Hoy Jesús ora al Padre y agradece que su mensaje haya sido especialmente dado a entender a los más pequeños y humildes, tal vez porque el corazón de estos es semejante al del mismo Jesus; es decir, humilde y paciente. Un corazón que sólo espera de Dios Omnipotente, los que otros esperan del mundo. Un mundo caduco, hostil, limitado e imprevisible, un mundo que igual que te eleva te hace caer en el abismo de la enfermedad, la muerte, el vicio o la traición.
Jesús que sabe bien de que arcilla estamos hechos y que el mundo no nos puede dar lo que no tiene; es decir, Espíritu, Verdad y Vida, nos dice hoy: Ven a mí, hijo mío si estás cansado y agobiado de buscar y no encontrar, que yo te aliviaré, yo romperé tus cadenas, te liberaré de tus ataduras, porque mi yugo es suave y llevadero: no te ata, sino que te hace avanzar confiado y en paz hasta la meta final, principio, no de un nuevo desorden mundial, sino de la corona de Gloria, la Jerusalén Celestial, la patria definitiva, la que tú mismo has ido labrando dejándote conducir de mi mano en esta morada de paso, que es la tierra.
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