Jueves de la 1a semana de Adviento
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 7,21.24-27.
Jesús dijo a sus discípulos:
«No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande».
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia
Sermón 5 (PL 183, in “Lectures chrétiennes pour notre temps”, Orval, 1970),
¡Apoyémonos sobre la roca!
Fijémonos sólidamente a la muralla, apoyándonos con toda nuestra fuerza sobre la roca inquebrantable que es Cristo. La palabra de la Escritura lo reitera: “Me sacó de la fosa infernal, del barro cenagoso; afianzó mis pies sobre la roca y afirmó mis pasos” (Sal 40,3). Así establecidos y confortados, al contemplarlo vemos lo que nos dice y también lo que respondemos a los que nos formulan un reproche. (…) Cuando hayamos progresado un poco en la ascesis espiritual, teniendo como guía al Espíritu Santo que escruta las profundidades de Dios, representémonos cuánto el Señor es bondadoso y es bueno en sí mismo. Pidamos con el profeta ver la voluntad del Señor. Pidámosle poder visitar nuestro corazón y que este sea su templo (cf. Sal 27(26),4). Con él decimos también “Mi alma está deprimida: por eso me acuerdo de ti, desde la tierra del Jordán y el Hermón, desde el monte Misar” (Sal 42,7). Estas dos cosas resumen el contenido de la vida espiritual. Viéndonos a nosotros mismos, nos sentimos turbados y contritos por nuestra salvación. En la contemplación de Dios, respiramos, y la alegría del Espíritu Santo nos procura consolación. De una parte, temor y humildad. De la otra, esperanza y caridad.
