abogados-fiscales-2Me he encontrado a lo largo de mi vida con muchos tipos de castas, pero como el hombre es el único animal sobre la tierra con capacidad para el autoengaño, proyecta sobre los demás sus propias miserias para, de este modo, no tener que apearse de su conducta egoísta e insolidaria. Así he observado un buen número de castas, tantas que a muchos le sorprendería formar parte de dicho espécimen reservado ahora, según la inmensa mayoría, a los políticos; y no cabe duda que los políticos, tanto los que están como los que han de venir, forman una casta bien encumbrada; a no ser que el hombre, revierta el orden de valores que se ha dado a sí mismo en los últimos tiempos. Es decir, tendría que volver a los valores unívocos, universales y trascendentes, para desterrar desde ahora y para siempre, bien el relativismo por inconsistente, por un lado, o bien el colectivismo de las ideologías totalitarias, por paternalista y supresor de las libertades individuales. Ni que decir tiene, que no hay peor casta que la que se cree en posesión de la verdad.
¿Por qué tendría que volver el hombre a los valores trascendentes? Porque éstos son externos al mismo hombre; no se los ha dado el hombre a sí mismo, sino que parten de la iniciativa del Dios revelado en la historia del hombre que culmina con la encarnación de su propio hijo, Jesucristo. Y porque son -por ser universales- de obligado cumplimiento para todos; ni siquiera Dios escapó de sus propios mandamientos en la persona de Jesucristo que vino a servir y no a que le sirviesen: por sus propias palabras y hechos sabemos que vino a cumplir la ley, que Dios dio a Moisés, y no a abolirla. Un padre nunca puede buscar el mal para su hijo, y, mucho, menos Dios qué, como Dios y como padre, sabe lo que nos conviene por ser nosotros -los hombres- diseño de su mano, por eso su ley es Santa y Justa, porque Él es Santo y Justo.
Por tanto, al no estar los valores al servicio de la elucubración del pensamiento humano sujetos al error por limitados, temporales y parciales, escapan a todo tipo de coyuntura, ideológica, cultural, partidista, materialista, de poder o casta; en definitiva, de cualquier tipo de endiosamiento del iluminado de turno que vaya llegando.
Pero como expuse con anterioridad: me he encontrado con muchos tipos de castas a lo largo de mi vida, casi tantas como gremios humanos hay, cada cual orgullosa por creerse la mejor y plegada sobre si misma incapacitando al individuo, que se encuentra en cada una de ellas, a ampliar horizontes y abrirse para abrazar al resto de la humanidad y completar, de este modo, su pequeño entorno limitante por creerse el mejor.
Aún hay otra casta muy destructiva para el hombre: es aquella incapaz para la autocrítica; y, por esto, todos los males propios o ajenos, los traslada a los demás, es la casta de los inmaduros. Todos sus problemas se deben al gobierno, a su madre, a su padre a su hermano o al entorno. De este modo, muchos de ellos, se quedan paralizados esperando que venga su salvador, sin aportar, por su parte, nada a la humanidad. Pero resulta que el Salvador ya vino (y aún puede venir a tu corazón porque su mensaje es atemporal y desinteresado) y es aquel que tiene leyes que igualan a todos y que son de obligado cumplimiento para cada uno, no solo para una élite, para un tipo determinado de casta. Es aquel que nos dice: no robaras; pero este no robaras es para todas las personas, independientemente que puedas robar poco o mucho dependiendo del círculo en que te muevas; porque como decía el mensaje publicitario ecológico, una envase arrojado al mar o a la montaña, no contamina, pero los muchos envases, de cada uno, sí que contaminan una montaña, un océano o una nación. Este mismo salvador -Jesucristo- es el que nos dice que tenemos un Padre común a todos y que por tanto, si abandonamos a su suerte a un indigente, a un trabajador, a un subordinados, a un jefe; estamos abandonando a un hermano hijo del mismo Padre y, por consiguiente, a quien más ofendemos es a nuestro Padre común que nos ha hecho y creado por amor y para que amemos. En Dios no hay casta que proteja o abrigue intereses particulares, en Dios solo existe una única casta con leyes universales que atañen a toda la humanidad por igual y, debido a las cuales, cada uno recibirá un juicio en particular para el cual no valdrá la consabida excusa de: lo hice porque el otro, mucho, más que yo.
Mucho me temo, si el mundo no da un giro de 180 grados, que iremos a peor; y no me tengo por profeta, pero si por gran observador. Cada vez tendremos más castas, cada una de ellas, egoístamente, defendiendo privilegios, ya que los privilegios se crean para conseguir votos, y los votos sirven para dominar a la masa, que es la casta mayoritaria.

Autor: Pedro chaves Rico.                                     Almendralejo 23/02/2015.

Acerca de renaceralaluz

Decidí, hace mucho tiempo, vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos; es decir, intentar, en todo momento, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a la donación y, también, al amor para con los enemigos.

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