¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo? Jesús en el Evangelio de hoy nos lanza está pregunta, a la que luego, él mismo Jesús da respuesta, y la respuesta es que debemos ser perfectos para ser buenos guías y discípulos al mismo tiempo. Y es que la sabiduría de Dios en poco o nada tiene que ver con lo que entiende el mundo por sabiduría humana, que es la de acumular conocimientos empíricos y retenerlos en la cabeza, o en lanzar hipótesis: especulaciones metafísicas acerca de lo divino y lo humano. Puesto que, como nos mostraba días atrás el mismo evangelio (1 Corintios 3:19): «La sabiduría humana es es necedad ante Dios. Pues escrito está: Él es el que prende a los sabios en su propia astucia». Por tanto, el verdadero conocimiento parte de Dios, y solo Dios lo otorga a aquellos que se han perfeccionado mediante el amor y la obediencia a su Palabra. Conocimiento que llega através del Espíritu Santo, porque solo en el que es santo y busca la santidad, puede habitar el Paráclito (luz y tinieblas son incompatibles) que es en realidad el que otorga el conocimiento de Dios, pues como dice en otro lugar de las escrituras (Juan 14, 26): «Sin embargo, cuando el Padre envíe al Abogado Defensor como mi representante -es decir, al Espíritu Santo-, él les enseñará todo y les recordará cada cosa que les he dicho.» Esto lo entiendo muy bien el mismo San Francisco de Asís, que prefería tener en su comunidad discípulos que se perfeccionaran en el amor, que a teólogos, porque volviendo de nuevo a las escrituras estás también nos recuerdan que el examen final que nos abrirá las puertas del cielo, no es sobre cuántos conocimientos carguemos en nuestra mochila, sino que el único examen que debemos presentar es el del amor, que implica la caridad, la verdad, y la justicia para con el prójimo y la obediencia para con Dios.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-09-09

LA GRACIA DEL AMOR FRATERNO.
«Señor Jesús, fue tu Gran Sueño: que fuéramos uno como el Padre y Tú, y que nuestra unidad se consumara en vuestra unidad.
Fue tu Gran Mandamiento, Testamento final y bandera distintiva para tus seguidores: que nos amáramos como Tú nos habías amado; y Tú nos amaste como el Padre te había amado a Ti. Esa fue la fuente, la medida y el modelo.
Con los Doce formaste una familia itinerante. Fuiste con ellos sincero y veraz, exigente y comprensivo, y, sobre todo, muy paciente. Igual que en una familia, los alertaste ante los peligros, los estimulaste ante las dificultades, celebraste sus éxitos, les lavaste los pies, les serviste en la mesa.
Nos diste, primero, el ejemplo y, después, nos dejaste el precepto: amaos como os amé.
En la nueva familia o fraternidad que hoy formamos en tu nombre, te acogemos como Don del Padre y te integramos como Hermano nuestro, Señor Jesús, Tú serás, pues, nuestra fuerza aglutinante y nuestra alegría.
Si Tú no estás vivo entre nosotros, esta comunidad se vendrá al suelo como una construcción artificial.
Tú te repites y revives en cada miembro, y por esta razón nos esforzaremos por respetarnos unos a otros como lo haríamos contigo; y tu presencia nos cuestionará cuando la unidad y la paz sean amenazadas en nuestro hogar. Te pedimos, pues, el favor de que permanezcas muy vivo en cada uno de nuestros corazones.
Derriba en nosotros las altas murallas levantadas por el egoísmo, el orgullo y la vanidad. Aleja de nuestras puertas las envidias que obstruyen y destruyen la unidad. Líbranos de las inhibiciones. Calma los impulsos agresivos. Purifica las fuentes originales. Y que lleguemos a sentir como Tú sentías, y amar como Tú amabas. Tú serás nuestro modelo y nuestro guía, oh Señor Jesús.
Danos la gracia del amor fraterno: que una corriente sensible, cálida y profunda corra en nuestras relaciones; que nos comprendamos y nos perdonemos; nos estimulemos y nos celebremos como hijos de una misma madre; que no haya en nuestro camino obstáculos, reticencias ni bloqueos, antes bien, seamos abiertos y leales, sinceros y afectuosos y así crezca la confianza como un árbol frondoso que cubra con su sombra, a todos los hermanos de la casa, Señor Jesucristo.
Así lograremos un hogar cálido y feliz que se levantará, cual ciudad en la montaña, como señal profética de que tu Gran Sueño se cumple, y de que Tú mismo, Señor Jesús, estás vivo entre nosotros. Así sea» -Padre Ignacio Larrañaga-

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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