Cual es mi pecado capital ¿Tal vez la envidia?

El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 3,1-6.
Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada.
Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo.
Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: «Ven y colócate aquí delante».
Y les dijo: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?». Pero ellos callaron.
Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: «Extiende tu mano». El la extendió y su mano quedó curada.
Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con él.

Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301)
monja benedictina

Ejercicios, n° 7; SC 127
«Observaban a Jesús… para acusarlo»
A la hora de la oración, ponte en presencia de la paz y del amor: ¡Oh paz de Dios que sobrepasas todo sentimiento! (Fl 4,7), paciente y agradable, dulce y preferible a todo, por donde penetras, reina una seguridad imperturbable. Sólo tú, tienes el poder de frenar la cólera del soberano; adornas el trono del rey con clemencia; iluminas el reino de la gloria con piedad y misericordia.
Por favor, encárgate de mi causa, yo, el culpable y el indigente… Que el acreedor está ya a la puerta… no es prudente hablarle, ya que no tengo con qué pagar mi deuda. ¿Dulce Jesús, mi paz, cuánto tiempo estarás en silencio?… Por favor, ahora, por lo menos, habla por mí, diciendo esta palabra caritativa: » Yo, la rescataré». Tú, tu eres ciertamente el refugio de todos los pobres. No pasas cerca de nadie sin salvarlo. Tú, jamás dejaste irse al que se había refugiado cerca de tuyo, sin que fuera reconciliado…
Por favor, mi amor, mi Jesús, a esta hora del día, fuiste flagelado por mí, coronado de espinas, abrevado lamentablemente por sufrimientos. Eres mi verdadero rey, fuera de ti no conozco otro. Te hiciste el oprobio de los hombres, despreciado y rechazado como un leproso (Is 53,3), hasta en Judea se niegan a reconocerte como su rey (Jn 19,14-15). ¡Por tu gracia, que yo, por lo menos, te reconozca como mi rey! Dios mío, dame esta inocencia, tan tiernamente deseada, mi Jesús, que «pagaste» tan plenamente por mí, «lo que no habías robado » (Sal. 68,5); dámelo para que sea el apoyo de mi alma. Qué la reciba en mi corazón; qué por la amargura de sus dolores y de su Pasión reconforte mi espíritu…
Y tú, paz de Dios, eres el amado lazo que me encadena para siempre a Jesús. Eres el apoyo de mi fuerza…, a fin de que sea «un solo corazón y una sola alma» con Jesús (Hch. 4,32)… Por ti, permaneceré atado para siempre a mi Jesús.

Si no tengo amor nada soy

Martes de la 2a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 2,23-28.
Un sábado en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar.
Entonces los fariseos le dijeron: «¡Mira! ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
El les respondió: «¿Ustedes no han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus compañeros se vieron obligados por el hambre,
cómo entró en la Casa de Dios, en el tiempo del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió y dio a sus compañeros los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes?».
Y agregó: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.
De manera que el Hijo del hombre es dueño también del sábado».

San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

Homilías sobre el Evangelio de Mateo, n° 39
“Porque el Hijo del hombre es Señor del sábado”
El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado… A los principios la ley del sábado era útil en muchas y graves cosas. Así, por ejemplo, hacía que los hombres fueran mansos y humanos con sus parientes, les enseñaba la providencia de Dios, la creación… Si cuando puso Dios la ley del sábado les hubiera dicho: haced obras buenas el sábado y no obréis la maldad, el pueblo no habría guardado esa ley. Por tal motivo, lo vedó todo y dijo: Nada haréis. Y ni aun así se mantuvieron en el orden.

Cuando Dios puso la ley del sábado, oscuramente dio a entender que su deseo era solamente que se abstuvieran de lo malo. Dijo: No haréis obra alguna fuera de lo tocante a aderezar lo que cada cual haya de comer? En cambio, en el templo se hacían todas las obras con mayor empeño y doble trabajo. De este modo, mediante la sombra les iba descubriendo la verdad (cf Col 2,17).

Preguntarás: entonces ¿toda aquella ganancia la suprimió Cristo? De ninguna manera. Por el contrario, en gran manera la aumentó… no convenía tampoco ya por ese medio conocer que Dios es el creador de todas las cosas; ni ser así educados para la mansedumbre los que eran llamados a imitar la benignidad de Dios. Pues dijo Cristo: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial. Ni convenía que celebraran sólo un día festivo aquellos a quienes se ordenaba tener como festivos todos los días de la vida. Porque dice: Celebremos, pues, la festividad, no con la levadura vieja, no con la levadura de la malicia y la maldad, sino con los ázimos de la pureza y la verdad. No les conviene ya acercarse al arca y al altar de oro a quienes tienen habitando consigo al Señor de todos; al que para todo le hablan y le consultan por medio de la oración, el sacrificio, las Escrituras, las limosnas; al que llevan dentro de sí.

¿Dónde está, muerte, tu victoria?

2o domingo del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Juan 1,29-34.
Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’.
Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».

San Cirilo de Alejandría (380-444) obispo y doctor de la Iglesia

Comentario al Evangelio de Juan, Libro 2: PG 73, 191-194
*“He aquí el Cordero de Dios”*
    Y en verdad, un solo cordero murió por todos, preservando así toda la grey de los hombres para Dios Padre: uno por todos, para someternos todos a Dios; uno por todos, para ganarlos a todos; en fin, para que todos no vivan ya para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos…

    Estando efectivamente implicados en multitud de pecados y siendo, en consecuencia, esclavos de la muerte y de la corrupción, el Padre entregó a su Hijo en rescate por nosotros, uno por todos, porque todos subsisten en Él y Él es mejor que todos. Uno ha muerto por todos, para que todos vivamos en Él.

    La muerte que absorbió al Cordero degollado por nosotros, también en Él y con Él, se vio precisada a devolvernos a todos la vida. Todos nosotros estábamos en Cristo, que por nosotros y para nosotros murió y resucitó.

    Abolido, en efecto, el pecado, ¿quién podía impedir que fuera asimismo abolida por Él la muerte, consecuencia del pecado? Muerta la raíz, ¿cómo puede salvarse el tallo? Muerto el pecado, ¿qué justificación le queda a la muerte? Por tanto, exultantes de legítima alegría por la muerte del Cordero de Dios, lancemos el reto: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?”

    Como en cierto lugar cantó el salmista: A la maldad se le tapa la boca, y en adelante no podrá ya seguir acusando a los que pecan por fragilidad, porque “Dios es el que justifica. Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito”, para que nosotros nos veamos libres de la maldición del pecado.

Descubrir tú verdadero rostro ¡Voici la question!

Sábado de la 1a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 2,13-17.
Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba.
Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían.
Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
Jesús, que había oído, les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

San Ambrosio (c. 340-397)
obispo de Milán y doctor de la Iglesia

Comentario a Lucas, 5, 23.27
No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.
    Dice el apóstol Pablo:»Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo» (Col 3, 9-10)… Ésta ha sido la obra que Cristo llevó a cabo llamando a Leví; le ha devuelto su verdadero rostro y ha hecho de él un hombre nuevo. Es también por este título de hombre nuevo que el antiguo publicano ofrece a Cristo un banquete, porque Cristo se complace en él y merece tener su parte de felicidad estando con Cristo… Desde aquel momento le siguió feliz, alegre, desbordante de gozo.

    «Ya no me comporto como un publicano, decía; ya no soy el viejo Leví; me he despojado de Leví revistiéndome de Cristo. Huyó de mi vida primera; sólo quiero seguirte a ti, Señor Jesús, que curas mis heridas. ¿Quién me separará del amor de Dios que hay en ti? ¿la tribulación? ¿la angustia? ¿el hambre? (Rm 8,35). Estoy unido a ti por la fe como si fuera con clavos, me has sujetado con las buenas trabas del amor. Todos tus mandatos serán como un cauterio que llevaré aplicado sobre mi herida; el remedio muerde, pero quita la infección de la úlcera. Corta, Señor, con tu espada poderosa la podredumbre de mis pecados; ven pronto a cortar las pasiones escondidas, secretas, variadas. Purifica cualquier infección con el baño nuevo.»

    «Escuchadme, hombres pegados a la tierra, los que tenéis el pensamiento embotado por vuestros pecados. También yo, Leví, estaba herido por pasiones semejantes. Pero he encontrado a un médico que habita en el cielo y que derrama sus remedios sobre la tierra. Sólo él puede curar mis heridas porque él no tiene esas heridas; sólo él puede quitar al corazón su dolor y al alma su languidez, porque conoce todo lo que está escondido.»

¿Quién desnuda las intenciones secretas?

Viernes de la 1a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 2,1-12.

Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa.
Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra.
Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres.
Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico.
Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior:
«¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?»
Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: «¿Qué están pensando?
¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o ‘Levántate, toma tu camilla y camina’?
Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados
-dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».
El se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto nada igual».

San Pedro Crisólogo (c. 406-450)
obispo de Ravenna, doctor de la Iglesia

«Sólo Dios, puede perdonar los pecados»
«Hijo mío, tus pecados te son perdonados». Por estas palabras, Cristo quiso ser reconocido como Dios mientras todavía se escondía a los ojos humanos bajo el aspecto de un hombre. A causa de las manifestaciones de su poder y sus milagros, se le comparaba con los profetas; y sin embargo era gracias a él y gracias a su poder, que ellos también habían hecho milagros. Conceder el perdón de los pecados no está en poder del hombre; es la marca propia de Dios. Así es como Jesús comenzaba a descubrir su divinidad en el corazón de los hombres -y esto provoca la rabia en los fariseos que replican: «¡Blasfema! ¿Quién puede borrar los pecados, si no sólo Dios?»
¡Tú, fariseo, crees que sabes y eres sólo un ignorante! ¡Crees que celebras a tu Dios y no lo reconoces! ¡Crees que das testimonio, y das golpes! ¿Si es Dios quien absuelve los pecados, por qué no admites la divinidad de Cristo? Si pudo conceder el perdón de un solo pecado, es pues él quien borra los pecados del mundo entero: «Este es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Para que puedas comprender su divinidad, escúchalo – ya que él penetró el fondo de tu ser. Míralo: él alcanzó la profundidad de tus pensamientos. Acepta, al que desnuda las intenciones secretas de tu corazón.

La lepra más dañina la que no se ve

Jueves de la 1a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 1,40-45.
Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme».
Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado».
En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.
Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente:
«No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes.

San Pascasio Radbert (¿- c. 849)
monje benedictino

Comentario al evangelio de Mateo, 5,8; CCM 56 A, 475-476

«Quiero: queda limpio»
El Señor cura cada día el alma de todo aquel que se lo pide, le adora piadosamente y proclama con fe estas palabras: «Señor, si quieres, puedes limpiarme», y esto sea cual sea el número de sus faltas. Porque «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará» (Rm 10,10). Es preciso, pues, que dirijamos a Dios nuestras peticiones con toda confianza, sin dudar en absoluto, de su poder… Esta es la razón por la que el Señor, al leproso que se lo pide, le responde inmediatamente: «Quiero». Porque, apenas el pecador comienza a rogarle con fe, que ya la mano del Señor se pone a curarle la lepra de su alma…

Este leproso nos da un consejo muy bueno sobre la manera de orar. De ninguna manera duda de la voluntad del Señor como si rechazara creer en su bondad. Sino que, consciente de la gravedad de sus faltas, no quiere presumir de esta voluntad. Diciendo al Señor que si quiere puede curarle, afirma que este poder pertenece al Señor y, al mismo tiempo, afirma su fe… Si la fe es débil, debe primero fortalecerse. Es tan sólo entonces que revelará todo su poder para alcanzar la curación del alma y del cuerpo.

Sin duda que el apóstol Pedro habla de esta fe cuando dice: «Ha purificado sus corazones con la fe» (Hch 15,9)… La fe pura, vivida en amor, sostenida por la perseverancia, paciente en la espera, humilde en su afirmación, firme en su confianza, llena de respeto en su plegaria y de sabiduría en lo que pide, está cierta de poder oír en toda circunstancia esta palabra del Señor: «Quiero».

La debilidad a triunfado sobre la fuerza y la sabiduría

Lunes de la 1a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 1,14-20.
Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:
«El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».
Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores.
Jesús les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.
Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,
y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

San Efrén (c. 306-373)
Diácono en Siria, doctor de la Iglesia

San Efrén (h. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia. Comentario del Evangelio concordante, 4,20; SC 121
«Venid y seguidme. Os haré pescadores de hombres»
      Eran pescadores cuando se acercaron a Él y se volvieron pescadores de hombres, conforme a la Escritura: «He aquí que yo envío muchos pescadores y los pescarán y después enviaré muchos cazadores y los cazarán por todo monte y por toda colina» (Jr 16,16). Si hubiera mandado unos sabios, hubieran podido decir que habían persuadido al pueblo para ganarse su confianza o que lo habían engañado para tenerlo sometido. Si hubiera mandado unos ricos, hubieran podido decir que habían atraído al pueblo dándole de comer o que lo habían corrompido con dinero para así dominarlo. Y si hubiera mandado unos potentes, hubieran podido decir que los habían seducido o forzado con violencia.

      Pero muy diferentes eran los apóstolos. El Señor lo deja ver con el caso de Simón Pedro. A él le faltaba ánimo y le asustaron las palabras de una sirvienta; era pobre ya que ni siquiera tenía dinero para pagar su parte del impuesto (Mt 17,24 s). «No tengo oro, dijo, ni tengo dinero» (He 3,6). Por fin no era culto, pues cuando renegó del Señor, no se le ocurrió nada para salirse del apuro.

      Se fueron, pues, aquellos pescadores y triunfaron sobre los potentes, los ricos y los sabios. Fue un milagro, A pesar de ser débiles, convencieron sin violencia a los potentes; a pesar de ser pobres enseñaron a los ricos; a pesar de ser ignorantes, hicieron que los sabios y los prudentes se convirtieran en discípulos. La sabiduría del mundo cedió el sitio a aquella sabiduría que es, de por sí, la sabiduría de las sabidurías.

No hay encuentro sin soledad

3er día después de la Epifanía del Señor
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 6,45-52.
Después que los cinco mil hombres se saciaron, en seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud.
Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.
Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra.
Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.
Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar,
porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman».
Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. Así llegaron al colmo de su estupor,
porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.

Venerable Madeleine Delbrêl (1904-1964)
laica, misionera en la ciudad.

“Jesús estaba solo”
      La revelación esencial del Evangelio es la presencia fundamental y profunda de Dios. Es un llamado a encontrar a Dios, y Dios se encuentra en la soledad. Puede parecer que esta soledad es rechazada a los que viven entre los hombres. Eso sería creer que precedemos a Dios en la soledad, pero es Dios el que nos espera. Encontrarlo es encontrar la verdadera soledad. Porque la verdadera soledad es espíritu y todas nuestras soledades humanas son camino hacia la perfecta soledad que da la fe.

      La verdadera soledad no es la ausencia de hombres sino la presencia de Dios. Poner la vida en faz de Dios, librar la vida a la inspiración de Dios, es saltar a una región en la que somos hechos solitarios. Es la altura la que hace la soledad de las montañas y no el lugar en la base, en la que estamos parados. Si la efusión de la presencia de Dios en nosotros es escuchada en el silencio y la soledad, esa presencia nos deja pacificados, radicalmente unidos a todos los hombres que están hechos con la misma tierra que nosotros.
     
      “Feliz el que recibe la Palabra de Dios y la guarda” (Lc 11,28). No hay soledad sin silencio. El silencio, que puede ser a veces callar, es siempre escuchar. Una abstención de ruido que estuviera carente de nuestra atención a la Palabra de Dios, no sería silencio. Una jornada llena de ruidos y plena de voces, puede convertirse en una jornada de silencio…, si para nosotros el ruido deviene un eco de la presencia de Dios.

Tenerlo todo en común

2o día después de la Epifanía del Señor
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 6,34-44.
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto, y ya es muy tarde.
Despide a la gente, para que vaya a las poblaciones cercanas a comprar algo para comer».
El respondió: «Denles de comer ustedes mismos». Ellos le dijeron: «Habría que comprar pan por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos».
Jesús preguntó: «¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver». Después de averiguarlo, dijeron: «Cinco panes y dos pescados».
El les ordenó que hicieran sentar a todos en grupos, sobre la hierba verde,
y la gente se sentó en grupos de cien y de cincuenta.
Entonces él tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. También repartió los dos pescados entre la gente.
Todos comieron hasta saciarse,
y se recogieron doce canastas llenas de sobras de pan y de restos de pescado.
Los que comieron eran cinco mil hombres.

San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

Sobre el evangelio de Mateo, n° 49, 1-3
La multiplicación de los panes
    Observemos el abandono confiado de los discípulos a la providencia de Dios en las necesidades más grandes de la vida y su desprecio hacia una existencia lujosa: eran doce y tenían sólo cinco panes y dos peces. No se preocupaban de las cosas del cuerpo; se dedicaban con celo a las cosas del alma. Es más, no guardaron para ellos estas provisiones: se las dieron en seguida al Salvador cuando se las pidió. Aprendamos de este ejemplo, a compartir lo que nosotros tenemos con los que están necesitados, aunque tengamos poco. Cuando Jesús les pide los cinco panes, no dicen: «¿qué nos quedará para más tarde? ¿De dónde sacaremos lo que nos hace falta a nosotros?» Obedecen en seguida…

    Tomando pues los panes, el Señor los partió y les confió a los discípulos el honor de distribuirlos. No quería solo honrarlos con este santo servicio, sino que quería que participaran en el milagro, para que fueran testigos bien convencidos y no olvidaran lo que habían visto con sus ojos… Por ellos hace sentar a la gente y distribuye el pan, con el fin de que cada uno de ellos pueda dar testimonio del milagro que se realizó entre sus manos…

    Todo en este acontecimiento – el lugar desierto, la tierra desnuda, poco pan y pescado, la distribución de las cosas sin preferencia, cada uno que tiene tanto como su vecino – todo esto nos enseña la humildad, la frugalidad, y la caridad fraterna. También amarnos unos otros, tenerlo todo en común entre los que sirven al mismo Dios, es lo que nos enseña nuestro Salvador aquí.

Las tinieblas ya han sido vencidas

Esperando su segunda venida para que la recompensa del santo llegue a su plenitud

1er día después de la Epifanía del Señor
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 4,12-17.23-25.
Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea.
Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí,
para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías:
¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones!
El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz.
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca».
Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente.
Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba.
Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

San Efrén (c. 306-373)
Diácono en Siria, doctor de la Iglesia

Himno I sobre la Resurrección
«El pueblo que habita en las tinieblas ha visto una gran luz»
Jesús, Señor nuestro, Cristo

se nos ha manifestado desde el seno del Padre.

Ha venido a sacarnos de las tinieblas

y nos ha iluminado con su luz admirable.

Ha amanecido el gran día para la humanidad,

el poder de las tinieblas ha sido vencido.

De su luz nos ha nacido una luz,

que ilumina nuestros ojos entenebrecidos.

Ha hecho brillar la gloria en el mundo,

ha iluminado los abismos oscuros.

La muerte ha sido aniquilada, las tinieblas ya no existen,

las puertas del infierno han sido abatidas.

El ha iluminado a toda criatura,

tinieblas desde los tiempos antiguos.

Ha realizado la salvación y nos ha dado la vida;

volverá en gloria e iluminará los ojos de los que le esperan.

Nuestro Rey viene en su esplendor

Salgamos a su encuentro con las lámparas encendidas.

Alegrémonos en él como el se regocija con nosotros

y nos alegra con su gloriosa luz.

Hermanos míos, levantaos, preparaos,

a dar gracias a nuestro Rey y Salvador,

que vendrá en su gloria y nos alegrará

con su gozosa luz en el Reino.

El ya té buscaba cuando estabas a oscuras

Feria de tiempo de Navidad (5 ene.)
El Evangelio del día
Evangelio según San Juan 1,43-51.
Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme».
Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro.
Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret».
Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?». «Ven y verás», le dijo Felipe.
Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez».
«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael. Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera».
Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús continuó: «Porque te dije: ‘Te vi debajo de la higuera’, crees . Verás cosas más grandes todavía».
Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Homilía sobre el evangelio de Juan, 7
“Yo te vi, cuando estabas debajo de la higuera”
    Natanael estaba bajo el árbol del higo, como bajo sombra de muerte. Lo vio el Señor, de quien está dicho: “Para quienes se sentaban bajo sombra de muerte salió una luz.” (Is 9,2) ¿Qué se ha dicho, pues, a Natanael? “¿Me dices, oh Natanael, de qué me conoces? Ahora hablas conmigo, porque te llamó Felipe”. Quien mediante un apóstol ha llamado, ha visto que pertenecía ya a su Iglesia. ¡Oh tú, Iglesia; oh tú, Israel, (…), ya en este instante has conocido a Cristo mediante los apóstoles, como Natanael conoció a Cristo mediante Felipe. Pero su misericordia te vio antes que tú le conocieses, cuando yacías bajo el pecado!

    En efecto, ¿acaso hemos buscado primero nosotros a Cristo, y no nos ha buscado él antes? ¿Acaso nosotros hemos venido, enfermos, al Médico, y no el Médico a los enfermos? ¿No había perecido aquella oveja y, dejadas las noventa y nueve, el pastor buscó y halló a la que volvió a traer, alegre, en los hombros? (Lc 15,4) ¿No había perecido aquella dracma y la mujer encendió una lámpara y buscó por toda su casa hasta hallarla? (Lc 15,8)… Nuestro pastor halló la oveja, pero buscó a la oveja; la mujer halló la dracma, pero buscó la dracma. … Hemos sido, pues, buscados para ser hallados; hallados hablamos. Porque antes de ser hallados habíamos perecido si no fuésemos buscados, no nos ensoberbezcamos.

Una luz que no se apaga nunca

Evangelio según San Lucas 2,36-40.

Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Cipriano (c. 200-258)

obispo de Cartago y mártir

Sobre el Padrenuestro; PL 4, 544

«Sirviendo a Dios día y noche»

    En las Escrituras, el verdadero sol y el verdadero día, es Cristo; por eso los cristianos no excluyen ninguna hora, y hay que adorar a Dios sin cesar y siempre. Puesto que estamos en Cristo, es decir, en la luz verdadera, estemos en oración y no dejemos de suplicar a lo largo de todo el día. Y cuando, siguiendo el curso el tiempo, la noche llega después del día, no hay nada, ni las  mismas tinieblas nocturnas, que nos puede impedir de orar: para los hijos de la luz (1Ts 5,5), incluso durante la noche es de día. ¿Cuándo, pues, está sin luz aquel que tiene la luz en su corazón? ¡Cuándo falta el sol, cuándo, pues, no es día para aquel que Cristo es Sol y Día? Durante la noche, pues, no dejemos de orar. Es así como Ana, la viuda, obtuvo el favor de Dios perseverando en la oración y en las vigilias, tal como está escrito en el Evangelio: «No se alejaba nunca del Templo, sirviendo día y noche con ayunos y la oración»… Que la pereza y la desidia no nos priven de orar. Por la misericordia de Dios, hemos sido recreados en el Espíritu y hemos renacido. Imitemos pues, eso que seremos. Debemos ser habitantes de un reino donde no habrá más noche, donde brillará el día sin ocaso, velemos ahora, durante la noche como si fuera pleno día. Llamados a orar y a dar gracias sin fin al Dios del cielo, comencemos ya aquí a orar sin cesar y a darle gracias.

El amor es expansivo

28 de Diciembre
La Sagrada Familia de Jesús, María y José
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 2,13-15.19-23.
Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.
Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.
Cuando murió Herodes, el Angel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto,
y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel.
Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea,
donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno.

San Carlos de Foucauld (1858-1916)
ermitaño y misionero en el Sahara

*Una vida de humildad en Jerusalén*
            Jesús mío, inspíreme lo que debo pensar de su vida escondida… “Él descendió con ellos y fue a Nazaret, y les era sumiso” (Lc 2,51)…

            Descendió, se sumió, se humilló… fue una vida de humildad. Dios, como hombre. Hombre, se hace el último de los hombres, una vida de abyección hasta el último de los últimos lugares. Ha descendido con ellos para vivir su vida, la vida de pobres obreros, viviendo de su labor. Su vida fue como la de ellos, pobreza y labor, en la obscuridad. En Nazaret, pequeña ciudad escondida en la montaña, de donde “nada bueno puede salir” (Jn 1,46), como decían. Retirada, alejada del mundo y las capitales. Ha vivido en este retiro…

            Usted les era sumiso, sumiso como un hijo a su padre, a su madre, una vida de sumisión, de sumisión filial. Obedeciendo en todo lo que obedece un buen hijo. Si un deseo de sus padres no coincidía con su propia vocación divina, no lo realizaba, ya que siempre obedecía “a Dios más que a los hombres” (cf. Hech 5,29), igual que cuando había permanecido tres días en Jerusalén. Salvo en esos casos, usted los obedecía en todo, siendo el mejor hijo, obedeciendo no sólo sus mínimos deseos sino previéndolos en todo lo que les podía gustar, consolar, rendirles la vida más suave y agradable. Trata de todo corazón de hacerlos felices siendo un modelo de hijo, teniendo todas las atenciones posibles con sus padres, en la medida que lo permitía su vocación… (…)

            ¡He aquí lo que fue su vida en Nazaret (…)! Su vida era la de un modelo de hijo, viviendo con un padre y una madre obreros.

La familia un lugar de amor, crecimiento y acogida. Nunca puede ser un lugar de competición, dominio y recelo. El amor debe ser expansivo sino es otra cosa…Y el mejor ejemplo lo tenemos en la Sagrada familia

Cuídense de los hombres

El primer mártir de la iglesia
San Esteban, protomartir
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 10,17-22.
Jesús dijo a sus apóstoles:
Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas.
A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos.
Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento,
porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará en ustedes.
El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir.
Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz
Edith Stein, (1891-1942), carmelita descalza, mártir, copatrona de Europa

Meditación para el 6 de enero 1941
«Heme aquí, vengo a hacer tu voluntad» (Heb 10,7)
    Nos arrodillamos una vez más ante el pesebre… Muy cerca del Salvador recién nacido, encontramos a San Estebán. ¿Qué es lo que le ha valido este lugar de honor a aquel que ha sido el primero en dar testimonio del Crucificado con su sangre? Con su ardor juvenil ha llevado a cabo eso que el Señor ha declarado al entrar en el mundo: «Me has dado un cuerpo. Heme aquí, vengo a hacer tu voluntad» (Heb 10,5-7). Ha practicado la perfecta obediencia que hunde sus raíces en el amor y se exterioriza en el amor. Ha seguido los pasos del Señor en lo que, según la naturaleza, es, posiblemente, lo más difícil para el corazón humano, tanto que llega a parecer imposible: igual que el Salvador, ha observado el mandamiento del amor a los enemigos. El Niño en el pesebre, que ha venido para hacer la voluntad del Padre hasta a muerte en cruz (Flp 2,8), en espíritu ve delante de él a todos los que le seguirán por este camino. Ama a este joven al que esperará para colocarlo, un día,  el primero cerca de su Padre, con una palma en la mano. Su pequeña mano nos lo señala ya como modelo, como si nos dijera: «Mirad el oro que espero de vosotros».

Solo hay una luz verda

La Natividad del Señor (Misa de medianoche)
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 2,1-14.
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;
y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor,
pero el Angel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.
Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!».

Julián de Vézelay (c. 1080-c. 1160)
monje benedictino

“Tú has iluminado esta noche santa con la claridad de la luz verdadera” (Oración colecta de la misa del día de Navidad)
    “Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real” (Sab 18, 14-15). Este texto de la Escritura señala el tiempo santísimo en el que la Palabra  todopoderosa de Dios vino hasta nosotros para hablarnos de nuestra salvación. Saliendo del secreto más íntimo del Padre, bajó al seno de una madre…  La Palabra de Dios viene, pues, a nosotros desde su trono real; se abaja para elevarnos; se empobrece para enriquecernos; se hace hombre para hacernos divinos.

    Es esta la Palabra que había dicho: Que el mundo sea, y el mundo existió; había dicho: que el hombre sea, y el hombre existió. Pero lo que había creado, no lo recreó tan fácilmente. Creó por su mandato, pero recreó por su muerte. Creó mandando, pero recreó sufriendo. “Me habéis dado mucho trabajo”, dice ella (cf Ml 2,17). El universo, con toda su complejidad, no me ha costado nada organizarlo y gobernarlo, porque “pongo en juego mi fuerza de un extremo al otro del mundo y gobierno el universo tranquilamente” (Sb 8,1). Tan sólo el hombre, violador de mi ley, me ha dado tanto trabajo con sus pecados. Por eso, viniendo del trono celestial, no he tenido a menos encerrarme en el seno de una virgen y ser, con la humanidad caída, una sola persona. Desde mi nacimiento me han envuelto en pañales, me han recostado en un pesebre porque no hay lugar en la posada para el Creador del mundo…

    Todas las cosas estaban sumergidas en el interior del silencio, es decir, entre los profetas que ya no hablaban y los apóstoles que hablarían más adelante… Que la palabra del Señor venga todavía a los que guardan silencio. Escuchemos lo que el Señor nos dice en lo profundo de nosotros mismos. Que los movimientos y los gritos nefastos de nuestra carne se callen, que las imágenes desordenadas de nuestro espectáculo interior hagan silencio, para que nuestros oídos atentos escuchen libremente lo que dice el Espíritu, para que escuchen la voz que está por encima del firmamento.

¿Qué va a ser este niño?

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 1,57-66.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan».
Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre».
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.

San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Sobre la Natividad de S. Juan Bautista

“¿Qué va a ser este niño?”
¿Cuál será la gloria del juez, si la gloria de su heraldo es tan grande? ¿Quién será el que es el camino (Jn 14,5) si es tan grande el que prepara el camino? (Lc 3,6) … Celebramos la natividad de Juan. Celebramos la natividad de Cristo… Juan nace de una mujer estéril. Cristo nace de una joven virgen. La edad de los padres no facilitaba el nacimiento de Juan. El nacimiento de Cristo tiene lugar sin la intervención del varón. Juan es profetizado por un ángel, Jesús es concebido por el anuncio de un ángel… el nacimiento de Juan es objeto de incredulidad y su padre queda mudo. María cree en el nacimiento de Cristo y concibe por la fe… Juan aparece como una frontera situada entre los dos testamentos, el antiguo y el nuevo. El Señor mismo declara que Juan es como una frontera cuando dice: “La ley y los profetas llegan hasta Juan” (Lc 16,16) .Juan representa a la vez lo antiguo y lo nuevo. Siendo testimonio de lo antiguo nace de padres ancianos. Siendo el testimonio de los tiempos venideros, es profeta desde el seno de su madre (Lc 1,41)... Aparece como precursor de Cristo antes de verlo con sus ojos. Son cosas divinas que sobrepasan la capacidad de nuestra fragilidad humana. Por fin, nace Juan, recibe su nombre y la lengua de su padre se desata. Todos estos acontecimientos hay que contemplarlos en su significado profundo.

He aquí que deberás guardar silencio…

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (19 dic.)
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 1,5-25.
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón.
Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor.
Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada.
Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios,
le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso.
Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso.
Entonces se le apareció el Angel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso.
Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo.
Pero el Angel le dijo: «No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan.
El será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento,
porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni bebida alcohólica; estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre,
y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios.
Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto».
Pero Zacarías dijo al Angel: «¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada».
El Angel le respondió: «Yo soy Gabriel , el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia.
Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo».
Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario.
Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. El se expresaba por señas, porque se había quedado mudo.
Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa.
Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses.
Ella pensaba: «Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres».

Juan Taulero (c. 1300-1361)
dominico en Estrasburgo

Para la fiesta de Navidad
«He aquí que deberás guardar silencio”
    Por Navidad celebramos un triple nacimiento…El primero y más sublime es el nacimiento del Hijo único engendrado por el Padre celestial en la esencia divina, en la distinción de las personas. El segundo nacimiento es el que tiene lugar a través de una madre, la cual, en su fecundidad ha conservado la pureza absoluta de su castidad virginal. El tercero es aquel a través del cual Dios, todos los días y a todas horas, nace en verdad, espiritualmente, por la gracia y el amor, en un alma buena…

    Por este tercer nacimiento es por el que no debe quedar en nosotros más que una búsqueda simple y pura de Dios, sin ningún otro deseo que el de no tener nada propio…, con la única voluntad de ser de él, de darle cabida en nosotros de la manera más elevada, la más íntima con él, para que él pueda llevar a cabo su obra y nacer en nosotros sin que interpongamos ningún obstáculo… Por eso san Agustín nos dice: “Vacíate para que puedas ser llenado; sal para poder entrar”, y en otra parte: “Oh tú, alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera de ti al que está en ti, todo entero, de la manera más real y manifiesta? Y puesto que tú participas de la naturaleza divina, ¿qué te importan las cosas creadas y qué tienes que hacer con ellas?”. Si el hombre preparara así el lugar en el fondo de sí mismo, Dios, sin duda alguna, estaría obligado a llenarlo y completamente; si no fuera así, el cielo se rompería para llenar el vacío. Dios no puede dejar las cosas vacías; eso sería contrario a su naturaleza, a su justicia.

    Por eso debes callarte; entonces, la Palabra de este nacimiento, podrá ser pronunciada en ti y tú podrás escucharla. Pero, debes estar seguro que, si quieres hablar, él debe callarse. No se puede servir mejor al Verbo que escuchándole y callándose. Si tú, pues, sales completamente de ti mismo, Dios entrará todo entero; tanto en cuanto tú sales, él entra, ni más ni menos.

¡Dónde encontraré descanso…!

Miércoles de la 2a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 11,28-30.
Jesús tomó la palabra y dijo:
«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

San Juan Clímaco (c. 575-c. 650)
monje en el Monte Sinaí

Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón (Mt 11,29)

    1. La luz de la aurora precede al sol y la mansedumbre precede a  la humildad. Escuchemos a la Luz decirnos en qué orden los dispuso: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón» (cf. Mt 11,29). Antes de contemplar el sol, debemos ser iluminados por la aurora, podremos entonces sostener la vista del sol. Porque es imposible, completamente imposible, mirar el sol antes de conocer esta luz. Así lo enseña, en la Palabra del Señor, el orden dado a cada una de estas dos virtudes.

   2. La mansedumbre es un estado inmutable del intelecto, por el que permanece siempre igual, tanto en los honores como en las humillaciones. 3. La mansedumbre nos hace rezar por el prójimo sinceramente, sin ser sensibles a sus procedimientos cuando nos atormenta. 4. La mansedumbre es una roca que domina el mar de la irascibilidad y contra la cual se estrellan todas las olas que llegan allí, sin que la roca se rompa. 5. La mansedumbre es el sostén de la paciencia; la entrada, o más bien, la madre de la caridad. Ella es el fundamento de la discreción. Por eso está escrito «Guía en la justicia a los humildes» (cf. Sal 24,9). La mansedumbre procura el perdón de los pecados, da confianza en la oración, es la morada del Espíritu Santo. «¿A quién vuelvo la mirada? Al manso y humilde» (cf. Is 66,2).

  6. La mansedumbre es la colaboradora de la obediencia, la guía de la comunidad fraterna, el freno del furioso, el obstáculo del colérico, una fuente de alegría, la imitación de Cristo, una cualidad de los ángeles, la traba de los demonios, un escudo contra la amargura. 7. El alma agitada es el asiento del diablo, pero el Señor reposa en los corazones mansos.

Fortaleza para el nuevo día

Señor Jesús, en el silencio de este día que nace, vengo pedirte paz, sabiduría y fuerza.

Hoy quiero mirar el mundo con ojos llenos de amor;

ser paciente, comprensivo, suave y bueno.

Ver detrás de las apariencias a tus hijos,

como los ves Tú mismo,

para así poder apreciar la bondad de cada uno.

Cierra mis oídos a toda murmuración,

Guarda mi lengua de toda maledicencia.

Que sólo los pensamientos que

bendigan permanezcan en mí.

Quiero ser tan bien intencionado y justo

Que todos los que acerquen a mi, sientan tu presencia.

Revísteme de tu bondad; Señor, y haz que durante éste día yo te refleje.

Señor Dios todo poderoso, gracias te doy por este nuevo día,

ya que me ofreces la oportunidad de acercarme mas a ti,

y de servir y servirte mejor que ayer.

Gracias te doi por mi familia, mis amigos y por todas las  cosas buenas y malas que me hicieron madurar.

Gracias porque sin tí no me hubiese mantenido en pie ante los contratiempos de la vida y ¡Fueron tantos…!

Santifica Señor cada paso que yo de para que se muestre tu gloria, poder y justicia.

Bendice Señor mis labios para que den testimonio de tu misericordia y amor; unge Señor mis manos con el perfume de tu Santa Obediencia, abre mis ojos y veré cómo veo que todo lo haces bien

Te en trego mi corazón, mis pensamientos y todo mi ser.

Con tú gracia lo alcanzaré, Amén.