Sagan, Peter 264-Tour 2012En la segunda lectura de hoy San Pablo se basa en el sacramento del Bautismo para enseñar con más urgencia la vida nueva que deben vivir los cristianos.
La muerte y resurrección de Cristo fueron una realidad histórica, mientras que nuestra muerte y paso a la vida nueva, en el bautismo, han sido una realidad sacramental, para que vivamos en unión con Cristo la vida de Dios. Y Pablo recuerda a los cristianos, que todos tienen que morir al pecado y vivir para Dios. Tienen que entrar decididamente en la vida nueva de Cristo Resucitado y para entrar en esa vida nueva es necesario rechazar todo tipo de pecado. Lo cual solamente podemos lograr por la gracia de Dios, por la oración y por el sacrificio.
Estaba en Fátima el fin de semana pasado y una de las santas nuevas de la Iglesia, Santa Jacinta de Fátima, poco antes de su muerte, comentó: “Si los hombres sólo supieran lo que es la eternidad, cómo harían todos los esfuerzos posibles para enmendar sus vidas”.
Y para cambiar la vida, el primero paso a la conversión es el bautismo, y por este sacramento somos hermanos y discípulos de Cristo. Sin embargo ser discípulo de Jesús viene con un precio, tiene sus exigencias. Y Jesús en el evangelio de hoy exige a los suyos que le prefieran a él por encima de todos y de todo. Más aún, que le prefieran a la misma vida. El que quiere conservar a su vida la perderá, mientras que el que renuncie a ella por Cristo, la ganará.
No es que tengamos que rechazar la familia, o que Jesús esté aquí aboliendo el cuarto mandamiento. Ni nos está invitando a descuidar la defensa de nuestra vida. Pero tenemos que subordinarlo todo a nuestro seguimiento de Jesús. Las demás cosas son secundarias.
Cuando tengamos que optar entre nuestra fidelidad a Cristo y la incomprensión o hasta las persecuciones familiares o sociales, tendremos que optar claramente por Cristo, como han hecho tantos mártires de todos los tiempos. Como cristianos podemos aprender de los deportistas de hoy en día. Ellos para conseguir su premio, tienen que renunciar a otras opciones que son menos importantes que la meta que se han propuesto. Para ganar el premio el deportista, su vida es exigente. Poco viene fácilmente en este mundo, incluso nuestra salvación.
Así nos pasa a los discípulos de Jesús. No nos propone un cristianismo fácil, sino exigente y radical. Jesús nos dice que tendremos que tomar la cruz y seguirle, negamos a nosotros mismos, renunciar incluso a la vida, sí es el caso, para encontrar la verdadera felicidad y la vida.
¿No es el caso de tantos millones de mártires de todos los tiempos, también actuales, que han sido perseguidos por su fe y se han mantenido fieles, dando testimonio de Cristo, incluso con su vida? Pensemos en los cristianos en países como Siria, Egipto e Irak de hoy quienes dan testimonio de la fe verdadera y del único Dios. Uno y Trino. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¿No es el caso de tantos cristianos que renuncian a una fácil carrera social o comercial porque se pide de ellos que renieguen de valores cristianos en los que creen firmemente? Pensamos en los panaderos cristianos de América del Norte, que prefieren perder su empresa, o pagar una multa o ir a la cárcel porque se niegan a hacer tartas para matrimonios gay.
El seguimiento de Cristo no comporta sólo consuelo y bendiciones de Dios. Supone muchas veces renuncias y sacrificios. Hay continuas ocasiones, en la vida personal o familiar o social, en que nos encontramos ante situaciones complicadas en las cuales podemos aceptar o no la cruz, optar por los valores del evangelio o por lo más fácil de este mundo. Hoy Cristo nos dice que debemos optar por él, por encima de intereses económicos o de lazos familiares, sí queremos alcanzar la vida. Ser cristiano es exigente.
Que el Señor nos ayude de ser exigente como cristianos y nos da la fe y la gracia para que podemos dar testimonio de él en cualquier momento y dificultad de nuestra vida personal, familiar o social.

 

Acerca de renaceralaluz

Decidí, hace mucho tiempo, vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos; es decir, intentar, en todo momento, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a la donación y, también, al amor para con los enemigos.

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