Nota aclaratoria: Si no has seguido lo publicado hasta ahora te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta el momento; es importante porque difícilmente se puede entender y juzgar la historia general o particular, como es en este caso, si no se conoce lo que sucedió en el pasado.

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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Cap IV UN NUEVO CICLO: sin libertad no hay madurez, no hay persona. Apdos 7,8,9

7. ADICCIONES LÍCITAS ¿CUESTIÓN ÉTICA O ECONÓMICA?

Pues bien, paso ya con lo comprometido al finalizar el apartado anterior: Lo normal se convertiría, poco tiempo después, en excepcional por el influjo de la televisión y la industria cinematográfica americana. Debido a dicha influencia se fue sustituyendo nuestra cultura por otra más permisiva, y mercantilista, que nos fue robando las costumbres, como ladrón de guante blanco, sin que apenas lo advirtiésemos. De esta manera pasamos, en menos de dos décadas, de la estabilidad en las relaciones de pareja, al divorcio, del divorcio al divorcio exprés, del divorcio exprés al aborto terapéutico en determinados supuestos, y del aborto en determinados supuestos al aborto prácticamente libre. En paralelo a lo anterior, la sexualidad, se trivializó tanto, que, a partir de entonces, se le desligó de cualquier tipo de connotación moral.

Esta carrera vertiginosa por copiar lo foráneo vino acompañada −cuando supuestamente disponíamos de más información, más cultura y todos éramos más libres y más guay− de asesinatos en proporciones que nunca se habían conocido en la historia de nuestro país: mujeres asesinadas a manos de sus parejas y, al mismo tiempo, múltiples suicidios de varones relacionados con el mismo tema. Pero esta degradación de la convivencia y del valor por la vida que nos trajo la modernidad, tampoco se detendría ahí, sino que vino a tocar de lleno lo más valioso y frágil de nuestra sociedad; no solamente debido al aborto, sino que se prolongó en abusos a menores y suicidios relacionados con el bullying. De otro lado, hasta la década de los ochenta casi nadie en España conocía que existiese la pederastia, no quiero decir con ello que no se diese, pero no en las proporciones que se han dado después y al extremo de fijar su atención, incluso, en críos de muy corta edad (las redes de pederastas que cada año detecta la policía en internet, dan buena fe de ello). También es de destacar, por lamentable, las consecuencias que trajo para los niños la separación de sus padres, ya que fueron utilizados, no en pocos casos, como moneda arrojadiza en las disputas conyugales por su custodia. Sobre este particular no tengo más que decir, puesto que todos conocemos algún caso cercano; tal vez, hasta en la propia familia. 

De muchos es sabido que la desaparición de los grandes imperios está relacionada con su degradación moral y la relajación de las costumbres; debe ser por ello que, de un tiempo a esta parte, he leído varios artículos que coinciden en señalar la banalización del sexo y el acceso libre a la pornografía como inductores de buena parte de las violaciones y de los abusos sexuales a menores. No se trata de una percepción por motivos de creencias, ya que esa relajación en las costumbres, antes de los años sesenta, no sólo hubiese sido escandalosa e impensable para personas religiosas, sino para el conjunto de la población. La generación anterior a la mía, en su gran mayoría, no tenía su primera relación sexual hasta que se casaba y, como bien sabemos, nadie se traumatizó o amargó por ello, entre otras cosas, porque uno no puede alimentar un deseo que desconoce o al menos desconoce en buena medida. Hace ya tiempo se nos ha hecho creer, en cambio, que el sexo, es tan imprescindible como el comer (aunque jamás se oyó decir que encontraran a una persona célibe muerta por abstinencia), incluso se está llegando al extremo de inducir al mismo, antes de tiempo, a los niños en las escuelas, abriéndoles además a otras realidades sexuales que, de modo natural, nunca hubiesen cuestionado sobre ellos mismos.

No hace falta ser un lince para darse cuenta que muchos intereses, sobre todo económicos y de poder, estaban en juego para que, a través de los medios de comunicación, nos hayan lavado el cerebro, cambiado nuestra mentalidad y nuestra cultura, en tan corto espacio de tiempo. Hay estadísticas que así lo avalan, de acuerdo con un informe del grupo de investigación TopTenReviews los ingresos de la industria pornográfica a nivel mundial fueron de 97.000 millones de dólares en 2006, con China a la cabeza, seguida por Corea del Sur, Japón y Estados Unidos. Otra investigación sobre la prostitución estima sus beneficios en 108.000 millones, anuales, colocando sus ingresos por encima del tráfico de armas y del petróleo, y por debajo, tan solo, del narcotráfico. Creo que con estas estadísticas pocas personas pueden dudar, ahora, que la pornografía y el sexo, son dos de las tentaciones que más adicción crean y, por consiguiente, más beneficios generan. Como también generó grandes beneficios a las farmacéuticas y a otras industrias, el uso de anticonceptivos y profilácticos (por supuesto, que la banalización del sexo para muchos es rentable, mientras que para otros se vuelve en una nueva forma de esclavitud). Las adicciones como bien sabemos son difíciles de dejar, pero mucho más aún cuando nos las ofrecen a cualquier hora del día, sin ningún tipo de trabas, a través de los medios digitales de comunicación. Además, con el consentimiento de los gobiernos, que, bajo el subterfugio de la libertad de expresión y los derechos individuales de las personas, no hacen nada para restringir su propagación. Libertad de expresión que, cual cajón de sastre, es muy amplia para algunas materias y demasiado restrictivas para otras, sobre todo para aquellas que no comulgan con la ideología del gobierno de turno. Parece que la modernidad hizo que nos volviésemos demasiados liberales para quitar todos los tabúes que envuelven las relaciones sexuales, menos para hablar de la adicción y la esclavitud a la que somete a millones de personas. En el fondo, todo gira, como dije,  en relación a beneficios económicos, la persona no importa; así, mientras el tabaquismo y la drogadicción generan un elevado gasto sanitario para las arcas del estado por las enfermedades que acarrean y se adoptan medidas para restringir su consumo, no ocurre lo mismo para prevenir la adicción al juego, a la pornografía y al sexo, que hasta ahora no interfieren demasiado en la salud física de sus consumidores; puede que en la mental pero esta se lleva más encubierto desde la medicina privada. Dije hasta ahora porque, de un tiempo a esta parte, según la información que recogen algunos medios de comunicación tradicionales, las enfermedades de transmisión sexual, crecen de modo exponencial en algunas ciudades españolas, año tras año, casi, en un 24 por ciento. Para más información se pueden visitar estos links: 

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-cada-cuatro-adolescente-tendra-enfermedad-venerea-antes-18-anos-201608102102_noticia.html

https://www.rankia.com/blog/bolsa-al-dia/3534358-top-11-ranking-industrias-que-mas-dinero-mueven-mundo-como-invertir-ellas

https://www.google.com/amp/s/www.cope.es/programas/la-linterna/el-tema-del-dia/amp/noticias/pornografia-sus-consecuencias-los-jovenes-20211007_1546593

https://www.savethechildren.es/notasprensa/informe-de-save-children-casi-7-de-cada-10-adolescentes-consumen-pornografia-la-que

8 EN LA CONSULTA DEL PSIQUIATRA

Después de la experiencia vivida en el burdel, al día siguiente me tocaba la cita con el doctor. Tras resumirle la historia de mi vida, el psiquiatra, sin entrar a valorar el tema de la homosexualidad, me recetó dos medicamentos, uno para la depresión y otro, de tipo hormonal, para aumentar la testosterona y el apetito sexual. Acepté el tratamiento, por ver si el pollino, al menos por una vez, tocaba la flauta por casualidad, a pesar de que el problema que yo padecía no tenía para nada que ver con la disfunción eréctil o la falta de deseo sexual, sino más bien todo lo contrario. En principio salí contento, al menos no me diagnosticó esquizofrenia como el psicólogo estando este último, por su especialización, más cualificado para hacer un pronóstico de tal calibre. No tardé en darme cuenta que la medicación sólo servía de parche, temporal, para seguir tirando del carro de la vida: los medicamentos no pueden curar en el cuerpo una batalla que se libra en el alma; aunque pueden, eso sí, aminorar la somatización que ésta hace de los problemas psíquicos.

Después de la primera cita solo asistí en una ocasión más a la consulta. En la segunda el doctor, sin darme explicaciones, comenzó a friccionar mis brazos reiteradamente con sus manos. Dudo ahora y dudé entonces con qué intención puesto que no tenía ninguna dolencia en dichas extremidades; de todos modos, pude controlar mi impulso sexual ante aquel insistente manoseo. Con gran esfuerzo resistí a la tentación de entrar en el juego del ya maduro psiquiatra, pues cae de su propio peso (no para aquel entendido de la mente) que al igual que un heterosexual puede controlarse ante lo que muestre un amplio escote o una minifalda al viento, aunque sea a duras penas, del mismo modo puede hacerlo un homosexual ante un estímulo que entre dentro de sus preferencias sexuales: máxime tratándose de un lugar inapropiado como una consulta médica.

De todos modos, la decisión de no recurrir de nuevo a sus servicios, no la tomé en relación al palpamiento insistente del psiquiatra sobre mis brazos, sino que vino motivado por un hecho relacionado con la misma medicación que él me había prescrito: al parecer, la rueda del infortunio aún no se había detenido para mí, tal vez en esta ocasión se pueda decir que se trató de un golpe de ventura, más que de mala suerte. Lo que sucedió fue que, estando en casa viendo la televisión, me quedé anonadado cuando en un informativo de ámbito nacional, el presentador relacionó la ingesta del antidepresivo que me había prescrito con el agente causal de varios centenares de muertes por todo el mundo. Inmediatamente, luego de conocer el riesgo que dicho medicamento suponía para mi salud, no dudé en tirarlo al cubo de la basura mientras decidí, al mismo tiempo, no volver a la consulta del psiquiatra. Gracias a Dios, una vez más, estuve a tiempo para contarlo, aunque fuese arrojado, de nuevo, por falta de tratamiento al punto de partida. Bien está lo que bien acaba si de este modo me salvé de la muerte o de contraer otra enfermedad aún peor, como consecuencia de la ingesta de aquel medicamento. 

Con la visita al psiquiatra buscaba, sobre todo, una orientación de tipo psicológico que me hiciese encauzar el tema de la atracción por las personas del mismo sexo. Sin embargo, esos consejos no llegaron por parte de los dos profesionales que, hasta entonces, me habían tratado. Así pues, por lo ya comentado, tanto el psicólogo como el psiquiatra se limitaron a escuchar y recetar. Me resulta inconcebible que los “conocedores” de la psique, no tuviesen ni tan siquiera un solo consejo que brindarme en relación al tema de la homosexualidad. De cualquier modo, es comprensible porque recetar es fácil, poner una venda es fácil, dar una palmadita en la espalda y decirle al paciente lo que desea oír, es fácil, mientras que indagar en las raíces que produjeron el trauma, y cauterizar las heridas que dejó en su corazón, requiere investigación, dedicación y sensibilidad hacia el paciente, dicho de otro modo, amor por la profesión. No obstante, llegué a la conclusión que mejor así, porque tal vez ambos, tanto el psiquiatra como el psicólogo −por su modo de conducirse− necesitasen un buen terapeuta, tanto o más que yo.

Sin tomar medicación el estado de ánimo que experimentaba era de una tristeza tan profunda, que solamente lograba mitigar un poco en las horas de trabajo. En el tiempo libre, en cambio, estando con los amigos experimentaba una angustia vital que, a modo de carcoma, consumía mi cerebro y mi alma, sin que yo pudiese hacer nada para contrarrestar su comezón. 

Visto los resultados que había obtenido hasta entonces, con los especialistas, me armé de paciencia y desistí en la idea de consultar a otro doctor en tanto en cuanto no me recuperase de aquella nueva decepción. Mientras esto no se diese seguiría buscando un trabajo algo más estable de lo que había tenido hasta aquel momento. 

9 SIEMPRE HACIA ADELANTE AUN A RASTRAS  

Antes de entregarme a la búsqueda de ese trabajo estable, volví a la faena agrícola para concluir la tarea a la que me había comprometido anteriormente con el capataz. Una vez que acabó la recolección de la aceituna tropecé con la actitud caciquil del dueño de la finca para el que trabajé: condición que aún persistía en mi tierra, por aquellas fechas, en algunos terratenientes. Durante el periodo que estuve laborando para él, todo marchó con normalidad; el conflicto se planteó, en cambio, cuando me acerqué a su casa para reclamar el alta laboral y las firmas por días trabajados. Su respuesta consistía, cada vez que me acercaba a su casa, en la consabida frase que hiciera otrora famosa Don Mariano José de Larra con su «vuelva usted mañana». Esta era la respuesta del latifundista sin escudarse tan siquiera, por vergüenza, bajo la pantalla de la criada como sucede en el relato de D. Mariano. Pero esta treta no era su arma más letal, sino que, cuando me presentaba en su casa para reclamar mis derechos, se hacía acompañar de dos perros gigantescos, los cuales dejaban mi cintura por debajo de sus babeantes mandíbulas. En aquella situación y a pesar de que nunca fui temeroso de los animales, por el aspecto y la envergadura de los canes, me sentía intimidado con una sensación de desabrigo total. 

De cualquier manera, cuanto más insistía el cacique en su obstinada respuesta: vuelva usted mañana, más persistía yo, armado de paciencia, en no renunciar a mis retribuciones con la visita pertinaz a su domicilio cada día. Finalmente viendo el hacendado ladronzuelo que le mantenía el pulso sin claudicar, accedió a darme aquello que con mi trabajo y mucho esfuerzo me había ganado.

Una vez que acabé la recolección con este “señor” pasé a trabajar en otras tareas agrarias que se convirtieron en una nueva fuente de sufrimiento. No obstante, tenía que seguir adelante aun arrastra: ya por esas fechas tenía claro que la vida es una conquista personal que nadie puede librar por ti, ni siquiera los terapeutas por muchas orientaciones que te den.

Por la edad avanzada que tenía mi padre, ahora no podía acompañarme en las tareas del campo para instruirme con sus conocimientos y su maestría en la materia. De modo que, en una de esas jornadas en la que todo sale mal (hasta la bicicleta, por cierto, se me pinchó de vuelta a casa) en un arranque de impotencia y con lágrimas, que por el polvo del camino a duras penas si se abrían paso sobre mis mejillas, juré con rabia (no por Dios como hizo Vivien Leigh en una de las escenas más impactantes de la historia del cine) que jamás volvería al terruño que por tantas generaciones había alimentado a la familia de mi padre; no por desdeño a una tarea digna y milenaria, sino porque no había sido adiestrado para ella. Seguidamente clamé al cielo para implorar ayuda y mi clamor fue escuchado, porque hasta el presente no he vuelto ni a la vid, ni al olivo, ni al surco, ni al arado.  

La vida social que llevaba con los amigos por esas fechas fue relativamente tranquila, en verano nos quedábamos en los bares hasta altas horas de la madrugada con poco más de lo que viene siendo hoy un euro. Con una cerveza o un refresco tenía suficiente para pasar toda la noche de jarana. Algunos de mis colegas compartían un porro (yo también lo aspire en alguna ocasión) que servía exclusivamente para fingir unas carcajadas, puesto que la economía no daba para comprar más evasión. De cualquier manera, mejor que sucediese así, ya que ninguno de mis amigos, que yo tenga noticias al presente, terminó su vida víctima de las drogas como muchos otros jóvenes de nuestra generación. Jóvenes que comenzaron, al igual que mis amigos, por un porro, para marcar diferencia con la generación anterior, pero que terminaron siendo carne de cañón de su propia ignorancia y de la dictadura su cuerpo.

En muchas de esas noches de ronda, cuando mi padre barruntaba que regresaba tarde a la casa, montaba en cólera. No obstante, sus salidas de energúmeno no tenían mucho recorrido porque mi madre lo contenía con sus dotes persuasivas: ella intuía que algo estaba ocurriendo en mi mente para que llegase tan tarde. Las madres lo penetran todo, incluso lo que el hijo guarda en el cofre de su corazón con la llave del silencio. 

En esa búsqueda de un trabajo estable decidí montar una tienda de embutidos en el pueblo donde residía mi mejor amiga; a la que, por cierto, estimaba tanto o más que a una hermana. Haciendo confianza en ella le pedí ayuda, por unos días, hasta que tuviese bajo control aquel emprendimiento. En esas fechas aconteció otro hecho, de los varios que ya he mencionado, en el que salvé la vida en circunstancias extremas. Sucedió una mañana en la carretera cuando transportaba la mercancía para la venta: en el trayecto me encontré con un camión al que no pude adelantar durante un buen tramo del recorrido debido a los badenes y a las curvas de la vía. Mientras me mantenía a la zaga, hasta que se diesen las condiciones de visibilidad óptimas para rebasarlo, se desprendió de los bajos del camión un eje de hierro macizo −casi de la misma anchura del vehículo− que salió disparado, a la velocidad de un proyectil, en mi dirección. Todo ocurrió en fracciones de segundo, sin que tuviese tiempo para esquivarlo, y estando ya escasos centímetros del vehículo (el impacto parecía ya insalvable), inesperadamente, el alargado y macizo hierro dio un giro, brusco, en dirección al carril contiguo, con suerte que en ese instante no circulaba nadie en sentido contrario. De este modo, pues, providencialmente, salí indemne de otro accidente, de imprevisibles consecuencias, gracias a que la mano de Dios seguía estando de mi parte.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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