). 

Por eso me dirijo, ahora, especialmente a mis hermanos de credo: la pérdida de la fe (en las promesas que nos comunica la Palabra de Dios, y en aceptar sus enseñanzas tal cual) han llevado a muchos a una doctrina lait, acomodaticia, de moral de situación, relativista, y a un buenismo paternalista (de superioridad moral), de connivencia con los pecados sociales e individuales, que me ha planteado varios interrogantes y dudas, llegando a la conclusión de que este grado de corrupción e inmoralidad al que asistimos, no  sólo se debe a los Poderes públicos, a traves  de los medios de comunicación, sino también, aunque en menor medida, a las instituciones y las personas que, por varias décadas, tal vez generaciones, han estado al cargo de la educación de niños, de jóvenes y de personas adultas. Si mi reflexión no está desenfocada, creo que nos hemos quedado en la superficie del Evangelio, sin plantar cara a esos medios (sino más bien impregnándonos de ellos) -en el cumplimiento de unas normas doctrinales- sin profundizar en las Escrituras, y en el cambio de corazón que Dios nos pide a través de ellas. No obstante, todo hay que decirlo, en honor a la verdad, no me cabe la menor duda que en manos de otros, del estado, sin ir más lejos, aún hubiéramos estado mucho peor. Hagamos, pues, un mea culpa, empecemos de nuevo (con lo poco que nos queda) y démosle la importancia y el valor que tiene, en sí mismo, a lo sagrado. Y,  después, en manos de quién lo ponemos para transmitirlo. Aunque por otra parte, yo me pregunto: ¿Cómo le vamos a dar ese valor si no conocemos las Escrituras, y cómo influenciará un cambio en mi vida y, por extensión, en la sociedad, si no la medito, y cómo la voy a meditar, si no le dedico tiempo y me recojo en oración como Jesús y María, para dejarme sorprender en su lectura? Para concluir vuelvo a la Palabra de Dios (Mateo 4,4) Jesús le respondió: —Escrito está: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”