No todo el que me diga: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial (Mt 7, 21).
En el evangelio de hoy Jesús con otras palabras nos recuerda la importancia de vivir en la voluntad del Padre y no, en nuestras convicciones personales, al margen de la misma. Porque si se trata de interpretación libre del Evangelio, al margen de la Iglesia y su Santa Tradición, fundada por Jesucristo, con cual de ellas nos quedamos, las de los teólogos racionalistas, la de los más puritanos por llamarles de algún modo, la de los Ortodoxos, la de los Protestantes, (un reino dividido consigo mismo, como nos recordaba ayer las escrituras, no puede subsistir). Solo podremos estar unidos a Dios y a los hermanos si hacemos la voluntad del Padre Revelada por el Hijo.
Algunos parientes de Jesús se escandalizaban y se avergonzaban de su proceder y de sus palabras y por eso no entraron al recinto para escuchar lo que decía (seguramente por cubrir la propia imagen y la de la familia) las personas nos sucedemos unas a otras pero nuestro modo de proceder no; ya que todos estamos hechos del mismo barro. En el día de hoy tendremos que preguntarnos si a los que ahora nos consideramos familia de Jesús nos sigue sucediendo lo mismo.
Martes de la 3a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 3,31-35.
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar.
La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».
El les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Comentario: San Carlos de Foucauld (1858-1916)
ermitaño y misionero en el Sahara.
¡Se haga en mí Tu voluntad, mi Dios!
“Padre Mío, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,46). Es la última oración de nuestro Maestro, de nuestro Bien-Amado… Que pueda ser la nuestra… Que sea la oración no sólo la de nuestro último instante, sino la de todos nuestros instantes”.
“Padre mío, me pongo entre Tus manos. Mi Padre, me abandono a Ti, me confío a Ti Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que Tu voluntad se haga en mí, en todas Tus criaturas, en todos Tus hijos, en todos los que Tu Corazón ama. No deseo nada más, Dios mío. Pongo mi alma en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque Te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida. Me pongo en Tus manos con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre…”.
