El evangelio de hoy nos habla claramente de la existencia, más allá de esta vida, de un lugar, otros les llaman estado del alma (no es el momento para debatir esto) donde pagaremos por no haber llevado una vida conforme a la voluntad de Dios y sus mandamientos. En ocasiones nos preguntamos qué siendo Dios infinitamente bueno y misericordioso permita la existencia de un lugar de castigo. Está claro que Dios no puede haber creado el mal, y que la existencia del mismo sólo es una consecuencia de la libertad que Dios ha dado a los hombres y a sus ángeles para que no sean autómatas programados sin alma ni voluntad: sin libertad el hombre se quedaría en otro animal más de la naturaleza para cumplir con sus actividades vegetativas innatas y sin tener consciencia de sí mismo y de su paso por el mundo.

Por consiguiente, es todo lo contrario, Dios amaba y ama tanto, que quiso crear al hombre a imagen suya, nos dice la biblia, con capacidad de amar y con actitudes para perseguir tareas nobles para el beneficio de todos. Esto mismo que pasa con Dios, sucede en el plano humano, un padre natural quiere siempre lo mejor para su hijo, pero no siempre el hijo entiende que su papá desee lo mejor para él y de este modo tiene que pagar en propia carne una experiencia negativa que su papá ya pasó durante su infancia o juventud.

El apartarnos de la voluntad de Dios trae consecuencias, porque no fuimos creado para el desamor sino todo lo contrario para amar, para amar incluso cuando las circunstancias no nos sean favorables. Esta es la lección que nos da el hijo de Dios frente a sus enemigos, hacer la voluntad del Padre y no devolver mal por mal: en esta actitud de confianza y entrega encontró él el camino de la vida, su resurrección y el retorno junto al Padre Eterno.

A Jesús como hombre no le fue fácil en todo momento, ya que era libre -como nosotros- y pudo buscar otra salida que no estuviese en concordancia con la voluntad del Padre, por eso dice en las Escrituras, que en el sufrimiento aprendió que significaba obediencia. Jesús tenía claro que lo más importante en la vida es tener comunión con Dios y que esa comunión la rompe la desobediencia, ya que Dios quiere lo mejor para nosotros, y supo en propia carne que obedecer lleva un sacrificio que finalmente trae todo lo contrario, la paz, la alegría y la vida Eterna.

He escuchado a algunas personas, a las cuales Dios les ha permitido tener una experiencia en vida de las realidades eternas, es decir, del Cielo y del Infierno, que el juicio prácticamente nos lo hacemos nosotros mismo una vez que hemos traspasado el umbral de esta vida en la tierra. Cuando uno llega a la presencia de Jesús, en pecado, en oscuridad, cuando por orgullo, vanidad, etc., no quiso reconocer en vida al hijo de Dios y rechazo su Palabra, una vez traspasado el umbral, como se ha dicho, de esta vida en la tierra, esa misma persona es incapaz de mantenerse en pie frente a la presencia de Jesús y en lugar de irse hacia Él, huye de su lado, no aguanta su presencia, la luz que emana de Él (una experiencia que no dicta mucho de la de Adán y Eva, una vez que desobedecieron a Dios se escondieron de Él).

El hombre es una unidad, nos decía Santo Tomás, sustancial entre alma y cuerpo, por eso mismo, más allá de esta vida, el alma sin el cuerpo queda atrapada y ya no tiene posibilidad de dar marcha atrás, o se condenó o se salvó, porque su dimensión es otra. De este manera, todo lo que podamos hacer para salvarnos, está en el ahora de la vida terrena, como nos relata el evangelio de hoy. Además, para aquellos que creen que el Infierno es un purgatorio más, la Palabra también nos pone de manifiesto, que hay una barrera infranqueable entre el lugar de los que se salvaron y de los que no. Por tanto, lo que nos transmite Jesús no es para asustar a nadie, sino todo lo contrario, para que nadie quede exento del Paraíso que nos aguarda, pues mediante esta Palabra nos viene a decir, que aún estamos a tiempo, que mientras hay vida hay esperanza, y es por eso que el entregó su vida por nosotros, para que nadie se condene.

A mi se me hace comprensible esa experiencia, que, a algunas personas Dios les ha concedido, en vida, de verlo cara a cara antes de que puedan condenarse, y a la vez comunicar al resto de la humanidad esa misma experiencia. Así tenemos, entre otros muchos, el caso de Marino Restrepo. Como sabemos a Jesús se le define también como la Luz Eterna, un símil que nos da a entender que en él no hay mancha, que todo es transparencia, la luz que nos hace caminar con paso firme sin extraviar el camino de donde no debimos salir nunca. Si Jesús es Luz Plena que lo inunda todo, la única manera de permanecer ante él es siendo también nosotros luz, aunque seamos un pabilo vacilante, pero a fin de cuentas luz; luz que se funde con el Todo. Que pasa por el contrario con la oscuridad, la oscuridad es la ausencia de luz, no tiene consistencia por sí misma si queda iluminada. Este ejemplo es el que podemos trasladar a nosotros, cuando una vez dejemos este mundo y nos situamos ante Jesús: si llegamos como almas que, en lugar de luz, solo llevan oscuridad, porque prefirieron por orgullo no reconocer al Hijo de Dios, Jesús de Nazaret y no abandonar su pecado …lo que sucede es que, como sombras, como oscuridad, para no quedar fundidos por la Luz y desaparecer, huiremos de ella, no podremos aguantar como oscuridad a Jesús, Luz Eterna. Es parecido también a la experiencia del secuestrado que ha permanecido en un zulo por parios días sin luz, sus ojos no soportan la luz de pleno día, quedarían cegados.

Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’.
‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’.
El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’.
Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’.
‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’.
Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'”.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quire decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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  1. ANTONIO SEBASTIÁN ARAGÓN GOTARREDONA dice:

    Así es DIOS nos ha hecho libre, y por eso el mal corre de nuestra cuenta elegirlo o no elegirlo. Y me da por pensar que DIOS tiene más pena que nosotros mismos, si no lo elegimos a EL. Pero nunca elegirá por nosotros. Muchas gracias por esta entrada.

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