.-Nota aclaratoria: Si no has seguido lo publicado hasta ahora te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta el momento; es importante porque difícilmente se puede entender y juzgar la historia general o particular, como es en este caso, si no se conoce lo que sucedió en el pasado.

.-Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin contar con la autorización del titular del copyright, la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento incluidos la reprografía y tratamiento informático, así como la distribución, y transformación de esta obra, o el alquiler y préstamo público. Todos los derechos reservados.

.-ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Fin del cap IV. UN NUEVO CICLO: sin libertad no hay madurez, no hay persona. Apdos 10,11,12

10.  INGLATERRA Y EL DÉJÀ VU

A las semanas de montar la tienda de embutidos, en mil novecientos ochenta y seis, se me brindó la oportunidad de trabajar en Inglaterra, por dos meses, en la portería de un colegio para niños y adolescentes españoles e italianos. Los chicos se desplazaban a este país, enviados por sus padres, durante las vacaciones de verano a perfeccionar su nivel de inglés. Sin pensarlo dos veces acepté la propuesta para conocer Inglaterra y de paso, también, para ayudar a mi amiga con los beneficios de la venta, ya que andaba con problemas económicos.

Exceptuando los trabajos de temporero en el campo este fue el primero que llevé a cabo para la empresa privada, lo cual me llevó a conocer, sobre el terreno y por primera vez, el mundo laboral y sus entresijos. Así descubrir, por ejemplo, lo aferrado que estaba el empresario a su cartera, mientras los trabajadores, en cambio, oscilaban entre el compañerismo, la delación y el chisme. El lugar se prestaba para ello, durante esos dos meses teníamos que convivir las veinticuatro horas del día, bajo un mismo techo, trabajadores procedentes de diferentes regiones de España. Esa situación de encierro era propicia para que aflorase, dentro del perímetro del colegio, el carácter de cada trabajador: de este modo, el colegio era como una especie de “Gran hermano” en el que yo me autoerigía como cámara y espectador, al mismo tiempo, de las fluctuaciones emotivas de los que allí estábamos confinados. Al final saqué dos conclusiones, una la del proverbio que reza que «de poetas, tontos y locos todos tenemos un poco», y, la otra, que sin Dios los principios se desinflan como globo de feria, debido a que no hay nada tan acomodaticio como la razón humana; la cual siempre encuentra una excusa para hacer lo contrario a lo que le dicta su conciencia y su razón. 

Mi trabajo se desarrollaba en la portería del recinto amurallado del colegio y consistía en vigilar su entrada: unas veces para dar paso a los profesores, otras a los transportistas que traían víveres y, siempre, controlando que todo viandante, no identificado, pudiese cruzar la puerta.  

No fueron precisamente días felices los que viví en esa institución, aunque a estas alturas de la autobiografía ya nadie se extrañará por ello. Por muchos años padecí de úlcera de estómago y ésta se alteraba, sobre manera, en la costa sur de Inglaterra donde la climatología estaba en continuo tránsito en verano por el canal de la mancha. Como el estómago es muy receptivo a los cambios climáticos, la estancia se me hacía poco menos que insoportable. Sir William Osler, uno de los padres de la medicina moderna, dijo que «el cuerpo llora las lágrimas que los ojos se niegan a derramar». Este fue el motivo de que mi estómago ulcerase derramando las lágrimas que, hacía tiempo, venía negando a mis pupilas; unas veces por orgullo, otras porque no encontraba hombros en los que derramarlas y, últimamente, porque mi alma se quedó tan seca que ni siquiera afloraba ya en ella el deseo de apenarse por las contrariedades de la vida.

En cuanto a la vigilancia de la puerta solo tuve un incidente con un joven que eludió la vigilancia mientras yo hacía el recuento de los alumnos. Después de invitarlo a salir por donde había entrado, y no atender a mi solicitud, no me dejó otra opción que, con un poco de astucia, arrebatarle una botella de litro (litrona le llamamos en España) que agitaba en el aire como arma defensiva con una mano, mientras que con la otra sujetaba a su novia que iba tan beoda como él. El incidente no tardó mucho en resolverse porque los profesores llamaron rápidamente a la policía. 

Los trabajadores del colegio no gozábamos de muchos días libres porque la estancia en ese país se remitía a los meses de verano. Estos llegaban cuando los niños se marchaban de excursión y aprovechábamos para visitar ciudades cercanas con ellos. En Londres me sucedió uno de los episodios más fuertes de “déjà vu” que jamás había experimentado hasta entonces; el fenómeno ocurrió cuando iba caminando por encima de unos de los puentes del Támesis. Al doblar mi cabeza, para contemplar uno de sus márgenes, pude sentir en ese mismo instante, como todos mis sentidos se confabularon para darme a entender, con total nitidez, que ya había estado allí con anterioridad. Certeza, por otro lado, fuera de toda consistencia ya que era la primera vez que visitaba la ciudad de la bruma. Fue tal el impacto que me causó el canal en mi retina, que mi voluntad quedó dividida, mientras mis compañeros se alejaban, entre salir corriendo para unirme de nuevo a ellos, o seguir contemplando aquel insólito paisaje que, en lo más profundo de mí ser, me resultaba tan familiar.

En numerosas ocasiones buscamos tres pies al gato cuando el pensamiento no encuentra una explicación coherente a ciertos fenómenos. Tal vez las cosas sean bastante más simples, de tal manera que es posible que aquella imagen se alojara en mi subconsciente viendo alguna película rodada en Londres o, incluso, con la aprehensión de un cuadro visualizado en alguna pinacoteca con anterioridad. Los parapsicólogos dan otras explicaciones, pero tampoco aportan pruebas concluyentes.

Al rememorar este episodio de déjà vu, me ha venido a la memoria otro suceso, no menos extraño, que se repitió un buen número de veces a lo largo de mi infancia. Consistía en que cuando me cruzaba con otra persona en la calle, aunque fuese en la lejanía, siempre que volvía la cabeza para mirar a esa persona, ese mismo individuo, a su vez, estaba vuelto en mi dirección observándome. Esto que puede ser normal alguna vez que otra, dejaba de serlo en mi caso por la frecuencia con que se repitió en ese periodo de mi vida.

Terminaré ya con mi estancia Inglaterra, contando una anécdota más del repertorio de las muchas allí vividas: uno de los días que nos dieron libre a todos los trabajadores, aproveché la ocasión para visitar el pueblo en el que se encontraba el colegio, Hastings, con varias de mis compañeras. Sin medir bien los riesgos, puesto que iba yo solo como varón entre cinco o seis chicas, al atardecer nos dirigimos a una discoteca después de una larga caminata por el muelle. Siempre he sido uno de esos inconscientes que no han tenido en cuenta donde ponía sus pies (tal vez porque los míos solo los había usado para caminar, bailar y dar patadas a un balón) en la confianza de que el resto de mis congéneres debían ser como yo. 

Con esa despreocupación por mi parte, nos dispusimos a pasar una feliz velada de fin de semana. Una vez dentro del local no pasó demasiado tiempo sin que algunos de los jóvenes que allí se encontraban se sustrajesen de incordiar a mis compañeras. Al igual que pasa en todo lugar, e Inglaterra no podía ser menos, lo foráneo siempre añade una dosis de morbo, al sexapil de las personas, con lo cual la testosterona de aquellos jóvenes andaba esa noche revuelta a causa de mis amigas. Como siempre me he sentido responsable y protector de los demás, enseguida me percaté de que la situación no pintaba en bastos para mis compañeras y tampoco para mí: más cuando los jóvenes miraban en mi dirección para chulearse de los forcejeos que tenían con las chicas. De esta manera, para contrarrestar sus provocaciones hice ademán de dirigirme a uno de los vigilantes de seguridad: gesto que los disuadió momentáneamente. No obstante, como el hombre es obstinado por naturaleza, aquellos jóvenes volvieron al cabo a las andadas: hostigados, ahora, no solamente por sus hormonas, sino por el alcohol que circulaba ya a raudales por sus venas. Así pues, observando que no cejaban en su afán de molestar a mis amigas, no me restó otra salida, para que la situación no fuese a mayores, que convencerlas de que más valía una retirada a tiempo, como aconseja el proverbio, que sucumbir en una batalla que teníamos perdida de antemano. Sin excepción todas hicieron caso a mi petición, ya que ellas mismas se sintieron en peligro, zafándose de las zarpas de los que en ese momento las asediaban. Hasta ese día había tenido la creencia de que los países del norte de Europa eran más civilizados que los del sur, pero en ese escenario descubrí que la falta de respeto y la barbarie no van marcados en los genes del pueblo al que se pertenezca, sino que están sembrados por igual en todo hombre que se deja llevar por sus instintos: ¡cuidado con esto, porque el instinto, en el hombre, se activa bajo muy diferentes estímulos y consignas! Y, hoy por hoy, son tantos los que nos invaden que raro es aquel que no queda a merced de sus inclinaciones y de su ignorancia. 

Pero aún no había terminado ahí el acoso, porque antes de salir del local, otro pirata, este más maduro, al que por las barbas pelirrojas y lo sonrosado de las mejillas, solo le faltaba el casco de Obelix para convertirse en la reencarnación de un vikingo sediento de pelea, insistiendo en la provocación de sus paisanos, regó mi cabeza, cual planta de geranio, con su jarra de cerveza, en el momento que estábamos a un palmo de alcanzar la puerta de salida. Para salvar la situación, por el bien de todos, hice de aquel líquido espumoso, como champán en pódium de deportista: me lo sacudí de encima, sin buscar más pleito, ya que por entonces tenía melena y podía. El asunto no era para menos, máxime habiendo escuchado que meses antes, habían asesinado a un joven de nacionalidad española en una ciudad próxima. Una vez en la calle, de vuelta al colegio, me fui serenando a medida que mis pisadas iban dejando atrás las acechanzas de aquella noche de sábado febril ¡para algunos!

De mi estancia en el colegio también conservo un vivo recuerdo de algunas estudiantes; especialmente el de tres señoritas una madrileña y dos zaragozanas muy afables. Aquellas jóvenes, preuniversitarias, buscando una oportunidad para reafirmar su feminidad, ya que se encontraban tocando el cenit de su desarrollo hormonal, se acercaban a la portería, con gran interés, para pasar algunos ratos conmigo. No era de extrañar que buscasen ese encuentro, puesto que yo era muy joven, me mantenía en buena forma y conservaba el brillo que puede dar, solamente, aquello que está por estrenar: mis ojos traslucían la candidez del que va de frente, la confianza del que por fe sigue confiando en Dios y en el hombre, y la resolución por alcanzar la dicha en el futuro. Sin embargo, una vez más, acomplejado por mi pasado y temeroso de no dar la talla, desistí de recoger la rosa que me estaba ofreciendo cupido cuando aquellas chicas venían a charlar conmigo. ¡Quién sabe si ahí perdí una oportunidad de redimir mis complejos! ¡Quién sabe…! Pero al fin y a la postre contento ¿porque hay algo más grande que haber conocido a Dios y sentirse amado por Él? para mí desde luego que no. 

11 ANTES DE ABANDONARME RECURRO DE NUEVO AL PSIQUIATRA

Entre los años mil novecientos ochenta y siete y mil novecientos ochenta y nueve, tanto el malestar psíquico como el físico seguían in crescendo. Esta situación me llevó de nuevo a la consulta de otro psiquiatra. Este especialista, que sería el último al que acudiese, me prescribió sulpirida junto a un relajante muscular para paliar la somatización de los problemas psíquicos que se me hacían presentes, por entonces, con insomnio y dolores a la altura de la cerviz. Como mejoré bastante con el tratamiento, especialmente en lo tocante a los dolores en la cerviz, no tardé demasiado en dejar la medicación. Varias fueron las razones que me impulsaron a hacerlo: en primer lugar, porque nunca fui constante a la hora de seguir los tratamientos médicos, después porque observaba que los antidepresivos alteraban mi consciencia: cuando los tomaba me notaba extraño, me sentía como si desde fuera otra persona tomara el control de mis actos. No obstante, a pesar de abandonarlo, hoy por hoy, si me encontrase en el mismo estado, no volvería a hacerlo; a no ser que recobrase la fuerza que sólo la juventud y la inexperiencia pueden otorgar; la que yo tenía en aquel momento. Por ese empecinamiento de no tomar medicación mi vida iba a medio gas, pues a pesar de que las cefaleas remitieron, no pasó lo mismo con la depresión y el insomnio que, por momentos, se me hacían insufribles; especialmente el insomnio, porque si estar centrado en los problemas de uno durante el día se hace arduo; peor aún en la noche donde no hay estímulos que vengan a distraerte. 

Sin dejarme tumbar por la depresión y a la tristeza, ya que no terminaba de discernir cómo encajar mi atracción por los varones, al verano siguiente volví a Inglaterra (a pesar de los fuertes dolores estomacales que allí padecía) para que mi inestimable amiga se beneficiase, por un tiempo más, con los ingresos generados por la venta que dejé en sus manos hasta que su situación económica revirtiese; alentado también por mi madre que, como ya expresé, era de corazón generoso. 

Todavía el favor de Dios estaría, por un tiempo más, de parte de mi amiga y mayor confidente, pues, a mi regreso de Inglaterra, me hicieron un contrato de seis meses para trabajar como celador en un hospital público; lugar, por cierto, donde aprendí mucho sobre la fragilidad del ser humano: allí se daban encuentro, como en ningún otro sitio, la impotencia humana ante el dolor, la enfermedad y la muerte, junto con algunas alegrías. En los rostros de aquel hormiguero humano asomaban, sin disimulo, las lágrimas ante la soledad, el dolor, la ansiedad y la rabia contenida; también, cómo no, el agradecimiento de los enfermos al recuperar la salud y la alegría de los padres por el nacimiento de sus hijos. En este hospital y después, también, por circunstancias familiares, pude darme cuenta de la incapacidad que uno siente, para detener el avance de la enfermedad y de la muerte en aquellas personas que amas o por aquellas otras que, por el desempeño del mismo trabajo, llegas a sentir cariño.

Una de las experiencias más desagradable que se vive en el hospital, es la lentitud con la que transcurren las horas cuando se sabe que la recuperación de la persona querida es prácticamente imposible. A raíz de haber pasado por esa experiencia de horas eternas, me surgió la siguiente reflexión: si esta sensación de angustia tiene lugar en el mundo de la materia, que tarde o temprano el día sigue a la noche y todo tiene un principio y un final, cuanto más crudo debe ser la eternidad lejos de la presencia gozosa de Dios, para la que fuimos creados

Mucho pude ver y aprender en el hospital, pues, previamente a la fragilidad de los enfermos pude darme cuenta hasta donde llegaba la mía propia; especialmente por el miedo con que Satanás, sirviéndose de las personas que me hirieron en el pasado, había maniatado mi voluntad y mi temperamento.  De cualquier manera, si alguien me tacha de derrotista o desea conocer algo más sobre sí mismo, lo invito a que se dé una vuelta por la UCI o por las habitaciones de un hospital y observe, en primera persona, la fragilidad humana en todas sus vertientes. Sobre todo, la de aquellos que allí esperan una nueva oportunidad en esta vida mortal, cuando días antes, llenos de vanidad por el cargo o la posición social que ocupaban, pensaban que la vida de los demás y la salvación del mundo dependía de ellos.

12  EL LIBRE ALBEDRÍO DE DIOS FRENTE A LA TIRANÍA DEL HOMBRE

Y seguí buscando dentro y fuera de mí, porque, después de Dios, la razón que dirigía mis pasos era vivir desde la libertad; y el método: cuestionarlo todo buscando, siempre, la autenticidad a cada uno de mis pasos. Si algo me atraía y atrae de Dios es que no se impone a la voluntad del hombre; lo que los cristianos denominamos como Libre Albedrío. Y además su llamado lo hace sin engaños, sin dorarnos la píldora como ahora hacen muchos, poniendo las cartas boca arriba desde el primer momento.

Así es, Jesús nos brinda como ejemplo su propia vida; nos invita a seguirle, nos muestras las exigencias de su Evangelio, pero también nos señala las consecuencias negativas de elegir otras propuestas diferentes a la suyas. De este modo, sin ambages, Jesucristo nos señala la cara y la cruz de su seguimiento. Por ejemplo, en (Mateo 16, 25-26) nos advierte: «…El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará». Para mostrar a continuación que respeta la libertad del hombre, sin apelar al castigo he elegido este otro pasaje también de (Mateo 5, 44-46) «Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?». De la misma manera, disponemos de varios ejemplos más en los que Dios respeta la libertad del hombre, uno de ellos lo tenemos en el diálogo de Jesús con el joven rico; cuando el joven decide confiar más en su dinero que en Jesucristo, Él lo deja ir, sin insistir más, respetando su libertad (Mateo 19:16-22). Es la misma actitud que aparece en la Parábola del Hijo Pródigo al que, igualmente, el padre deja marchar, sin retenerlo contra su voluntad.  

Dios, aparte de respetar nuestra voluntad de adherirnos libremente a Él, nos revela con claridad, por proceder del Padre, todo aquello que nosotros, por nuestra condición mortal, limitada y pecadora, no podemos comprender ni dilucidar acerca de nosotros mismos y de Dios. Pero Jesús, no solo se limitó a enseñarnos el camino hacia la salvación mientras estuvo entre los hombres, sino que, una vez resucitado, sigue interesándose por la vida personal de cada uno de nosotros; Él conoce nuestras debilidades y solo desea que le abramos nuestro corazón y nuestra mente para derramar todos sus dones y su amor sobre nosotros: Jesús es el médico de nuestra alma y ningún médico que se precie rechaza a un enfermo, menos aún Jesucristo, que ha dado su vida literalmente por salvar la nuestra. El hecho de que Jesús se interesa y se preocupa ahora, también, en el presente por nosotros y nuestra salvación, se nos da a conocer con estas palabras suyas: (Juan 14, 1-2) «No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros». Jesucristo está pues, en este presente, trabajando en nuestras vidas, aunque no nos demos cuenta, para ayudarnos a conseguir ese lugar junto a Él en la casa del Padre para toda la eternidad y para que, en esta vida mortal, asimismo, por mediación del Espíritu Santo, no nos sintamos huérfanos y abocados a la nada o a la náusea que describe Jean Paul Sartre en su obra filosófica. 

¿Puede caber, entonces, contento más grande en el hombre, conociendo que el Creador del Universo ha dado su vida para que el hombre halle sentido a la suya, incluso en aquellas situaciones límites en las que no encontramos salidas y todo parece desmoronarse a nuestro lado como castillo de naipes? 

Sin embargo, la grandeza de Dios, como he comentado anteriormente, estriba primordialmente en la libertad que nos ha otorgado para que podamos optar entre la obediencia y la rebeldía como ya hicieran nuestros primeros padres en el paraíso, sólo que ahora, después que él diera su vida en la cruz por nosotros, ya no estamos condenados para siempre a la corrupción y a la muerte; es decir nos ha hecho inmortales capaces de alcanzar su misma gloria.  Así nos concibió desde un principio no para que fuésemos un robot en sus manos, sino para que podamos optar, desde el convencimiento personal, entre la aceptación de lo que somos, es decir criaturas o, por el contrario, vayamos por libres pensando que el saber, el poder y el obrar, dependen exclusivamente de nosotros. De esta manera, Jesucristo al acoger nuestra propia naturaleza y revelarnos los misterios que encerraba en Él (en Dios) nos preserva del vacío existencial y se constituye, a sí mismo, en la luz que guía nuestros pasos en el exilio de la vida terrenal. Tan es así, que él mismo Sartre, una vez ha descartado la posibilidad de Dios, porque según él (en su desconocimiento del Ser de Dios y por ende de su creación) coartaría nuestra libertad, reconoce que el fin del hombre está abocado a la nada y la muerte. Con esa filosofía tan derrotista, de gran influencia para el pensamiento moderno, yo me pregunto ¿qué resortes han de moverse en el interior del hombre para que éste elija la nada y la muerte, frente a la vida gozosa del presente, la esperanza del mañana, y la gloria en la eternidad que nos ofrece Jesucristo? Me parece tan clarificador, tan transparente, veraz y asumible el mensaje de Jesucristo que, hasta por puro interés personal, los agnósticos y ateos deberían abrirse a la posibilidad de conocer el Evangelio y penetrar en los misterios de Dios, antes de asumir que su fin es la muerte y, su vida, el absurdo del viento que más sopla o, lo que es lo mismo, la nada. 

En contraste con la oferta libre de Dios, de seguir el Evangelio o seguir nuestro propio criterio sin contar con Él, está el modus operandi del hombre, es decir, la tiranía: intentar, por todos los medios, doblegar la libertad de sus semejantes a través del poder, del chantaje, del dinero, de la mentira, de las armas y de las ideologías. 

Sin libertad el hombre deja de ser dueño de su propia historia y responsable de sus actos, aquello que marca su identidad como individuo único e irrepetible entre sus semejantes, para igualarlo al resto de la fauna animal, la cual por su incapacidad de abstracción y autoconocimiento carece de decisión para elegir.

Muchas veces la excusa para coartar las libertades es mejorar las condiciones de vida de los gobernados, algo que no deja de ser una falacia o una ilusión por desconocer el funcionamiento de la misma condición humana. Ya que la raíz de todos los males, como nos señala Jesucristo, no está en lo externo al hombre −en las infraestructuras− sino en su mismo corazón, dentro del hombre. Solo hay que remitirse a la historia de la humanidad para ver que todos los intentos por parte del hombre, encaminados por hacer un paraíso al margen de Dios aquí en la tierra han sido inútiles.  

Ahora surge la siguiente pregunta ¿quién puede cambiar el corazón del hombre, es decir, sus pasiones desbordadas y sus bajos instintos? El único que lo puede cambiar es aquel que hizo el corazón del hombre; aquel que está en un rango no sólo superior sino diferente a su criatura, es decir Dios mismo. Buena prueba de ello está en la India, uno de los países más religiosos del mundo (cuyos dioses son el resultado de la especulación humana), que se sitúa por su PIB entre la séptima potencia mundial, con una de las poblaciones, por el contrario, más empobrecidas del planeta. Si nos remitimos en cambio a países que se gobiernan desde ideologías totalitarias, el fracaso ha sido igualmente estrepitoso, bien porque se pisotean los derechos humanos o bien porque la población vive en la miseria y el absentismo más absoluto. Más de lo mismo sucede con los gobiernos liberales que, apartándose de la moral cristiana, y a falta de valores trascendentes, han convertido al hombre en una máquina de producción y de consumo, al que tratan de aborregar manteniéndolo ocupado con las nuevas tecnologías, las veinticuatro horas del día, para robarle la libertad, el amor y la paz. Las tasas imparables de suicidios en los países desarrollados dan buena fe de que vivir sin Dios, es el peor negocio e inversión que han podido hacer 

La radiografía que detectan los psicólogos de la personalidad de aquellos individuos que intentan imponer su doctrina y su visión del mundo al resto de la humanidad, a través de la fuerza o, bien, mediante el engaño sirviéndose de los medios de comunicación, lejos de lo que pudiera parecer; se debe en unas ocasiones a su ansia de poder, pero en otras tantas, también, a una falta de seguridad en ellos mismos y a la debilidad de sus argumentos frente a la verdad. De ahí la necesidad de aplastar a los opositores, para que su debilidad argumental no saque a la luz la mentira en la que viven, en primer lugar, ellos mismos y, después, sus adeptos. De esta manera me he encontrado a lo largo de la vida con muchos individuos que, identificándose con un sistema de pensamiento determinado, y calificándose a sí mismos de tolerantes; luego, a pesar de sus soflamas libertarias, eran incapaces de abrirse a otras realidades y a otros pensamientos que no fuesen los suyos propios; ni siquiera para un simple intercambio de opiniones. Conclusión: toda persona que se encierra en su verdad termina cayendo, irremisiblemente, en el sectarismo, cuando no en el fanatismo. Mientras que aquellos que se abren al diálogo para escuchar, conocer y aprender, más que para refutar, terminan finalmente encontrando la Verdad que creían ya poseer.

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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