Evangelio de hoy. El llamado de Dios.

Jesús como a Felipe hoy nos invita a ir en pos de Él. Y este, que sabe que es el Mesías que esperaban, se decide a seguirle sin ponderar lo que tiene que dejar atrás de su anterior vida. Natanael, en cambio, es más reticente por dos motivos, porque aún no conoce a Jesús, y porque actúa bajo la influencia del mundo, de las etiquetas, antes de formarse un criterio propio. En el caso que nos ocupa, la etiqueta que hace cierto el refrán que ha llegado hasta nuestra cultura, y la misma que aparece ya en las Escrituras, que preconiza que ningún profeta es bien recibido en su tierra y entre su gente.

Finalmente, Natanael ante las palabras de Felipe ven y lo verás, se pone en marcha y corrobora en primera persona lo cierto del refrán; que Dios se manifiesta donde quiere, y en lo más cercano. Jesús, de este modo cambia no solo el criterio de Natanael, sino su vida

Cuando nos plantamos ante Dios, este rompe nuestros esquemas mentales y paradigmas culturales: los esquemas del mundo no resisten ante Dios, Él conoce lo que guarda el corazón de cada uno de sus hijos y cómo restaurar ese mismo corazón hecho a imagen suya: ese corazón infantil, alegre, sano y confiado, que ha quedado dañado con el paso de los años, por ese mismo mundo, por esa cultura, a la que como ciegos la cayos ahora servimos. Esa cultura que nos ha puesto encontrá de Dios, pero que nos ha dejado al mismo tiempo vacíos, egoístas y desprovisto de todo asidero, firme, donde apoyarnos.

Para concluir y como reflexión decir que para conocer a Dios lo primero que hay que hacer es ponerse en marcha, buscarlo allí donde nos han dicho que está: en las Escrituras, en los sacramentos, en la oración, en el templo donde está presente en el sagrario, pués ¿como podemos amar, como Natanael, al que no conocemos? ¿y como va a haber personas que lo conozcan, si no hay hermanos que los lleven a Él, y como vamos a ponernos en marcha si no tengo un corazón libre dispuesto a soltar todo prejuicio personal y adquirido?

Oración: hoy vengo a tí Señor, déjame conocerte para amarte, mi vista está nublada y mi corazón cerrado por las heridas del camino. De ti me han dicho que solo tú puedes dar sentido a mi vida y, al mismo tiempo, sanar todo aquello que me impide recibir esa promesa de vida abundante que tú, con tu palabra infalible, has dejado para mí.
¡Te doy gracias Señor por tu llamado, a tus pies me pongo, porque en ti confío!

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2022-01-05

Evangelio del día

En el Evangelio de hoy, vemos como Juan señala a Jesús, ante dos de sus discípulos como el Cordero, es decir como la víctima propiciatoria y suficiente de Dios, que debía limpiarnos de nuestros pecados y reconciliarnos definitivamente con Dios, algo que no podía  hacer el antiguo sacrificio animal del pueblo hebreo, como tampoco lo logran  los sacrificios que nosotros hacemos, ya que así dice la Palabra en otra parte: *Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron….He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad*.
Posteriormente observamos como los discípulos entusiasmados por saber que estaban ante el ungido de Dios, el Mesías que esperaban, deciden seguirle sin ninguna oposición de Juan el Bautista que, con esta actitud humilde, cede todo el protagonismo a Jesús, es decir no le importa perder él, en favor del que realmente es digno de honor y de único seguimiento.
Posteriormente vemos, como Jesús invita a su casa a estos dos discípulos. Jesús siempre abierto, como observamos en otros pasajes del Evangelio, a atender las necesidades espirituales y materiales de la gente. Así pués, invita a los discípulos de Juan a su casa, a quedarse con Él en ella; es decir, a mostrale su intimidad en el lugar más idóneo.
Y para finalizar, vemos que esta invitación de Jesús es expansiva, los discípulos invitan a otros a conocer a Jesús y Jesús por su parte comienza a cambiar sus planes, y para ello comienza con el nombre a Simón, lo cual en la antigüedad era tanto como como cambiar su propia identidad.

Enseñanza:
Como a los discípulos y a Juan, Jesús no nos deja indiferentes, viene a desinstalarnos, nos comunica sus dones pero a la vez nos dice que no podemos comprar la voluntad de Dios, solamente Él, es el Cordero que quita el pecado, el único al que hay que seguir, porque no es un hombre más, sino que es Dios al mismo tiempo. No basta, por tanto, con ser «buenos» como dicen muchos, sino que además necesitamos seguirle para conocer su intimidad y su voluntad y, al mismo tiempo, para lavar nuestros pecados en su sangre.

Oración: te pido Padre Eterno, en el Nombre de Jesús, tú hijo amado, ser humilde, no buscar protagonismos personal, que me libres de mis heridas y vacíos existenciales (de mis complejos) y que a cambio te conozca en tu intimidad para que viva de tí, por ti, y en tí, ya que tú eres mi Padre; Verdadero y Único Dios.

IDENTIDAD SECUETRADA. Decimoquinta entrega

Cap. V. NUEVOS E INÉDITOS HORIZONTES

1. EL EXILIO DESTINO DEL POBRE

Después de estas disquisiciones sobre lo humano y lo divino, al final del capítulo anterior, reinicio este volviendo al relato autobiográfico desde donde lo dejé la última vez.

El tiempo de contrato en el hospital llegó a su término y ahora me encontraba, de nuevo, ante una encrucijada. Volver a la tienda después de tanto tiempo de ausencia se volvió, como me temía, en un imposible. Cuando perdemos la referencia de Dios y sus mandamientos, y ponemos toda nuestra Vida, en las seguridades que nos puedan deparar las personas o las cosas materiales (en aquello que es pasajero), somos capaces de saltar por encima de todas las barreras; principalmente la de nuestra propia integridad moral con la palabra empeñada. De este modo, no pude llegar a un entendimiento con la que fue por muchos años mi mejor amiga, para recuperar, sin desavenencias, lo que ella misma había prometido devolver en cuanto me reincorporase al negocio. 

En ese nuevo escenario, sin expectativas, porque el país económicamente se desplomaba por 1989 y las estadísticas de desempleo arrojaban casi un veinticuatro por ciento de parados, me vi abocado a buscar trabajo en otro lugar que brindara más salidas que el mío propio. Y tomé dicha decisión, no solamente con la intención de encontrar trabajo, sino un lugar, lejos de la familia y de conocidos, que me facilitase vivir según mi orientación sexual: esto siempre y cuando yo me decidiese aceptar primero esa realidad en mí. El sitio elegido fue Cataluña, buscando el respaldo de una parte de mi familia materna, que había emigrado a esa región cuarenta años antes de que yo fuese a alojarme en su domicilio. 

Me dirigí a la provincia de Barcelona a la edad de veintiocho años, con mucha ilusión, por el reto que me planteaba para madurar en todos los sentidos, y por las puertas que allí, según pensaba, se me abrirían. Emprendí la huida con un coche de segunda mano, que pondría mi templanza y mi destreza a prueba antes de llegar al pueblo donde residían mis tíos. Esta era la primera vez que hacía un trayecto largo conduciendo mi propio vehículo; y en esta ocasión, como en otras anteriores, mi ángel de la guarda me alertó a tiempo de un peligro. Al parar en una gasolinera a mitad de camino entre Madrid y Zaragoza, pensé que era el momento oportuno para echar un vistazo al motor. Cuando levanté el capó del vehículo pude detectar que el depósito que suministraba agua al radiador estaba vacío perforado por la hélice del ventilador. A pesar de este contratiempo, especialmente porque al acontecer en festivo estaban los talleres de reparación cerrados, salvé la situación con cinta aislante impermeable, que me suministraron en el comercio adjunto a la gasolinera. Así pues, con un poco de pericia, pude taponar el orificio de la pequeña cisterna suministradora, llenándola de nuevo hasta llegar a mi lugar de destino.

El pueblo donde vivía mi familia, muy cerquita a Vilafranca del Penedés, apenas superaba los mil doscientos habitantes en mil novecientos ochenta y nueve. Estaba situado en una zona tranquila, en el interior de la provincia de Barcelona, siendo su principal atractivo el paisaje que discurría entre suaves colinas a los pies de la cordillera prelitoral y la alta montaña, a escasos kilómetros, que cargaba el horizonte de valles sinuosos y pronunciados barrancos con bosque mediterráneo de fondo.

Con mis tíos, que estaban ya jubilados, vivía mi prima, su hija menor, a la que yo sacaba dos años de diferencia. Fui bien acogido por toda la familia, y mientras mi tío me ayudaba a buscar trabajo, mi prima tuvo la deferencia de introducirme en su pandilla. Como es normal, cuando llegas a un sitio por primera vez, si no tienes padrino o no te has especializado anteriormente en algún oficio, los mejores puestos de trabajo están ocupados por sus habitantes naturales. De este modo, después de patear varios días con mi tío, de un extremo a otro, un polígono industrial próximo a Vilafranca, me contrataron en una fábrica de muebles: industria en la que comencé ocupando el nivel más bajo. Fue en este trabajo en la empresa privada y con alta en la seguridad social, cuando comenzaron a desmoronarse en mi mente todas las ideas preconcebidas que tenía sobre los derechos laborales del trabajador: en aquella faena echaba diez y doce horas −a veces incluso más− si el mercado lo demandaba con urgencia sin que nos abonasen las horas. Lo acepté con resignación viendo que no era yo el explotado porque viniese de fuera, sino que ocurría del mismo modo con el resto de trabajadores autóctonos. Cuando la necesidad aprieta, si no hay solidaridad entre compañeros, no queda otro remedio que agachar la cabeza y seguir adelante. Esto, claro está, siempre y cuando no te denigran como persona o ataquen tus convicciones más profundas; lo cual sí que lo hubiese considerado inasumible.

Como anoté, anteriormente, mi prima me introdujo en su pandilla, motivo por el que no me vi aislado en tierra extraña; pero no sólo eso, sino que además me ayudó con el idioma traduciendo aquellas palabras que desconocía de la lengua catalana. De esta manera, en dos o tres meses, pude participar de las conversaciones que surgían en catalán en la pandilla (que eran todas), así como disfrutar de la televisión en ese mismo idioma, siempre que hubiese algo que me interesase.  

Como la vida, por más que uno se resista, no para de girar en un círculo casi cerrado porque el hombre es lo que es (siempre y cuando no se deje transformar por el amor de Dios), me vería abocado a salirme de la colla de mi prima pocos meses después. La condición humana no varía mucho de unos sitios a otros, como ya mencionara, y Cataluña no podía ser menos por muy especial que uno se crea en razón del área geográfica en el que lo dejó caer la cigüeña o su madre. Fue de esta manera como vine a tropezar con la misma mala sombra que me había acompañado durante un buen periodo de mi existencia, también, en este lugar. 

Sucedió el día de San Juan, fiesta de especial relevancia en Cataluña celebrada al anochecer, en la calle o en la playa, con verbenas populares y por grupos de amigos y vecinos. En esta celebración el fuego y los petardos son sus atractivos centrales, junto al baile, la música, el alcohol y la butifarra. Para que no estuviese solo durante la fiesta, mi prima me invitó a que me uniese a su grupo. Al principio todo iba bien hasta que, conforme avanzaba la noche, el alcohol además de alterar las neuronas de uno de los chicos, desató también su lengua. De este modo, a medida que los amigos de mi prima se iban desinhibiendo por el efecto de la bebida, propusieron un intercambio de pareja en el baile. En eso estábamos cuando en uno de los trueques −mientras todos bailábamos con todos− uno de los chicos notó que yo me ahuecaba, evitando el contacto físico con él, al tiempo que me tomaba de los brazos y se arrimaba a mí para bailar en plan farra. Por mi actitud de inseguridad pudo inferir, al instante, mi inclinación sexual, de tal modo que no dudó en señalarme y mostrar, ante todos los presentes, su descubrimiento a la voz de: ¡tenemos un maricón entre nosotros! 

Aquel incidente desafortunado, de los varios que ya pasé como sujeto de acoso, fue uno en los que hubiese querido, con todo mi ser, desaparecer de la faz de la tierra, para ser tan solo una quimera en el pensamiento de Dios. Traté de simular que aquellas palabras iban en serio, mientras pedía al viento que se las llevase antes de aterrizar en los oídos del resto de colegas. La situación se salvó por muy poco, gracias a que intervino la novia del joven delator, la cual lo conminó a callar en atención a mi prima que se encontraba allí presente.

Después de ese suceso bochornoso, me vi abocado a dejar aquel círculo de amistades por temor a encontrarme de nuevo con las insidias de aquel gurrumino personaje: sobre todo para preservar a mí prima de otro trance similar. De este modo, una vez más, la decisión de cambiar el lugar de residencia no fue suficiente, como yo pensaba, para arrojar lejos de mí la marginalidad a la que me llevaba la atracción por los hombres de mí mismo sexo. 

Durante el tiempo que estuve con los amigos de mi prima −anterior al incidente− si bien participé con ellos en todas sus actividades lúdicas, mi interior seguía siendo amargo como la tuera. El replegarme, cada vez más, sobre mí mismo, sin dar una salida a los pensamientos que me atormentaban, no me ayudó a solucionar los problemas; sino que, por el contrario, los retroalimentaba haciéndolos mayores de lo que en realidad eran.

2. MIEDO A SER SEÑALADO Y POR ENDE LASTIMADO  

Una vez concluido el contrato en la fábrica de muebles, tuve que cambiar de ocupación porque el jefe no procedió a renovármelo. El motivo, como sucede en las últimas décadas, la sustitución de la mano de obra del trabajador, por la de las máquinas; en mi caso la máquina no aportaba nada novedoso al producto final y al rendimiento de la fábrica, aunque me temo, eso sí, que aportaba unas cuantas monedas más en el bolsillo del dueño de la empresa. El hombre es el único animal que no se solidariza con los de su especie: no todos, desde luego, porque de lo contrario ya nos hubiésemos extinguido. La reflexión que me surge en relación a este despido es que los gobiernos y los empresarios tendrán que darse cuenta, más pronto que tarde, que las máquinas no pueden salir de compras, ni adquirir bienes de consumo; del mismo modo que el empresario no puede vender sus productos, o al menos los que desearía, si los trabajadores son pagados con sueldos míseros. Por tanto, si los agentes laborales tardan en entender que todos estamos interrelacionados y que unos sin los otros no podemos subsistir; la sociedad del bienestar caerá, más pronto que tarde, tal cual cometa, arrastrada por los mismos vientos que la engendraron, la codicia. Es importante por esto que seamos conscientes de que construir una catedral, levantar un castillo o llevar a una nación a la prosperidad es labor de tiempo, tenacidad, esfuerzo y valor; en cambio derribar lo ya construido es cuestión de meses, incluso me atrevería a decir de minutos, sobre todo por la globalización y versatilidad en la que se mueven ahora los mercados financieros.  

Después del despido de la fábrica de muebles no podía estar parado por mucho tiempo; primero, porque estaba en casa ajena y luego, por la misma depresión. Si difícil y triste era mi vida por tener que lidiar con aquella enfermedad peor, aún, sin una tarea con la cual evadirme. Así que acepté, cual náufrago de patera, el primer salvavidas que me ofrecieron. De cualquier modo, no había mucho donde elegir porque en España, salvo en ocasiones puntuales, la oferta de trabajo siempre fue escasa. Por este motivo entré a trabajar en un restaurante de lujo, del Alto Penedés, haciendo labores de friegaplatos, de pinche de cocina y de comodín para otros eventos que organizaba el restaurante.

La vida es un aprendizaje continuo, por lo que a nuevos jefes y nuevos compañeros también nuevas experiencias. De esta manera, aunque uno crea que ya lo conoce todo sobre la condición del género humano, siempre este te sorprende con algo nuevo: en demasiadas ocasiones para decepcionarte. No creo que yo sea el más indicado para juzgar, pero lo cierto es que en los países más desarrollados de occidente y sobre todo en España nos hemos vuelto demasiado mercantilistas. Cada vez resulta más infrecuente que acojamos a las personas porque sí, por ser un alter ego nuestro, un compañero de viaje en el camino de la vida. Desconozco si hemos tenido alguna vez una actitud de gran compañerismo como seña de identidad nacional en nuestra historia; sin embargo, por lo que he ido observando en los entornos en los que me he desenvuelto, puedo asegurar, con toda certeza, que esto no ocurre en el presente, al menos que se viva en el extranjero donde uno se encuentra como más desangelado. Así pasa, porque cuasi todas las relaciones humanas se buscan, se desenvuelven y se miden, de un tiempo a esta parte, en función del ego y, casi siempre, a través del análisis psicológico de mi interlocutor; es decir buscando en todo momento el beneficio personal, por un lado, y, por otro, tratando de cerrar el espacio íntimo, a cal y canto, para no ser dañado (herido).

De esta manera, por esa búsqueda consciente y voraz centrada casi exclusivamente en nuestro propio beneficio, nos hemos transformado en una especie de agujero negro, que succiona todo lo que cae en su rededor, devolviendo, a falta del amor desinteresado que nos enseña Jesús, muy poco o nada a cambio. No es este, un asunto nimio, porque de relacionarnos buscando en todo momento compensaciones e intereses, ha emergido un numeroso grupo de marginados que se hacen indeseables porque no tienen nada, según mi criterio, que satisfaga mis déficits intelectuales, emocionales, y, en ocasiones, hasta físicos. La consecuencia que se deriva de este modo de relacionarnos son las castas (palabra que se puso de moda en España hace pocos años, pero que con la misma velocidad que se desenterró se ha vuelto a sepultar). Porque no nos engañemos, las castas no sólo se dan entre las élites económicas y políticas, sino que se forman en cualquier otro estamento social o grupo humano, por el afán de sus miembros de preservar su estatus y privilegios; reafirmar su exclusividad o, incluso, su pureza. Esto de constituirnos en casta, como dice un buen amigo mío, sucede porque el creernos especiales o superiores a los demás es un autoengaño que nos sale gratuito.

Por lo comentado, no me cabe la menor duda, que habría menos encarcelados, menos terroristas, menos indigentes, menos suicidios, menos personas con problemas mentales y menos pobres, si en lugar de relacionarnos, los unos con otros, pensando en el provecho o reconocimiento que puedo extraer de ellos, lo hiciésemos a la inversa; es decir preguntándonos, en toda ocasión, que podría ofrecer de mí mismo a la persona con la que interactúo a diario ¿puedo enseñarle algo positivo? ¿puedo reforzar su estima? ¿dedicarle un poco de mi tiempo? ¿cómo puedo integrar en el grupo a aquel o a aquellos que se van rezagando? Esto no sucede normalmente, puesto que no tenemos muy claro que toda persona es valiosa en sí misma; una obra única e irrepetible en el universo de la creación; un hermano al que Dios ama hasta el punto de haber dado su vida por él, y al cual, por otro lado, no debo etiquetar en función de la edad, de su rendimiento, de su inteligencia, de su categoría profesional, de su cultura, de sus bienes, de su posición social, de su sexo, de su ideología, de su religión, de su enfermedad, de su nacionalidad, de su estado en su desarrollo vital, ni tan siquiera desde sus vicios y fracasos. 

Aún hay otra condición que nos pierde a la hora de mantener relaciones sanas, incluso dentro de la misma familia, que se llama miedo. El temor tiene que ver con el instinto de conservación, pero también con eso que los psicólogos llaman resistencia a salir de la “zona de confort”; de ahí se deriva que nos encerremos en una burbuja confortable (pero al fin y al cabo burbuja) en la que vamos poniendo objeciones para impedir que la gente pueda entrar en ella (mi espacio vital o esfera íntima). Hay dos motivos que nos conducen a encerrarnos egoístamente en nosotros mismos; uno de ellos consiste en aislarse, para no ser lastimado emocionalmente por aquello que ahora se ha dado en llamar relaciones tóxicas y el otro, es como la cara inversa; es decir, para no ser aislado del grupo en el que me circunscribo, evito la confrontación y el debate, y de paso eludo, por otra parte, el tener que enfrentarme −por el intercambio de ideas con otros− a mi propia realidad: de hacerlo, corro el riesgo de tener que replantearme la vida y por lo mismo, tener que cambiar, con lo que eso cuesta. 

Para aclararlo más, explicaré algunas pautas de comportamiento que pudiesen identificarnos con ese temor a que se derrumbe ante los demás, esa imagen falsa que hemos ido fabricando de nosotros mismos para exhibirnos como triunfadores o como buenas personas. Si hacemos un repaso a nuestro pasado observaremos que casi todos, por no decir todos, hemos tenido pensamientos como estos: ¿qué pensarán de mí si doy mi opinión con sinceridad? ¿me señalarán, me apartarán del grupo si hago espacio a esa persona que rechaza todo el mundo? ¿qué concepto van a coger de mí, si manifiesto abiertamente mi disgusto, mi alegría, mi dolor, mis creencias o mi disconformidad? ¿se reirán de mí, perderé a mis amigos si les hago saber que he cambiado de pensamiento, filosofía, religión; que estuve errado por muchos años defendiendo unos principios que ahora descubro como ruinosos y falsos para mí y para los demás? ¿si reconozco mis equivocaciones dejarán de respetarme, me lo echarán en cara alguna vez?  El apóstol San Juan nos dice en una de sus cartas que: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo», Así, pues, el temor además de echar por tierra el amor, que es rechazar la imagen de Dios en nosotros, nos hace esclavos de la mentira (de mantener una doble imagen) por miedo a ser castigados (no aceptados por el grupo); y de esta manera nos autoencadenamos para no obrar según la genética de Dios, que es la genética de la Verdad, del Amor, de la Justicia y de la Libertad; entendidas éstas, tal y como las expresó y vivió Jesucristo, en obediencia al Padre Eterno. No cabe la menor duda que Jesús junto con María, fueron las dos únicas personas sobre la tierra que, durante toda su vida, vivieron su vinculación con el Padre, desde el amor y la libertad, sin temor a las habladurías, aunque para ello tuviesen que recibir el rechazo de los grupos de opinión, de los poderes establecidos y hasta de sus mismos parientes. Así, pues, por el ejemplo de Cristo y de María, inferimos que no debemos vivir ya, nunca más, por miedo al castigo de vernos privado de la aceptación o el amor de los demás; los cuales, a su vez, están aprisionados en las mismas cadenas que nosotros: un teatro de apariencia sin fin, que nos esclaviza a todos, impidiéndonos ser y vivir como anhelamos en lo más profundo de nuestro corazón; es decir, a imagen de Cristo que nos creó y nos salvó por amor.  

3. NUEVA OCUPACIÓN

Como ya referencié en el epígrafe anterior, después de dejar la fábrica de muebles, comencé a trabajar en la cocina de un restaurante. Sobre la marcha, muy pronto comprendí que el trabajo de cocina era una tarea de equipo, la cual requería de compañerismo y armonía para que todo funcionase. Diría que la cocina es semejante a una orquesta en la que ningún miembro puede desafinar y, por lo mismo, todos dependen del conjunto de sus componentes; además con un hándicap añadido que no se da en las orquestas, y es que todos los dirigidos aspiran a ocupar el lugar del jefe; esto siempre y cuando, claro está, no sea el jefe de cocina el mismo dueño del restaurante. 

En aquella cocina, por cierto, la armonía brilló por su ausencia durante un tiempo, ya que el ambiente estaba enrarecido por los juegos de poder entre cocineros para liderar el grupo: lo que se traducía en aumento de sueldo y en prestigio profesional por alcanzar el título de chef. De este modo, sin necesidad de perder tiempo frente al televisor, in situ, contemplé uno de los seriales más apasionantes que se puedan escribir sobre la codicia y el ansia de prestigio, desmedido, en todas sus vertientes; en aquel lugar, como se suele decir, la realidad superaba a la ficción

Por ahora voy a pasar por alto todo lo que presencié en esa cocina; puesto que el propósito principal de la autobiografía no es destapar las bajas pasiones que mueven la psiquis humana, sino dar a conocer mi experiencia personal en cuanto al proceso por el que tuve que atravesar para poder, finalmente, liberar mi mente de sus enredos, de sus trampas y de sus servidumbres. No obstante, haré una pequeña excepción, a lo ya comentado, teniendo en cuenta que se relaciona con el hilo conductor que me ha llevado a escribir esta autobiografía: ósea, un episodio más de acoso, pero ahora en el trabajo.

En aquel momento vino propiciado por uno de los jefes de cocina que desfilaron por el establecimiento durante el tiempo que permanecí allí: un espécimen del cual podría extraerse uno de los mejores guiones de manipulación mental e intriga del cine. En lo referente a su inversión sexual no consiguió nada de mí, pues si yo le atraía como podía desprenderse de sus miradas, no era necesario que lo hiciese mofándose de mí, delante de mis compañeros, con gestos obscenos, para que yo destapase mi propia realidad sexual. Sin embargo, para él, el sacar a la luz sus sentimientos hacia mí hablando conmigo en privado, de igual a igual, era un modo de proceder que la sociedad, tal vez su misma familia, le había negado. Y esto porque la sociedad, como ya expresé, sigue separando a las personas según su cuenta bancaria, su escala social, su ideología o su escalafón profesional (difícil “casar” un chef de categoría reconocida, con un friegaplatos). Así, pues, este pobre hombre, nunca mejor dicho, se acercó a mí en varias ocasiones por la espalda, para después asirme de la cintura, al mismo tiempo que escenificaba el acto sexual, groseramente, delante del resto de compañeros. Después de varios intentos fallidos en su provocación, viendo que le hacía frente a cada uno de sus impulsos de testosteronas, no tuvo más opción que ahuecar el ala para ir a restregar sus plumas en otro lugar más acorde con su proceder.  En el fondo, sentía compasión por él, porque sus ojos delataban su soledad y su tristeza.

Al final, como dejé el trabajo, no supe nunca, si sus intrigas con los compañeros y su pulso con los dueños del restaurant para hacerse con el control total de la cocina, darían el resultado que iba buscando para su propio beneficio.

4. DIOS EN LA CARRETERA: OTRA OPORTUNIDAD

El episodio que pasaré a relatar a continuación, transcurrió cuando aún estaba trabajando en el restaurant ya citado. En aquellas fechas me sobrevino uno de los accidentes más peligrosos de todos cuantos había sufrido hasta ese momento. Aconteció durante la celebración del cumpleaños del dueño de la empresa; el cual nos invitó a cenar en el local de un colega de profesión ubicado en el mismo pueblo donde yo residía. Terminada la cena acordamos, entre todos los compañeros de trabajo, trasladarnos a una playa cercana para rematar la velada. Luego de salir a la carretera, la osadía y sobre todo la edad, que no perdona, me llevó a cometer la imprudencia de adelantarlos a más de ciento sesenta kilómetros por hora, en una carretera comarcal, aprovechando que era de noche y a esas horas circulaban pocos coches en sentido contrario. Así fue como, en mi inconsciencia juvenil, queriendo mostrar mi pericia al volante al resto de compañeros; me encontré, sin esperarlo, con uno de los accidentes más graves que hasta entonces había padecido.

Una vez que sobrepasé a los compañeros con mi vehículo, cometí la insensatez de mirar por el espejo retrovisor, para observar si los había adelantado lo suficiente, como para situarme de nuevo a la derecha de la vía. Fue en ese instante, mirando por el espejo retrovisor cuando, de repente, por la alta velocidad a la que circulaba, me vi dentro de una curva muy cerrada con el vehículo en dos ruedas. En esa situación de extremo peligro, observando que no podía hacerme con el control del automóvil, pensé en Dios que, por entonces, todo hay que decirlo, lo tenía algo apartado de mi vida, y dirigiéndome a Él le dije: Dios mío que se haga tú voluntad. Con esas palabras reconocía que yo, con la mía, había cometido una locura saltándome todas las reglas y, por eso mismo, no me sentía con derecho a pedirle que me librase de las consecuencias más graves de lo que podía sobrevenirme por mi estulticia. Después de aquel pensamiento me protegí el rostro (todo en fracciones de segundos) al modo que aconsejan las azafatas en los vuelos, mientras el coche seguía su trayectoria, dirigido por la fuerza centrífuga de la curva, a toda velocidad. Al instante de tomar esa postura, la noche se hizo aún más densa, cuando los faros del automóvil se apagaron en su primera vuelta de campana.

Después de un giro más de ciento ochenta grados, perdí el conocimiento por unos instantes, y a continuación escuché unas voces, casi imperceptibles, ahogadas de temor, que me llamaban desde fuera del vehículo ¡José, José…! ¿estás bien? Como el coche quedó con las puertas bloqueadas haciendo un brindis a las estrellas y yo, decúbito supino, sobre su techo; no tuve otra opción que deslizarme por la cubierta del mismo, para salir por la ventanilla trasera, ya que me percaté que su luna había saltado por los aires, de una sola pieza, a unos tres metros del resto de la carrocería. Tras salir del coche, por el marco vacío que antes ocupaba el cristal, no quise mirar hacia atrás temiendo lo peor. Finalmente, no me quedó otra opción que hacerlo, y al girar la cabeza pude comprobar que, efectivamente, el automóvil estaba hecho un acordeón y, además, con la gasolina derramándose por el suelo, desde la boca del depósito, sin tapadera, desprendida por el mismo impacto del accidente. El utilitario, por lo demás, en la inercia de su recorrido, fue parado por el ramaje de un olivo, al que por suerte rozó sin colisionar con él por el tronco. De esta manera, una vez más salvé la vida, gracias a Dios, saliendo ileso de aquel trance en el que exclusivamente el coche fue a pagar los platos rotos de mi temeridad con el desguace.

El día que asomé las narices por la puerta de la cocina del restaurante, que fue a la semana siguiente del siniestro, mis compañeros me miraban con cara de sorpresa y admiración, como si estuviesen viendo a un zombi. Después de saludarles y decirles que me encontraba en perfecto estado, me pusieron al corriente de todo lo sucedido durante la noche del fatídico accidente en el que, por cierto, les privé de un baño con bronceado de luna en la playa. Uno de los compañeros, mientras aún mantenía la conversación con el resto, desapareció por unos instantes, para buscar (y con ello mostrarme lo aparatoso del accidente) un trozo del ramaje del olivo que encontró en el asiento del copiloto y que extrajo para enseñarme su gran tamaño. Cuando observé, con atención, el espesor que tenía, pude advertí que aquel día, aparte de salvar yo la vida, se pudo salvar uno de los colegas que optó, finalmente, por viajar en el vehículo del otro compañero. Esta fue una lección más de la vida, a través de la cual entendí, que la subsistencia del hombre es tan inconsistente como las alas de una mariposa o el equilibrio de un niño el primer día que monta en bicicleta. El hombre piensa que está en el control de las cosas cuando, en realidad, por encima de él, están las leyes de la física y la mecánica que se cumplen, siempre, a no ser que las suspenda aquel que las diseñó; hecho poco probable porque estaría actuando de modo caprichoso contra su propio diseño

No obstante, a pesar de aquel siniestro y antes de que llegase a aquella conclusión, aún habría de cometer algunos pecados más de juventud; sobre todo porque yo seguía en la creencia de que el control de mi vida dependía, cuasi, exclusivamente, de mis buenos cálculos y habilidades. La excusa que encontré en ese momento para justificar el accidente, aunque tenía parte de verdad, fue la siguiente: que hice mal en mirar por el espejo retrovisor una vez que había rebasado a los compañeros con mi coche. De cualquier modo, bien está lo que bien acaba, gracias a Dios. 

Evangelio del día

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel
El Evangelio de hoy nos sigue presentando más testimonios acerca de la llegada del Mesías; el salvador que esperaba el pueblo de Israel. Pero este testimonio es muy especial, porque al igual que la venida de Jesús al mundo, la de su antecesor, también estaba predicha por los profetas siglos antes de su nacimiento. De Juan, dice Jesús, no ha nacido de mujer otra persona más grande que él, y así es, no tanto por su santidad y su vida ascética (de las más grandes conocidas) por cuánto que, desde antes de su nacimiento, tuvo la tarea más grande que se le puede encomendar a un hombre: la misión de preparar los corazones de los israelitas (mediante el arrepentimientos de sus pecados y el cambio del vida) para que estos estuviesen receptivos a la llegada, al mensaje y al nuevo bautismo de Gracia (en el Espíritu Santo) que traía Aquel que existía desde siempre, y que Juan no conoció personalmente hasta su edad adulta, para que su testimonio sobre la venida de Jesús, el pueblo entendiera que fue un acontecimiento sobrenatural, revelado por Dios mismo a Juan antes, incluso, de que el mismo sucediese. Así Juan da testimonio, no de si mismo, es decir, de sus creencias, sino de lo que le fue revelado, para que dicho testimonio fuese tenido en cuenta por su veracidad.
Juan el Bautista, finalmente nos muestra y señala en el Evangelio de hoy, que ya llegó, que ya está entre los hombres, el Mesías; y que, para mayor regocijo de los hombres, este es el mismo hijo de Dios; el mismo que está delante de Juan en persona, que se ha dejado bautizar por él, y al que preceden los signos que podemos leer en el Evangelio de hoy, para que no quepa ninguna duda de quien se trata.

Enseñanza: De este evangelio podemos, entre otras lecciones, aprender que para ser bautizados en Espíritu Santo, el bautismo de Gracia, Amor, Poder y Sabiduría que nos trae Jesús, hemos de convertirnos, hemos de tener una actitud de arrepentimiento sincero y un deso de vivir de Dios, dejando atrás lo que dice el estribillo de aquella famosa canción: A MI MANERA. Canción, por cierto, llena de dudas e incertidumbres en la que el mismo autor confiesa no saber si ganó o perdió. Nosotros hombres y mujeres de fe, sabemos que con Jesús siempre se gana, yo puedo dar testimonio de ello, y para nada me importa que no haya sido a mi manera, si de tamaña recompensa se trata: ¿Que hay más grande que tener al Yo Soy con nosotros, al hijo de Dios…?

Oración: Señor si de aquí para atrás no he tenido un arrepentimiento radical y sincero de mis pecados, si en el fondo de mi ser no hay un anhelo de cambio en espíritu y verdad. Te prometo que de ahora en adelante hago el propósito firme de cambiar con tu ayuda, y para hello me pongo estás metas……y si caigo te pido que me levantes porque voy a seguir en esta tarea de ser A TU MANERA, y no a la mía.
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Evangelio del día.

Hoy la iglesia celebra a la Virgen María bajo la advocación de la Madre de Dios. El Evangelio de hoy nos da una breve pincelada sobre la Virgen pero muy elocuente a su vez del carácter de esta mujer. Ella, ante el relato que los pastores hicieron a José y María, acerca de lo que el Ángel del Señor les había dicho de este niño y de como contemplaron, seguidamente a dicho anuncio, una multitud del ejército celestial que alababa a Dios, y que los dejó llenos de asombro y admiración…, la Virgen, a diferencia de cualquier otra joven que hubiese tomado una actitud, curiosa, por indagar más sobre el mismo niño y de lo que sería de ella y, al mismo tiempo, altanera por haber sido, como pregona el magnífica, la dichosamente elegida para esta maternidad única y sublime…, nos cuenta el Evangelio que su actitud, en cambio, fue todo lo contrario, la del anawin, la de una mujer humilde, sencilla y recogida al servicio total de Dios, dueña de sus nervios y, al mismo tiempo, fuera de toda vanidad, que guardaba todas estas cosas en su corazón meditándolas, para llegado el momento entender su significado, o simplemente aceptándolas, si no se diese el caso, como voluntad de su dueño y señor: el Dios de sus padres, el Dios de Israel, el Dios único y verdadero, el Dios de la Revelación.

Oración: hoy Papá, vengo ante ti, para pedirte que imprimas en mi el carácter de María tu Madre, que nos hagas fieles siervos tuyos, humildes, serenos y pacientes, sabiendo aceptar los tiempos que tú vayas marcando en mi vida con silencio y paz hasta que me vayas modelado a imagen de tu hijo Jesús y de María su Madre.
Gracias papá por todo lo que me das, desde aquí en adelante me comprometo a guardar silencio, a controlar mis nervios y a aceptar tu voluntad en mí, sea la que fuere, hasta que tú desees revelarme tú propósito en mí, si así lo crees conveniente.
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Te deseo buen día y feliz comienzo de año. Gracias Señor por darnos un año más de vida, un año de oportunidades, y por la felicidad que nos otorgas contemplando las obras de tu creación, en especial la alegría y simplicidad de los niños.

Evangelio del día. Jesús Vida y Luz del hombre.

Estos días atrás el evangelio nos ha estado hablando de un niño especial que viene al mundo; un niño que será el salvador, no solo del pueblo Judío sino también de los paganos, es decir de todo el orbe habitado a los que aún Dios no se les había manifestado. En el Evangelio de hoy, se nos completa la información a cerca de este niño que ya anunciaron los profetas y su precursor Juan el Bautista. De este modo quedará revelado lo que todavía, incluso para el pueblo Judío, estaba oculto sobre el Mesías que esperaban.
Así se nos dice hoy que Jesús es la palabra (como sabemos la palabra es el hecho diferencial externo que más nos distancia de los animales) pero no una palabra cualquiera sino una palabra que es vida y Vida con mayúscula, ya que a diferencia de otra u otras palabras está existía desde Siempre; no fue creada, sino que ella contiene y es en sí misma la Vida Plena y por cuya voluntad e iniciativa propia creo todo lo demás; todo cuanto existe.

Se nos dice también, anticipando lo que es el misterio de la S. Trinidad, que estaba junto a Dios, y que ella misma era Dios. Palabra de Vida que es luz de los hombres; es decir, son luz por ella, viven por ella, porque de ella recibieron la vida. Pero nos recalca el Evangelio que está Luz, no es una luz cualquiera, sino que, adiferencía de la luz de los hombres o de las cosas, ella es Verdadera, la única luz que alumbra el camino a seguir, ya que las demás son engañosas, un espejismo.

Esta Palabra que es Vida y Luz de los hombres, no contenta con habernos creado, quiso hacernos, además, por amor gratuito, hijos suyos. Y el mejor medio de comunicar a los hombres quien era y que debíamos hacer para obtener esa filiación fue hacerse uno igual a ti y a mi, igual a los hombres, en todo, menos en el pecado. Nos señaló de este modo, que el requisito esencial para ser sus hijos, era el de creer en Él, en esa Palabra que estaba oculta, que ahora se ponía de manifiesto con su predicación, pero también con su persona hecha carne, hecha hombre entre nosotros.

El desenlace final ya lo conocemos: los suyos lo condenaron a muerte porque su modo de vida no resistió el brillo de la Luz, prefirieron las tinieblas a la Luz Verdadera. Sin embargo, a cuántos creyeron en Él los hizo hijos y, si hijos dice en otra parte del Evangelio: también herederos, herederos del Reino de Dios, con los cuales se quedó para siempre.

Oración: te pido Señor recibirte no solo en mi intelecto, sino en mi corazón, que entienda que tú y sólo tú, tu Palabra, es verdadera Vida y verdadera Luz en mi camino, y que fuera de tí, todo lo de más se desvanece por su inconsistencia: como dice en (Eclesiastés 1, 2): Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. Fuera de Jesús, todo son caminitos que me sacan del Verdadero Camino, porque su luz aunque deslumbrante, es artificial y engañosa.
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Evangelio del Día.

En el Evangelio de hoy vemos como Dios sigue revelando la llegada de su hijo al mundo (la de aquel que existía junto al Padre y al E. Santo, desde la Eternidad y por quién fue creado todo cuanto existe), va revelando está venida a la gente que busca la Verdad, incluso a riesgo de poner en peligro su vida, como los Magos de Oriente, pero sobre todo a los más humildes y piadosos, a los últimos, a aquellos que no cuentan para los que creen poseerlo todo; es decir los dichos de las *bienaventuranzas*: primero a los pastores, luego a un anciano y en el evangelio de hoy a una viuda, que en aquella época, por su condición de mujer y viuda, era junto a los huérfanos los seres más indefensos y carentes de recursos de Israel. Pero es curioso que los dos últimos casos que nos muestra el Evangelio sé den en el Templo, lugar de reunión para los actos religiosos más relevantes de ese pueblo, allí donde acudió la familia de Nazaret y dónde el salmista también nos muestra la manifestación de Dios en su vida (Salmo 62, 3). Ana, el testigo que hoy nos anuncia la venida de Jesús, es una mujer que ante su indefensión, por su condición de viuda, pone toda su esperanza en lugar de los hombres en Dios, y lo hace cada día allí donde Dios ha buscado un lugar de oración y encuentro para manifestar su cercanía y amor por el hombre.
Por lo demás, el evangelio nos revela que Jesús crecía y se fortalecía en su casa junto a sus padres, como cualquier otro niño, pero que además lo hacía en sabiduría porque la gracia de Dios estaba con Él.

Oración: que nosotros Señor te busquemos especialmente donde tú te has querido quedar, y ahora, con una diferencia que no se daba en la antigua alianza, que en el templo estás también presencialmente, en la hostia consagrada, en cuerpo y alma. Señor dame la fortaleza suficiente, para buscarte en ese lugar de encuentro que tú has preparado para nosotros tan especial, ese lugar en el que no has escatimado, ni tan siquiera, tu presencia viva y real.

Que te busque diariamente allí, y que allí te encuentre como Simeón y Ana, y como tantos y tantos hombres de todas las épocas.

—–>https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2021-12-30

Evangelio del día, la presentación del Señor

En este Evangelio vemos como la familia de Nazaret, no sólo cumplen con los preceptos legales, como vimos en días anteriores, sino que cumple también con los preceptos de la Ley de Moisés, es decir con la religión hebraica. Observamos, por otro lado, los dones del Espíritu Santo, derramados en un hombre, dice el Evangelio, justo y piadoso como Simeón el cual profetiza que está delante del Mesías, el Salvador que aguardaba esté pueblo desde antiguo, y además avanza como será su tarea, la de un liderazgo espiritual, que pondrá al descubierto lo que está oculto en el corazón del hombre (por eso dice que será signo de contradicción) y que, por otro lado, su misión es universal, ya que vendrá a dar Luz, es decir conocimiento y vida, a todas aquellas naciones paganas que aún desconocían al único Dios verdadero; el mismo que ya había comenzado a revelarse siglos antes, por propia iniciativa suya, al pueblo de Israel. Finalmente, Simeón también, profetiza a María, que el hecho de haber acogido este hijo en su seno será para ella como una espada que atraviese su corazón.
De este modo vemos como Jesús se convierte, además de luz que alumbra nuestro camino aquí en la tierra, en una espada que al igual que María nos atraviesa el corazón, no nos deja indiferentes, porque por las mismas Palabras de Jesús, su predicación, nuestra intenciones más escondidas quedarán al descubierto al ser confrontadas con nuestras obras, actitudes y palabras: estás darán a conocer a quién pertenecemos.

Oración: Señor, tú mejor que nadie conoces nuestro corazón -sabes que guardamos en él- y por eso venimos a pedirte, suplicantes, que purifiques nuestras intenciones, alumbrando y dándonos a conocer todo lo que hay en él de oscuridad, todo lo que no viene de tí, y que impide que yo, a mi vez, sea testigo de tu luz y motivo de conversión para que otros te conozcan y puedan alcanzar tu Reino. Haz de mí Padre Eterno, en el nombre de tu hijo Jesús y por su venerable pasión, un hombre de justicia y piedad como Simeón el cual pueda ser habitado por el Espíritu Santo. ¡Amén!


https://evangeliodeldia.org/SP/gospel/2021-12-29

Evangelio del día, Celebración de los Santos Mártires

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Hoy la Iglesia celebra la memoria de los Santos Mártires, conocida también por los Santos Inocentes.
De la lectura de hoy podemos entresacar varias enseñanzas: de las cuales, algunas, tenemos conocimiento de días anteriores: la primera, es que el plan de Dios, para redimir al hombre de la muerte y de la esclavitud del pecado predicho por los profetas siglos antes, se va cumpliendo. Así se deduce de los acontecimientos que se relatan en este evangelio. Y en segundo lugar vemos igualmente como José sigue manteniendo su fidelidad al Señor; es ese varón constante, dócil y obediente, que no se deja llevar por la euforia y el sentimentalismo de un momento, tampoco se deja llevar de la pereza o comodidad, es decir, sale de su área de confort sin intentar persuadir a Dios con razonamientos que pudiesen justificarle para permanecer en su patria. De este modo volvemos a encontrarnos con la Familia de Nazaret -que sin buscar privilegios para su hijo y para ellos- como una familia más, entre los desheredados de la tierra, emigra hacia lo desconocido. Y finalmente podemos sacar como conclusión, que el enemigo, el Diablo, a través de nuestras más abyectas pasiones trata siempre de oponerse al plan de Dios -en este caso por medio de Herodes- de que Jesús se convirtiese en un líder que le arrebatase el poder con el paso del tiempo. Y para ello no duda en atentar contra la vida de miles de inocentes, algo muy parecido a lo que sucede hoy, porque el enemigo del alma sigue usando las mismas armas (el egoísmo y individualismo, entre otras bajezas humanas) para deshacerse de tanto mártires inocentes como millones de niños abortados se pueden contabilizar hasta la fecha.

Oración: Señor, en el día de hoy te pedimos fortaleza, fe y constancia como S. José huyendo de autoengaños y justificaciones. Y por otro lado entender, que cuanto más te busquemos, cuanto más profundicemos en ser tus fieles servidores, más oposición vamos a tener de parte del Enemigo: bien, con ataques directos o bien, indirectamente, a través de la fragilidad de otras personas, ya sea por sus pasiones desordenadas o por sus heridas afectivas y emocionales.

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Evangelio del día, festividad de S. Juan Evangelista.

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Hoy celebramos la festividad del Apóstol San Juan Evangelista, al que la tradición de la Iglesia ha atribuido comúnmente el Evangelio Según San Juan, tres Epístolas canónicas y el Apocalipsis. Él fue uno de los primeros discípulos en seguir a Jesús, testigo de la transfiguración, de la pasión del Señor y de su resurrección, el discípulo al que Jesús amaba con especial predilección, y seguramente que por esto mismo Jesús le entrega a María para que la reciba como madre suya.
El Evangelio de hoy nos muestra, con detalle, los primeros acontecimientos que sucedieron posteriormente al enterramiento de Jesús. Como encontraron el sepulcro vacío, con las vendas y el sudario que cubrieron al Señor en ausencia de su cadáver. Lo cual, fue suficiente, según nos relata el mismo Evangelio, para que Juan, viendo lo que se le presentaba ante sus ojos creyese, y esto aún antes que el mismo Jesús se le presentará en persona, ya resucitado, junto al resto de Discípulos días después.

El Evangelista con esto nos está dando una señal: que el acontecimiento más grande vivido hasta entonces como discípulo de Jesús, no fueron todos los hechos extraordinarios y sobrenaturales que contempló de mano de su maestro, sino este momento histórico, en el que se le abren los ojos del alma y el entendimiento, por el cual comprende que todo lo sucedido hasta ese momento, no fue una historia de fracaso, se podría decir que casi un espejismo. Es ahora cuando, realmente, esos ojos que habían estado cerrados para entender durante tanto tiempo el alcance de las palabras y los hechos de Jesús, comienzan a tener sentido. Y esto es así, porque solamente la resurrección puede dar sentido al presente: la resurrección es la esperanza que le va a mover a Juan, así como a nosotros, en el presente, de que nuestro Señor, nuestro maestro, a diferencia de otros muchos guías espirituales, no está en un sepulcro, es un Dios vivo, que nos va a seguir acompañando en esta vida y que, finalmente, nos va ha llevar -por el cumplimiento de sus mismas palabras- a gozar en la Eternidad de su presencia, y no sólo eso, sino que casi de sus mismas prerrogativas, al habernos hechos hijos adoptivos del Padre, mediante el perdón de nuestros pecados, que él mismo canceló en la cruz, al ofrecerse como víctima propiciatoria al Padre.

Hoy podemos proclamar Junto a Juan, a voz en grito y con suma alegría ante los hombres, ¡Jesús ha resucitado! ¡Bendito y alabado el que viene en el Nombre del Señor a dar sentido a mi existencia! ¡Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!
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IDENTIDAD SECUETRADA. Entrega 14

.-Nota aclaratoria: Si no has seguido lo publicado hasta ahora te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta el momento; es importante porque difícilmente se puede entender y juzgar la historia general o particular, como es en este caso, si no se conoce lo que sucedió en el pasado.

.-Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin contar con la autorización del titular del copyright, la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento incluidos la reprografía y tratamiento informático, así como la distribución, y transformación de esta obra, o el alquiler y préstamo público. Todos los derechos reservados.

.-ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Fin del cap IV. UN NUEVO CICLO: sin libertad no hay madurez, no hay persona. Apdos 10,11,12

10.  INGLATERRA Y EL DÉJÀ VU

A las semanas de montar la tienda de embutidos, en mil novecientos ochenta y seis, se me brindó la oportunidad de trabajar en Inglaterra, por dos meses, en la portería de un colegio para niños y adolescentes españoles e italianos. Los chicos se desplazaban a este país, enviados por sus padres, durante las vacaciones de verano a perfeccionar su nivel de inglés. Sin pensarlo dos veces acepté la propuesta para conocer Inglaterra y de paso, también, para ayudar a mi amiga con los beneficios de la venta, ya que andaba con problemas económicos.

Exceptuando los trabajos de temporero en el campo este fue el primero que llevé a cabo para la empresa privada, lo cual me llevó a conocer, sobre el terreno y por primera vez, el mundo laboral y sus entresijos. Así descubrir, por ejemplo, lo aferrado que estaba el empresario a su cartera, mientras los trabajadores, en cambio, oscilaban entre el compañerismo, la delación y el chisme. El lugar se prestaba para ello, durante esos dos meses teníamos que convivir las veinticuatro horas del día, bajo un mismo techo, trabajadores procedentes de diferentes regiones de España. Esa situación de encierro era propicia para que aflorase, dentro del perímetro del colegio, el carácter de cada trabajador: de este modo, el colegio era como una especie de “Gran hermano” en el que yo me autoerigía como cámara y espectador, al mismo tiempo, de las fluctuaciones emotivas de los que allí estábamos confinados. Al final saqué dos conclusiones, una la del proverbio que reza que «de poetas, tontos y locos todos tenemos un poco», y, la otra, que sin Dios los principios se desinflan como globo de feria, debido a que no hay nada tan acomodaticio como la razón humana; la cual siempre encuentra una excusa para hacer lo contrario a lo que le dicta su conciencia y su razón. 

Mi trabajo se desarrollaba en la portería del recinto amurallado del colegio y consistía en vigilar su entrada: unas veces para dar paso a los profesores, otras a los transportistas que traían víveres y, siempre, controlando que todo viandante, no identificado, pudiese cruzar la puerta.  

No fueron precisamente días felices los que viví en esa institución, aunque a estas alturas de la autobiografía ya nadie se extrañará por ello. Por muchos años padecí de úlcera de estómago y ésta se alteraba, sobre manera, en la costa sur de Inglaterra donde la climatología estaba en continuo tránsito en verano por el canal de la mancha. Como el estómago es muy receptivo a los cambios climáticos, la estancia se me hacía poco menos que insoportable. Sir William Osler, uno de los padres de la medicina moderna, dijo que «el cuerpo llora las lágrimas que los ojos se niegan a derramar». Este fue el motivo de que mi estómago ulcerase derramando las lágrimas que, hacía tiempo, venía negando a mis pupilas; unas veces por orgullo, otras porque no encontraba hombros en los que derramarlas y, últimamente, porque mi alma se quedó tan seca que ni siquiera afloraba ya en ella el deseo de apenarse por las contrariedades de la vida.

En cuanto a la vigilancia de la puerta solo tuve un incidente con un joven que eludió la vigilancia mientras yo hacía el recuento de los alumnos. Después de invitarlo a salir por donde había entrado, y no atender a mi solicitud, no me dejó otra opción que, con un poco de astucia, arrebatarle una botella de litro (litrona le llamamos en España) que agitaba en el aire como arma defensiva con una mano, mientras que con la otra sujetaba a su novia que iba tan beoda como él. El incidente no tardó mucho en resolverse porque los profesores llamaron rápidamente a la policía. 

Los trabajadores del colegio no gozábamos de muchos días libres porque la estancia en ese país se remitía a los meses de verano. Estos llegaban cuando los niños se marchaban de excursión y aprovechábamos para visitar ciudades cercanas con ellos. En Londres me sucedió uno de los episodios más fuertes de “déjà vu” que jamás había experimentado hasta entonces; el fenómeno ocurrió cuando iba caminando por encima de unos de los puentes del Támesis. Al doblar mi cabeza, para contemplar uno de sus márgenes, pude sentir en ese mismo instante, como todos mis sentidos se confabularon para darme a entender, con total nitidez, que ya había estado allí con anterioridad. Certeza, por otro lado, fuera de toda consistencia ya que era la primera vez que visitaba la ciudad de la bruma. Fue tal el impacto que me causó el canal en mi retina, que mi voluntad quedó dividida, mientras mis compañeros se alejaban, entre salir corriendo para unirme de nuevo a ellos, o seguir contemplando aquel insólito paisaje que, en lo más profundo de mí ser, me resultaba tan familiar.

En numerosas ocasiones buscamos tres pies al gato cuando el pensamiento no encuentra una explicación coherente a ciertos fenómenos. Tal vez las cosas sean bastante más simples, de tal manera que es posible que aquella imagen se alojara en mi subconsciente viendo alguna película rodada en Londres o, incluso, con la aprehensión de un cuadro visualizado en alguna pinacoteca con anterioridad. Los parapsicólogos dan otras explicaciones, pero tampoco aportan pruebas concluyentes.

Al rememorar este episodio de déjà vu, me ha venido a la memoria otro suceso, no menos extraño, que se repitió un buen número de veces a lo largo de mi infancia. Consistía en que cuando me cruzaba con otra persona en la calle, aunque fuese en la lejanía, siempre que volvía la cabeza para mirar a esa persona, ese mismo individuo, a su vez, estaba vuelto en mi dirección observándome. Esto que puede ser normal alguna vez que otra, dejaba de serlo en mi caso por la frecuencia con que se repitió en ese periodo de mi vida.

Terminaré ya con mi estancia Inglaterra, contando una anécdota más del repertorio de las muchas allí vividas: uno de los días que nos dieron libre a todos los trabajadores, aproveché la ocasión para visitar el pueblo en el que se encontraba el colegio, Hastings, con varias de mis compañeras. Sin medir bien los riesgos, puesto que iba yo solo como varón entre cinco o seis chicas, al atardecer nos dirigimos a una discoteca después de una larga caminata por el muelle. Siempre he sido uno de esos inconscientes que no han tenido en cuenta donde ponía sus pies (tal vez porque los míos solo los había usado para caminar, bailar y dar patadas a un balón) en la confianza de que el resto de mis congéneres debían ser como yo. 

Con esa despreocupación por mi parte, nos dispusimos a pasar una feliz velada de fin de semana. Una vez dentro del local no pasó demasiado tiempo sin que algunos de los jóvenes que allí se encontraban se sustrajesen de incordiar a mis compañeras. Al igual que pasa en todo lugar, e Inglaterra no podía ser menos, lo foráneo siempre añade una dosis de morbo, al sexapil de las personas, con lo cual la testosterona de aquellos jóvenes andaba esa noche revuelta a causa de mis amigas. Como siempre me he sentido responsable y protector de los demás, enseguida me percaté de que la situación no pintaba en bastos para mis compañeras y tampoco para mí: más cuando los jóvenes miraban en mi dirección para chulearse de los forcejeos que tenían con las chicas. De esta manera, para contrarrestar sus provocaciones hice ademán de dirigirme a uno de los vigilantes de seguridad: gesto que los disuadió momentáneamente. No obstante, como el hombre es obstinado por naturaleza, aquellos jóvenes volvieron al cabo a las andadas: hostigados, ahora, no solamente por sus hormonas, sino por el alcohol que circulaba ya a raudales por sus venas. Así pues, observando que no cejaban en su afán de molestar a mis amigas, no me restó otra salida, para que la situación no fuese a mayores, que convencerlas de que más valía una retirada a tiempo, como aconseja el proverbio, que sucumbir en una batalla que teníamos perdida de antemano. Sin excepción todas hicieron caso a mi petición, ya que ellas mismas se sintieron en peligro, zafándose de las zarpas de los que en ese momento las asediaban. Hasta ese día había tenido la creencia de que los países del norte de Europa eran más civilizados que los del sur, pero en ese escenario descubrí que la falta de respeto y la barbarie no van marcados en los genes del pueblo al que se pertenezca, sino que están sembrados por igual en todo hombre que se deja llevar por sus instintos: ¡cuidado con esto, porque el instinto, en el hombre, se activa bajo muy diferentes estímulos y consignas! Y, hoy por hoy, son tantos los que nos invaden que raro es aquel que no queda a merced de sus inclinaciones y de su ignorancia. 

Pero aún no había terminado ahí el acoso, porque antes de salir del local, otro pirata, este más maduro, al que por las barbas pelirrojas y lo sonrosado de las mejillas, solo le faltaba el casco de Obelix para convertirse en la reencarnación de un vikingo sediento de pelea, insistiendo en la provocación de sus paisanos, regó mi cabeza, cual planta de geranio, con su jarra de cerveza, en el momento que estábamos a un palmo de alcanzar la puerta de salida. Para salvar la situación, por el bien de todos, hice de aquel líquido espumoso, como champán en pódium de deportista: me lo sacudí de encima, sin buscar más pleito, ya que por entonces tenía melena y podía. El asunto no era para menos, máxime habiendo escuchado que meses antes, habían asesinado a un joven de nacionalidad española en una ciudad próxima. Una vez en la calle, de vuelta al colegio, me fui serenando a medida que mis pisadas iban dejando atrás las acechanzas de aquella noche de sábado febril ¡para algunos!

De mi estancia en el colegio también conservo un vivo recuerdo de algunas estudiantes; especialmente el de tres señoritas una madrileña y dos zaragozanas muy afables. Aquellas jóvenes, preuniversitarias, buscando una oportunidad para reafirmar su feminidad, ya que se encontraban tocando el cenit de su desarrollo hormonal, se acercaban a la portería, con gran interés, para pasar algunos ratos conmigo. No era de extrañar que buscasen ese encuentro, puesto que yo era muy joven, me mantenía en buena forma y conservaba el brillo que puede dar, solamente, aquello que está por estrenar: mis ojos traslucían la candidez del que va de frente, la confianza del que por fe sigue confiando en Dios y en el hombre, y la resolución por alcanzar la dicha en el futuro. Sin embargo, una vez más, acomplejado por mi pasado y temeroso de no dar la talla, desistí de recoger la rosa que me estaba ofreciendo cupido cuando aquellas chicas venían a charlar conmigo. ¡Quién sabe si ahí perdí una oportunidad de redimir mis complejos! ¡Quién sabe…! Pero al fin y a la postre contento ¿porque hay algo más grande que haber conocido a Dios y sentirse amado por Él? para mí desde luego que no. 

11 ANTES DE ABANDONARME RECURRO DE NUEVO AL PSIQUIATRA

Entre los años mil novecientos ochenta y siete y mil novecientos ochenta y nueve, tanto el malestar psíquico como el físico seguían in crescendo. Esta situación me llevó de nuevo a la consulta de otro psiquiatra. Este especialista, que sería el último al que acudiese, me prescribió sulpirida junto a un relajante muscular para paliar la somatización de los problemas psíquicos que se me hacían presentes, por entonces, con insomnio y dolores a la altura de la cerviz. Como mejoré bastante con el tratamiento, especialmente en lo tocante a los dolores en la cerviz, no tardé demasiado en dejar la medicación. Varias fueron las razones que me impulsaron a hacerlo: en primer lugar, porque nunca fui constante a la hora de seguir los tratamientos médicos, después porque observaba que los antidepresivos alteraban mi consciencia: cuando los tomaba me notaba extraño, me sentía como si desde fuera otra persona tomara el control de mis actos. No obstante, a pesar de abandonarlo, hoy por hoy, si me encontrase en el mismo estado, no volvería a hacerlo; a no ser que recobrase la fuerza que sólo la juventud y la inexperiencia pueden otorgar; la que yo tenía en aquel momento. Por ese empecinamiento de no tomar medicación mi vida iba a medio gas, pues a pesar de que las cefaleas remitieron, no pasó lo mismo con la depresión y el insomnio que, por momentos, se me hacían insufribles; especialmente el insomnio, porque si estar centrado en los problemas de uno durante el día se hace arduo; peor aún en la noche donde no hay estímulos que vengan a distraerte. 

Sin dejarme tumbar por la depresión y a la tristeza, ya que no terminaba de discernir cómo encajar mi atracción por los varones, al verano siguiente volví a Inglaterra (a pesar de los fuertes dolores estomacales que allí padecía) para que mi inestimable amiga se beneficiase, por un tiempo más, con los ingresos generados por la venta que dejé en sus manos hasta que su situación económica revirtiese; alentado también por mi madre que, como ya expresé, era de corazón generoso. 

Todavía el favor de Dios estaría, por un tiempo más, de parte de mi amiga y mayor confidente, pues, a mi regreso de Inglaterra, me hicieron un contrato de seis meses para trabajar como celador en un hospital público; lugar, por cierto, donde aprendí mucho sobre la fragilidad del ser humano: allí se daban encuentro, como en ningún otro sitio, la impotencia humana ante el dolor, la enfermedad y la muerte, junto con algunas alegrías. En los rostros de aquel hormiguero humano asomaban, sin disimulo, las lágrimas ante la soledad, el dolor, la ansiedad y la rabia contenida; también, cómo no, el agradecimiento de los enfermos al recuperar la salud y la alegría de los padres por el nacimiento de sus hijos. En este hospital y después, también, por circunstancias familiares, pude darme cuenta de la incapacidad que uno siente, para detener el avance de la enfermedad y de la muerte en aquellas personas que amas o por aquellas otras que, por el desempeño del mismo trabajo, llegas a sentir cariño.

Una de las experiencias más desagradable que se vive en el hospital, es la lentitud con la que transcurren las horas cuando se sabe que la recuperación de la persona querida es prácticamente imposible. A raíz de haber pasado por esa experiencia de horas eternas, me surgió la siguiente reflexión: si esta sensación de angustia tiene lugar en el mundo de la materia, que tarde o temprano el día sigue a la noche y todo tiene un principio y un final, cuanto más crudo debe ser la eternidad lejos de la presencia gozosa de Dios, para la que fuimos creados

Mucho pude ver y aprender en el hospital, pues, previamente a la fragilidad de los enfermos pude darme cuenta hasta donde llegaba la mía propia; especialmente por el miedo con que Satanás, sirviéndose de las personas que me hirieron en el pasado, había maniatado mi voluntad y mi temperamento.  De cualquier manera, si alguien me tacha de derrotista o desea conocer algo más sobre sí mismo, lo invito a que se dé una vuelta por la UCI o por las habitaciones de un hospital y observe, en primera persona, la fragilidad humana en todas sus vertientes. Sobre todo, la de aquellos que allí esperan una nueva oportunidad en esta vida mortal, cuando días antes, llenos de vanidad por el cargo o la posición social que ocupaban, pensaban que la vida de los demás y la salvación del mundo dependía de ellos.

12  EL LIBRE ALBEDRÍO DE DIOS FRENTE A LA TIRANÍA DEL HOMBRE

Y seguí buscando dentro y fuera de mí, porque, después de Dios, la razón que dirigía mis pasos era vivir desde la libertad; y el método: cuestionarlo todo buscando, siempre, la autenticidad a cada uno de mis pasos. Si algo me atraía y atrae de Dios es que no se impone a la voluntad del hombre; lo que los cristianos denominamos como Libre Albedrío. Y además su llamado lo hace sin engaños, sin dorarnos la píldora como ahora hacen muchos, poniendo las cartas boca arriba desde el primer momento.

Así es, Jesús nos brinda como ejemplo su propia vida; nos invita a seguirle, nos muestras las exigencias de su Evangelio, pero también nos señala las consecuencias negativas de elegir otras propuestas diferentes a la suyas. De este modo, sin ambages, Jesucristo nos señala la cara y la cruz de su seguimiento. Por ejemplo, en (Mateo 16, 25-26) nos advierte: «…El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará». Para mostrar a continuación que respeta la libertad del hombre, sin apelar al castigo he elegido este otro pasaje también de (Mateo 5, 44-46) «Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?». De la misma manera, disponemos de varios ejemplos más en los que Dios respeta la libertad del hombre, uno de ellos lo tenemos en el diálogo de Jesús con el joven rico; cuando el joven decide confiar más en su dinero que en Jesucristo, Él lo deja ir, sin insistir más, respetando su libertad (Mateo 19:16-22). Es la misma actitud que aparece en la Parábola del Hijo Pródigo al que, igualmente, el padre deja marchar, sin retenerlo contra su voluntad.  

Dios, aparte de respetar nuestra voluntad de adherirnos libremente a Él, nos revela con claridad, por proceder del Padre, todo aquello que nosotros, por nuestra condición mortal, limitada y pecadora, no podemos comprender ni dilucidar acerca de nosotros mismos y de Dios. Pero Jesús, no solo se limitó a enseñarnos el camino hacia la salvación mientras estuvo entre los hombres, sino que, una vez resucitado, sigue interesándose por la vida personal de cada uno de nosotros; Él conoce nuestras debilidades y solo desea que le abramos nuestro corazón y nuestra mente para derramar todos sus dones y su amor sobre nosotros: Jesús es el médico de nuestra alma y ningún médico que se precie rechaza a un enfermo, menos aún Jesucristo, que ha dado su vida literalmente por salvar la nuestra. El hecho de que Jesús se interesa y se preocupa ahora, también, en el presente por nosotros y nuestra salvación, se nos da a conocer con estas palabras suyas: (Juan 14, 1-2) «No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros». Jesucristo está pues, en este presente, trabajando en nuestras vidas, aunque no nos demos cuenta, para ayudarnos a conseguir ese lugar junto a Él en la casa del Padre para toda la eternidad y para que, en esta vida mortal, asimismo, por mediación del Espíritu Santo, no nos sintamos huérfanos y abocados a la nada o a la náusea que describe Jean Paul Sartre en su obra filosófica. 

¿Puede caber, entonces, contento más grande en el hombre, conociendo que el Creador del Universo ha dado su vida para que el hombre halle sentido a la suya, incluso en aquellas situaciones límites en las que no encontramos salidas y todo parece desmoronarse a nuestro lado como castillo de naipes? 

Sin embargo, la grandeza de Dios, como he comentado anteriormente, estriba primordialmente en la libertad que nos ha otorgado para que podamos optar entre la obediencia y la rebeldía como ya hicieran nuestros primeros padres en el paraíso, sólo que ahora, después que él diera su vida en la cruz por nosotros, ya no estamos condenados para siempre a la corrupción y a la muerte; es decir nos ha hecho inmortales capaces de alcanzar su misma gloria.  Así nos concibió desde un principio no para que fuésemos un robot en sus manos, sino para que podamos optar, desde el convencimiento personal, entre la aceptación de lo que somos, es decir criaturas o, por el contrario, vayamos por libres pensando que el saber, el poder y el obrar, dependen exclusivamente de nosotros. De esta manera, Jesucristo al acoger nuestra propia naturaleza y revelarnos los misterios que encerraba en Él (en Dios) nos preserva del vacío existencial y se constituye, a sí mismo, en la luz que guía nuestros pasos en el exilio de la vida terrenal. Tan es así, que él mismo Sartre, una vez ha descartado la posibilidad de Dios, porque según él (en su desconocimiento del Ser de Dios y por ende de su creación) coartaría nuestra libertad, reconoce que el fin del hombre está abocado a la nada y la muerte. Con esa filosofía tan derrotista, de gran influencia para el pensamiento moderno, yo me pregunto ¿qué resortes han de moverse en el interior del hombre para que éste elija la nada y la muerte, frente a la vida gozosa del presente, la esperanza del mañana, y la gloria en la eternidad que nos ofrece Jesucristo? Me parece tan clarificador, tan transparente, veraz y asumible el mensaje de Jesucristo que, hasta por puro interés personal, los agnósticos y ateos deberían abrirse a la posibilidad de conocer el Evangelio y penetrar en los misterios de Dios, antes de asumir que su fin es la muerte y, su vida, el absurdo del viento que más sopla o, lo que es lo mismo, la nada. 

En contraste con la oferta libre de Dios, de seguir el Evangelio o seguir nuestro propio criterio sin contar con Él, está el modus operandi del hombre, es decir, la tiranía: intentar, por todos los medios, doblegar la libertad de sus semejantes a través del poder, del chantaje, del dinero, de la mentira, de las armas y de las ideologías. 

Sin libertad el hombre deja de ser dueño de su propia historia y responsable de sus actos, aquello que marca su identidad como individuo único e irrepetible entre sus semejantes, para igualarlo al resto de la fauna animal, la cual por su incapacidad de abstracción y autoconocimiento carece de decisión para elegir.

Muchas veces la excusa para coartar las libertades es mejorar las condiciones de vida de los gobernados, algo que no deja de ser una falacia o una ilusión por desconocer el funcionamiento de la misma condición humana. Ya que la raíz de todos los males, como nos señala Jesucristo, no está en lo externo al hombre −en las infraestructuras− sino en su mismo corazón, dentro del hombre. Solo hay que remitirse a la historia de la humanidad para ver que todos los intentos por parte del hombre, encaminados por hacer un paraíso al margen de Dios aquí en la tierra han sido inútiles.  

Ahora surge la siguiente pregunta ¿quién puede cambiar el corazón del hombre, es decir, sus pasiones desbordadas y sus bajos instintos? El único que lo puede cambiar es aquel que hizo el corazón del hombre; aquel que está en un rango no sólo superior sino diferente a su criatura, es decir Dios mismo. Buena prueba de ello está en la India, uno de los países más religiosos del mundo (cuyos dioses son el resultado de la especulación humana), que se sitúa por su PIB entre la séptima potencia mundial, con una de las poblaciones, por el contrario, más empobrecidas del planeta. Si nos remitimos en cambio a países que se gobiernan desde ideologías totalitarias, el fracaso ha sido igualmente estrepitoso, bien porque se pisotean los derechos humanos o bien porque la población vive en la miseria y el absentismo más absoluto. Más de lo mismo sucede con los gobiernos liberales que, apartándose de la moral cristiana, y a falta de valores trascendentes, han convertido al hombre en una máquina de producción y de consumo, al que tratan de aborregar manteniéndolo ocupado con las nuevas tecnologías, las veinticuatro horas del día, para robarle la libertad, el amor y la paz. Las tasas imparables de suicidios en los países desarrollados dan buena fe de que vivir sin Dios, es el peor negocio e inversión que han podido hacer 

La radiografía que detectan los psicólogos de la personalidad de aquellos individuos que intentan imponer su doctrina y su visión del mundo al resto de la humanidad, a través de la fuerza o, bien, mediante el engaño sirviéndose de los medios de comunicación, lejos de lo que pudiera parecer; se debe en unas ocasiones a su ansia de poder, pero en otras tantas, también, a una falta de seguridad en ellos mismos y a la debilidad de sus argumentos frente a la verdad. De ahí la necesidad de aplastar a los opositores, para que su debilidad argumental no saque a la luz la mentira en la que viven, en primer lugar, ellos mismos y, después, sus adeptos. De esta manera me he encontrado a lo largo de la vida con muchos individuos que, identificándose con un sistema de pensamiento determinado, y calificándose a sí mismos de tolerantes; luego, a pesar de sus soflamas libertarias, eran incapaces de abrirse a otras realidades y a otros pensamientos que no fuesen los suyos propios; ni siquiera para un simple intercambio de opiniones. Conclusión: toda persona que se encierra en su verdad termina cayendo, irremisiblemente, en el sectarismo, cuando no en el fanatismo. Mientras que aquellos que se abren al diálogo para escuchar, conocer y aprender, más que para refutar, terminan finalmente encontrando la Verdad que creían ya poseer.

IDENTIDAD SECUETRADA. Entrega 13

Nota aclaratoria: Si no has seguido lo publicado hasta ahora te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta el momento; es importante porque difícilmente se puede entender y juzgar la historia general o particular, como es en este caso, si no se conoce lo que sucedió en el pasado.

Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin contar con la autorización del titular del copyright, la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento incluidos la reprografía y tratamiento informático, así como la distribución, y transformación de esta obra, o el alquiler y préstamo público. Todos los derechos reservados.

ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Cap IV UN NUEVO CICLO: sin libertad no hay madurez, no hay persona. Apdos 7,8,9

7. ADICCIONES LÍCITAS ¿CUESTIÓN ÉTICA O ECONÓMICA?

Pues bien, paso ya con lo comprometido al finalizar el apartado anterior: Lo normal se convertiría, poco tiempo después, en excepcional por el influjo de la televisión y la industria cinematográfica americana. Debido a dicha influencia se fue sustituyendo nuestra cultura por otra más permisiva, y mercantilista, que nos fue robando las costumbres, como ladrón de guante blanco, sin que apenas lo advirtiésemos. De esta manera pasamos, en menos de dos décadas, de la estabilidad en las relaciones de pareja, al divorcio, del divorcio al divorcio exprés, del divorcio exprés al aborto terapéutico en determinados supuestos, y del aborto en determinados supuestos al aborto prácticamente libre. En paralelo a lo anterior, la sexualidad, se trivializó tanto, que, a partir de entonces, se le desligó de cualquier tipo de connotación moral.

Esta carrera vertiginosa por copiar lo foráneo vino acompañada −cuando supuestamente disponíamos de más información, más cultura y todos éramos más libres y más guay− de asesinatos en proporciones que nunca se habían conocido en la historia de nuestro país: mujeres asesinadas a manos de sus parejas y, al mismo tiempo, múltiples suicidios de varones relacionados con el mismo tema. Pero esta degradación de la convivencia y del valor por la vida que nos trajo la modernidad, tampoco se detendría ahí, sino que vino a tocar de lleno lo más valioso y frágil de nuestra sociedad; no solamente debido al aborto, sino que se prolongó en abusos a menores y suicidios relacionados con el bullying. De otro lado, hasta la década de los ochenta casi nadie en España conocía que existiese la pederastia, no quiero decir con ello que no se diese, pero no en las proporciones que se han dado después y al extremo de fijar su atención, incluso, en críos de muy corta edad (las redes de pederastas que cada año detecta la policía en internet, dan buena fe de ello). También es de destacar, por lamentable, las consecuencias que trajo para los niños la separación de sus padres, ya que fueron utilizados, no en pocos casos, como moneda arrojadiza en las disputas conyugales por su custodia. Sobre este particular no tengo más que decir, puesto que todos conocemos algún caso cercano; tal vez, hasta en la propia familia. 

De muchos es sabido que la desaparición de los grandes imperios está relacionada con su degradación moral y la relajación de las costumbres; debe ser por ello que, de un tiempo a esta parte, he leído varios artículos que coinciden en señalar la banalización del sexo y el acceso libre a la pornografía como inductores de buena parte de las violaciones y de los abusos sexuales a menores. No se trata de una percepción por motivos de creencias, ya que esa relajación en las costumbres, antes de los años sesenta, no sólo hubiese sido escandalosa e impensable para personas religiosas, sino para el conjunto de la población. La generación anterior a la mía, en su gran mayoría, no tenía su primera relación sexual hasta que se casaba y, como bien sabemos, nadie se traumatizó o amargó por ello, entre otras cosas, porque uno no puede alimentar un deseo que desconoce o al menos desconoce en buena medida. Hace ya tiempo se nos ha hecho creer, en cambio, que el sexo, es tan imprescindible como el comer (aunque jamás se oyó decir que encontraran a una persona célibe muerta por abstinencia), incluso se está llegando al extremo de inducir al mismo, antes de tiempo, a los niños en las escuelas, abriéndoles además a otras realidades sexuales que, de modo natural, nunca hubiesen cuestionado sobre ellos mismos.

No hace falta ser un lince para darse cuenta que muchos intereses, sobre todo económicos y de poder, estaban en juego para que, a través de los medios de comunicación, nos hayan lavado el cerebro, cambiado nuestra mentalidad y nuestra cultura, en tan corto espacio de tiempo. Hay estadísticas que así lo avalan, de acuerdo con un informe del grupo de investigación TopTenReviews los ingresos de la industria pornográfica a nivel mundial fueron de 97.000 millones de dólares en 2006, con China a la cabeza, seguida por Corea del Sur, Japón y Estados Unidos. Otra investigación sobre la prostitución estima sus beneficios en 108.000 millones, anuales, colocando sus ingresos por encima del tráfico de armas y del petróleo, y por debajo, tan solo, del narcotráfico. Creo que con estas estadísticas pocas personas pueden dudar, ahora, que la pornografía y el sexo, son dos de las tentaciones que más adicción crean y, por consiguiente, más beneficios generan. Como también generó grandes beneficios a las farmacéuticas y a otras industrias, el uso de anticonceptivos y profilácticos (por supuesto, que la banalización del sexo para muchos es rentable, mientras que para otros se vuelve en una nueva forma de esclavitud). Las adicciones como bien sabemos son difíciles de dejar, pero mucho más aún cuando nos las ofrecen a cualquier hora del día, sin ningún tipo de trabas, a través de los medios digitales de comunicación. Además, con el consentimiento de los gobiernos, que, bajo el subterfugio de la libertad de expresión y los derechos individuales de las personas, no hacen nada para restringir su propagación. Libertad de expresión que, cual cajón de sastre, es muy amplia para algunas materias y demasiado restrictivas para otras, sobre todo para aquellas que no comulgan con la ideología del gobierno de turno. Parece que la modernidad hizo que nos volviésemos demasiados liberales para quitar todos los tabúes que envuelven las relaciones sexuales, menos para hablar de la adicción y la esclavitud a la que somete a millones de personas. En el fondo, todo gira, como dije,  en relación a beneficios económicos, la persona no importa; así, mientras el tabaquismo y la drogadicción generan un elevado gasto sanitario para las arcas del estado por las enfermedades que acarrean y se adoptan medidas para restringir su consumo, no ocurre lo mismo para prevenir la adicción al juego, a la pornografía y al sexo, que hasta ahora no interfieren demasiado en la salud física de sus consumidores; puede que en la mental pero esta se lleva más encubierto desde la medicina privada. Dije hasta ahora porque, de un tiempo a esta parte, según la información que recogen algunos medios de comunicación tradicionales, las enfermedades de transmisión sexual, crecen de modo exponencial en algunas ciudades españolas, año tras año, casi, en un 24 por ciento. Para más información se pueden visitar estos links: 

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-cada-cuatro-adolescente-tendra-enfermedad-venerea-antes-18-anos-201608102102_noticia.html

https://www.rankia.com/blog/bolsa-al-dia/3534358-top-11-ranking-industrias-que-mas-dinero-mueven-mundo-como-invertir-ellas

https://www.google.com/amp/s/www.cope.es/programas/la-linterna/el-tema-del-dia/amp/noticias/pornografia-sus-consecuencias-los-jovenes-20211007_1546593

https://www.savethechildren.es/notasprensa/informe-de-save-children-casi-7-de-cada-10-adolescentes-consumen-pornografia-la-que

8 EN LA CONSULTA DEL PSIQUIATRA

Después de la experiencia vivida en el burdel, al día siguiente me tocaba la cita con el doctor. Tras resumirle la historia de mi vida, el psiquiatra, sin entrar a valorar el tema de la homosexualidad, me recetó dos medicamentos, uno para la depresión y otro, de tipo hormonal, para aumentar la testosterona y el apetito sexual. Acepté el tratamiento, por ver si el pollino, al menos por una vez, tocaba la flauta por casualidad, a pesar de que el problema que yo padecía no tenía para nada que ver con la disfunción eréctil o la falta de deseo sexual, sino más bien todo lo contrario. En principio salí contento, al menos no me diagnosticó esquizofrenia como el psicólogo estando este último, por su especialización, más cualificado para hacer un pronóstico de tal calibre. No tardé en darme cuenta que la medicación sólo servía de parche, temporal, para seguir tirando del carro de la vida: los medicamentos no pueden curar en el cuerpo una batalla que se libra en el alma; aunque pueden, eso sí, aminorar la somatización que ésta hace de los problemas psíquicos.

Después de la primera cita solo asistí en una ocasión más a la consulta. En la segunda el doctor, sin darme explicaciones, comenzó a friccionar mis brazos reiteradamente con sus manos. Dudo ahora y dudé entonces con qué intención puesto que no tenía ninguna dolencia en dichas extremidades; de todos modos, pude controlar mi impulso sexual ante aquel insistente manoseo. Con gran esfuerzo resistí a la tentación de entrar en el juego del ya maduro psiquiatra, pues cae de su propio peso (no para aquel entendido de la mente) que al igual que un heterosexual puede controlarse ante lo que muestre un amplio escote o una minifalda al viento, aunque sea a duras penas, del mismo modo puede hacerlo un homosexual ante un estímulo que entre dentro de sus preferencias sexuales: máxime tratándose de un lugar inapropiado como una consulta médica.

De todos modos, la decisión de no recurrir de nuevo a sus servicios, no la tomé en relación al palpamiento insistente del psiquiatra sobre mis brazos, sino que vino motivado por un hecho relacionado con la misma medicación que él me había prescrito: al parecer, la rueda del infortunio aún no se había detenido para mí, tal vez en esta ocasión se pueda decir que se trató de un golpe de ventura, más que de mala suerte. Lo que sucedió fue que, estando en casa viendo la televisión, me quedé anonadado cuando en un informativo de ámbito nacional, el presentador relacionó la ingesta del antidepresivo que me había prescrito con el agente causal de varios centenares de muertes por todo el mundo. Inmediatamente, luego de conocer el riesgo que dicho medicamento suponía para mi salud, no dudé en tirarlo al cubo de la basura mientras decidí, al mismo tiempo, no volver a la consulta del psiquiatra. Gracias a Dios, una vez más, estuve a tiempo para contarlo, aunque fuese arrojado, de nuevo, por falta de tratamiento al punto de partida. Bien está lo que bien acaba si de este modo me salvé de la muerte o de contraer otra enfermedad aún peor, como consecuencia de la ingesta de aquel medicamento. 

Con la visita al psiquiatra buscaba, sobre todo, una orientación de tipo psicológico que me hiciese encauzar el tema de la atracción por las personas del mismo sexo. Sin embargo, esos consejos no llegaron por parte de los dos profesionales que, hasta entonces, me habían tratado. Así pues, por lo ya comentado, tanto el psicólogo como el psiquiatra se limitaron a escuchar y recetar. Me resulta inconcebible que los “conocedores” de la psique, no tuviesen ni tan siquiera un solo consejo que brindarme en relación al tema de la homosexualidad. De cualquier modo, es comprensible porque recetar es fácil, poner una venda es fácil, dar una palmadita en la espalda y decirle al paciente lo que desea oír, es fácil, mientras que indagar en las raíces que produjeron el trauma, y cauterizar las heridas que dejó en su corazón, requiere investigación, dedicación y sensibilidad hacia el paciente, dicho de otro modo, amor por la profesión. No obstante, llegué a la conclusión que mejor así, porque tal vez ambos, tanto el psiquiatra como el psicólogo −por su modo de conducirse− necesitasen un buen terapeuta, tanto o más que yo.

Sin tomar medicación el estado de ánimo que experimentaba era de una tristeza tan profunda, que solamente lograba mitigar un poco en las horas de trabajo. En el tiempo libre, en cambio, estando con los amigos experimentaba una angustia vital que, a modo de carcoma, consumía mi cerebro y mi alma, sin que yo pudiese hacer nada para contrarrestar su comezón. 

Visto los resultados que había obtenido hasta entonces, con los especialistas, me armé de paciencia y desistí en la idea de consultar a otro doctor en tanto en cuanto no me recuperase de aquella nueva decepción. Mientras esto no se diese seguiría buscando un trabajo algo más estable de lo que había tenido hasta aquel momento. 

9 SIEMPRE HACIA ADELANTE AUN A RASTRAS  

Antes de entregarme a la búsqueda de ese trabajo estable, volví a la faena agrícola para concluir la tarea a la que me había comprometido anteriormente con el capataz. Una vez que acabó la recolección de la aceituna tropecé con la actitud caciquil del dueño de la finca para el que trabajé: condición que aún persistía en mi tierra, por aquellas fechas, en algunos terratenientes. Durante el periodo que estuve laborando para él, todo marchó con normalidad; el conflicto se planteó, en cambio, cuando me acerqué a su casa para reclamar el alta laboral y las firmas por días trabajados. Su respuesta consistía, cada vez que me acercaba a su casa, en la consabida frase que hiciera otrora famosa Don Mariano José de Larra con su «vuelva usted mañana». Esta era la respuesta del latifundista sin escudarse tan siquiera, por vergüenza, bajo la pantalla de la criada como sucede en el relato de D. Mariano. Pero esta treta no era su arma más letal, sino que, cuando me presentaba en su casa para reclamar mis derechos, se hacía acompañar de dos perros gigantescos, los cuales dejaban mi cintura por debajo de sus babeantes mandíbulas. En aquella situación y a pesar de que nunca fui temeroso de los animales, por el aspecto y la envergadura de los canes, me sentía intimidado con una sensación de desabrigo total. 

De cualquier manera, cuanto más insistía el cacique en su obstinada respuesta: vuelva usted mañana, más persistía yo, armado de paciencia, en no renunciar a mis retribuciones con la visita pertinaz a su domicilio cada día. Finalmente viendo el hacendado ladronzuelo que le mantenía el pulso sin claudicar, accedió a darme aquello que con mi trabajo y mucho esfuerzo me había ganado.

Una vez que acabé la recolección con este “señor” pasé a trabajar en otras tareas agrarias que se convirtieron en una nueva fuente de sufrimiento. No obstante, tenía que seguir adelante aun arrastra: ya por esas fechas tenía claro que la vida es una conquista personal que nadie puede librar por ti, ni siquiera los terapeutas por muchas orientaciones que te den.

Por la edad avanzada que tenía mi padre, ahora no podía acompañarme en las tareas del campo para instruirme con sus conocimientos y su maestría en la materia. De modo que, en una de esas jornadas en la que todo sale mal (hasta la bicicleta, por cierto, se me pinchó de vuelta a casa) en un arranque de impotencia y con lágrimas, que por el polvo del camino a duras penas si se abrían paso sobre mis mejillas, juré con rabia (no por Dios como hizo Vivien Leigh en una de las escenas más impactantes de la historia del cine) que jamás volvería al terruño que por tantas generaciones había alimentado a la familia de mi padre; no por desdeño a una tarea digna y milenaria, sino porque no había sido adiestrado para ella. Seguidamente clamé al cielo para implorar ayuda y mi clamor fue escuchado, porque hasta el presente no he vuelto ni a la vid, ni al olivo, ni al surco, ni al arado.  

La vida social que llevaba con los amigos por esas fechas fue relativamente tranquila, en verano nos quedábamos en los bares hasta altas horas de la madrugada con poco más de lo que viene siendo hoy un euro. Con una cerveza o un refresco tenía suficiente para pasar toda la noche de jarana. Algunos de mis colegas compartían un porro (yo también lo aspire en alguna ocasión) que servía exclusivamente para fingir unas carcajadas, puesto que la economía no daba para comprar más evasión. De cualquier manera, mejor que sucediese así, ya que ninguno de mis amigos, que yo tenga noticias al presente, terminó su vida víctima de las drogas como muchos otros jóvenes de nuestra generación. Jóvenes que comenzaron, al igual que mis amigos, por un porro, para marcar diferencia con la generación anterior, pero que terminaron siendo carne de cañón de su propia ignorancia y de la dictadura su cuerpo.

En muchas de esas noches de ronda, cuando mi padre barruntaba que regresaba tarde a la casa, montaba en cólera. No obstante, sus salidas de energúmeno no tenían mucho recorrido porque mi madre lo contenía con sus dotes persuasivas: ella intuía que algo estaba ocurriendo en mi mente para que llegase tan tarde. Las madres lo penetran todo, incluso lo que el hijo guarda en el cofre de su corazón con la llave del silencio. 

En esa búsqueda de un trabajo estable decidí montar una tienda de embutidos en el pueblo donde residía mi mejor amiga; a la que, por cierto, estimaba tanto o más que a una hermana. Haciendo confianza en ella le pedí ayuda, por unos días, hasta que tuviese bajo control aquel emprendimiento. En esas fechas aconteció otro hecho, de los varios que ya he mencionado, en el que salvé la vida en circunstancias extremas. Sucedió una mañana en la carretera cuando transportaba la mercancía para la venta: en el trayecto me encontré con un camión al que no pude adelantar durante un buen tramo del recorrido debido a los badenes y a las curvas de la vía. Mientras me mantenía a la zaga, hasta que se diesen las condiciones de visibilidad óptimas para rebasarlo, se desprendió de los bajos del camión un eje de hierro macizo −casi de la misma anchura del vehículo− que salió disparado, a la velocidad de un proyectil, en mi dirección. Todo ocurrió en fracciones de segundo, sin que tuviese tiempo para esquivarlo, y estando ya escasos centímetros del vehículo (el impacto parecía ya insalvable), inesperadamente, el alargado y macizo hierro dio un giro, brusco, en dirección al carril contiguo, con suerte que en ese instante no circulaba nadie en sentido contrario. De este modo, pues, providencialmente, salí indemne de otro accidente, de imprevisibles consecuencias, gracias a que la mano de Dios seguía estando de mi parte.

IDENTIDAD SECUETRADA. Entrega 12

Nota aclaratoria: Si no has seguido lo publicado hasta ahora te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta el momento; es importante porque difícilmente se puede entender y juzgar la historia general o particular, como es en este caso, si no se conoce lo que sucedió en el pasado.

Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin contar con la autorización del titular del copyright, la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento incluidos la reprografía y tratamiento informático, así como la distribución, y transformación de esta obra, o el alquiler y préstamo público. Todos los derechos reservados.

ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Cap IV UN NUEVO CICLO: sin libertad no hay madurez, no hay persona. Apdos 4,5,6.

4. BUSCANDO AMISTADES Y AFRONTANDO RETOS

Ahora, en el pueblo, me tocaba acometer los retos a los que se debe enfrentar cualquier ser humano si no desea ser un parásito de su familia o de la sociedad. Por lo tanto, como había desechado la posibilidad de seguir estudiando, no me restaba otra salida que no fuese la de buscar trabajo.

Fue así, como comencé a afrontar los desafíos que a toda persona le plantea la supervivencia de un lado y las relaciones sociales de otro; con el inconveniente añadido, en mi caso, de la depresión, la baja autoestima y el miedo. La baja autoestima se fue mitigando a medida que me relacionaba con la gente del pueblo, por el hecho de constatar, sobre el terreno, que el resto de la humanidad, con la que tenía que bregar en el día a día, no era tan distinta a mí en cuanto a sus bondades o malevolencias. La depresión, por otro lado, fue un campo de batalla en el que combatí durante diez años y que, finalmente, vencería desde la introspección. El miedo, en cambio, se convirtió en un lastre que arraigó con tal poderío en mi persona, que me acompañó, después, por muchos años más.

El miedo, como si cobrase vida propia, hacía que cualquier obstáculo que tuviese que afrontar lo percibiese como un muro poco menos que infranqueable. Me viene a la memoria, entre otros, el reto que supuso para mí, el hecho de hablar con una empresaria para proponerle un pequeño negocio. Ese día me costó estar paseando delante su oficina, toda una mañana y una tarde, hasta que encontré fuerzas para atravesar la puerta de la calle y presentarme ante ella. La ansiedad que me produjo dicha situación fue tal, que no tengo duda que si en ese momento me hubiesen tomado la frecuencia cardíaca habría dado las pulsaciones de un corredor de élite llegando a meta. No te sorprendas…, la mente humana es un órgano más del cuerpo, tan frágil como el que más, y en cualquier momento, por lo mismo, puede enfermar. 

No obstante, a pesar de estas secuelas psíquicas y de otras físicas que disminuían notablemente mis capacidades, tuve la determinación de coger las riendas de mi vida para ir afrontando, de este modo, cada uno de los retos a los que me iría llevando el destino guiado de la mano de Dios. Destino cuyo fin último, para conmigo, era que dejase de “dar culto” a mi cuerpo, a las personas y a las cosas para dejar a Dios ser en mí lo que le correspondía por rango y naturaleza, es decir Dios mismo. 

De esta manera, pues, durante un tiempo preparé oposiciones para funcionario de la administración estatal, regional y local. Había por entonces, mil novecientos noventa, una fuerte crisis económica en el país, lo cual determinaba, por el gran número de opositores que se presentaba, que fuese prácticamente imposible optar a una de dichas plazas. Esa realidad, junto a mi deseo de no constituir una carga para mis padres hizo que, al no encontrar salida, optara por una vía alternativa; la de aceptar cualquier trabajo que, siendo digno, me permitiese independizarme económicamente de la familia.

Como resultado de aquella opción llegué a trabajar en muy diversas faenas en los primeros doce años que siguieron al servicio militar. Entre otras tareas hice de bracero en diversas recolecciones en el campo; monté una pequeña venta de libros de espiritualidad en el mismo local que nos congregábamos los grupos de la Legión de María; luego abrí otra de embutidos; me fui a trabajar dos veranos a Inglaterra; trabajé para la Administración del Estado en un censo agrario e hice de celador por unos meses en un hospital público. Como consecuencia de aquella inestabilidad en el trabajo, para afrontar un futuro con más garantía opté, como muchos paisanos en esas fechas, por emigrar a una zona del país donde la crisis no se hiciese notar tanto: en mi caso elegí Cataluña buscando el apoyo de unos familiares, por vía materna, que residían allí hacía varias décadas.

Desglosando el itinerario anterior, antes de partir hacia Cataluña, he de anotar que los primeros años después de salir del seminario, y una vez finalizado el servicio militar, se me hicieron muy dificultosos, porque como ya dije, tuve que abrirme paso en medio de un mundo individualista y competitivo al que no estaba acostumbrado y porque, simultáneamente, tenía que hacer frente al deterioro que tantos años de acoso habían dejado en mi carácter. Estaba tocado, pero no hundido, solo tenía una opción ahora, mirar al frente porque mirar dentro de mí era como asomarse a un abismo difícil de eludir por el vértigo que daba su profundidad.

Unas de las primeras cosas que hice fue la de apuntarme a una academia para sacarme el permiso de conducir, no sin gran dificultad por la dispersión que dominaba mi mente; a la cual acompañaba, por otro lado, el miedo a fracasar en el propósito: lujo que no podía permitirme, puesto que mis recursos económicos eran insuficientes, de no conseguirlo en el primer intento. A pesar de esos temores del diablo, pude obtener el carnet casi como un autómata. De cualquier modo, en dicho empeño también estuvo, presente, como en muchas otras ocasiones la mano de Dios; así lo creo porque, para las clases prácticas, fui a dar con uno de los profesores más pacientes, empáticos y bondadosos de cuantos jamás tuve.

Con respecto a las amistades, intenté entrar en una pandilla de chicos de mi edad; sin mucha suerte, por cierto, debido a que a uno de sus miembros no le caí bien. A pesar de esto, como nunca fui persistente para alcanzar objetivos y tampoco para forzar situaciones, no tardé en ahuecar el ala de allí, buscando otro lugar donde me recibieran con agrado, y sin necesidad de simular una impostura. El dejar la pandilla, en cualquier caso, obró en mi favor; me sentí aliviado porque el tema de conversación de los colegas giraba, en todo momento, en una sola dirección; aquella que versaba sobre el contorno de las chicas y sus periferias. Como puedes suponer tema no grato para mí, ya que me veía obligado a fingir un rol sexual que, tiempo atrás, había dejado de seducirme.

El que busca encuentra, según nos transmite nuestro papá Dios, y buscando encontré otra pandilla donde fui bien recibido; en la cual, por cierto, las disquisiciones filosóficas no giraban ya, en torno a las cinturas de las chicas, a sus pantorrillas, a paquetes sin franqueo de destino o a unos senos a punto de desbordarse para tomar aires no contaminados. 

Con estos nuevos colegas estuve unos cuatro años, durante el tiempo que disfruté de su compañía aprendí a conocer mejor la condición humana con sus virtudes y sus miserias. De este modo, de la mano de ellos, es decir viendo sus pautas de comportamiento, dejé de percibirme como un apestado, un paria, una persona indigna. La cercanía de la convivencia venía, una y otra vez, a mostrarme que sus indolencias eran las mías; sus miserias mis miserias, y sus bondades, también estaban en mi corazón. Al mismo tiempo tomé consciencia que había recibido mucho de Dios y del seminario (al margen de las vicisitudes que allí sufriera), pues había adquirido una capacidad de reflexión, una educación y unos conocimientos, de los cuales carecían la mayoría de los amigos. 

5. DANDO RAZONES DE MI FE AUN EN MEDIO DE LA CRISIS

La fe en Jesucristo, la revelación que con su misma persona  nos trajo del misterio de Dios que hasta entonces había permanecido inalcanzable, (algo que el hombre por sus propias fuerzas naturales nunca hubiese logrado desentrañar) me daba respuestas razonables al Ser del hombre (por esas fechas) y del conjunto de la creación que no encontré en lo puramente abstracto: en el mundo platónico de las ideas o en el mundo interior subjetivo del relativismo, del hinduismo o de religiones antediluvianas presentes en el panorama religioso sincretista actual bajo nuevas denominaciones; y menos en la ciencia que pocas veces entra a valorar todo aquello que escapa del método científico. La fe en Jesús de Nazaret, aunque espiritual, venía a darme las respuestas esenciales que siempre había buscado el filósofo acerca del hombre y su destino, pero no en una entelequia de un iluminado, o de un rastreador de sombras que busca el sentido de la trascendencia por sí mismo, en su propia inconsistencia y finitud; sino a través de la manifestación comenzada por iniciativa del mismo Dios; el cual se vino a involucrar en la historia y en la vida real del hombre, dentro de un pueblo concreto −el pueblo de Israel− como plataforma o punta de lanza (utilizando el lenguaje de hoy) para darse a conocer posteriormente a toda la humanidad a través de Jesucristo. 

Así, pues, esa manifestación e intervención de Dios en la historia de la humanidad, a iniciativa propia, tiene lugar y se verifica a través de un hilo conductor en el devenir del pueblo de Israel; pueblo que Él mismo elige para llevar a término un plan de salvación para toda la humanidad (también llamado Economía de la Salvación). Dicho plan consistirá, en un primer momento, en un pacto entre Dios y el pueblo que Él eligió (pacto similar al que tiene lugar entre personas cercanas, responsables y maduras) mediante el cual, Dios se compromete a ayudar y defender a los israelitas, mientras que estos, como contrapartida, deben obedecerle y tenerle como el único Dios verdadero, digno de culto y adoración. Pacto al que acompaña, muchas veces, intervenciones sobrenaturales de Dios, mediante las cuales intenta alejar al pueblo elegido de la idolatría; de estatuas salidas del cincel del hombre. Dicho de otro modo, intenta persuadirlos de no dejarse contaminar por la cultura de pueblos vecinos, adoradores de dioses falsos, ídolos de barros, con atributos semejantes a los que poseían los mismos hombres que les daban forma: «hechura de hombres» dice la Escritura. Por otro lado, Dios, en una relación cercana y personal con su pueblo −parecida a la que se da entre familiares y amigos− va desvelando su Ser y su “carácter”, poco a poco, hasta que se den las condiciones necesarias en el pueblo de Israel, para darse a conocer, con mayor plenitud, mediante Jesucristo (Dios encarnado) y, de este modo, poder llevar a cabo su plan salvífico para toda la humanidad. 

En este pacto, también llamado Alianza, como ya he manifestado, a diferencia de otras religiones inventadas, es el mismo Dios el que sale al encuentro del hombre y no al contrario (de este modo observamos en la Biblia que Dios llama a Abrahán a seguirle, el primer hombre de entre los mortales sobre el que comenzaría su plan de redención), y lo hace, por lo general, manifestándose a personas que reconocen su incapacidad para representarle, bien por trabas físicas o por falta de dotes para llevar a cabo un liderazgo. 

El que Dios actué de ese modo −revelándose a personas poco relevantes o con alguna merma física− aunque pueda parecer contrario con las categorías mentales que baraja el hombre, guarda una lógica aplastante; que no es otra que la de dar a conocer a su pueblo y al resto de pueblos que entraban en litigio con Israel, que el Dios de los hebreos no depende del hombre; de su fuerza, de su inteligencia y de su astucia para hacer grandes proezas; sino que se sirve de la insignificancia de éste, para que no quepa la menor duda que el Dios de Israel no es un Dios inventado, sino un Dios real y omnipotente (el único Dios verdadero) que desea vida abundante y salvación para su pueblo, pero también para todos los hombres; a los cuales, por su misma bondad y misericordia, adoptará después, por el sacrificio de Jesucristo en la cruz, como hijos y coherederos del Reino Eterno de Dios. Así se nos pone de manifiesto en (Gálatas 4, 7) “Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios, por medio de Jesucristo”.

Estos razonamientos que acabo de exponer daban consistencia a mi fe en Jesucristo y en la continuación de su plan salvífico mediante la Iglesia fundada por Él. Consistencia que no encontraba en filosofías humanas; contradictorias, por otro lado, entre sí; además de parciales y sesgadas por la misma condición limitada, partidista e interesada del hombre. Así lo avala la misma realidad, a no ser que queramos engañarnos parapetándonos tras un grupo humano (un placebo) que nos dé la “identidad” y “seguridad” ficticia y sustitutiva que reclama nuestro vacío existencial, o lo que es lo mismo, nuestro vacío de Dios.

Si tenemos en cuenta que el hombre, después de miles de años de habitar sobre la Tierra, ha sido incapaz, con sus ideologías, sus conocimientos y sus buenas intenciones, de erradicar algo tan simple como el hambre, las guerras y la propagación de virus mortales en el mundo ¿cuánto más podrá dar razón −fuera de la revelación dada por Dios− sobre cuestiones antropológicas, trascendentes e intangibles, que escapan al método científico que no sean erradas? ¿Cómo fiarnos, entonces, de aquellos que vienen a embaucarnos con propuestas totalitarias o con humanismos egocéntricos que transgreden la razón humana, porque se oponen a la misma ciencia y la observación empírica de la realidad? De este modo, muchos de los que hoy se dicen ateos, contradictoriamente, intentan imponernos por fuerza de ley, su propia concepción del mundo como verdad absoluta e incuestionable.  

A esta capacidad intelectiva disminuida del hombre −por limitada en el espacio y en el tiempo− incapaz de abarcar y explicar toda la realidad; hay que sumarle otro lastre que lo desautoriza para fundamentar, al margen de Dios, sobre el Ser de sí mismo y de las cosas. Este otro lastre, que permea a la persona como tal, se nos pone de manifiestos al descubrir que la capacidad de raciocinio −además de las limitaciones cognitivas temporales y físicas que la envuelven, como ya se ha dicho− está afectada por un compendio de emociones, de afectos, de sentimientos y de vivencias, que la inclinan, sin remedio, a filias y fobias; a adhesiones o desafecciones, que nos impiden ver, irremisiblemente, con toda asepsia y sin partidismo lo que la realidad es en sí misma.    

Pasando de nuevo a relato autobiográfico diré que, como la existencia de Dios no es científicamente demostrable (no se puede pesar, ni medir, ni cuantificar) pues Dios, como todos sabemos, es espíritu, mi fe se movía, por entonces y también ahora, como la del resto de creyentes, en el terreno de aquello que la conciencia y la razón me mostraban como cierto, por un lado, y las promesas −unas cumplidas y otras por llegar− de Jesucristo, por otro. Por lo ya comentado en otros capítulos, he de decir que no siempre obtuve respuestas por parte de Dios en el momento que yo lo deseaba, sino que estas vinieron, cuando estuve preparado para recibirlas. De esta manera, en ese proceso de maduración de la fe, tuve que caer aún muy bajo y tropezar demasiadas veces para ser plenamente consciente, de que no solamente basta con saber que existe una Verdad que es Dios; sino que debía adherirme a ella trasladando a mi vida lo que era conocido por mi intelecto como la única y verdadera razón de todo cuanto existe. Dicho de otro modo, tenía que someter mi voluntad a la de Dios (tal y como nos enseñó Jesús con su propia vida) por muy contraria que ésta fuese a mi percepción de Dios y de las cosas. La persona, por consiguiente, no es una máquina acabada, sino que por el contrario es un hacer de Dios y un trabajo de sí mismo, en cuyo proceso el hombre pone en juego su voluntad, su libertad y su determinación, en una apuesta a favor de la Vida y la Verdad que le muestra como veraz su conciencia en referencia al Dios revelado. No aisladamente en una especie de idealismo que no compromete a nada, sino que por el contrario involucra a toda la persona, en su vida cotidiana, con resultados palpables y eficientes, mediante los cuales nos vamos transformando casi, imperceptiblemente, en otro “Cristo” y, como consecuencia de ello, afectando de justicia, paz y gozo el entorno y a las personas con las que nos relacionamos.

6. SOLTANDO LASTRES Y ASUMIENDO RESPONSABILIDADES   

A los veintitrés años, aproximadamente, a fuerza de mucha introspección, llegué a la conclusión de que no debía estar lamentándome continuamente por los reveses con los que el destino me había golpeado; ya que las personas podemos, en cualquier caso, poner de nuestra parte para no devolver mal por mal. El perdón, como fuente de reparación de las ofensas, que me proponía Jesucristo con sus palabras y su ejemplo de vida; era el único camino posible para cicatrizar mis heridas y, también, el camino mediante el cual desechar toda tentativa por revertir en los demás mi propia historia de dolor. Así fue como redimí a mis acosadores y a las personas que me lastimaron, es decir al psicólogo, a mi superior, a mi madre, a los chicos que me acosaron en mi infancia y juventud y a otros que vinieron después, de hacerles probar, en propia persona, el veneno destructor que las palabras dejan en el alma; y no solo a ellos, sino a todo aquel que cayese en mi radio de acción, como daño colateral por el rencor retenido. Ese era el itinerario que me estaba indicando Jesucristo con su vida, ya que Él mismo, intercambió insulto, traición, calumnia, abandono, martirio y muerte, por esperanza, verdad, vida, amor, paz, gozo, sanidad, perdón y resurrección. (Juan 18, 23) “Jesús le respondió: Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado, pero si hablé bien ¿por qué me pegas?

Pero además de mostrarme este camino de redención y liberación personal para mí y para todos aquellos que me empujaron al precipicio (el resentimiento produce dolor y la venganza solo engendra más violencia), me brindaba una salida para sanar también mi mundo interior: así se desprende de las palabras del Mesías: (Lucas 19, 9-10) «Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que él también es hijo de Abraham; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido».

Ahora superado el escollo del rencor, de la ira y de la autodestrucción, había llegado el momento de crecer, tomar mis responsabilidades, cambiar el rumbo de mi historia y de mis pensamientos, y buscar sanación a esa depresión que me torturaba a cada instante. Sin embargo, sabía que salir de ese estado era difícil, ya que esa caña cascada, en la que yo me había convertido, después de haber sido pisoteada durante tantos años, no sería fácil de devolverle su consistencia. No empero, aún podía servir, aunque quebrada, para dar cobijo, sombra, alumbrar, calentar y, también, como ya pasara en cierta ocasión, para llevar a tierra firme, si recuerdas, a uno que se estaba ahogando en un riachuelo.

Con todo, a pesar de los contratiempos que cargaba sobre mis espaldas, podía estar satisfecho conmigo mismo, puesto que las decisiones más importantes de mi vida las había tomado por mí mismo sin que mis padres me obligasen en contra de mi voluntad a seguir sus consejos.

Una vez tomada la decisión de no abandonarme a la desilusión y al fatalismo, para resurgir de mis cenizas y reemprender el vuelo, lo primero que intenté fue forjarme un porvenir con tal de no depender económicamente de nadie. Para ello opté por aceptar cualquier oferta de trabajo, sin poner objeciones, ya que las circunstancias del país no daban mucho margen donde elegir. Fue así como tomé la responsabilidad que me correspondía por edad y por conciencia.

A los veintitrés años, seguía sin aceptar la atracción que sentía por las personas del mismo sexo, particularmente, por la marginalidad a la que me arrojaba: no sabía cómo lo encajarían mis padres a los que trataba de proteger por su avanzada edad. Por otro lado, estaban los amigos, estos desconocían mi inclinación y no deseaba convertirme en un paria entre ellos; especialmente porque temía que se repitieran los episodios de violencia verbal que sufrí en la infancia. De esta manera se presentaron años duros ocultando mi inclinación sexual y mis miedos.

Fue ese conjunto de dificultades, más el no tener ninguna persona a quien confiar lo que me estaba sucediendo, lo que me movió a buscar una solución, rápida, porque de no hacerlo, el estado depresivo, permanente, en el que estaba, podría pasarme por encima como una apisonadora rompiendo, definitivamente, mi cordura y la integridad moral que hasta entonces había conservado. Como fui consciente, en todo momento, que debía de neutralizar la bomba de relojería que llevaba en mi mente, no dudé en recurrir de nuevo a un profesional de la psiquis: en esta ocasión a un psiquiatra, pues como ya expuse, la experiencia con el psicólogo fue nefasta.

Entré en contacto con el psiquiatra por mediación de un fraile al que le hice conocedor de mi estado; un hombre santo, por cierto, donde los hubiese. Eso sucedió en el otoño de mil novecientos ochenta y cuatro, fecha en la que me encontraba trabajando en la recolección de aceitunas; con lo cual, para poder ir a visitar al médico, que tenía la consulta fuera de la región, tuve que inventar una excusa creíble, para que a la vuelta pudiese reintegrarme en la misma tarea.

Antes de llegar a la consulta del psiquiatra me encontré frente a dos situaciones inesperadas y grotescas. La primera de ellas, mientras me desplazaba hacia la ciudad donde residía el psiquiatra, y la segunda con un miembro de la familia donde me hospedé.

Las turbulencias empezaron poco tiempo después de que me subiese al tren, no por lo arcaico de la locomotora y sus vagones, que en sí lo eran, sino por unos tétricos personajes que se unieron en el recorrido en una de las estaciones donde hacía parada. De esta manera cuando estaba dando una cabezada sobre mi asiento, después de haber comido unos bocadillos a medio día, me despertó el trajín de maletas que subían a mi compartimento una señora entrada en años, con dos chicas jóvenes (posiblemente sus hijas) que vinieron a sentarse a mi izquierda en los asientos contiguos. Como si fuese invisible para ellas se enredaron de inmediato en una conversación a la que mis oídos y mi candidez juvenil no daban crédito. En la plática que sostenían entre ellas hablan de drogas, peleas, navajas, e incluso de muertos, relacionados con los bajos fondos del submundo en el que vivían. Yo, por mi parte, me quedé perplejo con aquella conversación que horadaba mis oídos. En tal tesitura, viendo que no cambiaban de tema, opté por mudarme de vagón a fin de no hacerme cómplice de unas historias que nada tenían que ver conmigo y que, posteriormente, podrían reprender a mi conciencia si no daba cuenta de ellas a la policía. Por cierto, una de las chiquillas, daba la impresión que, recién, acabara de apearse, por su singular belleza, de uno de los lienzos de Julio Romero de Torres, para subir al tren que me conduciría, según todas mis expectativas, a la salida del túnel en el que me encontraba varado. 

Cuando el gigantesco gusano metálico llegó a su lugar de destino, que también era el mío, bajé de él y me encaminé, de inmediato, por las calles estrechas y serpenteantes de aquella ciudad, crisol de civilizaciones, en busca de mi amigo el fraile; el cual, por cierto, me había ofrecido hospedaje en la casa de un matrimonio septuagenario. Cuando vine a dar con su paradero, me llevó a la casa de sus amigos para presentármelos. Una vez en el salón de la casa y estando aún en el lance de las presentaciones, entró en la vivienda el hijo del matrimonio. Por la edad del joven deduje que aquella filiación no cuadraba con la pareja; así que fue el mismo chaval el que vino a aclararme, al tiempo, que fue acogido de pequeño por sus actuales padres en adopción. El chaval algo más joven que yo, representaba tener unos veintiún años, sin dar mucho tiempo a que nos conociéramos, se ofreció, sin yo pedírselo, a llevarme por la noche a un sitio especial. A partir de aquí comenzaría la otra situación grotesca con la que me encontré, antes de mi encuentro con el psiquiatra.  

Acepté sin muchas ganas, porque prefería estar concentrado en el propósito que me había traído al lugar. Así que, en cuanto oscureció, cumplió su palabra y me condujo, sin que tuviese la mínima sospecha, a lo que resultó ser luego un lupanar. Desconozco si la idea salió del bisoño urbanita, que por su forma de conducirse parecía haber recorrido más caminos que Juan Palomo, o fue urdida por el mismo fraile con vista a que pudiese salir de mis dudas “existenciales” sobre terreno abonado. Hasta ese momento nunca había estado en ningún local de esas características, con lo cual tardé en discernir el tipo de club al que me habían metido. 

Llegamos al prostíbulo a una hora temprana para lo que suele ser el horario de estos antros. El local estaba por el centro de la ciudad, contrariamente a lo que era habitual en España por esas fechas, así que no observé nada extraño que me hiciese sospechar. Una vez que traspasé sus puertas y estuve dentro, pude contemplar un ajetreo de Jovencitas, de piel bronceada y rasgos caribeños, que vestían elegantemente sin hacer alarde de sus voluptuosidades. Hasta ahí me pareció todo normal. Mientras nos atendían en la barra, se nos acercaron dos de aquellas beldades a las que mi colega invitó a unas copas. La que se acomodó junto a mí, resultó ser una momia, no por su físico que lo contorneaba con delicadeza, mientras reubicaba su melena airosamente en su lugar, sino porque a cada una de las observaciones que yo le hacía, solamente obtenía silencio de su parte. Posteriormente deduje que el mutismo de la chica fuera a consecuencia de no hacerme entender por ella; me explico: estaba muy nervioso debido a que sentía la imperiosa necesidad de quedar bien con la joven y con mi compañero; es decir, intentaba aparentar lo que no sentía y, por eso mismo, mis palabras se atropellaban unas a otras. Después de unos minutos de monólogo con aquella joven, caribeña, carioca o malaya ¡vaya usted a saber…! de labios carnosos, nariz de gacela, ojos ligeramente rasgados, tez canela y mirada inquieta, anunciaron una actuación de bailarinas y la efigie que estaba a mi lado se largó con su amiga, apresuradamente, a la francesa.

A continuación, nos desplazamos por un pasillo estrecho hasta que llegamos a un salón, en forma de anfiteatro, donde seguían avisando, por altavoz, de las actuaciones que tendrían lugar durante la noche. Ya in situ, nos acomodamos en una de las gradas próximas al escenario donde, minutos después, hicieron acto de presencia, entre el resto de vedettes, las chicas que anteriormente habían sido nuestras partners en la antesala del local: ahora sí, mostrando al desnudo la sensualidad de sus cuerpos, color ébano, al compás que le dictaba la coreografía del merengue, la salsa y la bachata.   

Me quedé un tanto sorprendido por lo que veían mis ojos, no por el espectáculo en sí, sino porque hasta ese instante no deduje, con exactitud, hacia donde me había conducido mi compinche: se trataba, pues, de un local de prostitución con espectáculos pornográficos, en vivo, para despertar la libido de los varones que, como pude observar (la mayoría de ellos rondando los cincuenta), iban entrando a medida que las agujas del reloj se aproximaban a la media noche. En aquella velada hubo más de un espectáculo morboso; sin embargo, ninguno de ellos logró levantar mi apetito carnal, máxime en la sospecha de que aquello formaba parte de un plan en el que yo no había tenido ni voz ni parte.

Al final salí del burdel tal y como entré, virgen. Del compadre, sin embargo, dudo que lo fuese, ya que por la seguridad con que se condujo, dentro del local, inferí que aquella no fue la primera vez que pasaba por allí. De cualquier modo, eran otros tiempos, por esas fechas los chavales estábamos más centrados en buscarnos un porvenir o terminar una carrera que por dar rienda suelta a los instintos de la carne. Nadie por entonces era señalado de otros colegas si después de los dieciocho años aún te mantenías impoluto en estas cuestiones. Lo normal era, pues, llegar al matrimonio sin haber tenido relaciones sexuales.

El anterior comentario, me da pie −antes de entrar a valorar mi consulta con el psiquiatra− a analizar en un epígrafe aparte el tema de la hipersexualización de la sociedad actual.

IDENTIDAD SECUETRADA. Entrega 8

Seguimos avanzando en la entrega de la novela autobiográfica dentro del tercer capítulo del libro. Nota aclaratoria: Si no has leído los anteriores apartados, de los dos primeros capítulos de la autobiografía, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora de la misma.

Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin contar con la autorización del titular del copyright, la reproducción total o parcial por cualquier medio o procedimiento incluidos la reprografía y tratamiento informático, así como la distribución, y transformación de esta obra, o el alquiler y préstamo público. Todos los derechos reservados.

ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

3 Cap. EL INTERNADO, apartados 5,6,7,8.

5 EL CONCEPTO DE LIBERTAD.  

Por la cultura de la época, durante mucho tiempo, tuve un concepto erróneo sobre cómo vivir sin ataduras, es decir, sobre cómo ser libre: creía que la libertad consistía en hacer y decir, en todo momento, lo que uno pensase o sintiese (esto sin analizar antes, que aquello que yo considere como verdadero, aunque lo sea, pueda ser infumable para otros). De este modo, tenía asumido que cuanto más obedeciera a mis apetencias y proclamase mis verdades, más auténtico y libre sería. 

Demasiado tarde descubrí, para mi desdicha, que esa noción de libertad te esclaviza, porque te ata a tus deseos, a tus impulsos, a tus hábitos, a tu peculiar modo de interpretar los hechos y a tus mismas palabras. Ese concepto de libertad, tan enraizado en la cultura de nuestro tiempo, dista mucho de la auténtica idea de libertad que encierra el Evangelio, el sentido común y la propia psicología. Teniendo en cuenta la verdad revelada por Jesucristo, la libertad consiste en una búsqueda continua, por parte de la persona, en alinearse con la voluntad de Dios por encima de cualquier otro conocimiento, deseo o apetencia personal que se contraponga a dicha voluntad; y esto porque solamente donde hay plenitud de conocimiento, sabiduría y verdad; es decir en Dios, se puede dar plena libertad. La misma que, por otro lado, desea para sus criaturas: aquella que haría que el hombre viviese en armonía consigo mismo, con el entorno y con Dios. De este modo, pues, el libre albedrío no consiste en elegir entre dos realidades o más, sino en elegir entre realidades que se conocen plenamente; pero ¿quién puede decir, motu proprio, que tiene el conocimiento pleno de toda realidad? pues me temo que nadie, solamente Dios; el cual por sus mismos atributos y, además, como creador, conoce todo lo creado por Él, o lo que es lo mismo, todo cuanto existe a la perfección. De lo ya argumentado se desprende, entonces, que la libertad estriba, en cuanto al hombre y a toda la creación se refiere, en llevar a término el destino para los cuales fueron concebidos por Dios: destino que nace en Dios y se dirige a Él también como meta; el mismo que se nos ha dado a conocer en la persona de Jesucristo: exento de todo error por proceder del Padre Eterno y porque Él, en sí mismo, es Dios. En las Escrituras se nos narra sin lugar a equívocos, al comienzo de alguno de los Evangelios, la deidad y la procedencia de Jesús, al cual se le describe analógicamente como la Palabra y como la Luz.   

Con los años descubrir que aquel concepto falso de libertad que yo tenía, había nacido, como casi toda falsedad, además de las influencias culturales de la época, de mi propia concupiscencia o, dicho de otro modo, de mi ego. Unas veces por pretender llevar siempre la razón y en otras, como en el caso del bullying, por no seguir la palabra de Dios, que me instaba a no devolver mal por mal, agravio por agravio. Por citar alguna referencia bíblica más, utilizaré la del apóstol Pablo en (Romanos 12, 16): Vivan siempre en armonía unos con otros. Y no sean orgullosos, sino traten como iguales a la gente humilde. No seáis sabios en vuestra propia opinión.   

Así sucede, pues es bastante obvio que defenderse agresivamente de una acusación falsa es, cuando menos, dar crédito a los mismos que te están señalando. De este modo, mi naturaleza humana obrando bajo los impulsos de la genética, se volvió en mi contra, una vez más, en el seminario, como una apisonadora −arrollándome− por desconocer de qué modo interactuaba la dinámica del mal con mi propia naturaleza. Aún aquellos que son ateos pueden sacar conclusiones, de la mentira que va asociada al concepto moderno de libertad, ya que, desde el simple análisis de la experiencia vivida, en primera persona, descubrimos que todo aquello que nos apetece y que es placentero, a poco que nos descuidemos, termina por esclavizarnos atándome a un vicio, a un hábito; y, en algunas ocasiones, a varios a la vez. 

De igual modo, nos puede pasar con las palabras. Cuando exteriorizamos todo lo que llevamos en el interior, ya no hay manera de que las palabras regresen, por mucho que nos arrepintamos de haberlas pronunciado, al lugar donde se engendraron. Todos, sin excepción, en el transcurso de la vida hemos experimentado que la palabra mejor dicha, en demasiadas ocasiones, es la no pronunciada. Desgraciadamente hay acciones que jamás se pueden restituir, incluso pidiendo perdón −que no es poco− para subsanar el daño causado a otras personas. Tan importante es la palabra pronunciada que Dios se da a conocer a sí mismo en la Biblia, en la Persona de Jesús, como el Verbo o la Palabra; esta por supuesto sin error.

6 LA ENVIDIA Y LOS CELOS

Sin embargo, algunas luces brillaron en medio de las asechanzas de unos, y mi propia torpeza, porque no todo fue hostigamiento y contrariedades. Durante los años que pasé en el seminario también hubo compañeros que me apreciaban, aunque no lo expresaran abiertamente. Por tanto, no puedo pasar por alto que cuando se nombraba un líder para llevar un grupo reducido de alumnos, dentro del propio curso, en más de una ocasión salí elegido de entre aquellos que me estimaban. Ahora sopeso dicho reconocimiento y, sin pretensión de vanagloriarme, reconozco que cierto carisma me debía acompañarme, cuando, no hace mucho, al coincidir con un excompañero, navegando por la red, me comentó (por lo que pude intuir iba pasado ligeramente de copas) que después de tantos años aún sentía celos de mí. Comentario que, por cierto, me sorprendió, teniendo en consideración lo que ha sido mi historia de dolor y mis exiguos logros profesionales.  

¡La envidia y los celos…! dos constantes de nuestra condición, humana, que he visto repetirse en muchas personas con las que he coincidido a lo largo de los años: un hándicap que nos sustrae de nuestra propia realidad, para focalizarnos en lo ajeno, robándonos la paz. Esta rémora, con la que cargamos a menudo, tendría menos poder, sobre nosotros, si en lugar de compararnos con la forma de ser de los demás o con sus logros, tuviésemos en cuenta las cualidades propias y las explotásemos al límite. 

Algo que nos arrastra a los celos y a la envidia es la miopía con la cual analizamos a las personas: solo nos fijamos en las luces que distinguen a los otros, una vez que han triunfado, pero no así, en las sombras que acompañan a esas mismas luces. No observamos a las personas, en su conjunto, con sus luchas, con sus fracasos y en las privaciones que pasaron antes de alcanzar el éxito; Nelson Mandela lo expresó con estas palabras: no me juzgues por mis éxitos, júzgame por las veces que me caí y volví a levantarme”. Siendo ahora conscientes del juicio erróneo con que analizamos a las demás personas, aún estamos a tiempo para trabajar en unas relaciones que sean más fructíferas y menos dolorosas. Muchas batallas se han iniciado debido a la envidia, a los celos, y, en no pocas ocasiones, también al orgullo. Muchos son los gobiernos que han caído por su causa, mucho el dolor infringido a personas inocentes, demasiadas las familias que ha roto, cantidad de iniciativas paralizadas y grupos humanos fracasados, incluso dentro de la misma Iglesia. Quitémonos la miopía espiritual y centrémonos en el mundo que cada uno está llamado a construir con sus propios dones y carismas.  

En cualquier caso, es absurdo desear para sí la personalidad de otro individuo, porque, desde ese momento, dejaría de ser yo mismo para vestir un traje, valga la metáfora, que me quedaría grande, ajustado o pequeño. Sería, pues, conveniente entender, para no frustrarnos y soltar la rémora y las ataduras a las que nos conduce nuestro modo de interpretar la realidad de los otros −porque afín de cuentas el que más sufre es el envidioso que las personas están ahí para acompañarnos en el camino de la vida; que todos necesitamos de todos y, por lo mismo, nos complementamos.

A raíz de lo que vengo comentando me surge el siguiente pensamiento: todos sabemos que se es grande, en lo alto de la cima, dando; pero lo que no tenemos muy claro es que se puede ser aún mayor recibiendo, porque en el agradecimiento del que recibe va implícita la virtud de la humildad, y la generosidad suficiente, para hacer feliz, a su vez, a aquel que nos ha auxiliado

Hay que tener en cuenta, también, que al aceptarme tal y como soy, en mis capacidades, dejo de entrar en una pugna, muchas veces desleal, que me roba la paz, para alcanzar metas que no me corresponden. Así, pues, quitémonos el velo que destruye nuestra vida y la de los demás, para que no nos suceda como al rey David −al que traigo de nuevo a colación− que teniéndolo todo y, en esa suma, a todas las mujeres que deseó durante su reinado, fue a poner su lujuriosa mirada en lo único valioso que tenía su mejor soldado, su mujer.

Todos, sin excepción, somos genuinos y singulares; y, por lo mismo, llevamos un tesoro único, irrepetible y extraordinario que debemos desenterrar para dar lo mejor de nosotros. Aun así, si después de este comentario te sientes tan pobre que crees no poseer cualidad alguna; no te preocupes, porque el amor que tú puedes dar, no hay otro ser en la tierra que lo pueda ofrecer por ti. Tan es así, que el amor que hoy te guardes, es un afecto que se perderá para siempre sin dar fruto.

7 DESENCUENTRO: HERIDA Y DOLOR

En las vacaciones de verano de mi segundo año en el seminario ocurrió un episodio, relacionado con mi madre, que a la larga incidiría de modo crucial, eso pienso ahora, para que años después mis sentimientos diesen un giro de ciento ochenta grados con respecto a mi inclinación sexual. 

Desde el punto de vista de la psicología, todos los estudios coinciden en ponderar el gran influjo que ejerce la familia y, de modo particular, los padres en la educación del niño a la hora de conformar, en buena medida, lo que será luego la personalidad del individuo y, por consiguiente, su conducta. Así lo avala un buen número de biógrafos de personalidades relevantes en la historia universal; por citar algunos casos, entre los más llamativos, habría que destacar el de Albert Einstein que, habiendo sido rechazado para entrar en la Escuela Politécnica de Zúrich, por suspender el examen de letras, sus padres siguieron confiando en su capacidad y le permitieron seguir adelante con sus estudios, fuera de esta Escuela. También se cuenta de Alejandro Magno, que después de montar un caballo con apenas siete años −el mismo que no podían dominar los adultos− su padre le dijo: «hijo búscate otro reino, pues, Macedonia no es lo suficientemente grande para ti». Esas palabras infundieron en el espíritu del muchacho tal coraje, valentía y determinación, que lo impulsaron, años después, a forjar el destino señalado por su padre. De Salvador Dalí −el cual interiorizó que era una especie de semidiós− se cuenta, que hasta la edad de siete años no había plasmado en su cuaderno un solo trazo que llamara la atención de sus profesores. Sin embargo, el punto de inflexión vino, cuando el pequeño Dalí llevó a su casa un dibujo; el cual, tras ser observado por su madre, la condujo a hacer la siguiente exclamación: ¡hijo, pintas como sólo los dioses lo saben hacer! 

Mención aparte merece el caso de Thomas Edison porque es, de todos, el que más llama la atención. Según cuenta el mismo inventor sucedió de este modo: Un día, Thomas Alva Edison llegó a casa y le dio a su mamá una nota. Él le dijo: «Mi maestro me dio esta nota y me pidió que sólo la leyera mi mamá».  Los ojos de su madre estaban llenos de lágrimas cuando ella leyó en voz alta la carta que le trajo su hijo. «Su hijo es un genio, esta escuela es muy pequeña para él y no tenemos buenos maestros para enseñarlo, por favor enséñele usted». La sorpresa para él vino cuando un día, muchos años después del fallecimiento de su madre, ordenando algunas cosas antiguas de la familia, vio inesperadamente un papel, doblado, en el marco de un dibujo en el escritorio, el cual al abrirlo contenía la siguiente anotación: «Su hijo está mentalmente enfermo y no podemos permitirle que venga más a la escuela». Edison quedó sobrecogido y lloró por horas.

Una vez que se recuperó dejó escrito en su diario: “Thomas Alva Edison fue un niño mentalmente enfermo, pero por una madre heroica se convirtió en el genio del siglo.”

El impacto de las palabras positivas, para reforzar la confianza de la persona en sí misma, tienen idéntica fuerza y repercusión en la psiquis humana que cuando se pronuncian negando el carácter, las cualidades o la voluntad del niño, aunque en este caso sucedería a la inversa; es decir mermaría su confianza. Eso sí, salvaguardando, en todo caso, la intencionalidad con que se dirijan las palabras al niño, ya que no podemos entrar a juzgar lo que se oculta en el corazón de las personas; especialmente en el de los padres que, por regla general, desean lo mejor para sus hijos. Ya lo dejó bien claro Jesucristo como buen conocedor de la debilidad humana al advertimos: Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie(Juan 8:15)

Lo que acabo de exponer aquí, sobre la influencia de las palabras en nuestra vida, ha sido para confrontar esta realidad, pero a la inversa; es decir, en su vertiente negativa, con un suceso acaecido en relación a mi madre, que vino a reforzar, aunque no a determinar, en mi inconsciente, lo que años después sería mi cambio de tendencia sexual.

Afirman los psicólogos que los niños mienten porque tienden a fantasear entre realidad y ficción. Aunque esta afirmación suene a excusa por lo que voy a exponer a continuación −y en parte puede que así sea− también es cierto que bajo la misma subyace una verdad avalada por los hechos que paso ya a describir. 

El suceso aconteció cuando estaba de vacaciones en casa, aproximadamente un año después de mie entrada en el Seminario, en un desafortunado desencuentro que tuve con mi madre. Después de arrepentirme de una falta grave que cometí y pedirle perdón, mi mamá fue incapaz de avenirse a mi súplica, incluso después de arrodillarme ante ella. El choque entre ambos tuvo lugar poco después a una desconsideración que tuvo para conmigo una de mis vecinas en la calle. De este modo, tras sentirme humillado por ella, me fui a casa y le dije a mi mamá que la señora me había insultado diciéndome maricón. La verdad es que no me dijo tal cosa, sino que fue su hijo el mayor el que, por primera vez, se sacó de la chistera esa etiqueta con la cual me señalarían, luego, otros chavales en la calle.

De este modo, sin meditarlo, puse en boca de la madre del chaval, en mi memoria de dolor y resentimiento, la afrenta de su hijo. Como no podía ser de otro modo, mi mamá fue a darle las quejas a la vecina, la cual, sorprendida, le aclaró el suceso. Cuando regresó a casa mi mamá, como iba contrariada y herida en su estima me reprendió severamente (reconozco que con razón).

Debido a esta metedura de pata, no buscada conscientemente por mi parte, aconteció uno de los episodios más amargos e influyentes para mi desarrollo emocional posterior; pues viendo que mi madre no respondía a mi súplica, me humillé ante ella −poniéndome de rodillas− pidiendo insistentemente su perdón. Su respuesta no se hizo esperar, pero no en el sentido que yo deseaba, porque sin mirarme a los ojos (recuerdo que estaba de espaldas, a mí, fregando los platos) me lanzó el siguiente exabrupto: ¡no te perdono maricón!  

Su contestación quedó marcada en mi corazón como hierro incandescente en res; no tanto por el vocablo utilizado, sino por los años de humillación y acoso que había detrás de esa misma palabra. Hasta tal punto me hizo daño el arranque irascible de mi madre que, de inmediato, salí de casa para vaciar mi pena en un torrente de lágrimas que fui regando de calle en calle y de plaza en plaza, hasta que, transcurridas unas horas, se fue cortando la hemorragia producida por aquel inmenso dolor.

En esas fechas, por cierto, pocas señoras mayores utilizaban un lenguaje soez, y menos mi madre, que era una mujer comedida en el lenguaje y modélica, por lo demás, en todo menos en su capacidad para expresar ternura. Temperamento que no le restaba, por otro lado, para tener un trato agradable y correcto con todo el mundo y de rayar la perfección en las demás facetas de su vida, tanto de mujer como de madre. No obstante, a pesar del desgarro que causaron sus palabras en mi interior; mi mamá fue la persona a la que debo, en gran medida – exceptuando a Dios- lo mejor de mí mismo.

Durante muchos años me pregunté el porqué de su dificultad para mostrar afecto: de su boca jamás salió la palabra hijo para nómbrame en su presencia, siempre se dirigía a mí por mi nombre propio, creo que de igual manera procedía con mis hermanos. Atendiendo a los datos biográficos que ella misma aportó, estando la familia sentados en la mesa de comedor, al rescoldo del brasero, en los meses de invierno (mientras la luz iba y venía a merced de las tormentas y la ventisca), deduje tres posibles causas. En primer lugar, la de no querer aferrarse a los afectos como consecuencia de la pérdida prematura de su padre, al que estuvo estrechamente unida; otro de los posibles motivos, cierto temor a perder su autoridad, caso de mostrarse demasiado cariñosa, pues en el fondo era todo corazón; y, por último, tal vez el principal, su crianza, parece que su propia madre, por lo que se desprendía de sus conversaciones, tampoco fue demasiado afectuosa con ella.

Después de contar esta trágica experiencia, quiero que sepas mamá, que no te guardo rencor por aquel desencuentro; y para que no quepa la menor duda de que mi intención no es la de rebajarte, ni la de empañar tu imagen, aprovecho la ocasión, desde estas líneas, para decir (ya que intuyo me estás observando desde el cielo) que si tuviese que elegir de nuevo una madre ¡no lo dudes! te volvería a elegir a ti. Te amo mamá, queda en paz.

Aquellas palabras crearon una marca en mis neuronas, aún sin que mi madre lo supiese y sin que yo mismo fuese consciente de ello, que me señalaría años después, junto con otros acontecimientos igualmente desafortunados, un destino forjado por una ilusión contraria a mi propia naturaleza. Así, pues, luego de aquel episodio fatal ¿dónde sentirme a resguardo de las injurias? ¿dónde huir? ¿cómo taponar mis oídos para no sentir el hachazo desgarrador de la palabra hiriente?

Sin haber encontrado un solo alma amable por el camino que me diese consuelo, una vez que llegué a mi casa golpeado por el dolor, no retomé el asunto con mi madre por temor a que volviese a negarme su indulgencia: sentía vértigo a ser lastimado de nuevo. De este modo, quedó zanjada, en falso, aquella herida sin que mi madre pudiese conocer el alcance de sus palabras y yo, a mi vez, sin el bálsamo de su perdón. Por lo demás, mi madre, no era rencorosa y en cuanto traspasé el umbral de la casa, comenzó a hablarme como si tal incidente hubiese tenido lugar; después de ese episodio, aquella palabra cáustica (maricón), nunca más volvió a salir de su boca para lastimarme. 

De este modo, aquel día aciago, en mi trayectoria vital, comenzó a formar parte de mi subconsciente como una pieza, entre otras muchas, que irían componiendo el puzle de mi personalidad. A esas piezas se uniría, años después, otra tan desgarradora como la anterior (infringida por una persona a la que tenía igualmente idealizada) que terminaría por completar aquel cuadro de fatalismo: un retrato distorsionado acerca de mí mismo, formado de una realidad cimentada sobre la infamia y la colisión casi continua con el entorno. Un cuadro que podría titularse con la siguiente leyenda: todo edificio que es socavado sin piedad, durante años, termina por derrumbarse. 

Los humanos no somos un todo unívoco, sino que, por el contrario, en la mayoría de nosotros convergen al unísono luces y sombras: contradicciones inexplicables incluso para la persona que las percibe dentro de sí misma. Es por esto que, a pesar de aquel desencuentro, nunca dejé de sentirme fuertemente vinculado con mi madre, al igual que ella lo estuvo conmigo. Una muestra de que así sucedía se infiere del hecho que, años antes de su muerte, tenía visiones en sueños, en las que se le ponía de manifiesto los planes que yo iba a realizar y que aún no había confesado a nadie. Por ese amor que le profesaba redacté el siguiente homenaje a su memoria en mi blog; el mismo al que estoy pasando ahora esta autobiografía.

HOMENAJE A MI MADRE:

Ya sé mamá que no hiciste una gran carrera…………..ni falta que te hacía.                

Ya sé que no te dieron ningún premio……………………..ni falta que te hacía.                 

Tampoco fuiste la más guapa, ni la más resuelta……..ni falta que te hacía.                 

No, madre, tu brillo venía de las raíces mismas de tu corazón, y es por eso que deseo rendir un homenaje en memoria a tu generosidad, coraje y entrega.

Y es por ello que deseo exponer, para que lo sepan todos, incluso los de allí arriba, que te aprecio porque llenabas generosamente el plato de tus hijos, aun a costa de dejar el tuyo casi vacío. 

Te amo porque diste la cara enfrentándote al mundo, con tal de que tus hijos salieran adelante, sin temer a los más doctos y encumbrados. Quiero honrar tu diligencia, igualmente, para compartir el pan de cada día y un rincón en tu casa para dar cobijo a los que llegaban de fuera. ¡Ah, se me olvidaba! y tu destreza en sacar un lecho en los sitios más insospechados para que todos descansasen como en su propia casa.

Así, mismo, aprecio tu disponibilidad porque intentabas, en todo momento, cubrir nuestras necesidades y vacíos. De este modo, con suma atención, escuchabas nuestros problemas, dándonos consejos que sorprendían, por su penetración, al venir de una persona no ilustrada.

Igualmente nos ayudabas, sin descanso, al comienzo de emprender cualquier tarea; tanto con tu trabajo como en la parte económica si la situación lo requería. 

No había obstáculo que te planteásemos para que tú minimizaras sus efectos o le dieses una salida.

Has de saber madre que me sorprendiste, gratamente, cuando advertí tu respeto y asentimiento para aceptar las decisiones importantes que tomé en la vida: sabías de antemano que la herencia más grande que los padres pueden dejar a sus hijos son la educación y las alas: alas para emprender su propio destino.

Otra cualidad que admiraba en ti era tu sencillez, nunca quisiste aparentar lo que no tenías y, por lo mismo, nunca viviste por encima de tus posibilidades.

También fue especialmente resaltado por algunas personas, tu ejemplo de apertura mental, de esta manera crecías en sabiduría, y madurabas con los años, siempre atenta a las lecciones del libro de la vida. Esa actitud te ayudó para contemporizar con las veleidades de cada uno de tus hijos y para adaptarte a los nuevos tiempos.

Tu abnegación frente al dolor y tu resistencia en las contrariedades, era otro de los muchos adornos que te embellecían; así como tu contribución para que hubiese armonía y paz entre el vecindario.

Recuerdo, por otra parte, con gran cariño, como todos nos apoyábamos en ti ante los avatares de la vida; en cambio tú, apenas si te quejabas de las decepciones y pesadumbres que te deparábamos unos y otros.

Pero, aún, hay más que dice bien de ti y tu gran corazón, pues supe por boca de un antiguo vecino tuyo, que ayudaste, generosamente, a paliar sus necesidades y las de su familia, pasándoles comida por la tapia del patio, en el conocido como Año del Hambre en España.

Para terminar, quiero resaltar tu ejemplo en la ancianidad, la cual llevabas sin menoscabo y con dignidad. Tan es así, que a una señora le hiciste perder el miedo a envejecer y por eso te dedicó una hermosa poesía. Ya para despedirme, quiero decirte madre, que, aunque no fuiste perfecta, como yo tampoco lo he sido, me siento agradecido de que Dios me pusiese en tu regazo, me diese tu cobijo, tu sombra, tu aliento, tus entrañas de madre, tu paciencia para con mis equivocaciones y tu aceptación de mí ser sin condiciones. Un beso madre, sigue cuidando de todos ahí, en lo Alto, te necesitamos…

Lo vertido en este apartado sobre mi madre ha sido con la sana intención de aleccionar a otros padres, familiares y educadores sobre la importancia que tienen las palabras a la hora de educar a los niños. Quiero señalar, además, antes de concluir este epígrafe, que teniendo muy avanzada esta autobiografía he encontrado por casualidad, si es que ésta existe, algo que viene a refutar lo que por experiencia personal y por observación en otros congéneres ya había inferido por mí mismo; es decir, la huella que dejan las palabras en el cerebro humano y por ende en el alma. Se trata, en concreto, de dos libros (muy recomendables para padres y educadores) escritos por el neuro-psico-fisiólogo, Ricardo Castañón Gómez, que se intitulan: Cuando la Palabra Hiere y, su contrario, Cuando la Palabra Sana.

8 EL DÍA A DÍA EN EL SEMINARIO

Hasta este momento de mi biografía todo iba, dentro de lo que era mi vasija de barro, con “normalidad”.  Los años iban pasando lentamente, mientras yo seguía, junto con ellos, dejando cursos atrás en el seminario. Aún no había perdido la inocencia en materia sexual y mi relación con los compañeros era de complicidad e identificación en mi propia condición masculina. Las sensaciones que enviaba mi cuerpo a mi cerebro o viceversa, tenían que ver con ese pálpito que, sin mediar palabra, los hombres sienten entre sí y las mujeres supongo que, igualmente, entre ellas por su condición y sus afinidades. Vocablos como, colega, amigo, compinche o socio, podrían definir ese latir en el lenguaje. En cuanto a las relaciones en la calle y en la escuela, mi identificación con los varones, venía determinada por el hecho de compartir con ellos, juegos, aventuras, lealtad, consignas y algunas bravuconadas con demostración de fuerza y coraje. 

Por otro lado, tengo que anotar, que practicaba todo tipo de deporte, aunque me decantaba prioritariamente, por el fútbol, el ping pong, y el baloncesto. En el fútbol destacaba como defensa, posición en la que jugaba con cierta rudeza (lo que se denominaba en el argot del balón pie, por entonces, como cañero); eso sí, sin protervas intenciones. En los eventos importantes me buscaban para la selección que se hacía por comunidades en el seminario. Años después compartí mi puesto de defensa, con un compañero que en la actualidad anda de misionero en África; esto porque empecé a fumar con catorce años y, cuando pasamos a jugar en un campo adyacente de mayores dimensiones, perdía fondo físico con respecto a los delanteros más rápidos del equipo rival. Aquellas tardes de fútbol me traen a la memoria, entre otros recuerdos, el olor a cuero de las zapatillas y el balón; a camisas empapadas de sudor y a labios resecos; también, al sonido de los tacos de las botas de fútbol resonando, como caballería en tropel, sobre las losetas y el mármol de las escaleras del internado; al relax, en la ducha, cuando se terminaba el partido, después de una pugna sin cuartel contra los rivales para salir vencedores; y como colofón la comida dominical: para mí copiosa, porque que era poco escrupuloso y terminaba arrasando con las viandas que desechaban mis compañeros.

En los días festivos se vivían emociones fuertes en el terreno de juego, era un orgullo ganar la competición que se disputaba entre comunidades (las comunidades estaban constituidas por varios cursos que integraban a alumnos de edades aproximadas: en el seminario había cuatro en total).  Si se perdía el partido, lo asumías sin demasiada contrariedad, ya que por lo general ganaban los seminaristas de cursos superiores; aun así, nos vaciábamos en el terreno de juego, en el que dejábamos nuestro vigor juvenil, con tal de demostrar que éramos mejores que los seminaristas mayores. Atendiendo a mi faceta artística, me integré en las diferentes corales que había en cada comunidad, según iba escalando cursos. Por otro lado, también tomaba parte en aquellas actividades que surgían con motivo de las fiestas patronales.

Un defecto que he lastrado por mucho tiempo, aunque ahora en menor grado, es la falta de constancia en los asuntos que emprendía: mis motivaciones, casi siempre, fueron mis emociones y no el tesón en el trabajo continuado en el tiempo. No obstante, como contrapunto, para no dejar nada en el tintero, no dudaba en levantar el ánimo a los más apocados y en sacar, por otro lado, todas mis energías a flote cuando se trataba de hacer alguna actividad en grupo.

Ese carácter que me llevaba a motivar a los demás, sin embargo, se volvió en mi contra en el transcurso de una jornada en la cual a unos compañeros y a mí nos encomendaron hacer un trabajo en equipo. El suceso aconteció de la siguiente manera: una vez que finalizamos la tarea besé de emoción, en la mejilla, a uno de los compañeros para felicitarle por su contribución, ya que gracias a la misma el trabajo nos quedó redondo. Aquel ósculo que surgió espontáneamente, de modo semejante al beso con el que se agasajan los futbolistas para celebrar un gol llevados por la euforia del momento, sin embargo, hubo quien, perturbado por el mismo diablo o traicionado por su imaginación, vio en él algo más que una explosión de júbilo y me tachó, una vez más, de maricón. Ese día me sentí especialmente humillado porque el suceso aconteció en un contexto diferente a los anteriores: la infancia la había dejado atrás, la pubertad la tenía a flor de piel y, por consiguiente, era aún más consciente del significado que envolvían a aquellas palabras ofensivas. Hasta entonces había respondido agresivamente a mis acosadores con sus mismas palabras u otras más gruesas; sin embargo, en esta ocasión me quedé bloqueado; sin argumentos y sin palabras. Aquella parálisis fue debida a que el insulto vino, esta vez, en un escenario, cerrado, diferente a los anteriores. De este modo me vi acorralado sin que pudiese dirigir la mirada hacia un espacio libre donde encubrir mi vergüenza: estábamos sentados, ocho o nueve alumnos, en círculo, a escasa distancia los unos de los otros. Después de que la palabra infame fuese rebotando entre las paredes de habitación, se hizo un silencio atronador, en el que todas las miradas quedaron fijas, vueltas en mi dirección, esperando una excusa o, en su defecto, un contraataque de los míos por respuesta. Contestación que no llegó, porque en ese instante me sentí el hombre más vulnerable del planeta; de buena gana hubiese saltado por encima de aquella situación, como por encima de una sima, aun arriesgo de no hacer pie en la orilla opuesta.

Como la afrenta ese día fue especialmente dolorosa y terminó por colmar mi paciencia; recurrí al superior por primera vez, para pedirle que amonestase a mis compañeros de curso. Con su mediación esperaba que aquellos insultos no volvieran a repetirse y de este modo encontrar, finalmente, el bálsamo a años de acoso. Lo que recibí a cambio, como contrapartida, por parte de mi prócer, fue una recomendación para que me hiciese fumador: en aquellas fechas se asociaba masculinidad, entre otras cosas, al consumo de tabaco. En cualquier caso, el consejo no me ayudó en nada, porque hacía tiempo que ya venía fumando (mis compañeros lo sabían) y eso no había funcionado para acallar sus insultos.

La recomendación de mi superior cayó sobre mí como jarro de agua fría, fue decepcionante por las expectativas que había puesto en encontrar una solución al acoso: nunca había dado ese paso y ahora que lo hacía, su respuesta no me servía de nada. Con este desenlace sumaba una nueva carta, después del triste tropiezo que tuve con mi madre, en la merma de confianza con respecto a mi masculinidad. Así, infortunio tras infortunio, mi subconsciente se iba poblando de dudas, pues de algún modo interioricé que el prefecto, algo vería de feminidad en mi voz o en mi físico; para que, en lugar de atender a la petición que le hice, me recomendase fumar. Tiempo después de dicha experiencia, viendo un caso similar a este, aunque referido a una dolencia física en la que un crío pedía ayuda a sus padres y estos no le daban importancia, caí en la cuenta de que, en demasiadas ocasiones, ninguneamos la llamada de socorro de niños y jóvenes, como si fuesen un cuerpo extraño e insensible al mismo dolor que experimentan los adultos, cuando en realidad son ellos los más vulnerables del entramado social. Craso error atendiendo que es en esta etapa de la vida, donde se cimienta buena parte de la estructura de nuestra personalidad; además con un agravante añadido, y es que ellos tienen en los adultos el referente cultural, en el cual mirarse, para actuar de igual modo en su madurez.

Como caen las hojas en otoño, una tras otra, así iban pasando los días y los años, para mí, en el seminario. Mientras el implacable calendario seguía su ritmo, yo iba adaptándome, a mi vez, con su marcha, a todo lo bueno y lo malo que me ofrecía la institución, en definitiva, a sus contradicciones, pues de contradicciones está el mundo hecho. 

Hablando de adaptación, un tanto de lo mismo me sucedió con los cambios sociales que iban llegando de manos de la posmodernidad, a los que me fui acomodando sin analizar, siempre, si los mismos eran los que la sociedad demandaba y necesitaba, para que la humanidad progresara en la dirección correcta, o eran los que se nos imponían para beneficio de las nuevas elites políticas y empresariales que ahora ejercían el poder desde el gobierno y los medios de comunicación. 

De este modo, las jornadas transcurrían entre clases, muchas horas de estudios, momentos de oración y recreo y, excepcionalmente, alguna conmemoración propia del internado. La proyección de películas en el salón de actos vino a ser, después, otra actividad lúdica de fin de semana que se malogró en alguno de sus pases. Así sucedió, debido a que el encargado de proyectarlas, un alumno del mismo seminario, con muy buena voluntad, pero escasa preparación, carecía de los recursos suficientes para tal encomienda. La censura fue otro de los motivos por el que nos quedamos a dos velas, en algunos pases, después de que la cinta echaba a rodar. En otras ocasiones, en cambio, ni siquiera se nos daba el privilegio de ver las primeras secuencias de la proyección, sobre todo si la misma venía precedida de crítica irreverente o el título daba que sospechar. La selección, supongo, sería minuciosa porque entre finales de los setenta y buena parte de los ochenta, época del destape en España, la mayoría de films se hacían para mostrar carne humana so pretexto de la censura del régimen anterior. Sin embargo, a mi entender, los motivos fueron más bien de tipo económico por la ínfima calidad de aquel cine.

Los retiros o ejercicios espirituales eran otra de las actividades que nos sacaban de la rutina. Duraban varias jornadas en las que, a modo de cartujos, había que guardar silencio, durante todo el día, para meditar en la palabra de Dios y en las charlas espirituales que nos daban. Silencio, por otro lado, del que pocos internos éramos capaces de sustraernos para intercambiar alguna palabra que otra con el compañero que pasaba al lado. Ahora comprendo que algunos presos, especialmente aquellos que son encerrados en celdas de aislamiento durante largos periodos, deseen el castigo físico antes que permanecer incomunicados. Hoy, en cambio, aprecio ese silencio, para hacer una parada en el camino de la vida y ver, a la luz del Espíritu, donde me encuentro varado y hacia dónde debo reorientar mis pasos. 

A raíz de lo anotado se puede inferir que, difícilmente hay vida sin palabras como madurez sin silencios: tan elocuente es el silencio que, cuasi, exclusivamente por medio de él, podemos escuchar las notas discordantes que a lo largo del tiempo nuestra alma ha ido apropiándose indebidamente hasta hacerse opaca. Si nos retrotrajésemos a la infancia, podríamos advertir que todos, sin excepción, hemos ido encadenándonos, a medida que pasaban los años, a manías, vicios, miedos, estatus, prejuicios e ideologías que, en lugar de facilitarnos la vida, nos han empujado a la sinrazón del distanciamiento, por mor de esos mismos prejuicios, anatemas y servidumbres (en definitiva, puertas que cerramos al corazón y al alma para que se renueve el aire y salga el viciado). Es por ello que, paradójicamente, aunque el hombre derribe muros y las comunicaciones geográficas se despejen de fronteras, cada día aparecen más personas con trabas mentales (por no decir taras) y sus estereotipos correspondientes, enfrentando a las personas por sus diferencias −incluso morfológicas− y creando enemigos donde antes no existían o donde ya la historia, con sus atrocidades, había logrado sepultar. 

IDENTIDAD SECUETRADA. 7 Entrega

Nota aclaratoria: Si no has leído los anteriores apartados, de los dos primeros capítulos de la autobiografía, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora de la misma.

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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

3 Cap. EL INTERNADO

1 PRUEBA DE APTITUD PARA ENTRAR EN EL SEMINARIO

Mi infancia en el pueblo iba llegando a su término, ese mismo verano tenía que pasar una prueba de aptitud. Así la llamaban a la que se hacía a los postulantes a seminaristas con vistas a evaluar su “madurez”. 

El día que pisé el suelo del internado fue especialmente señalado para mí, era el primero, desde mi nacimiento, en que mi madre me dejaba solo por varias semanas lejos del hogar familiar. En mi retina quedó registrada, para siempre, la imagen de su rostro con un rictus, entre afligido y abnegado, mientras se alejaba dejando tras sus pisadas, de espaldas a mí, una espaciosa escalinata, revestida de frío mármol, por la que se accedía primero al hall de entrada y después a la calle. 

Ese día fue la segunda vez que se cortó el cordón umbilical que nos unía; en esta ocasión, en cambio, se trataba del cordón afectivo; el de la cercanía y la historia compartida bajo el mismo techo por más de una década. De esta manera mi madre dejó suspendida, por un tiempo, parte de su vida, que era la mía, para que yo comenzase, en solitario, otra nueva alejado de ella. Mientras la observaba en retirada yo me descubrí, dentro de mí mismo, indefenso frente a lo desconocido. Aquel mal trago, no obstante, lo pasé en un santiamén; tenía once años recién cumplidos y, ávido de novedad como estaba, me distraía con el vuelo de una mosca; las mismas que no faltaban en el lugar, porque estábamos en septiembre, mes en él que las susodichas venían a succionar, sin descanso, las últimas gotas de sangre, de algún malandrín despistado, antes de sucumbir a las gélidas temperaturas invernales. Esto quería decir, pues, que si me iba mal con los colegas ya tendría para emplearme cazando dípteros. 

Por cierto, hablando de moscas, he observado que cada vez hay menos por mi tierra, prácticamente ninguna, supongo que debido a los plaguicidas que, con abundancia, se utilizan en la agricultura. Espero que con ellas no se extingan, también, las aves que las tenían como fuente de alimentación.

Algunos de los recuerdos ya citados, relacionados con mi entrada en el seminario y otros más, han resurgido en estos últimos días coincidiendo con mis paseos matinales. En dichas salidas pude observar, a pie de calle, como algunos chavales, barbilampiños, transportaban enseres, que luego cargaban en el maletero del coche estacionado junto al acerado de sus casas. Pero no fue esto lo que más me llamó la atención, sino ver a sus madres, con el rostro alicaído y dubitativo, seguir los movimientos de sus hijos en el trajín de la mudanza. En su semblante ensombrecido pude captar con precisión, por la fecha en la que estábamos, finales de septiembre, que se trataba de jóvenes estudiantes que se dirigían a la universidad o algún colegio superior por primera vez. Fue contemplando esas escenas donde atrapé, en un viaje instantáneo al pasado, el rostro de mi propia madre −con una mezcla de dolor y de esperanza− despidiéndose de mí en un día interminable de septiembre, sobre las escalinatas frías e impasibles de mármol, en el Seminario. 

Como se trataba de una prueba de adaptación y de actitud, no tuve problema en superarla, ya que nunca me caractericé por buscar conflictos a iniciativa propia. Por otro lado, los educadores pretendían que nos fuésemos contentos a casa. Dejar un buen recuerdo en la memoria del postulante, era la manera de captarnos para que estuviésemos de vuelta en el Seminario, unas semanas después, con el arranque del curso académico. Supongo que los educadores y el superior tendrían muy en cuenta aquello que se nos dice el evangelista Mateo en el Cap. 9, 37-38 La mies es mucha, pero los obreros pocos. Por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Mi duda ante esta afirmación, es la siguiente: ¿Habrán entendido todos los pastores de la Iglesia que son obreros para la mies en lugar de administradores de la misma? 

El edificio del seminario impresionaba por sus dimensiones, las cuales yo sobredimensionaba sin saberlo, más de lo normal, porque lo miraba desde abajo; en la estatura de un niño de poco más de diez años. A este hecho habría que añadir otro no menos importante para que el edificio me pareciese faraónico: los seminaristas estaban de vacaciones y, por consiguiente, el seminario desolado y silencioso, parecía aún mayor en sus espacios. No sé si el arquitecto que diseñó el edificio con tamañas proporciones lo hizo por ser éste el estilo de la época o, tal vez, con ideas futuristas: si fue por lo último se equivocó notablemente, porque al paso que vamos o viene el fin del mundo o los curas empezarán a ser, en la vieja Europa, reliquias del pasado. 

Es más, en relación con lo comentado, personalmente me molestó una de las últimas campañas para atraer a jóvenes al seminario. Se enfocaba en lo material (“tendrás una paga asegurada de por vida” decía el slogan) en lugar de resaltar la experiencia de fe que llevó a algunos de esos jóvenes a servir a Dios como sacerdotes. Las convicciones mueven a las personas, especialmente cuando proceden de Dios; las seguridades, en cambio, terminan derrumbándose cuando vienen servidas de la mano de ídolos de barro como el dinero. Así es, entre otras razones, porque nada de lo que está sujeto al tiempo y al espacio es permanente y colma las inquietudes de eternidad, de bien y felicidad que todo hombre lleva inscrito en su alma.  

En uno de aquellos pasillos interminables del seminario, con bóvedas que rozaban el cielo (a mí me lo parecía por entonces) hice infinidad de carreras en mis primeros años de internado sin un fin específico; de cualquier modo, pensándolo bien, de pequeños hacemos las cosas sin un propósito determinado, solamente porque sí. ¡Que previsible nos hemos vuelto, y qué importante sería que nos volviéramos de nuevo como niños tal y como nos propone el Jesús; especialmente desde el corazón! así nos alejaríamos de hacer juicios temerarios y análisis psicológicos etiquetando a las personas. En el juego de la vida debería pasar como en los juegos de los niños; allí no sobra nadie, lo que importa es pasarlo bien, compartir, avanzar en el juego, y llegar a casa radiantes de alegría porque se hizo un nuevo amigo”.

Sin un propósito, pues, elegía el más alargado de aquellos pasillos como hangar de aviones, donde extendía mis brazos en cruz (hermosa cruz, la que abrazó a la humanidad para redimirla de su ensimismamiento y antropofagia), tomando carrera, para despegar a toda velocidad del suelo. El mismo que años después me devoraría, por mor de mi orgullo, por la mezquindad de algunos compañeros y por una mala dirección de un superior.

Por la noche los monitores nos sacaban al patio donde montaban una especie de fuego de campamento, sin más llama encendida que la de las estrellas. Dichas veladas las aprovechaban los educadores con fines didácticos para enseñarnos canciones y juegos, también nos leían fábulas y pasajes bíblicos. Con estos entretenimientos nos hacían, según el caso, pensar o soñar; todo estaba diseñado para obtener una pesca abundante entre los postulantes a seminaristas. Fue así como ingresé unas semanas después, con once años y pocos meses, en el lugar en el que transcurrirá la última etapa de mi niñez, seguida de la adolescencia y parte de mi juventud. En este lugar viviría, sin intuirlo en ese momento, lo que terminaría convirtiéndose, a la postre, en una de las etapas más conflictivas de mi vida y, con ésta, ya sería la segunda. Hoy, después de muchos años, vista desde los ojos de la fe, la valoro como positiva, en tanto que Dios la permitió, pues así se nos pone de manifiesto en (Romanos 8, 28) “…para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien…”. De tal manera que ese camino tortuoso, por el que tuve que pasar, debía ser uno de los posibles y necesarios para que finalmente tuviese un encuentro más profundo con Dios y conmigo mismo. 

2 EN EL VIAJE

Superada la prueba, pocas semanas después, comenzaría el curso académico. La noche anterior al ingreso no había dormido demasiado y eso que, por entonces, dormía como un koala recién almorzado. Tenía la sensación de que perdería mi libertad en el seminario, lo cual me entristecía. Este pensamiento lo atenuaba con la creencia de que, saliendo del pueblo, alcanzaría la paz que me habían robado durante muchos años los que me injuriaban con acusaciones falsas.

El viaje desde mi ciudad al seminario, en esta ocasión, se me hizo más largo que el anterior. Nos desplazamos en un autobús de línea, mi madre y yo, a un pueblo cercano del que saldría más tarde otro, itinerante, cuyo destino final era la capital de provincia, donde se encontraba el seminario. Una vez en camino, por detrás del cristal de la ventanilla distinguí, de entre el ocre terruño, un verde esmeralda que ponía al descubierto las primeras hierbas surgidas tras la estación seca del verano. Por encima del pasto, el horizonte se revestía de una luminiscencia anaranjada, que presagiaba la estación de las hojas muertas: estación del año que nos invita a meditar y a despojarnos de lo que nos sobra para renacer luego, en primavera, renovados de esperanza, de propósitos y de deseos de amar y ser correspondidos. 

No llevaba demasiado tiempo deleitándome con el apacible y sempiterno paisaje de mi tierra, extremeña, poblado de encinares y habitado de toros, ovejas, cerdos, cigüeñas y un sinfín de aves en tránsito hacia parajes más cálidos, cuando mi magín se vio poblado de nostalgia por lo que dejaba atrás; pensaba para mis adentros, en que sería de mí, una vez ingresara en el internado, sin poder disfrutar de las correrías en bicicleta, de los cantos que alegraban mi alma, de las salidas al campo que me llenaban de vitalidad y sin una familia donde apoyarme. Con ese pensamiento se diluyó la visión externa, por un paisaje interior de melancolía, en forma de fotogramas que, saltando rápidamente por detrás de mis vidriosas pupilas, me llevaron a contemplar de escena en escena, las flores diminutas que arranqué en las eras; las etéreas y vistosas mariposas blancas que ya no me traerían buenas noticias; los pajarillos que perseguí a la carrera y que nunca atrapé; las lagartijas y las avispas castigadas; las moscas desaladas; las folclóricas mariquitas respetadas; las monstruosas sombras en la pared; las crisálidas de los gusanos de seda auscultadas; el trepar a los árboles para observar a las crías de pájaros, con sus desabrigados cuellos, reclamando su ración de insectos; el trigal donde me adentraba sin ser visto para escapar del mundo; la visita a las arañas bajo los puentes en la carretera; y a mi padre de vuelta a casa después de ganarse el pan con el que, posteriormente, mi madre me daría a degustar el sabroso caldo del almuerzo.

En el asiento contiguo iba mi mamá muy callada y pensativa, seguramente elucubrando sobre si la decisión de enviarme al seminario sería la acertada: éramos una familia humilde y yo el único de los hermanos que salía fuera de casa para cursar estudios. Si no recuerdo mal ésa fue la única ocasión en la que vi a mi madre permanecer en silencio durante tanto tiempo seguido. En esa atmósfera de futuro incierto que ambos respiramos, las horas en el autobús se me hicieron de una densidad tan aplastante que tomé la decisión, una vez que se me fue atenuando la nostalgia por lo que dejaba atrás, de canturrear por lo bajinis en el intento de contrarrestar, por un lado, los silencios y, por otro, la prohibición que yo pensaba habría de cantar en el seminario. En la creencia anterior no erré mucho, ya que posteriormente permanecí en silencio durante muchas horas en el seminario; no porque nos impidiesen cantar, sino por los castigos a los que nos sometían superiores y educadores, debido al incumplimiento de alguna de las normas del lugar.

Como mi mamá debía regresar al pueblo, allí me soltó como el que suelta una prenda, en la casa de empeño, para rescatarme después en mejores circunstancias. No se había marchado, aún, cuando me acerqué a dos chicos, de mi edad, uno de los cuales me recibió con una patada al aire, a lo que yo respondí con un gesto cómico −como si, realmente, me hubiese alcanzado en la boca del estómago− tratando de caer bien para hacer amistad con ellos. Los futuribles compañeros no respondieron a mi intento de acercamiento, por lo que en ese momento me sentí solo, como solo estuve la mayor parte de mi vida; a diferencia que, en esta ocasión, el escenario en el que me encontraba apuntaba a lo más alto, a Dios mismo. 

Mi madre después de presenciar la escena desapareció, sin decir palabra, como por ensalmo, antes que yo me apercibiera de ello; tal vez con intención de esconder alguna lágrima en su rostro apenado. No obstante, si mal no recuerdo, jamás le vi asomar a sus mejillas una sola de esas translúcidas gotas; mi mamá estaba forjada con el temple de los titanes, aunque nunca supe el secreto de esa entereza. Muchos secretos se llevó mi madre con ella, espero que me los revele algún día en el cielo, aunque quizás allí, ya de nada importen las veleidades sufridas en esta tierra. Así debe ser, porque, al participar de la plenitud de Dios, pocos espacios huecos quedarán, probablemente ninguno, para rellenar los vacíos con los que nuestra alma parta a su encuentro.

El incidente a la entrada del colegio, con los que luego serían mis compañeros, pasó sin pena ni gloria (aunque quedara en mi subconsciente como se desprende de este mismo relato) y pronto pude hacer amistades con otros chavales adaptándome sin problemas a la nueva familia −por cierto, muy numerosa− que acababa de encontrar en la búsqueda de mi propio camino; un camino que nunca tuve de todo claro. Creo que terminaré por jubilarme sin saber muy bien a que entregarme: el caso es que a pesar de ello nunca estoy ocioso. 

3 CON LOS ESTUDIOS

Más difícil que adaptarme a las personas, fue adaptarme a los estudios con sus exigencias. Desde el pueblo arrastraba un déficit importante, de conocimientos académicos, por mor de un inepto profesor que tuve los dos últimos años que cursé allí.  Y no sólo eso, sino que a lo anterior se sumaba mi exigua memoria y mi atención dispersa. De este modo, a causa de ese cóctel carencial, pasé momentos muy angustiosos; especialmente cuando los profesores hacían preguntas eligiendo en el aire, a dedo, al primero que cayese en su ángulo de mira. Esa merma en los estudios la llevé como una rémora, demasiado pesada, mientras se prolongó mi vida académica. Sin embargo, aquella insuficiencia la iba supliendo con ingenio y picardía heredados con toda probabilidad de los genes de mí querido padre. 

De modo particular me viene a la memoria un episodio relacionado con la sustracción de un examen de final de curso, por parte de un alumno al profesor de francés; unos de los pocos profesores, por cierto, laicos que allí nos impartían clase. Después de analizar el suceso detenidamente en la distancia del tiempo, me da que pensar, por las excentricidades del profesor (demasiado notorias), si no sería él mismo, quien entregó el examen de fin de curso a uno de mis compañeros para que nos lo pasase al resto de la clase. El tal profe, cuyo nombre no recuerdo ahora, estudió en París donde le pilló de lleno el Mayo Francés del sesenta ocho. Y dicha experiencia, quieras que no, tuvo que dejarle alguna secuela.

Como era de esperar todos copiamos el examen, aunque yo lo desvirtué, un poco, con la intención de esconder la trampa. No sé quién fue más ingenuo si el profesor, por “tragarse” que el noventa y nueve por ciento de sus alumnos eran superdotados o yo mismo, por no responder correctamente a todas las preguntas. El asunto es que aprobó a todos mis compañeros menos a mí, motivo por el cual tuve que inventarme una historia creíble para poder, de este modo, sacar nota para beca y de paso no tener que delatar la trampa de mis compañeros. 

Me costó dar el paso, pero aún tuve tiempo para alcanzar al licenciado en el pasillo, pertrecho con todos sus enseres, antes de marchar de vacaciones. Esperé recostado sobre una de las columnas del claustro, hasta que se despidió del último de sus compañeros y, dirigiéndome a él con compunción, le expuse una serie de argumentos, medianamente creíbles, para que me aprobase la asignatura. De este modo, pues, vine a decirle que estudiaría su asignatura durante todo el verano (con suma entrega, eso sí) porque era mi intención, una vez terminase los estudios eclesiásticos, servir como misionero en el Zaire: país francófono hoy conocido como República democrática del Congo.    

El docente que no debía tener muchos amigos porque la clase la dedicaba, casi por entero, a desahogar sus penas contando batallitas personales; entendió la mía particular, y me otorgó el beneficio de la duda con la aprobación de su asignatura. Fue así como salvé con pillería lo que días antes no pude superar con desfachatez.

Con el relato anterior he recordado, también, otra de las muchas contrariedades sufridas en el seminario. Puedo decir, sin deseo de molestar a nadie, que poca o ninguna ayuda obtuve de mis compañeros para superar las limitaciones que tenía con los estudios: los idiomas y los latines no me entraban y cuando pedía ayuda a alguno de los adelantados de mi curso, por sus notas académicas, prácticamente ninguno se prestó para echarme una mano. No obstante, a pesar de las excusas que me presentaban para no hacerlo, creo que debo justificarlos: por lo comentado hasta ahora se puede inferir que no éramos ni ángeles ni santos, y ello porque las personas no cambian el modo de ser, de un día para otro, porque cambien de área geográfica, de familia o de pareja. Además, he de añadir algo de sobras conocido: que la primera escuela es la familia y, como sabemos, la familia no se elige, sino que nos viene dada. Los cambios, por lo general, suelen ser costosos y lentos en el tiempo. 

Si la familia es de suma importancia en el andamiaje de nuestra personalidad, tampoco hay que restar importancia a la genética y al modo de procesar la información que nos llega, después, desde el exterior. Todo lo señalado hasta ahora, más el peso de nuestra propia carne, que inalterablemente tira, una y mil veces, de hombres y mujeres hacia abajo para saciar sus instintos y su ego, me iba ayudando, aunque parezca contradictorio, en mi camino de ascensión, ¿porque qué son, si no, las pruebas de la vida? 

Ya lo decía San Pablo, en Romanos 7, 14-16: “Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley (de Dios) es buena. Se deduce, entonces, de este pasaje bíblico, que el espíritu reconoce la ley de Dios como buena, ya que de lo contrario no acusaría esta al individuo, es decir a nuestra conciencia, de que obra mal. Pero no debemos quedarnos en lo negativo, puesto que, a pesar de esa inclinación hacia el mal, después de la resurrección de Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo, sabemos que podemos vencer, también, la vileza en nosotros, es decir al pecado, que es muerte para el hombre. Así se desprende, igualmente, de otro pasaje de las Escrituras en el Evangelio de San Lucas (18, 25-27) al decirle Jesús a sus discípulos: “Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Los que escuchaban dijeron: Pero entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús respondió: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Ahora bien, para que Dios cincele en nosotros ese hombre nuevo a imagen suya, capaz de vencer el pecado, es necesario el concurso de nuestra fe, de nuestra libertad y de nuestra voluntad; es decir aceptar la palabra de Dios sin acotarla, porque no nos apoyamos en nuestra fuerza ni en nuestros conocimientos limitados y deformados, sino en la Sabiduría infinita de Dios y en su omnipotencia para obrar en nuestra debilidad humana. 

Aterrizando de nuevo en las notas biográficas diré, que, a pesar de los lastres que arrastraba en los estudios desde el pueblo más los personales debido a mi exigua memoria y lentitud mental, fui aprobando cada año todas las asignaturas; incluso pude conseguir beca hasta terminar los estudios de filosofía a los veintiún años; edad en la que dejé el seminario.

4 DISERTACIÓN ACERCA DE LAS PERSONAS Y LAS INSTITUCIONES

Si el tema académico lo llevaba con angustia por lo ya expuesto, en lo tocante a la convivencia con los compañeros, tampoco fue el seminario un paraíso sembrado de árboles, lagos y flores, donde refugiarse de las insidias de las personas. Sin dar más rodeos, tengo que hacer constar que las relaciones humanas, en el seminario, fueron un calco de lo que me había venido sucediendo en el pueblo. La historia se repitió porque, aunque el hombre huya de sí mismo poniendo tierra de por medio para distanciarse de sus problemas, nunca llegará lo suficientemente lejos, contrariamente a lo que espera, como para perder de vista aquello que proyecta de sí mismo como una sombra. De lo comentado, pues, se desprende que mi temperamento seguía siendo el de siempre, rebelde; mi físico, sin haber alcanzado la pubertad, prácticamente el mismo; mis aficiones artísticas las mantenía, igualmente, intactas y sin reprimirlas; y los compañeros no dejaban, por el hecho de estar en ese lugar, de pertenecer a la misma cultura e idiosincrasia de la que formaban parte aquellos, otros, que dejé meses atrás en el pueblo.  

Yo, por mi parte, seguía con mis hobbies, me apunté al coro y al teatro; y cuando llegaba alguna festividad que celebrar en el seminario, cantaba y bailaba si la situación se prestaba a ello. Ocasionalmente lo hacía, también, los domingos por las mañanas, cuando los altavoces nos despertaban con música festiva. Por otro lado, en mi faceta altruista alentaba a algunos compañeros cuando estaban en horas bajas: según la ocasión, unas veces lo hacía resaltando sus cualidades y su trabajo y otras preguntándoles, directamente, por sus pesadumbres cuando los encontraba alicaídos. La libertad era consustancial a mi genética y no podía prescindir de ella aunque estuviese lejos de casa: en su nombre suscribiría, plenamente, unos de los elogios que Cervantes ofrendara a la misma en el Quijote: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida». Muy apropiado para los tiempos que se avecinan.

Por no reprender mis emociones y aficiones delante de mis compañeros, devino lo de siempre; que a algunos de mis compañeros se les despertó su imaginación (seguramente ya la traían despierta de casa), por lo que terminaron viendo fantasmas, donde no los había. De este modo, al cabo de unos meses, fui a tropezar con la misma piedra del acoso, siendo señalado de nuevo con el estigma de la homosexualidad.  

Así pues, nuevamente, el mundo con sus insidias volvía a lo suyo; a arrojarme a la arena del circo para su diversión y yo, por mi parte, también a lo mío; a defenderme como gladiador en medio de leones, sin implorar clemencia, tratando de repeler el insulto con más violencia verbal. Desde luego, mi actitud orgullosa no era para nada evangélica; no seguí, por lo mismo, la recomendación del apóstol Pedro en una de sus cartas (1 Pedro 3,9): «En conclusión, sed todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos y de espíritu humilde; no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendiciendo, porque fuisteis llamados con el propósito de heredar bendición».  

Durante muchos años, aunque parezca lo contrario, fui víctima casi más de mí mismo que de mis agresores. Tarde aprendí, a la sazón, que no es bueno estar siempre a la defensiva, salvo que esto conlleve la renuncia de tus principios; ya que nadar a contracorriente de modo continuo, por años, exige un esfuerzo de titanes que, en alguna etapa de la vida, termina por cobrarse su factura. De haberlo sabido, en aquel momento, no habría trasladado los mismos hábitos que tenía en el pueblo al seminario: ese hubiese sido un buen comienzo para terminar, de una vez por todas, con los malos entendidos y los prejuicios de aquellos que veían, en mi forma de ser y expresarme, lo que en realidad no se estaba dando en mi fuero interno.

Tampoco encontré una persona por esas fechas, tanto fuera como dentro del seminario, que me brindase un consejo eficaz para neutralizar con un antídoto diferente, a lo que yo solía acostumbrar, las saetas envenenadas de los que se burlaban de mí. Y ese consejo no llegó, no porque hubiese mala fe o dejación de funciones en mis superiores, sino porque no estaban preparados para tratar el tema del acoso y la homosexualidad. Por otro lado, he de advertir, que no es lo mismo ser padre de familia que ser pastor de Iglesia, aunque a veces se hayan confundido los términos. Con esa miopía, de no saber distanciarme de mis agresores, se fueron reproduciendo por días sin término las mismas situaciones, que ya viviera en el pueblo, hasta que alcancé la edad de dieciocho años.

En este nuevo escenario, al que ahora se trasladó el acoso, he de aclarar que, el mismo, no venía por parte de todos los compañeros, sino que se trataba de un grupo, reducido, que se hacía indeseable por las afrentas a las que me sometían, reiteradamente, delante del resto de compañeros.

Parecerá increíble, pero el día que dejaron de insultarme supuso un alivio para mí, tal, que podría compararlo con aquel que sentimos al salir de una aterradora pesadilla: con la salvedad que las pesadillas suelen durar unas horas mientras que en este caso el bullying se prolongó durante los años más importantes de mi vida; trece en total, entre el pueblo y el seminario. Sin embargo, no todo se arregló ahí, ya que posteriormente al acoso, noté, para mi sorpresa, que la herida abierta en mi alma, por su causa, se había gangrenado y no dejaría de supurar por ella hasta muchos años después. De ello iré dando detalles a medida que vaya poniendo por escrito, el resto de acontecimientos que se fueron concatenando, a modo de piezas de dominó, para que, llegado el momento propicio, en dos impactos de gran sacudida emocional (por la relevancia de las personas que intervinieron en ellos) lograsen derribar finalmente la estructura natural de mi personalidad.

Por lo demás, la vida en el seminario, aunque angustiosa por el tema del acoso y lo forzado que iba en los estudios tuvo también, como todo en la vida, sus aspectos positivos; entre otros, el despertar a la espiritualidad: allí fui conociendo al Dios de la revelación y de la historia (a Jesucristo) del que apenas había oído hablar hasta entonces; un Dios que se inmola para rescatar a toda la humanidad de su autismo; el mismo en el que yo me encontraba por entonces. También en el seminario se me brindaría la ocasión de acceder al conocimiento del pensamiento humano, a través de los estudios de filosofía; y lo que esto me aportaría luego, en la vida civil, para manejarse con espíritu crítico y analítico.

Por medio de dichos conocimientos, ya, desde bien joven, pude distanciarme de todas las propuestas totalitarias y reduccionistas que encasillan a las personas a una estructura de conocimiento y estilo de vida, único, cerrado y excluyente de cualquier otro. Mesías sólo hubo uno y, además, creíble por su condición divina: no se trataba de un hombre, más, expuesto como cualquier otro hijo de vecino, al error, al ego y a la esquizofrenia. Otro aprendizaje que allí adquirí fue el de la autocrítica por medio de los ejercicios espirituales y la oración; por último, el vivir dentro de un orden y una disciplina, también forjaron mi carácter para no dejarme abatir ante cualquier contratiempo.   

Para que se tenga una idea más amplia de lo que acontecía por esos años en seminario, daré algunos detalles al respecto: La mayoría de compañeros entraban al seminario a la edad de diez, once y doce años; a mi modo de entender, edad demasiado temprana para desarraigar a un niño de lo que tiene que ser el entorno natural de su desarrollo psíquico, el cual no puede ser otro que el de la propia familia. No obstante, se daban situaciones en las que la llamada de Dios, a la vocación sacerdotal, despertaba en algunos jóvenes a edades tardías; vocación que los condujo, en algunos casos, a dejar novia, carrera, e incluso su trabajo.

La convivencia en el internado, por lo general, era buena, aunque entre tantas almas, como suele suceder, surgían conflictos puntuales que se resolvían unas veces a base de disciplina y, otras, con la expulsión temporal o definitiva del alumno a su domicilio familiar. Estas normas de convivencia, no asimiladas por todos, conllevarían a que algunos exseminaristas, años después, guardasen gran resentimiento hacia la institución y hacia los superiores. 

A pesar de la situación de acoso y sufrimiento que padecí en el seminario, no fue así en mi caso, pues comprendí muy pronto que, aun teniendo algún motivo para esa animadversión, era necesario poner en la balanza, junto a las experiencias negativas allí vividas, aquellas otras positivas que, igualmente, recibimos de la institución. Entre las positivas se concretaban, por una parte, para los alumnos que procedían de familias pobres, como ya mencioné, ayudas económicas para sufragar sus estudios y, para todos, en general, una buena preparación, académica, humanística y religiosa.

Es más, ese apoyo continuó fuera del seminario para algunos exseminaristas, a los cuales se les buscó una salida decorosa, tanto para encontrar trabajo como para que siguiesen estudiando en otros centros. Para redundar más en esta visión benévola de la institución, he de añadir que existe una máxima muy conocida, la cual afirma que debemos interpretar los acontecimientos del pasado con perspectiva, es decir, desde el contexto cultural e histórico en los que estos sucedieron: en el caso que me ocupa, no solo eso, sino las peculiaridades del lugar en sí, las cuales trataré de explicar a continuación.

En cuanto al contexto, he de señalar que en los años setenta aún se entendía el castigo físico como un elemento necesario para salvaguardar el respeto, el orden y la disciplina; incluso había refranes, a la sazón, que nadie cuestionaba por entonces. Uno de ellos decía: “quien bien te quiere te hará llorar”. Sin necesidad de caer en los extremos, yo creo, tal y como dijo Henry Moore, que «la parte más importante del éxito está en la disciplina». Tan asumida estaba la cultura del correctivo en ese tiempo, que incluso ocultábamos a nuestros padres el castigo que nos infringían otras personas mayores, por miedo a que ellos volviesen a reprendernos o a castigarnos, nuevamente, por los mismos hechos. 

De esta manera se daba por sentado, hasta comienzo de los noventa, que todo castigo se correspondía, comúnmente, con una mala conducta por parte del joven o del niño. Así se interpretaba, porque no se ponía en entredicho, a no ser que se tratase de un depravado o de un demente reconocido, la buena fe con que actuaban profesores, educadores y, en general, toda persona adulta. 

Yo tampoco dudo, ahora, de la buena fe de los superiores que tuve en el Seminario, aunque sí debo dejar constancia que uno de ellos, en particular, ¡quién sabe en virtud de que categorías mentales o traumas de su mismo pasado! ejercía la disciplina, con mano dura, sin que le temblase el pulso a la hora de imponer un castigo. A pesar de esos correctivos, tengo que expresar que, con respecto a mí persona, nunca llegué a interiorizarlos con resentimiento, más bien los acepté como un elemento necesario para mantener el orden. Y, además, por lo ya mencionado, si los analizo desde su contexto histórico −desde la educación que se impartía por ese tiempo− he de dejar constancia de que esos mismos castigos o similares ya los había sufrido yo, a manos de profesores laicos, en colegios estatales antes de ingresar en el Seminario. Tampoco es que fuese un hecho peculiar de España, pues, por la filmoteca de la época, como se puede deducir del film Los Cuatrocientos Golpes, la educación era similar en el resto de Europa, con ligeros matices, según la idiosincrasia de cada nación.

Señalado lo anterior, tampoco puedo obviar, que hubo otro sacerdote, como contrapunto del anterior, que, anticipándose a los tiempos, intentó suprimir los castigos, más fuertes, que nos ponían los inspectores, como método de disciplina. Los inspectores eran alumnos del seminario mayor que ayudaban a los superiores -sacerdotes- en las tareas de vigilancia y orden de los seminaristas más pequeños. Su área de vigilancia se circunscribía al refectorio, a las aulas en las horas de estudio, a los pasillos en momentos puntuales del día y a la vigilancia de los dormitorios por la noche. La cifra de seminarista menores podría rondar, aproximadamente, los 350 alumnos por esas fechas.

Se daba en el Seminario otra característica que, en sí misma, aglutinaba a la vez una parte de ventura y otra de adversidad: la parte positiva consistía en que guardásemos la inocencia por más tiempo (hablo en general) y la negativa, estribaba, en que al dejar el Seminario te sentías mucho más vulnerable. Me explico: como solamente íbamos al pueblo en vacaciones de verano, por navidad y semana santa, el internado nos mantenía aislados −como en una especie de burbuja protectora− de los problemas reales de la gente en su cotidianidad. De este modo, cuando dejé el internado, a los veintiún años, eché de menos cierta destreza para afrontar los problemas sin que nadie me diese nada hecho y, por otro lado, igualmente, cierta habilidad para relacionarme con la gente. Tal vez estos contratiempos estuviesen especialmente acentuados en mí por dos motivos: en primer lugar, debido a que la estancia en el seminario se prolongó por muchos años, diez en total; y, después, porque, en los periodos de vacaciones, solamente me relacionaba con personas afines a mis creencias; chicos y chicas pertenecientes a un grupo parroquial, los cuales no me tenían etiquetado, a diferencia de los de mi barrio. 

De este modo, pues, una vez que salí del seminario, me encontré inmerso en un ambiente cusi inhóspito para mí: un universo competitivo, despiadado en algunos casos, e individualista; un mundo demasiado alejado, por lo mismo, de la Doctrina Social de la Iglesia y de los valores que me habían inculcado en el seminario de respeto hacia todo el mundo, de entrega a las causas nobles, de solidaridad, etc. 

Con el análisis de esa realidad, ya descrita del seminario y vivida en primera persona, he llegado a la conclusión, para que tomen nota profesores y educadores (no solo los rectores de seminarios, sabiendo que ahora gozan de más libertad), también de otras instituciones que conlleven, por sus características, un alto grado de aislamiento, como centros de menores, cárceles, psiquiátricos, etc., que se deberían impartir asignaturas que tuviesen por finalidad adquirir, en los internos, ciertas habilidades para superar los muchos obstáculos que la vida nos presenta en su día a día. Por citar algunas señalaré estas: habilidades sociales para hacer amistades, buscar trabajo, integrarse en asociaciones, etc., así como otras de tipo manual, por ejemplo, aprender un oficio, cocinar, solucionar averías en el hogar y tener unos conocimientos básicos de primeros auxilios. 

Se trataría, pues, de dotar al chico de destreza mental y manual para que no se paralice ante los obstáculos cotidianos, toda vez que este alcance de nuevo su libertad. Sé que en teoría muchas de estas cosas se conocen, pero también tengo constancia de que no siempre se aplican en la práctica: de ser así, que cada uno cargue con su responsabilidad sin lamentarse, luego, de los atropellos que cometen los jóvenes. 

Todos estos pasajes de mi vida, que traigo a colación en la autobiografía, los doy a conocer, como ya aclaré en el prólogo, sin intención de causar morbo o buscar carnaza para derribar a nadie. Ese ha sido el motivo, también, por el cual no he citado con su verdadero nombre hasta ahora, ni lo haré, a las personas que participaron en aquellos acontecimientos cuando estos se estaban dando. La intención, por tanto, que me mueve a contar todos estos avatares desafortunados −tal y como yo las viví e interioricé− es la de tratar que no se reproduzcan en otras personas evitándoles, así, el mismo sufrimiento por el que yo pasé. También para redargüir, de paso, contra aquellos que juzgan a sus congéneres, a la ligera, sin haber conocido a fondo la historia de sus muchos afanes y quebrantos. Como dice un proverbio amerindio: «No juzgues a tu prójimo antes de haber caminado varias leguas en sus mocasines»

Lástima que tengamos poca capacidad para la reflexión, y para situarnos en el lugar de los otros, porque de ser así no habríamos colaborado, unas veces por acción y otras por omisión, a que algunas personas, debido al rechazo que sufrieron, tomasen un rumbo extraviado en sus vidas. Esto lo traigo a colación porque, desde el lugar que ocupé como víctima, debido al deterioro que alcanzó mi psiquis, estuve en dos ocasiones a punto de traspasar la raya de aquello que en ningún caso se debe hacer. Gracias a Dios la conciencia vino a asistirme cuando mi resistencia mental se encontraba al borde de su abismo.

IDENTIDAD SECUETRADA 6 Entrega

Nota aclaratoria: Si no has leído los anteriores apartados, del primer capítulo de mi autobiografía, te recomiendo que busques en la cabecera del blog el enunciado que se refiere a *Autobiografía* ahí podrás leer ordenadamente todo lo publicado hasta ahora.

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ISBN: 9788469736876 1ª Ed. Feb 2017 Colombia

Fin del Cap 2. EN BUSCA DE UN ESPACIO EN EL MUNDO

9. LEJOS DE LA MIRADA DE LOS ADULTOS

No todas las aventuras se remitían al contorno del pueblo, sino que, alguna vez que otra, nos alejábamos más allá de su periferia para vivir nuevas sensaciones explorando otros paisajes desconocidos. Estas escapadas las llevábamos a cabo a escondidas de nuestros padres, como no podía ser de otro modo, por nuestra edad, ya que éramos demasiado inmaduros para sustraernos de cometer insensateces. A una de esas salidas nos concitaron (yo tendría unos ocho años), un día ocre de otoño, a mis amigos y a mí, otros chicos del barrio de mayor edad, so pretexto de no decir nada a nuestros padres. De este modo, creyendo en sus palabras nos dirigimos, por indicación de ellos, a un paraje de recreo donde los lugareños se reunían en festividades campestres.

Hasta llegar al sitio propuesto por los mayores había que pasar, a mitad de camino, cerca de un pozo de aguas subterráneas que se mantenía, como la mayoría de los que había en el campo por entonces, sin tapadera de protección. Siempre que se pasaba junto él, muy pocos críos eran los que resistían la tentación de asomarse a su interior; entre ellos me encontraba yo mismo que lo hacía con mucha cautela. El motivo de esa precaución, se debía a las advertencias que nos hacían nuestros padres para que no cayésemos en su interior al asomarnos o subirnos al brocal. 

Por entonces las personas no se medicaban por depresión ya que poco se sabía de esta enfermedad y, por lo mismo, una buena parte de ellas, enredadas en el laberinto de sus pensamientos, ponían fin a sus vidas arrojándose a uno de aquellos pozos. De este modo, aunque había menos enfermos depresivos que ahora, una de las pocas salidas que encontraban a su sufrimiento, aparte del manicomio, era el suicidio; y unos de los métodos con el que ponían fin a sus vidas era arrojándose al abismo de las aguas de cualquier pozo que tuviese a su alcance.

Como los pozos, a la sazón, representaban un gran peligro, debido a su nula protección, mi madre me decía, para que no me acercase a ellos, que en el fondo de sus aguas habitaba la Mano Negra. Por esas fechas yo confundía, en mi corta inteligencia, su exhortación con las personas que encontraban en su interior ya fallecidas. La ligazón de estas dos realidades me llevó a pensar, que los suicidas yacían en el fondo del pozo, atrapados por la Mano Negra, sin posibilidad escapar de allí. No obstante, a pesar de las advertencias de mi madre, nunca me resistí a la tentación de mirar en el interior de los mismos: eso sí, lo hacía rápidamente, de un vistazo, para no dar tiempo a la Mano Negra a que me arrastrarse consigo hacia la profundidad de sus aguas; el lugar donde retenía a sus víctimas, los “locos”.

Con el tiempo empecé a sospechar que aquello de la Mano Negra era un cuento chino; ya que, en el supuesto caso de que fuese real la existencia de esta mano siniestra, era incomprensible que algunos chicos mayores se arriesgasen a pasar por encima del pozo, en un alarde de valentía, colgados de la baranda que sujetaba la polea de arrastre del cubo. De cualquier modo, el tema de los suicidios relacionados con los pozos quedó arraigado en mi subconsciente, con tal fuerza, que aún en el presente sigo teniendo la misma precaución, de antaño, cuando me acerco a uno de ellos para mirar en su interior. Hay ciertos sucesos y enseñanzas relacionados con la niñez que no se borran nunca: en mi pueblo, por los años sesenta y setenta, era casi habitual que cada dos o tres años se suicidase una persona; en ocasiones coincidían hasta dos en el mismo año.

Las andanzas de aquel día de escapada fueron de zozobra en zozobra. Para comenzar el relato de lo acontecido, he de anotar que los mozalbetes, antes de llegar al lugar acordado, aprovecharon su poderío físico para propiciarnos algún que otro sopapo sin motivo. Después de contener las lágrimas con gran esfuerzo, yo y el resto de mis vecinos más pequeños, seguimos adelante, porque a esas alturas estábamos a más de la mitad del trayecto de vuelta a casa, y pensamos que era más prudente seguir a los mayores que volver solos en desamparo. Como casi todo, en el acontecer del hombre, es de ida y vuelta, posteriormente la paliza se la propiciarían a ellos sus mismos padres por retenernos más tiempo de lo debido en el lugar al que nos llevaron. 

Una vez que alcanzamos la meta señalada, nos entregamos a librar batallitas olvidándonos del resto del mundo. El paraje, muy parecido a aquel con el que arranque la autobiografía, se erguía sobre una suave colina encumbrada por dos piedras del tamaño de un barco bucanero cada una. Nos distribuimos casi por números iguales en las peñas, es decir en los barcos, desde los que hacíamos abordajes con cañas y palos para arrebatar los tesoros que cada uno de ellos albergaba en su interior. De este modo, absortos en los juegos se nos fueron pasando las horas mientras que nuestros papás (sin que tuviésemos la más mínima sospecha), alertados por la tardanza, salieron a buscarnos por las inmediaciones del pueblo.

En esas andaban cuando, después de varios intentos, frustrados, fue mi madre finalmente −la cual tenía cierto dote para ubicar a las personas y a las cosas en su sitio− la que dio con nuestro paradero. Mi mamá, como iba acompañada, también, por la alegría de habernos encontrado, se contuvo de amonestarme en exceso y, después de decirnos que nos andaban buscando, reemprendimos la vuelta a casa por detrás de ella, en fila india y cabizbajos, como polluelos asustados, por un sendero que acortaba camino para llegar antes al pueblo. 

En ese afán de adentrarnos a explorar lo desconocido, tenía un amigo especialista, al que yo seguía a la zaga. El miedo, no era precisamente lo que me definía por entonces; donde estaba el miedo allí que iba yo a espantarlo. De este modo, nunca esperaba a que entrara en mi cuarto para que tirase de mis sábanas o me hiciese cosquillas en los pies. Si escuchaba algún ruido extraño en el doblado de mi casa o en el patio, a media noche, sentía la necesidad imperiosa de averiguar inmediatamente de qué se trataba. Tomar la postura del avestruz no iba con mi carácter, por lo cual prefería enfrentarme a un ladrón o a un peligro incierto, antes de pasar la noche en vela esperando que el peligro se deslizase, por cansancio, bajo el somier de mi cama. 

El procedimiento para ahuyentar los espectros, si detectaba algún ruido extraño, a horas avanzadas de la noche era el siguiente: sin despertar a mis padres y a mis hermanos me levantaba, abría la puerta que daba acceso al patio de la casa y me encaramaba por las escaleras de acceso al doblado para hacer frente al propio miedo. Nunca encontré un miedo sin una causa justificada, el más corriente estaba relacionado con unos ojos negros, de tamaño colosal, que alumbraban en mitad del doblado: eran los ojos desafiantes de una gata que buscaba emparejarse o acababa de parir. Otras veces se trataba de un chirriar de bisagras por una puerta mecida a capricho del viento. Las tormentas también hicieron sobresaltarme en muchas ocasiones; si la tormenta venía acompañada de fuerte aguacero, salía al patio a quitar la tapadera del sumidero para evitar inundaciones. Solamente en una ocasión el miedo pudo conmigo: por entonces tenía la insana costumbre, sobre todo en verano, de quedarme hasta altas horas de la madrugada escuchando en la radio un programa de fenómenos paranormales presentado por el periodista Antonio José Alés. En esa ocasión no oí un ruido, sino que la habitación se convirtió, por entero, en una caja de resonancia: como percibía que el ruido no procedía del exterior y su estridencia iba en aumento, la zozobra, por no saber que lo provocaba, se apoderó de mí con tal intensidad, que tuve que sacar el colchón de mi cuarto para ir a montar la tienda, al menos por esa noche, en la habitación de mis progenitores. 

Ahora que lo pienso, quizás mi padre tuviese parte de responsabilidad en mi actitud para poder afrontar los miedos. Le escuché decir, en más de una ocasión dos frases llamativas (al menos a mí me lo parecieron por entonces), una de ellas fue la siguiente: “ten más cuidado con la ira de los vivos que con la sombra de los muertos”. La otra decía, para que no me amedrentase ante los buscas peleas: “jamás he visto en todos mis años de vida, que un hombre se haya comido vivo a otro hombre”. En su sapiencia popular no iba muy desencaminado pues las ánimas atormentadas de los muertos, con unas oraciones o con un exorcismo se dan, generalmente, por vencidas; mientras, que, con los vivos, resulta verdaderamente costoso deshacerse del odio, de la envidia y del deseo de venganza de aquellos que, sólo Dios sabe con qué tipo de justificaciones, enredos mentales y frustraciones personales, nos acechan. 

Con todo, no era yo de los más atrevidos del barrio, tenía un amigo que me superaba y, por eso mismo, en más de una ocasión me persuadía para introducirme con él, a hurtadillas, en un caserón abandonado que había por entonces en la calle principal del pueblo. La casona tenía numerosas habitaciones y se accedía a la misma por una contraventana bajando el pestillo que se alojaba en su parte interior. Si respeto me producía desplazarme en la noche por el desván de mi casa, congoja era lo que sentía al hacerlo en aquella mansión destartalada, aunque fuese en compañía de mi amigo. Cuando pasaba a su interior lo primero que me echaba para atrás era su olor a humedad y a efluvios rancios de orín de murciélago. Una vez dentro, nos desplazábamos de una habitación a otra, con mucho sigilo, para no llamar la atención de los viandantes que pasaban cerca de la vivienda: misión cuasi imposible, ya que las maderas del piso superior crujían como matraca por el abandono y la sequedad de las mismas. Subiendo por la escalera a oscura, sin más guía que el pasador de manos −horadado como mina bajo tierra por la carcoma− el corazón golpeaba mi pecho con vehemencia, en un intento de ausentarse de mí tórax para alcanzar la calle y sentirse a salvo. De esta guisa, sin hacer caso a las palpitaciones y sin detener la marcha, nos desplazábamos por los pasillos, de puntillas, mientras de alguna de las habitaciones, debido a la proximidad de nuestras pisadas, salían de estampida los ocupas que ahora se alojaban en el inmueble: una granja silvestre de búhos, ratas, quirópteros y otras sabandijas de la oscuridad. Los miedos dicen los psicólogos que hay que enfrentarlos para que no se apoderen de nuestra voluntad, o mejor dicho de nuestra libertad (tal vez, no para todos, porque algunas personas, de un solo susto, pasaron a mejor vida).

Pues bien, en eso estábamos mi amigo y yo, sin saberlo, superando el miedo a lo desconocido; que en ese lugar se hacía especialmente palpable, cuando alguna madera del piso superior chirriaba más de lo normal en nuestros desplazamientos. En el momento que el crujido estallaba bajo mis pies, con más estridencia de lo normal, en más de una ocasión pensé que se abriría un boquete, tras el cual sería succionado por la fuerza de la gravedad hasta que mis costillas quedaban estampadas contra las duras losas del piso inferior. El golpe contra el piso era lo de menos, sino que minutos después los viandantes, alertados con el estruendo del batacazo, avisaran a la policía que, porra en mano, nos pondrían las esposas para llevarnos al calabozo ante la mirada acusadora de mis paisanos. Luego de este temor venían otros, unas veces porque se cerraba una puerta de sopetón, a mi espalda, y otras porque algún murciélago, en su huida, pasaba rozando mi oreja para alardear, ante mis narices, de la precisión con que manejaba su “radar”. 

10. DIOS SE VALE DE LAS CIRCUNSTANCIAS PARA ATRAERME HACIA ÉL

Volviendo a la escuela, allí tuvo lugar unos de los acontecimientos que, posteriormente, me llevarían a uno de los lugares que más influiría en mi forma de pensar y entender la vida. 

Aunque parezca prepotente por lo que voy a exponer a continuación, empezaré, para no parecerlo tanto, por señalar mis carencias y defectos: nunca brillé por mi poderío físico, ni por las notas raspando el aprobado, ni por mi elocuencia, ni por ser lo suficientemente prudente a la hora de juzgar a las personas; tampoco por saber encajar con humildad el desprecio o la crítica; y, finalmente, por otros muchos desvíos e imprudencias que cometí a lo largo de la vida que, de igual modo, quedarán reflejados en esta autobiografía. Sin embargo, con todos esos defectos que he señalado de mi personalidad, quiso Dios poner su mirada en mí, del mismo modo que lo hizo con el pastorcito bíblico David. Me he fijado en este personaje bíblico porque he hallado algunas coincidencias entre ambos.

Al compararme con él, lo hago para remitirme al momento de su elección y otros aspectos de su personalidad, que para nada tienen que ver con la santidad o la grandeza de dicho personaje, ya que no soy tan pretencioso, ni me atrevería a cometer tal dislate. De cualquier manera, me sirvo de dichas coincidencias para dar paso a lo que aconteció en mi vida en el año setenta. Como bien sabemos, a poco que hayamos leído la biblia, el favor de Dios, por lo general, está del lado de aquellas personas que a los ojos de los hombres cuentan muy poco o no cuentan para nada. Al igual que David, yo era el más pequeño de mis hermanos, no sólo por edad (tenía nueve años en ese momento), sino en apariencia física. No era pastor como David, aunque me faltó muy poco, ya que por entonces mi hermano trajo un borreguito a casa, el cual me endosó luego mi madre para que lo sacase a pastar al campo por las tardes. Afortunadamente para mí, porque no sabía qué hacer con él, e infelizmente para el borreguito, el animal enfermó muriendo al poco tiempo. Anécdota aparte, como se desprende de la narración bíblica, David quedó al margen del modelo que para su padre y sus hermanos representaba una persona con posibilidades de ser ungida de un profeta. En mi caso, particular, sin ser excluido por mis padres (aunque tampoco contaba mucho mi opinión para ellos por ser el más pequeño y porque no destacaba ni por abajo ni por arriba), sí que lo fui de la sociedad; la cual me clasificó dentro de uno de los especímenes de personas que por entonces eran rechazadas. Como David me gustaba la trova y la lírica, aunque sin sus dotes, claro está; como David, finalmente, quise seguir a Dios con coherencia, aunque como David también traicioné a Dios dejándome arrastrar por la lujuria en mi madurez.

También encontré similitudes a la hora de ser llamado por Dios. En mi caso, el corto de miras a la hora de fijarse en mí, fue el enviado por Dios; lo contaré para que se entienda mejor: unos días antes de la festividad de San José fue el párroco del pueblo al colegio para hablarnos del seminario e invitarnos, al mismo tiempo, a seguir allí los estudios de primaria. Coincidió su visita con que mi asiento en el aula, en ese momento, ocupase el último lugar de mi fila: la primera de todas en orden horizontal a la pizarra. El sacerdote para no andar entre los pupitres, fue preguntando, solamente y uno por uno, a los que me precedían en fila, hasta llegar junto a mí, donde se detuvo, sin interrogarme. La pregunta que dirigió a los compañeros después de explicar en qué consistía la vocación y la misión del sacerdote, fue la siguiente: –¿te gustaría irte al seminario? si crees que no, explica los motivos. Todos mis compañeros expresaron, abiertamente, que no deseaban hacer dicha experiencia, alegando excusas más o menos convincentes. Sin embargo, el sacerdote, al detenerse frente mí, que era el único que quedaba por contestar a la pregunta de la fila, pasó de largo, dándome por no apto. Con toda seguridad pensó que no daba la talla, que era demasiado pequeño para tan loable tarea. Una vez, más, la mirada miope del hombre frente a la de Dios, tal y como le sucediese al papá del pastorcito David, que lo descartó, de entre sus hermanos, pensando que Dios actúa en la fortaleza del hombre y no en su debilidad.

Como la oferta que nos hizo el párroco no pasó inadvertida para mí −que me gustaban los retos− la tuve rondando en mi sesera, por varios días, hasta que llegué a la conclusión, que, en el supuesto caso de haberme lanzado la pregunta a mí, no hubiese tenido argumentos para rechazar su propuesta. Incluso me pareció, luego de analizarla, sumamente interesante por dos motivos: por un lado, debido a la labor social y humanitaria que hacían los curas, con la cual me identificaba; y, por otro, porque al alejarme del pueblo, para ingresar en el seminario, dejaría atrás a mis acosadores y el sufrimiento que arrastraba con motivo de ello. Estos dos argumentos fueron suficientes para que, en pocos días, les anunciase a mis padres mi deseo de ingresar en el seminario. No fue fácil convencerlos, pero con la ayuda de mi hermana la mayor, con mi insistencia y con más de una lágrima frente a una hermosa talla de la Inmaculada, en la parroquia de mi pueblo, conseguimos finalmente vencer su resistencia. De esta manera, tan simple, me llamó Dios a formar parte de su rebaño; de esa gran descendencia que prometió a Abrahán.

Pues bien, aunque a veces pensemos que Dios hace oídos sordos a nuestras peticiones, por lo ya expuesto, se puede inferir que no es cierto. Dios escucha siempre, de tal manera que esta fue la forma de responder, años después, a mis plegarias cuando, frente a los insultos y a las burlas de mis acosadores, yo le suplicaba para mis adentros: ¡Dios mío sácame del pueblo, no puedo más con esta situación! 

A pesar de esa primera llamada del Señor aún no era consciente del amor con que el Padre Eterno me atraía hacia su hijo. Es así que no fue hasta muchos años después, en plena madurez, por las enseñanzas recibidas en un grupo carismático, a las que siguieron otras igualmente fructíferas en los Talleres de Oración y Vida del Padre Ignacio Larrañaga, cuando comencé como el hijo pródigo, atraído por el Padre Eterno y por mi propia necesidad vital, a caminar con determinación hacia Dios. 

En el taller de oración me enseñaron que debía aprender a sustituir los nombres propios que aparecen en la Biblia, por el mío, para hacer así una lectura personal y viva de la palabra de Dios. Fue de esta manera, como se me abrieron los ojos y pude entender, en toda su extensión y con la mirada vuelta en el pasado, que mi respuesta había sido la misma que diera el pueblo de Israel a Dios, en su travesía por el desierto. Al igual que ese pueblo me alejé de Dios para adorar ídolos sin consistencia; sobre todo a mí mismo, a través del orgullo y la lujuria. La Palabra Bíblica que me indujo a pensar, entre otras experiencias que tuve por esas fechas (con la metodología ya descrita), que había caminado bajo la fuerza de mis propios criterios, de mis pasiones y de mis miedos, hasta ese día, sin contar con el poder, el amor y la sabiduría de Dios, fue la siguiente: “Cuando Israel (José) era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí… ¡Y yo había enseñado a caminar a Efraím (José), lo tomaba por los brazos! Pero ellos no reconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él (José) y le daba de comer… Mi pueblo (mi hijo José) está aferrado a su apostasía: se los (le) llama hacia lo alto, pero ni uno solo se levanta (yo, José, preferí la esclavitud de mis pasiones) ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím (José)? ¿Cómo voy a entregarte, Israel? ¿Cómo voy a tratarte como a Admá o a dejarte igual que Seboím? Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím (a mi hijo) Porque yo soy Dios, no un hombre: soy el Santo en medio de ti, y no vendré con furor”.

Para corroborar las palabras del profeta, solo hay que mirar hacia atrás en nuestras biografías, muchas veces nos ha llamado Dios, por medio de nuestros catequistas, nuestros padres, abuelos, amigos, sacerdotes, etc., y pocas hemos sabido escuchar con atención la profundidad de ese mensaje que se nos transmitía, para discernir, después, nuestro modo de caminar en la vida. Solo cuando nuestra vida estuvo al borde de la quiebra hemos llegamos alcanzar el conocimiento necesario que nos hizo entender que únicamente en Dios, como nos decían, encontraríamos la puerta de salida. Algunos ni, aun así, han querido aferrarse al lazo de amor con el que Dios los atraía y les daba una y mil veces la oportunidad, a través de un intermediario o cualquier otra circunstancia favorable, de salvar sus vidas. Para Dios nunca es tarde, aunque te cueste en un principio, súbete al carro del amor, de la esperanza y de la vida, porque lo conduce Él, tú solo tienes que sortear con su ayuda las piedras del camino hasta llegar a la meta.

11. SALVO LA VIDA POR SEGUNDA VEZ

Sucedió en un día calmado y ardiente del mes de agosto, cuando el sol estaba en su cenit y ceñía el orbe de enceguecedora luz. La atmósfera que se percibía en el ambiente, era la de una mañana expansiva en la que el mundo se concentraba en un solo punto del planeta, en mi calle. Allí nada parecía urgir excepto la dicha. Días antes mi madre me había comprado una bicicleta con la condición de que no me alejara del pueblo. Pero como suele suceder que, a ciertas edades, no atendemos las recomendaciones de los mayores, yo no tuve en cuenta la suya. Por entonces pensaba lo mismo que la gran mayoría de niños a esa edad: la muerte era el destino de personas mayores o el de aquellas, otras, que estuviesen gravemente enfermas; circunstancias entre las cuales yo no me encontraba, ni por edad, ni por salud, puesto que me sentía fuerte como un toro.

De este modo, en aquella mañana de cielo azul intenso −moteado por el vuelo acrobático de golondrinas a la captura de algún tábano atolondrado− y mientras los rayos del sol perforaban mi camisa como alfileres de sastre, me uní a otros chicos del barrio para llevar a término la aventura que nos propuso el cabecilla del grupo; la de desplazarnos a un riachuelo equidistante del pueblo ocho kilómetros. Así, sin más dilación que la propia resistencia que oponían las cubiertas de las bicicletas al asfalto de la carretera (muy poca, por cierto, porque el trayecto de ida era en pendiente), nos escapamos para saciar nuestros deseos de aventuras.

Pero sucedería algo no planeado (son los imprevistos, por cierto, los que nos devuelven a la realidad y a nuestra condición de fragilidad), aquello que se prometía como un día de diversión, sin más, terminó en un susto que pudo llevarme a mejor vida. Llegamos exultantes porque nos bebimos la carretera en pocos minutos, y después de descansar un ratito en la explanada que había en la finca (una pradera atravesada por un riachuelo sembrado de álamos en su orilla) me adentré, en compañía de uno de los colegas, curso arriba del río para explorar el terreno y mostrar, de paso, mi osadía al resto de compinches. Muy decidido caminaba, por delante del jefe de la expedición, sin poner mucha atención sobre el suelo que pisaba, concentrado en avistar sobre la superficie del agua, como otras veces, a algún pato silvestres con sus crías o, en su defecto, algunos peces practicando saltos acrobáticos por encima del líquido elemento. Así caminaba, descuidadamente, cuando me aproximé tan cerca a orilla que acabé, a causa del lodo acumulado en su margen, cayendo al río de un resbalón. En la inmersión, como no podía mantenerme a flote, pues aún no había aprendido a nadar, empecé a tragar agua y a batir palmas sobre la superficie con tal de no hundirme. En mi impotencia, al no hacer pie, pensé, por momentos, que allí dejaba lo que hasta entonces había sido mi corta existencia. 

Sin embargo, no sucedió así, una cosa era lo que yo pensaba y otra lo que Dios tenía destinado para mí; aún me faltaba enfrentar muchas batallas para ganar la definitiva que me condujese a la redención. Cuando ya me encontraba al límite de mis fuerzas y me veía a merced de la parca, se produjo el milagro: el chaval que me acompañaba −que por cierto tampoco sabía nadar− advirtió en el suelo (más bien puede que fuese su ángel quien se lo indicase) que, a escasos centímetros de sus zapatillas, había una caña cascada para sacarme a flote.

De aquel episodio, y de otros parecidos que vinieron posteriormente, puedo dar fe, por lo expuesto que estuve y la nitidez con que yo los viví, de que la muerte vista de cara no es tan aterradora como la pintan. Siendo así que, en las ocasiones que más cerca estuve de la misma, acepté sin temor y con total serenidad que había llegado mi final en la Tierra. Dichas situaciones fueron tan críticas que fui consciente, en todo momento, que si estaba de salvarme no dependía, en absoluto de mí, sino de Dios.

De lo acontecido ese día no se enteró nadie, ya que hice prometer a los amigos que no comentaran nada de lo ocurrido en sus casas: temía que nuestros padres nos castigasen posteriormente, sin coger la bicicleta, por un buen espacio de tiempo. Como hacía buena temperatura, puse a secar la ropa sobre, repartida, entre el manillar de mi bicicleta y el de los colegas para no tener que inventar excusas delante de mi madre. De este modo, sin más drama que el buen susto que me llevé sin consecuencias, aquel el episodio pasó a la historia del olvido hasta que, una vez ya de adulto, se lo di a conocer a mi familia y a Fernando, el colega que me salvó la vida, para darle las gracias.  Cuando referí el suceso a Fernando, este, se quedó muy sorprendido, ya que su memoria lo había retirado del archivo de sus gestas más importantes; lo cual no es de extrañar, teniendo en cuenta, por un lado, que no fue él el que se ahogaba y, por otro, a que las leyendas de héroes y villanos, con sus proezas, surgen por una necesidad, sobre todo en las personas adultas, de olvidar por unos instantes (sumergiéndose en la piel del superhéroe temerario e indestructible) las abundantes limitaciones de cada cual. Para los niños, en cambio, es la simplicidad y la urgencia del momento la que los mueve a tomar una acción u otra sin etiquetarla después. Bien está lo que bien acaba y aquella escapada terminó, especialmente para mis padres, como cualquier otro día de verano −en el que el sol nos alegra el alma− sin que ellos fuesen conscientes de que estamos sostenidos por la mano de Dios y de que, al mismo tiempo, a ocho kilómetros escasos de distancia, la vida de su hijo se debatía entre el agua y el aire, entre la vida y la muerte, entre la tierra y el cielo.

El gozo colmado

Buenos días nos de Dios, hermanos.
¿Amamos a Dios por encima de las criaturas y las cosas materiales? ¿Y al prójimo como Jesús nos amó? Si así fuese, el gozo de Jesús, es más, nuestro propio gozo estaría colmado, porque la conciencia no nos delararía: no viviría en contradicción con su propio ser; es decir la unión con Dios.

https://evangeliodeldia.org/SP/gospel

Como espero la II venida del Señor

Evangelio según San Juan 5,31-47

Jesús dijo a los judíos:
Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.
Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.
Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,
y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.
Mi gloria no viene de los hombres.
Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.
He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir.
¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.
Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.
Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿Cómo creerán lo que yo les digo?».

Comentario:

Todos los cristianos esperamos la segunda venida del Señor. Oremos e impregnamosno de su Palabra, para que no nos pase como al pueblo de Israel, en la primera venida del Señor, que, el Mesías que anhelaban era solamente un libertador político que fijase la identidad de ese pueblo y no el Rey anunciado por los profetas que les daría la fuerza y el poder, para desinstalarlos de sus egoísmos, de su vida de pecado y su idolatría. Tendríamos que preguntarnos ahora nosotros ¿Qué le pido yo al Señor en el día de hoy? Le pido santidad, que me ayude a salir de los pecados más arraigados en mi, que me ayude a dejar mis servidumbres; es decir, mi idolatría, al dinero y a los placeres…. ¿Qué le pido al Señor? Es que tal vez aún no confío en su Palabra cuando nos dice: busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura (MT 6, 24-34)


Dios te bendiga y te guarde en el día de hoy y siempre.

¿Quieres curarte?

Evangelio según San Juan 5,1-3.5-16.

Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.
Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años.
Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: «¿Quieres curarte?».
El respondió: «Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes».
Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y camina».
En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado,
y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: «Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla».
El les respondió: «El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y camina'».
Ellos le preguntaron: «¿Quién es ese hombre que te dijo: ‘Toma tu camilla y camina?'».
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.
Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: «Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía».
El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.
Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.

Comentario: De la lectura de hoy podemos sacar varias conclusiones, en primer lugar, que Jesús se compadece de nuestros sufrimientos, él no es indiferente a todo aquello que nos menoscaba tanto físicamente como anímicamente, y por eso sale en nuestro auxilio incluso antes de que se lo pidamos. Pero, por otro lado, Jesús no hace nada sin contar con nuestra colaboración y libertad, respeta hasta las últimas consecuencias nuestra individualidad y capacidad de decisión y por eso le pregunta al paralitico ¿si desea curarse? Muchas veces nosotros queremos curarnos, pero no deseamos dar el salto de la fe, dejar nuestra camilla atrás, nuestro pasado, y empezar a andar confiando en que Jesús (no en nuestras pequeñas seguridades, ataduras a la postre) encontramos la salud, la libertad, el amor y la paz que tanto buscamos. En segundo lugar, observamos en este pasaje del Evangelio, como Jesús en una de las ciudades más habitadas de la época, no se olvida del rostro y de la salud integra de la persona. Sabe, porque repetidamente nos lo ha dado a conocer en otras curaciones y milagros, que lo más importante para el hombre es salvar el alma antes que su cuerpo; también porque conoce, como Dios que es, que el pecado además de la muerte espiritual, del rechazo a Dios, trae consecuencias para la salud física y en ocasiones incluso puede llevar a la muerte. No es suficiente, por tanto, haber creído una vez o haber tenido un encuentro personal con Jesús en un momento determinado de nuestra vida, sino que hay que perseverar en esa amistad con el Dios que lo puede todo, con Jesús. Pero además atendiendo a su Palabra para no abandonarnos a nuestra suerte, es decir a las consecuencias de salir del paraguas de la protección de Dios con todas sus promesas; Palabra que en el día de hoy nos recuerda que en adelante no peque más.    

 Oración: Señor en esta jornada y para siempre prometo no salirme de tu cobertura, mantener encendida la llama de mi amor por ti, que me lleva a amar al prójimo como tu deseas y, por otro lado, a lo más importante de todo, a trabajar por la salvación de mi alma alejándome de todo aquello que me conduzca a pecar. Padre, mi deseo es amarte con todo mi corazón, aunque como tú bien sabes, Satanás con todas sus trampas, y el mundo, me ponen ante muchas situaciones que me incitan al pecado; fortalece, pues, mi voluntad. Sé que para ello necesito no bajar la guardia manteniéndome estrechamente unido a ti con la meditación de tu Palabra en las Escrituras y la oración constante. Desde hoy y cada noche, como propósito, meditaré en todas esas ocasiones que me ponen en situación de pecado para, en lo sucesivo, cambiar de hábitos y si fuese necesario, también, de amistades que me llevan a deshonrarte por un lado y, por otro, como me has mostrado, a envenenar mi alma y enfermar mi cuerpo. Gracias Padre por haberme dado esta oportunidad de conocerte hoy, un poquito más, por medio de tu hijo Jesús; también, por un día más de vida para volver de nuevo al amor primero. Gracias, mil gracias…