pastoresHace unos días una amiga, me pedía que escribiese algo sobre el adviento y la navidad, pues bien, voy a intentarlo. Para empezar, diré que no soy muy dado, pese a ser católico, a profundizar en los tiempos litúrgicos que va marcando la iglesia; aunque no por ello dudo de que tengan su importancia para madurar en la fe o como catequesis. Esto se debe, sobre todo, a que el llamado de Jesucristo, en mí, lo entiendo como algo permanente que empieza al levantarme y termina, también, en el lecho con el descanso nocturno. De esta manera, la relación con Dios, no es un apéndice más en las varias tareas o facetas que tengo que desempeñar en el día a día, sino que es mi vida misma; es decir, el sentido de mi vida, el impulso para empezar cada mañana; mi meta, mi esperanza de felicidad eterna; al mismo tiempo, que se convierte en mi trabajo para dar a conocer esta esperanza y este gozo, que es Jesús, a las personas; es el aire que respiro, es mi salud y mi resistencia en la enfermedad. Él está presente en los días aciagos y en los días radiantes; en mis batallas para conocer que espera de mí. Él, también, por medio de su Palabra, es la fuente en la cual descifro su modo de concebir este mundo -que es el suyo- y cómo lo dirige a través del Espíritu Santo.
De lo dicho anteriormente se deprende, que la venida de Jesús la espero a cada instante, mi tarea es tener la tierra (mi alma) siempre removida para que cuando Él quiera plante su semilla y, ésta, de fruto en su momento. Cómo dice S. Pablo (Romanos 9, 16) la cuestión no está en el querer y o el correr (el hacer) mío, porque entonces me apropiaría la obra de redención de Jesús, y la verdad es, que el pecado nos separa y nos aleja tanto de Dios, que tras la caída de nuestros primeros padres, hemos sido redimidos por pura misericordia de Dios, ya que como se nos dice en la mismas Escrituras: La paga del pecado es la muerte (Satanás lo tiene bien claro, a él no se le ha dado una segunda oportunidad como al hombre). Sí hermanos, espero al Señor en este momento y siempre, siendo consciente de que es Jesús, el que se hace el encontradizo y determina el momento de su llegada a mi corazón. María, la virgen, estaba preparada para aceptar la llegada de Jesús a sus entrañas y a su vida, pero no sabía cuando vendría y si sería ella la elegida. Por lo tanto, lo importante de la navidad no es buscar a Jesús, porque es posible que lo busquemos con conceptos erróneos humanos y equivocados, lo importante para recibir a Jesús -que llega siempre- es tener un corazón receptivo; un corazón pobre, humilde, necesitado y obediente. Un corazón de niño, que cada vez que escucha la Palabra de Dios, lo hace no solo con los oídos, sino con los ojos, el semblante, con todo su cuerpo; y, como María, le da vuelta a esa palabra en sus entrañas par descifrar su misterio. El misterio de un Dios, todo poderoso e inconmensurable, que se hace esclavo y siervo de la voluntad del Padre, un Dios que se deja triturar por amor y para dar vida abundante a aquel, que la quiera recibir.

P. Ch.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quire decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

Un comentario »

  1. Anónimo dice:

    Si, ciertamente, la transformación interior es permanente, la acción de DIOS en nuestras vidas es permanente. Es una razón por la que siempre hay que estar vigilantes. Alabado sea DIOS.

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