catevaJesús viene una vez más esta navidad, a concienciarnos que hay un camino, una salida a todas la crisis, a la económica también; que en el fondo no es otra cosa que una crisis de valores.

No nos engañemos: no porque cambien los gobiernos vamos a mejorar en nuestras relaciones personales y en un avance de la calidad de vida para todos, la historia del ser humano nos lo pone de manifiesto una y otra vez, ya que en el fondo estamos limitados por la cultura, la genética y, también, por el pecado que nos atrae como un imán hacia nuestro lado oscuro, es decir hacia la muerte; como dice la biblia: “el fruto del pecado es la muerte“.
El hombre está herido en su propia naturaleza, todos lo experimentamos en el día a día que, estamos concernidos, por un lado, por nuestra mente egocéntrica, es decir: por la envidia, los celos, el afán de protagonismo, la vanidad, el miedo al futuro, etc. Y por otro lado, sentimos la limitación y el peso de nuestro cuerpo: la enfermedad, la pereza, la lujuria, la gula, la muerte, etc. Ésta, y no otra, ha sido la historia de la humanidad: si echamos la vista hacia atrás, nos daremos cuenta que ningún gobierno ha resuelto, nunca, los problemas del hombre: incluso en los de mayor bienestar social, el hombre es un problema para él mismo, por lo que opta, en muchas ocasiones, por quitarse la vida con el suicidio: así lo muestran las estadísticas de los países más desarrollados. Jesús conocía, bien, nuestra condición y, por eso, en un momento dado llegó a decir: los pobres siempre los tendréis entre vosotros para poder ayudarlos. Jesús, conocía de nuestra condición porque los primeros que le rechazaron fueron sus propios paisanos, eran ciegos para reconocer que en una aldea como Nazaret, y de su propia sangre, pudiese nacer el Mesías, el salvador; sanador y reparador de almas y de cuerpos. También sabía, Jesús, que muchos llevados de sus pasiones no estaban dispuestos a ver y entender y, así mismo, dice en las escrituras en Mateo 13, 13-15: Por eso les habló en parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y en ellos se cumple la profecía de Isaías que dice: “AL OÍR OIRÉIS, Y NO ENTENDERÉIS; Y VIENDO VERÉIS, Y NO PERCIBIRÉIS; PORQUE EL CORAZÓN DE ESTE PUEBLO SE HA VUELTO INSENSIBLE. Los hombres de hoy, como los de antaño, nos hemos vueltos insensibles para reconocer a Dios en los acontecimientos de nuestra vida y, también, en Jesús con su palabra, sus obras y su testimonio de vida: Él, con solo doce hombres, hizo que su vida y muerte, apenas conocida para sus propios coetáneos, se extendiese por todos los continentes de la tierra. Nos hemos vuelto insensible para reconocer el cambio que Jesús obró en la vida de muchos hombres a partir del conocimiento de los evangelios, de manera especial, en todos los santos de la iglesia –hombres al fin y al cabo como los demás-. Insensibles para ver que, aún hoy, en un mundo que se cree autosuficiente y que intenta suprimir todo vestigio de sus raíces cristianas, hay un gran número de hombres que nadan contracorriente llevando, por un lado, una vida conforme a los valores de la palabra de Dios y, por otro lado, dando testimonio de su fe, sin buscar, por ello, compensación económica o reconocimiento humano alguno, buena cuenta de ello dan los miles de personas volcadas en la evangelización o ayuda humanitaria: catequesis, misioneros, visitadores de enfermos y encarcelados, religiosos de todo tipo dedicados a los emigrantes y enfermos mentales, etc.  Nos hacemos insensibles, igualmente, para ver, que cuando el hombre baja su nivel moral y ético -que no puede venir de otro lado que no sea de Dios revelado en su hijo Jesús; puesto que no es lo mismo seguir a Dios que a otro ser humano expuesto a las mismas limitaciones física e intelectuales que el resto de sus congéneres; por tanto, sin ninguna fuerza moral para imponer sus criterios sobre los otros- cae, como está pasando, en una corrupción generalizada, ya sea en su vida privada o en el ámbito de lo público. Insensibles, así mismo, para ver que estamos inmersos en medio un mundo caótico en el que impera la ley del más fuerte; tal vez por qué creyó, a pie juntillas, en la ley de la evolución: y si como, ésta, preconiza vence y sobre vive el más fuerte, tendremos que sobrevivir, entonces, por la ley del más fuerte o violento. De ahí las guerras, secuestros, violaciones, el narcotráfico, la trata de personas, la violación y esclavitud de niños, el acoso laboral y  escolar, la dictadura de la moda y el endiosamiento del cuerpo son buena muestra de ello. Si todo lo anterior, no nos hace que pensar –viendo no ven, y oyendo no oyen ¿dónde podemos oír para no deslizarnos por el precipicio de la muerte? Cojamos la Biblia, cuando el pueblo obedecía los mandatos de Dios y se ponía en sus manos como lo hizo el Rey Salomón, Dios se ponía de su parte, les otorgaba grandes periodos de paz y prosperidad. El Rey Salomón tuvo un sueño, en el que Dios le dijo: “Pídeme lo que quieras. Salomón contestó, dame, Yavé, un corazón grande y prudente para gobernar a Israel, y poder discernir entre lo malo y lo bueno, porque ¿cómo, si no, se puede gobernar un pueblo tan grande?”. ¡Ay, si los gobernantes, actuales, en lugar de escucharse a sí mismos y a sus plauseros, escuchasen la palabra de Dios¡ ¡como cambiaría todo!
Jesús viene pobre y humilde esta navidad como siempre, y el único reto que nos plantea es el del amor en el cumplimiento de sus mandamientos. Él estará a nuestro lado para, si tenemos voluntad, ayudarnos en la tarea; no quiere imponerse a nadie, solo pide que le abramos el corazón libre de prejuicios para sanar nuestras miserias y otorgarnos el perdón y la paz. CANTEMOS AL SEÑOR UN CÁNTICO DE ALABANZA PORQUE EL SE HA APIADADO DE NOSOTROS, NOS HA ABIERTO LAS PUERTAS DEL CIELO y nos ha comunicado que otro mundo es posible si, permanecemos atentos al cumplimiento de su palabra. AMEN. FELIZ NAVIDAD A TODOS

Autor: Pedro Chaves Rico Almendralejo 06/12/2014

Acerca de renaceralaluz

Decidí, hace mucho tiempo, vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos; es decir, intentar, en todo momento, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a la donación y, también, al amor para con los enemigos.

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