«Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen».

Hoy Jesús con estas palabras adviertió a sus paisanos de su dureza de corazón para creer. También lo hace con nosotros ya que su mensaje es intemporal y es único para todos los hombres de todas las épocas. Que difícil nos resulta interiorizar que Jesús tiene palabras de esperanza, de vida abundante y de paz; definitivamente no le hacemos caso y consideramos que la salvación está en nosotros mismos y que el mensaje de Jesús está a nuestro servicio (cuando coincide con nuestros proyectos o modo de interpretar la realidad) y no al contrario. Le llamamos Señor y en realidad al único señor que servimos, atrapados en el bullicio del materialismo y de las redes sociales con sus consigas dogmáticas e incuestionables, es a nosotros mismos. De esta manera, arrastrados por el torbellino de la corriente del mundo que va arrasando a su paso con todo, nosotros -como ciegos- no nos damos cuenta de la destrucción que lleva mientras giramos y giramos dentro de él sin cuestionar la desolación que deja a su paso.
Así, pues, como los más allegados de Jesús, solo se nos quita la venda de los ojos cuando esa misma desolación, envuelta en papel celofán y lacito, llama a la puerta de nuestra casa y caemos en cuenta que sin Dios somos menos que nada, que nuestro proyectos fracasan o que, como mucho, solo dan una satisfacción temporal, que, finalmente, nos deja vacíos y desorientados igualmente.

Necesitamos signos, milagros, de Dios, buscamos desesperados aquí y allá, en cosas externas, aún dentro de la misma iglesia: que algo llegue de fuera nos toque con su varita mágica y nos cambie de repente. Que confundidos estamos, cada segundo de vida es un milagro, cuantos elementos, no hay numeros que puedan contarlos, intervienen en cada latido de nuestro corazón, en el desarrollo de una planta, en el vuelo de un ave… y seguimos pidiendo un milagro para creer, tenemos el milagro más grande de todos que es la palabra de Dios, la misma Palabra que Jesús había pronunciado en su vida terrena, es la que, una vez resucitado, iba contando en el camino hacia la aldea de Emaús a dos de sus discípulos. Esa palabra que encendió el ardor de su corazón, pero que necesito, una vez más del milagro; es decir, darse cuenta que era el mismo Jesús, ahora Resucitado, el que minutos antes les hablaba por el camino, para poder convertir su luto en alegría, su derrota, en entusiasmo y acción, su falta de visión en luz y discernimiento.
Sí hermanos, seguimos buscando signos y milagros, para cambiar, para creer, y ya los tenemos, la vida creada por Dios, nuestros hermanos, el universo son un milagro de Dios inconmensurable, pero el mayor milagro de todos es aquel que los creó, Jesucristo, y si queremos obtener ese milagro pongámonos a escuchar su palabra, a profundizar en ella, abrazarla, a acogerla y meditarla como María en el corazón: en silencio, sin prisas, en actitud de verdaderos orantes y siervos como ella misma; ya que Dios es el único y verdadero Señor autor de la Vida. El milagro no viene de fuera el milagro está en la escucha receptiva, el milagro es tu actitud frente a la Palabra.
¿Cual es mi actitud, pues, frente a ella? Tal vez, pasar al siguiente wassap, hasta que el torbellino nos saque fuera de él, nos lance por los aires y tengamos que pedir a Dios socorro por el colpe y los huesos quebrantados en la caída… ¿hasta cuando…? Perdón Señor, perdón…

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-03-28

Acerca de renaceralaluz

Decidí hace ya mucho tiempo vivir una vida coherente en razón de mis principios cristianos, lo que quiere decir que intento, en la medida que alcanzan mis fuerzas, llevar a la vida lo que el corazón me muestra como cierto: al Dios encarnado en Jesucristo con sus palabras, sus hechos y su invitación a salir de mi mismo para donarme sin medida. Adagio: El puente más difícil de cruzar es el puente que separa las palabras de los actos. Correo electrónico: 21aladinoalad@gmail.com

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