“Mi delicia era estar con los hijos de los hombres”

El evangelio de hoy es muy trasparente, nos habla de la gran misericordia de Dios, que en ningún momento piensa en nuestra condenación, sino que esta es una consecuencia del rechazo que el mismo hombre pone con su libertad a esa misericordia, a reconocer que la salvación viene de aquel que ha dado la vida por nosotros siendo Dios y completamente Justo. De esta manera pues, os invito con el comentario que hace San Alfonso María de Ligorio a este evangelio, a la oración, a pasar tiempo con Dios, pues su mayor deleite, como él pone de manifiesto, es estar con nosotros. (1696-1787).

Evangelio según San Juan 3,16-21.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Comentario de San Alfonso María de Ligorio:

Las misericordias de las que fue objeto, son testigos segurísimos de su amor por usted. Cuando Dios ama un alma y es sinceramente amado, le desagrada encontrar en ella la desconfianza. Si desea alegrar su Corazón tan amante, vaya desde hoy a él, con la más sincera confianza y la más libre ternura que pueda alcanzar.

“Yo te llevo grabada en las palmas de mis manos, tus muros están siempre ante mi” (Is 49,16), decía el Señor a Jerusalén. Así le habla también a usted: “Alma querida, ¿qué temes? ¿Por qué esta desconfianza? Tu nombre lo llevo escrito en mis manos: no pierdo jamás de vista el hacerte el bien. ¿Tus enemigos te hacen temblar? Debes saber que la preocupación de tu defensa está tan presente en mi pensamiento que no me puedo distraer”. (…)

Sobre todo reanime su confianza con el pensamiento del don que Dios nos hizo en Jesucristo: “Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo Único” (Jn 3,16). Por eso, el Apóstol pregunta de dónde viene el temor que Dios reusaría algún bien, luego que nos dio a su Hijo: “El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?” (Rom 8,32).

“Mi delicia era estar con los hijos de los hombres” (Prov 8,31). Podemos decir que el paraíso de Dios es el corazón del hombre. ¿Dios lo ama? Ámele. ¿Su delicia es estar con usted? Ponga su delicia en permanecer con él, en pasar su vida entera en tan amable compañía. Como usted espera, ella será el encanto de su eternidad.

«Ustedes tienen que renacer de lo Alto».

En el evangelio de hoy Jesús nos pide nacer de lo Alto que es lo mismo que nacer nuevo, o nacer del Espíritu.
El Espíritu de Dios es libre, no sabemos cuándo se va a mover en nosotros y por donde nos va a llevar, porque Dios es libre, sondea nuestro corazón hasta lo más recóndito, intercede por nosotros al padre con gemidos inenarrables y nos va modelando y cristificando hasta hacernos uno con Dios. Pero hay que nacer de nuevo para que el Espíritu de Dios actúe en nosotros, y de esta manera poder nacer de lo Alto, porque de lo alto fuimos engendrados con un soplo divino en nuestra arcilla de barro, y a lo Alto estamos llamados a volver para mayor gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y todo lo que glorifica a Dios en nosotros, también redunda en beneficio nuestro, porque Él nos ha amado tanto que incluso ha tenido a bien entregar la vida de su hijo por nosotros.

Pero si el Espíritu de Dios es libre como el viento; es decir el Espíritu Santo, nosotros también hemos de ser libres para que él haga su misión y nos eleve a las alturas hasta que alcancemos la Vida Eterna. Jesús fue enteramente libre para actuar en la voluntad del Padre, que para eso vino; él no necesitaba nacer de nuevo, porque desde el principio el Espíritu de Dios actuaba libremente en él, nosotros por el contrario hemos de nacer de nuevo, porque el sopló de Dios en nosotros, no se puede unir al Espíritu Santo, sin dicha libertad. De esta manera, no podemos aferranos a nuestras cadenas; es decir, a nuestro pasado, a nuestros miedos, a lo correctamente político (al que dirán, que se decía antes) a nuestras elucubraciones mentales intentando negar lo indescifrable de Dios; tampoco podemos estar atados a vicios y pecados, siempre los mismos, lo cual no quiere decir que caigamos, pues como decía S. Juan Evangelista: hijitos míos no pequéis, pero si alguno pecara abogado tiene (Jesús mismo) ante el Padre.

Por lo comentado, si no nacemos de nuevo, de la libertad de los hijos de Dios, tampoco el Espíritu de Dios nos puede llevar a lo Alto, y lo más alto en ocasiones está en la cruz, en dejar atrás como Jesús, todo lo que nos ata al mundo y a nosotros mismos, pero como Jesús también salimos vencedores en la cruz; en lo que dejamos atrás, en nuestros despojos de muerte y miseria, porque donde está el cadáver allí se reúnen los buitres. Ahora en Dios, somos el pan de ángeles del desierto, el pan de la eucaristía; alimento de vida que no sirve a la carroña: (Santiago 4:7)
Así que, entréguense a Dios, resistan al diablo y el diablo huirá de ustedes.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-26

El que crea y se bautice se salvará.

Evangelio según San Marcos 16,15-20.

Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»
El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;
podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán».
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Comentario: muchas veces hemos pensado que lo de sanar, expulsar demonios, incluso ha habido quien ha devuelto a la vida a alguna persona recién fallecida en el Nombre de Jesús, es cosa para santos; entendiendo que estos son como superhombres -casi alejados del resto de mortales y tocados por una varita mágica- pero no es así, fueron personas normales, con sus afanes, miserias, y mermas físicas e incluso intelectuales, refiriéndome en este último caso a su poca instrucción bíblica y académica. Además todos ellos acompañados de sus tendencias innatas; de su carácter fuerte o dócil como la de cualquier otro ser humano. Cuentan de un Santo, cuyo nombre no recuerdo ahora, al que le encontraron sus uñas clavadas en el reverso de la mesa de su escritorio, para contener su carácter explosivo ante las personas que le sacaban de quicio.

Con todo lo que he comentado hasta ahora, lo único que quiero decir, que, si bien es cierto que todo los bautizados estamos llamados a la santidad, y es nuestra tarea primordial, no es menos cierto, que todos igualmente sin excepción, estamos destinados, por mandato de Jesús, a evangelizar de palabras y con obras -sin miedos- porque no actuamos en nombre propio, sino en el de nuestro Señor y Maestro, para el que nada es imposible; y al mismo tiempo, también, para que el mundo crea a realizar los mismos signos y milagros que Él hacia con el poder del Espíritu Santo, mediante la fe que en Él profesamos.

Por tanto, aquí en este Evangelio de hoy, Jesús no se está refiriendo a los consagrados, ni al Papa, ni a los teólogos, ni a esos Santos de altar, etc., sino que, por el contrario, su acción redentora, salvadora y sanadora en el hombre, ha de llevarse a cabo por intercesión de todo aquel que ha creído en su Nombre, que es como decir: el que ha creído en su Evangelio (en todo), no como algo que ya pasó, sino como una Palabra Verdadera, Viva y Salvadora, atemporal, que se actualiza y es eficaz en cada uno de los que en el hemos creído.

Oración: Te doy gracias Señor en el día de hoy por todas tus enseñanzas, por este nuevo día radiante de luz y esperanza. Y por todo el amor que me das cada día, por tú entrañas de misericordia que no juzga mi pasado y que ve mi persona sin etiquetas, tal y a la hora que me concibió mi madre, para el fin que tú tenías para trazado para mí. ¡Un abrazo mi querido Jesús!

Sólo el libre puede liberar.

Evangelio según San Marcos 16,9-15.

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios.
Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban.
Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado.
Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.
En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado.
Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»

Comentario: «Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído»

El anuncio del Reino y la conversión, como estamos viendo en las lecturas de esta semana son inherentes para aquellos que han experimentado en sus vidas que Jesús es Dios y que su Palabra es la única Verdad que merece la pena ser vivida, la única que da sentido a su vida particular y al conjunto de la humanidad porque es una Palabra coherente no solo desde la razón, aunque guarde sus misterios, sino que la misma se encarna en la persona transformándola en una criatura renovada desde el espíritu donde la libertad, el gozo, la caridad, la paz y la esperanza se superponen a la desesperanza, la esclavitud, la tristeza, el individualismo y la falta sentido. De esta manera vemos como los seguidores de Jesús, como miles de mártires y santos viven en la libertad del Espíritu Santo (el viento sopla donde quiere…) sin temor a la muerte, porque está en realidad lo que les acelera por el contrario es el paso, como a su maestro, a la verdadera vida de los hijos de Dios, a la Resurrección para la Vida Eterna en la Gloria del Padre, a los que han sido hechos salvos por aceptar al Hijo y su mensaje.

En contraposición a los libres, a los discípulos de Jesús, que solo obedecen el clamor del espíritu en ellos, al gozo de su esperanza, están los que no han aceptado la Verdad -a Jesús- que, como veletas, solo obedecen intereses personales e inmediatos, y así como venimos observando en las últimas lecturas, un día sacrifican al Santo y otro liberan a sus mismos discípulos a tendiendo exclusivamente, como ya dijimos, no a la verdad (como vemos con los poderes terrenales de nuestro tiempo) sino única y exclusivamente a sus temores humanos -a perder el poder- olvidando que ese mismo poder que tienen en sus manos, es porque Dios en última instancia lo permite.

Oración. Buenos Días mi Señor y mi Dios, la fuerza y el poder que me salva, te agradezco por un día más de vida, por la esperanza y la alegría que brota de mi corazón, porque veo como todas tus promesas se van cumpliendo en mí y como al mismo tiempo, y como ya mencionó anteriormente en el comentario, todo adquiere sentido en tí: el hombre, el mundo, la vida y la muerte. Sí, mi Señor y mi Dios, tú todo lo haces bien, aunque no siempre lo advertimos a tiempo, sino cuando miramos para atrás en nuestra historia ya pasada. Te pido Padre que tú Espíritu nos siga renovando por dentro, puesto que aún hay mucho que sanar y mucho que pulir para que tú imagen sea más viva, nítida y eficaz en cada uno de nosotros. Te pedimos igualmente para el día de hoy, que es lo que tenemos por delante, protección para nosotros y nuestras familias; que nos libres del mal, del mundo con sus falsas verdades y falsas amistades; también del maligno. Manda Jesús tú Santo Espíritu para que te podamos conocer en profundidad como tú nos conoces a nosotros y podamos discernir tú voluntad, Amén.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-23. Recomiendo leer también la primera lectura desde este enlace.

Porque no existe bajo el cielo otro Nombre por el cual podamos salvarnos.

Libro de los Hechos de los Apóstoles 4,1-12.

Mientras los Apóstoles hablaban al pueblo, se presentaron ante ellos los sacerdotes, el jefe de los guardias del Templo y los saduceos,
irritados de que predicaran y anunciaran al pueblo la resurrección de los muertos cumplida en la persona de Jesús.
Estos detuvieron a los Apóstoles y los encarcelaron hasta el día siguiente, porque ya era tarde.
Muchos de los que habían escuchado la Palabra abrazaron la fe, y así el número de creyentes, contando sólo los hombres, se elevó a unos cinco mil.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas,
con Anás, el Sumo Sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los miembros de las familias de los sumos sacerdotes.
Hicieron comparecer a los Apóstoles y los interrogaron: «¿Con qué poder o en nombre de quién ustedes hicieron eso?».
Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: «Jefes del pueblo y ancianos,
ya que hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue curado,
sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos.
El es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular.
Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos.

En la primera lectura de hoy, así como en la de días anteriores se nos relata los primeros milagros de los apóstoles y la llamada a la conversión del pueblo por parte de estos, condición sin la cual difícilmente puede el hombre salvarse actuando la gracia de Dios en él, porque como bien sabemos Dios respeta la libertad del hombre, sin dejar por ello de darle oportunidades. seguramente que hasta el último aliento de vida todos, en un segundo, tengamos esa oportunidad, porque, como sabemos, la misericordia de Dios es infinita.
En cualquier caso, los que ya hemos conocido a Jesús, no podemos guardarnos ese as en la manga para el final de la vida -al menos conscientemente- porque Dios conoce hasta lo más recóndito de nuestro pensamiento y por lo mismo no se le puede engañar.
La puerta para nuestra salvación y entrada al cielo, tanto para los que han conocido el evangelio como para los que no, como dice el Apóstol Pedro, en su predicación al pueblo Judío, es Jesús. Él como verdadero Dios y hombre, por su sacrificio en la cruz ha cargado con la condena que merecíamos por nuestros pecados y así el Padre lo ha glorificado con la Resurrección constituyéndolo en único mediador entre Él (el Padre) y cualquier otro ser viviente por el cual el hombre pueda salvarse.
Jesús por tanto es la única puerta para nuestra salvación, puerta que requiere, a su vez, de nuestra libertad y renuncia al pecado para que la misma sea eficaz y pueda llevarse a término en nosotros.
De este modo pues, volvámonos a Él, a Jesucristo y a su Evangelio, porque no hay otro Nombre en el cielo y en la tierra por el que nos llegue la salvación, dejemos las doctrinas, ideologías y religiones inventadas por hombres, que, bajo apariencia de bien, no nos pueden salvar; ya que como dice en otro pasaje del Evangelio (Mateo 6, 24): Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se entregará a uno y despreciará al otro.

*Oración:* buenos días mi Señor y mi todo. Te doy gracias Padre de bondad por la oportunidad que me das un día más para amarte y servirte. Gracias porque Siendo Dios has entregado la propia vida por mí y por mis hermanos en la persona de tú único y amado hijo Jesús, para hacernos hijos también a nosotros y participes de tu misma gloria. Hoy con renovada fuerza y esperanza en tí me entrego al amor y a la renuncia de mi mismo, para darme sin medida como lo has hecho tú por nosotros, insignificantes pecadores.

¡Señor haz que yo sienta tú amor, para que llenándome de él pueda al mismo tiempo entregalo a los hombres mis hermanos sin medida…!

¡A quien iré Señor, que no seas tú, si tú sostienes con misericordia mi nada…!

«Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.
Ustedes son testigos de todo esto.«

De esta manera concluye el evangelio de hoy, donde en esta ocasión Jesús se aparece al conjunto de los apóstoles, remarcado de nuevo cual era su misión, para que ya resucitado, en su nombre, se predicase la conversión de los pecados. Así pues, Jesús con su actitud ante el dominio del Imperio Romano sobre el pueblo Judío y sus palabras, nos muestra una vez más, que su Reino no es de este mundo o como los hombres del mundo proponen, si bien es cierto que este último con propuestas en los últimos milenios similares a la de Cristo, en buena parte copiadas del mismo evangelio por la cultura cristiana occidental de la que procede, nos ha mostrado ya, también, su historial de fracaso, muy a pesar de esas mismas teorías brillantes, de paz concordia, solidaridad y soluciones para todos los males del hombre.

De esta manera comprobamos en el mismo devenir de la historia de la humanidad, que no se puede hacer un mundo mejor al margen de Dios, al margen de la Palabra de Jesús, único Camino, Verdad y Vida para el hombre. Nos guste o no el corazón del hombre está contaminado (“sólo uno es bueno…» nos dice Jesús encontrá de la teoría de Rousseau) y si partimos de un análisis falseado de la realidad, pero fundamentalmente del Evangelio, enmendando la plana al mismo Jesús, difícilmente vamos a lograr que el Reino de Dios llegué a habitar en el corazón humano y por extensión en el resto de la humanidad. De este modo, pues, seguiremos de fracaso en fracaso -muy a pesar de la agenda globalista 2030- si olvidamos lo primordial, que es esta conversión personal que Jesús nos pide renunciando al pecado (de verdad, de todo corazón) y teniendo en cuenta lo ya comentado, que no hay alternativas humanas al Evangelio de Jesús del cual procede -nos guste o no- el conocimiento sin error.

El hombre ha avanzado mucho en tecnología, pero en lo demás, especialmente en su interior (en su alma) es el mismo de todos los tiempos por su delirio de erigirse a sí mismo en Dios y en conocedor del bien y del mal (guerras y miserias por doquier). Así vemos que no es suficiente la educación para que el hombre mejore, sino a las pruebas me remito, cada vez son más los ladrones de guante blanco, aunque también proliferan últimamente entre los que los usan de diferentes colores y texturas en sus trabajos.

Oración: Jesús mío, te doy gracias por este nuevo día y por esta nueva oportunidad que me das de hacer la mejor versión de mi mismo. Hoy de nuevo y con mayor entusiasmo que nunca renuncio a mis pecados de todo corazón, porque sé que con tu Gracia, mi Señor, lograré este cambio que tú pides en mi vida y por ello te doy gracias. Señor tú ya has trazado el Camino y el camino eres tú mismo, no hay nada más a izquierda ni a derecha, ni fuera de él; tú eres el que sostienes el mundo y el dueño de la historia.
Señor tu tienes palabras de Vida Eterna, Señor tuya es la última palabra porque todos compareceremos ante tú trono de Gracia y Gloria. ¡A quien iré pués Señor, que no seas tú, si tú sostienes con misericordia mi nada…!

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-21

El pan alimento de Vida Eterna.

«Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Estas son las palabras de admiración que pronuncian los discípulos de Emaús ante los discípulos cuando se vuelven a Jerusalén para comunicarles que también a ellos se les ha aparecido Jesús.
Es curioso que estos dos discípulos derrotados y apenados por el asesinato de su líder, de Jesús, no lo reconociesen mientras se volvían a su casa de camino a la aldea de Emaús. Es después una vez que han llegado a casa, cuando una oración y un gesto de Jesús aparentemente intrascendente los despierta de su ensimismamiento y frustración.

Es cierto que Jesús ha resucitado y a subido al Padre tal y como él anuncio a los apóstoles y como ellos mismos pudieron comprobar en su ascensión al cielo días después. Pero al margen de este anuncio de Jesús, que regresaba al Padre, hizo algunos más, entre otros, el de que se quedaba, aunque parezca contradictorio, al mismo tiempo entre los hombres en uno de los alimentos más humildes y a la vez más consumido por el hombre; a saber, en él pan.
Gran misterio este, el de la eucaristía, donde Jesús a querido quedarse ¡De que manera no pronunciaría la bendición Jesús al Padre por este alimento y de que modo no lo repartiría! que no fue hasta ese instante cuando los Discípulos de Emaús, finamente, se despiertan de su letargo y reconocen que estaban ante la presencia del hijo de Dios, del mismo Jesús resucitado.

Jesús se ha ido pero al mismo tiempo se ha quedado con nosotros, y si realmente queremos ver su acción en nuestras vidas; si queremos salir de nuestras derrotas, de nuestros imposibles, de nuestra servidumbre al mal, como los discípulos de Emaús, tenemos que acercarnos más amenudo a la eucaristía, a adorarlo en la hostia consagrada y comer su cuerpo. Hay un dato curioso entre los cristianos de todo el mundo que solo tiene lugar entre los católicos y no es debido a otra cosa que a la eucaristía y es la «cristificación» del mismo cuerpo humano por medio de ella. Es así que después de la muerte algunos santos; es decir su cuerpo, permanece incorrupto total o parcialmente.

Jesús es nuestro alimento de vida y el cristiano que se acerca a diario a la eucaristía y se alimenta del cuerpo de Cristo ve, en propia persona, como esta lo fortalece ante las tentaciones; como su vida se va transformando poco a poco; como los imposibles se vuelven alcanzables y como, por el contrario, también, está más expuesto a sucumbir a las tentaciones y al derrotismo cuando deja de alimentarse de Cristo, Vivo en la eucaristía, más de tres días seguidos.

Oración: Señor dame la fe necesaria para descubrirte en la eucaristía y acercarme a ella con toda reverencia, contrición y habiendo perdonado a todos mis enemigos, para que tú cuerpo realice en mí lo que tú, que no mientes, has afirmado. Y lo que tú has afirmado mi querido Jesús en (Juan 6, 53-54) es lo siguiente: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida».

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-20

No te apartes ni a izquierda ni a derecha, no hay más camino.

El Domingo de Resurrección da inicio a los cincuenta días del tiempo pascual que concluye en Pentecostés. La Octava de Pascua consiste en la primera semana de este tiempo de la Cincuentena; se considera como si fuera un solo día, es decir, el júbilo del Domingo de Pascua se prolonga ocho días seguidos, y por eso las lecturas van muy ligadas con las apariciones de Jesús antes de ascender a su morada celestial y eterna para recibir su merecida gloria junto al Padre.

Evangelio según San Juan 20,11-18.

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».
Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!».
Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'».
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

De Simeón el Nuevo Teólogo:

No te canses, alma mía, en la búsqueda del Maestro.
Como un alma que se ha librado voluntariamente a la muerte,
no vayas a tientas en la búsqueda de tu comodidad, no persigas la gloria ni el goce del cuerpo ni el afecto de tus cercanos.
No mires a la derecha y a la izquierda, sino, tal como comenzaste y, aún más, corre.
¡Apresúrate, sin descansar, para alcanzarlo y tomar al Maestro!
Aunque desaparezca diez mil veces y diez mil veces te aparezca, que así lo inalcanzable sea para ti alcanzable, diez mil veces, o más bien tanto como tus respiraciones.
¡Redobla de ardor para seguirlo y corre hacia él!

Él no te abandonará, no te olvidará. Al contrario, poco a poco, cada vez más se mostrará.
Alma mía, la presencia del Maestro se hará más frecuente y después de haberte perfectamente purificado por el brillo de su luz, el autor del mundo vendrá en ti, habitará en ti, será contigo.
Poseerás la riqueza verdadera que el mundo no posee, que sólo posee el cielo y los que son inscritos en el cielo. (…)

El Maestro de la tierra, que creó al cielo y todo lo que está en el Cielo y está en el mundo, el Creador, el único Juez, el único Rey, habita en ti, se muestra en ti.
¡Que te ilumine completamente con su luz y te haga ver la belleza de su rostro, te acorde verlo en persona claramente y te dé parte en su gloria!
Dime, ¿existe algo más grande?

Cuando la derrota deviene en alegría, gozo y esperanza.

Esta es la vida del creyente, cuando todo parece que toca a su fin, que la derrota es total y eminentemente, entonces Jesús viene a rescatarnos y hace acto de presencia en el lugar y en el momento conveniente como ya pasara en Judea, con la resurrección del Señor, ante sus discípulos y seguidores a los que invita a la alegría y a despojarse de los miedos.
Los Cristianos seguimos a un Dios vivo resucitado, omnipotente y compasivo. Dios no se cambia, ni se muda, y si antes de dar su vida por el hombre ya se compadecía de los pobres y de todas las almas caídas y abatidas por el pecado, cuanto más ahora que ha tenido la experiencia en propia carne de pasar por todos los dolores físicos y todos los tormentos psíquicos que cualquier ser humano puede experimentar, más aún cuando el cargo con todos ellos a la vez: el desprecio, la soledad, el abandono, el despojo, la calumnia, el dolor físico hasta extremos nunca conocidos y hasta lo que hoy llamamos depresión con una tristeza de muerte hasta llegar exudar sangre en el Huerto de los Olivos.
De esta manera, Jesús al igual que ayer, recién resucitado, nos vuelve a salir al encuentro invitándonos a través de su palabra a confiar, a la alegría, y a perder el miedo. Tenemos un Dios vivo, el único que vive por si mismo y por esta razón Él es también la única verdad, el único camino y vida que podemos seguir sin temor equivocarnos. Jesús ha resucitado, y nosotros lo hacemos con él cada día cuando una y otra vez viene en nuestro rescate y nos levanta de nuestras angustias y miserias. ¡En verdad Jesús ha resucitado y nosotros somos testigo de ello…!
¡Bendito y alabado sea nuestro Dios el que vive por siempre y no se cansa de amar! ¡Tenemos en tí Señor una fuente de vida, inagotable, que salta hasta la eternidad!

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-18

Hoy la Iglesia, está de gozo. Su esposo, Cristo, acaba de resucitar…

Sábado Santo, Solemne Vigilia Pascual
Evangelio según San Lucas 24,1-12.

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado.
Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes.
Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?
No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día'».
Y las mujeres recordaron sus palabras.
Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás.
Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron.
Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido.

Asterio de Amasía (¿-c. 410)
obispo

Homilía 19 sobre el salmo 15

“Tú iluminas esta noche santa con la gloria de la resurrección del Señor”
Hoy la Iglesia, la heredera, está de gozo. Su esposo, Cristo, que ha padecido, acaba de resucitar… ¡Alégrate, Iglesia, Esposa de Cristo! La Resurrección de tu Esposo te ha levantado de la tierra en la que los viandantes te pisoteaban con sus pies… ¡Oh maravilla!… Un solo grano ha sido sembrado, y el mundo entero se ha alimentado de él. Como hombre, ha sido inmolado; como Dios, ha sido devuelto a la vida y da vida a la tierra… Como cordero, ha sido degollado, y como pastor, por el cayado de su cruz, ha dispersado el rebaño de los demonios. Como una bujía sobre el candelabro, se apagó sobre la cruz, y como un sol, se levantó del sepulcro. Se han cumplido dos prodigios: el día ha oscurecido cuando Cristo ha sido crucificado, y en su resurrección, la noche ha brillado como el día. ¿Por qué se oscureció el día? Porque, tal como está escrito, “se envolvió en un manto de oscuridad” (Sl 17,12). ¿Por qué la noche ha brillado como el día? Porque, como dice el profeta: “Ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sl 138,12).¡Oh noche más clara que el mediodía! ¡Noche más luminosa que el sol! ¡Noche más blanca que la nieve, más brillante que las antorchas, más dulce que el paraíso! ¡Oh noche que no conoces ninguna tiniebla, que nos alejas el sueño y nos hacer velar con los ángeles! ¡Noche pascual, espanto de los demonios, esperada durante un año! ¡Noche nupcial de la Iglesia, que haces nacer a los nuevos bautizados y despojas al demonio dormido! ¡Noche en la que el heredero introduce a los coherederos en su herencia!

¡Ay del solo! y Jesús probó también de ese vacío.

Hoy escucharemos el relato de la Pasión del Señor según San Juan. Quiero destacar un aspecto: la soledad de Jesús. Le traiciona Judas, le abandonan los apóstoles, Pedro le niega tres veces, desaparece la multitud que días antes lo recibía como rey con cantos y palmas a su entrada en Jerusalén… Solo María, su madre, y Juan permanecen al pie de la cruz con algunas mujeres. En este momento difícil el Señor no pudo contar con la compañía y la amistad de los suyos. Todos sabemos qué mala es la soledad en momentos difíciles y qué mal se pasa. Pues esto es lo que vivió Jesús en su Pasión.

Es difícil entender la muerte de Jesús en la cruz sin la luz de la fe. Por la fe sabemos que nada, por absurdo que parezca, es inútil, pues los caminos de Dios no son nuestros caminos y los planes de Dios son inescrutables para nosotros. Pero en la soledad de la cruz, a la muerte de Jesús se manifestaron su gloria y su comunión total con el Padre. Jesús fue el Hijo obediente hasta la cruz porque esa era la voluntad del Padre y Jesús había venido para cumplir los planes del Padre.

En este día de la Cruz los cristianos de todo el mundo estamos invitados a mirar y escuchar la Pasión de Jesús con los ojos del discípulo/amado. En la cruz Jesús sufre por la violencia que le causan los seres humanos concretos. Jesús en la Cruz es icono del dolor ocasionado por la voluntad del ser humano con su hermano. Una violencia que Jesús toma sobre sí y a la que responde no con más violencia, sino con un amor extremo y total. Su actitud y sus palabras pronunciadas en los momentos de su crucifixión y agonía nos enseñan cómo enfrentar la violencia, el desamor y la soledad de los más cercanos.

Jesús sigue siendo crucificado en los millones de personas que pasan hambre cada día, en los mutilados de todas las guerras y en los que están sujetos a condiciones inhumanas de vida y trabajo. Jesús continúa crucificado en los discriminados por ser negros, indígenas, pobres y de otra opción sexual. Pero ninguno de ellos está solo, Jesús camina, sufre y resucita en todos estos compañeros suyos de tribulación y de esperanza. ¡Oh Cristo, amor crucificado hasta el fin del mundo en los miembros de tu cuerpo, haz que hoy podamos comulgar con tu pasión y muerte para poder gustar tu Gloria de Resucitado!

“Te dejaste clavar en la Cruz para derramar sobre todos la luz de tu perdón, y de tu pecho traspasado fluye hasta nosotros el río de la vida”. Ya dijo Jesús: “si el grano de trigo cae en tierra y muere, da fruto”. Para Dios la muerte de Jesús vivida en soledad no fue estéril e inútil, al contrario fue una fuente de vida que hasta hoy fluye, y fluirá sin parar hasta el fin del mundo. ¡Bendita soledad de Jesús en su pasión y muerte que nos ha traído tales torrentes de vida y bendición!

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-15
José la Torre

No hay mayor exaltación que la que viene de lo alto

Jueves Santo
Evangelio según San Juan 13,1-15.

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo,
sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios,
se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».
«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».
«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!».
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos».
El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?
Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy.
Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.»

Comentario:
Benedicto XVI
papa 2005-2013

Exhortación apostólica « Sacramentum caritatis »
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13)
La santa eucaristía, sacramento del amor, es el don que Jesús hace de sí mismo revelándonos así el amor infinito de Dios por todo hombre. En este admirable sacramento se manifiesta el amor «más grande», el que empuja a «dar su vida por sus amigos» (Jn 15,13). En efecto, Jesús «los amó hasta el extremo». Con esta expresión el evangelista introduce el gesto de humildad llevado a cabo por Jesús: antes de morir en la cruz por nosotros, se ciñó un lienzo en la cintura y lavó los pies a sus discípulos. De la misma manera Jesús continúa amándonos «hasta el extremo», hasta el don de su cuerpo y sangre en la eucaristía. ¡Cómo debió quedar asombrado el corazón de los discípulos ante los gestos y las palabras de Jesús durante la Cena! ¡Qué asombro debe suscitar también en nuestro corazón el misterio eucarístico!… En efecto, en este sacramento el Señor se hace comida para el hombre sediento de verdad y de libertad. Puesto que tan sólo la verdad puede hacernos libres (Jn 8,36), Cristo se hace para nosotros alimento de Verdad... Porque todo hombre lleva en sí mismo el deseo inextinguible de la verdad última y definitiva. Por eso el Señor Jesús «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6) se dirige al corazón deseoso del hombre que se experimenta peregrino y sediento, al corazón que aspira ardientemente a la fuente de la vida, al corazón buscador de verdad. En efecto, Jesucristo es la verdad hecha persona, que atrae al mundo hacia él... En el sacramento de la eucaristía Jesús nos enseña sobre todo la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios, esta verdad evangélica que interesa a todo hombre y a todo el hombre. Por consiguiente, la Iglesia, que encuentra en la eucaristía su centro vital, se compromete sin cesar a anunciar a todos «a tiempo y a destiempo» (2Tm 4,2), que Dios es amor. Es precisamente porque Cristo por nosotros se ha hecho alimento de la verdad que la Iglesia se dirige al hombre invitándolo a acoger libremente el don de Dios.

Te deseo que pases un feliz Jueves Santo, aprendiendo de Jesús la humildad y el servicio, porque como dice la misma Palabra el que se humilla será enaltecido ¿y que mayor exaltación que resucitar como Jesús junto al Padre para la Gloria Eterna y el Gozo Inefable? ¿para aquello que ni siquiera, en el mejor de los casos, el hombre puede imaginar?
Pues esto dice S. Pablo que ya tuvo en vida un anticipo de ellas por sus revelaciones: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. (1 CORINTIOS 2:9)

¿Seré yo Señor?

Miércoles Santo.
Evangelio según San Mateo 26,14-25.

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes
y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».
El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'».
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?».
El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Comentario San Gregorio Nacianceno (330-390)
obispo y doctor de la Iglesia


“¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”

Vamos a participar en la Pascua, ahora aún de manera figurada, aunque ya más clara que en la antigua ley, si puedo decirlo así, como una figura oscura de nuestra Pascua, que es también figura…

Nosotros hemos de tomar parte en esta fiesta ritual de la Pascua en un sentido evangélico, y no literal; de manera perfecta, no imperfecta; no de forma temporal, sino eterna. Tomemos como nuestra capital, no la Jerusalén terrean, sino la ciudad celeste; no aquella que ahora pisan los ejércitos, sino la que resuena con las alabanzas de los ángeles. Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y pezuñas (sl 68,32), más muertos que vivos y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza (Sal 49,14) sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina, avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santo de los santos. Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz: sus clavos son dulces a pesar de ser extremadamente dolorosos. Es mejor sufrir con Cristo y por Cristo que vivir deliciosamente con los otros.

Si eres Simón de Cirene, toma tu cruz y sigue a Cristo. Si estás crucificado con él como un ladrón, haz como el buen ladrón: reconoce a Dios… Si eres José de Arimatea, reclama el cuerpo del Señor a quien lo crucificó, y haz tuya la expiación del mundo. Si eres Nicodemo, el que de noche adoraba a Dios, ven a enterrar el cuerpo, y úngelo con ungüento y perfúmalo con la mirra. Si eres una de las dos Marías, o Salomé o Juana, llora desde el amanecer; procura ser el primero en ver la piedra quitada, y verás quizá a los ángeles o incluso al mismo Jesús.

Entonces la cizaña no se guntará ya con el grano

Evangelio según San Juan 13,21-33.36-38.

Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».
Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.
Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús.
Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere».
El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?».
Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato». Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.
En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer».
Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto.
Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres.
Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.
Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’.
Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás».
Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti».
Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces».

Hoy tomo el comentario al Evangelio -ya que me parece muy didáctico- de San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

«Y untando el pan, se lo dio a Judas»
Cuando el Señor, Pan de Vida (Jn 6,35), hubo dado pan a este hombre muerto, y entregándole el pan, señalaba al que iba a traicionar al pan vivo, le dice: «Lo que tienes que hacer, hazlo en seguida». No le mandaba hacer el crimen, sino que descubría su mal a Judas y nos anunciaba nuestro bien. Que Cristo fuera entregado ¿no era lo peor para Judas y lo mejor para nosotros? Judas, pues, que se hacía daño a sí mismo, actuó en favor nuestro sin saberlo.

«Lo que tienes que hacer, hazlo en seguida». Palabra de un hombre que está dispuesto, no de un hombre irritado. Palabra en la que se anuncia menos el castigo del que traiciona que la recompensa del redentor, del que rescata. Porque diciendo: «Lo que tienes que hacer, hazlo en seguida», Cristo, más que acusar el crimen del infiel, busca apresurar la salvación de los creyentes. «Fue entregado por nuestros pecados; amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Rm 4,25; Ef 5,25). Es lo que hace exclamar al apóstol «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). De hecho nadie hubiera entregado a Cristo si él mismo no se hubiera entregado… Cuando Judas le traiciona, es Cristo que se entrega; uno negocia su venta, y el otro nuestro rescate. «Lo que tienes que hacer, hazlo en seguida»: no que eso esté en tu poder, sino que es la voluntad del que todo lo puede… «Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.» Y el que salía era él mismo noche. Seguidamente, cuando la noche hubo salido, Jesús dijo: « ¡Ahora es glorificado el Hijo del hombre!» Es entonces cuando «el día al día le pasa el mensaje» (Sl 18,3), es decir, Cristo lo confía a sus discípulos para que lo escuchen y lo sigan en el amor... Algo semejante sucederá cuando este mundo vencido por Cristo, pasará. Entonces la cizaña, ya no se juntará con el grano porque «los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13,43).

Lo decía no por los pobres, sino porque era ladrón

En el evangelio de hoy vemos como María, desprendida de lo más valioso que tenía para ella, un perfume carísimo por esas fechas, lo derramar a los pies de Jesús y, como una esclava, lava y seca después con sus cabellos, los pies del Señor.

Gran ejemplo el de María para nosotros, la cual no se avergüenza ni duda, ante los demás invitados de la cena, en postrarse ante Jesús; junto aquel que anteriormente le ha había sanado su corazón quebrantado.
Así es nuestro Señor, el cambia nuestras vidas, nos habla al corazón y nos restaura cuando nos acercamos a él, y desde el momento que ese corazón seco es transfundido por la sangre derramada de Jesús, entonces empezamos a encontrar la libertad pérdida: ya uno deja de ser esclavo de su dinero o sus bienes, de sus pasiones; tampoco le importa, lo suficiente, lo que opinen los demás para actuar en la voluntad de Dios. De este modo, María da generosamente aquello que la podía hacerse destacar de otras mujeres de la época; sin embargo no se detiene, se siente agradecida y le devuelve a Jesús, mínimamente, con este gesto, la libertad y la paz que no tenía, antes de que Jesús removiera todo aquello que estaba muerto dentro de ella.

Enseñanza: si aún eres esclavo de las cosas, de las personas, de tus instintos, de tus pasiones; si la situaciones te desbordan, dile al Señor como la otra María, su madre: he aquí la esclava (o) del Señor hágase en mí según tu voluntad y a continuación ore con entrega absoluta la oración de abandono.
Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en tus criaturas.
No deseo nada más,
te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
del que soy capaz,
porque te amo, necesito darme; ponerme en tus manos sin limitación,
sin medida, con una confianza infinita,
porque Tú eres mi Padre. Amén

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-11

El Rey de Reyes está a las puertas del triunfo final.

Comentario al Evangelio de hoy por S. Antonio de Padua, doctor de la Iglesia.(1195-1231)

He aquí que nuestro Amado va hacia el Monte de los Olivos

He aquí que nuestro Amado, racimo de alheña, bouquet de mirra (cf. Cant 1,12-13), después de celebrar el festín rico y refinado y cantar el himno, sale con sus discípulos hacia el Monte de los Olivos. Allí, pasa toda la noche sin dormir, preocupado por cumplir la obra de nuestra salvación. Se aleja de los apóstoles, tiene una tristeza de muerte. Se arrodilla delante de su Padre y le pregunta si es posible que esa hora pasara lejos de él. Pero somete su voluntad a la voluntad del Padre (cf. Mt 26,38-39). Entrado en agonía, “su sudor eran como gotas de sangre” (cf. Lc 22,4). Después de esto, traicionado por uno de sus discípulos con un beso, es prendido y llevado como un malhechor. Su rostro está velado, luego lo cubren de insultos y escupidas. Lo golpean en la cabeza con una caña, le pegan, lo flagelan atado a una columna. Es coronado de espinas, condenado a muerte. Cargan sobre sus espaldas la madera de la cruz, lo ponen en camino hacia el Calvario. Despojado de sus vestiduras, crucificado entre dos ladrones, abrevado con hiel y vinagre, insultado, es blasfemado por los que pasan.

¿Qué podemos agregar? La Vida muere por la muerte que somos. ¡Ojos de nuestro Amado, cerrados en la muerte! Rostro inclinado y exangüe, sobre el que los ángeles aman fijar la mirada. ¡Labios, panal de miel que destila palabras de vida eterna, devenidos lívidos! ¡Maestro que pende inclinado y hace temblar a los ángeles! ¡Manos que tocando hacen desaparecer la lepra, devuelven la vista, expulsan al demonio, multiplican los panes! ¡Estas manos están atravesadas por clavos, bañadas en sangre!

Amados hermanos, recojamos todo esto, compongamos un bouquet de mirra, pongámoslo sobre nuestro pecho, llevémoslo en nuestro corazón, (…) para poder resucitar con él al tercer día. ¡Qué el que es bendito en los siglos, nos obtenga todo esto! Amén.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-10

Sólo uno, pago por el castigo que todos merecían

Dios establece una alianza Eterna con Abraham y su descendencia a través de la cual, especialmente del pequeño resto fiel de su pueblo, entre ellos José y María, Dios ofrece su protección. Sin embargo Dios ha tenido a bien, en los tiempos, hacer un nuevo pacto con el hombre y extenderlo a toda la humanidad, por medio de su amado hijo; del sacrificio que éste hizo en obediencia al Padre, para restaurar a todos aquellos que acepten que Jesús es Dios, enviado del Padre y que, a su vez, este sacrificio es necesario y suficiente, para saldar la deuda que todos habíamos contraído, ante Dios, por nuestros pecados.

Era necesario que uno solo muriera por todo el pueblo. Y sólo uno, Jesús, podía obrar el milagro de llevar a cabo esta encomienda. Solo Él, Jesús, venciendo todas las tentaciones, por su pureza y por su rango, el mismo que el del Padre, fue encontrado digno para saldar dicha deuda, con el más alto Señor; Dios uno y trino.

Pero la misericordia de Dios es tan grande, que la nueva alianza que el Padre establece por medio de su hijo va mucho más allá de unos bienes materiales, de una nación geográfica, de una descendencia incontable, como en el anterior pacto con Abrahaam

La novedad consiste en que el nuevo pacto nos ha elevado Casi a la misma dignidad de su amado hijo Jesús, de tal modo que por esa entrega a la voluntad del Padre, nos ha hecho a nostros participes de su misma filiación Divina y también de su heredad; ahora somos coherederos del Reino de los Cielos a perpetuidad.
De esta manera se cierra el círculo, de nuevo estamos en la casa del Padre (como lo estuvieron Adán y Eva) con lo que vemos que Dios hizo bien todas las cosas y que igualmente y de nuevo la salvacion solo depende de nosotros, de nuestra libertad, de nuestra adhesión. Todos al final, todos tendrán, quedar un sí o un no para salvarse, si ahora no damos el sí, difícilmente lo vamos a dar más tarde, donde la batalla entre el bien y el mal será a muerte. Como dijo San Agustín, que antes que Santo fue un pecador como el que más: Dios, que te creó sin ti, para hacerte participe de su belleza, bondad y felicidad inefable,no te salvará sin ti.
La diferencia, es que ahora sabemos de antemano las consecuencias del pecado: la destrucción, la enfermedad y la muerte; cuando menos se cobra la vida de la gracia y la muerte espiritual del hombre, su paz y su gozo interior.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-09

La Escritura no puede ser anulada

Los judíos tomaron piedras para apedrearlo.
Entonces Jesús dijo: «Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?».
Los judíos le respondieron: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios».
Jesús les respondió: «¿No está escrito en la Ley: Yo dije: Ustedes son dioses?
Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra -y la Escritura no puede ser anulada-
¿Cómo dicen: ‘Tú blasfemas’, a quien el Padre santificó y envió al mundo, porque dijo: «Yo soy Hijo de Dios»?
Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre».
Ellos intentaron nuevamente detenerlo, pero él se les escapó de las manos.
Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado, y se quedó allí.
Muchos fueron a verlo, y la gente decía: «Juan no ha hecho ningún signo, pero todo lo que dijo de este hombre era verdad».
Y en ese lugar muchos creyeron en él.

Dejo a continuación el comentario que de este Evangelio hace S. Juan Pablo II:

¿No está escrito en la Ley: Yo dije: Ustedes son dioses?”

“Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gn 1,26) Como si el Creador entrase en sí mismo; como si al crear, no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra “hágase”, sino que de forma particular sacase al hombre del misterio de su propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino de la imagen. La imagen debe “reflejar”, debe como reproducir en cierto modo “la sustancia” de su Modelo. (…) Es obvio que no se debe entender como un “retrato”, sino como un ser vivo que vive una vida semejante a la de Dios.

Al definir al hombre como “imagen de Dios”, pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible. Son conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho —y sigue haciendo— en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies.

Respetando ciertamente tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a él se parece. En esta dirección caminan también la antropología y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto “imagen de Dios”, da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza. En este sentido el Salmo 82, 6 dice: “Sois dioses”, palabras que luego repetirá Jesús.

A estás palabras de S. Juan Pablo II, yo añadiría que, cuando se asesina a un niño en el vientre de su madre, a un anciano por improductivo, aún enfermo para quitar una carga a la sociedad, a un joven accidentado en coma, no solo se está asesinando a la persona, ya de por sí grave, porque se considera a un semejante como una carga, sino que se está de algún modo asesinando a Dios mismo en él, su capacidad de amar y recibir amor, de reír, de llorar, de agradecer, de luchar, y de esperar en Aquel que tiene la última palabra sobre la vida y la muerte, sobre ese templo donde él Espíritu Santo está llamado a habitar. Somos imagen de Dios, más que una bandera lo pueda ser de su país, ya que está no tiene espíritu y además es algo inerte, y por esto mismo dañar esta imagen viviente, mancharla, asesinarla, abandonarla, es atentar directamente contra el que le da vida, contra Dios.

El amor vence siempre.

«Les aseguro que el que es fiel a mi palabra, no morirá jamás».

Jesús como veíamos en evangelios anteriores sabe de dónde viene, quién es y a donde va. Conoce la misión que le ha sido encomendada por su Padre: la misión de darnos vida por la remisión de nuestro pecados, y no cualquier vida, sino vida Eterna. Una vida que nos llena de paz, de sabiduría, de certidumbre, de amor; una vida que traspasa la barrera de la muerte, saltando por encima de ella, de la muerte física y de la muerte espiritual. Jesús a venido a darnos vida porque él es el autor de la vida, de la creación; ya lo demostró con su propia resurrección, Él ha vencido a Satanás y a la muerte, y nos da esa misma promesa de vida Eterna para nosotros en el Evangelio de hoy; para todos aquellos que se dejen y luminar por su Palabra, aquellos que confíen y no duden que Jesús es la lámpara que ilumina la oscuridad de la noche y las tinieblas del día, por los que discurren ahora nuestros pasos en medio de este mundo contradictorio y hostil que mata a sus propios hijos y, que, cada vez más, se encamina a su propia destrucción.

Jesús es la solución, pero Jesús también, respeta sus principios, la libertad que nos dió ya desde el principio de la creación: libertad para elegir entre la vida y la muerte, entre su Palabra y nuestro yo, entre el camino ancho de la perdición y el camino estrecho de vaciarse de uno mismo, de darse y humillarse, como Jesús mismo hizo, para que la paz, la vida, el amor y la unidad, vuelvan sobre nosotros; es decir, para que recuperemos aquello que se nos dió y que ya tuvimos al principio de la creación.

Hoy redundando en estas mismas palabras de Jesús he recordado aquellas otras de San Juan Pablo II, las que dirigió a los Jóvenes en su visita a Chile, palabras de esperanza que reproduzco a continuación:
«El amor vence siempre. ¡El amor vence siempre, como Cristo ha vencido! El amor vence siempre aunque, en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos impotente. Cristo parecía impotente en la Cruz. ¡Dios siempre puede más!».

«¡Jóvenes chilenos: No tengáis miedo de mirarlo a Él! Mirad al Señor: ¿Qué veis? ¿Es solo un hombre sabio? ¡No! ¡Es más que eso! ¿Es un profeta? ¡Sí! ¡Pero es más aún! ¿Es un reformador social? ¡Mucho más que un reformador, mucho más! Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en Él el rostro mismo de Dios. Jesús es la Palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia de cada uno. Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de Él solo hay oscuridad y muerte. Vosotros tenéis sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Buscadla y halladla en quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma».

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-04-07