La Palabra

San Agustín lo dice de otra manera, con más belleza que yo y de modo más contundente: Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva…
Como a Dios no se le puede engañar, y cuando uno lo hace con los hombres, a quienes nos engañamos es, ante todo, a nosotros mismos; porque la verdad siempre termina por abrirse paso. Tengo que decir, que tarde empecé a conocer a Dios, porque a mar, lo que se dice amar a Dios, es una palabra que hoy por hoy aún me queda demasiado grande. Alguno se extrañará de que diga esto, porque todo el que me conoce sabe que Dios, de un modo u otro, siempre estuvo en mi pensamiento. Pues no se equivocan, porque realmente es cierto, pero una cosa es tener a Dios en el pensamiento y otra muy distinta, ser un verdadero discípulo de Jesús y, sobre todo, amarlo. Pienso que un discípulo que decide seguir a un guía, si lo hace, es porque cree que le puede ayudar a alcanzar el objetivo que busca. El discípulo, para serlo, antes que plantearse amar a su maestro (en el buen sentido del término, entiéndeme, que hoy hay que especificarlo todo) lo que procura con denuedo, además de aprender las lecciones teóricas, es obedecer a su guía e imitarlo para alcanzar, cuanto antes, las metas anheladas así como la misma perfección del maestro. Lo de la empatía y el cariño vendrá después, si tiene que venir, caso de que haya una relación de complicidad.

Más adelante se comprenderá porqué he escrito el preámbulo anterior. Ahora, no obstante, voy a contar algo que durante la oración me quitaba el sosiego esta tarde: pues bien, estaba yo cavilando, a que podía deberse tantas adversidades como he tenido en la vida (ya sé que cada uno tiene las suyas, pero a mi me duelen las mías, como es natural) y porqué aún, hoy en día, sigo con tantas incertidumbres en mi vida de cristiano. Al igual que que otras veces fui a indagar en la Biblia a ver si el Espíritu Santo tenia a bien aclararme dicha situación, eligiendo una página al azar en la misma; sin embargo, está vez, a diferencia de otras, no hubo respuesta ya que me la tenía guardada para más adelante. Así sucedió, horas después, cuando me dirigí a leer las lecturas de la Palabra del día. Allí el Señor me abrió los ojos, para rebelarme porqué mi trayectoria por la vida, sobre todo en algunas etapas -bastantes prolongadas, por cierto- había sido cuasi de pesadilla. La Palabra de Dios, hablándome en positivo, porque no enumeraba mis pecados sino lo que había dejado de hacer bien, me estaba poniendo de manifiesto, lo que ya comentaba al principio de este post, que había sido un mal discípulo, un discípulo indisciplinado; un discípulo que había seguido mi propio consejo, o cuando menos el consejo de mi Maestro a medias. De este modo, mi vida va a medio gas, todavía, aunque en una medida incomparablemente menor que antaño (de lo contraria habría muerto ya) porque seguir al que debe convertirse en mi amado, el amado de San Agustín y el de tantos y tantísimos Santos, es una batalla dura de librar -al menos en principio- con el principie de este mundo, con el Diablo y sus astutas argucias, para que no alcancemos la meta: el Reino de Dios en nosotros, ahora, y en la Eternidad después.

La lectura que corrió el velo de mi desinteligencia y desasosiego, y la que ha dado argumento para este post fue la de Isaías (48,17-19): Esto dice el Señor, tu libertador, el Santo de Israel: «Yo, el Señor, tu Dios, te instruyo por tu bien, te marco el camino a seguir. Si hubieras atendido a mis mandatos, tu bienestar sería como un río, tu justicia como las olas del mar, tu descendencia como la arena, como sus granos, el fruto de tus entrañas; tu nombre no habría sido aniquilado, ni eliminado de mi presencia».

Pd: Sabemos, no obstante, que Jesucristo después de Isaías, por su sangre, selló un nuevo pacto con el hombre, para que retomara en cualquier momento, por la obediencia a sus mandatos, el camino de la libertad, del amor, del bienestar y de la justicia.

Oración: Señor por esta palabra que hoy me das, me comprometo a trabajar con más ahínco aún, por llevar acabo tu voluntad y tus mandatos. ¡Deseo amarte como tú te mereces, Señor; aunque lo haga un poco tarde! y, desde el fondo de mi corazón, ya casi me surgen las palabras de San Agustín, pero aún no me atrevo a pronunciarlas.

¡Cuánto tiempo he perdido Señor, Dios mío! ¡Cuánto tiempo perdido, sin amarte!

P.Ch.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quire decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida.

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