El amor es expansivo

28 de Diciembre
La Sagrada Familia de Jesús, María y José
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 2,13-15.19-23.
Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.
Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.
Cuando murió Herodes, el Angel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto,
y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel.
Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea,
donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno.

San Carlos de Foucauld (1858-1916)
ermitaño y misionero en el Sahara

*Una vida de humildad en Jerusalén*
            Jesús mío, inspíreme lo que debo pensar de su vida escondida… “Él descendió con ellos y fue a Nazaret, y les era sumiso” (Lc 2,51)…

            Descendió, se sumió, se humilló… fue una vida de humildad. Dios, como hombre. Hombre, se hace el último de los hombres, una vida de abyección hasta el último de los últimos lugares. Ha descendido con ellos para vivir su vida, la vida de pobres obreros, viviendo de su labor. Su vida fue como la de ellos, pobreza y labor, en la obscuridad. En Nazaret, pequeña ciudad escondida en la montaña, de donde “nada bueno puede salir” (Jn 1,46), como decían. Retirada, alejada del mundo y las capitales. Ha vivido en este retiro…

            Usted les era sumiso, sumiso como un hijo a su padre, a su madre, una vida de sumisión, de sumisión filial. Obedeciendo en todo lo que obedece un buen hijo. Si un deseo de sus padres no coincidía con su propia vocación divina, no lo realizaba, ya que siempre obedecía “a Dios más que a los hombres” (cf. Hech 5,29), igual que cuando había permanecido tres días en Jerusalén. Salvo en esos casos, usted los obedecía en todo, siendo el mejor hijo, obedeciendo no sólo sus mínimos deseos sino previéndolos en todo lo que les podía gustar, consolar, rendirles la vida más suave y agradable. Trata de todo corazón de hacerlos felices siendo un modelo de hijo, teniendo todas las atenciones posibles con sus padres, en la medida que lo permitía su vocación… (…)

            ¡He aquí lo que fue su vida en Nazaret (…)! Su vida era la de un modelo de hijo, viviendo con un padre y una madre obreros.

La familia un lugar de amor, crecimiento y acogida. Nunca puede ser un lugar de competición, dominio y recelo. El amor debe ser expansivo sino es otra cosa…Y el mejor ejemplo lo tenemos en la Sagrada familia

Cuídense de los hombres

El primer mártir de la iglesia
San Esteban, protomartir
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 10,17-22.
Jesús dijo a sus apóstoles:
Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas.
A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos.
Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento,
porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará en ustedes.
El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir.
Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz
Edith Stein, (1891-1942), carmelita descalza, mártir, copatrona de Europa

Meditación para el 6 de enero 1941
«Heme aquí, vengo a hacer tu voluntad» (Heb 10,7)
    Nos arrodillamos una vez más ante el pesebre… Muy cerca del Salvador recién nacido, encontramos a San Estebán. ¿Qué es lo que le ha valido este lugar de honor a aquel que ha sido el primero en dar testimonio del Crucificado con su sangre? Con su ardor juvenil ha llevado a cabo eso que el Señor ha declarado al entrar en el mundo: «Me has dado un cuerpo. Heme aquí, vengo a hacer tu voluntad» (Heb 10,5-7). Ha practicado la perfecta obediencia que hunde sus raíces en el amor y se exterioriza en el amor. Ha seguido los pasos del Señor en lo que, según la naturaleza, es, posiblemente, lo más difícil para el corazón humano, tanto que llega a parecer imposible: igual que el Salvador, ha observado el mandamiento del amor a los enemigos. El Niño en el pesebre, que ha venido para hacer la voluntad del Padre hasta a muerte en cruz (Flp 2,8), en espíritu ve delante de él a todos los que le seguirán por este camino. Ama a este joven al que esperará para colocarlo, un día,  el primero cerca de su Padre, con una palma en la mano. Su pequeña mano nos lo señala ya como modelo, como si nos dijera: «Mirad el oro que espero de vosotros».

Solo hay una luz verda

La Natividad del Señor (Misa de medianoche)
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 2,1-14.
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;
y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor,
pero el Angel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.
Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!».

Julián de Vézelay (c. 1080-c. 1160)
monje benedictino

“Tú has iluminado esta noche santa con la claridad de la luz verdadera” (Oración colecta de la misa del día de Navidad)
    “Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real” (Sab 18, 14-15). Este texto de la Escritura señala el tiempo santísimo en el que la Palabra  todopoderosa de Dios vino hasta nosotros para hablarnos de nuestra salvación. Saliendo del secreto más íntimo del Padre, bajó al seno de una madre…  La Palabra de Dios viene, pues, a nosotros desde su trono real; se abaja para elevarnos; se empobrece para enriquecernos; se hace hombre para hacernos divinos.

    Es esta la Palabra que había dicho: Que el mundo sea, y el mundo existió; había dicho: que el hombre sea, y el hombre existió. Pero lo que había creado, no lo recreó tan fácilmente. Creó por su mandato, pero recreó por su muerte. Creó mandando, pero recreó sufriendo. “Me habéis dado mucho trabajo”, dice ella (cf Ml 2,17). El universo, con toda su complejidad, no me ha costado nada organizarlo y gobernarlo, porque “pongo en juego mi fuerza de un extremo al otro del mundo y gobierno el universo tranquilamente” (Sb 8,1). Tan sólo el hombre, violador de mi ley, me ha dado tanto trabajo con sus pecados. Por eso, viniendo del trono celestial, no he tenido a menos encerrarme en el seno de una virgen y ser, con la humanidad caída, una sola persona. Desde mi nacimiento me han envuelto en pañales, me han recostado en un pesebre porque no hay lugar en la posada para el Creador del mundo…

    Todas las cosas estaban sumergidas en el interior del silencio, es decir, entre los profetas que ya no hablaban y los apóstoles que hablarían más adelante… Que la palabra del Señor venga todavía a los que guardan silencio. Escuchemos lo que el Señor nos dice en lo profundo de nosotros mismos. Que los movimientos y los gritos nefastos de nuestra carne se callen, que las imágenes desordenadas de nuestro espectáculo interior hagan silencio, para que nuestros oídos atentos escuchen libremente lo que dice el Espíritu, para que escuchen la voz que está por encima del firmamento.

¿Qué va a ser este niño?

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 1,57-66.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan».
Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre».
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.

San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Sobre la Natividad de S. Juan Bautista

“¿Qué va a ser este niño?”
¿Cuál será la gloria del juez, si la gloria de su heraldo es tan grande? ¿Quién será el que es el camino (Jn 14,5) si es tan grande el que prepara el camino? (Lc 3,6) … Celebramos la natividad de Juan. Celebramos la natividad de Cristo… Juan nace de una mujer estéril. Cristo nace de una joven virgen. La edad de los padres no facilitaba el nacimiento de Juan. El nacimiento de Cristo tiene lugar sin la intervención del varón. Juan es profetizado por un ángel, Jesús es concebido por el anuncio de un ángel… el nacimiento de Juan es objeto de incredulidad y su padre queda mudo. María cree en el nacimiento de Cristo y concibe por la fe… Juan aparece como una frontera situada entre los dos testamentos, el antiguo y el nuevo. El Señor mismo declara que Juan es como una frontera cuando dice: “La ley y los profetas llegan hasta Juan” (Lc 16,16) .Juan representa a la vez lo antiguo y lo nuevo. Siendo testimonio de lo antiguo nace de padres ancianos. Siendo el testimonio de los tiempos venideros, es profeta desde el seno de su madre (Lc 1,41)... Aparece como precursor de Cristo antes de verlo con sus ojos. Son cosas divinas que sobrepasan la capacidad de nuestra fragilidad humana. Por fin, nace Juan, recibe su nombre y la lengua de su padre se desata. Todos estos acontecimientos hay que contemplarlos en su significado profundo.

He aquí que deberás guardar silencio…

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (19 dic.)
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 1,5-25.
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón.
Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor.
Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada.
Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios,
le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso.
Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso.
Entonces se le apareció el Angel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso.
Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo.
Pero el Angel le dijo: «No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan.
El será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento,
porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni bebida alcohólica; estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre,
y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios.
Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto».
Pero Zacarías dijo al Angel: «¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada».
El Angel le respondió: «Yo soy Gabriel , el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia.
Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo».
Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario.
Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. El se expresaba por señas, porque se había quedado mudo.
Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa.
Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses.
Ella pensaba: «Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres».

Juan Taulero (c. 1300-1361)
dominico en Estrasburgo

Para la fiesta de Navidad
«He aquí que deberás guardar silencio”
    Por Navidad celebramos un triple nacimiento…El primero y más sublime es el nacimiento del Hijo único engendrado por el Padre celestial en la esencia divina, en la distinción de las personas. El segundo nacimiento es el que tiene lugar a través de una madre, la cual, en su fecundidad ha conservado la pureza absoluta de su castidad virginal. El tercero es aquel a través del cual Dios, todos los días y a todas horas, nace en verdad, espiritualmente, por la gracia y el amor, en un alma buena…

    Por este tercer nacimiento es por el que no debe quedar en nosotros más que una búsqueda simple y pura de Dios, sin ningún otro deseo que el de no tener nada propio…, con la única voluntad de ser de él, de darle cabida en nosotros de la manera más elevada, la más íntima con él, para que él pueda llevar a cabo su obra y nacer en nosotros sin que interpongamos ningún obstáculo… Por eso san Agustín nos dice: “Vacíate para que puedas ser llenado; sal para poder entrar”, y en otra parte: “Oh tú, alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera de ti al que está en ti, todo entero, de la manera más real y manifiesta? Y puesto que tú participas de la naturaleza divina, ¿qué te importan las cosas creadas y qué tienes que hacer con ellas?”. Si el hombre preparara así el lugar en el fondo de sí mismo, Dios, sin duda alguna, estaría obligado a llenarlo y completamente; si no fuera así, el cielo se rompería para llenar el vacío. Dios no puede dejar las cosas vacías; eso sería contrario a su naturaleza, a su justicia.

    Por eso debes callarte; entonces, la Palabra de este nacimiento, podrá ser pronunciada en ti y tú podrás escucharla. Pero, debes estar seguro que, si quieres hablar, él debe callarse. No se puede servir mejor al Verbo que escuchándole y callándose. Si tú, pues, sales completamente de ti mismo, Dios entrará todo entero; tanto en cuanto tú sales, él entra, ni más ni menos.

¡Dónde encontraré descanso…!

Miércoles de la 2a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 11,28-30.
Jesús tomó la palabra y dijo:
«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

San Juan Clímaco (c. 575-c. 650)
monje en el Monte Sinaí

Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón (Mt 11,29)

    1. La luz de la aurora precede al sol y la mansedumbre precede a  la humildad. Escuchemos a la Luz decirnos en qué orden los dispuso: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón» (cf. Mt 11,29). Antes de contemplar el sol, debemos ser iluminados por la aurora, podremos entonces sostener la vista del sol. Porque es imposible, completamente imposible, mirar el sol antes de conocer esta luz. Así lo enseña, en la Palabra del Señor, el orden dado a cada una de estas dos virtudes.

   2. La mansedumbre es un estado inmutable del intelecto, por el que permanece siempre igual, tanto en los honores como en las humillaciones. 3. La mansedumbre nos hace rezar por el prójimo sinceramente, sin ser sensibles a sus procedimientos cuando nos atormenta. 4. La mansedumbre es una roca que domina el mar de la irascibilidad y contra la cual se estrellan todas las olas que llegan allí, sin que la roca se rompa. 5. La mansedumbre es el sostén de la paciencia; la entrada, o más bien, la madre de la caridad. Ella es el fundamento de la discreción. Por eso está escrito «Guía en la justicia a los humildes» (cf. Sal 24,9). La mansedumbre procura el perdón de los pecados, da confianza en la oración, es la morada del Espíritu Santo. «¿A quién vuelvo la mirada? Al manso y humilde» (cf. Is 66,2).

  6. La mansedumbre es la colaboradora de la obediencia, la guía de la comunidad fraterna, el freno del furioso, el obstáculo del colérico, una fuente de alegría, la imitación de Cristo, una cualidad de los ángeles, la traba de los demonios, un escudo contra la amargura. 7. El alma agitada es el asiento del diablo, pero el Señor reposa en los corazones mansos.

Fortaleza para el nuevo día

Señor Jesús, en el silencio de este día que nace, vengo pedirte paz, sabiduría y fuerza.

Hoy quiero mirar el mundo con ojos llenos de amor;

ser paciente, comprensivo, suave y bueno.

Ver detrás de las apariencias a tus hijos,

como los ves Tú mismo,

para así poder apreciar la bondad de cada uno.

Cierra mis oídos a toda murmuración,

Guarda mi lengua de toda maledicencia.

Que sólo los pensamientos que

bendigan permanezcan en mí.

Quiero ser tan bien intencionado y justo

Que todos los que acerquen a mi, sientan tu presencia.

Revísteme de tu bondad; Señor, y haz que durante éste día yo te refleje.

Señor Dios todo poderoso, gracias te doy por este nuevo día,

ya que me ofreces la oportunidad de acercarme mas a ti,

y de servir y servirte mejor que ayer.

Gracias te doi por mi familia, mis amigos y por todas las  cosas buenas y malas que me hicieron madurar.

Gracias porque sin tí no me hubiese mantenido en pie ante los contratiempos de la vida y ¡Fueron tantos…!

Santifica Señor cada paso que yo de para que se muestre tu gloria, poder y justicia.

Bendice Señor mis labios para que den testimonio de tu misericordia y amor; unge Señor mis manos con el perfume de tu Santa Obediencia, abre mis ojos y veré cómo veo que todo lo haces bien

Te en trego mi corazón, mis pensamientos y todo mi ser.

Con tú gracia lo alcanzaré, Amén.

No hay nada imposible para Dios

La Inmaculada Concepción de la Virgen María
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 1,26-38.
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;
él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?».
El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes,
porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.

Comentario: Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
religiosa, pequeño diario.

Tu misericordia nos llegó por una Virgen inmaculada
Adorado seas, oh Dios misericordioso,
por haberte dignado descender de los cielos a esta tierra.
Te adoramos en gran humildad,
Por haberte dignado elevar todo el género humano.

Insondable e inconcebible en Tu misericordia,
Por amor a nosotros has tomado un cuerpo
De una Virgen Inmaculada, jamás tocada por el pecado,
Porque esa era tu designio desde la eternidad.

La Santísima Virgen, lis blanco como la nieve,
Es la primera en adorar el poder de Tu misericordia.
Su Corazón puro se abre con amor a la venida del Verbo,
Cree en las palabras del divino Mensajero y se afirma en la confianza.

El cielo se asombró de que Dios se hubiera hecho hombre,
Que hubiera en la tierra un corazón digno del mismo Dios.
¿Por qué te unes a un pecador, Señor, en vez de unirte a un Serafín?
Esto es un misterio de Tu misericordia,
Más allá del corazón puro virginal.

Misterio de la divina misericordia, oh Dios de la piedad,
Que te has dignado abandonar el trono celestial,
Y bajado hacia nuestra miseria, hacia la debilidad humana,
Porque tu misericordia no es necesaria a los ángeles sino a los hombres.

Para expresar dignamente la misericordia del Señor,
Nos unimos a Tu Madre Inmaculada,
Así nuestro himno Te será más agradable
Ya que Ella fue elegida de los ángeles y de los hombres.

Por Ella, como a través del cristal puro,
Ha llegado a nosotros Tu misericordia,
Por Ella el hombre se volvió agradable a Dios,
Por Ella fluyen sobre nosotros, torrentes de todas las gracias.

¿Que mayor enfermedad que la ceguera espiritual?

Sábado de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,35-38.10,1.6-8.
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
«Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»

Comentario: San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia

«Curando toda enfermedad y dolencia»
Hermanos, vosotros ya conocéis al que viene; considerad ahora de dónde viene y adónde va. Viene del corazón de Dios Padre al seno de una Virgen Madre. Viene de las alturas del cielo a las regiones inferiores de la tierra. Entonces, ¿qué? ¿No hemos de vivir en esta tierra? Sí, porque él mismo está en ella; porque ¿dónde estaremos bien sin él? «¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo ¿qué me importa la tierra sin ti, el Dios de mi corazón y mi carne, mi lote perpetuo?» (Sl 72, 25-26)…

Era preciso que estuviera en juego un interés grande para que una tan alta majestad se dignara descender desde tan lejos a una estancia tan indigna de ella. Sí, estaba en juego un interés grande puesto que allí se manifestaron, en una medida tan amplia y abundante, la misericordia, la bondad, la caridad. En efecto, ¿por qué vino Cristo?… Nos lo muestran claramente sus palabras y sus gestos: vino con presura desde los montes a buscar la oveja número cien, la que se había extraviado, para hacer estallar su misericordia en favor de los hijos de los hombres.

Vino por nosotros. ¡Admirable condescendencia de Dios que busca! ¡Admirable dignidad del hombre así buscado! ¡Sin pretender una locura el hombre se puede gloriar de ello: no que sea algo de valor por sí mismo, pero sí que el que lo creó lo estimó de gran precio! En comparación con esta gloria, las riquezas y la gloria del mundo y todo lo que se puede ambicionar de él no son nada. ¿Qué es el hombre, Señor, para que lo levantes tan alto y ligues a él tu corazón?

Éramos nosotros los que debíamos ir hacia Jesucristo… Pero un doble obstáculo nos privaba de avanzar: nuestros ojos estaban muy enfermos, y Dios habita en la luz inaccesible (1Tm 6,16). Paralíticos yaciendo sobre nuestro lecho éramos incapaces de alcanzar la morada de Dios tan elevada. Por eso el buenísimo Salvador y dulce médico de las almas bajó de lo alto donde habita. Así suavizó para nuestros ojos enfermos el resplandor de su luz.

Vendrá y no callará.

Viernes de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,27-31.
Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David».
Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: «¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?». Ellos le respondieron: «Sí, Señor».
Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como ustedes han creído».
Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: «¡Cuidado! Que nadie lo sepa».
Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.

Comentario: San Agustín (354-430)
obispo de Hipona

Se le abrieron los ojos
        «Vendrá nuestro Dios manifiestamente, y no permanecerá en silencio» (Sal 49,3 Vulgata). En efecto, Cristo el Señor, nuestro Dios, el Hijo de Dios, vino a escondidas en su primera venida, y vendrá de forma manifiesta en la segunda. Cuando vino oculto, no fue conocido más que por sus servidores; Cuando se manifieste, se dará a conocer a buenos y malos. Cuando vino oculto, fue para ser juzgado, cuando se manifieste con claridad, será para ser él el juez. En otro tiempo fue juzgado, y se quedó en silencio, el profeta ya había predicho este silencio: «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, no abría la boca» (Isaías 53, 7), pero «nuestro Dios vendrá manifiestamente, y no permanecerá en silencio»…
        Ahora lo que llamamos felicidad en este mundo, los malos también la tienen, y lo que llamamos desgracia en este mundo, también la poseen los buenos. Si los hombres no creen en estas realidades, y no creen en las realidades futuras, es porque observan que los bienes y los males de este mundo pertenecen por igual a buenos y malos. Si ambicionan las riquezas, ven que estas arrastran a los peores hombres, así como a los buenos.
        Si tienen horror a la pobreza y la miseria de esta vida, ven que éstas hacen sufrir no sólo a los malos, sino también a los buenos, y dicen en su corazón: «Dios no ve nada» (Sal 93,7), no le interesan los asuntos de los hombres. Nos deja completamente al azar, rodando en el profundo abismo de este mundo, y no nos muestra su providencia. Y desprecian a los preceptos de Dios, porque no ven que se manifieste su justicia…
        Dios se reserva un montón de cosas para el juicio final, pero algunas de estas cosas, se juzgan ahora, con el fin de que aquellos que no esperan el juicio, teman y se conviertan. Porque Dios no condena, sino que salva, y por lo tanto es paciente con los malos, para que lleguen a ser buenos.

No hay más vida que en Él

Miércoles de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 15,29-37.

Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó.
Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó.
La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.
Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino».
Los discípulos le dijeron: «¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?».
Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen?». Ellos respondieron: «Siete y unos pocos pescados».
El ordenó a la multitud que se sentara en el suelo;
después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos. Y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.

Catecismo de la Iglesia
Nuestro pan en el desierto: la eucaristía, prenda de la gloria que ha de venir
Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados «de gracia y bendición» (MR, Cano Romano 96), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial. En la última Cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: «Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre» (Mt 26,29; cf Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia «el que viene» (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: «Marana tha» (1Co 16,22). «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20), «que tu gracia venga y que este mundo pase» (Didaché 10,6).

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía «mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo» (Tt 2,13), pidiendo entrar «en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro» (plegaria eucarística 3).

De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, «se realiza la obra de nuestra redención» (LG 3) y, «partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre» (S. Ignacio de Antioquia).

¡Felices que ven lo que ustedes ven!

Martes de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 10,21-24.
En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: «¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!
¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!».

Carta a Diogneto (c. 200)

Dios nos ha ofrecido todo en su Hijo
Con bondad y mansedumbre, como un rey que envía al rey, su hijo, Dios ha enviado entre los hombres a Dios, el Verbo. Lo ha enviado para salvarlos por la persuasión, no por la violencia, porque no hay violencia en Dios. Lo ha enviado para llamar, no para acusar; lo ha enviado para amar, no para juzgar. (…)

Nadie entre los hombres lo ha visto o conocido, es él mismo que se manifestó. Se manifestó por la fe, única que acuerda la visión de Dios. El Señor y Creador del universo, Dios, que hizo todas las cosas y las dispuso ordenadamente, se mostró no sólo pleno de amor por los hombres, sino paciente. Siempre fue y permanecerá bueno, manso, veraz. Sólo él es bueno.

Sin embargo, cuando concibió su gran e inefable designio, hizo parte a su Hijo único. Mientras mantenía en el misterio y reservaba el plan de su sabiduría, parecía no tenernos en cuenta y no preocuparse por nosotros. Pero cuando se reveló por su Hijo bien amado, nos manifestó lo que había preparado desde el comienzo. Nos ofreció todo al mismo tiempo: la participación a sus bondades y bendiciones, la visión y la inteligencia. ¿Quién lo habría jamás esperado?

Fe, es creer y asentir a una realidad sólo visible al corazón

Lunes de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 8,5-11.
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole»:
«Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente».
Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo».
Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: ‘Ve’, él va, y a otro: ‘Ven’, él viene; y cuando digo a mi sirviente: ‘Tienes que hacer esto’, él lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe.
Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos».
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Sobre el Adviento, la venida de Jesús.
«La tierra entera estará llena de la majestad de Dios»
Hombre, no pongas obstáculos a tu reconciliación, sacarás de ella un peso mayor de gloria. Soporta con alegría, no solo con paciencia, las penas de la vida. No desprecies nada de lo que te puede procurar un día la gloria eterna. Di a ti mismo: cuando el Señor se habrá acordado de ti y habrá glorificado tu alma, ésta se acordará de tu cuerpo para tu propio bien. Delante de tu Señor, tu alma le hablará de tu cuerpo por su colaboración en el bien realizado. Dirás al Señor: “Se digne mi Señor de recompensar a este cuerpo el bien que me ha hecho: juntos, no nos hemos ahorrado ninguna pena…”

Entonces, el Dios de los Ejércitos, el Señor todopoderoso, el Rey de la gloria vendrá del cielo y transformará nuestro cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo (Flp 3,21) ¡Qué alegría inefable, cuando el creador del universo que quedó oculto bajo las apariencias de humildad cuando vino para rescatarnos, aparecerá en toda su gloria, en los aires, ante todos los hombres, para glorificar nuestro mísero cuerpo! ¿Quién se acordará entonces de la humildad de su primera venida, cuando lo veremos descender en su esplendor, precedido por los ángeles que harán levantar nuestros cuerpos del polvo, al son de la trompeta para presentarlos ante Cristo? (cf 1 Tes 4,16ss)…

Que se alegre, pues, nuestra alma y nuestro cuerpo repose en la esperanza (Sal 16,9) aguardando su transformación en el cuerpo glorioso de Cristo, nuestro Salvador. “Mi alma tiene sed de ti, Dios mío, mi carne te ansía de noche.” (cf. Sal 63,1ss) El profeta se refiere en su oración a la primera venida que le iba a rescatar. Pero se refería aún más ardientemente a la última venida cuando va a ser glorificado el cuerpo. Entonces, todos nuestros anhelos serán colmados: la tierra entera se llenará de la majestad de Dios. Que la misericordia de Dios nos conduzca a esta gloria. “Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús”(cf Flp 4,7).

¿Por qué orar sin cesar?

Sábado de la 34a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,34-36.
Jesús dijo a sus discípulos:
«Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes
como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.
Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre».

Comentario: San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars

¿Por qué rezar sin cesar?
¿Cuáles son los beneficios que recibimos con la oración, para tener que rezar tan frecuentemente? He aquí, hermanos míos. La oración hace que nuestras cruces sean menos pesadas, suaviza nuestras penas y nos torna menos apegados a la vida. Ella atrae sobre nosotros la mirada de la misericordia de Dios, fortifica nuestra alma contra el pecado, hace crecer el deseo de la penitencia y que realicemos su práctica con agrado, ya que sentimos y comprendemos cuánto el pecado ultraja al buen Dios. Especialmente, hermanos míos, por la oración agradamos a Dios, enriquecemos nuestra alma, aseguramos la vida eterna. ¿Díganme, hermanos míos, necesitamos algo más para querer que nuestra vida sea una oración continua por nuestra unión con Dios?

¿Cuándo amamos a una persona, tenemos que verla para pensar en ella? No, sin dudas. Igualmente, hermanos míos, si amamos al buen Dios, la oración nos será tan familiar como la respiración. Sin embargo, hermanos míos, para que la oración nos atraiga todos esos bienes, no es suficiente rezar con precipitación, apurados. El buen Dios quiere que pasemos un tiempo conveniente. Tenemos que tener el tiempo de pedir las gracias necesarias, de agradecerle por sus beneficios, de gemir sobre nuestras faltas pasadas pidiéndole perdón.

Me dirán ustedes ¿cómo rezar sin cesar? Hermanos míos, nada más fácil: ocuparnos del buen Dios, de tiempo en tiempo, durante nuestro trabajo. A veces haciendo un acto de amor para testimoniar que le amamos, porque él es bueno y digno de ser amado. A veces con una acto de humildad, reconociéndonos indignos de las gracias con las que no cesa de llenarnos, También con un acto de confianza, porque miserables como somos, sabemos que nos ama y quiere hacernos felices. Vean, hermanos míos, qué es fácil rezar sin cesar.

El tiempo apremia ¿aún sigues con ataduras?

Evangelio del día
Lc 21, 29-33

Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola:

«Fijaos en la higuera y en todos los demás árboles: cuando veis que ya echan brotes, conocéis por vosotros mismos que ya está llegando el verano.

Igualmente vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Palabra del Señor

Comentario al Evangelio: José Ignacio Munilla

Está próximo a concluir el año litúrgico. Comenzará este fin de semana el tiempo de Adviento, y en estos últimos evangelios —en concreto, en el evangelio de este viernes— se habla de esos signos apocalípticos del fin de los tiempos. Escuchamos lo siguiente:

“En verdad os digo: no pasará esta generación sin que todo suceda.”
¿Qué significa esta expresión? Da la impresión de que es un error, un error que cometió el evangelista San Lucas. Él pensaba que el fin de los tiempos iba a acontecer antes de que esa generación terminase. Pensaban que el retorno de Jesucristo en gloria, que la parusía, era inminente. Algunos parece que así lo pensaron; de hecho, dejaron de trabajar, y por eso el apóstol dice: “El que no trabaje, que no coma”.

Sin embargo, creo que San Lucas quería decir otra cosa. No olvidemos que la Palabra de Dios está inspirada por el Espíritu Santo y no comete error. Por tanto, cuando dice “no pasará esta generación sin que todo suceda”, tenemos que entender que ese anuncio del fin de los tiempos tiene una doble dimensión.

Una es la dimensión de la parusía final, cuando el mundo termine y Cristo retorne en gloria. Pero hay también otra dimensión, que es la dimensión personal, en la que cada uno de nosotros vive ese fin de los tiempos con nuestra propia vida. Para nosotros, el fin de nuestra vida es también el fin de los tiempos. Al fin y al cabo, el juicio particular con el que somos examinados de nuestra vida en nuestra muerte coincidirá, obviamente, con el juicio final en el retorno de Jesucristo.

La única diferencia será que en el juicio final nuestro cuerpo habrá resucitado y se habrá unido al alma para recibir ese mismo juicio que recibió en el momento de su muerte: sea de salvación, sea de condenación, o sea de necesidad de purificación.

Por eso escuchamos en el evangelio: “No pasará esta generación sin que todo esto suceda.” El final de los tiempos para cada uno de nosotros está más cerca de lo que pensamos. Estamos llamados a descubrir esos signos que nos hablan de la inminencia de nuestro encuentro con el Señor y a vivir en su presencia.

La mejor manera de preparar nuestro momento final es vivir el día a día, nuestra vida ordinaria, en la presencia de Dios.

Es de torpes invertir en lo caduco.

El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,20-28.
Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando vean a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sepan que su ruina está próxima.
Los que estén en Judea, que se refugien en las montañas; los que estén dentro de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a ella.
Porque serán días de escarmiento, en que todo lo que está escrito deberá cumplirse.
¡Ay de las que estén embarazadas o tengan niños de pecho en aquellos días! Será grande la desgracia de este país y la ira de Dios pesará sobre este pueblo.
Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que el tiempo de los paganos llegue a su cumplimiento.
Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas.
Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán.
Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria.
Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación».

San Gregorio Magno (c. 540-604)
papa y doctor de la Iglesia

Homilías del Evangelio, n° 1, 3
«Alzaos, levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación»
    «Las potencias de los cielos serán puestas en movimiento. » ¿A quién llama el Señor potencias de los cielos, si no a los ángeles, los arcángeles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados y los Poderes? (Col 1,16) aparecerán visiblemente en el momento de la llegada del Juez…

    Entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes con gran poder y majestad; como si claramente nos dijera: verán rodeado de gran pompa y majestad, al que no quisieron oír cuando se presentó humilde… estas palabras fueron dichas para los réprobos; pero para consuelo de los elegidos, dice:”Cuando empiecen a cumplirse estas cosas, levantad vuestras cabezas, puesto que se acerca vuestra redención”. Es como si la Verdad advirtiera claramente a sus elegidos diciendo: » en el momento en el que las desgracias del mundo se multiplican, regocijaos. Mientras se acaba el mundo, del que nunca fuisteis amigos, la redención que siempre deseasteis se acerca».

    Los que aman a Dios son invitados a regocijarse por ver acercarse el fin del mundo, porque encontrarán pronto el mundo que desean, cuando haya pasado aquel al que no están atados. Que los fieles que deseen ver a Dios, se abstenga bien de llorar por las desgracias que golpean el mundo, ya que sabe que estas mismas desgracias llegan su fin. Está escrito en efecto: «el que quiere ser amigo de las cosas de este mundo se hace enemigo de Dios» (Jc 4,4). El que pues no se regocija por ver acercarse el fin de este mundo, ése muestra que es su amigo, y de ahí da pruebas de ser enemigo de Dios.
 
    Más no sea así el corazón de los fieles, de los que creen que existe otra vida y los que, por sus actos, prueban que le aman… ¿En efecto, qué es esta vida mortal si no un camino? ¡Qué locura, hermanos míos, agotarse en el camino, no queriendo alcanzar el fin!…
Así, hermanos míos, no améis las cosas de este mundo, que, como vemos según los acontecimientos que se producen alrededor nuestro, no podrá subsistir por mucho tiempo.

Por tú constancia salvarás la vida

El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,12-19.
Jesús dijo a sus discípulos:
«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre,
y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa,
porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.
Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.
Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.
Gracias a la constancia salvarán sus vidas.

San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesa.

¡Cantemos Aleluya en medio de las pruebas!
Cantemos aquí, aún preocupados, el Aleluya, para poder cantarlo en lo Alto, en la paz., ¿Por qué preocupados aquí? ¿Cómo quieres que no esté preocupado cuando leo “Acaso no es una tentación la vida humana sobre la tierra” (cf. Jb 7,1)? ¿Cómo quieres que no esté preocupado si debemos decir en la oración “No nos dejes caer en la tentación”?… ¿Cómo decir que el pueblo se halla en el bien, si grita conmigo “Líbranos del mal”? (Mt 6,13).

Pero nosotros y los demás cantemos el Aleluya aún aquí, en medio de peligros y tentaciones. “Fiel es Dios, que no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas”, dice el Apóstol. Entonces, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía culpable, pero Dios es fiel. El Apóstol no dice: “No permitirá que sean tentados”, sino “Dios en el momento de la tentación les dará un medio para liberarse de ella” (1 Cor 10,13).¿ Has entrado en tentación? Dios te dará la salida. Como la vasija del alfarero, has de ser modelado mediante la predicación y cocido por la tribulación. Cuando entres en la prueba, piensa en la salida, ya que “Dios es fiel, el Señor guardará tu entrada y tu salida” (Sal120,8).

El verdadero Dios ya se ha mostrado. No hay otro.

Martes de la 34a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,5-9.

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:
«De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».
Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan.
Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin».

Benedicto XVI
papa 2005-2013

Vigésima jornada mundial de la juventud, Homilía de vigilia, Colonia, agosto  2005
“Cuando oigáis hablar de guerras y de revueltas, no os asustéis…,” (Lc 21,9)
Los santos nos muestran el camino hacia la felicidad. Nos enseñan cómo han llegado a ser personas realmente humanas. En las vicisitudes de la historia han sido los que realmente fueron reformadores, los que, a menudo, hicieron salir la historia de sus sombras oscuras en las que constantemente recae de nuevo…Sólo de los santos, de Dios, surge la auténtica revolución, el cambio decisivo del mundo. En el curso del siglo que acabamos recientemente, hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue el de no esperar ya nada de Dios sino tomar absolutamente el destino del mundo en las propias manos. Hemos visto que actuando así, un punto de visto parcial y humano, se proclamaba siempre como la medida absoluta de las orientaciones a seguir. Absolutizar lo que no es absoluto sino relativo se llama totalitarismo. Esta actitud no libera al hombre, antes le quita su dignidad y le hace esclavo. No son las ideologías las que salvan al mundo sino únicamente el hecho de volver hacia el Dios vivo, nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que realmente es bueno y verdadero. La auténtica revolución consiste únicamente en el hecho de volverse sin reservas a Dios quien es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. ¿Qué es lo que nos puede salvar sino el amor?... Hay muchos que hablan de Dios. En nombre de Dios se predica también el odio y se ejerce la violencia. Es, pues, importante descubrir el verdadero rostro de Dios...”El que lo ha visto, ha visto al Padre”, dijo Jesús a Felipe (cf Jn 14,9) En Jesucristo, que por nosotros se dejó atravesar el corazón, en él se ha manifestado el auténtico rostro de Dios. Lo seguiremos con la gran muchedumbre de los que nos han precedido. Así caminaremos por el sendero justo. (cf Sal 22)

El amor no se da con medida.

Lunes de la 34a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 21,1-4.
Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo.
Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre,
y dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie.
Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir.»

Santa Teresa de Calcuta (1910-1997)
fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad

A Simple Path (Un camino sencillo)
“Todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia”
Hay que dar lo que os cuesta algo. No es suficiente dar de lo que os sobra, de lo que podéis prescindir, sino también de lo que no queréis prescindir, cosas a las que estáis apegados. Entonces, vuestra ofrenda se convierte en un sacrificio agradable a los ojos de Dios… Esto es lo que yo llamo el amor en acción. Cada día voy viendo crecer este amor, entre niños, entre hombres y mujeres.

Un día bajaba yo por la calle; un mendigo se me acercó y me dijo: “Madre Teresa, todo el mundo te regala cosas; yo también te quiero dar una cosa. Hoy no he recibido más que veintinueve céntimos para toda la jornada y te los quiero dar.” Reflexioné un momento: si acepto estos céntimos, que prácticamente no valen nada, el pobre se expone a no tener nada para comer esta noche, y si no los acepto, le daré pena. Entonces, alargué la mano y cogí las monedas. Nunca en la vida vi tanta alegría en el rostro de una persona como en aquel hombre, tan feliz de haber podido hacer un regalo a la Madre Teresa. Era para él un sacrificio enorme, él que mendigaba todo el día bajo el sol para esta cantidad irrisoria con la que no se podía comprar nada. Pero era maravilloso también, porque estas monedas de nada, a las que había renunciado se convirtieron en una fortuna porque fueron dadas con tanto amor.