No es por mérito sino por Gracia. Ante Dios nada somos

Miércoles de la 15a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 11,25-27.

Jesús dijo:
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
religiosa

Diario, nº 1692 (La Divina Misericordia en mi alma,

Te adoro, Creador y Señor mío
Te adoro, Creador y Señor, oculto en el Santísimo Sacramento. Te adoro por todas las obras de Tus manos, en las cuales se me revela tanta sabiduría, bondad y misericordia. Oh Señor, has esparcido tanta belleza sobre la tierra y ella me habla de Tu belleza, aunque es sólo un pálido reflejo de Ti, belleza incomprensible. Y aunque Te has escondido y ocultado, y has ocultado Tu belleza, mi ojo, iluminado por la fe, llega hasta Ti y mi alma reconoce a su Creador, a su Bien supremo y mi corazón se sumerge completamente en una plegaria de adoración. Creador y Señor mío, Tu bondad me animó a conversar Contigo. Tu misericordia hace que desaparezco el abismo que separa al creador de la criatura. Hablar Contigo, oh Señor, es el deleite de mi corazón. En Ti encuentro todo lo que mi corazón puede desear. Aquí Tu luz ilumina mi mente permitiéndole conocerte a Ti cada vez más profundamente. Aquí torrentes de gracias fluyen sobre mi corazón, aquí mi alma obtiene la vida eterna. Oh Creador y Señor mío, además de ofrecerme estos dones, Tu Mismo Te entregas a mí y Te unes íntimamente a Tu criatura miserable. Aquí nuestros corazones se entienden sin buscar palabras; aquí nadie es capaz de interrumpir nuestra conversación. Aquello de lo cual hablo Contigo, oh Jesús, es nuestro secreto que otras criaturas desconocerán y por el cual los ángeles no se atreven a preguntar. Son los perdones secretos que conocemos sólo Jesús y yo, es el misterio de su misericordia que abraza a cada alma individualmente. A causa de esta inconcebible bondad Tuya. Te adoro, oh Creador y Señor, con todo mi corazón y toda mi alma. Esta adoración mía es muy miserable e insignificante, no obstante estoy serena, porque sé que Tú sabes que es sincera aunque tan imperfecta…

Peor que en dictadura

¡Ay de ti…!

Martes de la 15a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 11,20-24.
Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido.
«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza.
Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría.
Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú».

Comentario: San Gregorio Magno (c. 540-604)
papa y doctor de la Iglesia

Libro XIII ( SC 212, Morales sur Job, Cerf, 1974)
Una advertencia dada por amor
“También yo hablaría como ustedes, si ustedes estuvieran en mi lugar. Los ensordecería con palabras y les haría gestos de conmiseración. Los reconfortaría con mi boca y mis labios no dejarían de moverse. Pero si hablo, no se alivia mi dolor; si me callo, tampoco se aparta de mí” (Jb 16,4-6). Algunas veces ante los espíritus deshonestos que no puede enderezar la predicación de los hombres, es necesario desear con toda bondad, la intervención de Dios. Con el celo de un gran amor, no se pide un castigo por el perdido, sino una advertencia, no una maldición sino una oración. Observemos que Job no dice “que yo estuviera en su lugar” sino “si ustedes estuvieran en mi lugar”. Lo que quería era la elevación de aquellos a los que había deseado una suerte semejante a la suya. Consolamos a los espíritus deshonestos en medio de las flagelaciones, cuando les hacemos ver que los golpes del exterior afirman su salvación. Asentimos con la cabeza cuando se mueve su espíritu, que es lo que dirige nuestro ser hacia la compasión. Lo fortificamos en medio de las flagelaciones cuando clamamos la violencia de su dolor por la suavidad de nuestras palabras. Encontramos hombres que por estar cerrados a la vida interior, se encuentran abatidos por los golpes del exterior hasta la desesperación. Por eso el salmista dice “No resistieron en las penas”, ya que sólo resiste las penas exteriores aquel que pide siempre su alegría y esperanza interior.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

Sábado de la 14a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 10,24-33.
Jesús dijo a sus apóstoles:
«El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño.
Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa!
No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.
Ustedes tienen contados todos sus cabellos.
No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.»

Santa Catalina de Siena (1347-1380)
terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa

Carta 27, al cardenal Jacobo Orsini (Cartas, I, Téqui, 1976),
¡Puedo todo en Jesús que me fortifica!
¿Cuál es el modo de fortificar nuestra debilidad? Con el amor. (…) Tenemos que poner nuestro afecto, deseo y amor, en un ser más fuerte que nosotros, es decir, en Dios. En Él encontramos toda nuestra fuerza. Nuestro Dios nos ha amado sin ser amado. Desde que el alma ha encontrado y gustado un tan tierno amor, más fuerte que todo lo que es fuerte, sólo lo puede buscar y desear a él. Fuera de él, el alma no pide ni quiere nada. Ella es fuerte porque está apoyada y fijada sobre lo firme e inamovible. Pase lo que pase, no cambia y sigue siempre las huellas y movimientos de Aquel que ama. Como el alma tiene su corazón y voluntad unidos a él, ve perfectamente que Cristo, siendo Hijo de Dios, amó la pena y la humillación. Fue entre los hombres un Cordero humilde, tierno y despreciado. Por eso sus servidores se alegran de seguir este camino, huyen y detestan lo que es contrario. Han devenido uno con Dios, por eso aman lo que Dios ama y detestan lo que él detesta. Reciben una fuerza tan grande que nada los puede perjudicar. Son como verdaderos caballeros que ven las grandes tempestades sin inquietarse. No temen, porque no han puesto la confianza en ellos mismos, sino que depositaron su esperanza y fe en Dios. Lo aman porque es fuerte y quiere y puede socorrerlos. Entonces, como san Pablo, confiesan con gran humildad: “Puedo todo por Jesús crucificado, que está en mí y me fortifica” (cf. Flp 4,13).

Aquel que persevere hasta el fin se salvará.


Viernes de la 14a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 10,16-23.
Jesús dijo a sus apóstoles:
«Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.
Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas.
A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos.
Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento,
porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.
El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir.
Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre.»

San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars

Sermón para el 2º Domingo de Pascua

*“Aquel que persevere hasta el fin se salvará”* (Mt 10,22)
“Aquel que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22). El Salvador del mundo nos dice que será coronado, salvado, aquel que luche y persevere hasta el fin de sus días sin dejarse vencer. O aquel que habiendo caído se levante y persevere. Mis hermanos, estas palabras deberían hacernos temblar y congelarnos de espanto si consideráramos los peligros a los que estamos expuestos, nuestra debilidad y el número de enemigos que nos rodean. (…)

Pero, me dirán, ¿qué es perseverar? ¡He aquí mi amigo! Estar pronto para sacrificar todo -bienes, voluntad, libertad y su misma vida- para no desagradar a Dios. Ustedes dirán: ¿qué es no perseverar? He aquí. No perseverar es caer de nuevo en los pecados que ya hayamos confesado, seguir con las malas compañías que nos hayan llevado hacia el pecado, enorme infelicidad que nos hace perder a Dios. (…) Mis hermanos, si los santos temblaron toda su vida por el temor de no perseverar, ¿qué será de nosotros que no tenemos virtud, ni gran confianza en Dios, estamos cargados de pecado y poco atentos para no caer en las trampas del demonio? Caminamos cómo ciegos en medio de grandes peligros, dormimos tranquilamente entre una multitud de enemigos encarnizados en nuestra perdición.

Ustedes dirán ¿qué hace falta entonces para no sucumbir? Mi amigo, he aquí. Hay que huir las ocasiones que antes nos hicieron caer, recurrir sin cesar a la oración, frecuentar dignamente los sacramentos. Si ustedes lo hacen, si siguen ese camino, ustedes estarán seguros de perseverar. Pero si no toman esas precauciones, podrán tomar otras medidas pero no dejarán de perderse.

Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.

Jueves de la 14a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 10,7-15.
Jesús dijo a sus apóstoles:
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»
No lleven encima oro ni plata, ni monedas,
ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir.
Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella.
Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.
Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies.
Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad.

San Cipriano (c. 200-258)
obispo de Cartago y mártir

De la unidad de la Iglesia católica, § 24
«Que vuestra paz venga sobre ella»
El Espíritu Santo no ha dado esta advertencia: «¿Quién es el hombre que ama la vida y desea gozar de días felices? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de palabras mentirosas. Busca la paz y persíguela» (Sl 34 [33],13-15) El hijo de paz debe buscar y perseguir la paz, el que conoce y ama el vínculo de la caridad debe guardar su lengua del pecado de discordia. Entre sus prescripciones divinas y sus mandamientos de salvación, el Señor, la noche de su Pasión, añadió esto: «Esta es mi paz que os doy, esta es mi paz que os dejo» (Jn 14, 27) Semejante es la herencia que nos ha legado: todos los dones, todas las recompensas, nos ha abierto la perspectiva, la de conservar la paz que él ha ligado a la promesa. Si somos herederos de Cristo, permanezcamos en la paz de Cristo. Si somos hijos de Dios, debemos ser pacíficos: «Dichosos los artesanos de la paz, ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9) El ha hecho que los hijos de Dios sean pacíficos, dulces de corazón, sencillos de palabras, en perfecto acuerdo en el amor, unidos fielmente por los lazos del pensamiento unánime.Esta unanimidad era desde antaño bajo los Apóstoles. (Ac 4,32) Es así que la novedad en el pueblo creyente, fiel a las prescripciones del Señor, mantiene la caridad. De la eficacia de sus oraciones: ellos podrán ser seguros los que obtendrían esto que la misericordia de Dios les pedía.

Andaban como ovejas sin pastor

Martes de la 14a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,32-38.

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado.
El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel».
Pero los fariseos decían: «El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Comentario: San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

Homilías sobre el evangelio de san Mateo, nº 32
«Proclamando la buena noticia y curando enfermedades»
Jesús, en cambio, tras de infinitas injurias y querellas: recorría las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, predicando el evangelio del reino de Dios y curando toda enfermedad y toda dolencia. Y no sólo no los castiga por ingratos, pero ni siquiera los reprende. Manifestaba así su mansedumbre (…) Recorría así las ciudades y aldeas y sinagogas, enseñándonos a rechazar las injurias, no con injurias, sino con beneficios mayores. Si tú haces los beneficios por Dios y no por los hombres, hagan lo que hagan tus consiervos, no dejarás de beneficiarlos, para que sea mayor tu recompensa. (…) Cristo, para enseñarnos que procedía por pura benignidad, no sólo no esperaba a que los enfermos fueran a él, sino que iba en busca de ellos y les hacía un doble beneficio: el del reino de los cielos y el de la curación de todo género de enfermedades. Y no se contentaba con esto sino que tomó otra providencia además. Pues dice el evangelista: Viendo a la muchedumbre, se enterneció de compasión por ella, porque estaban fatigados y decaídos, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a los discípulos: "La mies es mucha, pero pocos los obreros. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies". Considera de nuevo cuan ajeno está a la vanagloria. Para no atraerlos todos personalmente hacia sí, manda a sus discípulos. Pero no únicamente por eso, sino además para adiestrarlos, a fin de que, ejercitándose en Judea, como en una palestra, se preparen de este modo para las luchas en todo el orbe. (…) Por de pronto los gradúa como médicos de las enfermedades corporales y les reserva para más tarde la curación de las almas, que es la principal. Advierte en qué forma les hace ver ser esto cosa fácil y necesaria. ¿Qué les dice? La mies es mucha y los obreros pocos. Como si les dijera: «Mirad que no os envío a la siembra, sino a la cosecha». (…) Les decía esto para reprimirles sus altos sentires e instruyéndolos al mismo tiempo para que tuvieran gran confianza y demostrándoles que ya había precedido el mayor trabajo.

Y aún mayores milagros haréis vosotros cuando os envie el Paráclito

Lunes de la 14a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,18-26.
Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá».
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto,
pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada».
Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó curada.
Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo:
«Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de él.
Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó.
Y esta noticia se divulgó por aquella región.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Romano el Melódico (?-c. 560)
compositor de himnos

Himno 23, Sobre la hemorroisa
«Si consigo tocarle tan sólo el manto, me curaré»
Me postro delante de ti, Señor, igual que la mujer que padecía hemorragias, para que me liberes del sufrimiento y me concedas el perdón de mis faltas, y con el corazón lleno de compunción pueda exclamar: «Salvador, sálvame»…Ella iba hacia ti escondida, Salvador, porque pensaba que eras simplemente un hombre, pero su curación le ha enseñado que tu eres Dios y hombre a la vez. Secretamente ha tocado la franja de tu manto, con su alma llena de temor..., diciéndose: «¿Cómo lo haré para ser vista de aquél que lo observa todo, yo que llevo la vergüenza de mis faltas? Si el Todo-Puro ve el flujo de sangre, se apartará de mí como a impura que soy, y será para mi mucho más terrible que mi herida si me da la espalda a pesar de mi grito: Salvador, sálvame. «Viéndome, todo el mundo me empuja: ‘¿Dónde vas? ¡Ten en cuenta tu vergüenza, mujer, tu sabes quien eres, y de quien quieres ahora acercarte! Tú, la impura ¡acercarte al Todo-Puro! Ves primero a purificarte, y cuando hayas secado la mancha que llevas encima, entonces podrás ir hacia él gritando: Salvador, sálvame.’ «¿Queréis causarme aún más pena de la que tengo por mi propio mal? Sé muy bien que él es puro, y es por eso que quiero llegar a él, para ser liberada del oprobio y de la infamia. No me impidáis, pues, de gritar: Salvador, sálvame. «La fuente hace manar sus oleadas para todos, ¿con qué derecho queréis obstruirla?... Sois testigos de sus curaciones... Todos los días nos anima diciendo: ¿Venid a mí, vosotros a quienes los males os agobian: yo os podré aliviar’ (Mt 11,28) A él le gusta dar la salud a todos. Y vosotros, ¿por qué me tratáis con rudeza impidiéndome de gritar...: Salvador, sálvame? »... Aquél que lo sabe todo... se gira y dice a sus discípulos: «¿Quién me ha tocado la franja del manto? )Mc 5,30)... ¿Por qué me dices, Pedro, que una gran multitud me apretuja? Ellos no tocan mi divinidad, pero esta mujer, a través de mi vestido visible, ha captado mi naturaleza divina y ha conseguido la salud gritándome: Señor, sálvame... «Sé valiente, mujer... Desde ahora, recobra la salud... Ésta no ha sido obra de mi mano sino obra de tu fe. Porque son muchos los que han tocado mi vestido, sin obtener la fuerza porque no tenían fe. Tú, me has tocado con gran fe, has recibido la salud, y por eso te he llevado ahora delante de todos para que digas: Señor, sálvame.»

El que sabe perder es el que gana

El yugo del Señor es ligero y suave, nos da libertad porque hace que estemos desapegados no solo de las pasiones de la carne, sino de todas las ideologías antihumanistas con las que los ingenieros sociales, al servicio de las elites, tratan de manipularnos para someternos.

La consigna de Jesús bien sencilla, la humildad y la mansedumbre, es decir la obediencia.

14o domingo del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 11,25-30.

Jesús dijo:
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Elredo de Rieval (1110-1167)
monje cisterciense

El espejo de la caridad, I, 30-31 (Traducción: P. Germán Díez Martínez, o.e.s.o.)
«Encontrareis vuestro descanso»
Por lo tanto, los que se quejan de la aspereza de este yugo, quizás es porque, o no abandonaron plenamente el gravísimo yugo de la concupiscencia mundana, o, abandonándolo, volvieron a tomarlo con mayor confusión suya… ¿Qué hay más dulce o qué más tranquilo que no angustiarse por los torpes movimientos de la carne…?
En fin, ¿qué hay tan próximo a la tranquilidad divina como no conmoverse por las injurias recibidas, ni asustarse por ningún daño o persecución; tener igual constancia en los sucesos prósperos que en los adversos y tratar igual al amigo y al enemigo, haciéndose semejante al que «hace salir su sol sobre buenos y malos, y deja caer la lluvia sobre justos e injustos»? (Mt 5,45).
Todo esto se encuentra en la caridad, y no se halla sino en la caridad. En ella está la verdadera tranquilidad, la verdadera suavidad, porque ella es el yugo del Señor, y si la tomamos invitados por el Señor, encontraremos descanso para nuestras almas, pues «el yugo del Señor es suave y ligera su carga». Por último, «la caridad es paciente, es benigna, no tiene celos, no obra mal, no se infla, no es ambiciosa» (1Co 13,4-5).
Las demás virtudes son para nosotros, o como vehículo para el cansado, o como viático para el caminante, o como linterna para alumbrar en la oscuridad, o como arma para los que luchan; mas la caridad, aunque como las restantes virtudes es necesaria para todos, sin embargo, es descanso en especial para el fatigado, morada para el caminante, plenitud de claridad para el que llega y perfecta corona para el vencedor.

No necesitan médicos los sanos, sino los enfermos

Porque te reprochas tantas cosas y eres tan duro juzgando tú pasado y tú imposible regeneración cuando hace tiempo Dios llega cada día a tú casa, por medio de este evangelio, se sienta a la mesa a hablar contigo y te dice: a mi vista no tienes precio ni pasado por el que pagar, ni etiquetas porque todo conmigo es posible, yo hago nueva todas las cosas. Es más, tú eres la niña de mis ojos un diamante en bruto que deseo adquirir para que tú infelicidad termine y tú alegría rebose hasta la eternidad.

Viernes de la 13a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,9-13.
Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos.
Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.
Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he vendido a llamar a los justos sino a los pecadores.
Santa Catalina de Siena (1347-1380)
terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa

Himno a la misericordia (Jésus Christ notre Résurrection, Cerf, 1980),
¡Misericordia que das vida!
¡Oh misericordia eterna, que cubres las faltas de tus criaturas! No me asombra escuchar a los que salen del pecado mortal para volver a ti, que les hayas dicho: “Jamás me acordaré de tus ofensas”. ¡Oh misericordia que procede de tu Divinidad, Padre eterno, que con poder gobiernas al mundo entero! En tu misericordia fuimos creados y en tu misericordia la sangre de tu Hijo nos ha recreado. Tu misericordia nos protege e hizo luchar a tu Hijo en el leño de la cruz, la vida luchó contra la muerte y la muerte contra la vida. Combate en el que la vida venció a la muerte del pecado, la muerte del pecado toma la vida corporal del Cordero inmaculado. ¿Quién permanece vencido? La muerte. ¿Quién la causó? Tu misericordia. Tu misericordia da la vida. Difunde la luz que hace conocer la clemencia para toda criatura, justos y pecadores. Tu misericordia brilla sobre los santos en las alturas del cielo y si miro la tierra, abunda tu misericordia. Mismo en las tinieblas del infierno alumbra tu misericordia, ya que no infliges a los damnificados toda la pena que merecerían. Tu misericordia suaviza la justicia. Por misericordia nos has lavado en la sangre, por misericordia has querido vivir con tus criaturas. (…) ¡Misericordia, el corazón se inflama al pensar en ti! Donde sea que me vuelva, sólo encuentro misericordia.

“Levántate, Amada mía y ven…”

Jueves de la 13a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 9,1-8.
Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad.
Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados».
Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema».
Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué piensan mal?
¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o ‘Levántate y camina’?
Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».
El se levantó y se fue a su casa.
Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

San Gregorio de Nisa (c. 335-395)
monje, obispo.

“Levántate, Amada mía y ven…” (Ct 2,10)
“Levántate, Amada mía y ven” (Ct 2,10). No basta levantarte de tu caída, dice el Esposo, avanza y progresa en el bien hasta el final de tu carrera hacia la virtud. Lo enseña la historia del paralítico. El Verbo no sólo lo hace levantar de su camilla, sino que lo anima a caminar (Mt 9.5). El movimiento de caminar, pienso que significa la progresión y crecimiento en el bien. “Levántate y ven”, ¡qué fuerza en esta orden! La voz de Dios es realmente una voz de poder, dice el salmista “Él hace oír su voz poderosa” (Sal 68,34) y “Porque él lo dijo, el mundo existió, él dio una orden y todo subsiste” (Sal 32,9). En el Cantar, dice también a la que se ha acostado “Levántate y ven” y enseguida su palabra deviene acto. A penas ella recibió la fuerza del Verbo, ella testimonia del Verbo que la llama “Levántate, Amada mía y ven, mi paloma” (Ct 2,13-14). (…) Lo mismo que la Esposa había tomado la apariencia de la serpiente cuando yacía en tierra y fijaba los ojos sobre él, igualmente en cuanto ella se levantó y tornó su rostro hacia el Bien, rechazando el mal, ella toma la apariencia del que contempla. Se vuelve hacia la belleza arquetipo y aproximándose a la luz, se transforma en luz. En la luz, refleja la hermosa forma de la paloma y la forma de paloma revela la presencia del Espíritu Santo.

¿Que quieres de mí?

Hasta los demonios confiesan lo que muchos humanos se niegan admitir, a saber, la divinidad y el poder de Jesús.

El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 8,28-34.

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino.
Y comenzaron a gritar: «¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?»
A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.
Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara».
El les dijo: «Vayan». Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.
Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados.
Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Concilio Vaticano II
Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual “Gaudium et spes”
La libertad humana: “la gente le suplicaron que se marchara de aquella región”
Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador (Rm 1,21-25). Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como a su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación.

Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al “príncipe de este mundo” (Jn 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.

A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación.

¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?

Martes de la 13a semana del Tiempo Ordinario
Evangelio según San Mateo 8,23-27.
Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron.
De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía.
Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!».
El les respondió: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?». Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.
Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
religiosa

Diario, nº 1000 (La Divina Misericordia en mi alma, Editorial Padres Marianos 4ª edic. autorizada Stockbridge, Massachussets 2001, p. 216)
¡Protege a las almas del desastre, oh Jesús!
En el terrible desierto de la vida,
Oh mi dulcísimo Jesús,
Protege a las almas del desastre,
Ya que eres el manantial de la misericordia.

Que el resplandor de Tus rayos,
Oh dulce Guía de nuestras almas,
Con la misericordia cambie el mundo,
Y al recibir esta gracia, sirva a Jesús.

Debo recorrer un largo camino escarpado
Pero no tengo miedo de nada,
Porque para mi brota la fuente pura de misericordia,
Y con ella fluye la fuerza para los humildes.

Estoy agotada y rendida,
Pero la conciencia me da testimonio,
De que hago todo para la mayor gloria de Dios,
El Señor es mi descanso y mi herencia.

No creo porque veo, veo porque en Jesús creo

03 Julio

Santo Tomás, apóstol
El Evangelio del día
Evangelio según San Juan 20,24-29.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».
Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».

Benedicto XVI
papa 2005-2013

Audiencia general del 27.09.06
«Mi Señor y mi Dios»
Es bien conocida y proverbial la escena de Tomás, el incrédulo, ocurrida ocho días después de Pascua. En un principio, no había creído que Jesús se hubiera aparecido en su ausencia y había dicho: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos, si no meto la mano en su costado, no lo creo». Lo que, en el fondo, significan estas palabras es que Jesús, desde ahora, es reconocible no sólo por su rostro, sino por sus llagas. Tomás piensa que los signos por los cuales es reconocida la identidad de Jesús son, desde ahora y por encima de todo, las llagas a través de la cuales se nos revela hasta qué punto nos ha amado. En esto el apóstol no se equivoca. Como lo sabemos bien, ocho días más tarde, Jesús aparece de nuevo en medio de sus discípulos, y esta vez Tomás está presente. Y Jesús les interpela: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente». Tomás reacciona con la confesión de fe más bella de todo el Nuevo Testamento: «¡Señor mío y Dios mío!». San Agustín comenta respecto a esta escena: Tomás «Veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien no veía ni tocaba. Pero lo que vio y tocó le condujo a creer en lo que había dudado hasta entonces» (Sobre S. Juan 12,5). El evangelista prosigue con una última palabra de Jesús a Tomás: «¿Por qué me has visto. Tomás, has creído? Dichosos los que crean sin haber visto»…El caso del apóstol Tomás es importante para nosotros, al menos, por tres razones: la primera, porque nos reconforta en nuestras inseguridades; la segunda, porque nos muestra que toda duda puede desembocar en una salida luminosa, más allá de toda incertidumbre; y por fin, porque las palabras que Jesús le dirige nos recuerdan el verdadero sentido de la fe que ha madurado y nos alienta a seguir, a pesar de las dificultades, en nuestro camino de adhesión a su persona

Nunca vi a nadie con tanta fe

Evangelio según San Mateo 8,5-17.
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole»:
«Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente».
Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo».
Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.
Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: ‘Ve’, él va, y a otro: ‘Ven’, él viene; y cuando digo a mi sirviente: ‘Tienes que hacer esto’, él lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe.
Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos».
en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes».
Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído». Y el sirviente se curó en ese mismo momento.
Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre.
Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo.
Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y curó a todos los que estaban enfermos,
para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: El tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades.

Comentario: Basilio de Seleucia (¿-c. 468)
obispo

Homilía 19 sobre el centurión
«Muchos vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán… en el Reino de los cielos»
En el Evangelio he visto al Señor hacer muchos milagros y, asegurado por ellos, consolido mi voz temerosa. He visto al centurión echarse a los pies del Señor; he visto a las naciones mandar a Cristo sus primeros frutos. Todavía la cruz no ha sido levantada y ya los paganos se apresuran a ir hacia el maestro. Todavía no se ha oído: «Id, enseñad a todas las naciones» (Mt 28,19) y ya las naciones acuden apresuradamente. Empiezan su camino antes de sentir la llamada, arden en deseo del Señor. A penas se ha dejado oír la predicación y ya se apresuran hacia el que predica. Todavía es enseñado Pedro… y ya se reúnen entorno de aquel que les enseña, todavía no ha resplandecido, bajo el estandarte de Cristo, la luz de Pablo y ya las naciones vienen a adorar al rey con incienso (Mt 2,11). Y he aquí que ahora un centurión le ruega diciéndole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». Y ya tenemos un nuevo milagro: el criado cuyos miembros están paralizados, conduce a su amo al Señor; la enfermedad del esclavo da la salud a su propietario. Buscando la salud de su criado, es conquistado por Cristo.

El que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.


El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 8,1-4.
Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud.
Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme».
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». Y al instante quedó purificado de su lepra.
Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio».

Comentario: Simeón el Nuevo Teólogo (c. 949-1022)
monje griego

Himno 30
«Jesús lo tocó diciendo: ¡quiero, queda limpio!»
Antes que brillara la luz divina,
no me conocía a mí mismo.
Viéndome entonces en las tinieblas y en la prisión,
encerrado en un lodazal,
cubierto de suciedad, herido, mi carne hinchada…,
caí a los pies de aquél que me había iluminado.
Y aquél que me había iluminado toca con sus manos
mis ataduras y mis heridas;
allí donde su mano toca y donde su dedo se acerca,
caen inmediatamente mis ataduras,
desaparecen las heridas, y toda suciedad.
La mancha de mi carne desaparece…
de tal manera que la vuelve semejante a su mano divina.
Extraña maravilla: mi carne, mi alma y mi cuerpo
participan de la gloria divina.

Desde que he sido purificado y liberado de mis ataduras,
me tiende una mano divina,
me saca enteramente del lodazal,
me abraza, se echa a mi cuello,
me cubre de besos (Lc 15,20).
Y a mi que estaba totalmente agotado
y que había perdido mis fuerzas
me pone sobre sus hombros (Lc 15,5),
y me lleva lejos de mi infierno…

Es la luz que me arrebata y me sostiene;
me arrastra hacia una gran luz…
Me hace contemplar por que extraño remodelaje
él mismo me ha rehecho (Gn 2,7) y me ha arrancado de la corrupción.
Me ha regalado una vida inmortal
y me ha revestido de ropa inmaterial y luminosa
y me ha dado sandalias, anillo y corona
incorruptibles y eternas (Lc 15,22).

La hipocresía al descubierto

Interesante el comentario a la lectura de hoy.

Miércoles de la 12a semana del Tiempo Ordinario
El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 7,15-20.
Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?
Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos.
Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.
Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego.
Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.

Comentario: San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

Explicación del Sermón de la Montaña, cap. 24, §80-81
“Por sus frutos los conoceréis”
        Preguntémosnos sobre qué frutos el Señor quiere llamar la atención para reconocer el árbol. Algunos consideran como frutos lo que constituye las vestiduras de las ovejas, así los lobos pueden engañarlos. Quiero indicar aquí los ayunos, las oraciones, las limosnas y todas las obras que pueden ser hechas por los hipócritas. Sin esto Jesús no habría dicho: «Absteneos de hacer justicia delante de los hombres, para llamarles la atención » (Mt 6,1)… Muchos dan a los pobres por ostentación y no por benevolencia; muchos rezan o más bien parece que rezan, pero no lo hacen por Dios sino más bien por la estima de los hombres; muchos ayunan y fingen una austeridad asombrosa, para atraerse la admiración de los que ven sus obras. Todas estas obras son engaños… El Señor concluye que estos frutos no son suficientes para juzgar el árbol. Las mismas acciones hechas con una intención recta y en verdad constituyen la vestidura de las ovejas auténticas…

        El apóstol Pablo nos dice por qué frutos reconoceremos el árbol malo: «Es fácil reconocer las obras de la carne: desenfreno, impureza, obscenidad, idolatría, brujería, odios, disputas, celos, cólera, disensión, sectarismo, rivalidades, borracheras, rencillas y cosas semejantes » (Ga 5,19-20). El mismo apóstol nos dice seguidamente por qué frutos podemos reconocer un árbol bueno: «Pero al contrario los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fe, humildad y control de sí» (v. 22-23).
Hay que saber que la palabra «alegría» se toma aquí en su sentido propio; los hombres malvados en sentido propio ignoran la alegría, pero conocen el placer… Es el sentido propio de la palabra, lo que sólo los buenos conocen; «no hay alegría para los impíos, dice el Señor» (Is 48,22). Lo mismo ocurre con la fe verdadera. Las virtudes enumeradas pueden ser disimuladas por los malos y los impostores, pero no engañan al ojo límpio y puro capaz de discernirlo.

Estrecho el camino que lleva a la vida.

El Evangelio del día
Evangelio según San Mateo 7,6.12-14.
No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos.
Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí.
Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.

Comentario: San Juan Pablo II (1920-2005)
papa

Discurso en París, 30 de mayo 1980
“Es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida.” (Mt 7,14)
Os quiero animar a seguir por el camino del evangelio, una vía estrecha, es verdad, pero una vía real, segura, recorrida por generaciones de cristianos, enseñada por los santos…Es el camino por donde vuestros hermanos en la Iglesia universal se esfuerzan por avanzar. Este camino no pasa por la resignación, por la renuncia o por el abandono. No conduce a una relativización del sentido moral, más bien desearía que la ley civil ayudara a elevar a la persona humana. No busca enterrarse a si misma, a permanecer desapercibida, sino que requiere la audacia gozosa de los apóstoles. Rechaza la pusilanimidad, mostrándose al mismo tiempo respetuosa frente a los que no comparten su mismo ideal… “Reconoce, oh cristiano, tu dignidad!” decía San León Magno. Y yo, su indigno sucesor, os lo digo a vosotros, hermanos y hermanas míos: Reconoced vuestra dignidad. Sed orgullosos de vuestra fe, del don del Espíritu que el Padre os ha otorgado. Vengo a vosotros como un pobre, con la única riqueza de la fe, peregrino del evangelio. Dad a la Iglesia y al mundo el ejemplo de vuestra fidelidad sin desfallecer y de vuestro celo misionero. Mi visita entre vosotros quiere ser... una llamada a un nuevo ímpetu ante las tareas múltiples que se ofrecen a vosotros

La lámpara del cuerpo es el ojo

Jesús dijo a sus discípulos:
No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban.
Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben.
Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado.
Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!

Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301)
monja benedictina

El Heraldo, III (SC 143, Œuvres spirituelles, Le Héraut, Livre III, Cerf, 1968),
*“Allá donde está tu tesoro estará también tu corazón”*
Buscando comprender el designio en el que algunas personas reciben en el Oficio litúrgico un abundante alimento espiritual y otras permanecen en la aridez, Gertrudis recibió esta luz: “El corazón fue creado por Dios para contener la alegría espiritual como un recipiente contiene el agua. Pero si en ese recipiente agujeros imperceptibles dejan escapar el agua, al final, puede perderse y estar completamente seco. Lo mismo ocurre con la alegría espiritual contenida en el corazón humano. Si se deja perder al ser liberados los sentidos corporales – vista, olfato y los otros sentidos- para actuar a su propio gusto, ella termina por perderse y el corazón se queda vacío de la alegría en Dios.

Todos podemos hacer la experiencia. Si una mirada o una palabra inútil o de poco beneficio, le provocan envidia y cede a ella, la alegría espiritual se escurre como el agua. Al contrario, si por el amor de Dios uno se esfuerza por contenerse, la alegría crece en el corazón al punto que casi cuesta portar el exceso. Así, cuando en tales ocasiones un hombre aprende a dominarse, la alegría divina le deviene familiar. Cuanto más grande hubiere sido el esfuerzo de su disciplina, más sabrosas serán las delicias que descubrirá en Dios”.