No hay nada imposible para Dios

La Inmaculada Concepción de la Virgen María
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 1,26-38.
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;
él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?».
El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes,
porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.

Comentario: Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
religiosa, pequeño diario.

Tu misericordia nos llegó por una Virgen inmaculada
Adorado seas, oh Dios misericordioso,
por haberte dignado descender de los cielos a esta tierra.
Te adoramos en gran humildad,
Por haberte dignado elevar todo el género humano.

Insondable e inconcebible en Tu misericordia,
Por amor a nosotros has tomado un cuerpo
De una Virgen Inmaculada, jamás tocada por el pecado,
Porque esa era tu designio desde la eternidad.

La Santísima Virgen, lis blanco como la nieve,
Es la primera en adorar el poder de Tu misericordia.
Su Corazón puro se abre con amor a la venida del Verbo,
Cree en las palabras del divino Mensajero y se afirma en la confianza.

El cielo se asombró de que Dios se hubiera hecho hombre,
Que hubiera en la tierra un corazón digno del mismo Dios.
¿Por qué te unes a un pecador, Señor, en vez de unirte a un Serafín?
Esto es un misterio de Tu misericordia,
Más allá del corazón puro virginal.

Misterio de la divina misericordia, oh Dios de la piedad,
Que te has dignado abandonar el trono celestial,
Y bajado hacia nuestra miseria, hacia la debilidad humana,
Porque tu misericordia no es necesaria a los ángeles sino a los hombres.

Para expresar dignamente la misericordia del Señor,
Nos unimos a Tu Madre Inmaculada,
Así nuestro himno Te será más agradable
Ya que Ella fue elegida de los ángeles y de los hombres.

Por Ella, como a través del cristal puro,
Ha llegado a nosotros Tu misericordia,
Por Ella el hombre se volvió agradable a Dios,
Por Ella fluyen sobre nosotros, torrentes de todas las gracias.

¿Que mayor enfermedad que la ceguera espiritual?

Sábado de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,35-38.10,1.6-8.
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
«Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»

Comentario: San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia

«Curando toda enfermedad y dolencia»
Hermanos, vosotros ya conocéis al que viene; considerad ahora de dónde viene y adónde va. Viene del corazón de Dios Padre al seno de una Virgen Madre. Viene de las alturas del cielo a las regiones inferiores de la tierra. Entonces, ¿qué? ¿No hemos de vivir en esta tierra? Sí, porque él mismo está en ella; porque ¿dónde estaremos bien sin él? «¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo ¿qué me importa la tierra sin ti, el Dios de mi corazón y mi carne, mi lote perpetuo?» (Sl 72, 25-26)…

Era preciso que estuviera en juego un interés grande para que una tan alta majestad se dignara descender desde tan lejos a una estancia tan indigna de ella. Sí, estaba en juego un interés grande puesto que allí se manifestaron, en una medida tan amplia y abundante, la misericordia, la bondad, la caridad. En efecto, ¿por qué vino Cristo?… Nos lo muestran claramente sus palabras y sus gestos: vino con presura desde los montes a buscar la oveja número cien, la que se había extraviado, para hacer estallar su misericordia en favor de los hijos de los hombres.

Vino por nosotros. ¡Admirable condescendencia de Dios que busca! ¡Admirable dignidad del hombre así buscado! ¡Sin pretender una locura el hombre se puede gloriar de ello: no que sea algo de valor por sí mismo, pero sí que el que lo creó lo estimó de gran precio! En comparación con esta gloria, las riquezas y la gloria del mundo y todo lo que se puede ambicionar de él no son nada. ¿Qué es el hombre, Señor, para que lo levantes tan alto y ligues a él tu corazón?

Éramos nosotros los que debíamos ir hacia Jesucristo… Pero un doble obstáculo nos privaba de avanzar: nuestros ojos estaban muy enfermos, y Dios habita en la luz inaccesible (1Tm 6,16). Paralíticos yaciendo sobre nuestro lecho éramos incapaces de alcanzar la morada de Dios tan elevada. Por eso el buenísimo Salvador y dulce médico de las almas bajó de lo alto donde habita. Así suavizó para nuestros ojos enfermos el resplandor de su luz.

Vendrá y no callará.

Viernes de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,27-31.
Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David».
Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: «¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?». Ellos le respondieron: «Sí, Señor».
Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como ustedes han creído».
Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: «¡Cuidado! Que nadie lo sepa».
Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.

Comentario: San Agustín (354-430)
obispo de Hipona

Se le abrieron los ojos
        «Vendrá nuestro Dios manifiestamente, y no permanecerá en silencio» (Sal 49,3 Vulgata). En efecto, Cristo el Señor, nuestro Dios, el Hijo de Dios, vino a escondidas en su primera venida, y vendrá de forma manifiesta en la segunda. Cuando vino oculto, no fue conocido más que por sus servidores; Cuando se manifieste, se dará a conocer a buenos y malos. Cuando vino oculto, fue para ser juzgado, cuando se manifieste con claridad, será para ser él el juez. En otro tiempo fue juzgado, y se quedó en silencio, el profeta ya había predicho este silencio: «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, no abría la boca» (Isaías 53, 7), pero «nuestro Dios vendrá manifiestamente, y no permanecerá en silencio»…
        Ahora lo que llamamos felicidad en este mundo, los malos también la tienen, y lo que llamamos desgracia en este mundo, también la poseen los buenos. Si los hombres no creen en estas realidades, y no creen en las realidades futuras, es porque observan que los bienes y los males de este mundo pertenecen por igual a buenos y malos. Si ambicionan las riquezas, ven que estas arrastran a los peores hombres, así como a los buenos.
        Si tienen horror a la pobreza y la miseria de esta vida, ven que éstas hacen sufrir no sólo a los malos, sino también a los buenos, y dicen en su corazón: «Dios no ve nada» (Sal 93,7), no le interesan los asuntos de los hombres. Nos deja completamente al azar, rodando en el profundo abismo de este mundo, y no nos muestra su providencia. Y desprecian a los preceptos de Dios, porque no ven que se manifieste su justicia…
        Dios se reserva un montón de cosas para el juicio final, pero algunas de estas cosas, se juzgan ahora, con el fin de que aquellos que no esperan el juicio, teman y se conviertan. Porque Dios no condena, sino que salva, y por lo tanto es paciente con los malos, para que lleguen a ser buenos.

No hay más vida que en Él

Miércoles de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 15,29-37.

Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó.
Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó.
La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.
Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino».
Los discípulos le dijeron: «¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?».
Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen?». Ellos respondieron: «Siete y unos pocos pescados».
El ordenó a la multitud que se sentara en el suelo;
después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos. Y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.

Catecismo de la Iglesia
Nuestro pan en el desierto: la eucaristía, prenda de la gloria que ha de venir
Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados «de gracia y bendición» (MR, Cano Romano 96), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial. En la última Cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: «Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre» (Mt 26,29; cf Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia «el que viene» (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: «Marana tha» (1Co 16,22). «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20), «que tu gracia venga y que este mundo pase» (Didaché 10,6).

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía «mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo» (Tt 2,13), pidiendo entrar «en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro» (plegaria eucarística 3).

De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, «se realiza la obra de nuestra redención» (LG 3) y, «partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre» (S. Ignacio de Antioquia).

¡Felices que ven lo que ustedes ven!

Martes de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 10,21-24.
En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: «¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!
¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!».

Carta a Diogneto (c. 200)

Dios nos ha ofrecido todo en su Hijo
Con bondad y mansedumbre, como un rey que envía al rey, su hijo, Dios ha enviado entre los hombres a Dios, el Verbo. Lo ha enviado para salvarlos por la persuasión, no por la violencia, porque no hay violencia en Dios. Lo ha enviado para llamar, no para acusar; lo ha enviado para amar, no para juzgar. (…)

Nadie entre los hombres lo ha visto o conocido, es él mismo que se manifestó. Se manifestó por la fe, única que acuerda la visión de Dios. El Señor y Creador del universo, Dios, que hizo todas las cosas y las dispuso ordenadamente, se mostró no sólo pleno de amor por los hombres, sino paciente. Siempre fue y permanecerá bueno, manso, veraz. Sólo él es bueno.

Sin embargo, cuando concibió su gran e inefable designio, hizo parte a su Hijo único. Mientras mantenía en el misterio y reservaba el plan de su sabiduría, parecía no tenernos en cuenta y no preocuparse por nosotros. Pero cuando se reveló por su Hijo bien amado, nos manifestó lo que había preparado desde el comienzo. Nos ofreció todo al mismo tiempo: la participación a sus bondades y bendiciones, la visión y la inteligencia. ¿Quién lo habría jamás esperado?

Fe, es creer y asentir a una realidad sólo visible al corazón

Lunes de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 8,5-11.
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole»:
«Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente».
Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo».
Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: ‘Ve’, él va, y a otro: ‘Ven’, él viene; y cuando digo a mi sirviente: ‘Tienes que hacer esto’, él lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe.
Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos».
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Sobre el Adviento, la venida de Jesús.
«La tierra entera estará llena de la majestad de Dios»
Hombre, no pongas obstáculos a tu reconciliación, sacarás de ella un peso mayor de gloria. Soporta con alegría, no solo con paciencia, las penas de la vida. No desprecies nada de lo que te puede procurar un día la gloria eterna. Di a ti mismo: cuando el Señor se habrá acordado de ti y habrá glorificado tu alma, ésta se acordará de tu cuerpo para tu propio bien. Delante de tu Señor, tu alma le hablará de tu cuerpo por su colaboración en el bien realizado. Dirás al Señor: “Se digne mi Señor de recompensar a este cuerpo el bien que me ha hecho: juntos, no nos hemos ahorrado ninguna pena…”

Entonces, el Dios de los Ejércitos, el Señor todopoderoso, el Rey de la gloria vendrá del cielo y transformará nuestro cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo (Flp 3,21) ¡Qué alegría inefable, cuando el creador del universo que quedó oculto bajo las apariencias de humildad cuando vino para rescatarnos, aparecerá en toda su gloria, en los aires, ante todos los hombres, para glorificar nuestro mísero cuerpo! ¿Quién se acordará entonces de la humildad de su primera venida, cuando lo veremos descender en su esplendor, precedido por los ángeles que harán levantar nuestros cuerpos del polvo, al son de la trompeta para presentarlos ante Cristo? (cf 1 Tes 4,16ss)…

Que se alegre, pues, nuestra alma y nuestro cuerpo repose en la esperanza (Sal 16,9) aguardando su transformación en el cuerpo glorioso de Cristo, nuestro Salvador. “Mi alma tiene sed de ti, Dios mío, mi carne te ansía de noche.” (cf. Sal 63,1ss) El profeta se refiere en su oración a la primera venida que le iba a rescatar. Pero se refería aún más ardientemente a la última venida cuando va a ser glorificado el cuerpo. Entonces, todos nuestros anhelos serán colmados: la tierra entera se llenará de la majestad de Dios. Que la misericordia de Dios nos conduzca a esta gloria. “Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús”(cf Flp 4,7).

¿Por qué orar sin cesar?

Sábado de la 34a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,34-36.
Jesús dijo a sus discípulos:
«Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes
como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.
Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre».

Comentario: San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars

¿Por qué rezar sin cesar?
¿Cuáles son los beneficios que recibimos con la oración, para tener que rezar tan frecuentemente? He aquí, hermanos míos. La oración hace que nuestras cruces sean menos pesadas, suaviza nuestras penas y nos torna menos apegados a la vida. Ella atrae sobre nosotros la mirada de la misericordia de Dios, fortifica nuestra alma contra el pecado, hace crecer el deseo de la penitencia y que realicemos su práctica con agrado, ya que sentimos y comprendemos cuánto el pecado ultraja al buen Dios. Especialmente, hermanos míos, por la oración agradamos a Dios, enriquecemos nuestra alma, aseguramos la vida eterna. ¿Díganme, hermanos míos, necesitamos algo más para querer que nuestra vida sea una oración continua por nuestra unión con Dios?

¿Cuándo amamos a una persona, tenemos que verla para pensar en ella? No, sin dudas. Igualmente, hermanos míos, si amamos al buen Dios, la oración nos será tan familiar como la respiración. Sin embargo, hermanos míos, para que la oración nos atraiga todos esos bienes, no es suficiente rezar con precipitación, apurados. El buen Dios quiere que pasemos un tiempo conveniente. Tenemos que tener el tiempo de pedir las gracias necesarias, de agradecerle por sus beneficios, de gemir sobre nuestras faltas pasadas pidiéndole perdón.

Me dirán ustedes ¿cómo rezar sin cesar? Hermanos míos, nada más fácil: ocuparnos del buen Dios, de tiempo en tiempo, durante nuestro trabajo. A veces haciendo un acto de amor para testimoniar que le amamos, porque él es bueno y digno de ser amado. A veces con una acto de humildad, reconociéndonos indignos de las gracias con las que no cesa de llenarnos, También con un acto de confianza, porque miserables como somos, sabemos que nos ama y quiere hacernos felices. Vean, hermanos míos, qué es fácil rezar sin cesar.

El tiempo apremia ¿aún sigues con ataduras?

Evangelio del día
Lc 21, 29-33

Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola:

«Fijaos en la higuera y en todos los demás árboles: cuando veis que ya echan brotes, conocéis por vosotros mismos que ya está llegando el verano.

Igualmente vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Palabra del Señor

Comentario al Evangelio: José Ignacio Munilla

Está próximo a concluir el año litúrgico. Comenzará este fin de semana el tiempo de Adviento, y en estos últimos evangelios —en concreto, en el evangelio de este viernes— se habla de esos signos apocalípticos del fin de los tiempos. Escuchamos lo siguiente:

“En verdad os digo: no pasará esta generación sin que todo suceda.”
¿Qué significa esta expresión? Da la impresión de que es un error, un error que cometió el evangelista San Lucas. Él pensaba que el fin de los tiempos iba a acontecer antes de que esa generación terminase. Pensaban que el retorno de Jesucristo en gloria, que la parusía, era inminente. Algunos parece que así lo pensaron; de hecho, dejaron de trabajar, y por eso el apóstol dice: “El que no trabaje, que no coma”.

Sin embargo, creo que San Lucas quería decir otra cosa. No olvidemos que la Palabra de Dios está inspirada por el Espíritu Santo y no comete error. Por tanto, cuando dice “no pasará esta generación sin que todo suceda”, tenemos que entender que ese anuncio del fin de los tiempos tiene una doble dimensión.

Una es la dimensión de la parusía final, cuando el mundo termine y Cristo retorne en gloria. Pero hay también otra dimensión, que es la dimensión personal, en la que cada uno de nosotros vive ese fin de los tiempos con nuestra propia vida. Para nosotros, el fin de nuestra vida es también el fin de los tiempos. Al fin y al cabo, el juicio particular con el que somos examinados de nuestra vida en nuestra muerte coincidirá, obviamente, con el juicio final en el retorno de Jesucristo.

La única diferencia será que en el juicio final nuestro cuerpo habrá resucitado y se habrá unido al alma para recibir ese mismo juicio que recibió en el momento de su muerte: sea de salvación, sea de condenación, o sea de necesidad de purificación.

Por eso escuchamos en el evangelio: “No pasará esta generación sin que todo esto suceda.” El final de los tiempos para cada uno de nosotros está más cerca de lo que pensamos. Estamos llamados a descubrir esos signos que nos hablan de la inminencia de nuestro encuentro con el Señor y a vivir en su presencia.

La mejor manera de preparar nuestro momento final es vivir el día a día, nuestra vida ordinaria, en la presencia de Dios.

Es de torpes invertir en lo caduco.

El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,20-28.
Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando vean a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sepan que su ruina está próxima.
Los que estén en Judea, que se refugien en las montañas; los que estén dentro de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a ella.
Porque serán días de escarmiento, en que todo lo que está escrito deberá cumplirse.
¡Ay de las que estén embarazadas o tengan niños de pecho en aquellos días! Será grande la desgracia de este país y la ira de Dios pesará sobre este pueblo.
Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que el tiempo de los paganos llegue a su cumplimiento.
Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas.
Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán.
Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria.
Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación».

San Gregorio Magno (c. 540-604)
papa y doctor de la Iglesia

Homilías del Evangelio, n° 1, 3
«Alzaos, levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación»
    «Las potencias de los cielos serán puestas en movimiento. » ¿A quién llama el Señor potencias de los cielos, si no a los ángeles, los arcángeles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados y los Poderes? (Col 1,16) aparecerán visiblemente en el momento de la llegada del Juez…

    Entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes con gran poder y majestad; como si claramente nos dijera: verán rodeado de gran pompa y majestad, al que no quisieron oír cuando se presentó humilde… estas palabras fueron dichas para los réprobos; pero para consuelo de los elegidos, dice:”Cuando empiecen a cumplirse estas cosas, levantad vuestras cabezas, puesto que se acerca vuestra redención”. Es como si la Verdad advirtiera claramente a sus elegidos diciendo: » en el momento en el que las desgracias del mundo se multiplican, regocijaos. Mientras se acaba el mundo, del que nunca fuisteis amigos, la redención que siempre deseasteis se acerca».

    Los que aman a Dios son invitados a regocijarse por ver acercarse el fin del mundo, porque encontrarán pronto el mundo que desean, cuando haya pasado aquel al que no están atados. Que los fieles que deseen ver a Dios, se abstenga bien de llorar por las desgracias que golpean el mundo, ya que sabe que estas mismas desgracias llegan su fin. Está escrito en efecto: «el que quiere ser amigo de las cosas de este mundo se hace enemigo de Dios» (Jc 4,4). El que pues no se regocija por ver acercarse el fin de este mundo, ése muestra que es su amigo, y de ahí da pruebas de ser enemigo de Dios.
 
    Más no sea así el corazón de los fieles, de los que creen que existe otra vida y los que, por sus actos, prueban que le aman… ¿En efecto, qué es esta vida mortal si no un camino? ¡Qué locura, hermanos míos, agotarse en el camino, no queriendo alcanzar el fin!…
Así, hermanos míos, no améis las cosas de este mundo, que, como vemos según los acontecimientos que se producen alrededor nuestro, no podrá subsistir por mucho tiempo.

Por tú constancia salvarás la vida

El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,12-19.
Jesús dijo a sus discípulos:
«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre,
y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa,
porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.
Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.
Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.
Gracias a la constancia salvarán sus vidas.

San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesa.

¡Cantemos Aleluya en medio de las pruebas!
Cantemos aquí, aún preocupados, el Aleluya, para poder cantarlo en lo Alto, en la paz., ¿Por qué preocupados aquí? ¿Cómo quieres que no esté preocupado cuando leo “Acaso no es una tentación la vida humana sobre la tierra” (cf. Jb 7,1)? ¿Cómo quieres que no esté preocupado si debemos decir en la oración “No nos dejes caer en la tentación”?… ¿Cómo decir que el pueblo se halla en el bien, si grita conmigo “Líbranos del mal”? (Mt 6,13).

Pero nosotros y los demás cantemos el Aleluya aún aquí, en medio de peligros y tentaciones. “Fiel es Dios, que no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas”, dice el Apóstol. Entonces, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía culpable, pero Dios es fiel. El Apóstol no dice: “No permitirá que sean tentados”, sino “Dios en el momento de la tentación les dará un medio para liberarse de ella” (1 Cor 10,13).¿ Has entrado en tentación? Dios te dará la salida. Como la vasija del alfarero, has de ser modelado mediante la predicación y cocido por la tribulación. Cuando entres en la prueba, piensa en la salida, ya que “Dios es fiel, el Señor guardará tu entrada y tu salida” (Sal120,8).

El verdadero Dios ya se ha mostrado. No hay otro.

Martes de la 34a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,5-9.

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:
«De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».
Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan.
Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin».

Benedicto XVI
papa 2005-2013

Vigésima jornada mundial de la juventud, Homilía de vigilia, Colonia, agosto  2005
“Cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis…,” (Lc 21,9)
Los santos nos muestran el camino hacia la felicidad. Nos enseñan cómo han llegado a ser personas realmente humanas. En las vicisitudes de la historia han sido los que realmente fueron reformadores, los que, a menudo, hicieron salir la historia de sus sombras oscuras en las que constantemente recae de nuevo…Sólo de los santos, de Dios, surge la auténtica revolución, el cambio decisivo del mundo. En el curso del siglo que acabamos recientemente, hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue el de no esperar ya nada de Dios sino tomar absolutamente el destino del mundo en las propias manos. Hemos visto que actuando así, un punto de visto parcial y humano, se proclamaba siempre como la medida absoluta de las orientaciones a seguir. Absolutizar lo que no es absoluto sino relativo se llama totalitarismo. Esta actitud no libera al hombre, antes le quita su dignidad y le hace esclavo. No son las ideologías las que salvan al mundo sino únicamente el hecho de volver hacia el Dios vivo, nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que realmente es bueno y verdadero. La auténtica revolución consiste únicamente en el hecho de volverse sin reservas a Dios quien es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. ¿Qué es lo que nos puede salvar sino el amor?... Hay muchos que hablan de Dios. En nombre de Dios se predica también el odio y se ejerce la violencia. Es, pues, importante descubrir el verdadero rostro de Dios...”El que lo ha visto, ha visto al Padre”, dijo Jesús a Felipe (cf Jn 14,9) En Jesucristo, que por nosotros se dejó atravesar el corazón, en él se ha manifestado el auténtico rostro de Dios. Lo seguiremos con la gran muchedumbre de los que nos han precedido. Así caminaremos por el sendero justo. (cf Sal 22)

El amor no se da con medida.

Lunes de la 34a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,1-4.
Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo.
Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre,
y dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie.
Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir.»

Santa Teresa de Calcuta (1910-1997)
fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad

A Simple Path (Un camino sencillo)
“Todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia”
Hay que dar lo que os cuesta algo. No es suficiente dar de lo que os sobra, de lo que podéis prescindir, sino también de lo que no queréis prescindir, cosas a las que estáis apegados. Entonces, vuestra ofrenda se convierte en un sacrificio agradable a los ojos de Dios… Esto es lo que yo llamo el amor en acción. Cada día voy viendo crecer este amor, entre niños, entre hombres y mujeres.

Un día bajaba yo por la calle; un mendigo se me acercó y me dijo: “Madre Teresa, todo el mundo te regala cosas; yo también te quiero dar una cosa. Hoy no he recibido más que veintinueve céntimos para toda la jornada y te los quiero dar.” Reflexioné un momento: si acepto estos céntimos, que prácticamente no valen nada, el pobre se expone a no tener nada para comer esta noche, y si no los acepto, le daré pena. Entonces, alargué la mano y cogí las monedas. Nunca en la vida vi tanta alegría en el rostro de una persona como en aquel hombre, tan feliz de haber podido hacer un regalo a la Madre Teresa. Era para él un sacrificio enorme, él que mendigaba todo el día bajo el sol para esta cantidad irrisoria con la que no se podía comprar nada. Pero era maravilloso también, porque estas monedas de nada, a las que había renunciado se convirtieron en una fortuna porque fueron dadas con tanto amor.

Al comenzar el día

Señor, en el silencio de este día que nace, vengo pedirte paz, sabiduría y fuerza.

Hoy quiero mirar el mundo con ojos llenos de amor;

ser paciente, comprensivo, suave y bueno.

Ver detrás de las apariencias a tus hijos,

como los ves Tú mismo, para así

poder apreciar la bondad de cada uno.

Cierra mis oídos a toda murmuración,

Guarda mi lengua de toda maledicencia.

Que sólo los pensamientos que

bendigan permanezcan en mí.

Quiero ser tan bien intencionado y justo

Que todos los que acerquen a mi, sientan tu presencia.

Revísteme de tu bondad; Señor, y haz que durante éste día yo te refleje.

Amen

El sentido esta en la trascendencia

El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 20,27-40.
Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección,
y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda.
Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia.
Finalmente, también murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?».
Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan,
pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.
Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él».
Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien».
Y ya no se atrevían a preguntarle nada.

San Gregorio Magno (c. 540-604)
papa y doctor de la Iglesia

Morales sobre el libro de Job
*La esperanza en la resurrección*
           Busquemos minuciosamente en las palabras del bienaventurado Job si la resurrección será verdadera y si en la resurrección el cuerpo será verdadero. He aquí que no podemos poner en dudas la esperanza en la resurrección ya que Job dice “Yo, con mi propia carne, veré a Dios” (Jb 19,26). Acerca de la hesitación sobre la verdadera restauración del cuerpo, sus palabras alejan la duda y toda ambigüedad “Si. Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño” (Jb 19,27). La resurrección y la carne, son afirmadas expresamente. ¿Qué queda aún para que sumerjamos nuestro espíritu en la duda? (…)

           Nosotros, seguimos la fe del bienaventurado Job y creemos que después de la resurrección el cuerpo de nuestro Redentor  era verdaderamente palpable. Nosotros, también confesamos que después de la resurrección nuestra carne será a la vez la misma y diferente, la misma por su naturaleza y diferente por su gloria, la misma en su verdad y diferente en su poder. Será sutil, porque será también incorruptible. Será palpable, porque no perderá la esencia de su verdadera naturaleza.

         ¿Con qué esperanza el santo guarda esta confianza en la resurrección, con que certeza la espera?  Sus palabras expresan que la esperanza está en él, guardada en lo profundo de su corazón. Nada en el mundo es para nosotros más cierto que lo que está en lo profundo de nuestro corazón. Y Job ha tenido guardada su esperanza en la resurrección en lo profundo de su corazón.

Y así encontrarás la paz y el gozo de tu corazón

Evangelio según San Lucas 19,45-48.
Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores,
diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones».
Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo.
Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.

Juan Taulero (c. 1300-1361)
dominico en Estrasburgo

«La Escritura dice: Mi casa se llama casa de oración para todos los pueblos. Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos»
     El Señor entró en el Templo y se puso a echar fuera a todos los que compraban y vendían, diciendo: «Mi casa se llama casa de oración. Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos». ¿Cuál es ese templo convertido en cueva de bandidos? Es el alma y el cuerpo del hombre, que son más realmente el templo de Dios que todos los templos edificados (1C 3,1; 6,19).

    Cuando Nuestro Señor quiere llegarse a este último templo, lo encuentra cambiado en un escondite de bandidos y en un bazar de comerciantes. ¿Qué es un comerciante? Son los que dan lo que tienen – a su libre arbitrio- a cambio de lo que no tienen –las cosas de este mundo. ¡El mundo entero está lleno de esa clase de comerciantes! Los encontramos entre los presbíteros y los laicos, entre los religiosos, los monjes y las monjas… Tanta gente llena de su propia voluntad…; tanta gente que buscan en todo su propio interés. Si, por el contrario, tan sólo quisieran comerciar con Dios dándole su propia voluntad, ¡qué comercio tan dichoso no harían!

    El hombre debe querer, debe perseguir, debe buscar a Dios en todo lo que hace; y cuando ha hecho todo eso –beber, dormir, comer, hablar, escuchar- que deje completamente las imágenes de las cosas y obre de manera que su templo quede totalmente vacío. Una vez el templo esté vacío, una vez que habrás echado fuera toda la tropa de vendedores, las imaginaciones que le estorban, entonces podrás ser una casa de Dios (Ef 2,19). Y así encontrarás la paz y el gozo de tu corazón, y ya nada te atormentará, nada de lo que ahora te inquieta, de deprime y te hace sufrir.

Al comenzar la mañana

Señor, en el silencio de este día que nace, vengo pedirte paz, sabiduría y fuerza.

Hoy quiero mirar el mundo con ojos llenos de amor;

ser paciente, comprensivo, suave y bueno.

Ver detrás de las apariencias a tus hijos,

como los ves Tú mismo, para así

poder apreciar la bondad de cada uno.

Cierra mis oídos a toda murmuración,

Guarda mi lengua de toda maledicencia.

Que sólo los pensamientos que

bendigan permanezcan en mí.

Quiero ser tan bien intencionado y justo

Que todos los que se acerquen a mi, sientan tu presencia.

Revísteme de tu bondad; Señor, y haz que durante éste día yo te refleje.

trabajo humano y Reino de Dios

Miércoles de la 33a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 19,11-28.
Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro.
El les dijo: «Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida.
Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: ‘Háganlas producir hasta que yo vuelva’.
Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir: ‘No queremos que este sea nuestro rey’.
Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y le dijo: ‘Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más’.
‘Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades’.
Llegó el segundo y le dijo: ‘Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más’.
A él también le dijo: ‘Tú estarás al frente de cinco ciudades’.
Llegó el otro y le dijo: ‘Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo.
Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado’.
El le respondió: ‘Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré,
¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses’.
Y dijo a los que estaban allí: ‘Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más’.
‘¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!’.
Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene.
En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia».
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

San Juan Pablo II (1920-2005)papa

Homilía ante los trabajadores en Luxemburgo, mayo 1985
“Hacedlos fructificar”(cf Lc 19,13): trabajo humano y Reino de Dios.
    Cuando Dios creó la humanidad, el hombre y la mujer, dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” (cf Gn 1,28). Este es, de alguna manera, el primer mandamiento de Dios, relacionado con el orden de la creación. El trabajo humano corresponde a la voluntad de Dios. Cuando decimos: “Hágase tu voluntad…” nos referimos también al trabajo que llena todas las jornadas de nuestra vida. Nos damos cuenta que cumplimos esta voluntad del creador cuando nuestro trabajo y las relaciones humanas que genera están impregnados de los valores de la iniciativa, del coraje, de la confianza, de la solidaridad que son otros tanto reflejos de la imagen de Dios en nosotros…

    El creador ha dotado al hombre del poder de dominar la tierra. Le confía el dominio de la naturaleza por el propio trabajo, por sus capacidades para llegar a un desarrollo feliz de su propia personalidad y de la comunidad entera. Por su trabajo, el hombre obedece a Dios y responde a su confianza. Esto no está ajeno a la petición del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu reino.” El hombre actúa para que el plan de Dios se realice, consciente de ser imagen y semejanza de Dios y de haber recibido de él su fuerza, su inteligencia, sus aptitudes para realizar una comunidad de vida por el amor desinteresado hacia sus hermanos. Todo lo bueno y positivo en la vida del hombre se desarrolla y llega a su meta auténtica en el Reino de Dios. Habéis escogido bien el lema: “Reino de Dios, vida del hombre,” porque la causa de Dios y la causa del hombre están ligadas la una a la otra. El mundo progresa hacia el Reino de Dios gracias a los dones de Dios que permiten el dinamismo del hombre. Dicho de otro modo: orar para que venga el Reino de Dios significa orientar todo el ser hacia aquella realidad que es el fin último del trabajo del hombre.

Vino a salvar lo que estaba perdido

Martes de la 33a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 19,1-10.
Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.
Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos.
El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura.
Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».
Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador».
Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más».
Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham,
porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

San Gregorio Magno (c. 540-604)
papa y doctor de la Iglesia

Morales sobre el libro de Job,
          ¡Llegó la salvación!
“Si suelta las aguas, inundan la tierra” (Jb 12,15) ¿Qué representa la tierra sino al pecador, sobre el que fue portado este juicio “¿Porque eres polvo y al polvo volverás” (Gn3,19)? He aquí por qué la tierra permanece inmóvil cuando el pecador no quiere obedecer a los mandamientos del Señor, cuando levanta su nuca orgullosa y cierra los ojos de su alma a la luz de la Verdad. Mas está escrito “Se ha detenido y hace vacilar la tierra” (Hab 3,6), porque si la verdad se fija en un corazón, el inmovilismo del alma es sacudido. Para eso la gracia del Espíritu Santo, por un don de lo Alto, se difunde en ella con la palabra del predicador. He aquí la tierra revuelta, porque el alma endurecida por el pecado pierde la terquedad de su inmovilismo y el alma que antes se paraba con la nuca rígida ante el Señor, ahora es transformada. Llorando se somete a los mandamientos del Señor. Si vemos la tierra de un corazón inmerso en las aguas de la gracia, soporta sin desagrado los ultrajes que ella misma infligía anteriormente. Ahora distribuye sus bienes y la que antes se dejaba llevar por los hechizos mortales de las vilezas, mortifica su carne por la abstinencia y estima las que la aman. Así, cuando en el alma de un hombre ha sido infundido el don divino, ella empieza a actuar de forma contraria a lo habitual. La tierra es retornada: la protuberancia que ayer sobresalía se envía hacia abajo y la faz que estaba enterrada en la profundidad, se lleva hacia lo alto.

Solo uno merece nuestra reverencia

33er domingo del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,5-19.
Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:
«De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».
Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan.
Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin».
Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino.
Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.»
Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre,
y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa,
porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.
Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.
Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.
Gracias a la constancia salvarán sus vidas.»

San Teodoro el Estudita (759-826)
monje en Constantinopla

¡Veneren sólo al Dios vivo!
            “¡Alégrense sin cesar en el Señor!” (Flp 4,4). ¿Por qué no están llenos de alegría y caminan en la alegría? Ustedes fueron jugados dignos de ser atraídos a este estado evangélico por un llamado que discierne y predestina (cf. Rom 8,29-30), llamado de Dios que gobierna todo por su sabiduría.

            Ahora, que por la elevación de su género de vida he aquí que están sobre una altura, vuelvan su mirada hacia la vida miserable y rampante de los hombres. Ella está como sacudida por el mar, proyectada acá y allá por el movimiento incierto de asuntos. En verdad, nada dura, nada permanece  en el mismo estado, lo ven bien. Mismo los reyes pasan, los príncipes caen, los poderosos dueños de la tierra mueren como simples mortales (cf. Sal 81,7), los que están casados se separan abandonando a su pareja o siendo abandonados. La belleza se marchita pronto, la juventud es efímera, el placer fugaz, la riqueza se disipa como el sueño de una sombra. Sólo se encuentran lamentaciones y duelo en las adversidades de los mortales. (…) Pero ustedes mis hermanos, ¿cómo y dónde fueron llamados, cómo subieron a la montaña del Señor (cf. Sal 23,3)? ¿Cómo contemplan las maravillas de la vida celestial? (…)

            Quiera Dios, que los hizo ascender a esas alturas, hacerlos fuertes y afirmarlos para que realicen siempre lo que le agrada, en la santidad y la justicia (cf. Lc 1,75) (…). ¡Hijos míos, veneren sólo  al Dios vivo! (cf. 12,5 ; Apo 14,7)