Repasando unas de mis entradas al blog a raíz del engaño que han sufrido muchos españoles a manos del Presidente de esta nación y del conjunto de diputados y afiliados del PSOE que con su apoyo o con su silencio han contribuido al fraude.  

mentira

Ex 23, 7: Aléjate de la mentira. No harás morir al inocente ni al justo, porque yo no perdonaré al culpable.
Proverbios 12, 22: Los labios mentirosos son abominables para el Señor, pero los que practican la verdad gozan de su favor.
1 Juan 2:3-4; Si alguien dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.

Mentir es uno de los pecados más graves, a los ojos de Dios. Lo conocemos por propia experiencia, el dolor que causa el sabernos defraudados, y también por los pasajes bíblicos que he mostrado anteriormente (de facto, no mentirás, forma parte de uno de los diez mandamientos dados por Dios a Moisés). Y debe ser así porque a diferencia de otros pecados, que se quedan en uno mismo -aunque todos afectan al cuerpo místico de Cristo- este, en concreto, no solo afecta a la persona que miente al perder su credibilidad, sino que atenta también, de lleno, contra la buena fe de la persona engañada y, por consiguiente, a la inocencia de esta. En ocasiones la persona mentirosa daña no solo a un individuo (que no es poco, ya que por mentir se ha llegado a acabar con el equilibrio emocional de muchas personas engañadas, tal vez conozcas algún caso) sino que puede afectar a multitudes.

Así sucede, cuanto el mentiroso es un político, un eclesiástico, un profesor, un futbolista, un pastor, etc., al que siguen multitudes -especialmente, ahora, por medio de las redes sociales- ya que no solo queda afectada a la credibilidad del mentiroso, (en quien sus seguidores habían depositado su confianza), sino que al mismo tiempo, queda gravemente dañado el grupo al que pertenece y representa. De hecho, no pocas personas abandonan las instituciones cuando algunos de sus cargos más relevantes mienten reiteradamente, o sus soflamas no están en consonancia con su estilo de vida. Y no solo eso, sino lo que arrastra parejo a dicha incoherencia, pués la persona defraudada, si carece de fuertes convicciones (las cuales solo pueden sostenerse en el tiempo cuando tenemos un sentido trascendente de la vida, especialmente si creemos en el Dios de la Revelación), termina imitando la conducta del mentiroso y, por ende, afectando este ciudadano de a pie, del mismo modo que su líder, al conjunto de personas con las que interactúa en su cotidianidad, es decir, al final la mentira termina siendo un virus social que va colonizando a toda la población sembrando la desconfianza de todos contra todos. Esto se observa, especialmente, en los países desarrollados donde los valores morales, se han ido sustituyendo (a traves de los medios de comunicación) por los materiales, principalmente por el dinero y el afán poder, a toda costa y sin escrúpulos:  y una de sus armas más letales para alcanzar dichos objetivos -como venimos comentando- es la mentira.  Esa desconfianza que crea la mentira, y que se extiende como la pólvora a toda la población, si eres un poco observador, se puede advertir en el rostro tenso y la mirada rígida -en ocasiones casi desafiante- en muchas de las personas con las que te cruzas por la calle, en el dia a dia. Hoy no solo se miente, sino que hemos llegado a una degradación moral tal, que se aplaude incluso la mentira y al mentiroso con un eufemismo que tiene el nombre de posverdad. De este modo, ya no interesa para nada la coherencia y la verdad (sustituida, en el presente, por el interés personal o corporativista), la verdad que nos edifica como personas y como sociedad; ni la realidad, ni la ciencia, ni la historia, ni la tradición, ni la ley, ni la comunión; si acaso nos interesamos por algo, es por el bienestar económico, en una huida constante -en el fragor de esa búsqueda de riqueza- de nuestro vacío interior existencial. Ya lo dice la Biblia: “No solo de pan vive el hombre” y muchos experimentan o hemos experimentado, mejor dicho,  en nuestra vida cotidiana este gran axioma como infalible; económicamente hemos estado bien pero por dentro estábamos rotos o viviendo una vida de conflictos interminables. 

En cuestión, deberíamos plantearnos, seriamente, como individuos, como padres, como educadores -algunos, aún más, por sus convicciones cristianas- si realmente merece la pena tener los cinco o diez euros más en la cartera que nos prometen los políticos al més (que al final también es un engaño porque nos lo sacan por otro lado: las cuentas son las cuentas), o aspirar y luchar por una sociedad sana, impregnada de valores, que aspire a algo más que a tener satisfechas sus funciones vegetativas resueltas, a saber: el comer, beber, respirar, excretar, reproducirse y morir sin más.

Pero este empuje solo lo puede dar la esperanza, la creencia en un Dios que se sitúa más allá de este mundo y que nos promete entrar a todos en Él, si nos empeñamos, en el presente (en la vida terrenal), en construir las realidades de lo que tendremos definitivamente y en abundancia después de la muerte en su Reino: paz, justicia, amor, caridad, comunidad, y gozo. No es imposible y está a nuestro alcance, lo conocemos  en el ejemplo y vida de los santos, (no eran superhombres, sino personas de carne y hueso, como los demás, qué, en su empeño de seguir el evangelio, a Jesús, transformaron su entorno y, en ocasiones, hasta el rumbo de la historia). 

Por eso me dirijo, ahora, especialmente a mis hermanos de credo: la pérdida de la fe (en las promesas que nos comunica la Palabra de Dios, y en aceptar sus enseñanzas tal cual) han llevado a muchos a una doctrina lait, acomodaticia, de moral de situación, relativista, y a un buenismo paternalista (de superioridad moral), de connivencia con los pecados sociales e individuales, que me ha planteado varios interrogantes y dudas, llegando a la conclusión de que este grado de corrupción e inmoralidad al que asistimos, no  sólo se debe a los Poderes públicos, a traves  de los medios de comunicación, sino también, aunque en menor medida, a las instituciones y las personas que, por varias décadas, tal vez generaciones, han estado al cargo de la educación de niños, de jóvenes y de personas adultas. Si mi reflexión no está desenfocada, creo que nos hemos quedado en la superficie del Evangelio, sin plantar cara a esos medios (sino más bien impregnándonos de ellos) -en el cumplimiento de unas normas doctrinales- sin profundizar en las Escrituras, y en el cambio de corazón que Dios nos pide a través de ellas. No obstante, todo hay que decirlo, en honor a la verdad, no me cabe la menor duda que en manos de otros, del estado, sin ir más lejos, aún hubiéramos estado mucho peor. Hagamos, pues, un mea culpa, empecemos de nuevo (con lo poco que nos queda) y démosle la importancia y el valor que tiene, en sí mismo, a lo sagrado. Y,  después, en manos de quién lo ponemos para transmitirlo. Aunque por otra parte, yo me pregunto: ¿Cómo le vamos a dar ese valor si no conocemos las Escrituras, y cómo influenciará un cambio en mi vida y, por extensión, en la sociedad, si no la medito, y cómo la voy a meditar, si no le dedico tiempo y me recojo en oración como Jesús y María, para dejarme sorprender en su lectura? Para concluir vuelvo a la Palabra de Dios (Mateo 4,4) Jesús le respondió: —Escrito está: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”

 

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quire decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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