IDENTIDAD SECUETRADA. 7 Entrega

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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

3 Cap. EL INTERNADO

1 PRUEBA DE APTITUD PARA ENTRAR EN EL SEMINARIO

Mi infancia en el pueblo iba llegando a su término, ese mismo verano tenía que pasar una prueba de aptitud. Así la llamaban a la que se hacía a los postulantes a seminaristas con vistas a evaluar su “madurez”. 

El día que pisé el suelo del internado fue especialmente señalado para mí, era el primero, desde mi nacimiento, en que mi madre me dejaba solo por varias semanas lejos del hogar familiar. En mi retina quedó registrada, para siempre, la imagen de su rostro con un rictus, entre afligido y abnegado, mientras se alejaba dejando tras sus pisadas, de espaldas a mí, una espaciosa escalinata, revestida de frío mármol, por la que se accedía primero al hall de entrada y después a la calle. 

Ese día fue la segunda vez que se cortó el cordón umbilical que nos unía; en esta ocasión, en cambio, se trataba del cordón afectivo; el de la cercanía y la historia compartida bajo el mismo techo por más de una década. De esta manera mi madre dejó suspendida, por un tiempo, parte de su vida, que era la mía, para que yo comenzase, en solitario, otra nueva alejado de ella. Mientras la observaba en retirada yo me descubrí, dentro de mí mismo, indefenso frente a lo desconocido. Aquel mal trago, no obstante, lo pasé en un santiamén; tenía once años recién cumplidos y, ávido de novedad como estaba, me distraía con el vuelo de una mosca; las mismas que no faltaban en el lugar, porque estábamos en septiembre, mes en él que las susodichas venían a succionar, sin descanso, las últimas gotas de sangre, de algún malandrín despistado, antes de sucumbir a las gélidas temperaturas invernales. Esto quería decir, pues, que si me iba mal con los colegas ya tendría para emplearme cazando dípteros. 

Por cierto, hablando de moscas, he observado que cada vez hay menos por mi tierra, prácticamente ninguna, supongo que debido a los plaguicidas que, con abundancia, se utilizan en la agricultura. Espero que con ellas no se extingan, también, las aves que las tenían como fuente de alimentación.

Algunos de los recuerdos ya citados, relacionados con mi entrada en el seminario y otros más, han resurgido en estos últimos días coincidiendo con mis paseos matinales. En dichas salidas pude observar, a pie de calle, como algunos chavales, barbilampiños, transportaban enseres, que luego cargaban en el maletero del coche estacionado junto al acerado de sus casas. Pero no fue esto lo que más me llamó la atención, sino ver a sus madres, con el rostro alicaído y dubitativo, seguir los movimientos de sus hijos en el trajín de la mudanza. En su semblante ensombrecido pude captar con precisión, por la fecha en la que estábamos, finales de septiembre, que se trataba de jóvenes estudiantes que se dirigían a la universidad o algún colegio superior por primera vez. Fue contemplando esas escenas donde atrapé, en un viaje instantáneo al pasado, el rostro de mi propia madre −con una mezcla de dolor y de esperanza− despidiéndose de mí en un día interminable de septiembre, sobre las escalinatas frías e impasibles de mármol, en el Seminario. 

Como se trataba de una prueba de adaptación y de actitud, no tuve problema en superarla, ya que nunca me caractericé por buscar conflictos a iniciativa propia. Por otro lado, los educadores pretendían que nos fuésemos contentos a casa. Dejar un buen recuerdo en la memoria del postulante, era la manera de captarnos para que estuviésemos de vuelta en el Seminario, unas semanas después, con el arranque del curso académico. Supongo que los educadores y el superior tendrían muy en cuenta aquello que se nos dice el evangelista Mateo en el Cap. 9, 37-38 La mies es mucha, pero los obreros pocos. Por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Mi duda ante esta afirmación, es la siguiente: ¿Habrán entendido todos los pastores de la Iglesia que son obreros para la mies en lugar de administradores de la misma? 

El edificio del seminario impresionaba por sus dimensiones, las cuales yo sobredimensionaba sin saberlo, más de lo normal, porque lo miraba desde abajo; en la estatura de un niño de poco más de diez años. A este hecho habría que añadir otro no menos importante para que el edificio me pareciese faraónico: los seminaristas estaban de vacaciones y, por consiguiente, el seminario desolado y silencioso, parecía aún mayor en sus espacios. No sé si el arquitecto que diseñó el edificio con tamañas proporciones lo hizo por ser éste el estilo de la época o, tal vez, con ideas futuristas: si fue por lo último se equivocó notablemente, porque al paso que vamos o viene el fin del mundo o los curas empezarán a ser, en la vieja Europa, reliquias del pasado. 

Es más, en relación con lo comentado, personalmente me molestó una de las últimas campañas para atraer a jóvenes al seminario. Se enfocaba en lo material (“tendrás una paga asegurada de por vida” decía el slogan) en lugar de resaltar la experiencia de fe que llevó a algunos de esos jóvenes a servir a Dios como sacerdotes. Las convicciones mueven a las personas, especialmente cuando proceden de Dios; las seguridades, en cambio, terminan derrumbándose cuando vienen servidas de la mano de ídolos de barro como el dinero. Así es, entre otras razones, porque nada de lo que está sujeto al tiempo y al espacio es permanente y colma las inquietudes de eternidad, de bien y felicidad que todo hombre lleva inscrito en su alma.  

En uno de aquellos pasillos interminables del seminario, con bóvedas que rozaban el cielo (a mí me lo parecía por entonces) hice infinidad de carreras en mis primeros años de internado sin un fin específico; de cualquier modo, pensándolo bien, de pequeños hacemos las cosas sin un propósito determinado, solamente porque sí. ¡Que previsible nos hemos vuelto, y qué importante sería que nos volviéramos de nuevo como niños tal y como nos propone el Jesús; especialmente desde el corazón! así nos alejaríamos de hacer juicios temerarios y análisis psicológicos etiquetando a las personas. En el juego de la vida debería pasar como en los juegos de los niños; allí no sobra nadie, lo que importa es pasarlo bien, compartir, avanzar en el juego, y llegar a casa radiantes de alegría porque se hizo un nuevo amigo”.

Sin un propósito, pues, elegía el más alargado de aquellos pasillos como hangar de aviones, donde extendía mis brazos en cruz (hermosa cruz, la que abrazó a la humanidad para redimirla de su ensimismamiento y antropofagia), tomando carrera, para despegar a toda velocidad del suelo. El mismo que años después me devoraría, por mor de mi orgullo, por la mezquindad de algunos compañeros y por una mala dirección de un superior.

Por la noche los monitores nos sacaban al patio donde montaban una especie de fuego de campamento, sin más llama encendida que la de las estrellas. Dichas veladas las aprovechaban los educadores con fines didácticos para enseñarnos canciones y juegos, también nos leían fábulas y pasajes bíblicos. Con estos entretenimientos nos hacían, según el caso, pensar o soñar; todo estaba diseñado para obtener una pesca abundante entre los postulantes a seminaristas. Fue así como ingresé unas semanas después, con once años y pocos meses, en el lugar en el que transcurrirá la última etapa de mi niñez, seguida de la adolescencia y parte de mi juventud. En este lugar viviría, sin intuirlo en ese momento, lo que terminaría convirtiéndose, a la postre, en una de las etapas más conflictivas de mi vida y, con ésta, ya sería la segunda. Hoy, después de muchos años, vista desde los ojos de la fe, la valoro como positiva, en tanto que Dios la permitió, pues así se nos pone de manifiesto en (Romanos 8, 28) “…para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien…”. De tal manera que ese camino tortuoso, por el que tuve que pasar, debía ser uno de los posibles y necesarios para que finalmente tuviese un encuentro más profundo con Dios y conmigo mismo. 

2 EN EL VIAJE

Superada la prueba, pocas semanas después, comenzaría el curso académico. La noche anterior al ingreso no había dormido demasiado y eso que, por entonces, dormía como un koala recién almorzado. Tenía la sensación de que perdería mi libertad en el seminario, lo cual me entristecía. Este pensamiento lo atenuaba con la creencia de que, saliendo del pueblo, alcanzaría la paz que me habían robado durante muchos años los que me injuriaban con acusaciones falsas.

El viaje desde mi ciudad al seminario, en esta ocasión, se me hizo más largo que el anterior. Nos desplazamos en un autobús de línea, mi madre y yo, a un pueblo cercano del que saldría más tarde otro, itinerante, cuyo destino final era la capital de provincia, donde se encontraba el seminario. Una vez en camino, por detrás del cristal de la ventanilla distinguí, de entre el ocre terruño, un verde esmeralda que ponía al descubierto las primeras hierbas surgidas tras la estación seca del verano. Por encima del pasto, el horizonte se revestía de una luminiscencia anaranjada, que presagiaba la estación de las hojas muertas: estación del año que nos invita a meditar y a despojarnos de lo que nos sobra para renacer luego, en primavera, renovados de esperanza, de propósitos y de deseos de amar y ser correspondidos. 

No llevaba demasiado tiempo deleitándome con el apacible y sempiterno paisaje de mi tierra, extremeña, poblado de encinares y habitado de toros, ovejas, cerdos, cigüeñas y un sinfín de aves en tránsito hacia parajes más cálidos, cuando mi magín se vio poblado de nostalgia por lo que dejaba atrás; pensaba para mis adentros, en que sería de mí, una vez ingresara en el internado, sin poder disfrutar de las correrías en bicicleta, de los cantos que alegraban mi alma, de las salidas al campo que me llenaban de vitalidad y sin una familia donde apoyarme. Con ese pensamiento se diluyó la visión externa, por un paisaje interior de melancolía, en forma de fotogramas que, saltando rápidamente por detrás de mis vidriosas pupilas, me llevaron a contemplar de escena en escena, las flores diminutas que arranqué en las eras; las etéreas y vistosas mariposas blancas que ya no me traerían buenas noticias; los pajarillos que perseguí a la carrera y que nunca atrapé; las lagartijas y las avispas castigadas; las moscas desaladas; las folclóricas mariquitas respetadas; las monstruosas sombras en la pared; las crisálidas de los gusanos de seda auscultadas; el trepar a los árboles para observar a las crías de pájaros, con sus desabrigados cuellos, reclamando su ración de insectos; el trigal donde me adentraba sin ser visto para escapar del mundo; la visita a las arañas bajo los puentes en la carretera; y a mi padre de vuelta a casa después de ganarse el pan con el que, posteriormente, mi madre me daría a degustar el sabroso caldo del almuerzo.

En el asiento contiguo iba mi mamá muy callada y pensativa, seguramente elucubrando sobre si la decisión de enviarme al seminario sería la acertada: éramos una familia humilde y yo el único de los hermanos que salía fuera de casa para cursar estudios. Si no recuerdo mal ésa fue la única ocasión en la que vi a mi madre permanecer en silencio durante tanto tiempo seguido. En esa atmósfera de futuro incierto que ambos respiramos, las horas en el autobús se me hicieron de una densidad tan aplastante que tomé la decisión, una vez que se me fue atenuando la nostalgia por lo que dejaba atrás, de canturrear por lo bajinis en el intento de contrarrestar, por un lado, los silencios y, por otro, la prohibición que yo pensaba habría de cantar en el seminario. En la creencia anterior no erré mucho, ya que posteriormente permanecí en silencio durante muchas horas en el seminario; no porque nos impidiesen cantar, sino por los castigos a los que nos sometían superiores y educadores, debido al incumplimiento de alguna de las normas del lugar.

Como mi mamá debía regresar al pueblo, allí me soltó como el que suelta una prenda, en la casa de empeño, para rescatarme después en mejores circunstancias. No se había marchado, aún, cuando me acerqué a dos chicos, de mi edad, uno de los cuales me recibió con una patada al aire, a lo que yo respondí con un gesto cómico −como si, realmente, me hubiese alcanzado en la boca del estómago− tratando de caer bien para hacer amistad con ellos. Los futuribles compañeros no respondieron a mi intento de acercamiento, por lo que en ese momento me sentí solo, como solo estuve la mayor parte de mi vida; a diferencia que, en esta ocasión, el escenario en el que me encontraba apuntaba a lo más alto, a Dios mismo. 

Mi madre después de presenciar la escena desapareció, sin decir palabra, como por ensalmo, antes que yo me apercibiera de ello; tal vez con intención de esconder alguna lágrima en su rostro apenado. No obstante, si mal no recuerdo, jamás le vi asomar a sus mejillas una sola de esas translúcidas gotas; mi mamá estaba forjada con el temple de los titanes, aunque nunca supe el secreto de esa entereza. Muchos secretos se llevó mi madre con ella, espero que me los revele algún día en el cielo, aunque quizás allí, ya de nada importen las veleidades sufridas en esta tierra. Así debe ser, porque, al participar de la plenitud de Dios, pocos espacios huecos quedarán, probablemente ninguno, para rellenar los vacíos con los que nuestra alma parta a su encuentro.

El incidente a la entrada del colegio, con los que luego serían mis compañeros, pasó sin pena ni gloria (aunque quedara en mi subconsciente como se desprende de este mismo relato) y pronto pude hacer amistades con otros chavales adaptándome sin problemas a la nueva familia −por cierto, muy numerosa− que acababa de encontrar en la búsqueda de mi propio camino; un camino que nunca tuve de todo claro. Creo que terminaré por jubilarme sin saber muy bien a que entregarme: el caso es que a pesar de ello nunca estoy ocioso. 

3 CON LOS ESTUDIOS

Más difícil que adaptarme a las personas, fue adaptarme a los estudios con sus exigencias. Desde el pueblo arrastraba un déficit importante, de conocimientos académicos, por mor de un inepto profesor que tuve los dos últimos años que cursé allí.  Y no sólo eso, sino que a lo anterior se sumaba mi exigua memoria y mi atención dispersa. De este modo, a causa de ese cóctel carencial, pasé momentos muy angustiosos; especialmente cuando los profesores hacían preguntas eligiendo en el aire, a dedo, al primero que cayese en su ángulo de mira. Esa merma en los estudios la llevé como una rémora, demasiado pesada, mientras se prolongó mi vida académica. Sin embargo, aquella insuficiencia la iba supliendo con ingenio y picardía heredados con toda probabilidad de los genes de mí querido padre. 

De modo particular me viene a la memoria un episodio relacionado con la sustracción de un examen de final de curso, por parte de un alumno al profesor de francés; unos de los pocos profesores, por cierto, laicos que allí nos impartían clase. Después de analizar el suceso detenidamente en la distancia del tiempo, me da que pensar, por las excentricidades del profesor (demasiado notorias), si no sería él mismo, quien entregó el examen de fin de curso a uno de mis compañeros para que nos lo pasase al resto de la clase. El tal profe, cuyo nombre no recuerdo ahora, estudió en París donde le pilló de lleno el Mayo Francés del sesenta ocho. Y dicha experiencia, quieras que no, tuvo que dejarle alguna secuela.

Como era de esperar todos copiamos el examen, aunque yo lo desvirtué, un poco, con la intención de esconder la trampa. No sé quién fue más ingenuo si el profesor, por “tragarse” que el noventa y nueve por ciento de sus alumnos eran superdotados o yo mismo, por no responder correctamente a todas las preguntas. El asunto es que aprobó a todos mis compañeros menos a mí, motivo por el cual tuve que inventarme una historia creíble para poder, de este modo, sacar nota para beca y de paso no tener que delatar la trampa de mis compañeros. 

Me costó dar el paso, pero aún tuve tiempo para alcanzar al licenciado en el pasillo, pertrecho con todos sus enseres, antes de marchar de vacaciones. Esperé recostado sobre una de las columnas del claustro, hasta que se despidió del último de sus compañeros y, dirigiéndome a él con compunción, le expuse una serie de argumentos, medianamente creíbles, para que me aprobase la asignatura. De este modo, pues, vine a decirle que estudiaría su asignatura durante todo el verano (con suma entrega, eso sí) porque era mi intención, una vez terminase los estudios eclesiásticos, servir como misionero en el Zaire: país francófono hoy conocido como República democrática del Congo.    

El docente que no debía tener muchos amigos porque la clase la dedicaba, casi por entero, a desahogar sus penas contando batallitas personales; entendió la mía particular, y me otorgó el beneficio de la duda con la aprobación de su asignatura. Fue así como salvé con pillería lo que días antes no pude superar con desfachatez.

Con el relato anterior he recordado, también, otra de las muchas contrariedades sufridas en el seminario. Puedo decir, sin deseo de molestar a nadie, que poca o ninguna ayuda obtuve de mis compañeros para superar las limitaciones que tenía con los estudios: los idiomas y los latines no me entraban y cuando pedía ayuda a alguno de los adelantados de mi curso, por sus notas académicas, prácticamente ninguno se prestó para echarme una mano. No obstante, a pesar de las excusas que me presentaban para no hacerlo, creo que debo justificarlos: por lo comentado hasta ahora se puede inferir que no éramos ni ángeles ni santos, y ello porque las personas no cambian el modo de ser, de un día para otro, porque cambien de área geográfica, de familia o de pareja. Además, he de añadir algo de sobras conocido: que la primera escuela es la familia y, como sabemos, la familia no se elige, sino que nos viene dada. Los cambios, por lo general, suelen ser costosos y lentos en el tiempo. 

Si la familia es de suma importancia en el andamiaje de nuestra personalidad, tampoco hay que restar importancia a la genética y al modo de procesar la información que nos llega, después, desde el exterior. Todo lo señalado hasta ahora, más el peso de nuestra propia carne, que inalterablemente tira, una y mil veces, de hombres y mujeres hacia abajo para saciar sus instintos y su ego, me iba ayudando, aunque parezca contradictorio, en mi camino de ascensión, ¿porque qué son, si no, las pruebas de la vida? 

Ya lo decía San Pablo, en Romanos 7, 14-16: “Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley (de Dios) es buena. Se deduce, entonces, de este pasaje bíblico, que el espíritu reconoce la ley de Dios como buena, ya que de lo contrario no acusaría esta al individuo, es decir a nuestra conciencia, de que obra mal. Pero no debemos quedarnos en lo negativo, puesto que, a pesar de esa inclinación hacia el mal, después de la resurrección de Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo, sabemos que podemos vencer, también, la vileza en nosotros, es decir al pecado, que es muerte para el hombre. Así se desprende, igualmente, de otro pasaje de las Escrituras en el Evangelio de San Lucas (18, 25-27) al decirle Jesús a sus discípulos: “Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Los que escuchaban dijeron: Pero entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús respondió: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Ahora bien, para que Dios cincele en nosotros ese hombre nuevo a imagen suya, capaz de vencer el pecado, es necesario el concurso de nuestra fe, de nuestra libertad y de nuestra voluntad; es decir aceptar la palabra de Dios sin acotarla, porque no nos apoyamos en nuestra fuerza ni en nuestros conocimientos limitados y deformados, sino en la Sabiduría infinita de Dios y en su omnipotencia para obrar en nuestra debilidad humana. 

Aterrizando de nuevo en las notas biográficas diré, que, a pesar de los lastres que arrastraba en los estudios desde el pueblo más los personales debido a mi exigua memoria y lentitud mental, fui aprobando cada año todas las asignaturas; incluso pude conseguir beca hasta terminar los estudios de filosofía a los veintiún años; edad en la que dejé el seminario.

4 DISERTACIÓN ACERCA DE LAS PERSONAS Y LAS INSTITUCIONES

Si el tema académico lo llevaba con angustia por lo ya expuesto, en lo tocante a la convivencia con los compañeros, tampoco fue el seminario un paraíso sembrado de árboles, lagos y flores, donde refugiarse de las insidias de las personas. Sin dar más rodeos, tengo que hacer constar que las relaciones humanas, en el seminario, fueron un calco de lo que me había venido sucediendo en el pueblo. La historia se repitió porque, aunque el hombre huya de sí mismo poniendo tierra de por medio para distanciarse de sus problemas, nunca llegará lo suficientemente lejos, contrariamente a lo que espera, como para perder de vista aquello que proyecta de sí mismo como una sombra. De lo comentado, pues, se desprende que mi temperamento seguía siendo el de siempre, rebelde; mi físico, sin haber alcanzado la pubertad, prácticamente el mismo; mis aficiones artísticas las mantenía, igualmente, intactas y sin reprimirlas; y los compañeros no dejaban, por el hecho de estar en ese lugar, de pertenecer a la misma cultura e idiosincrasia de la que formaban parte aquellos, otros, que dejé meses atrás en el pueblo.  

Yo, por mi parte, seguía con mis hobbies, me apunté al coro y al teatro; y cuando llegaba alguna festividad que celebrar en el seminario, cantaba y bailaba si la situación se prestaba a ello. Ocasionalmente lo hacía, también, los domingos por las mañanas, cuando los altavoces nos despertaban con música festiva. Por otro lado, en mi faceta altruista alentaba a algunos compañeros cuando estaban en horas bajas: según la ocasión, unas veces lo hacía resaltando sus cualidades y su trabajo y otras preguntándoles, directamente, por sus pesadumbres cuando los encontraba alicaídos. La libertad era consustancial a mi genética y no podía prescindir de ella aunque estuviese lejos de casa: en su nombre suscribiría, plenamente, unos de los elogios que Cervantes ofrendara a la misma en el Quijote: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida». Muy apropiado para los tiempos que se avecinan.

Por no reprender mis emociones y aficiones delante de mis compañeros, devino lo de siempre; que a algunos de mis compañeros se les despertó su imaginación (seguramente ya la traían despierta de casa), por lo que terminaron viendo fantasmas, donde no los había. De este modo, al cabo de unos meses, fui a tropezar con la misma piedra del acoso, siendo señalado de nuevo con el estigma de la homosexualidad.  

Así pues, nuevamente, el mundo con sus insidias volvía a lo suyo; a arrojarme a la arena del circo para su diversión y yo, por mi parte, también a lo mío; a defenderme como gladiador en medio de leones, sin implorar clemencia, tratando de repeler el insulto con más violencia verbal. Desde luego, mi actitud orgullosa no era para nada evangélica; no seguí, por lo mismo, la recomendación del apóstol Pedro en una de sus cartas (1 Pedro 3,9): «En conclusión, sed todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos y de espíritu humilde; no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendiciendo, porque fuisteis llamados con el propósito de heredar bendición».  

Durante muchos años, aunque parezca lo contrario, fui víctima casi más de mí mismo que de mis agresores. Tarde aprendí, a la sazón, que no es bueno estar siempre a la defensiva, salvo que esto conlleve la renuncia de tus principios; ya que nadar a contracorriente de modo continuo, por años, exige un esfuerzo de titanes que, en alguna etapa de la vida, termina por cobrarse su factura. De haberlo sabido, en aquel momento, no habría trasladado los mismos hábitos que tenía en el pueblo al seminario: ese hubiese sido un buen comienzo para terminar, de una vez por todas, con los malos entendidos y los prejuicios de aquellos que veían, en mi forma de ser y expresarme, lo que en realidad no se estaba dando en mi fuero interno.

Tampoco encontré una persona por esas fechas, tanto fuera como dentro del seminario, que me brindase un consejo eficaz para neutralizar con un antídoto diferente, a lo que yo solía acostumbrar, las saetas envenenadas de los que se burlaban de mí. Y ese consejo no llegó, no porque hubiese mala fe o dejación de funciones en mis superiores, sino porque no estaban preparados para tratar el tema del acoso y la homosexualidad. Por otro lado, he de advertir, que no es lo mismo ser padre de familia que ser pastor de Iglesia, aunque a veces se hayan confundido los términos. Con esa miopía, de no saber distanciarme de mis agresores, se fueron reproduciendo por días sin término las mismas situaciones, que ya viviera en el pueblo, hasta que alcancé la edad de dieciocho años.

En este nuevo escenario, al que ahora se trasladó el acoso, he de aclarar que, el mismo, no venía por parte de todos los compañeros, sino que se trataba de un grupo, reducido, que se hacía indeseable por las afrentas a las que me sometían, reiteradamente, delante del resto de compañeros.

Parecerá increíble, pero el día que dejaron de insultarme supuso un alivio para mí, tal, que podría compararlo con aquel que sentimos al salir de una aterradora pesadilla: con la salvedad que las pesadillas suelen durar unas horas mientras que en este caso el bullying se prolongó durante los años más importantes de mi vida; trece en total, entre el pueblo y el seminario. Sin embargo, no todo se arregló ahí, ya que posteriormente al acoso, noté, para mi sorpresa, que la herida abierta en mi alma, por su causa, se había gangrenado y no dejaría de supurar por ella hasta muchos años después. De ello iré dando detalles a medida que vaya poniendo por escrito, el resto de acontecimientos que se fueron concatenando, a modo de piezas de dominó, para que, llegado el momento propicio, en dos impactos de gran sacudida emocional (por la relevancia de las personas que intervinieron en ellos) lograsen derribar finalmente la estructura natural de mi personalidad.

Por lo demás, la vida en el seminario, aunque angustiosa por el tema del acoso y lo forzado que iba en los estudios tuvo también, como todo en la vida, sus aspectos positivos; entre otros, el despertar a la espiritualidad: allí fui conociendo al Dios de la revelación y de la historia (a Jesucristo) del que apenas había oído hablar hasta entonces; un Dios que se inmola para rescatar a toda la humanidad de su autismo; el mismo en el que yo me encontraba por entonces. También en el seminario se me brindaría la ocasión de acceder al conocimiento del pensamiento humano, a través de los estudios de filosofía; y lo que esto me aportaría luego, en la vida civil, para manejarse con espíritu crítico y analítico.

Por medio de dichos conocimientos, ya, desde bien joven, pude distanciarme de todas las propuestas totalitarias y reduccionistas que encasillan a las personas a una estructura de conocimiento y estilo de vida, único, cerrado y excluyente de cualquier otro. Mesías sólo hubo uno y, además, creíble por su condición divina: no se trataba de un hombre, más, expuesto como cualquier otro hijo de vecino, al error, al ego y a la esquizofrenia. Otro aprendizaje que allí adquirí fue el de la autocrítica por medio de los ejercicios espirituales y la oración; por último, el vivir dentro de un orden y una disciplina, también forjaron mi carácter para no dejarme abatir ante cualquier contratiempo.   

Para que se tenga una idea más amplia de lo que acontecía por esos años en seminario, daré algunos detalles al respecto: La mayoría de compañeros entraban al seminario a la edad de diez, once y doce años; a mi modo de entender, edad demasiado temprana para desarraigar a un niño de lo que tiene que ser el entorno natural de su desarrollo psíquico, el cual no puede ser otro que el de la propia familia. No obstante, se daban situaciones en las que la llamada de Dios, a la vocación sacerdotal, despertaba en algunos jóvenes a edades tardías; vocación que los condujo, en algunos casos, a dejar novia, carrera, e incluso su trabajo.

La convivencia en el internado, por lo general, era buena, aunque entre tantas almas, como suele suceder, surgían conflictos puntuales que se resolvían unas veces a base de disciplina y, otras, con la expulsión temporal o definitiva del alumno a su domicilio familiar. Estas normas de convivencia, no asimiladas por todos, conllevarían a que algunos exseminaristas, años después, guardasen gran resentimiento hacia la institución y hacia los superiores. 

A pesar de la situación de acoso y sufrimiento que padecí en el seminario, no fue así en mi caso, pues comprendí muy pronto que, aun teniendo algún motivo para esa animadversión, era necesario poner en la balanza, junto a las experiencias negativas allí vividas, aquellas otras positivas que, igualmente, recibimos de la institución. Entre las positivas se concretaban, por una parte, para los alumnos que procedían de familias pobres, como ya mencioné, ayudas económicas para sufragar sus estudios y, para todos, en general, una buena preparación, académica, humanística y religiosa.

Es más, ese apoyo continuó fuera del seminario para algunos exseminaristas, a los cuales se les buscó una salida decorosa, tanto para encontrar trabajo como para que siguiesen estudiando en otros centros. Para redundar más en esta visión benévola de la institución, he de añadir que existe una máxima muy conocida, la cual afirma que debemos interpretar los acontecimientos del pasado con perspectiva, es decir, desde el contexto cultural e histórico en los que estos sucedieron: en el caso que me ocupa, no solo eso, sino las peculiaridades del lugar en sí, las cuales trataré de explicar a continuación.

En cuanto al contexto, he de señalar que en los años setenta aún se entendía el castigo físico como un elemento necesario para salvaguardar el respeto, el orden y la disciplina; incluso había refranes, a la sazón, que nadie cuestionaba por entonces. Uno de ellos decía: “quien bien te quiere te hará llorar”. Sin necesidad de caer en los extremos, yo creo, tal y como dijo Henry Moore, que «la parte más importante del éxito está en la disciplina». Tan asumida estaba la cultura del correctivo en ese tiempo, que incluso ocultábamos a nuestros padres el castigo que nos infringían otras personas mayores, por miedo a que ellos volviesen a reprendernos o a castigarnos, nuevamente, por los mismos hechos. 

De esta manera se daba por sentado, hasta comienzo de los noventa, que todo castigo se correspondía, comúnmente, con una mala conducta por parte del joven o del niño. Así se interpretaba, porque no se ponía en entredicho, a no ser que se tratase de un depravado o de un demente reconocido, la buena fe con que actuaban profesores, educadores y, en general, toda persona adulta. 

Yo tampoco dudo, ahora, de la buena fe de los superiores que tuve en el Seminario, aunque sí debo dejar constancia que uno de ellos, en particular, ¡quién sabe en virtud de que categorías mentales o traumas de su mismo pasado! ejercía la disciplina, con mano dura, sin que le temblase el pulso a la hora de imponer un castigo. A pesar de esos correctivos, tengo que expresar que, con respecto a mí persona, nunca llegué a interiorizarlos con resentimiento, más bien los acepté como un elemento necesario para mantener el orden. Y, además, por lo ya mencionado, si los analizo desde su contexto histórico −desde la educación que se impartía por ese tiempo− he de dejar constancia de que esos mismos castigos o similares ya los había sufrido yo, a manos de profesores laicos, en colegios estatales antes de ingresar en el Seminario. Tampoco es que fuese un hecho peculiar de España, pues, por la filmoteca de la época, como se puede deducir del film Los Cuatrocientos Golpes, la educación era similar en el resto de Europa, con ligeros matices, según la idiosincrasia de cada nación.

Señalado lo anterior, tampoco puedo obviar, que hubo otro sacerdote, como contrapunto del anterior, que, anticipándose a los tiempos, intentó suprimir los castigos, más fuertes, que nos ponían los inspectores, como método de disciplina. Los inspectores eran alumnos del seminario mayor que ayudaban a los superiores -sacerdotes- en las tareas de vigilancia y orden de los seminaristas más pequeños. Su área de vigilancia se circunscribía al refectorio, a las aulas en las horas de estudio, a los pasillos en momentos puntuales del día y a la vigilancia de los dormitorios por la noche. La cifra de seminarista menores podría rondar, aproximadamente, los 350 alumnos por esas fechas.

Se daba en el Seminario otra característica que, en sí misma, aglutinaba a la vez una parte de ventura y otra de adversidad: la parte positiva consistía en que guardásemos la inocencia por más tiempo (hablo en general) y la negativa, estribaba, en que al dejar el Seminario te sentías mucho más vulnerable. Me explico: como solamente íbamos al pueblo en vacaciones de verano, por navidad y semana santa, el internado nos mantenía aislados −como en una especie de burbuja protectora− de los problemas reales de la gente en su cotidianidad. De este modo, cuando dejé el internado, a los veintiún años, eché de menos cierta destreza para afrontar los problemas sin que nadie me diese nada hecho y, por otro lado, igualmente, cierta habilidad para relacionarme con la gente. Tal vez estos contratiempos estuviesen especialmente acentuados en mí por dos motivos: en primer lugar, debido a que la estancia en el seminario se prolongó por muchos años, diez en total; y, después, porque, en los periodos de vacaciones, solamente me relacionaba con personas afines a mis creencias; chicos y chicas pertenecientes a un grupo parroquial, los cuales no me tenían etiquetado, a diferencia de los de mi barrio. 

De este modo, pues, una vez que salí del seminario, me encontré inmerso en un ambiente cusi inhóspito para mí: un universo competitivo, despiadado en algunos casos, e individualista; un mundo demasiado alejado, por lo mismo, de la Doctrina Social de la Iglesia y de los valores que me habían inculcado en el seminario de respeto hacia todo el mundo, de entrega a las causas nobles, de solidaridad, etc. 

Con el análisis de esa realidad, ya descrita del seminario y vivida en primera persona, he llegado a la conclusión, para que tomen nota profesores y educadores (no solo los rectores de seminarios, sabiendo que ahora gozan de más libertad), también de otras instituciones que conlleven, por sus características, un alto grado de aislamiento, como centros de menores, cárceles, psiquiátricos, etc., que se deberían impartir asignaturas que tuviesen por finalidad adquirir, en los internos, ciertas habilidades para superar los muchos obstáculos que la vida nos presenta en su día a día. Por citar algunas señalaré estas: habilidades sociales para hacer amistades, buscar trabajo, integrarse en asociaciones, etc., así como otras de tipo manual, por ejemplo, aprender un oficio, cocinar, solucionar averías en el hogar y tener unos conocimientos básicos de primeros auxilios. 

Se trataría, pues, de dotar al chico de destreza mental y manual para que no se paralice ante los obstáculos cotidianos, toda vez que este alcance de nuevo su libertad. Sé que en teoría muchas de estas cosas se conocen, pero también tengo constancia de que no siempre se aplican en la práctica: de ser así, que cada uno cargue con su responsabilidad sin lamentarse, luego, de los atropellos que cometen los jóvenes. 

Todos estos pasajes de mi vida, que traigo a colación en la autobiografía, los doy a conocer, como ya aclaré en el prólogo, sin intención de causar morbo o buscar carnaza para derribar a nadie. Ese ha sido el motivo, también, por el cual no he citado con su verdadero nombre hasta ahora, ni lo haré, a las personas que participaron en aquellos acontecimientos cuando estos se estaban dando. La intención, por tanto, que me mueve a contar todos estos avatares desafortunados −tal y como yo las viví e interioricé− es la de tratar que no se reproduzcan en otras personas evitándoles, así, el mismo sufrimiento por el que yo pasé. También para redargüir, de paso, contra aquellos que juzgan a sus congéneres, a la ligera, sin haber conocido a fondo la historia de sus muchos afanes y quebrantos. Como dice un proverbio amerindio: «No juzgues a tu prójimo antes de haber caminado varias leguas en sus mocasines»

Lástima que tengamos poca capacidad para la reflexión, y para situarnos en el lugar de los otros, porque de ser así no habríamos colaborado, unas veces por acción y otras por omisión, a que algunas personas, debido al rechazo que sufrieron, tomasen un rumbo extraviado en sus vidas. Esto lo traigo a colación porque, desde el lugar que ocupé como víctima, debido al deterioro que alcanzó mi psiquis, estuve en dos ocasiones a punto de traspasar la raya de aquello que en ningún caso se debe hacer. Gracias a Dios la conciencia vino a asistirme cuando mi resistencia mental se encontraba al borde de su abismo.

IDENTIDAD SECUETRADA 6 Entrega

Nota aclaratoria: Si no has leído los anteriores apartados, del primer capítulo de mi autobiografía, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora.

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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Fin del Cap 2. EN BUSCA DE UN ESPACIO EN EL MUNDO

9. LEJOS DE LA MIRADA DE LOS ADULTOS

No todas las aventuras se remitían al contorno del pueblo, sino que, alguna vez que otra, nos alejábamos más allá de su periferia para vivir nuevas sensaciones explorando otros paisajes desconocidos. Estas escapadas las llevábamos a cabo a escondidas de nuestros padres, como no podía ser de otro modo, por nuestra edad, ya que éramos demasiado inmaduros para sustraernos de cometer insensateces. A una de esas salidas nos concitaron (yo tendría unos ocho años), un día ocre de otoño, a mis amigos y a mí, otros chicos del barrio de mayor edad, so pretexto de no decir nada a nuestros padres. De este modo, creyendo en sus palabras nos dirigimos, por indicación de ellos, a un paraje de recreo donde los lugareños se reunían en festividades campestres.

Hasta llegar al sitio propuesto por los mayores había que pasar, a mitad de camino, cerca de un pozo de aguas subterráneas que se mantenía, como la mayoría de los que había en el campo por entonces, sin tapadera de protección. Siempre que se pasaba junto él, muy pocos críos eran los que resistían la tentación de asomarse a su interior; entre ellos me encontraba yo mismo que lo hacía con mucha cautela. El motivo de esa precaución, se debía a las advertencias que nos hacían nuestros padres para que no cayésemos en su interior al asomarnos o subirnos al brocal. 

Por entonces las personas no se medicaban por depresión ya que poco se sabía de esta enfermedad y, por lo mismo, una buena parte de ellas, enredadas en el laberinto de sus pensamientos, ponían fin a sus vidas arrojándose a uno de aquellos pozos. De este modo, aunque había menos enfermos depresivos que ahora, una de las pocas salidas que encontraban a su sufrimiento, aparte del manicomio, era el suicidio; y unos de los métodos con el que ponían fin a sus vidas era arrojándose al abismo de las aguas de cualquier pozo que tuviese a su alcance.

Como los pozos, a la sazón, representaban un gran peligro, debido a su nula protección, mi madre me decía, para que no me acercase a ellos, que en el fondo de sus aguas habitaba la Mano Negra. Por esas fechas yo confundía, en mi corta inteligencia, su exhortación con las personas que encontraban en su interior ya fallecidas. La ligazón de estas dos realidades me llevó a pensar, que los suicidas yacían en el fondo del pozo, atrapados por la Mano Negra, sin posibilidad escapar de allí. No obstante, a pesar de las advertencias de mi madre, nunca me resistí a la tentación de mirar en el interior de los mismos: eso sí, lo hacía rápidamente, de un vistazo, para no dar tiempo a la Mano Negra a que me arrastrarse consigo hacia la profundidad de sus aguas; el lugar donde retenía a sus víctimas, los “locos”.

Con el tiempo empecé a sospechar que aquello de la Mano Negra era un cuento chino; ya que, en el supuesto caso de que fuese real la existencia de esta mano siniestra, era incomprensible que algunos chicos mayores se arriesgasen a pasar por encima del pozo, en un alarde de valentía, colgados de la baranda que sujetaba la polea de arrastre del cubo. De cualquier modo, el tema de los suicidios relacionados con los pozos quedó arraigado en mi subconsciente, con tal fuerza, que aún en el presente sigo teniendo la misma precaución, de antaño, cuando me acerco a uno de ellos para mirar en su interior. Hay ciertos sucesos y enseñanzas relacionados con la niñez que no se borran nunca: en mi pueblo, por los años sesenta y setenta, era casi habitual que cada dos o tres años se suicidase una persona; en ocasiones coincidían hasta dos en el mismo año.

Las andanzas de aquel día de escapada fueron de zozobra en zozobra. Para comenzar el relato de lo acontecido, he de anotar que los mozalbetes, antes de llegar al lugar acordado, aprovecharon su poderío físico para propiciarnos algún que otro sopapo sin motivo. Después de contener las lágrimas con gran esfuerzo, yo y el resto de mis vecinos más pequeños, seguimos adelante, porque a esas alturas estábamos a más de la mitad del trayecto de vuelta a casa, y pensamos que era más prudente seguir a los mayores que volver solos en desamparo. Como casi todo, en el acontecer del hombre, es de ida y vuelta, posteriormente la paliza se la propiciarían a ellos sus mismos padres por retenernos más tiempo de lo debido en el lugar al que nos llevaron. 

Una vez que alcanzamos la meta señalada, nos entregamos a librar batallitas olvidándonos del resto del mundo. El paraje, muy parecido a aquel con el que arranque la autobiografía, se erguía sobre una suave colina encumbrada por dos piedras del tamaño de un barco bucanero cada una. Nos distribuimos casi por números iguales en las peñas, es decir en los barcos, desde los que hacíamos abordajes con cañas y palos para arrebatar los tesoros que cada uno de ellos albergaba en su interior. De este modo, absortos en los juegos se nos fueron pasando las horas mientras que nuestros papás (sin que tuviésemos la más mínima sospecha), alertados por la tardanza, salieron a buscarnos por las inmediaciones del pueblo.

En esas andaban cuando, después de varios intentos, frustrados, fue mi madre finalmente −la cual tenía cierto dote para ubicar a las personas y a las cosas en su sitio− la que dio con nuestro paradero. Mi mamá, como iba acompañada, también, por la alegría de habernos encontrado, se contuvo de amonestarme en exceso y, después de decirnos que nos andaban buscando, reemprendimos la vuelta a casa por detrás de ella, en fila india y cabizbajos, como polluelos asustados, por un sendero que acortaba camino para llegar antes al pueblo. 

En ese afán de adentrarnos a explorar lo desconocido, tenía un amigo especialista, al que yo seguía a la zaga. El miedo, no era precisamente lo que me definía por entonces; donde estaba el miedo allí que iba yo a espantarlo. De este modo, nunca esperaba a que entrara en mi cuarto para que tirase de mis sábanas o me hiciese cosquillas en los pies. Si escuchaba algún ruido extraño en el doblado de mi casa o en el patio, a media noche, sentía la necesidad imperiosa de averiguar inmediatamente de qué se trataba. Tomar la postura del avestruz no iba con mi carácter, por lo cual prefería enfrentarme a un ladrón o a un peligro incierto, antes de pasar la noche en vela esperando que el peligro se deslizase, por cansancio, bajo el somier de mi cama. 

El procedimiento para ahuyentar los espectros, si detectaba algún ruido extraño, a horas avanzadas de la noche era el siguiente: sin despertar a mis padres y a mis hermanos me levantaba, abría la puerta que daba acceso al patio de la casa y me encaramaba por las escaleras de acceso al doblado para hacer frente al propio miedo. Nunca encontré un miedo sin una causa justificada, el más corriente estaba relacionado con unos ojos negros, de tamaño colosal, que alumbraban en mitad del doblado: eran los ojos desafiantes de una gata que buscaba emparejarse o acababa de parir. Otras veces se trataba de un chirriar de bisagras por una puerta mecida a capricho del viento. Las tormentas también hicieron sobresaltarme en muchas ocasiones; si la tormenta venía acompañada de fuerte aguacero, salía al patio a quitar la tapadera del sumidero para evitar inundaciones. Solamente en una ocasión el miedo pudo conmigo: por entonces tenía la insana costumbre, sobre todo en verano, de quedarme hasta altas horas de la madrugada escuchando en la radio un programa de fenómenos paranormales presentado por el periodista Antonio José Alés. En esa ocasión no oí un ruido, sino que la habitación se convirtió, por entero, en una caja de resonancia: como percibía que el ruido no procedía del exterior y su estridencia iba en aumento, la zozobra, por no saber que lo provocaba, se apoderó de mí con tal intensidad, que tuve que sacar el colchón de mi cuarto para ir a montar la tienda, al menos por esa noche, en la habitación de mis progenitores. 

Ahora que lo pienso, quizás mi padre tuviese parte de responsabilidad en mi actitud para poder afrontar los miedos. Le escuché decir, en más de una ocasión dos frases llamativas (al menos a mí me lo parecieron por entonces), una de ellas fue la siguiente: “ten más cuidado con la ira de los vivos que con la sombra de los muertos”. La otra decía, para que no me amedrentase ante los buscas peleas: “jamás he visto en todos mis años de vida, que un hombre se haya comido vivo a otro hombre”. En su sapiencia popular no iba muy desencaminado pues las ánimas atormentadas de los muertos, con unas oraciones o con un exorcismo se dan, generalmente, por vencidas; mientras, que, con los vivos, resulta verdaderamente costoso deshacerse del odio, de la envidia y del deseo de venganza de aquellos que, sólo Dios sabe con qué tipo de justificaciones, enredos mentales y frustraciones personales, nos acechan. 

Con todo, no era yo de los más atrevidos del barrio, tenía un amigo que me superaba y, por eso mismo, en más de una ocasión me persuadía para introducirme con él, a hurtadillas, en un caserón abandonado que había por entonces en la calle principal del pueblo. La casona tenía numerosas habitaciones y se accedía a la misma por una contraventana bajando el pestillo que se alojaba en su parte interior. Si respeto me producía desplazarme en la noche por el desván de mi casa, congoja era lo que sentía al hacerlo en aquella mansión destartalada, aunque fuese en compañía de mi amigo. Cuando pasaba a su interior lo primero que me echaba para atrás era su olor a humedad y a efluvios rancios de orín de murciélago. Una vez dentro, nos desplazábamos de una habitación a otra, con mucho sigilo, para no llamar la atención de los viandantes que pasaban cerca de la vivienda: misión cuasi imposible, ya que las maderas del piso superior crujían como matraca por el abandono y la sequedad de las mismas. Subiendo por la escalera a oscura, sin más guía que el pasador de manos −horadado como mina bajo tierra por la carcoma− el corazón golpeaba mi pecho con vehemencia, en un intento de ausentarse de mí tórax para alcanzar la calle y sentirse a salvo. De esta guisa, sin hacer caso a las palpitaciones y sin detener la marcha, nos desplazábamos por los pasillos, de puntillas, mientras de alguna de las habitaciones, debido a la proximidad de nuestras pisadas, salían de estampida los ocupas que ahora se alojaban en el inmueble: una granja silvestre de búhos, ratas, quirópteros y otras sabandijas de la oscuridad. Los miedos dicen los psicólogos que hay que enfrentarlos para que no se apoderen de nuestra voluntad, o mejor dicho de nuestra libertad (tal vez, no para todos, porque algunas personas, de un solo susto, pasaron a mejor vida).

Pues bien, en eso estábamos mi amigo y yo, sin saberlo, superando el miedo a lo desconocido; que en ese lugar se hacía especialmente palpable, cuando alguna madera del piso superior chirriaba más de lo normal en nuestros desplazamientos. En el momento que el crujido estallaba bajo mis pies, con más estridencia de lo normal, en más de una ocasión pensé que se abriría un boquete, tras el cual sería succionado por la fuerza de la gravedad hasta que mis costillas quedaban estampadas contra las duras losas del piso inferior. El golpe contra el piso era lo de menos, sino que minutos después los viandantes, alertados con el estruendo del batacazo, avisaran a la policía que, porra en mano, nos pondrían las esposas para llevarnos al calabozo ante la mirada acusadora de mis paisanos. Luego de este temor venían otros, unas veces porque se cerraba una puerta de sopetón, a mi espalda, y otras porque algún murciélago, en su huida, pasaba rozando mi oreja para alardear, ante mis narices, de la precisión con que manejaba su “radar”. 

10. DIOS SE VALE DE LAS CIRCUNSTANCIAS PARA ATRAERME HACIA ÉL

Volviendo a la escuela, allí tuvo lugar unos de los acontecimientos que, posteriormente, me llevarían a uno de los lugares que más influiría en mi forma de pensar y entender la vida. 

Aunque parezca prepotente por lo que voy a exponer a continuación, empezaré, para no parecerlo tanto, por señalar mis carencias y defectos: nunca brillé por mi poderío físico, ni por las notas raspando el aprobado, ni por mi elocuencia, ni por ser lo suficientemente prudente a la hora de juzgar a las personas; tampoco por saber encajar con humildad el desprecio o la crítica; y, finalmente, por otros muchos desvíos e imprudencias que cometí a lo largo de la vida que, de igual modo, quedarán reflejados en esta autobiografía. Sin embargo, con todos esos defectos que he señalado de mi personalidad, quiso Dios poner su mirada en mí, del mismo modo que lo hizo con el pastorcito bíblico David. Me he fijado en este personaje bíblico porque he hallado algunas coincidencias entre ambos.

Al compararme con él, lo hago para remitirme al momento de su elección y otros aspectos de su personalidad, que para nada tienen que ver con la santidad o la grandeza de dicho personaje, ya que no soy tan pretencioso, ni me atrevería a cometer tal dislate. De cualquier manera, me sirvo de dichas coincidencias para dar paso a lo que aconteció en mi vida en el año setenta. Como bien sabemos, a poco que hayamos leído la biblia, el favor de Dios, por lo general, está del lado de aquellas personas que a los ojos de los hombres cuentan muy poco o no cuentan para nada. Al igual que David, yo era el más pequeño de mis hermanos, no sólo por edad (tenía nueve años en ese momento), sino en apariencia física. No era pastor como David, aunque me faltó muy poco, ya que por entonces mi hermano trajo un borreguito a casa, el cual me endosó luego mi madre para que lo sacase a pastar al campo por las tardes. Afortunadamente para mí, porque no sabía qué hacer con él, e infelizmente para el borreguito, el animal enfermó muriendo al poco tiempo. Anécdota aparte, como se desprende de la narración bíblica, David quedó al margen del modelo que para su padre y sus hermanos representaba una persona con posibilidades de ser ungida de un profeta. En mi caso, particular, sin ser excluido por mis padres (aunque tampoco contaba mucho mi opinión para ellos por ser el más pequeño y porque no destacaba ni por abajo ni por arriba), sí que lo fui de la sociedad; la cual me clasificó dentro de uno de los especímenes de personas que por entonces eran rechazadas. Como David me gustaba la trova y la lírica, aunque sin sus dotes, claro está; como David, finalmente, quise seguir a Dios con coherencia, aunque como David también traicioné a Dios dejándome arrastrar por la lujuria en mi madurez.

También encontré similitudes a la hora de ser llamado por Dios. En mi caso, el corto de miras a la hora de fijarse en mí, fue el enviado por Dios; lo contaré para que se entienda mejor: unos días antes de la festividad de San José fue el párroco del pueblo al colegio para hablarnos del seminario e invitarnos, al mismo tiempo, a seguir allí los estudios de primaria. Coincidió su visita con que mi asiento en el aula, en ese momento, ocupase el último lugar de mi fila: la primera de todas en orden horizontal a la pizarra. El sacerdote para no andar entre los pupitres, fue preguntando, solamente y uno por uno, a los que me precedían en fila, hasta llegar junto a mí, donde se detuvo, sin interrogarme. La pregunta que dirigió a los compañeros después de explicar en qué consistía la vocación y la misión del sacerdote, fue la siguiente: –¿te gustaría irte al seminario? si crees que no, explica los motivos. Todos mis compañeros expresaron, abiertamente, que no deseaban hacer dicha experiencia, alegando excusas más o menos convincentes. Sin embargo, el sacerdote, al detenerse frente mí, que era el único que quedaba por contestar a la pregunta de la fila, pasó de largo, dándome por no apto. Con toda seguridad pensó que no daba la talla, que era demasiado pequeño para tan loable tarea. Una vez, más, la mirada miope del hombre frente a la de Dios, tal y como le sucediese al papá del pastorcito David, que lo descartó, de entre sus hermanos, pensando que Dios actúa en la fortaleza del hombre y no en su debilidad.

Como la oferta que nos hizo el párroco no pasó inadvertida para mí −que me gustaban los retos− la tuve rondando en mi sesera, por varios días, hasta que llegué a la conclusión, que, en el supuesto caso de haberme lanzado la pregunta a mí, no hubiese tenido argumentos para rechazar su propuesta. Incluso me pareció, luego de analizarla, sumamente interesante por dos motivos: por un lado, debido a la labor social y humanitaria que hacían los curas, con la cual me identificaba; y, por otro, porque al alejarme del pueblo, para ingresar en el seminario, dejaría atrás a mis acosadores y el sufrimiento que arrastraba con motivo de ello. Estos dos argumentos fueron suficientes para que, en pocos días, les anunciase a mis padres mi deseo de ingresar en el seminario. No fue fácil convencerlos, pero con la ayuda de mi hermana la mayor, con mi insistencia y con más de una lágrima frente a una hermosa talla de la Inmaculada, en la parroquia de mi pueblo, conseguimos finalmente vencer su resistencia. De esta manera, tan simple, me llamó Dios a formar parte de su rebaño; de esa gran descendencia que prometió a Abrahán.

Pues bien, aunque a veces pensemos que Dios hace oídos sordos a nuestras peticiones, por lo ya expuesto, se puede inferir que no es cierto. Dios escucha siempre, de tal manera que esta fue la forma de responder, años después, a mis plegarias cuando, frente a los insultos y a las burlas de mis acosadores, yo le suplicaba para mis adentros: ¡Dios mío sácame del pueblo, no puedo más con esta situación! 

A pesar de esa primera llamada del Señor aún no era consciente del amor con que el Padre Eterno me atraía hacia su hijo. Es así que no fue hasta muchos años después, en plena madurez, por las enseñanzas recibidas en un grupo carismático, a las que siguieron otras igualmente fructíferas en los Talleres de Oración y Vida del Padre Ignacio Larrañaga, cuando comencé como el hijo pródigo, atraído por el Padre Eterno y por mi propia necesidad vital, a caminar con determinación hacia Dios. 

En el taller de oración me enseñaron que debía aprender a sustituir los nombres propios que aparecen en la Biblia, por el mío, para hacer así una lectura personal y viva de la palabra de Dios. Fue de esta manera, como se me abrieron los ojos y pude entender, en toda su extensión y con la mirada vuelta en el pasado, que mi respuesta había sido la misma que diera el pueblo de Israel a Dios, en su travesía por el desierto. Al igual que ese pueblo me alejé de Dios para adorar ídolos sin consistencia; sobre todo a mí mismo, a través del orgullo y la lujuria. La Palabra Bíblica que me indujo a pensar, entre otras experiencias que tuve por esas fechas (con la metodología ya descrita), que había caminado bajo la fuerza de mis propios criterios, de mis pasiones y de mis miedos, hasta ese día, sin contar con el poder, el amor y la sabiduría de Dios, fue la siguiente: “Cuando Israel (José) era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí… ¡Y yo había enseñado a caminar a Efraím (José), lo tomaba por los brazos! Pero ellos no reconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él (José) y le daba de comer… Mi pueblo (mi hijo José) está aferrado a su apostasía: se los (le) llama hacia lo alto, pero ni uno solo se levanta (yo, José, preferí la esclavitud de mis pasiones) ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím (José)? ¿Cómo voy a entregarte, Israel? ¿Cómo voy a tratarte como a Admá o a dejarte igual que Seboím? Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím (a mi hijo) Porque yo soy Dios, no un hombre: soy el Santo en medio de ti, y no vendré con furor”.

Para corroborar las palabras del profeta, solo hay que mirar hacia atrás en nuestras biografías, muchas veces nos ha llamado Dios, por medio de nuestros catequistas, nuestros padres, abuelos, amigos, sacerdotes, etc., y pocas hemos sabido escuchar con atención la profundidad de ese mensaje que se nos transmitía, para discernir, después, nuestro modo de caminar en la vida. Solo cuando nuestra vida estuvo al borde de la quiebra hemos llegamos alcanzar el conocimiento necesario que nos hizo entender que únicamente en Dios, como nos decían, encontraríamos la puerta de salida. Algunos ni, aun así, han querido aferrarse al lazo de amor con el que Dios los atraía y les daba una y mil veces la oportunidad, a través de un intermediario o cualquier otra circunstancia favorable, de salvar sus vidas. Para Dios nunca es tarde, aunque te cueste en un principio, súbete al carro del amor, de la esperanza y de la vida, porque lo conduce Él, tú solo tienes que sortear con su ayuda las piedras del camino hasta llegar a la meta.

11. SALVO LA VIDA POR SEGUNDA VEZ

Sucedió en un día calmado y ardiente del mes de agosto, cuando el sol estaba en su cenit y ceñía el orbe de enceguecedora luz. La atmósfera que se percibía en el ambiente, era la de una mañana expansiva en la que el mundo se concentraba en un solo punto del planeta, en mi calle. Allí nada parecía urgir excepto la dicha. Días antes mi madre me había comprado una bicicleta con la condición de que no me alejara del pueblo. Pero como suele suceder que, a ciertas edades, no atendemos las recomendaciones de los mayores, yo no tuve en cuenta la suya. Por entonces pensaba lo mismo que la gran mayoría de niños a esa edad: la muerte era el destino de personas mayores o el de aquellas, otras, que estuviesen gravemente enfermas; circunstancias entre las cuales yo no me encontraba, ni por edad, ni por salud, puesto que me sentía fuerte como un toro.

De este modo, en aquella mañana de cielo azul intenso −moteado por el vuelo acrobático de golondrinas a la captura de algún tábano atolondrado− y mientras los rayos del sol perforaban mi camisa como alfileres de sastre, me uní a otros chicos del barrio para llevar a término la aventura que nos propuso el cabecilla del grupo; la de desplazarnos a un riachuelo equidistante del pueblo ocho kilómetros. Así, sin más dilación que la propia resistencia que oponían las cubiertas de las bicicletas al asfalto de la carretera (muy poca, por cierto, porque el trayecto de ida era en pendiente), nos escapamos para saciar nuestros deseos de aventuras.

Pero sucedería algo no planeado (son los imprevistos, por cierto, los que nos devuelven a la realidad y a nuestra condición de fragilidad), aquello que se prometía como un día de diversión, sin más, terminó en un susto que pudo llevarme a mejor vida. Llegamos exultantes porque nos bebimos la carretera en pocos minutos, y después de descansar un ratito en la explanada que había en la finca (una pradera atravesada por un riachuelo sembrado de álamos en su orilla) me adentré, en compañía de uno de los colegas, curso arriba del río para explorar el terreno y mostrar, de paso, mi osadía al resto de compinches. Muy decidido caminaba, por delante del jefe de la expedición, sin poner mucha atención sobre el suelo que pisaba, concentrado en avistar sobre la superficie del agua, como otras veces, a algún pato silvestres con sus crías o, en su defecto, algunos peces practicando saltos acrobáticos por encima del líquido elemento. Así caminaba, descuidadamente, cuando me aproximé tan cerca a orilla que acabé, a causa del lodo acumulado en su margen, cayendo al río de un resbalón. En la inmersión, como no podía mantenerme a flote, pues aún no había aprendido a nadar, empecé a tragar agua y a batir palmas sobre la superficie con tal de no hundirme. En mi impotencia, al no hacer pie, pensé, por momentos, que allí dejaba lo que hasta entonces había sido mi corta existencia. 

Sin embargo, no sucedió así, una cosa era lo que yo pensaba y otra lo que Dios tenía destinado para mí; aún me faltaba enfrentar muchas batallas para ganar la definitiva que me condujese a la redención. Cuando ya me encontraba al límite de mis fuerzas y me veía a merced de la parca, se produjo el milagro: el chaval que me acompañaba −que por cierto tampoco sabía nadar− advirtió en el suelo (más bien puede que fuese su ángel quien se lo indicase) que, a escasos centímetros de sus zapatillas, había una caña cascada para sacarme a flote.

De aquel episodio, y de otros parecidos que vinieron posteriormente, puedo dar fe, por lo expuesto que estuve y la nitidez con que yo los viví, de que la muerte vista de cara no es tan aterradora como la pintan. Siendo así que, en las ocasiones que más cerca estuve de la misma, acepté sin temor y con total serenidad que había llegado mi final en la Tierra. Dichas situaciones fueron tan críticas que fui consciente, en todo momento, que si estaba de salvarme no dependía, en absoluto de mí, sino de Dios.

De lo acontecido ese día no se enteró nadie, ya que hice prometer a los amigos que no comentaran nada de lo ocurrido en sus casas: temía que nuestros padres nos castigasen posteriormente, sin coger la bicicleta, por un buen espacio de tiempo. Como hacía buena temperatura, puse a secar la ropa sobre, repartida, entre el manillar de mi bicicleta y el de los colegas para no tener que inventar excusas delante de mi madre. De este modo, sin más drama que el buen susto que me llevé sin consecuencias, aquel el episodio pasó a la historia del olvido hasta que, una vez ya de adulto, se lo di a conocer a mi familia y a Fernando, el colega que me salvó la vida, para darle las gracias.  Cuando referí el suceso a Fernando, este, se quedó muy sorprendido, ya que su memoria lo había retirado del archivo de sus gestas más importantes; lo cual no es de extrañar, teniendo en cuenta, por un lado, que no fue él el que se ahogaba y, por otro, a que las leyendas de héroes y villanos, con sus proezas, surgen por una necesidad, sobre todo en las personas adultas, de olvidar por unos instantes (sumergiéndose en la piel del superhéroe temerario e indestructible) las abundantes limitaciones de cada cual. Para los niños, en cambio, es la simplicidad y la urgencia del momento la que los mueve a tomar una acción u otra sin etiquetarla después. Bien está lo que bien acaba y aquella escapada terminó, especialmente para mis padres, como cualquier otro día de verano −en el que el sol nos alegra el alma− sin que ellos fuesen conscientes de que estamos sostenidos por la mano de Dios y de que, al mismo tiempo, a ocho kilómetros escasos de distancia, la vida de su hijo se debatía entre el agua y el aire, entre la vida y la muerte, entre la tierra y el cielo.

El gozo colmado

Buenos días nos de Dios, hermanos.
¿Amamos a Dios por encima de las criaturas y las cosas materiales? ¿Y al prójimo como Jesús nos amó? Si así fuese, el gozo de Jesús, es más, nuestro propio gozo estaría colmado, porque la conciencia no nos delararía: no viviría en contradicción con su propio ser; es decir la unión con Dios.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

Como espero la II venida del Señor

Evangelio según San Juan 5,31-47

Jesús dijo a los judíos:
Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.
Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.
Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,
y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.
Mi gloria no viene de los hombres.
Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.
He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir.
¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.
Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.
Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿Cómo creerán lo que yo les digo?».

Comentario:

Todos los cristianos esperamos la segunda venida del Señor. Oremos e impregnamosno de su Palabra, para que no nos pase como al pueblo de Israel, en la primera venida del Señor, que, el Mesías que anhelaban era solamente un libertador político que fijase la identidad de ese pueblo y no el Rey anunciado por los profetas que les daría la fuerza y el poder, para desinstalarlos de sus egoísmos, de su vida de pecado y su idolatría. Tendríamos que preguntarnos ahora nosotros ¿Qué le pido yo al Señor en el día de hoy? Le pido santidad, que me ayude a salir de los pecados más arraigados en mi, que me ayude a dejar mis servidumbres; es decir, mi idolatría, al dinero y a los placeres…. ¿Qué le pido al Señor? Es que tal vez aún no confío en su Palabra cuando nos dice: busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura (MT 6, 24-34)


Dios te bendiga y te guarde en el día de hoy y siempre.

¿Quieres curarte?

Evangelio según San Juan 5,1-3.5-16.

Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.
Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años.
Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: «¿Quieres curarte?».
El respondió: «Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes».
Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y camina».
En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado,
y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: «Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla».
El les respondió: «El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y camina'».
Ellos le preguntaron: «¿Quién es ese hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y camina?'».
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.
Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: «Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía».
El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.
Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.

Comentario: De la lectura de hoy podemos sacar varias conclusiones, en primer lugar, que Jesús se compadece de nuestros sufrimientos, él no es indiferente a todo aquello que nos menoscaba tanto físicamente como anímicamente, y por eso sale en nuestro auxilio incluso antes de que se lo pidamos. Pero, por otro lado, Jesús no hace nada sin contar con nuestra colaboración y libertad, respeta hasta las últimas consecuencias nuestra individualidad y capacidad de decisión y por eso le pregunta al paralitico ¿si desea curarse? Muchas veces nosotros queremos curarnos, pero no deseamos dar el salto de la fe, dejar nuestra camilla atrás, nuestro pasado, y empezar a andar confiando en que Jesús (no en nuestras pequeñas seguridades, ataduras a la postre) encontramos la salud, la libertad, el amor y la paz que tanto buscamos. En segundo lugar, observamos en este pasaje del Evangelio, como Jesús en una de las ciudades más habitadas de la época, no se olvida del rostro y de la salud integra de la persona. Sabe, porque repetidamente nos lo ha dado a conocer en otras curaciones y milagros, que lo más importante para el hombre es salvar el alma antes que su cuerpo; también porque conoce, como Dios que es, que el pecado además de la muerte espiritual, del rechazo a Dios, trae consecuencias para la salud física y en ocasiones incluso puede llevar a la muerte. No es suficiente, por tanto, haber creído una vez o haber tenido un encuentro personal con Jesús en un momento determinado de nuestra vida, sino que hay que perseverar en esa amistad con el Dios que lo puede todo, con Jesús. Pero además atendiendo a su Palabra para no abandonarnos a nuestra suerte, es decir a las consecuencias de salir del paraguas de la protección de Dios con todas sus promesas; Palabra que en el día de hoy nos recuerda que en adelante no peque más.    

 Oración: Señor en esta jornada y para siempre prometo no salirme de tu cobertura, mantener encendida la llama de mi amor por ti, que me lleva a amar al prójimo como tu deseas y, por otro lado, a lo más importante de todo, a trabajar por la salvación de mi alma alejándome de todo aquello que me conduzca a pecar. Padre, mi deseo es amarte con todo mi corazón, aunque como tú bien sabes, Satanás con todas sus trampas, y el mundo, me ponen ante muchas situaciones que me incitan al pecado; fortalece, pues, mi voluntad. Sé que para ello necesito no bajar la guardia manteniéndome estrechamente unido a ti con la meditación de tu Palabra en las Escrituras y la oración constante. Desde hoy y cada noche, como propósito, meditaré en todas esas ocasiones que me ponen en situación de pecado para, en lo sucesivo, cambiar de hábitos y si fuese necesario, también, de amistades que me llevan a deshonrarte por un lado y, por otro, como me has mostrado, a envenenar mi alma y enfermar mi cuerpo. Gracias Padre por haberme dado esta oportunidad de conocerte hoy, un poquito más, por medio de tu hijo Jesús; también, por un día más de vida para volver de nuevo al amor primero. Gracias, mil gracias…   

En ti esta la salvación y la condena

El evangelio de hoy nos habla claramente de la existencia, más allá de esta vida, de un lugar, otros les llaman estado del alma (no es el momento para debatir esto) donde pagaremos por no haber llevado una vida conforme a la voluntad de Dios y sus mandamientos. En ocasiones nos preguntamos qué siendo Dios infinitamente bueno y misericordioso permita la existencia de un lugar de castigo. Está claro que Dios no puede haber creado el mal, y que la existencia del mismo sólo es una consecuencia de la libertad que Dios ha dado a los hombres y a sus ángeles para que no sean autómatas programados sin alma ni voluntad: sin libertad el hombre se quedaría en otro animal más de la naturaleza para cumplir con sus actividades vegetativas innatas y sin tener consciencia de sí mismo y de su paso por el mundo.

Por consiguiente, es todo lo contrario, Dios amaba y ama tanto, que quiso crear al hombre a imagen suya, nos dice la biblia, con capacidad de amar y con actitudes para perseguir tareas nobles para el beneficio de todos. Esto mismo que pasa con Dios, sucede en el plano humano, un padre natural quiere siempre lo mejor para su hijo, pero no siempre el hijo entiende que su papá desee lo mejor para él y de este modo tiene que pagar en propia carne una experiencia negativa que su papá ya pasó durante su infancia o juventud.

El apartarnos de la voluntad de Dios trae consecuencias, porque no fuimos creado para el desamor sino todo lo contrario para amar, para amar incluso cuando las circunstancias no nos sean favorables. Esta es la lección que nos da el hijo de Dios frente a sus enemigos, hacer la voluntad del Padre y no devolver mal por mal: en esta actitud de confianza y entrega encontró él el camino de la vida, su resurrección y el retorno junto al Padre Eterno.

A Jesús como hombre no le fue fácil en todo momento, ya que era libre -como nosotros- y pudo buscar otra salida que no estuviese en concordancia con la voluntad del Padre, por eso dice en las Escrituras, que en el sufrimiento aprendió que significaba obediencia. Jesús tenía claro que lo más importante en la vida es tener comunión con Dios y que esa comunión la rompe la desobediencia, ya que Dios quiere lo mejor para nosotros, y supo en propia carne que obedecer lleva un sacrificio que finalmente trae todo lo contrario, la paz, la alegría y la vida Eterna.

He escuchado a algunas personas, a las cuales Dios les ha permitido tener una experiencia en vida de las realidades eternas, es decir, del Cielo y del Infierno, que el juicio prácticamente nos lo hacemos nosotros mismo una vez que hemos traspasado el umbral de esta vida en la tierra. Cuando uno llega a la presencia de Jesús, en pecado, en oscuridad, cuando por orgullo, vanidad, etc., no quiso reconocer en vida al hijo de Dios y rechazo su Palabra, una vez traspasado el umbral, como se ha dicho, de esta vida en la tierra, esa misma persona es incapaz de mantenerse en pie frente a la presencia de Jesús y en lugar de irse hacia Él, huye de su lado, no aguanta su presencia, la luz que emana de Él (una experiencia que no dicta mucho de la de Adán y Eva, una vez que desobedecieron a Dios se escondieron de Él).

El hombre es una unidad, nos decía Santo Tomás, sustancial entre alma y cuerpo, por eso mismo, más allá de esta vida, el alma sin el cuerpo queda atrapada y ya no tiene posibilidad de dar marcha atrás, o se condenó o se salvó, porque su dimensión es otra. De este manera, todo lo que podamos hacer para salvarnos, está en el ahora de la vida terrena, como nos relata el evangelio de hoy. Además, para aquellos que creen que el Infierno es un purgatorio más, la Palabra también nos pone de manifiesto, que hay una barrera infranqueable entre el lugar de los que se salvaron y de los que no. Por tanto, lo que nos transmite Jesús no es para asustar a nadie, sino todo lo contrario, para que nadie quede exento del Paraíso que nos aguarda, pues mediante esta Palabra nos viene a decir, que aún estamos a tiempo, que mientras hay vida hay esperanza, y es por eso que el entregó su vida por nosotros, para que nadie se condene.

A mi se me hace comprensible esa experiencia, que, a algunas personas Dios les ha concedido, en vida, de verlo cara a cara antes de que puedan condenarse, y a la vez comunicar al resto de la humanidad esa misma experiencia. Así tenemos, entre otros muchos, el caso de Marino Restrepo. Como sabemos a Jesús se le define también como la Luz Eterna, un símil que nos da a entender que en él no hay mancha, que todo es transparencia, la luz que nos hace caminar con paso firme sin extraviar el camino de donde no debimos salir nunca. Si Jesús es Luz Plena que lo inunda todo, la única manera de permanecer ante él es siendo también nosotros luz, aunque seamos un pabilo vacilante, pero a fin de cuentas luz; luz que se funde con el Todo. Que pasa por el contrario con la oscuridad, la oscuridad es la ausencia de luz, no tiene consistencia por sí misma si queda iluminada. Este ejemplo es el que podemos trasladar a nosotros, cuando una vez dejemos este mundo y nos situamos ante Jesús: si llegamos como almas que, en lugar de luz, solo llevan oscuridad, porque prefirieron por orgullo no reconocer al Hijo de Dios, Jesús de Nazaret y no abandonar su pecado …lo que sucede es que, como sombras, como oscuridad, para no quedar fundidos por la Luz y desaparecer, huiremos de ella, no podremos aguantar como oscuridad a Jesús, Luz Eterna. Es parecido también a la experiencia del secuestrado que ha permanecido en un zulo por parios días sin luz, sus ojos no soportan la luz de pleno día, quedarían cegados.

Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’.
‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’.
El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’.
Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’.
‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’.
Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'».

Que reine el gozo: Tú delante yo detrás

Evangelio según San Mateo 20,17-28.
Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les
dijo:
«Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos
sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte
y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día
resucitará».
Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró
ante él para pedirle algo.
«¿Qué quieres?», le preguntó Jesús. Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu
Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
«No saben lo que piden», respondió Jesús. «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?».
«Podemos», le respondieron.
«Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi
izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha
destinado mi Padre».
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre
ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad.
Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor
de ustedes;
y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate
por una multitud».

Comentario a las lecturas:

La lectura de hoy vuelve a insistir sobre ese afán de sobresalir que todos, por lo general, en mayor o menor medida llevamos dentro y que tanto daño hace cuando se vuelve patológico. Jesús alecciona que entre sus seguidores no debe ser así, que nuestra actitud, a diferencia de las personas que no conocen a Dios, especialmente la de los poderosos, debe ser la de servicio. Es tan radical la Palabra de Dios, para que no nos quepa la menor duda, que nos dice que el que quiera ser primero que se haga esclavo al servicio de los otros.

Revisémonos y veamos si en nuestro devenir cotidiano procedemos al modo que Jesús nos pide o por el contrario lo hacemos como los tiranos. ¿ejerzo mi autoridad o mi trabajo, en el ámbito que sea, para imponer mi criterio sin aceptar la corrección o el debate? ¿Mi objetivo en la vida es la del trepa, hacerme visible y que me admiren por mis logros o mi “sabiduría”? ¿o, por el contrario, es dar lo mejor de mí, al servicio de los otros, y que sea Dios el que me otorgue el lugar que crea conveniente, según su sabio proceder, para mi salvación?

Hay otro tipo de personas que realmente no buscan sobresalir por adquirir poder o fama. A lo largo de la vida me he encontrado con personas con la autoestima tan herida, incluso yo he estado en esa tesitura en alguna ocasión, que tratan de dejar a los demás en evidencia no para ridiculizarlos o afearlos, sino para dar a entender que ellos son mejores que los demás y, por consiguiente, ganarse el aprecio del resto; es decir, para que los quieran y compensar, de este modo, la imagen paupérrima que tienen de sí mismos.

Tanto la primera actitud de conquistar el poder y la fama a cualquier precio, como nos muestra el mundo, como la segunda, buscar la autoafirmación destruyendo al prójimo con la crítica, son sumamente destructivas, en el primer caso porque se impide llegar al poder a las personas más valiosas, cuando no, si se ejerce con tiranía, nos privamos de aprender de los demás: todos somos imagen de Dios -que es uno solo- y por tanto nos complementamos en nuestra limitación. La segunda actitud también es sumamente peligrosa porque en lugar de ganar en autoestima lo que hacemos, cuando rebajamos a los otros, es la de ganarnos enemigos gratuitamente; y esto es así, porque no todo el mundo está capacitando para entender que, en lugar de un ataque frontal hacia su persona, lo que tratas es de llenar tus vacíos: la severidad con que te juzgas a ti mismo (no te perdonas, no aceptas tu historia) o tu carencia de cariño y afecto por parte de los que, según tú, deberían dártelo.


Salmo 31(30),5-6.14.15-16.


Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi refugio.
Yo pongo mi vida en tus manos:
tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.


Oigo los rumores de la gente
y amenazas por todas partes,
mientras se confabulan contra mí y traman quitarme la vida.


Pero yo confío en ti, Señor,
y te digo: «Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos.»
Líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen.

Que no te la cuenten

Que no te confundan, algunos están interesados en cambiar tu realidad. No les importas tú, sino mantener el poder a través del control de tu mente. Nada se mueve por azar, no seas ingenuo. Cambian las palabras y llaman amor a lo que es pura atracción física o sexo. Interrupción del embarazo a lo que es asesinato de un ser indefenso; algo que se interrumpe se puede reanudar, el gestante no. A la alteración, modificación y amputación del cuerpo cambio de sexo, pero la genética al final se impone por encima de los sentimientos, en todas las células de nuestra piel va inscripta la marca XX o XY. Al asesinato de ancianos muerte digna, cuando la dignidad es una cualidad interior del alma, a uno no lo hace más digno su modo de morir, sino como haya actuado en la vida y como se enfrente al reto de su propia muerte. ¿Que es lo próximo que viene la zoofilia, el matrimonio entre hombre y animal, o la pederastia que ya se está impulsando desde varias plataformas? La mentira se disfraza de verdad y a la verdad de mentira, ya lo dice la biblia, Satanás es el padre del engaño y la mentira.

Para finalizar quiero comunicarte, con el vídeo que inserto a continuación, que tu apariencia o tus sentimientos, no cambian tu realidad, y mucho menos lo que otros digan de ti, por encima de todo hay una realidad universal, que nos ha sido dada desde antes de nacer, contra la que no podemos luchar; si lo hacemos pagamos un alto precio, el de la autodestrucción. De todos modos, unas veces por orgullo y otras para justificar que no hemos perdido la vida fútilmente, nos negamos a reconocer esa misma destrucción, para no proceder de este modo hay que tener una buena dosis de valentía y estómago, algo de lo que una buena parte de la humanidad adolece.

De la pasividad a la impasibilidad

Acabo de leer un artículo de un escritor y paisano mío que habla del amor, el cual yo remarcaria, para hacer sangre  (soy guerrero y combativo de nacimiento); ¡el artículo… claro está! con una reflexión personal que me ha surgido de la lectura del mismo: desde hace tiempo, como dos décadas atrás, vengo observando en la sociedad un virus de inanición de los sentimientos del cual, me atrevería a asegurar, que está contagiado un noventa por ciento de la población, al menos de la población occidental.

Lo contrario al amor es la autocontemplación del yo, en eso están una gran mayoría de personas que, ensimismadas como narcisos, observan el mundo como algo ajeno a ellas. No se implican en nada (dicho de otro modo, solo viven para si mismas) permanecen pasivas -como estatua de bronce- que ve pasar la vida, aunque esta le salpique de excrementos. ¿Si así procede consigo, que puede esperar de ella aquel, que resguardado bajo su sombra, llora su soledad y sus penas? se ha vuelto tan antinatural y tan fría, a endurecido tanto el corazón, la autocontemplación, que ni siquiera se inmuta cuando otros desde fuera la visten de lucecitas, de retazos de cielo, de sabiduría y guirnaldas. Tan ensimismada se encuentra y tan temerosa a la muerte, que literalmente se muere porque no nació para vivir al resguardo de su fortaleza, sino libre para morir de amor, dando amor, en el campo de batalla de la vida que se le escapa.

La autocontemplación se ha vuelto tan ciega, tan sorda, que ya ni siquiera desea ser estatua que contempla, sino máquina (para ir con su época) en manos de alguien que apunta y dispara, sin piedad, a todo aquel que, como pájaro libre, vuela por su cuenta. 

Para ilustrar está observación nos podemos acompañar de unos versículos de la Biblia que describen a la perfección lo que ya sucedía por aquella época también: 

Mateo (11, 16-19)

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:

«¿A quién compararé esta generación?

Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: «Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.

Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras.

¡La Palabra de Dios, tan ilustrativa y atemporal como siempre…!

Concluyendo, solo me queda anotar, que alejados de la fuente que apaga toda sed y engendra toda semilla de amor universal y eterno en nosotros, de Jesús, nos volvemos estériles, cuando no inpasibles.

El artículo al que hacia referencia es el siguiente: https://www.arguments.es/lachispa/el-motor-de-mi-vida/

Ni huir ni mirar atrás, sino asumir.

Introducción a las lecturas

Hermanos, como decía ayer, la Palabra, la oración y el ayuno, de poco vale si no va acompañado de un cambio de vida cuyo fruto son las obras, puede que valga en un principio para acercarnos a Dios, pero no para quedarnos contemplando las alturas y, mucho menos, para contemplarnos a nosotros mismos con quejas y reclamos continuos a Dios. Es cierto que hemos estado bajo el peso de un yugo y unas cadenas, la de nuestro propio pecado o adicción, los cuales nos quitaban la libertad para amar a Dios y a los hermanos con la dedicación que se nos pide, fin y meta de todo hijo de Dios, ahora con más responsabilidad aún que hemos sido engendrado de nuevo por el sacrificio de la cruz. 

Ha llegado pues la hora, de mirar otra realidad que no sólo sea la mía, el pasado ya pasó y no tiene vuelta atrás, de lo contrario corremos el riesgo de tropezar como aquel que coje el arado y se desentiende, por momentos, del verdadero y único horizonte que tiene por delante; en nuestro caso, plasmar la identidad de Jesús en mi vida. De esta manera entonces, enfoquémonos, sí, en buscar la unión con Dios pero también atendamos la realidad del hermano herido en múltiples formas; y no solo eso, sino que abandonemos también ciertos pecados sociales de injusticia, con los cuales impedimos hacer un mundo más justo y mejor repartido, y esto pese a lo que hagan los demás, entre otros los políticos; ya que cada uno es responsable de sí mismo ante el tribunal de Dios. 

Primera lectura. Isaías 58,1-9a

Así habla el Señor Dios:

¡Grita a voz en cuello, no te contengas, alza tu voz como una trompeta: denúnciale a mi pueblo su rebeldía y sus pecados a la casa de Jacob!

Ellos me consultan día tras día y quieren conocer mis caminos, como lo haría una nación que practica la justicia y no abandona el derecho de su Dios; reclaman de mí sentencias justas, les gusta estar cerca de Dios:

«¿Por qué ayunamos y tú no lo ves, nos afligimos y tú no lo reconoces?». Porque ustedes, el mismo día en que ayunan, se ocupan de negocios y maltratan a su servidumbre.

Ayunan para entregarse a pleitos y querellas y para golpear perversamente con el puño. No ayunen como en esos días, si quieren hacer oír su voz en las alturas.

¿Es este acaso el ayuno que yo amo, el día en que el hombre se aflige a sí mismo? Doblar la cabeza como un junco, tenderse sobre el cilicio y la ceniza: ¿a eso lo llamas ayuno y día aceptable al Señor?

Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos;

compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.

Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor.

Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: «¡Aquí estoy!».

Salmo 51(50),3-4.5-6a.18-19.

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas!¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí.Contra ti, contra ti sólo pequé Los sacrificios no te satisfacen; si ofrezco un holocausto, no lo aceptas: mi sacrificio es un espíritu contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Evang según S. Mateo 9,14-15.

Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?».

Jesús les respondió: «¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Comentario de S. Teodoro el Estudita (759-826) monje en Constantinopla

Catequesis 46, (Les Grandes Catéchèses, Spiritualité Orientale 79, Bellefontaine, 2002), trad. sc©evangelizo.org

Vendrá el tiempo…que ayunarán

Hijos bien-amados y hermanos: Dios que en su sabiduría gobierna todo y de forma excelente y sabia lleva a buen término las estaciones y los años, nos ha hecho conocer que ya ha llegado el tiempo de salvación y beneficio para las almas. (…) ¡Gracias sean dadas a quien nos ha revelado este tiempo y juzgado dignos de alcanzarlo! Por eso, en todo momento  debemos llevar una vida santa y pura  y observar los mandamientos de Dios, en particular actualmente. (…)

            Ya que es tiempo de purificación, ¡purifiquémonos! Ya que es tiempo de abstinencia, ¡hagamos abstinencia! No sólo de alimentos, porque no sería suficiente. Hagamos abstinencia (…) de envidiar la buena reputación de nuestro hermano y ponernos en cólera o irritarnos contra el prójimo. Hagamos abstinencia de no poner freno a nuestra lengua, dejándola correr como ella quiere. Se debe imponer ella misma los límites: no hablemos mucho ni en cualquier momento, hablemos sólo de temas convenientes. Nuestros ojos se deben guardar de miradas impúdicas. Nuestros oídos deberían permanecer cerrados, abriéndose sólo para escuchar lo que es agradable a Dios y él ama.

            Si, mis hijos bien-amados. Los exhorto para que hagan de ustedes mismos un instrumento musical, un harpa agradable del Espíritu Santo. (…) Mantengan la paz entre ustedes. La tan venerable Cuaresma fatiga al cuerpo, es cierto. ¡Pero a causa del cuerpo no dejen que se les doblegue el coraje! (…) Como siempre, con un poco de paciencia, ¡no sentirán más el peso!

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel 

Y yo ¿cómo amo?

Es muy habitual escuchar decir entre los cristianos de nuestro tiempo la celebre frase de S. Agustín ama y haz lo que quieras y la verdad que tenia toda la razón del mundo, si amamos haríamos cualquier cosa que no ofendiese a Dios, ni menoscabara la integridad física o moral del hermano. Pero esta frase en ocasiones se utiliza para todo lo contrario, más que para agradar a Dios y someter nuestra voluntad a la de Dios, para contentarnos a nosotros mismos como queda reflejado en el comentario de las lecturas de hoy de S. Gertrudis. Y esto sucede porque en nuestra cultura tenemos un concepto del amor que, por lo general, se suele confundir e identificar con los sentimientos, algo muy alegado de lo que se nos muestra en Jeremías (17, 9-10) El corazón es más traicionero que cualquier otra cosa y es desesperado. ¿Quién puede conocerlo? Yo Yahveh, examino el corazón, analizo los pensamientos más íntimos, para pagarle a cada uno según su conducta, según el fruto de sus obras. De este modo pues, si queremos saber en realidad que es amar tenemos que ir a la fuente primera del amor, al agua que salta a la vida eterna y que colma toda sed, y beber de esa agua que tanto añoraba la mujer samaritana aún sin saberlo. Esa fuente como ya puedes imaginarte no es otra que Jesús, Él cual, a diferencia del ser humano, nos enseña que el amor no es buscarse a si mismo, sino que el amor verdadero es el amor de salida, el amor oblativo, el que entrega la vida a la voluntad del Padre Eterno, incluso por encima de toda comprensión y lógica humana, como tener que dar la propia vida si llegara el caso. Por esto, para saber si estamos amando realmente o si nuestro corazón traicionero nos lleva a buscarnos a nosotros mismos (todo lo contrario de negarse a si mismo) hagamos un análisis de vida a la luz de los mandamientos dados por Dios a Moisés, fuente de vida como el propio Jesús porque ambos provienen de Dios, y están en Dios como una unidad (en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios). Y dice la primera lectura de hoy, que en su cumplimiento, también, nos va la vida o la muerte. Y ello porque todo lo que proviene de Dios esta hecho y diseñado por amor y para nuestro propio bien. Así pues, hermanos no enfoquemos nuestra vida en tal o cual pecado, enfoquemos nuestra vida en amar oblativamente como Jesús (el último lugar para mí y el primero para Dios y los hermanos), y para saber si realmente lo estamos haciendo bien, hagamos de vez en cuando un examen, profundo, a la luz de los Diez mandamientos.

Deuteronomio 30,15-20.

Moisés habló al pueblo diciendo:
Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha.
Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo, si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella.
Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar y vas a postrarte ante otros dioses para servirlos, yo les anuncio hoy que ustedes se perderán irremediablemente, y no vivirán mucho tiempo en la tierra que vas a poseer después de cruzar el Jordán.
Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel. Porque de ello depende tu vida y tu larga permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob.

Salmo 1,1-2.3.4.6.

¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!

El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

Evangelio según San Lucas 9,22-25.

Jesús dijo a sus discípulos:
«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».
Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?

Comentario por Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301) monja benedictina

El Heraldo, Libro III, (Œuvres spirituelles, Cerf, 1968), trad. sc©evangelizo.org» Que tome su cruz y me siga» Estando enferma, en la cercanía de una fiesta, Gertrudis expresó al Señor el deseo de un alivio para poder celebrarla. Sin embargo, se sometía sin reservas a su entera voluntad. El Señor le dio esta respuesta: «Expresando tu deseo y sobre todo remitiéndote a mi voluntad, es cómo si me condujeras a un jardín de delicias, con canteros floridos y acogedores. Pero debes saber que si escucho tu deseo, para que puedas participar en la celebración, sería cómo si yo te siguiera al cantero de tu elección. Si al contrario, no te escucho y perseveras en la paciencia, es cómo si me siguieras al cantero de mi elección. En el estado de deseo en medio del sufrimiento, encuentro más reconocimiento hacia mí que en el de una piedad cumplida.

Extraído de https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

Jesús rompe todos los esquemas

La lectura de hoy parece contradecir el carácter de Jesús siempre compasivo, atento y amable a los reclamos de las personas más vulnerables tanto en sus necesidades físicas como en las heridas psicoafectivas que la vida de pecado ha dejado en sus corazones. En el caso que nos ocupa hoy sucede lo contrario, es como si Jesús quisiera desentenderse de aquella mujer que no forma parte del pueblo destinado en un primer momento (el pueblo judío) a conocer la intimidad de Dios y los designios para entrar a gozar de su Reino. Pero si observamos atentamente a la lectura de hoy y a la vida de Jesús, nos daremos cuenta de que no es así, en primer lugar, este modo de actuar de Jesús sugiere, que lo que deseaba transmitir al resto de los allí presentes es que siendo ellos los llamados en primer lugar a conocer las buenas noticias que el traía para salvar sus vidas, no debían desaprovechar esa oportunidad ahora que el mismo Dios estaba presente ante sus ojos, era por tanto el momento idóneo, como reza el proverbio, de subirse al carro. Y, en segundo término, no era desprecio hacia la mujer, porque esta no era indiferente para Jesús, si lo hubiese sido, hubiera pasado de largo sin más, sin haber entablado una conversación con esta, como hacia con todos aquellos que le salían al paso, pobres, ricos, leprosos, posesos, ladrones, mujeres de mala vida, y un largo etc. El modo de actuar de Jesús no es el de dejarse llevar por los prejuicios, como en nuestra época, que tenemos muy bien interiorizado aquello de que al enemigo ni agua, y de este modo en lugar de conocer la interioridad y las razones de los otros, de los que piensan diferentes a mí, pasamos de largo de ellos, cuando no los criticamos duramente y levantamos un muro infranqueable, donde deberíamos haber tendido un puente, para desactivar todas las guerras.

De este modo Jesús entabla una conversación con una mujer que para los de su mismo pueblo es considerada -por su paganismo y etnia- como un perrito, inmerecedora de cualquier favor. Pero, es más, con esta oportunidad que Jesús le ofrece de alegar en su favor, para escudriñar su corazón y lo que le aflige, esta mujer, mostrando una fe y humildad inconmensurable obra el milagro que anhelaba por manos de Jesús, y de este modo adelanta y se coloca por encima de los allí presentes y de los destinados a conocer, en primer lugar, las primicias del Reino de Dios que Jesús vino atraerles.

Así pues, este Evangelio nos deja la enseñanza de aquello que mueve el corazón de Dios, por encima de todo: no es la pertenencia a un pueblo, a una clase, a una religión, a una práctica, etc., lo que lo activa es la fe y la humildad de todas las personas que temen a Dios y se reconocen nada ante su poder, señorío, majestad, gloria e infinita misericordia. Bien claro de que esto es así, lo vemos en otro pasaje bíblico (Marcos 6, 1-6)  Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.

La Cruz signo de contratación

Será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.
En el evangelio de hoy S. Lucas, nos describe lo que está pasando hoy, y ha pasado desde que el cristianismo echó a andar por el siglo I, salvo algunos periodos de la historia, y no es otra cosa que la cruz y el que está clavado en ella, es signo de contradicción para muchos. Hoy como antaño miles de personas mueren en África y otros continentes a causa de su fe en Cristo, pero resulta no menos alarmante y contradictorio, que esta persecución vuelve a occidente, a países que se consideran «democráticos» y «tolerantes» persiguiendo la libertad de expresión, censurando redes sociales, imponiendo multas y hasta pena de cárcel en algunos países para aquellos que no comulguen con las tesis de lo correctamente político, quemando iglesias como en Chile y en Francia, asesinando a cientos de sacerdotes en México, asaltando iglesias en Argentina y vilipendiado y atentando contra la integridad física de los que las defienden, quitando crucifijos en España no solo de los colegios sino de la vía pública, y llevando a juicio a obispos por prestar apoyo y acompañamiento a personas que voluntariamente querían abandonar un modo de vida con el que no estaban agusto.
¿Y todo esto para qué? Hoy lo dice bien claro el evangelio: PARA QUE SE MANIFIESTEN LOS PENSAMIENTOS ÍNTIMOS DE MUCHOS, es decir, el fanatismo, el resentimiento, la intolerancia, la decadencia moral, el odio, la venganza, el libertinaje y la tiranía del que ejerce el poder.

Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos».
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

La discordias surgen de ver fuera, lo que no nos atrevemos a mirar dentro.

Las lecturas de hoy vuelven a ser más actuales que nunca. En un mundo en el que se siembra la división en todos los ámbitos donde el hombre se desenvuelve en el día a día, San Pablo, en la primera lectura, nos invita a la unidad y a trabajar, ante todo, por la salvación personal (trabajen nos dice: con temblor y temor por su salvación). Nosotros en cambio parece que hemos olvidado lo uno y lo otro: antes de haber rendido ante Dios, todos nuestros apegos materiales, vínculos afectivos, y apego a nuestra propia imagen y deseos irrefrenables de brillar, nos hemos constituimos en salvadores del mundo y de los demás, cuando la Palabra de Dios no nos toca -en muchas ocasiones- ni de perfil; es decir, lo de la paja en el ojo ajeno y no la biga en el nuestro. Ahora más que nunca utilizamos la plaza pública (en nuestro tiempo, las redes sociales) no ya sólo para murmurar, sino que juzgamos como si fuésemos Dios a los otros (sus intenciones), quitándoles la fama y sembrando un odio que nos divide y crea una sima de separación cada vez mayor para la paz y el entendimiento. Santa Teresita del Niño Jesús, en su comentario de hoy a las lecturas, nos da las claves para adentrarnos en nuestra salvación y por ende no estar en la batalla de la razón personal, de la división (yo sé más que tú, yo soy mejor que tú, yo me entrego más que tú, etc.), y estas son las siguientes: 1_ alejarse de todo lo que brilla (de lo que me dé notoriedad), 2_ amar nuestra pequeñez, como vemos Santa Teresita vas más allá de los consejos psicológicos, no habla de aceptarnos y no envidiar lo ajeno, ella nos habla de amar nuestra pobreza (cuanto más pequeño soy, más brilla mi Dios y más agradecido estoy por haberme elegido y atraído con tanto amor hacia Él, sin tener nada que ofrecerle), bueno una solo cosa sí que nos recomienda ofrecerle a Dios y es nuestra 3_ confianza plena en Él, y por último nos dice: deseemos no sentir nada, es decir aceptar lo que Dios quiera darnos en cada momento para nuestro crecimiento espiritual; si es gozo en el espíritu ¡alabado sea Dios!, si es sequedad y aridez espiritual ¡alabado sea igualmente Dios! Posiblemente, en este último caso, nos esté alejando de creernos merecedores de algo, y a su vez de endiosarnos a nosotros mismos.     

Carta de San Pablo a los Filipenses 2,12-18.

Queridos míos, ustedes que siempre me han obedecido, trabajen por su salvación con temor y temblor, no solamente cuando estoy entre ustedes, sino mucho más ahora que estoy ausente.
Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor.
Procedan en todo sin murmuraciones ni discusiones:
así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo,
mostrándole la Palabra de Vida. De esa manera, el Día de Cristo yo podré gloriarme de no haber trabajado ni sufrido en vano.
Y aunque mi sangre debiera derramarse como libación sobre el sacrificio y la ofrenda sagrada, que es la fe de ustedes, yo me siento dichoso y comparto su alegría.
También ustedes siéntanse dichosos y alégrense conmigo.

Salmo 27(26),1.4.13-14.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?

Una sola cosa he pedido al Señor,
y esto es lo que quiero:
vivir en la Casa del Señor
todos los días de mi vida,
para gozar de la dulzura del Señor
y contemplar su Templo.

Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor.

Evangelio según San Lucas 14,25-33.

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
«Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.»Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

carmelita descalza, doctora de la IglesiaCarta 197, del 17-09-1896

«El que de entre vosotros no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo mío»

Querida hermana: ¿Cómo puedes preguntarme si puedes tú amar a Dios como le amo yo…?  Mis deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan la confianza ilimitada que siento en mi corazón. A decir verdad, son las riquezas espirituales las que hacen injusto al hombre cuando se apoya en ellas con complacencia, creyendo que son algo grande… Yo sé muy bien que.. lo que le agrada a Dios en mi pobre alma es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… Este es mi único tesoro. Hermana querida…, comprende que para amar a Jesús…, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de este Amor consumidor y transformante… Con el solo deseo de ser víctima ya basta; pero es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas, y eso es precisamente lo difícil, pues «al verdadero pobre de espíritu ¿quién lo encontrará? Hay que buscarle muy lejos», dijo el salmista… No dijo que hay que buscarlo entre las almas grandes, sino «muy lejos», es decir, en la bajeza, en la nada… Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces seremos pobres de espíritu y Jesús irá a buscarnos, por lejos que nos encontremos, y nos transformará en llamas de amor… ¡Ay, cómo quisiera hacerte comprender lo que yo siento…! La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor… El temor ¿no conduce a la justicia…? Ya que sabemos el camino, corramos juntas. Sí, siento que Jesús quiere concedernos las mismas gracias a las dos, que quiere darnos gratuitamente su cielo.

Textos bíblicos y comentarios de Santa Teresita del Niño Jesús, tomados de: https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

¿Quíen es nuestro enemigo?

La Palabra

San Pablo tenía claro quién es nuestro enemigo, y parece, como nos muestra hoy en una de sus cartas, que el verdadero enemigo no son las personas, estas pasan en nuestras vidas como los árboles que contemplamos subidos a un tren, al igual que los gobiernos; más bien son usadas por el verdadero enemigo del hombre, para intimidarnos o separarnos del camino de Dios.

Este enemigo, como nos describe el apóstol, tiene que ver con los principados, potestades, espíritus del mal -de las tinieblas- que habitan en el espacio: es decir con lo que nosotros en la iglesia católica conocemos como los ángeles que se rebelaron contra la soberanía de Dios, el creador de ellos mismos y de todo cuanto existe.

Las personas que nos hacen daño, lo hacen -por lo general- buscando sus propio interés, sin tener en cuenta otras consideraciones, los espíritus que están en el aire, tienen una estrategia y una meta más alta, que es combatir la soberanía de Dios y su Reinado sobre la vida del hombre, no solo con la vista puesta en este mundo material, sino para la Vida Eterna; es decir separarnos definitivamente de nuestro creador, que nos hizo para el amor, la justicia, y para una vida plena, como la que tuvimos anteriormente antes del pecado del hombre.

La estrategia de este enemigo, como sabemos por otros pasajes bíblicos, es muy sutil, se disfraza de ángel de luz (el mal nos lo presenta con aspecto de bien) y aprovecha cualquier malestar físico, emocional, nuestra debilidades carnales e incluso a las personas, como ya dije, para obrar en nuestras mentes y llevarnos a la depresión, al miedo, a los complejos, a aislarnos de los demás, y lo peor de todo, a actuar en contra del mandato del amor que Jesús nos enseña: amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.

La estrategia mayor de todas, en los últimos años, ha sido hacernos creer incluso que no existe, para así actuar a sus anchas. Pero como nos muestra el Evangelio de hoy, en palabras del mismo Jesús, éste separa muy bien, entre expulsar demonios y realizar curaciones. Hoy el demonio anda agazapado, sin dar muchas señales de su existencia, sin revelarse, porque tiene muy pocos enemigos, hombres que vivan en el Espíritu de Dios, y que la oración y el ayuno, para ellos, sea el motor de sus vidas.

La estrategia para combatir a este enemigo invisible, que no se deja ver ni tan siquiera en laboratorios, también nos la presenta el Apóstol Pablo, para que nada quede al azar, y las mismas son: la verdad (para los creyentes, la verdad es Jesús), la Justicia (la rectitud moral en nuestras relaciones con los demás, con nosotros mismos y con Dios), el escudo de la fe (no dudar de la palabra de Dios y sus promesas), la salvación (la esperanza en que lo material no es todo, que vivir conforme a Dios, tiene su recompensa, ya aquí en la tierra, pero sobretodo en la Eternidad) y para combatir a este enemigo de rostro amable, benevolente y transigente con nuestras debilidades, sobre todo, la Espada del Espíritu, que como dice S. Pablo es la Palabra de Dios (si desconocemos las Escrituras, estamos al albur de las personas o los medios que el Diablo utilice para sus fines).

Luego el Apóstol nos da otras recomendaciones, que nunca debemos olvidar para mayor gloria de Dios, entre otras, la de interceder unos por otros, y la de propagar el Evangelio.

Carta de San Pablo a los Efesios 6,10-20.

Hermanos, fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder.
Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio.
Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.
Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos.
Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza.
Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz.
Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno.
Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos,
y también por mí, a fin de que encuentre palabras adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio,
del cual yo soy embajador en medio de mis cadenas. ¡Así podré hablar libremente de él, como debo hacerlo!
Salmo 144(143),1.2.9-10.
Bendito sea el Señor, mi Roca,
el que adiestra mis brazos para el combate
y mis manos para la lucha.
El es mi bienhechor y mi fortaleza,
mi baluarte y mi libertador;
él es el escudo con que me resguardo,
y el que somete los pueblos a mis pies.

Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo
y tocar para ti con el arpa de diez cuerdas,

porque tú das la victoria a los reyes
y libras a David, tu servidor.
Evangelio según San Lucas 13,31-35.
En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: «Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte».
El les respondió: «Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado.
Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!
Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Comentario: Juliana de Norwich (1342-después de 1416) reclusa inglesa
Revelaciones del amor divino, cap. 31
«Cuántas veces quise reunir a tus hijos»

La sed espiritual de Cristo tendrá final. He aquí su sed: su deseo intenso de amor hacia nosotros, que durará hasta el juicio final. Ya que los elegidos, que serán la alegría y la felicidad de Jesús durante toda la Eternidad, están aún en parte aquí abajo, y, después de nosotros, habrá otros hasta el último día. Su sed ardiente es poseernos a todos en Él, para su gran felicidad – por lo menos, esto es lo que me parece a mí… En tanto que Dios, es la felicidad perfecta, bienaventuranza infinita que no puede ser aumentada ni disminuida… Pero la fe nos enseña que, por su humanidad, quiso sufrir la Pasión, sufrir todo tipo de dolores y morir por amor a nosotros y para nuestra felicidad eterna… En tanto que es nuestra Cabeza, Cristo está consagrado y no puede seguir sufriendo; pero, puesto que es también el cuerpo que une a todos sus miembros (Ef. 1,23), no está todavía completamente glorioso e impasible. Por eso, siente siempre este deseo y esta sed que sentía de Cruz (Jn 19,28) y que me parece, estaban en él desde toda la Eternidad. Y así se puede decir ahora y se dirá, hasta que la última alma salvada, haya entrado en esta Bienaventuranza. Sí, tan cierto es que hay en Dios misericordia y piedad, como que hay en Él esa sed y ese deseo. En virtud de este deseo, que está en Cristo, nosotros también lo deseamos: sin esto ninguna alma llega al cielo. Este deseo y sed proceden, me parece, de la infinita bondad de Dios, y su misericordia…; y esta sed persistirá en él, mientras estemos en la indigencia, atrayéndonos a su Bienaventuranza.

Los tiempos no pintan y los testigos claudican


Hoy el evangelio y su comentarista, San John Henry Newman, nos invitan a estar preparados, como el buen empleado fiel, para que nuestra alma esté preparada para el regreso de nuestro Señor Jesucristo, pues él mismo prometió su regreso. Los tiempos no pintan bien, y por lo mismo nos avisó Jesús de que estuviésemos atentos a los signos de cada época. Y en nuestro tiempo, estos signos nos muestran, entre muchos otros, que la gente no quiere estar sujeta a nada, y ellas mismas determinan lo bueno y lo malo, según los deseos de sus pasiones y su propia concepción del mundo. No se puede buscar la paz, la prosperidad, al margen de Dios porque él hombre nada entre los intereses personales y afectivos y su propia limitación cognitiva. Es por ello que las Escrituras nos pone en guardia con estas palabras: la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues escrito está: Él es EL QUE PRENDE A LOS SABIOS EN SU propia ASTUCIA.

Estemos preparados con la llama encendida del arrepentimiento, el perdón, la misericordia, la justicia,  la verdad (Jesús) y del amor, de aquel amor que no juzga, ni lleva cuenta el mal recibido, del amor que pone su confianza en Dios, porque de cualquier manera no sabemos ni el día ni hora: o bien de la vuelta de Jesús o de nuestra muerte temporal.
Por otro lado, en este mismo evangelio Jesús nos dice: Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Dios con este ejemplo nos da a entender que si somos fieles a su Palabra nos hará administradores de todos sus bienes. ¿No es impresionante? !administradores de todos los bienes de Dios… Uauu¡ Es el momento de pedir fe al Señor para creernos esto, tal y como creyeron los santos.

Dios es grande y poderoso, ¡Alabado y glorificado sea por siempre! Nos quemaran las iglesias pero no el espíritu, Dios lo hizo en su infinita sabiduría inmaterial y eterno (incombustible). ( Evangelio del día 21/10/2020

Evangelio según San Lucas 12,39-48.

Jesús dijo a sus discípulos: «Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.
Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada».
Pedro preguntó entonces: «Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?».
El Señor le dijo: «¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?
¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo!
Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.
Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse,
su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.
Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.»Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San John Henry Newman (1801-1890)

teólogo, fundador del Oratorio en InglaterraPPS, t. 4, Nº 22

“Estad preparados.”

Nuestro Señor nos ha hecho esta advertencia en el momento en que estaba a punto de dejar este mundo, por lo menos de dejarlo visiblemente. Preveía los cientos de años que podían transcurrir antes de su retorno. El conocía su propio destino, el del Padre; dejar gradualmente este mundo y su propio curso, retirando poco a poco las prendas de su presencia misericordiosa. Preveía el olvido en que caería, incluso entre sus discípulos…Preveía el estado del mundo y de la Iglesia tal como los vemos hoy, donde su ausencia prolongada ha hecho creer que ya no volvería nunca más… Hoy, nos susurra al oído con gran misericordia que no nos fiemos de aquello que vemos, que no participemos en la incredulidad general, que no nos dejemos arrastrar por el mundo, sino de “velar y orar en todo tiempo” (Lc 21,36) y de esperar su venida. Este aviso misericordioso tendría que estar siempre en nuestro corazón por ser tan necesario, solemne y urgente. Nuestro Señor había anunciado su primera venida; y sin embargo, fue una sorpresa cuando apareció. Volverá de modo más imprevisto aun en su segunda venida, sorprenderá a los hombres, pues no ha dicho nada sobre el espacio de tiempo que media antes de su vuelta y nos encomienda la vigilancia y la guarda de la fe y del amor. .. No debemos sólo creer sino velar; no sólo amar sino velar; no sólo obedecer sino velar. Velar ¿porqué? Por el gran acontecimiento de la venida de Cristo. Nos parece un deber particular esta invitación a velar, no sólo creer, temer, amar y obedecer, sino también velar; velar por Cristo, velar con Cristo.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

La mejor palabra, en ocasiones, es la que se calla

Tus palabras pueden ser mi tumba o el trampolín para mis logros, no seas impulsivo a la hora de pronunciarte para acusarme, especialmente con aquella persona que te tiene idealizado. ¿Quiénes son estas personas idealizadas para los niños? en primer lugar los padres, después hermanos mayores, seguidos de tutores y profesores.

Si de algo te debes cuidar y proteger, es de tu lengua.

Tiene tus cabellos contados ¿lo sabías?

Evangelio de hoy.

Nuestra vida no está en manos del azar, ni del destino, ni en nuestros cálculos y previsiones, ni siquiera en manos de nuestros enemigos o incluso de Satanás, que como sabemos por el libro de Job, Dios dijo a Satanás: <<Pero a mi siervo Job, no lo toques>> Dios deja al hombre a su libre albedrío, pero tiene un destino y un tiempo para aquellos que le aman. <<Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros>>. Sigue el link del día 16/10/2020.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel?fbclid=IwAR2bOAWKdIfdK1NHf0uwGTUceKYw_cbe9u69CdkINL-BgqtVp55ll-xMrSQ

Se me olvidaba, tampoco la Covd 19, que solamente podrá tocarnos si está en sus planes, en los planes de Dios, o Él lo permite.

¿De verdad soy sabio?

Super interesante las lecturas de hoy, que te dejan descolocado para que resetees tu alma y además con un nuevo software.

Miércoles de la vigesimocuarta semana del Tiempo Ordinario

Carta I de San Pablo a los Corintios 12,31.13,113.
Hermanos:
Aspiren a los dones más perfectos. Y ahora voy a mostrarles un camino más perfecto todavía.
Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.
Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece,
no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido,
no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.
El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá;
porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.
Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.
Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño,
pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.
En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor.

Salmo 33(32),2-3.4-5.12.22
Alaben al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas;
entonen para él un canto nuevo,
toquen con arte, profiriendo aclamaciones.

Porque la palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor.

¡Feliz la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se eligió como herencia!
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti.

Evangelio según San Lucas 7,31-35.
Dijo el Señor: «¿Con quién puedo comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen?
Se parecen a esos muchachos que están sentados en la plaza y se dicen entre ellos: ‘¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!’.
Porque llegó Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y ustedes dicen: ‘¡Ha perdido la cabeza!’.
Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!’.
Pero la Sabiduría ha sido reconocida como justa por todos sus hijos.»

Subrayó esto último:

<<Pero la Sabiduría (se refiere a Jesús) ha sido reconocida como justa por todos sus hijos>>.

Buenos días nos de Dios.