La libertad que libera

Jueves de la 31a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 15,1-10.
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,
y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: «Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido».
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».
Y les dijo también: «Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: «Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido».
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».

San Nersés Shnorhalí (1102-1173)
patriarca armenio

Jesús, Hijo Único del Padre
¡Señor, yo me alejé!
Me alejé, a ejemplo de la oveja,
De tu tropilla que pastaba,
Bajé el número de la centena
Que has dejado en el desierto de lo alto.

Has venido por amor, buscando a la única.
Una vez encontrada, la has llevado al cielo en hombros,
Has completado el número de la tropilla,
Para hacer la alegría de los Ángeles.

Me has llevado a mí también, Señor, con la multitud,
Me has lavado del barro y del fango del pecado,
En ellos de nuevo me revuelco,
Como alguien que está en la basura.

Lávame nuevamente por medio de las lágrimas,
Concede a mi alma impenitente
Un arroyo abundante y burbujeante,
Como manantial desbordante.

Y yo que me perdí voluntariamente,
Hazme retornar a tu voluntad divina.
La voluntad de mi libre arbitrio principesco
Apártala cuando ella no te obedece.

El que no lleva su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo

Miércoles de la 31a semana del Tiempo Ordinario. Evangelio del día. Evangelio según San Lucas 14,25-33.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:»Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:’Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Comentario: Juan Taulero (c. 1300-1361)dominico en EstrasburgoSermón 21, 4º para la Ascensión

«El que no lleva su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo»    Puesto que nuestra Cabeza subió a los cielos, conviene que sus miembros (Col. 2,19) sigan a su Maestro, pasando por el mismo camino que Él escogió. Porque «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» (Lc 24,26). Debemos seguir a nuestro Maestro, tan digno de amor, Él, que llevó el estandarte de la cruz delante de nosotros. Que cada hombre tome su cruz y le siga; y llegaremos allí dónde él está. ¡Aunque vemos que muchos siguen los caminos de este mundo para obtener honores irrisorios, y para esto renuncian a la comodidad física, a su hogar, a sus amigos, exponiéndose a los peligros de la guerra – todo esto para adquirir bienes exteriores! Resulta lógico y plenamente justo que nosotros hagamos una renuncia total para adquirir el bien puro que es Dios, y que de este modo sigamos a nuestro Maestro…    No es raro encontrar hombres que desean ser testigos del Señor en la paz, es decir, que todo resulte según sus deseos. De buena gana quieren llegar a ser santos, pero sin cansancio, sin aburrimiento, sin dificultad, sin que les cueste nada. Desean conocer a Dios, gustarlo, sentirlo, pero sin que haya amargura. Entonces, ocurre que en cuanto hay que trabajar, en cuanto aparece la amargura, las tinieblas y las tentaciones, en cuanto no sienten a Dios y se sienten abandonados interna y externamente, sus bellas resoluciones se desvanecen. Estos no son verdaderos testigos, testigos como los que necesita el Salvador… ¡Ojalá podamos librarnos de este tipo de búsqueda que carece de trabajos, amarguras y tinieblas y encontremos la paz en todo tiempo, incluso en la desgracia! Es ahí solamente donde nace la verdadera paz, la que permanece.

El que no está conmigo, está contra mí

Jueves de la 3a semana de Cuaresma
El Evangelio del día
Evangelio según San Lucas 11,14-23.
Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada,
pero algunos de ellos decían: «Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.
Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra.
Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul.
Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces.
Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras,
pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

San Amadeo de Lausanne (1108-1159)
monje cisterciense, obispo

Homilía mariana; SC 72
El dedo de Dios
    “Que tu mano salvadora me ayude porque he elegido tus decretos” (cf Sal 118,173). El Hijo único del Padre es llamado mano de Dios porque por él todo fue hecho. Esta mano actuó en la encarnación, no sólo dejando a su madre sin herida alguna, sino, según el testimonio de los profetas, asumiendo nuestras enfermedades y cargando con nuestros sufrimientos (cf Is. 53,4).

    Ciertamente, esta mano, llena de remedios diversos, ha curado toda enfermedad. Ha alejado todas las causas de la muerte; ha resucitado a los muertos; ha derrocado las puertas del infierno; ha encadenado al fuerte y lo ha desarmado; ha abierto los cielos; ha derramado el Espíritu de amor en les corazones de los suyos. Esta mano libera a los presos y devuelve la luz a los ciegos; levanta a los caídos; ama a los justos y guarda a los forasteros; acoge al huérfano y a la viuda. Saca de la tentación a los que están a punto de caer; reconforta a los que sufren; devuelve la alegría a los afligidos; abriga bajo su sombra a los pobres; escribe para los que quieren meditar su ley; toca y bendice los corazones que oran; los robustece en el amor por su contacto; los hace progresar y perseverar en su empeño. En fin, los conduce a la patria; los lleva al Padre.

    Porque se hizo carne para atraer al hombre a través de su Humanidad, para reconducir en el amor a la oveja descarriada al Padre todopoderoso e invisible. Porque la oveja perdida, por haberse alejado de Dios, había caído “en la carne”, era necesario que esta mano, hecha hombre, la levante por su humanidad, para conducirla al Padre, en el Espíritu del amor.

La alegría de servir

Martes de la 3a semana del Tiempo Ordinario
Evangelio según San Marcos 3,31-35.
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar.
La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».
El les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Venerable Madeleine Delbrêl (1904-1964)
laica, misionera en la ciudad.

La alegría de creer (La joie de croire, Seuil, 1968)
Llamados a hacer su voluntad
Cuando los que amamos nos piden algo,
le agradecemos de habérnoslo pedido.

Si le agradara, Señor, pedirnos una sola cosa
en toda nuestra vida, estaríamos maravillados,
y haber hecho una sola vez tu voluntad
sería el gran acontecimiento de nuestro destino.

Pero, porque cada día, cada hora, cada minuto,
pone en nuestras manos tal honor,
lo encontramos tan natural, que estamos blindados,
que estamos cansados de eso.

Si comprendiéramos a qué punto es impensable su misterio,
estaríamos estupefactos
de poder conocer estas chispas de su voluntad,
que son nuestros minúsculos deberes.
Estaríamos deslumbrados al conocer,
en esta inmensa tiniebla que nos reviste, los innombrables,
precisas, personales luces de su voluntad.

Estamos todos predestinados al éxtasis,
todos llamados a salir de nuestras pobres combinaciones,
para surgir, hora tras hora, en su plan.

Jamás somos dejados rezagados,
sino que somos bienaventurados llamados,
llamados para saber lo que le agrada hacer,
llamados para saber lo que espera cada instante de nosotros:
de gente que le son algo necesarios,
de gente de los que los gestos le harían falta
si rechazaramos de hacerlos

Si grande es la montaña de tus pecados mayor es la cordillera de su misericordia

Miércoles de la 2a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Marcos 3,1-6.
Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada.
Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo.
Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: «Ven y colócate aquí delante».
Y les dijo: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?». Pero ellos callaron.
Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: «Extiende tu mano». El la extendió y su mano quedó curada.
Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con él.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
religiosa

Diario, § 72
«Dolido de su obstinación»
Jesús, Verdad eterna, vida nuestra, te suplico y mendigo tu misericordia para los pobres pecadores. Dulcísimo Corazón de mi Señor, lleno de piedad y misericordia inefable, te suplico para los pobres pecadores. Oh Corazón sacratísimo, fuente de misericordia cuyos rayos de gracias inconcebibles se extienden sobre todo el género humano, te lo suplico, da luz a los pobres pecadores. Oh Jesús, acuérdate de tu amarga Pasión y no permitas que se pierdan las almas rescatadas con el precio de tu sangre santísima. Jesús, cuando contemplo el don de tu sangre, me gozo de su inestimable valor, porque una sola gota hubiera sido suficiente para salvar a todos los pecadores. Aunque el pecado sea un abismo de mal y de ingratitud, el precio que has pagado por nosotros es sin medida –y es por ello que cada alma puede confiar en la Pasión del Señor y poner toda su esperanza en su misericordia. Dios no negará a nadie su misericordia. El cielo y la tierra pueden cambiar, pero la misericordia del Señor jamás se agotará (cf Mt 24,35). Oh, cómo arde de gozo mi corazón cuando veo, oh mi Jesús, tu inconcebible bondad. Deseo hacer llegar a todos los pecadores a tus pies para que alaben tu amor infinito por siglos sin fin.

Las Riquezas

San Francisco de asís le pidió a sus seguidores, hermanos como él, que fuesen pobres, viviendo de la limosna principalmente y no porque estuviera loco o porque fuera masoquista sino porque había vivido en una familia acomodada volcada en el negocio de las telas. El se dio cuenta que mientras sus padres estaban dedicados de lleno a eso, les faltaba lo principal que era tiempo para Dios y para los demás, tiempo que invertían por el contrario en salvaguardar sus riquezas de los ladrones y acreedores, algo que por otro lado les robaba la paz interior. Acumular para la infelicidad, porque a última hora, Dios lo da y lo “quita” o lo puede hacer si quiere. Vivimos enfrentados por los “bienes” que solo nos traen males (discordias, resentimientos, sospechas, etc) para descuidar los bienes del Cielo que nos dan paz y vida… Como dice el refrán: no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. En Cristiano el que cree en su trabajo y en la provincia divina, y saber gozar (siendo agradecidos) de las cosas pequeñas que nos ofrece la cotidianidad, sin tener que buscar vanas apariencias, o pequeños lujos que al rato de gozarlos te devuelven a la realidad de tú vida y tú entorno, como cualquier otra droga o adicción. A fin de cuentas, un placebo que no cura pero mata.

Allanar el camino es quitar el obstáculo del prejuicio y la desconfianza.

Lunes de la 3a semana de Adviento
E_vangelio del día según San Mateo 21,23-27.
Jesús entró en el Templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?».
Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas.
¿De dónde venía el bautismo de Juan? ¿Del cielo o de los hombres?». Ellos se hacían este razonamiento: «Si respondemos: ‘Del cielo’, él nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no creyeron en él?’.
Y si decimos: ‘De los hombres’, debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta».
Por eso respondieron a Jesús: «No sabemos». El, por su parte, les respondió: «Entonces yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto».

San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

Sermón para la natividad de San Juan Bautista 293,3; PL 38,1327-1329
Reconocer la voz; reconocer la Palabra
Como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: “No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta.” Le preguntaron: “¿Qué dices de ti mismo? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Prepara el camino del Señor” (cf Jn 1,23).Soy la voz del que rompe el silencio. “Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; *pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre.”* ¿Qué significa esto sino que seáis humildes en vuestros pensamientos? Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen. Si hubiera dicho: “Soy Cristo”, con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. No lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló. Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia.

Estad preparados ya que desconocemos el día de su regreso

Sábado de la 2a semana de Adviento
E_vangelio del día según San Mateo 17, 10-13.
Al bajar del monte, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero debe venir Elías?».
El respondió: «Sí, Elías debe venir a poner en orden todas las cosas;
pero les aseguro que Elías ya ha venido, y no lo han reconocido, sino que hicieron con él lo que quisieron. Y también harán padecer al Hijo del hombre».
Los discípulos comprendieron entonces que Jesús se refería a Juan el Bautista.

San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208)
obispo, teólogo y mártir

Contra las herejías, III, 10-11
“Os lo digo: Elías vino ya”
A propósito de Juan el Bautista, leemos en Lucas: “Será grande a los ojos del Señor: convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,15s). ¿Por quién ha preparado un pueblo, y ante quién ha sido grande? Sin duda alguna ante aquel que ha dicho que Juan era algo “más que profeta” y que “no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista” (Mt 11, 9.11). Porque Juan preparaba un pueblo anunciando por adelantado a sus compañeros de servidumbre la venida del Señor y predicándoles la penitencia, para que, cuando el Señor esté presente estén preparados para recibir su perdón, que vuelvan a aquel de quien se alejaron por sus pecados y transgresiones…Por eso, llevándolos a su Señor, Juan preparaba para el Señor un pueblo bien dispuesto, en el espíritu y el poder de Elías…Juan, el evangelista, nos dice: “Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz” (Jn 1,6-8) Este precursor, Juan el Bautista, que daba testimonio de la luz, sin duda alguna que fue enviado por el Dios que… había prometido por medio de los profetas de enviar un mensajero ante su Hijo para prepararle el camino (Ml 3,1; Mc 1,2), es decir para dar testimonio de la Luz con el espíritu y el poder de Elías… Precisamente porque Juan es un testimonio, el Señor dice de él que es más que un profeta. Todos los demás profetas anunciaron la venida de la luz del Padre y han deseado ser juzgados dignos de ver a aquel que predicaban. Juan profetizó igual que ellos y lo vio presente, lo mostró y persuadió a muchos para que creyeran en él, de manera que ocupó al mismo tiempo el lugar de un profeta y el de un apóstol. Por eso Cristo dijo de él que era “más que un profeta”.

Siempre espera lo mejor y siempre ofrece lo mejor: su hijo

Dia 12 diciembre Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América y Filipinas
E_vangelio del día según San Lucas 1,39-48.

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,
exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz».

Comentario del Papa Francisco
Exhortación apostólica
“¡Feliz la que ha creído” (Lc 1, 45)
Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre (Lc 1,41).
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor (Lc 1,46ss).
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable (Jn 19-25)
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora (Hch 1,14).

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación (Lc 2,19),
madre del amor (Si 24, 24 Vulgata), esposa de las bodas eternas (Ap19, 7) ,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.

E aquí el camino para el descanso

Miércoles de la 2a semana de Adviento
E_vangelio según San Mateo 11,28-30.
Jesús tomó la palabra y dijo:
«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Comentario: San Claudio de la Colombière (1641-1682)
jesuita

Diario espiritual (Écrits spirituels, col. Christus 9, DDB, 1982)
Vengan a mí, porque soy paciente y humilde de corazón (Mt 11,28-29)
Dios es perfecto en todo sentido. Imposible encontrar en él algo que no sea infinitamente bueno. Es sabio, prudente, fiel, bueno, libre. Es bello, manso, no desprecia nada de lo que ha creado, está sin cesar atento a nosotros gobernándonos con suavidad y respeto. Es paciente, está exento de los movimientos desreglados de las pasiones, tiene todo lo que amamos en las criaturas. Todo está reunido en él, para siempre, de una forma infinitamente perfecta. No tiene ninguno de los defectos que nos pueden alejar o desagradar de los objetos creados. ¿De dónde proviene que no lo amemos totalmente? (…) Dios no sólo es perfecto sino que es la fuente de toda perfección. Sólo de él se la puede obtener y eso se realiza estudiándola, considerándola: “Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Será en el cielo y, en esta vida, nos aproximaremos más de esta semejanza cuanto más consideremos a Dios. (…) Jesús, tanto como pueda, quiero seguir sus ejemplos y máximas, únicos que pueden conducirme a usted y sacarme de la niebla de la ignorancia y de los errores en los que mis pasiones podrían precipitarme.

Para Dios no eres un número.

Martes de la 2a semana de Adviento
El E_vangelio del día según San Mateo 18,12-14.
Jesús dijo a sus discípulos:
«¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?
Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron.
De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.»

Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
religiosa

Diario, § 1589
¿No dejará a las noventa y nueve para ir en busca de la oveja perdida?
La espera del alma a la venida del Señor
No sé, oh Señor, a qué hora vendrás,
Por eso vigilo continuamente y presto atención,
Yo, Tu esposa por Ti escogida,
Porque sé que Te gusta venir inadvertidamente,
Pero el corazón puro desde lejos Te sentirá, Señor.

Te espero, Señor, entre la quietud y el silencio,
Con gran añoranza en el corazón,
Con un deseo irresistible.
Siento que mi amor hacia ti se vuelve fuego
Y como una llama ascenderá al cielo al final de la vida
Y entonces se realizarán todos mis deseos.

Ven ya, mi dulcísimo Señor,
Y lleva mi corazón sediento
Allí, donde estás Tú, a las regiones excelsas del cielo,
Donde Tu vida dura eternamente.

La vida en la tierra es una agonía continua,
Mientras mi corazón siente que está creado para grandes alturas,
Y no lo atraen nada las llanuras de esta vida,
Porque mi patria es el cielo. Ésta es mi fe inquebrantable.

Dios es una vida, no es un momento que sobra

Sábado de la 1a semana de Adviento
Evangelio según San Mateo (9, 35-38).(10,1.6-8)
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
«Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»

Concilio Vaticano II
Decreto sobre el ministerio pastoral de los Obispos “Christus Dominus”,
“Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando (…), proclamando la Buena Noticia del Reino”
En el ejercicio de su ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, deber que sobresale entre los principales de los Obispos, llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva. Propónganles el misterio íntegro de Cristo, es decir, aquellas verdades cuyo desconocimiento es ignorancia de Cristo, e igualmente el camino que se ha revelado para la glorificación de Dios y por ello mismo para la consecución de la felicidad eterna. Muéstrenles, asimismo, que las mismas cosas terrenas y las instituciones humanas, por la determinación de Dios Creador, se ordenan también a la salvación de los hombres y, por consiguiente, pueden contribuir mucho a la edificación del Cuerpo de Cristo. Enséñenles, por consiguiente, cuánto hay que apreciar la persona humana, con su libertad y la misma vida del cuerpo, según la doctrina de la Iglesia; la familia y su unidad y estabilidad, la procreación y educación de los hijos; la sociedad civil, con sus leyes y profesiones; el trabajo y el descanso, las artes y los inventos técnicos; la pobreza y la abundancia, y expónganles, finalmente, los principios con los que hay que resolver los gravísimos problemas acerca de la posesión de los bienes materiales, de su incremento y recta distribución, acerca de la paz y de las guerras y de la vida hermanada de todos pueblos.

Hijo mío, tú estás siempre conmigo…

Viernes de la 1a semana de Adviento
El E_vangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,27-31.
Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David».
Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: «¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?». Ellos le respondieron: «Sí, Señor».
Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como ustedes han creído».
Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: «¡Cuidado! Que nadie lo sepa».
Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.

Comentario: Hildebrand (siglo XIII)
monje cisterciense

Opúsculo sobre la contemplación
“Ten piedad de nosotros, hijo de David”
Jesús bendito, mi esperanza, mi expectativa, mi amor, tengo que decirte una cosa, algo sobre ti, una palabra llena de dolor y miseria. Tú eres el Verbo, el único engendrado del Padre no-engendrado, hecho carne por mi, Palabra salida del corazón del Padre, Palabra pronunciada por el Padre una sola vez (cf Hb 9,26), Palabra a través de la cual “en los últimos días” (Hb 1,2) tu Padre celestial me ha hablado, dígnate escuchar, tú, Palabra de Dios, la palabra que abundantes deseos hacen salir de mi corazón. Escucha y ve: mi alma está triste y turbada cuando cada día me dicen: “¿Dónde está tu Dios?” (Sl 41,4). No puedo responder nada, temo que no estés aquí, no siento tu presencia.Mi corazón arde en deseos de ver a mi Señor. ¿Dónde están, en efecto, mi paciencia y mi constancia? Eres tú, Señor, Dios mío, y ¿qué voy a hacer? Te busco y no te encuentro; te deseo y no te veo; te persigo y no te alcanzo. ¿Cuál es mi fuerza para que te pueda tener? ¿Hasta dónde puedo soportar? ¿Hay algo más triste que mi alma? ¿Algo más miserable? ¿Algo más probado? ¿Crees tú, amor mío, que mi tristeza se cambiará en gozo cuando te veré? (Jn 16,20)… “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1S 3,9). ¡Señor, mi Dios, que yo pueda escuchar lo que tu me dices. Di a mi alma: Yo soy tu salvación! (Sl 84,9;34,3). Dime algo más, Señor, y habla de manera que yo pueda escuchar: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31). ¡Ah!, Verbo de Dios Padre, eso es lo que he querido escuchar.

El pan de vida que sacia sin llenar

Miércoles de la 1a semana de Adviento
E_vangelio según San Mateo 15,29-37.
Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó.
Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó.
La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.
Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino».
Los discípulos le dijeron: «¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?».
Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen?». Ellos respondieron: «Siete y unos pocos pescados».
El ordenó a la multitud que se sentara en el suelo;
después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos. Y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.

Balduino de Ford (¿-c. 1190)
abad cisterciense, después obispo

El sacramento del altar, PL 204, 690-691
“El pan de la vida eterna”
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed.” (Jn 6,35)… Por dos veces el apóstol expresa aquí la hartura, propia de la eternidad, donde nada nos faltará.Sin embargo, la Sabiduría dice: “Los que comen tendrán más hambre, los que me beben, tendrán más sed.” (Eclo 24,21) Cristo, la sabiduría de Dios, no es un alimento para saciar nuestro deseo ya en esta vida, sino para encendernos en este deseo; cuanto más gustamos de su dulzura, tanto más se enciende nuestro deseo. Por esto, los que le comen tendrán más hambre hasta que llegue el momento de la hartura. Cuando su deseo será colmado, ya no tendrán ni hambre ni sed. “Los que me comen tendrán más hambre”. Esta palabra se puede referir también al mundo futuro porque hay en la plenitud eterna una especie de hambre que no procede de la necesidad sino de la felicidad... La satisfacción en el cielo no conoce hartura ni el deseo conoce la ansiedad. Cristo, admirable en su belleza, es siempre deseado, “los mismos ángeles (le) desean contemplar.” (cf 1P 1,12) Así, pues, al mismo tiempo que le poseeremos lo desearemos; teniéndole lo buscaremos, según está escrito: “buscad su rostro sin descanso” (Sal 105,4) En efecto, siempre buscamos a Aquel que amamos para estar con él para siempre.

Los sentimientos son reversibles, el Ser es inmutable. Genero

“Yo era lesbiana, pero en Medjugorje me encontré.

» Emanuela, ahora casada con Gianluca y madre de dos hijos, nos cuenta así su extraordinario testimonio. Este es un testimonio de verdad, basado en hechos concretos, no en las palabras de ciertos predicadores mediocres que, incapaces de afrontar sus heridas, encuentran excusas y ofrecen falsas promesas.

No os dejéis engañar por estos falsos profetas que abusan del papel que se les ha confiado.  Desafortunadamente, algunos en la Iglesia explotan su hábito e influencia con arrogancia y orgullo, alejando así a muchas almas necesitadas del verdadero camino.  Con el pretexto de ofrecer noticias más «digeribles», empujan a la gente a no sentirse más culpable, anestesiando su conciencia y silenciando las enseñanzas de los santos y padres de la Iglesia.

He estado cuidando a estos niños y sus familias durante años.  Sé cuán grande es la necesidad de la verdad, tanto para ellos como para sus padres.  Necesitan una guía sólida, no tonterías ni caminos falsos, sino cosas serias, arraigadas en la fe y en la realidad.

En todo esto, debemos recordar que el sentimiento de culpa, si se vive a la luz del amor de Dios, puede convertirse en una culpa feliz, como decía san Agustín.  Es a través de esa culpa que podemos resucitar, renovarnos y hacer nuevas todas las cosas.  La fe nos enseña que el sacrificio no es un fin en sí mismo, sino un camino que conduce a la luz, a la resurrección y a la verdadera libertad.

El amor de Dios está siempre presente, incluso en los momentos más difíciles.  Es la fuerza que nos permite perseverar, luchar contra las tentaciones y tener la voluntad de levantarnos después de cada caída.  La fe nunca es un camino fácil, sino que es un camino hecho de perseverancia, sacrificio y esperanza.  Sólo confiándonos completamente a Dios podemos descubrir la belleza de su voluntad, que es siempre para nuestro bien.

Esta enseñanza debe estar bien presente y transmitida por nuestros padres, como siempre lo ha estado en la historia y la tradición.  Es allí donde se desbloquean los recuerdos y se encuentra la verdad absoluta, certificada por siglos de testimonios de nuestros padres, mártires y santos.  No podemos darles la espalda ni ser tan presuntuosos como para pensar que nuestros “noticieros” tienen la verdad en sus manos.
Debemos respeto, mucho respeto, por el sacrificio de quienes nos precedieron, que muchas veces estuvo bañado en sangre.  Sólo así podremos enseñar, vivir y dar testimonio de la verdadera fe, ayudando a otros a encontrar el amor de Dios.

Ésta es una gran lección que podemos ofrecer, a pequeña y gran escala.  Vamos, avancemos juntos.

Progreso una palabra trampa

El progreso nunca puede ser una ideología: un valor y un fin en sí mismo, el hombre en cambio si que lo es, y más aún la persona en concreto que tiene un valor único e incalculable por ser esta como individuo imagen y semejanza de Dios. Cuando esto no está claro el progreso pasa por encima del hombre arrastrándolo al sillón del siquiatra, a la violencia más extrema del sálvese quien pueda, o aliándose con la misma naturaleza para destruirlo. El progreso material lleva al estrés y al infarto, el progresismo intelectual al individualismo más extremo hasta el punto que la única regla moral valida, como ya dijo un presidente de gobierno «es el fin», el medio o los medios que se empleen para ello no importa (pese a quién pese y caiga quien caiga). Y cuando no hay un punto de apoyo firme (que diría Arquímedes) y una verdad absoluta trascendente, el fin se vuelve tan rastrero y vil que va cambiando en función única y exclusivamente del interés personal del que ostente el poder, aunque el mismo que lo ocupe sea un sicópata.

Es por lo que hemos comentado anteriormente, que uno de los objetivos a combatir y destruir desde dentro, desde fuera y desde los espíritus del aíre es a la Iglesia Católica porque esta si que no se mueve en aguas estancadas y pantanosas, sino en la Roca de Jesucristo que como Dios nos ha revelado la única verdad firme, eterna e inamovible válida para todos los tiempos y ello porque el corazón humano es igual en todas las épocas y sus tendencias destructivas las mismas.

Miércoles de la 33a semana del Tiempo Ordinario
E_vangelio según San Lucas 19,11-28.

Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro.
El les dijo: «Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida.
Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: ‘Háganlas producir hasta que yo vuelva’.
Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir: ‘No queremos que este sea nuestro rey’.
Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y le dijo: ‘Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más’.
‘Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades’.
Llegó el segundo y le dijo: ‘Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más’.
A él también le dijo: ‘Tú estarás al frente de cinco ciudades’.
Llegó el otro y le dijo: ‘Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo.
Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado’.
El le respondió: ‘Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré,
¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses’.
Y dijo a los que estaban allí: ‘Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más’.
‘¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!’.
Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene.
En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia».
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

San Juan Pablo II (1920-2005)
papa

Encíclica “Laborem exercens”,

Hacedlos fructificar
En la vida de Cristo y en sus parábolas se encuentra el evangelio sobre el trabajo. Es lo que Jesús hizo y enseñó. (cf Hch 1,1) A esta luz, la Iglesia ha proclamado siempre aquello que encontramos expresado de modo actual en las enseñanzas del Concilio Vaticano II: “La actividad humana, así como procede del hombre, está también ordenada al hombre. Pues el hombre, cuando actúa, no sólo cambia las cosas y la sociedad, sino que también se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, sale de sí y se trasciende. Si este crecimiento es rectamente comprendido, vale más que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene…Por tanto ésta es la norma de la actividad humana: que, según el designio y la voluntad divina, concuerde con el bien genuino del género humano y permita al hombre individual y socialmente cultivar y realizar plenamente su vocación.” (GS 35) En esta visión de los valores del trabajo humano, es decir, en esta espiritualidad del trabajo, se explica perfectamente lo que sigue en el mismo documento acerca de la recta significación del progreso: “Todo lo que los hombres hacen para conseguir una mayor justicia, una más amplia fraternidad y una ordenación más humana en las relaciones sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues estos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, la materia para la promoción humana, pero por sí solos no pueden de ninguna manera llevarla a cabo.” (id.) Esta doctrina sobre el problema del progreso y del desarrollo, -tema dominante en la mentalidad contemporánea-, sólo se comprende como fruto de una probada espiritualidad del trabajo y únicamente sobre la base de una tal espiritualidad se puede realizar y poner en práctica esta doctrina.

Son tus despojos los que mueven al Señor. Y no para juzgar

Martes de la 33a semana del Tiempo Ordinario
Evangelio según San Lucas 19,1-10.
Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.
Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos.
El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura.
Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».
Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador».
Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más».
Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham,
porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

San Nersés Shnorhalí (1102-1173)
patriarca armenio

«Jesús, Hijo Único del Padre»
Ven a hospedarte a la casa de mi alma
Como Zaqueo el publicano
Me elevé de esta vil tierra
Sobre el elevado árbol de la sabiduría,
Para la contemplación divina.

La pequeña talla del espiritual
No creció en mí por buenas obras,
Al contrario, disminuyó sin cesar
Hasta hacerme retornar a la lactancia de los niños.

Nuevamente, tomando la parábola a la inversa,
Subí sobre el árbol del cuerpo perverso,
En vista del amor terrestre de suave sabor,
Cómo también Zaqueo sobre la higuera.

De ahí, gracias a tu palabra poderosa
Hazme descender rápidamente como él,
Ven a hospedarte a la casa de mi alma,
Y contigo, el Padre y el Santo Espíritu.

Haz que el cuerpo que ha causado daño a mi alma,
Le renda el cuádruple en servicio,
Y dé la mitad de los bienes corporales,
A mi libre arbitrio empobrecido.

Con el fin que según tu palabra salvadora,
Digno yo sea de escuchar tu voz,
Ya que también soy hijo de Abraham,
Siguiendo la fe del Patriarca.

Para ver a Dios y conocerlo hay que acercarse a él.

Lunes de la 33a semana del Tiempo Ordinario
E_vangelio según San Lucas 18,35-43.
Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna.
Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.
Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret.
El ciego se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!».
Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó:
«¿Qué quieres que haga por ti?». «Señor, que yo vea otra vez».
Y Jesús le dijo: «Recupera la vista, tu fe te ha salvado».
En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

«¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!»
Escuchemos a estos ciegos, mucho mejores que muchos de los que ven. Pues sin tener guía, sin ver a Jesús que se acercaba, procuraban empeñosamente acercársele. Y comenzaron a clamar con grandes voces; y como se les ordenara callar, más aún clamaban. Así es un alma perseverante: se aprovecha por medio de los mismos que procuran impedirla.Cristo permite que se les ordene callar para que resalte el fervor de ellos y conozcas que en realidad eran dignos de recibir la salud. Por lo mismo ni siquiera les pregunta si creen, como solía hacerlo, pues sus clamores y el anhelo de acercársele suficientemente manifestaban su fe. Por aquí conoces, carísimo, que aún cuando seamos viles y bajos en exceso, si nos acercamos anhelosos a Dios, podremos alcanzar por nosotros mismos lo que pedimos. Observa cómo estos ciegos, sin tener el patrocinio de ninguno de los apóstoles y por el contrario habiendo muchos que los detenían, pudieron pasar por sobre todos los obstáculos y acercarse a Jesús. Y aunque los evangelistas no testifiquen haber tenido ellos alguna confianza por su género de vida, pero el fervor les valió para todo. Imitémoslos. Aunque el Señor dilate su don, aunque muchos se nos interpongan, no cesemos de pedir. Así nos conciliaremos especialmente a Dios.

Conocerte a ti mismo para reconocer a Dios

16 Noviembre

Sábado de la 32a semana del Tiempo Ordinario
E_vangelio según San Lucas 18,1-8.
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
«En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres;
y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: ‘Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario’.
Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: ‘Yo no temo a Dios ni me importan los hombres,
pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme'».
Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto.
Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?
Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?».

San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Sobre el Cantar de los Cantares, Sermón 36 (in “Lectures chrétiennes pour notre temps”, Abbaye d’Orval, 1973)
Conocerte a ti mismo para reconocer a Dios
            Para llegar a la humildad, nada más directo y apropiado que el encuentro consigo mismo en la verdad. Para esto, es suficiente no disimular nada, expulsar al espíritu del engaño, ubicarse frente a sí mismo, no dejarse desviar.

            Mirándose así a la luz de la verdad, ¿descubrirá el alma que ella permanece en “la región de la desemejanza”?  Entonces, suspirando tristemente, porque su real miseria no le está ya oculta, clamará con el profeta: “Yo sé que tus juicios son justos, Señor, y que me has humillado con razón” (Sal 119, 75) ¿Cómo no se sentirá penetrada de humildad, al conocerse de verdad? El alma se percibe bajo el peso del pecado, (…), ciega, replegada sobre sí misma, sin fuerza, sujeta a múltiples errores, expuesta  a mil peligros, inquieta por mil temores, ansiosa por mil problemas, turbada por mil sospechas, preocupada por mil necesidades, tendiendo al vicio e incapaz para la virtud.

            ¿Podría tener todavía una mirada altiva y mantener su cabeza erguida? Cuando el sufrimiento se hará penetrante, el alma se volverá hacia ellas. Es decir, se volverá hacia las lágrimas, con llantos y gemidos. Se tornará hacia el Señor y clamará con humildad: “Ten piedad de mí, Señor, sáname, porque pequé contra ti” (Sal 41,5). Apenas el alma se vuelva hacia el Señor, recibirá consuelo. Porque él es “el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo” (2 Cor 1,3). (…) En esa experiencia, Dios se le manifestará como Salvador. (…)

           En consecuencia, conocerte a ti mismo será una etapa para reconocer a Dios. Con la renovación en ti de su imagen, él será visible. Cuando con un rostro sin máscara, reflejarás como en un espejo la gloria del Señor, serás transfigurado en esa misma imagen, con un esplendor cada vez más glorioso, por acción del Espíritu de Dios (cf. 2 Cor 3,18).